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La herencia inconfesable

Carlos Mármol | 26 de febrero de 2012 a las 6:05

El gobierno del PP en Sevilla construyó toda su oferta electoral sobre un cuestionamiento de la herencia política recibida de Monteseirín. El alcalde recurre ahora a sus proyectos para mostrar algo de gestión.

Marco Tulio Cicerón, orador romano, senador destacado, dijo un día: “Malos tiempos: los hijos han dejado de obedecer a sus padres y todo el mundo escribe libros”. Efectivamente: es así. Los tiempos actuales son pésimos para casi todos, incluso para aquellos a los que les toca en suerte la tarea (ardua) de gestionar algún tipo de herencia. Ya se sabe: son la causa de las mayores disputas que se producen en esa institución (social) que todavía llamamos familia.

En política ocurre igual. Hay herencias mortales y veniales, pero nunca neutras. Ninguna es fácil de llevar. Las excelentes provocan, con frecuencia, un problema de contraste: si el que llega al poder resulta ser inferior a su antecesor, la losa será imposible de levantar. Si, en cambio, es superior, acaso el gobernante que salga favorecido tras la comparación se contente con lo mínimo, en lugar de aspirar a lo máximo. Lo que suele generar, por lo normal, mediocridad.

Juan Ignacio Zoido, alcalde de Sevilla desde hace ocho meses, alcanzó el poder formal –el supremo debe ser de Dios, dueño de nuestros días– precisamente renegando de la herencia política previa que, tras ocho años de gestión, dejaba el gobierno PSOE-IU. Todo su proyecto discurrió, durante el lustro que estuvo en la oposición, por el raíl del revisionismo: el ejecutivo de Monteseirín era un gobierno con una corrupción estructural, que no salía a la calle y que se embarcaba en proyectos que dejarían en la ruina la hacienda pública. Cambio. La estrategia le salió redonda: sacó 20 concejales. Dejó sentado a un PSOE que todavía no ha sido capaz de entender cómo, con todos los recursos en su mano, su ex-alcalde, con más de una década de gestión, abandonó a su suerte a su base electoral.

Los primeros compases de la era Zoido también han estado marcados por las cuestiones de herencia. Su principal argumento político en este tiempo, casi el monotema, ha sido la denuncia (por los procedimientos habituales) de buena parte de las irregularidades cometidas por Monteseirín y Cía. Una salmodia que han repetido, por tierra, mar y aire, durante más de medio año. La táctica se equilibraba con golpes de efecto (relativos) para ir desmontando algunas de las medidas emblemáticas de la etapa anterior. Fue el caso del Plan Centro, derogado sin alternativa, o la paralización de facto de la Empresa Pública de la Vivienda (Emvisesa), pasando hasta por la modificación del callejero urbano, quitándole (ofensa sin necesidad) su calle a Pilar Bardem para rebautizarla con un nombre de Virgen. Laus Deo.

El revisionismo se ha convertido así, unas veces de forma más tibia, en otras ocasiones con un estilo más vehemente, en uno de los rasgos del ejecutivo de Zoido, que prometió –en su investidura– ser el alcalde de todos. Con veinte concejales y los añadidos externos, el ejército de guerra sucia del PP ha tenido estos meses una tarea enorme. Reunir un arsenal de bombas de racimo –de estallido mediático inmediato– por si alguien, principalmente de la oposición, se atrevía a no aplaudir el retablo de las maravillas en que algunos convirtieron la llegada al poder local del PP.

Gobernar es tarea ardua y, como la confianza ciudadana había sido alta, parecía que esta estrategia podría mantenerse hasta bien cumplida la primera anualidad del mandato. Las voces independientes y críticas –escasas– eran gotas en un océano de adulación, entusiasmo, mucho interés y cierta ceguera. Se podían hasta convertir en gestas las cosas menores: la reivindicación de la Navidad –inventada desde que la Iglesia así lo decidió– o asuntos delicados, como las tragedias personales (caso Marta), que si algo merecen por parte de todos no es compasión, sino respeto. Un hondo y profundo respeto.

Y, sin embargo, algo empezó a virar el rumbo del barco municipal, impulsado con fuerza por el viento de Poniente. Quizás la cosa mutó cuando, en un exceso de entusiasmo, el gobierno del PP decidió –en plena crisis económica– organizar en Sevilla aquella final de la Copa Davis que costearon las arcas municipales. El político sencillo y austero, sorprendentemente, iba por el mismo sendero de sus antecesores: los grandes eventos, espejismo en el que en su día nadaron Manuel del Valle (PSOE), Alejandro Rojas Marcos (PA) y Monteseirín. Tan sólo Soledad Becerril, casualmente de su mismo partido, se salvó de esta pandemia.



A partir de la Davis, todo ha ido a peor. No tanto porque el barco municipal esté naufragando –cosa imposible dado el escaso tiempo de gobierno, la solidez de la mayoría en el Pleno, la marea azul que vive el PP en España y muchos otros factores–, sino porque la imagen excesivamente idílica construida durante la campaña ha ido, poco a poco, resquebrajándose. Es el gran riesgo, en política, de los episodios de amplificación hasta la desmesura. Cuando se quiebran, se parten mucho más rápido que los retratos de corte más realista. Ciertos.

