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PSOE de Sevilla: partes de guerra

Carlos Mármol | 24 de mayo de 2011 a las 6:18

La derrota de los socialistas se debe al abandono de sus graneros electorales . La crisis explica parte de la caída, pero la debacle no se entiende sin la gestión municipal de estos años. Las ‘guerras civiles’ hunden el imperio.

Me lo explicó ayer uno de los políticos más inteligentes que conozco, más o menos encuadrable –los espíritus libres en realidad no son de nadie– dentro de las legiones vencedoras de la guerra por la Alcaldía. “Al PSOE le ha ocurrido lo que al acero:aparenta ser indestructible pero cuando se quiebra, nunca avisa”. El conocimiento de la resistencia de materiales aplicado a la debacle de los socialistas. Cierto: el hormigón advierte del final de su vida útil con grietas;la madera, cruje. Sólo el acero, tan fuerte en principio, es un material traicionero: su colapso siempre es silencioso aunque termine en estrépito.

Los 20 ediles logrados por el PP en Sevilla son como un grito atronador en los oídos de los socialistas. El 22-M no sólo ha colocado a Juan Ignacio Zoido, el alcalde electo, en la historia local sin haber siquiera empezado a gobernar. También ha puesto al PSOE ante el espejo. Lo que se ve no es agradable: arrugas de años de constante confrontación, ausencia de una verdadera dirección y la nula capacidad para adaptar la gestión municipal a sus intereses electorales.

El PSOE sevillano está en el inicio de una crisis, profunda y lacónica, que durará probablemente más de cuatro años –el tiempo de todo un mandato municipal– y que tendrá inevitablemente consecuencias internas, aunque todavía está por ver cuáles van a ser los cambios y si éstos serán tácitos o sangrientos. Además de tener que asumir la derrota en la capital de Andalucía, la agenda política incluye un proceso de primarias y, en menos de un año, unos comicios autonómicos que van a ser una pelea a vida o muerte. A cuchillo.

A juzgar por la tibia lectura de los resultados que ayer hizo el secretario general del PSOE sevillano, José Antonio Viera, el balance habría sido sólo agridulce: se mantiene la histórica hegemonía política en el área metropolitana y en la provincia pero la Alcaldía hispalense, desgraciadamente, ha caído en manos del PP. Cosas que ocurren. La vida.

Resulta demasiado simple para ser toda la verdad. Escudarse en los resultados provinciales, ajustados, aunque favorables, para diluir el impacto del batacazo de la capital no deja de ser un recurso argumental débil para suavizar las evidencias que apuntan a un cambio de ciclo. El PSOE ha sufrido una derrota en toda regla. Sin paliativos. Tanto en Sevilla –donde se ha perdido el poder tras doce años de gobierno, con la carga simbólica que tiene ceder ahora la joya de la corona a un PP que sueña con la conquista de Roma [la Junta de Andalucía]– como en el ámbito provincial.

Es verdad que la Gran Sevilla sigue siendo un oasis momentáneo para los socialistas –mantienen los municipios más simbólicos, salvo Mairena del Aljarafe– pero incluso aquí se atisban movimientos telúricos que anuncian que la ola ascendente del PP no es un fruto de la coyuntura, sino la consecuencia del agotamiento del proyecto político socialista para Sevilla. Aunque se conserven todavía muchas y buenas alcaldías, los números dicen que han cedido un total de 90 ediles (el descenso es de casi un 9%) mientras el PP ha ganado 123 concejales y recoge hasta un 7,38% más de sufragios. Algo pasa.

La justificación amable es que el revés electoral –lo exacto, ya digo, es llamarlo hundimiento– se debe a “la desesperanza de los ciudadanos ante las crisis”. Sin dejar de ser cierto que el factor económico es el elemento que marca la tendencia ascendente del PP y la caída del PSOE a escala estatal, el caso de Sevilla presenta matices propios que tienen que ver –y aquí radica el problema– con decisiones políticas locales. En unos casos tomadas en Luis Montoto (la sede provincial) y, en otros, en la Plaza Nueva (la Alcaldía). Es obvio que la conyuntura general no estaba a favor. Pero un vuelco de la intensidad del que se ha producido no es hijo de un factor único. Basta analizar los resultados electorales para verlo.

