La Noria » Archivo » Sevilla 25-M: lecturas cruzadas

Sevilla 25-M: lecturas cruzadas

Carlos Mármol | 11 de marzo de 2012 a las 6:05

Los socialistas se juegan otra vez el mito de su imbatibilidad electoral. El PP intentará arañar los sufragios que necesita para la mayoría absoluta en el cinturón de ciudades medias. Los comicios tendrán derivación municipal.

El tiempo, ese concepto difuso que, según San Agustín, existía y al mismo tiempo, nunca mejor dicho, dejaba de existir en función de la ocasión, es el factor que va a marcar la campaña electoral que, como dicen los argentinos, recién ha comenzado esta semana en Andalucía. Tiempo, según los socialistas, es lo que quizás le va a faltar al PSOE en las dos semanas largas que restan para que se produzca el dictamen de las urnas. Tiempo, a juicio del PP, es lo que probablemente le sobre (a tenor de las últimas encuestas) a Javier Arenas de cara al 25-M. Y tiempo (que perder) es lo que la mayoría de los electores consideran que va a gastarse en el circo mediático en el que se han convertido las carreras electorales.

Al igual que cualquier otra guerra, una victoria es una suma de batallas –no siempre menores– que hacen ciento. Los comicios regionales en los que se disputa el inmenso poder institucional de la Junta de Andalucía –poco más; no se engañen– se alimentan pues de un sinfín de enfrentamientos provinciales simultáneos que, debido a que las elecciones se organizan a partir de las distintas circunscripciones territoriales, cobran especial relevancia a la hora de asignar los diputados necesarios para la mayoría absoluta (del PP) o la minoría relativa (que formarían PSOE e IU). Las dos variantes iniciales del menú.

En este contexto es donde la batalla de Sevilla –ciudad mil veces conquistada; escasamente leal, a pesar del lema de su escudo oficial; centro obsesivo de atención en los duelos electorales previos– adquiere especial interés, al depender el resultado global de las autonómicas en buena parte de lo que ocurra en una provincia que, todavía, parece resistirse –con independencia de los motivos potenciales– a formar parte del cambio de ciclo político que desde hace ocho meses está transformando el mapa del poder en España. La Numancia sevillana es para los socialistas la última esperanza para no fenecer (políticamente) por completo. Para el PP, en cambio, viene a ser como la Granada de los nazaríes en tiempos de la Reconquista, que, como todo el mundo sabe, no fue sino una mera conquista por las armas. Sin preámbulo alguno.

Hay mucho en juego. Demasiado. Pero de forma distinta en función de cada protagonista. En el caso del PSOE, lo que ocurre en Sevilla es, sobre todo, una guerra psicológica, de identidad. Con independencia del resultado final –los sondeos hablan de un empate técnico en número de diputados entre los grandes partidos– lo que se dirime en Sevilla es una cuestión mítica. Esto es: si la provincia seguirá siendo el último reducto de sustento electoral de unos socialistas en fase menguante y, como era de esperar, más acostumbrados a devorarse a sí mismos que a vencer a sus adversarios.

Lo que está en juego no es sólo la Junta, sino el mito de la imbatibilidad electoral del PSOE de Sevilla. La condición que le ha convertido a lo largo de la historia reciente en el corazón mismo del partido, como se dice en Madrid, o, visto desde las provincias andaluzas, en una organización que es necesario someter o controlar para que el PSOE de ámbito regional mantenga en su fuero interno un cierto equilibrio que evite que termine saltando por los aires.

Dado el tamaño de la batalla –a nivel interno y externo– lo que resulta del todo sorprendente es que el PSOE sevillano llegue al campo de juego con una situación de interinidad tan profunda como la que salió tras la última de las guerras púnicas: la elaboración de la lista electoral. Los socialistas, cuyo principal reto para no fracasar consiste en movilizar a los suyos, se presentan a los comicios con una nómina electoral que la mitad de la organización rechaza y una serie de condicionantes internos que hacen prácticamente imposible lograr un grado de movilización suficiente para no estar intranquilo. No es extraño que los actos políticos se hayan programado en aforos limitados –para no dar sensación de orfandad– y en clave, si no íntima, sí muy discreta. Hay pocos motivos para el optimismo incluso a pesar de que los últimos sondeos van reduciendo –de forma leve– la distancia que el PP ha llevado durante meses a los socialistas.

