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Optimismo: una tarea imposible

Carlos Mármol | 30 de enero de 2011 a las 8:03

La sostenida falta de inversión de las administraciones públicas en Sevilla, reivindicación recurrente durante el último lustro, impide que las cifras de empleo mejoren de forma sustancial. El 24% de los sevillanos están en el paro.

Resulta divertido, por no utilizar otro término mucho menos diplomático, ver cómo en determinados círculos políticos y de influencia se ponderan estos días las supuestas bondades del reciente acuerdo entre Gobierno, empresarios y sindicatos sobre la reforma del sistema de pensiones. Después de una huelga general fallida y de la evidencia de que Zapatero, tras pasar demasiado tiempo mirando al sudeste, como en la película del argentino Eliseo Subiela, se ha convertido en el dirigente converso que siempre dijo no querer ser, el acuerdo sobre la jubilación es celebrado –por los interesados; otra cosa son los afectados– como el camino por el que, al parecer, hay que transitar para tratar a sacar a España del pozo económico en el que nos encontramos.

Evidentemente, es una forma de verlo. Claro que en estas cuestiones de los acuerdos sociales no siempre se sigue el mismo patrón. La cuestión presenta muchos matices. Cuando el acuerdo en cuestión perjudica a ciertos intereses se suele no tanto discutir –cosa que siempre queda fea– sino sencillamente ignorar. Un ejemplo de esta doble vara de medir lo tienen en Sevilla, donde esta semana, entre el ceremonial cruel del juicio por la muerte de Marta del Castillo, la precampaña y las habituales discusiones bizantinas sobre nuestra esencia patria, empresarios y sindicatos han coincidido –por separado, lo que si me apuran tiene mucho más mérito– en algunas de las razones reales por las que en la provincia el 24% de la población activa continúa sin poder encontrar un empleo.

Los síntomas

Quien tuvo la virtud de dar primero en la diana fue el sindicato Comisiones Obreras, al que en determinados ámbitos sólo se le asocia con las huelgas y los piquetes cuando, en realidad, sin ignorar todos los males que pueblan el sindicalismo sevillano, al menos viene a cumplir la función social de señalar ciertas cuestiones que no todos se atreven a mencionar. Comisiones Obreras, como digo, concluía en un informe presentado esta semana que la falta de inversión de las administraciones públicas en Sevilla es el factor que ha provocado que durante el pasado año 2010 se esfumaran hasta 15.000 empleos. Casi nada.

Daban números, que ya se sabe que es el requisito necesario para que a uno lo tilden de pesimista. De las partidas presupuestarias de inversión teórica previstas por el Gobierno central y el autonómico en Sevilla (un total de 511 millones de euros) a la hora de la verdad, según el diagnóstico del sindicato, tan sólo se licitaron 115 millones de euros. Bastante menos de lo prometido.

Los recortes a los que están forzadas las administraciones como consecuencia del elevado déficit público explican en parte la situación. Aunque en el fondo late otra cuestión mucho menos edificante: sencilla y pura incompetencia.

Como quien lo decía era un sindicato, a algunos tal diagnóstico debió parecerle algo parcial. Sesgado. Hasta el viernes, cuando la patronal sevillana –CES y Cámara de Comercio– presentaron su habitual informe de coyuntura elaborado por el equipo del catedrático Francisco Ferraro. Quiso la casualidad que esa misma jornada se conocieran los datos del paro (EPA), que señalaban que el desempleo no había subido en esta ocasión en Sevilla. ¿Se lo cree alguien? Ni siquiera Ferraro.

A pesar de la fotografía estadística, que ha permitido a algunos hacer el habitual discurso de que hay que ser optimistas y mirar al horizonte con esperanza, si se bucea en los datos se descubre, igual que ocurre con el acuerdo sobre las pensiones, que la cosa tiene truco. Y no precisamente menor.

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Junto a la destrucción de los empleos indefinidos (apenas han crecido un 0,5%) y el incremento de la temporalidad laboral, tendencia que el propio Ayuntamiento ya señalaba en su último Barómetro de Economía Urbana, los datos por sectores del paro en nuestra provincia venían a ilustrarnos sobre el trasvase de los parados de los antiguos sectores activos (construcción, sobre todo) hacia la agricultura y los servicios. Empleo estacional; desesperado, en buena medida. Con una cuarta parte de la población sevillana sin trabajo y más de 4,5 millones de parados en España, difícilmente tal cuestión puede ser celebrada. Tampoco sus consecuencias sociales: 1,3 millones de hogares en España no tienen ningún tipo de ingreso. Una bolsa de exclusión social potencial, a sumar a las ya preexistentes, equiparable a la población de derecho del área metropolitana de Sevilla. La tercera de España. ¿Optimismo? Ya nos gustaría.

Con todo, la principal conclusión del estudio de los empresarios sevillanos sobre la situación económica local viene a confirmar el alarmante diagnóstico avanzado por Comisiones Obreras. Con independencia de los efectos de la crisis económica (destrucción de empresas, precariedad, descenso del consumo, incertidumbre, miedo, ajuste empresarial) lo más alarmante es que la falta de decisión de las administraciones públicas para tirar del carro está siendo el principal obstáculo para volver a poner a girar a la economía sevillana.

La vieja reivindicación de la ausencia de inversión pública en Sevilla, evidencia que en tiempos de Chaves, entre otras cosas, provocó un cisma en el seno del PSOE sevillano (el llamado caso Caballos), no es ya únicamente un mero discurso político, sino una evidencia (nefasta) en términos económicos y sociales.

Sin perspectivas

Tal y como ha puesto negro sobre blanco el trabajo del catedrático Ferraro, el déficit de inversiones acumulado en la provincia de Sevilla data del año 1991. Entonces estábamos en vísperas de una crisis, más corta que la actual, y en el preámbulo del inicio de la burbuja especulativa. Si en aquel momento, cuando las vacas todavía parecían engordar, el peso político de la ciudad para obtener réditos inversores de la Junta de Andalucía y el Estado ya era discreto, imagínense ahora. Sencillamente no tenemos nada que hacer. Nos gustaría, pero somos impotentes para cambiar las cosas.

La falta de inversión histórica, además, se suma al gráfico dato que ponía sobre la mesa Comisiones Obreras: en Sevilla no sólo no se ha invertido en los últimos tiempos lo que, en términos de población y capitalidad sería necesario. Es que lo que se ha prometido invertir tampoco se ha licitado. En la nueva coyuntura de debacle inversora el futuro pinta además bastante negro. Ni hay dinero ni se le espera. Según los datos del informe de la CES, Madrid va a dejar de invertir en Sevilla un 30% de las partidas recogidas en sus cuentas. La Junta, en sintonía con el Estado, lo hará en un 25%. La Diputación, tradicionalmente una administración que se concentraba en tratar de atenuar el paro en los municipios de escaso tamaño, reducirá sus cuentas un 50%. Y el Ayuntamiento, por su parte, acometerá un ajuste (derivado de la política de derroche de la era Monteseirín) del orden del 78%, el más acusado de todas las administraciones públicas.

Quien espere un cambio de tendencia, como algunos nos quieren hacer creer, está sencillamente faltando a la verdad. Las perspectivas son sombrías. Tanto que la actual crisis tiene visos de convertirse en un tsunami en términos de empleo. Hay quien piensa que las próximas elecciones municipales podrían cambiar algo la situación. Que un cambio puede traernos la esperanza. No parece posible. Con independencia de lo que ocurra en mayo, los motivos de la decadencia económica de Sevilla son profundos. No se cambian en días. Ni en meses.

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