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Promesas, el vicio perpetuo

Carlos Mármol | 18 de marzo de 2012 a las 6:05

El PP desempolva todos los proyectos de infraestructuras pendientes en la provincia de Sevilla sin garantizar ni plazos ni presupuesto. Los socialistas se limitan a plantear el 25-M como un dique contra la involución.

Las campañas electorales cada vez se parecen más a una gran estafa. O a un extraño juego de trileros. O a una comedia que, en ocasiones, adquiere visos de tragedia, si se tiene en cuenta que se juega con las ilusiones de la gente y con la fe (ciega) de los ciudadanos en un sistema –la democracia– que cada vez es más formal –el ritual no se pierde– pero mucho menos sustancial. Lo mismo le ocurrió en su día a la Iglesia: todo el mensaje evangélico quedó sepultado bajo la mera liturgia.

El 25-M, al igual que los comicios municipales de hace apenas ocho meses y las últimas elecciones generales, ahondan en esta tendencia que consiste en que los candidatos –sin rubor alguno– se lancen a prometer cosas que ni siquiera tienen mínimamente estudiadas, desdigan con sus propias palabras casi todos sus hechos previos y, al cabo, limiten el debate público que debe ser inherente a una convocatoria electoral a una galería de fotos, un cuaderno de homilías y algunas misas de corte papal, con la grey moviendo banderitas al son del himno oficial. Vamos a ganar. Todo lo demás, en realidad, a quién le importa.

Este proceso, común a los dos grandes partidos, que son los que ocupan el escaso espacio disponible, aprovecha dos vicios comunes en los tiempos actuales: la insustancialidad (política) y la falta de memoria –relativa– del cuerpo electoral; incapaz, según algunos, de recordar lo que se dijo mucho más allá de una semana. No es cierto –nunca lo fue–, pero los estrategas de campaña de los candidatos trabajan siempre sobre estas dos premisas. Una: el elector funciona por un mecanismo emocional; la lógica no cuenta en una convocatoria electoral. Dos: la coherencia argumental es lo de menos; lo importante es la convicción con la que se defienden las incoherencias. Nadie se fija en el mensaje, sino el tono.

Esto es lo que dice el lugar común. Supongo que porque, en términos estadísticos, es lo que sucede. Sin embargo, hay algunas excepciones. Ciudadanos –votantes en términos electorales– que no sólo recuerdan lo que van diciendo los políticos en campaña, sino que incluso son capaces de mencionar lo que hicieron cuando gobernaban. Y que establecen diferencias. Jerarquías. Distancias. Y a partir de este ejercicio –crítico– obtienen sus propias conclusiones. Casi todas ellas dejan a los aspirantes a un cargo –alcalde, presidente de autonomía o candidato a presidir un Gobierno– en una situación escasamente edificante. No tanto porque exista una tendencia natural a criticar a la clase política –ellos niegan serlo, pero las evidencias los desmienten–, sino porque hacen su camino sin importarles demasiado sus propias renuncias. Piensan que no tienen el mínimo coste electoral.

Esta semana hemos asistido en Sevilla a un episodio ilustrativo. El PP, principal favorito en estos comicios, ha organizado una gira de actos por las localidades medias de la provincia –el cinturón urbano que todavía se le resiste– para intentar cosechar los votos que Javier Arenas necesita para lograr una mayoría suficiente, que en realidad se llamaría absoluta. Hasta aquí, lo lógico. Cada partido es libre de establecer su propia táctica de campaña. El problema surge cuando se analiza, con algo de sobriedad, sin los habituales entusiasmos, los mensajes de fondo lanzados por el partido conservador.

Todos ellos se han centrado en la política de infraestructuras, uno de los capítulos en los que la historia reciente de Sevilla muestra el escaso peso político que la provincia tiene no sólo en el ámbito andaluz, sino a nivel estatal. El discurso de Arenas, que en parte ya había puesto en práctica Zoido unos días antes, viene a afirmar que si los electores le otorgan su confianza dentro de una semana Sevilla logrará una ley de capitalidad –una vieja reivindicación de la ciudad– y, por arte de magia o milagro, recuperará el tiempo perdido en materia de inversiones públicas durante los últimos dos lustros.