Curiosamente, el ocaso del mensaje evangelista del PP de Sevilla está coincidiendo con las vísperas de los comicios autonómicos, a los que Zoido concurre –de nuevo– como candidato a diputado regional. Quizás por esta circunstancia, la máquinaria municipal decidió hace unas dos semanas que convenía resaltar ante los ciudadanos la imagen del alcalde como la de un político capaz de impulsar los proyectos relacionados con el empleo. Ya no valían las soflamas contra los de antes. Cumplidos los ocho meses, los de antes ya eran los de ahora.

El plan consistió en escoger una serie de hitos que sustentasen la tesis electoral: Zoido impulsa proyectos para que exista trabajo en Sevilla. En un momento crítico –la reforma laboral del PP favorece el despido– parecía ser una buena táctica, si no fuera porque, ante la ausencia de una cosecha propia –la gestión de estos ocho meses es magra– tuvieron que recurrir a la herencia previa, tan criticada, y ocultando además su procedencia. Se sucedieron así las estampas: la remodelación del Mercado del Barranco, el impulso a la Ciudad de la Imagen (Higuerón Sur) y, por último, el “desbloqueo definitivo” de Ikea. Todo en sólo tres días. En un escenario egregio (la sala capitular) y con un mismo mensaje: Sevilla funciona gracias a Zoido.

La cosa, sin embargo, no salió como estaba previsto. Primero porque la gente normal, pero sobre todo la oposición, todavía tiene algo de memoria. Y segundo porque las medias verdades tienen las patas cortas. Era demasiado grueso hacer pasar lo que no eran sino meros trámites administrativos por hechos trascendentes. Incluso el colofón de Ikea saltó por los aires apenas unos días después cuando la propia multinacional sueca enfrió el optimismo municipal.

No hubiera sido demasiado trágico si la semana no hubiera terminado con el fin de la inocencia: los socialistas, quién se lo iba a decir a algunos, desvelaron que el PP tenía, al igual que ellos en su época, una red para contratar a familiares de hasta tres concejales y cargos provinciales del partido en los distritos. La primera reacción fue combativa: el edil responsable del asunto, Beltrán Pérez, dio una surrealista rueda de prensa en la que, como no podía negar la mayor (era verdad), amenazó a la oposición con rebuscar en su idílico pasado. Cosa singular: el pecado, parecía pensar el concejal, no era hacer ciertas cosas, sino que te cojan, como si determinados precedentes invalidasen el presente.

Al final, siendo un tema menor, terminó en causa mayor cuando Zoido forzó –gesto que es digno de reconocimiento– la salida de cinco de los familiares contratados por sus vínculos con el PP. Quizás la medida sea insuficiente. Cosmética. Pero demuestra varias cosas. Una: el periodo general de gracia ha terminado. Dos: la oposición, a pesar de los habituales espadanoicos, está funcionando. Y tres: los discursos excesivos siempre encierran en su interior la semilla misma de su contradicción. Es así.

  • luis

    Carlos no sé como lo haces, pero tu blog es la disección perfecta de un bluff. NO, no es una crítica desde la izquierda, de hipocresía progre estamos bien despachados en este país, es que sencillamente Zoido ha llegado al poder gracias a una imagen falsa de rigor en la gestión cotidiana, la micropolítica y al peor Gobierno Central de la España Constitucional. Una vez que ha sentado sus posaderas ha mostrado su verdadero rostro, tan trilero como Alejandro o Alfredo, pero tal vez más vulgar, si cabe, que este último. Sevilla no se merece este tipo de Alcalde.

  • Na Madeja Do

    Enhorabuena por su post. En otras ocasiones no he estado tan en consonancia con el discurso de sus posts -gracias a Dios, hay pluralidad-. Con el de hoy, coincido plenamente. Yo, quizás, incido aún más en esa línea continuista de olvidar los problemas reales de la ciudad que todos -subráyese todos- los partidos en Sevilla tienden a tomar. Todos demasiado parecidos. Pero es un matiz personal.

  • p.n.g

    El Zoido es una estafa ¡Quien no lo sabia! Como lo sera el Arenas ¡Si le votais! No habra andaluz que no se arepienta de ello. Estos vienen a montarse ¡A quien le extraña! ¿Que es lo que ha hecho la derecha siempre en Andalucia? llevarse todo lo transportable, de despeñaperro para arriba.

  • luis

    A p.n.g ¡hombre una cosa es que Zoido y su equipo no dan para más y otra que digas “¿que es lo que ha hecho la derecha siempre en Andalucía ?. Porque, la verdad, a no ser que te remontes al franquismo, o tal vez a los Reyes Católicos, cuyo gobierno algunos revisionistas distraidos lo interpretan en clave de derechona, la verda, “siempre” los que han estado aquí son los socialistas y ¡fíjate como lo habran hecho!, que parece que puede ganar el PP de Zoidete y Arenas, si ,si Arenas. ¿En fin que más prueba quieres del desastre del PSOE andaluz?.