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La línea negra

Carlos Mármol | 7 de agosto de 2011 a las 6:00

La economía sevillana continúa destruyendo empleo a pesar de la leve mejoría de los últimos datos del paro. Los despidos suben un 7% en apenas un año. Un tercio de los 212.867 parados carecen de ayudas.

La economía sevillana parece un verso suelto. No sabe rimar. Ni en asonante ni en consonante. Los datos oficiales del paro que se han hecho públicos esta semana, mientras el país vivía atónito, con el pasmo que acostumbramos a tener justo antes de las grandes debacles, el incremento de la prima de riesgo por la falta absoluta de confianza de los mercados financieros, certifican que la provincia no termina de abandonar su particular túnel negro. Estamos dentro, sin luz visible en ninguno de ambos sentidos. Y sin idea cierta de cuál es la distancia que queda hasta la boca de salida. ¿Existirá?

Mientras los analistas de bolsa y los expertos económicos, que forman un sanedrín no siempre objetivo, y que rara vez hacen algo más que certificar a posteriori las evidencias, discuten si España ha rebasado o no las líneas rojas que precederían a un hipotético rescate financiero –nuestro particular derrumbe como nación– las estadísticas del ministerio de Trabajo, algo más pedestres, han vuelto a resaltar el contorno del pozo en el que nos encontramos desde hace ya algo más de tres años. Toda una eternidad.

14.000 parados más

Su diagnóstico dice que las empresas sevillanas no abandonan la espiral de destrucción de empleo. Despiden todavía a un ritmo más que notable en relación a lo que está ocurriendo en el ámbito regional y estatal. En apenas un mes se han registrado 2.086 parados más en la provincia, lo que nos sitúa –dudoso mérito– a la cabeza del país en desempleados express. Sólo en el último año el incremento del número de despidos ha sido de casi un 7%. La vida diaria le ha cambiado para peor a más de 14.000 personas.

Algunos insisten en llamar a este proceso “ajuste”. Más bien parece un ajusticiamiento. El campo de batalla laboral es un páramo. Muchos soldados y poco rifles, en su mayoría averiados. No hay sector de actividad que se libre del incremento del paro, que afecta ya un total de 212.867 sevillanos. Ellos son las verdaderas víctimas de esta cruenta crisis económica, política, financiera y también, no conviene olvidarlo, moral. Porque en estas situaciones difíciles es cuando realmente se conoce a la gente. A los demás. A la vista de todos estos datos, parece evidente que como sociedad –entendida ésta como el proyecto de una determinada comunidad– hemos fracasado. Fundido en negro.

Estamos fuera de foco. El incremento del paro en Sevilla, además, es singular porque quiebra una tendencia global –leve y relativa, pero la única a la que podíamos agarrarnos– en la que algunos políticos aseguran percibir un cambio de tendencia. Una recuperación de la contratación en Andalucía y en España. Ojalá. Aunque la credibilidad de los dirigentes políticos, en este tema, está por los suelos. No caben esperar muchos milagros. No ocurrirán. Nunca fue más cierta la frase de Bob Dylan: “No necesitas un hombre del tiempo [léase un político] para saber en qué dirección sopla el viento”. Y cuando no hay viento, mucho menos.

El escepticismo reina. Y no es para menos. La subida del paro en la provincia es la más alta de los últimos tres años si la foto fija se limita exclusivamente al mes de julio. El manual al uso, que es el que manejan los políticos, acostumbra a repetirnos que en los meses estivales, dado el incremento del turismo y la actividad en el sector de los servicios –pilares de nuestra magra supervivencia–, lo lógico es que tiendan a mejorar los registros del Inem. Debería haber algo más de trabajo. Temporal, en su mayoría.

En esta ocasión, sin embargo, el augurio ha errado. Precisamente en julio las contrataciones en Sevilla han sido muy inferiores a lo esperado. Según los sindicatos –la patronal local anda estos días de agosto más ocupada en reclamar recalificaciones urbanísticas a la carta para multinacionales suecas con el usual argumento del empleo que en aportar soluciones imaginativas a la situación– los nuevos contratos han sido 9.244 menos. Lo que nos deja una conclusión evidente: la economía sevillana no va a levantar cabeza en mucho tiempo.
Quien sostenga lo contrario, como se ha oído decir a algunos políticos en los últimos meses, antes y después de la todavía reciente campaña electoral de las municipales, o es un ingenuo o falta conscientemente a la verdad. No sé cuál de ambos supuestos resulta en realidad peor.

El adelanto de las elecciones generales, con su correspondiente réplica autonómica en el mes de marzo (cosa curiosa: votar dos veces en menos de cuatro meses sospechando que no servirá para nada útil), provocará de nuevo que se repita el argumento de la piedra filosofal del empleo. Rubalcaba, el candidato socialista a suceder a Zapatero, ya ha dicho que sabe lo que hay que hacer. Notable. El PP se arroga un saber hacer económico que, visto desde la perspectiva de los años de crecimiento de la burbuja inmobiliaria –una de las causas de la crítica situación de la economía española–, no deja de causar asombro. Por no decir algo peor. Izquierda Unida, la tercera fuerza política, clama en un desierto con las mismas propuestas de siempre. Desde las instituciones no llega ningún mensaje válido. Ha tenido que ser el movimiento civil del 15-M –ridiculizado por unos,canonizado repentinamente por otros;ninguna de ambas cosas es buena– quien ha colocado en la agenda política nacional determinadas cuestiones. Mala cosa cuando la calle tiene que recordarle a los políticos cuál es su función.

Un otoño caliente

El malestar social es creciente. Si todavía seguimos siendo económicamente autónomos en el mes de septiembre –cosa que dependerá de lo que pase con los mercados este mes de agosto– el otoño será conflictivo. La situación del empleo no mejora. Los sindicatos mayoritarios –UGT y CCOO– preparan movilizaciones laborales para septiembre y octubre contra los recortes y la reforma de la negociación colectiva. Convendría preguntarse si éste es el camino. Aunque lo cierto es que su efectividad hasta ahora no ha sido mucha: el Gobierno saliente acometió las reformas sociales sin importarle el alto coste político. Y el que puede salir de las urnas –en España o en Andalucía– tiene un programa de ajuste bastante más duro. Cuentan además con la justificación perfecta: la culpa siempre será de la herencia recibida.

Basta analizar los primeros compases del nuevo gobierno local de Sevilla –la mayoría (absolutísima) de Juan Ignacio Zoido)– para darse cuenta de cuál va a ser el guión político después de estas dos elecciones si se cumplen los pronósticos que apuntan a una debacle socialista en dos etapas casi sucesivas.

Políticamente, pues, hay poco que esperar. Nuestros problemas económicos, además, no van a evaporarse de un día para otro porque responden a factores de índole estructural: escasa actividad mercantil; una cultura empresarial, al menos en el caso de Sevilla, decimonónica en sus formas y estrategias; un tejido laboral cuya formación es baja y, en general, una extraña voluntad de dependencia que nos condena a llegar los últimos a los sucesivos ciclos económicos.

Es cosa sabida: Sevilla vive las etapas económicamente buenas menos tiempo y mucho más tarde que el resto de España. Y las crisis, como está sucediendo con la actual, nos llegan en fase tardía y suelen ser bastante más cruentas. Nuestro problema no es pisar la línea roja, sino salir de la línea negra. La del paro. Nuestro cáncer.

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