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Temporalidad permanente

Carlos Mármol | 23 de enero de 2011 a las 7:00

El Barómetro de Economía Urbana de Sevilla tumba el discurso de cualquier optimista genético, candidatos a la Alcaldía incluidos: más de 75.000 parados y un 96% de contratos temporales durante el último semestre.

La rutina de la desgracia. Como una condena. Constante. En mitad del arranque de la precampaña electoral, el dato ha pasado quizás desapercibido entre las promesas y las sonrisas de los tres candidatos, pero mucho me temo que explicará buena parte de lo que ocurra en el cada vez más cercano mes de mayo. El Barómetro de Economía Urbana del Ayuntamiento de Sevilla, presentado esta semana, no desvela ningún misterio que no fuera ya más o menos previsible –estamos mal; peor, incluso– pero sí acota con cifras oficiales la extraordinaria dimensión de la pandemia moderna que se llama desempleo, contra la que todavía no se ha descubierto ninguna vacuna válida. Al menos, en el caso de Sevilla.

El estudio, que se completará probablemente dentro de una semana con el Barómetro Socioeconómico que publican todos los años los empresarios y la Cámara de Comercio, concluye que el colectivo de desempleados no deja de crecer en Sevilla. El 21% de la población activa. Estamos en crisis, ¿no? Explica también el informe municipal que quienes logran el raro milagro de ser contratados por alguna empresa en estos tiempos en los que algo tan necesario se ha convertido en materia excepcional están condenados casi a perpetuidad (y con suerte) a un mero contrato de naturaleza temporal, sin más futuro cierto que la mera supervivencia diaria. Sin posibilidad de trazar un plan de vida personal y autónomo. Sin libertad. Ni siquiera vigilada.

El fondo del agujero

El caudal de historias ocultas que deben esconderse tras estas estadísticas asustaría a cualquiera. Cada número es una vida, impar e insustituible. Y su adición global marca el tamaño de nuestra desgracia como sociedad: más de 75.000 parados en una ciudad de menos de un millón de habitantes. Un desastre. Todo lo contrario a la ciudad ficcional del pleno empleo que prometía al inicio de esta década frustrada el alcalde Alfredo Sánchez Monteseirín.

Así estamos. Tenemos un Plan Estratégico 2020, un Plan General de Ordenación Urbana, un presupuesto municipal similar al de un poblachón andaluz, la hacienda local está en una situación delicadísima desde el punto de vista financiero y las tasas de desempleo, sin llegar todavía a ser africanas, nos alejan sustancialmente de la Europa avanzada que un día quisimos ser.

oxímoron baja

El sueño de Quatrocento sevillano no se atisba por parte aguna. Resulta evidente, para todo aquel que quiera verlo con frialdad, sin ser al mismo tiempo juez y parte, que las prioridades políticas de los últimos cinco años han confundido lo accesorio con lo esencial. La modernidad con las apariencias. El fondo con la forma. Que una ciudad como Sevilla, con una economía frágil, estacional, sometida a los cambios externos, se haya embarcado en la locura de hipotecar su escaso patrimonio en un ramillete de grandes proyectos públicos ejecutados deficientemente y con sobrecostes más que notables a algunos les ha dado la impresión (temporal) de que contemplaban el mayor avance urbano desde la Expo 92.

No es difícil recordar, si se quiere tirar de memoria, que tras la Muestra Universal vino una crisis –mucho menos cruenta que la actual– que, si bien fue profunda, permitió una recuperación económica mucho más rápida. Fue una crisis espejismo, en contraste con la actual. Tras la Exposición Universal Sevilla quedó definitivamente lejos del fantasma del subdesarrollo endémico –cosa que por ejemplo sí le sucedió en su momento al Sur de Italia– pero nunca ha logrado rozar el grado de desarrollo real de otras partes de España.

Los sucesivos datos de cohesión territorial casi siempre nos venían situando hasta el inicio de la crisis en los últimos puestos de riqueza, mientras las estructuras políticas de las administraciones públicas crecían desmesuradamente con el argumento de que en esta tierra faltaba iniciativa privada. Es verdad. Aunque esta evidencia, que es nuestro verdadero problema, junto a determinados usos y costumbres sociales y culturales, no justifica los excesos cometidos a lo largo de este proceso, que vamos a pagar durante los próximos años. La iniciativa privada es rara avis en Sevilla, pero la función económica de toda una sociedad no puede suplantarse desde el poder público de forma indefinida. Antes o después el castillo de naipes termina derrumbándose. Estamos precisamente en esto.

No sólo nos faltan empresas, sino las que existen cierran. Quiebran. El barómetro certifica que el pasado año un total 112 sociedades mercantiles pasaron a mejor vida. Se crearon otras, pero mucho me temo que la mayoría de ellas son el intento de algunos valientes por buscar su lugar en el mundo a falta de mejores opciones. ¿Son empresas de futuro o proyectos procedentes de la desesperación íntima? Habrá de todo. Igual da, en todo caso. ¿No dicen que las crisis son en realidad buen momento para las oportunidades? Ojalá sobrevivan y puedan crear puestos de trabajo. Ojalá puedan sostenerse por sí mismas en mitad del tsunami.

Pensar con optimismo en este escenario se antoja imposible. El trabajo, además del sustento de la economía real, es el principal elemento de socialización. Sin él no sólo se tambalea el ecosistema de cualquier proyecto común, sino las expectativas, el ánimo y el entusiasmo. Y sin estos elementos, inmateriales todos, raro es que cualquier proyecto empresarial pueda salir adelante con un mínimo de garantías.

Leves rayos de luz

El turismo, industria tradicional de la ciudad, es el único sector cuyos datos de coyuntura ofrecen algo de luz en este panorama sombrío. Sevilla, en crisis, todavía tiene capacidad de ejercer de imán turístico, aunque de forma más bien moderada (precios a la baja). Los viajeros han subido un 12%. Proceden de los mercados tradicionales: el resto de España, Reino Unido y Alemania, fundamentalmente. Son el único asidero al que agarrarnos en mitad de la caída libre en la que nos encontramos.

En industria y construcción el ajuste está consumado. La polémica reforma laboral aprobada por el Gobierno, que paradójicamente abarataba el coste de los despidos sin hacer prácticamente nada más, no ha servido para gran cosa, salvo para despedir con mayor facilidad. Al menos, en Sevilla. Tampoco han funcionado los planes de vivienda pública que, justo antes de la debacle económica, prometía la Junta de Andalucía, que en su acto de contricción tras dejar pasar dos décadas sin preocuparse realmente del derecho a la vivienda aprobó una ley testimonial (que al final no ha arreglado nada) y montó un notable caos en el mundo del urbanismo.

El tiempo ha demostrado que aquel acuerdo por la vivienda (rubricado con todos los honores en la Casa Rosa; Chaves era todavía el rey de Andalucía) era un edificio sin cimientos (bancarios). Que en el último año los datos reflejen una caída de los visados de viviendas protegida y la subida –moderada– de los pisos de renta libre indica que el mercado inmobiliario social, donde los márgenes de beneficio de las empresas están muy tasados, no despunta por dos factores: los empresarios han dejado de construir (sobran viviendas) y los hipotéticos compradores de estos pisos o están ya en el paro o no encuentran financiación ordinaria. Ninguna de las dos cuestiones parecen tener solución a corto plazo.

El panorama, sin trabajo y sin vivienda para una buena parte de la población de Sevilla, llamada a las urnas dentro de cuatro meses, no está para celebraciones. Vivimos en un gran oxímoron. En temporalidad permanente.

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