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¿Y tú de qué te ríes?

Carlos Mármol | 27 de marzo de 2012 a las 6:05

El PSOE celebra como una gesta la carambola de permanecer en el poder autonómico a pesar de que su respaldo electoral ha descendido en todos los ámbitos. El PP tardará tiempo en digerir la derrota. IU diseña su estrategia.

Alex O´Dogherty, uno de los mejores actores andaluces, tiene un monólogo espléndido que se llama ¿Y tú de qué te ríes? Entre otras disquisiciones sobre el humor absurdo –el mejor de todos– se pregunta en esta pieza teatral la razón por la cual la mayoría de la gente, cuando va por la calle y ve que alguien se tropieza y se cae, mucho más si es un amigo, directamente se parte de risa. Me acordé de esta imagen el domingo por la noche, cuando después de que las urnas dejaran al PP clavado en una mayoría agridulce –50 diputados, muy lejos de la absoluta que todo el mundo esperaba; sobre todo ellos– la televisión (Canal Sur, por supuesto) retransmitía la sonrisa de oreja a oreja que muchos altos cargos de la Junta de Andalucía tenían detrás de Griñán, que comparecía con gesto cansado, como quien sale de una larga pesadilla.

¿De qué se ríen? Supongo que precisamente de lo mismo que contaba O´Dogherty: alguien, de forma inesperada, se ha tropezado por la calle y está en el suelo. Ha tocado el piso, que dicen en la Argentina. La conducta no es demasiado noble, pero responde la verdad. No hay nada que haga más gracia que el fracaso ajeno, mucho más si éste resulta ser inesperado. Y, desde Maquiavelo, ya sabemos que la política –mucho más la meridional– no es noble, ni buena, ni sagrada, como dijera Lorca de la vida. Los socialistas, sin iniciativa política salvo para destrozarse mutuamente desde hace más o menos dos años, con un partido en total interinidad en Sevilla desde hace algo más de un mes, casi no terminan de creerse la carambola que les permitirá, si IU cierra un acuerdo estable de gobierno, retener el poder autonómico.

Cantares de gesta

Y es que, en realidad, los motivos para tanta risa se reducen a la desgracia ajena, no a los méritos propios. Tras cualquier elección es tradicional que los partidos políticos interpreten los resultados electorales como mejor convenga a sus intereses. Cualquier argumento es válido. Griñán habló ayer de que sus resultados electorales son “una gesta”. Quizás estemos asistiendo a una reelaboración de un género literario –de raíz clásica y cuya formulación en castellano es de época medieval– que hace varios siglos que no se practica y que Cervantes terminó de desmontar –creando la novela moderna– en El Quijote. ¿Una gesta? Decididamente es una manera optimista de verlo. Porque lo que señalan de forma nítida las urnas es que la marea del PP está empezando a retrodecer –algo previsible, aunque algunos no hayan sabido verlo– pero no porque los socialistas estén mucho más fuertes. Que uno pierda habiendo ganado y otro gane habiendo perdido no es exactamente lo mismo que ganar y perder de forma limpia. Ni de lejos.

En Andalucía, el PSOE se ha venido abajo. Diez puntos menos de respaldo electoral, nueve diputados menos y 654.831 votos por debajo del baremo de las anteriores autonómicas. Son hechos. Si Griñán se considera a sí mismo como un caballero andante en fiera y desigual batalla contra la derecha será porque, como ocurre en El Quijote, el caballero de la Blanca Luna –que no es el PP, sino los ciudadanos– le ha vencido pero le deja volver sano a casa para que recupere la cordura. La diferencia es que Alonso Quijano aceptó su derrota y el líder del PSOE andaluz no parece estar demasiado dispuesto a asumir esta misma evidencia, incluso con el inesperado regalo de mantenerse en el poder durante cuatro años. Le cuesta. Cosa que da que pensar. Bastante.

Especialmente significativo es el retroceso electoral de los socialistas en Sevilla, la provincia que, pese a todo, sigue siendo donde el PSOE tiene la mayoría. Se mire por donde se mire, los datos permiten resoplar pero no sacar pecho. En relación a las últimas autonómicas –hace cuatro años– los socialistas han caído 11 puntos. Pierden 172.287 votos. En comparación con las elecciones generales –la radiografía política más próxima– el retroceso es algo menor –porque ya estaban bastante mal– pero se acerca a casi los 28.000 votos incluso aunque, en términos relativos, por la redistribución de los sufragios, puedan argumentar una subida de dos puntos. Vano consuelo: la cuestión de fondo es que, a pesar de conservar el poder autonómico, la sangría de votos que se inició en las municipales no ha terminado. Prosigue.

