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Nuevos tiempos, vicios viejos

Carlos Mármol | 17 de julio de 2011 a las 6:04

Zoido, amparado por su rotunda mayoría absoluta, retoma la peligrosa senda que iniciara Monteseirín a partir de 2003 con la política urbanística: gestionar la ciudad al margen de la concertación institucional.

Quédense en la memoria con dos frases. Ambas fueron pronunciadas en un momento solemne, su toma de posesión, por el nuevo alcalde de Sevilla, Juan Ignacio Zoido. La primera: “Gobernaré como si no tuviera mayoría absoluta”. La segunda: “Todos los políticos no somos iguales”. Dichas así, casi sin necesidad, parecen erigirse como los compromisos admirables de un gobernante que en los recientes comicios locales consiguió una representatividad de 20 concejales sobre un cabildo –como decían los cronistas antiguos– de 33 capitulares. Lo nunca visto en la historia de la democracia hispalense.

Evidentemente, la pluma que le escribió el discurso al nuevo regidor buscaba aproximarse, a su manera, al célebre recurso retórico clásico. La captatio benevolentiae. Una apelación en favor del orador –que es de lo que siempre se trata– para atraer la buena disposición de una audiencia a la que se pretendía seducir mostrando una humildad superlativa (a veces falsa; en otras ocasiones, sincera) que sirviera para equilibrar las inevitables antipatías que provocan las victorias excesivas.

Dado el notable número de devotos que parece haber conseguido en su peregrinación hacia la Alcaldía, Zoido, aclamado en público durante la última procesión del Corpus por una grey contra la que –cosa llamativa– los habituales rigoristas y guardianes de las esencias hispalenses, los célebres cuentaconcejales, no han levantado aún su voz tronante, probablemente porque hace cierto tiempo que la pusieron en venta, afirma sentir rubor ante tan elevadas dosis de entusiasmo e intenta mostrarse llano, sencillo. Justo lo que recomendaba El Quijote: “Llaneza, muchacho, no te encumbres, que toda afectación es mala”.

Claro que una cosa es lo que se dice y otra distinta lo que se hace. Suele suceder. ¿No es contradictorio decir que uno gobernará como si no tuviera la mayoría (absolutísima) que tiene, o de forma diferente a otros cargos políticos y, justo después de declaradas ambas cuestiones, venir a hacer justo lo opuesto? Zoido debe hacer una gimnasia diaria de contención y repasar las nociones básicas de la propaganda política, disciplina que fue aprendiendo día a día en la oposición, antes de llegar al despacho, porque lo cierto es que entre el discurso bondadoso del regidor y la realidad pedestre empiezan a producirse fisuras.

La política urbanística se ha convertido en los últimos días en el escenario abierto de este conflicto. En el flanco urbanístico la verosimilitud del relato oficial que ha construido el equipo de estrategia del PP –un alcalde dialogante, bonachón, muy cercano, de consenso, sin sectarismos– colisiona con ciertos vicios que, aunque algunos percibieron ya antes del acceso al poder, siempre suelen intensificarse una vez se está en el sillón de mando. Porque lo que el caso Ikea –la recalificación urbanística a la carta que el regidor está dispuesto a autorizar a la multinacional sueca con el viejo argumento del empleo– está comenzando a hacer aflorar es una concepción de la ciudad que, mutatis mutandi, se asemeja bastante a la que durante los últimos años de gobierno practicó su antecesor en la Alcaldía, el socialista Alfredo Sánchez Monteseirín:la gestión del futuro de Sevilla sin el necesario y exigible concierto político.

Volvamos por un segundo la vista atrás en busca de algo de contexto para entender esta afirmación. Primer mandato de Monteseirín. La Gerencia de Urbanismo está en manos de los andalucistas, quemados tras una política urbanística muy controvertida que terminó por convertirlos en extramunicipales. El edil de Urbanismo de entonces, Rafael Carmona, asume la tarea de limpiar la imagen del PA y abre el proceso de revisión del Plan General con un urbanista de prestigio –Manuel Ángel González Fustegueras– y una voluntad de consenso que, al menos en el primer tramo de la redacción del PGOU, resultó ser admirable. Sobre todo en una ciudad cuya evolución urbana ha estado marcada a lo largo de su historia por las decisiones de determinados sectores sociales –los siempre dominantes– que disfrazaban sus sucesivas aspiraciones con un paternalismo que algunos, ahora, parecen haber descubierto como la gran piedra filosofal.

No descubro nada nuevo: Sevilla siempre ha tenido una burguesía de origen agrario –con ínfulas nobiliarias, además– que se hizo urbana con el correr del tiempo, pero sin cambiar jamás de mentalidad. Simplemente aplicándola en otro escenario. Propietarios rústicos convertidos en tenedores de fincas urbanas. Educados en la lógica de que la ciudad es una extensión más –la más valiosa, quizás– de sus dominios agrícolas.