Arenas no dejó –casi– nada por mencionar. Desde la red integral del Metro de Sevilla, cuya única línea hace tiempo que se quedó corta, pasando por la SE-40, la construcción de la SE-35 –una ronda urbana; municipal, por tanto– o el tranvía de Alcalá de Guadaíra. A juicio del aspirante popular, la Junta de Andalucía –el PSOE, en realidad– se “olvidó” de esta provincia después de la celebración de la Expo 92. “Esta provincia sencillamente dejó de existir”, sentenció el cabeza de lista popular.

Sobre el diagnóstico, hay poco que objetar. Son sencillamente datos estadísticos los que avalan esta tesis, aunque en otros territorios andaluces todavía continúe viva la vieja costumbre de los agravios contra la capital hispalense. Dicho esto, y dándole la razón a Arenas en el punto de partida de la discusión, lo cierto es que no sólo hay que analizar los presupuestos autonómicos, controlados por los socialistas en los últimos treinta años, para certificar estas carencias.

También los sucesivos gobiernos estatales han aprobado sus respectivas cuentas anuales con partidas de inversión muy débiles en relación al peso poblacional, económico y político que debería tener Sevilla. Y en esta cuestión, obviamente, algo también ha tenido que ver el PP. O lo que es lo mismo: los dos gobiernos presididos por José María Aznar, en los que Arenas jugó un papel político notable. Justo aquí es donde el discurso electoral del PP patina. Y la credibilidad política de su candidato resulta ser, cuanto menos, discutible. El PP sabe perfectamente que éste es uno de sus talones de Aquiles. Aunque parece confiar en que la memoria útil de los ciudadanos sea lo suficientemente escasa como para orillar semejante contradicción.

Un caso paradigmático es el Metro. El PP promete ahora hacer la red integral del ferrocarril metropolitano. Zoido lo pregonó durante su campaña, pero después pactó con la Junta un programa para dar prioridad a la línea 3, sin dejar de discutir el resto del proyecto. Parecía una solución razonable dado el contexto económico en el que vivimos. Sin embargo, vuelve a usarlo como argumento electoral. Habrá a quien le parezca lícito. A otros nos parece simplemente teatro: los gobiernos del PP en Madrid, con el ciclo económico a su favor, jamás llegaron ni siquiera a participar en la financiación de la línea 1. De donde se infiere que ahora difícilmente podrían asumir lo que entonces no quisieron pagar. Basta recordar, además, el reciente anuncio del ministro De Guindos sobre el inminente recorte del 40% en las licitaciones estatales en los próximos presupuestos para que la promesa del PP se derrumbe. Sencillamente: no es verosímil por muchas visitas de la ministra de Fomento que organice el PP. Visitas donde sólo se expresan buenas intenciones. Ni plazos ni presupuestos. Nada cierto.

La realidad es muy terca. Y los datos hablan sin excesiva glosa: el déficit de inversiones estatales que padece la provincia desde hace al menos dos lustros puede cifrarse en 2.173 millones de euros. El cálculo lo realizó en su día –2009– Francisco Ferraro, catedrático de Economía de la Universidad de Sevilla. Un argumento de peso que no induce precisamente a esperar un cambio de tendencia. Y que resta validez a la promesa electoral del PP de devolver a Sevilla el porcentaje de inversión del que viene privándosele en la última década. Esta deuda histórica oculta jamás la admitieron ni los socialistas ni los populares.

Los socialistas, asombrosamente, han querido sacar pecho al hilo del tropezón de Arenas. Para ellos el 25-M es ya el último dique contra la involución. El presidente de la gestora que dirige el PSOE sevillano tras su enésima crisis le mandó esta semana una carta al candidato popular en la que le reprocha que no quiera admitir la realidad. “Hemos hecho una segunda modernización”, le dice Manuel Gracia, el presidente de la dirección interina socialista. Basta ver las cifras del paro –el gran lastre de nuestra economía– para darse cuenta de cómo el papel lo aguanta todo. Sobre todo en campaña. Los socialistas prometieron en su día –Plan Estratégico de Alfredo Sánchez Monteseirín– el pleno empleo en la Sevilla de 2012. A la vista está que la promesa se ha cumplido. Nadamos en la abundancia.

  • elkay

    Eso es lo malo cuando uno ha estado antes en el poder siempre se le puede echar en cara porque no lo hizo cuando pudo, antes había dinero y no se hizo ahora con la escasez cree alguién en lo dicho, ya se sabe del dicho al hecho hay mucho trecho.
    Viva la amnesia selectiva