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Herencias y puntos de fuga

Carlos Mármol | 19 de diciembre de 2010 a las 13:03

La delicada salud de la Hacienda municipal padece los abusos de años de ‘grandeur’ en los que el gobierno local ha multiplicado la estructura administrativa sin que se perciba una mejora real de los servicios públicos.

Georges Pompidou, que no es sólo el nombre de un museo de arte moderno, sino que fue un presidente de la República francesa, sostenía que “existen tres formas seguras de ruina: el juego, las mujeres y los tecnócratas, atrapados entre el ser y el querer ser”. En su opinión cada una de ellas tenía una ventaja distinta: el juego era lo más rápido, las mujeres acaso lo más placentero y los tecnócratas probablemente fueran la vía más infalible de todas para llegar a eso que bien podría denominarse el hundimiento. La particular caída del imperio romano que, a diferente escala, ocurre todos los días en cualquier sitio.

Probablemente, con su afirmación, el político galo buscase exculparse a sí mismo de cualquier hipotética responsabilidad con respecto al vicio más común de tantos presidentes del país vecino: el síndrome de la grandeur. Esa supuesta grandeza de carácter, émula del espíritu nobiliario, de vocación regia, que aspira a la magnificencia más sublime; enfermedad no demasiado censurable cuando se financia con el dinero particular pero que en determinados contextos resulta mortal. Sobre todo si se apoya únicamente en las arcas públicas.

La ambición política

Es natural que un dirigente político sea ambicioso y busque la excelencia, aunque otra cuestión diferente es que este deseo –a veces obsesión– se sacie sólo con el fruto del esfuerzo de los demás. Si a la frase de Pompidou se le cambiase el término tecnócrata por el de alcalde, su vigencia sería idéntica. Especialmente en Sevilla, donde durante los diez últimos años el éxito político se ha confundido en demasiadas ocasiones con el tamaño, en lugar de con la eficacia. Aquel célebre principio del arquitecto Mies van der Rohe –menos es siempre más– no ha sido tenido precisamente en cuenta por estos pagos. A lo sumo, únicamente para poder contradecirlo.

Monteseirín, que no por voluntad propia abandonará la Alcaldía dentro de algo más de cuatro meses, nos dejará una ciudad que objetivamente sigue sin funcionar bien –no sólo por culpa de los políticos; también de los ciudadanos– y en la que los recursos de la Hacienda municipal se han dilapidado en asuntos que, siendo interesantes a nivel teórico, en su formulación práctica son más que cuestionables, sobre todo dados los lustros de vacío que nos esperan.

Estamos, por así decirlo, en una especie de punto de fuga. El lugar, según las reglas de la perspectiva, donde convergen todas las rectas. En el caso de Sevilla las líneas que se cruzan en el horizonte son el notable coste del llamado proceso de modernización, que es más que discutible a pesar de determinados aciertos, y la situación financiera real del Ayuntamiento, de la que a medida que se conocen más datos uno tiende a preguntarse si para el gran viaje sideral de esta última década hacía realmente falta romper tanto las alforjas.

Esta semana se ha visto la cara y la cruz de la política municipal. Por un lado, el Parasol, que ha sido –de nuevo– objeto de una nueva inauguración parcial con sorpresa incluida: ya no se podrá cruzar andando por las alturas el ensanche de la calle Imagen. Por otro, el resultado del último diagnóstico presupuestario, que ha arrojado un saldo negativo de 95 millones de euros en las cuentas del Consistorio. Un quebranto, por segundo año consecutivo, al que hay que añadir la situación de fondo: una deuda institucional que supera holgadamente los 631 millones de euros, que ha obligado a hacer un plan de viabilidad financiera y que tiene en quiebra técnica a algunas empresas públicas –Tussam y Lipasam– cuya salud empeora de forma exponencial cuanto más tiempo pasa, sin que su crisis se deba a su función social, sino a sus gestores.

Herencia y puntos de fuga baja

Probablemente los escribas a sueldo del alcalde muerdan la mesa al leer esta afirmación y saquen del cajón su famosa lista negra, cada vez más nutrida. Una lástima.

Habría que recordarles quizás que la debacle financiera municipal en la que estamos ya fue insinuada, en su momento, por el propio Monteseirín, que en un Pleno dijo hace algunos meses que el gobierno local se estaba planteando seriamente suprimir algunos servicios públicos como consecuencia de la importante reducción de ingresos en las arcas municipales.

Este reconocimiento expreso de la situación no impidió, sin embargo, que acto seguido el alcalde liberase unipersonalmente –con su voto de calidad– más de 30 millones de euros más para “poder terminar el Parasol antes de finales de diciembre” –plazo que de nuevo va a incumplirse– o que diera luz verde a la creación de la empresa gestora de la Televisión Municipal, que ya es de lejos uno de los organismos municipales con mayor nivel de deuda, sin entrar a hablar de la calidad de sus contenidos.

Mientras existía cierta incertidumbre sobre su permanencia en la Alcaldía –hasta que el presidente de la Junta certificó lo que era desde hacía mucho tiempo un secreto a voces– todavía hubiera tenido alguna explicación la contradicción de decirles a los ciudadanos que había que apretarse el cinturón y, en simultáneo, continuar comprometiendo más y más gastos millonarios absolutamente partidarios. Al menos quien hubiera tenido que enfrentarse al problema de la creciente falta de recursos públicos en Sevilla hubiera sido el mismo gobernante que, con sus decisiones, ahondaba en la ruina para seguir con su huida hacia adelante.

La cosa cambió a partir del momento en el que se evidenció que, pasara lo que pasara, habría un sucesor distinto en Plaza Nueva. Otro alcalde. Con independencia del signo político concreto que tenga el próximo gobierno local que salga de las urnas en 2011, quien tendrá que intentar salvar los muebles del Ayuntamiento ya no será Monteseirín, al que le queda todavía tiempo para hacer política de tierra quemada incluso aunque su posible sucesor pueda llegar a ser alguien de su propio partido político. Es lo que tienen ciertos dramáticos fines de ciclo: acostumbran a ser épicos.

Mejor, el silencio

La herencia financiera que tendrá que administrar el nuevo regidor es realmente un regalo envenenado. A la deuda creciente de la institución y todos sus satélites –tan numerosos como las galaxias en el universo– se suma la carestía de dinero líquido, el difícil pago de los intereses bancarios y otros muchos compromisos inmediatos, entre ellos los laborales.

Consumidos en los proyectos estrella del alcalde saliente todos los dineros extraordinarios del Plan General de Ordenación Urbana –de los que ya no queda ni un euro– y absolutamente condicionado por el statu quo histórico del Ayuntamiento, donde en las empresas públicas los puestos de trabajo se heredan, igual que las prejubilaciones de Mercasevilla, de padres e hijos, como si fueran patrimonio de un determinado apellido o de algún extraño linaje, a quien le toque sentarse en el sillón de la Alcaldía lo tendrá muy difícil para mantener el barco a flote salvo que adopte una serie de medidas drásticas –subida inmediata de impuestos, venta de patrimonio público al mejor postor, subasta de suelo, recortes de todo tipo en gastos y plantillas– que no le darán precisamente ni paz social ni buena prensa; y de las que, casualmente, claro, no se está hablado nada en la precampaña electoral de Zoido (PP) y de Espadas (PSOE).

No es raro. En caso de que cualquiera de los dos sepa realmente cómo arreglar las cosas parecen haber pensado lo mismo: si quieren ganar las elecciones, lo mejor es no decirlo. Por si acaso.

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