En la capital, donde Zoido volvió a imponerse, el coordinador de la campaña del PSOE y líder de la oposición municipal, Juan Espadas, hizo ayer una lectura positiva de los resultados: si las municipales fueran ahora el PP no pasaría de los 16 concejales. Otra forma optimista de verlo. El PSOE no ha mejorado demasiado: en relación a las generales la pérdida de votos puede cifrarse en 7.181 votos. Es cierto que la burbuja Zoido –dada su sobreexposición provincial– parece que empieza a desinflarse –mucho desgaste en excesivamente poco tiempo–, pero eso no se traduce en un mayor grado de confianza de los electores en favor de los socialistas. Ni mucho menos. El discurso oficial del PSOE resulta previsible pero es impostado.

¿Cuál es entonces la diferencia? Parece que, frente a otras elecciones anteriores, el factor diferencial ahora radica en un hecho inédito: una buena parte de los votos del PSOE han ido directamente a Izquierda Unida, duplicando la representación parlamentaria de la coalición de izquierdas. Hasta ahora lo que ocurría era lo contrario: cada vez que los socialistas apelaban al miedo a la derecha y reclamaban el voto útil, IU era la gran perjudicada. En todos los ámbitos. Los votantes de izquierdas sacrificaban periódicamente a la coalición para sostener a un PSOE débil frente al ascenso de los populares.

Ahora, en cambio, no ha ocurrido esto: Griñán, siguiendo el catón de su partido, apeló al voto útil y centró su campaña en alertar de que el PP desmontaría el Estado del Bienestar, pero los votos huérfanos no se han quedado en las candidaturas socialistas. Se han ausentado –el descenso en la participación ha sido significativo– o se han trasladado a IU. Una diferencia notable. Tanto como para que este factor permita a la coalición de izquierdas, demonizada por el PP en Sevilla en las últimas municipales, jugar un nuevo papel en la política autonómica y, a largo plazo, quizás de nuevo en la municipal. Al tiempo.

La coalición de izquierdas ha recogido buena parte del voto socialista espantado por la sucesión de casos de corrupción. Y este hecho diferencial marcará el futuro: IU, más que en el reparto de cargos, centrará su táctica de negociación política con los socialistas en la máxima de que hay que “abrir las ventanas”. Todas. El electorado no ha avalado la corrupción, como argumentan determinados analistas de Madrid. Sencillamente han dejado a Arenas a las puertas de San Telmo: el mensaje reformista del PP dejó de ser verosímil cuando Rajoy comenzó a gobernar.

Ha pesado también la reforma laboral. Mucho. No se quiere admitir, pero los ciudadanos corren menos riesgos laborales dejando de votar al PP en las autonómicas que secundando la huelga del jueves. Arenas, asumida la debacle, salió al balcón de la calle San Fernando junto a sus ministros en el Gabinete de Rajoy: Báñez y Montoro. Los dos tienen mucho que ver con su trágica coyuntura. Tanto como el bajón electoral en la provincia de Sevilla, capital incluida.

La cuestión interna

Los resultados electorales también tienen una evidente lectura orgánica para los dos grandes partidos. El PP se enfrenta al vacío: la sucesión de Arenas es una incógnita. Durante varios lustros el propio líder del PP andaluz se ha encargado de impedirla, moviendo a los mismos para distintos puestos. Su derrota no es sólo suya, sino también de su guardia de corps. Especialmente en el caso sevillano.

Los socialistas, en cambio, tienen un escenario mucho más cómodo para sus ajustes de cuentas. Los rubalcabistas del Sur, que en caso de una derrota electoral hubieran tomado el poder orgánico andaluz y provincial sin demasiados apuros, ven ahora como la dulce derrota de Griñán y Cía bloquea en buena medida el plan de la reconquista.

Griñán pidió ayer que “le respeten su sitio”. Traducido: que el ejército chavista, sobre todo sus apéndices hispalenses, siempre activos pero casi siempre en la sombra, no piensen que va a dejarles degustar los honores de la caballería andante. Si hay cabeza habrá un pacto entre familias. Es lo más razonable para que la próxima vez su destino no dependa del fracaso de otros más que de sus propios méritos.

  • elkay

    Lo bueno de los tiempos politicos que vienen es si Griñan dejara que se abran todas las ventanas que le va exigir IU o sólo las que les convenga a ellos, se oreara la administración andaluza o seguira con ese aire irrespirable de hedor y tufo que actualmente hay.

  • Luís

    Dice el artículo que el PP tardará en digerir la derrota. Algo tan claro como ver los números finales de las elecciones del 25M para ver quien ganó y quien ha quedado segundo y quien ha quedado tercero. Ahora bien, quien gobierne tendrá que hacer muchos recortes porque el dinero brilla por su ausencia. Y, no le arriendo las ganancias cuando el pueblo llano se les eche encima por ello.