La primera impresión es que el desequilibrio obedece al avance de 7,4% puntos del PP (37.264 votos más) en relación a la foto electoral de 2007. Los socialistas caen hasta once puntos. Pierden 25.366 votos. Si se entra en detalle, el paisaje empeora. Y mucho. Ni azul oscuro. Directamente es negro:Zoido ha ganado en nueve distritos (crece en votos en todos) y ha roto el supuesto techo que su fuerza política tenía en los barrios obreros.

Lo ha hecho además con mucha holgura, convirtiéndose en la primera fuerza en áreas como Este-Alcosa-Torreblanca o Macarena, los pilares de la histórica hegemonía de los socialistas. El PSOE sólo gana en Cerro-Amate y Norte. Magro consuelo: la debacle que se ha producido en el voto, salvo excepciones, no baja de los dos dígitos. El PP crece mucho y en todas partes. Por encima del 10%. Hasta en territorios comanches como Sevilla Este, Norte o San Pablo. No funciona ya la teoría del habitual freno sociológico. Los votantes socialistas han abandonado el barco. Punto. No se han quedado ni en casa (la participación subió hasta ocho puntos). Sencillamente han ido a votar a Zoido.

¿Por qué lo han hecho? Parece claro que este trasvase no se improvisa de un día para otro, sino que es una suerte de gota malaya, sostenida en el tiempo. La clave está en el Ayuntamiento. Los socialistas han pasado los últimos cuatro años sumidos en conflictos internos –obsesionados por repartirse la herencia de un alcalde al que todos daban por acabado en 2007– y terminaron perdiendo el contacto real con todos sus bastiones electorales. La prioridad era otra: los grandes proyectos, singularmente el Parasol de la Encarnación o las peatonalizaciones en zonas como Triana y Los Remedios, muy hostiles electoralmente al PSOE. Como lógica no tiene, hay que pensar en factores distintos. Psicológicos: la obsesión de Monteseirín y su principal asesor, Manuel Marchena (ambos viven en Triana) por conseguir el reconocimiento –por aclamación u oposición, esto ya viene a dar lo mismo– de la Sevilla Eterna a su ambicioso proyecto de transformación de la ciudad. El quattrocento sevillano de los últimos años.

Existía sin embargo una incoherencia, patente, entre este discurso del alcalde, que sólo ha generado conflicto con los sectores sociales más conservadores, y el día a día de la verdadera gestión municipal, que desatendía los servicios y las inversiones en los barrios. Justo las zonas que trabajaba Zoido. “El alcalde no salía del despacho, estaba todo el día con su blog y preocupado por su legado”, cuenta un militante que, tras la derrota, admite que si alguien iba a los barrios eran los ediles, que llegaban siempre “en coche oficial” para hablar con dirigentes vecinales que, como algunos secretarios de las agrupaciones locales del PSOE, “sólo se representaban a sí mismos”. Otro es más gráfico: “No se le puede decir a la gente que el Parasol es lo más importante de Sevilla cuando al colegio al que llevan a su hijo no hay aire acondicionado y se encuentran hasta ratas; o cuando has pedido dinero a los vecinos para un aparcamiento que después no has sido capaz de hacer”. El discurso se venía abajo. Culpa de la realidad , claro.

Asignar la derrota a Juan Espadas es injusto:el cabeza de lista socialista ha sostenido su propia campaña a pulso, sin recursos, en solitario y sin otro apoyo que un núcleo duro –cuatro personas– cuya función era entorpecida constantemente por las familias:los susanistas, los vieristas y los antiguos críticos. Sintonía había poca. Hasta hubo quien colocó espías en el bando contrario para influir en la campaña –pensando en ganar un poder que se ha esfumado–, voceaba a quien quisiera oírle (por lo general, enemigos) cualquier desajuste y, al final, hasta ha intentado buscar culpables para eludir su propia responsabilidad. Un dato ayuda a entenderlo todo: el comité de campaña sólo celebró una reunión. Tres días antes de los comicios.

Hay quien pretende ahora a exigir responsabilidades con el argumento de que si no se hubiera cambiado al alcalde, o se hubiera hecho otra lista, los barrios hubieran respondido. Es una forma de verlo, parcial, evidentemente, y fruto de cierto deseo de ajuste de cuentas. Pero sólo es una parte del problema. La crisis tiene raíces más profundas. Está en la diabólica combinación de un partido sumido en sus conflictos y un alcalde que, sabiéndose agotado, se resistió a irse, a dar paso a nadie (Celis fue un mero señuelo tras el veto a Carrillo), a salir a los barrios (en los que no ha invertido)y a otra cosa que no fueran los proyectos que le harían pasar a la historia. Pura melancolía amarga.

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