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La herencia oculta

Carlos Mármol | 13 de julio de 2010 a las 12:22

El urbanismo sevillano, materia aparentemente árida pero tan sustancial en términos de dinero y poder como la discusión sobre el control de las cajas de ahorro, va camino de vivir un viraje que podría resumirse con una frase. De la tasa Fustegueras a la hipoteca Monteseirín. Evidentemente, subprime. Principio y fin del hermoso modelo de urbe vanguardista y sostenible que tanto han pregonado algunos al tiempo que agasajaban, como siempre, a la vieja Sevilla eterna.

Para explicar la vaina, que dirían en Colombia, es necesario usar un símil bancario. ¿Dónde está el dinero de los sistemas generales del Plan General? Los empresarios, a los que Fustegueras se lo sacó a cambio de recalificaciones urbanísticas, lo dejaron a plazo fijo en un banco llamado Urbanismo para que no se tocara hasta que llegara el momento de recuperar la vajilla.

Fustegueras es un genio: por primera vez en la historia de Sevilla ideó un sistema para que la ciudad no creciera de forma desequilibrada, a capricho, como siempre, de los dueños del suelo. Y además, por si las administraciones fallaban, logró que los capitalistas financiaran su idea. Mejor, imposible. El problema es que el gestor de esta herencia –las joyas de la abuela; salvo Tablada, la ciudad casi ha agotado su término municipal con este PGOU– ha decidido gastársela en caprichos. Algunos no están del todo mal. Incluso son razonables, como el nuevo bulevar de Bellavista. Otros, en cambio, parecen propios de alguien no sólo ambicioso, sino ciego.

Igual que el Plan General es el sustento intelectual –con adaptaciones y lecturas particulares– del modelo de ciudad del que tanta bandera ha hecho el alcalde, el Parasol es su cáncer: la célula imperfecta que se está tragando los organismos sanos e hipoteca gravemente la supervivencia económica de Sevilla, cuyos últimos recursos se han dilapidado de manera inaudita. Menuda herencia le espera al sucesor. Sea el que sea.

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