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Profecías de Año Nuevo

Carlos Mármol | 11 de enero de 2010 a las 13:07

2010 será el año en el que Sevilla medirá su propia capacidad para salir de la crisis, se resolverá judicialmente el caso Mercasevilla y se dilucidará la gran incógnita política: quién será el candidato del PSOE a la Alcaldía.

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CUANDO el calendario, ese amigo cruel, marca la entrada de un nuevo año es usual hacer balance de la anualidad ida y avanzar una somera previsión de la venidera. El gran problema de esta tradición –íntima, en unos casos; pública, en otros– es incurrir en los mismos riesgos que Casandra, la mujer griega, convertida en personaje mitológico, a la que el dios Apolo –a cambio, por cierto, de un encuentro carnal– le otorgó el preciado don de predecir el futuro. Una vez que la sacerdotisa, tras la coyunda, decidió ser libre –esto suele ocurrir antes o después– y rechazó a su antiguo amante, éste le respetó la capacidad visionaria pero, en señal de desprecio por su conducta, hizo que los demás desconfiaran por norma de sus profecías.

De tal episodio se desprende una lección muy útil para la vida: cada vez que uno, aplicando la lógica, intenta anticipar a los demás lo que ocurrirá a medio plazo, la mayoría de las veces tropezará con el mismo obstáculo. El auditorio no oirá lo que uno dice, sino tan sólo lo que desea oír. Con el poder suele ocurrir igual. Algunos sólo gustan de escuchar lo que previamente dictan. La justicia poética no es su fuerte. Pero ampliando un poco la vieja sentencia clásica, bien podríamos decir que cumplir tan incómoda función es cosa de oficio: la verdad no sólo la dicen los niños y los borrachos. A veces también los periodistas.

Lo que viene

2010 será un año clave para Sevilla. En primer lugar porque después de la debacle económica y social de 2009 –basta ver las cifras de paro para confirmar los adjetivos previos– es de esperar que se produzca el inicio de la recuperación. La mayoría de los países occidentales están ya en dicha senda. En España la situación no es tan clara: todos los analistas señalan que el Reino sufrirá las consecuencias de la recesión durante mucho más tiempo que su entorno europeo. Las perspectivas, además, siguen siendo negativas: incluso aunque los indicadores económicos empiecen a mejorar en relación al último año, los expertos auguran un presente marcado por una leve recuperación pero sin capacidad de restituir los índices de empleo previos.

Sin trabajo, cualquier discurso sobre la mejora de la economía se torna irónico. Quien no tiene ingresos deja caer primero el optimismo. Después, los lazos de vinculación social. Si la situación se prolonga, la escala de valores muta. A partir de entonces cualquier supuesto es posible. Sevilla, con un tejido económico relativamente débil, dependiente de lo público, y sin la inyección de dinero que suponía la actividad inmobiliaria, tiene escasos motivos para mirar al futuro con una sonrisa. Depende sólo de ella. Y probablemente, conociendo a esta ciudad, ésta es la peor situación.

A nivel institucional, la coyuntura tendrá su correspondiente traducción. Parece poco probable que los ciudadanos presten oídos con la confianza de antaño a los cantos de modernidad impulsados por el gobierno municipal, que –por ahora– insiste en la misma vía retórica de la última década: tratar de vender un futuro luminoso –el pleno empleo, dijeron en su día– que no termina de llegar nunca. Salvo en los reportajes televisivos de rigor.

Con el Plan General de Ordenación Urbana (PGOU) lastrado en lo económico –por el reventón de la burbuja inmobiliaria–, la política pública de vivienda bastante atenuada por la falta de respaldo bancario y las empresas con dificultades reales para salir del pozo de la crisis, el mensaje de un inminente futuro mejor no es de esperar que coseche mucha credibilidad. O se cambia de tono, o la cosa puede volverse contra sus pregoneros, que además tienen que administrar una hacienda municipal deteriorada. Mala cosa en un año previo a unas elecciones locales que, por primera vez en mucho tiempo, aparecen como una ceremonia de fin de siècle. El momento trascendente de tener que optar entre dos mundos, aparentemente antagónicos, que acaso en Sevilla en realidad no lo sean tanto.

Asuntos pendientes

El rito electoral será en 2011. Pero huelga decir que casi todo estará cocinado antes. En primer lugar porque es de esperar que en los próximos meses se cierre la segunda pieza de la investigación judicial del caso Mercasevilla –el verdadero hito del tercer mandato de Monteseirín, atrapado entre su esfuerzo por tratar de cerrar los flecos pendientes de sus gobiernos anteriores y el eterno debate sobre su futuro político– y se resuelvan en una vista oral los dos frentes de este escándalo político. Del resultado de dicha causa pende el futuro de buena parte del gobierno local, que además tendrá que trabajar, al menos hasta el verano, con la incertidumbre de quién será el candidato a la Alcaldía de su fuerza mayoritaria: el PSOE.

En ocasiones anteriores, y sin estar en el gobierno de la ciudad, la costumbre socialista ha sido adaptar el poder institucional a las decisiones orgánicas. Hasta ahora, y hace ya cierto tiempo del último congreso provincial, esta tarea está pendiente. La designación, cualquiera que sea la opción elegida, alterará la armonía virtual en el seno del ejecutivo local. 2010 será año de ganadores y perdedores. De victorias y derrotas. Como todos. Laus Deo.

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