Todo se juega a una carta, y la baraja ya no está exclusivamente en manos del PSOE, que además cuenta con inquietantes señales del fin de siècle: no tanto por la corrupción, que también, sino por otros síntomas tan gráficos como el retroceso electoral que, en los recientes comicios generales, se produjo en localidades metropolitanas de usual mayoría socialista: Alcalá de Guadaíra y Dos Hermanas, esencialmente; además de otras urbes medias donde el PP casi ni osaba dar la batalla.

Los sondeos, por otra parte, en realidad no aclaran demasiado el resultado final. Formalmente ganaría el PP, pero nada se dice –porque es imposible– de cuál va a ser el comportamiento electoral en el interior de la provincia, donde realmente se librará la batalla por la Junta de Andalucía. La bolsa de indecisos –oficiales– todavía es demasiado gruesa para que nadie cante victoria, ni siquiera los favoritos en la carrera electoral. Y eso que el precedente de las municipales podría hacer pensar –cosa que antaño se consideraba inaudita– que los votantes todavía no alineados podrían votar en masa al PP.

Si hace ocho meses esta hipótesis terminó siendo cierta, que vuelva a repetirse el fenómenos ahora es mucho más improbable. Un factor ha cambiado por completo el panorama: Zapatero no está; ya gobierna Rajoy y la economía sigue igual de mal que entonces, o bastante peor, ya que han comenzado las primeras medidas de ajuste –subida de impuestos, reforma laboral– y las decisiones paliativas que el PP ha ido aprobando para tratar de no perder imagen –protocolo contra los desahucios, límites a los sueldos de los altos cargos públicos– no ocultan la realidad subyacente: la crisis la va a pagar, como ocurre siempre, la gente normal.

Probablemente en lo único que Griñán ha acertado en los últimos meses fue en separar los comicios regionales de los estatales, en los que Rubalcaba no pudo evitar la extraordinaria sangría electoral de los socialistas. El tiempo –creían los socialistas– jugaría a su favor. Aunque esta tesis tampoco está del todo clara si se tiene en cuenta que la batalla de San Telmo puede estar perdida desde hace más o menos año y medio, cuando estalló el escándalo de los ERES falsos.

Los populares saben, en todo caso, que sólo con el mensaje de la corrupción no tienen garantizada la victoria necesaria. No basta. Insisten en su táctica de poner en cuestión la gestión de los socialistas –que han dado munición para varias décadas– pero a nadie se le escapa que su gran asignatura pendiente es crecer en el circuito de urbes medias que forman el fortín sevillano de los socialistas. No es extraño que el 70% de su lista electoral esté formada por concejales. Busca así el PP que sus referentes en estos ámbitos geográficos –localidades cuya población se sitúa entre los 10.000 y los 20.000 habitantes– logren arrancar votos que hasta ahora se les han resistido. O, al menos, que los socialistas no puedan recoger demasiada cosecha, lo que les permitiría sumar los restos necesarios para la mayoría hipotética. Suficientes para que los tres puntos de distancia de las últimas generales eviten que la bandera de la Numancia socialista sevillana continúe en pie.

En esta táctica, cuentan –y mucho– los votos de la capital. También, inevitablemente, habrá pues una lectura en clave hispalense. Los socialistas han dejado la campaña en la capital en manos de Juan Espadas, el líder de la oposición municipal, que en las generales presumía de haber logrado pinchar –levemente– la burbuja Zoido. Habrá que ver qué ocurre ahora para confirmar dicha teoría. El PP está en ascenso. Es un hecho cierto. También lo es que después de ocho meses de ejercer el poder municipal la figura política del regidor sevillano no es inmaculada. Ni mucho menos. Tendría gracia que el PP no lograse la mayoría absoluta por no retener todos los votos con los que cuenta en Sevilla capital.

Los comentarios están cerrados.