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Morales Padrón: laudatio imperfecta

Carlos Mármol | 21 de noviembre de 2010 a las 13:28

La muerte del insigne americanista deja a Sevilla sin uno de los intelectuales que mejor contribuyeron a ajustar la imagen de la ciudad a su verdadera realidad: una ambivalencia de luces y sombras contraria a su superlativo mito.

El género más difícil del periodismo, este hermoso oficio lleno de diletantes que va camino de convertirse en una especie en extinción, no es el editorial, sino el obituario. ¿Cómo se escribe de alguien que se ha muerto sin dejar de decir la verdad? Menudo aprieto. En los textos de los difuntos célebres acostumbra a utilizarse la vindicación impostada, el elogio y, cuando no se quiere ser políticamente incorrecto en exceso, casi siempre se opta por una fría (como la muerte) descripción de los elogios profesionales y personales del finado. No es de bien nacido atreverse a censurar a un muerto.

Claro que hay otras formas de traicionar la memoria. Por ejemplo, aceptar el ritual de la muerte bajo formas opuestas a la verdadera personalidad del fallecido. Se tiene que morir como se vivió. Con cierta coherencia y decoro. Sin traicionarse. Algo imposible de hacer al nacer (nos nacen, como decía el clásico medieval castellano) pero que, salvo degradación mental aguda, sí nos permite la certeza de saber que ya nos toca poner el pie en el estribo.

Leo estos días un sinfín de elogios y evocaciones de Morales Padrón, fallecido hace unos días. Su muerte se me antoja lo más importante que ha ocurrido en Sevilla en la última semana. Incluso en el último mes. No sólo por la importancia intelectual del catedrático (éste lo era de verdad; se lo ganó a pulso, con esfuerzo y tesón), sino por lo que su muerte tiene de metáfora casual sobre la forma de ser de (parte) de esta ciudad, donde el elogio y los premios suelen utilizarse por interés o previo paso, de una forma u otra, por alguna caja. Un juego que practican con bastante vehemencia hasta quienes más lo critican en público.

El sabio legendario

Morales Padrón, según las piezas retoricas de la última semana, era muchas cosas. Un sabio legendario. Un profesor de prestigio. Un singular académico a la antigua usanza, elegante y cordial. Y alguien que, como tantos otros, buscó la integración en el seno de una sociedad (la sevillana) en la que decidió nacer al destino. Esto es: tratar de cumplir sus sueños. Apabulla su lista de méritos, galardones y logros profesionales. Para mí, en cambio, Morales Padrón, al que conocí al final de su trayectoria vital, probablemente ingrata y bastante desigual, como la de casi todos, aunque al principio no nos lo parezca a ninguno, era sobre todo un escritor. Una firma descubierta en libros leídos en la infancia o durante la primera juventud, ese periodo de duermevela que cada vez parece más lejano. Si es que en algún momento llegó realmente a existir.

Los excesivos méritos académicos siempre me han sonado huecos. La grandielocuencia de la academias, como las bodas, los bautizos y las comuniones azules y rosas, me parecen actos vacíos y temibles. Impostados. Hueros. Morales Padrón probablemente fue todo lo que dicen sus biógrafos de ocasión, pero para mí era simplemente alguien que, probablemente de forma algo ingenua, creyó poder encontrar eso que se llama un hogar (que no es un sitio físico, sino mental) en Sevilla. Descubrió bastante pronto que en realidad es imposible cumplir con la recomendación de Novalis: “Siempre nos dirigimos a casa”. Para algunos nunca existirá una verdadera casa donde regresar. Ni las bienvenidas serán sinceras.

Digo que Morales Padrón era sobre todo un escritor porque basta leer algunos de sus libros sobre Sevilla (La Ciudad del Quinientos) para darse cuenta que, lejos del costumbrismo zarzuelero que inunda la literatura hispalense oficial, a él le tocó la difícil tarea de ajustar la imagen de la ciudad a su verdadera realidad: una ambivalencia de luces y sombras muy distinta al mito superlativo que, desde niños, nos han transmitido a quienes vimos la luz por primera vez en el Sur.