El crecimiento de Sevilla, con y sin planeamiento urbano, nunca logró salir de este bucle. Curiosamente, así fue hasta que en 2006 se aprobó el PGOU, que es hijo de un consenso (momentáneo) en el que los socialistas, los populares, los comunistas y los andalucistas, cada uno por motivos diferentes, desde orillas antagónicas, decidieron acordar una metodología común de trabajo y pactar unos puntos básicos para que el diseño urbano de Sevilla pudiera perdurar en el tiempo –principal condición para que algo funcione–, fuera atractivo y seguro para los inversores externos y tuviera un cierto perfil institucional.

La idea era que el urbanismo no volviera a estar sometido a las tensiones y a las cambiantes mayorías políticas que se suceden cada cuatro años. Un modelo básico para todos, igual que ocurrió en la transición política, con independencia de quien gobernase en cada momento. El PGOU de Sevilla, no el del gobierno de turno.

Toda la fortaleza del Plan –su filosofía– deriva de esta raíz: no ser consecuencia directa de las fuerzas dominantes en la sociedad, sino de la voluntad de saber reconducirlas para que, mejor o peor, se incorporen sin exigencias a un proceso en marcha en el que el protagonismo de los ciudadanos debe, como mínimo, ser equivalente. Un plan donde la gente cuenta. No sólo las inmobiliarias, los bancos o los propietarios.

En este punto había que preguntarse lo que Vargas Llosa. ¿Cuándo se jodió el Perú? Fue un día de 2003, cuando Monteseirín (que no tocó bola urbanística con los andalucistas) decidió desquitarse. El entonces regidor contaba, gracias a IU, con mayoría suficiente para dar un giro al Plan General y convertirlo –equivocadamente– en un proyecto suyo en lugar de algo de todos. Comenzó –cosa simbólica– violando el protocolo pactado entre todos los grupos y prometiendo sendas recalificaciones a Sevilla y Betis para seguir en sus estadios. Todo lo contrario de lo que en principio perseguía el Plan. ¿Importó el interés de los barrios donde ambos coliseos se ubican? Nada al lado de las ansias de grandeza y el sueño de convertirse en Napoleón. Tan intensa debió ser la pulsión interior del regidor que todo el dinero del PGOU se gastó en sus proyectos faraónicos, dejando de lado la cohesión social. Sevilla, que parecía haber logrado un sueño urbano común, se convirtió en el escenario de los compromisos del regidor.

Zoido, que también cree en el urbanismo unilateral, viene a terminar este proceso. El nuevo regidor sólo ha ofrecido un pacto a la oposición de cara a la galería, porque negocia desde hace tiempo en solitario recalificaciones en favor de Ikea, Altadis, los clubes de fútbol (otra vez) y la patronal de la construcción, Gaesco, que ha abierto una ofensiva de fondo cuyo objetivo es terminar de tumbar el PGOU aunque sea con argumentos contradictorios. Su gran tesis:hay que adaptar el PGOU a las necesidades económicas. ¿De quiénes? habría que preguntarse. ¿De ciertas empresas o de los ciudadanos?

El empleo es sólo un pretexto para invertir un modelo que, si bien comenzó a derribar su falso pregonero (Monteseirín), guarda aún suficiente espíritu de resistencia ante el hecho, quizás inevitable, de que Sevilla vuelva ser coto de los de siempre. No es un dogma de fe. Sólo es un mecanismo para lograr una ciudad más justa. Qui prodest?, decían los clásicos. El PGOU no es más que un instrumento. La cuestión es si lo será para la gente o para quienes todavía sueñan con volver al punto álgido de la burbuja inmobiliaria.

  • The revenge of Pepe

    Magnífico artículo. En el fondo y en las formas. Un lujo dentro del decadente periodismo español y, por supuesto, del aventajado en esa decadencia periodismo sevillano.

    Qui prodest? qué ha pasado para que este diario se eche al monte. Obviamente esto beneficia al ciudadano, pero, solo a él?

    Sr Mármol, le animo a seguir denunciando las cosas que nos incumben la mayoría. Y a Diario de Sevilla a hacerlo con todos los frentes, y en todos los frentes: Diario de Cádiz,Diario de Jerez, Europa Sur, El Día de Córdoba, Huelva Información, Granada Hoy, Málaga hoy y Diario de Almería.

    saludos

  • BETICOLA

    ¿Pero Sr. Marmol, esperaba usted otra cosa ?.En absoluto, solo que había que echar a los otros y usted participaba profusamente. “Propietarios rústicos”; “tenedores de fincas urbanas”; “fuerzas dominantes”; “inmobiliarias y bancos”; “patronal Gaesco”. Betis y Sevilla sí son populares, por cierto. Dice usted, ¿necesidades de quiénes ?. Pues eso, llegó la derecha y además la de Sevilla…………………y además miles y miles de sus votantes, no se enteran por donde van los tiros, porque la “prensona” de Sevilla no informa, desforma.

  • Leónidas

    Un buen artículo, razonado y razonable, que no es fruto de un desahogo, ni pretende arrimar el ascua a “su sardina”, ni dar palos de ciego al “perverso” contrario. Gracias, Sr. Mármol, y le animo a continuar en provecho de TODOS los ciudadanos.