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Hechos ciertos y frases cortas

Carlos Mármol | 27 de enero de 2010 a las 13:51

El estancamiento por falta de financiación de las obras del complejo comercial Metropol Parasol de la plaza de la Encarnación corre el riesgo de convertirse en símbolo involuntario de la gestión de PSOE e IU.

LEVI-STRAUSS, el antropólogo francés que murió hace sólo unos meses, autor, entre otros, del célebre ensayo sobre la tristeza de los trópicos, ese mítico territorio de la utopía que ahora lo es también del horror infinito, dejó dicho que, en ocasiones, para derrocar al poder no es necesario contar más que una buena frase corta. Con eso basta. No siempre ocurre. Pero es bueno saberlo. Sobre todo para algunos de quienes nos dedicamos a escribir.

Claro que también puede suceder que el poder no sepa leer. Mejor dicho: que el gobierno, cualquiera que éste sea, lea y en realidad no se entere del rastro que señala su propia mirada. O que, como sucede en Sevilla, el poder (local), en lugar de temblar ante una frase ingeniosa –como, según Neruda, temblaría un notario ante un lirio cortado– se empeñe en perseverar en el ejercicio de suicidarse. En estos casos una frase certera se hace del todo innecesaria. No hay nada que decir. Los hechos hablan por sí mismos. Basta sencillamente con observar.

Cuestión de evidencias

En Sevilla esto es justo lo que, en cierto sentido, está ocurriendo. Se escribe y se discute mucho sobre la gestión del gobierno municipal (PSOE-IU), probablemente más que en otras épocas y con equipos de gobiernos anteriores. Pero, con independencia de las opiniones de cada cual, resulta muy obvio que, al margen de lo que cada uno diga o piense, existen una serie de evidencias empíricas que marcan una tendencia.

Por ejemplo: cualquier ciudadano que haya paseado durante los últimos meses por el entorno la plaza de la Encarnación se habrá dado cuenta de que las obras del Metropol Parasol no avanzan. Es un hecho. No una opinión. Si el ciudadano en cuestión tiene además la costumbre de ser lector de periódicos probablemente recordará haber leído que en el lustro largo de ejecución que lleva consumido el rutilante proyecto diseñado por el arquitecto berlinés Jürgen Mayer se han incumplido ya hasta cuatro plazos distintos. A este respecto también hay muy poco que añadir. Ni la propaganda, oficial tan habitual, ni los comentarios jocosos aportan demasiado. El Parasol se encuentra completamente encallado. No navega.

Ningún gobierno pierde del poder por cometer errores al ejecutar una obra, incluso aunque pudieran ser mayúsculos. No será tampoco éste el caso. Lo que sí parece probable, incluso muy posible a tenor de lo que se ha visto a lo largo de la última semana, es que la coalición PSOE-IU pase a la historia de la ciudad por operaciones urbanísticas tan singulares como la de la Encarnación. Remodelaciones urbanas que una buena parte de la población no entiende –por criterios estéticos, esencialmente– y que, además, se abordan con un coste económico desmesurado en relación al supuesto beneficio que generan. Igual que el tranvía.

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Con la Encarnación el debate no ha salido casi nunca de los mismos raíles: estética, patrimonio, adecuación paisajística, nociones de escala. Las setas de Jürgen Mayer, si llegan a existir, provocarán alergia en algunos y devoción en otros. Serán uno de esos asuntos en los que Sevilla se divide de nuevo en dos bandos: los defensores de lo tradicional y los amantes de lo nuevo. Sin término medio. Las setas están llamadas a ser una especie de símbolo. Un icono a partir del cual cada uno articulará un pensamiento –generalmente único– sobre la ciudad. Algo tremendamente peligroso en caso de no acertar en su elección o no ser capaz de culminar en tiempo, plazo y coste su ejecución.

El talón financiero

La paradoja, sin embargo, es que la razón real por la que esta obra, tan polémica, ha entrado en crisis no es su concepción estética, sino su vertiente económica. Detrás de los discursos sobre el buen gusto casi siempre existe una motivación de índole financiera. No falla. El gran error político del Parasol no radica tanto en el que le achacan sus detractores –su impacto sobre la Sevilla histórica–, sino en su modelo financiero. Justo aquello que durante un lustro de obras ha pretendido camuflarse, al ser el verdadero bosque, bajo el inmenso árbol de la estructura de madera que no llega.

El Parasol no es un aderezo o un capricho. No es sólo un artefacto. Es un negocio. Un negocio que se basa –como dice el pliego de condiciones con el que se adjudicó su construcción– en hacer un “edificio” cuya explotación comercial se delega en una empresa constructora a la que se le dan 25 millones de euros a fondo perdido para que le cuadren las cuentas. La plaza de la Encarnación se privatizó de un día para otro sin consultar a nadie. Por decreto. Ésa es la única verdad.

Y cualquiera puede preguntarse: ¿Para qué, si al final la obra va a tener que terminarse con más fondos públicos?

Es una buena pregunta que nadie va a contestar. Cinco años después de culminada esta decisión y comenzados los trabajos del inmenso Parasol, ni los restos arqueológicos se han restituido a su sitio, ni el mercado de abastos se ha inaugurado, ni las hipotéticas cuentas perfectas cuadran. De hecho, están tan abiertas que ni se sabe cuánto terminará costanto la broma. Es un hecho. No una opinión. Mejor que cualquier frase corta.

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