MORALES PADRÓN LAUDATIO IMPERFECTA baja

No sé en otras lides, pero en la literaria Morales Padrón logró lo que otros llevan lustros buscando sin conseguirlo: convertirse en un clásico cercano que no va a envejecer nunca, que el tiempo, que todo lo pone en su sitio, no podrá vencer. Quienes simulan quedar deslumbrados ante la pirotecnia verbal y el supuesto ingenio de muchos de los que usan la pluma para describir una y otra vez los mismos lugares comunes probablemente no puedan apreciarlo. Es natural: el estilo de Morales Padrón, como el de los historiadores de origen británico, que escriben sin dar más datos que los necesarios, pero que pueden demostrar, con documentos y horas de biblioteca, todas y cada una de sus afirmaciones, no se presta al aplauso fácil ni a los desahogos colectivos. Es de otra estirpe: claro y transparente. El registro más difícil de lograr en la escritura.

Quizás, como se dice estos días, el ilustre americanista fuera otras muchas cosas más. El hijo de un obrero canario. Alguien que intentó buscar su hueco en una Sevilla cruel e hipócrita que le ignoró porque su pensamiento íntimo (ir por la vida sin padrinos ni embajadores, a cuerpo, con el propio esfuerzo) contradecía la mayor parte de sus mandamientos sociales. Una eminencia en su tarea como historiador. Pero sobre todo era alguien que amaba los libros. La escritura.

Tanto que en una Sevilla llena de personajes vanos que se bautizan a sí mismos con los títulos más ilustres era alguien que, ya con bastante décadas a sus espaldas, venía en persona a la redacción del Diario (cuando algunos no daban ni un duro por el éxito de este periódico, que ha superado ya la década de vida) con su artículo sobre Sevilla escrito a máquina, casi como un becario, “por si el director estimaba conveniente su publicación”.

Por aquel entonces Morales Padrón se había quedado sin periódico, que para un escritor vocacional viene a ser como quedarse sin aire. Tiene gracia: en Sevilla quienes menos necesidad tendrían de ser humildes son justamente quienes ejercen de tales. Toda una lección. Algunos de sus últimos artículos los publicó en esta casa. Y su último libro, Sevilla en América y América en Sevilla, lo tuvo que editar el Ayuntamiento en su colección de temas sevillanos porque ninguna de las editoriales patrias han sido capaces, desde que murió Rodríguez Castillejo, de poner en pie una colección digna de bibliografía sobre la ciudad.

Se ha escrito mucho de lo cruel que fue Sevilla (una parte de ella) con Francisco Morales Padrón. Se ha recordado su amargo pregón de Semana Santa. De los pregones como piezas literarias de calidad será mejor no hablar. Desconozco si estos lamentos son del todo sinceros. Si tienen realmente que ver con el rubor que produce ver cómo el alcalde lleva años regalando galardones en función de sus intereses personales y políticos (los favores prestados) o quizás sea el deseo oculto de algunos de que, llegado el momento, a ellos no les pase lo que al americanista. Que estén toda la vida llamando a las puertas de cierta Sevilla que es genéticamente incapaz (ay, los linajes) de admitir que alguien, con ironía y elegancia, pero con convicción, se atreva a decir alto y claro determinadas cosas.

Morales Padrón se dio cuenta bastante pronto de que no merecía la pena esperar aliento. Como el Quijote, sospecho que sabía muy bien “quién era”. El prólogo de Sevilla Insólita (1973), una de las mejores piezas sobre su visión de la ciudad, lo explica. “¿Es Sevilla una ciudad ingrata? La ignorancia entraña desprecio; se desprecia lo que se ignora”. No hablaba de él, sino de los valores enterrados por la propia ciudad, ignorante de su historia e incapaz de dirigir su futuro.

Lo dijo sin pagar los peajes de los grandes mercados de la palabra, “sin el patriotismo chato, mezquino e ignorante de muchos”. “La historia no son los hechos, son los legados”.

Concederle una calle ahora me parece falso y absurdo. Bastaría con leerlo.

  • Rosa Llacer

    Espectacular Carlos. Yo también leí de adolescente esa ‘Sevilla insólita’, que protegía mi padre en lo más alto de la estantería cuando era niña. Gracias por recordármelo.