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La cohabitación

Carlos Mármol | 1 de abril de 2012 a las 6:05

Los resultados autonómicos redibujan el panorama político en el Ayuntamiento hispalense. Las cosas aparentan seguir igual pero las percepciones han cambiado. Zoido no podrá ya apoyarse en Arenas. PSOE e IU toman aire.

Las grandes victorias, y por tanto las derrotas, que son su reverso, no obedecen simplemente a los azares de la aritmética, la suerte, los méritos o el capricho. También dependen –y bastante– de la psicología. De la mirada. Los comicios autonómicos de hace una semana, en los que el PP se quedó en el umbral de San Telmo –llamando a las puertas del cielo, por utilizar el símil dylaniano–, también han modificado la política municipal sin llegar en realidad a alterar la situación que hace nueve meses situó al PP al frente del Ayuntamiento de Sevilla con una mayoría histórica.

Todo continúa igual. Y, sin embargo, casi todo ha cambiado. Otra cuestión es que quiera aceptarse de esta forma. Resulta evidente que, según la lectura oficial, los populares no han perdido la mayoría –sólida– que los aupó a las alcaldías de las capitales andaluzas. El suelo electoral del PP es muy fuerte –decir lo contrario sería pecar de ingenuo– pero la tendencia subyacente que señala el 25-M parece fortalecer la tesis de que la cosecha municipal fue tan excepcional para los conservadores porque se situó justo en el punto en el que la marea popular subía. Los últimos indicios apuntan a que ha comenzado a bajar.

Y dicen algo más: a pesar de que el sistema electoral fija periodos de gobierno de cuatro años –por un criterio lógico de estabilidad política– la crisis económica en la que vivimos desde hace ya casi un lustro es capaz de cambiar en un plazo bastante más corto las fotos que arrojan las elecciones. Sin dejar de ser válidas, ya no son perdurables. Mutan a velocidad de vértigo. Cosa que debería hacer reflexionar a los legisladores sobre si la representatividad política no debería, como ocurre con la legislación laboral, empezar a explorar nuevas vías, más flexibles, que respondan a los cambios de opinión de los ciudadanos.

Cambio de percepción

El gran cambio que nos ha traído el 25-M no es el que señalaban los sondeos: la sustitución de los socialistas por los populares en la Junta de Andalucía. Tampoco el cambio seguro que, según la terminología de campaña, reivindicaban los socialistas, entre otras cosas porque después de más de tres décadas en el poder en el Sur de España tratar de obviar la idea de que las cosas deberían ser distintas resultaba argumentalmente obsceno. No.

El gran cambio ha sido mucho más sutil y, quizás justo por eso, bastante más profundo. Se trata de un cambio de percepción. De óptica. Los ciudadanos ya no dan cheques en blanco a nadie –no hay liquidez bancaria, mucho menos de confianza– y retiran los ahorros, que en política son el crédito y los votos, cuando creen que el sendero por el que caminan los gobernantes es equivocado. Lo hacen con independencia de cuál sea tiempo transcurrido y obviando los formalismos de propio sistema electoral. Sin problemas. Es natural: la situación social, económica y política es de urgencia nacional.

En el caso de Sevilla, uno de los focos de la batalla política que vienen librando populares y socialistas desde las municipales –unos para conseguir la supremacía plena; otros para sencillamente evitar su desaparición–, el movimiento sísmico sobre todo ha sido de perspectiva. Un terremoto silencioso y, en el caso del PP de Sevilla, excesivamente prematuro. Increíble.

Los populares tenían motivos para la confianza: todos los hitos que jalonaban su pugna con los socialistas parecían allanar el camino hacia el triunfo. Arrasaron en las municipales, triunfaron en las generales y, según todos los estudios, el pálpito social –más escénico que cierto, pero éste es otro tema– prácticamente daba por hecho que Roma –Andalucía, tierra por igual de vicios y oropel– caería de su lado. Pues no.

El desajuste ha cogido al PP tan a traspié que va a tardar en poder articular un discurso, siquiera defensivo: los leales estafados son peores que los aduladores interesados. La misma noche electoral el alcalde de Sevilla, Juan Ignacio Zoido, el símbolo de este ascenso al poder abortado en su última estación, repetió el mismo argumento de su particular campaña electoral: “La alianza PSOE-IU es un pacto de perdedores. No durará”. Quizás sea así, pero serán quienes gobiernen Andalucía cuatro años. Y eso, en cierto sentido, sí es una victoria. Incluso aunque la política no sea únicamente el poder.

No resultan nada extrañas las palabras de Zoido, aunque afortunadamente se haya desvinculado con ellas de la oleada de lugares comunes, insultos y reprobaciones que desde los creadores de opinión –llamativo término para referirse a los propagandistas de plantilla– de Madrid dedican a los andaluces por haber ejercido en un determinado sentido su derecho al voto. Zoido es quien más va a padecer que la última apuesta de Javier Arenas haya salido mal. En términos personales (una cuestión privada y, por tanto, respetable), pero también en el campo político. De forma directa.

El gobierno local, que tiene por delante casi la totalidad del mandato municipal,se enfrenta a un grave imprevisto con el nuevo panorama político que se dibuja en la Junta de Andalucía. Un escenario, porque la política es sobre todo una puesta en escena ante los ciudadanos, a los que hay que convencer, que va a condicionar toda su gestión. Hasta el momento –nueve meses después de la victoria– el plan de ruta de Zoido ha consistido en golpes de efecto –muchos fallidos por un exceso de confianza–, cambios aparentes en el seno del Ayuntamiento –caras nuevas, vicios eternos– y un sentido de la paciencia que sólo se explica por la estrategia del PP de dejar que el cambio se consumase.

Al contrario que Rajoy, forzado por las circunstancias, el alcalde ha evitado tomar cualquier medida impopular –cayendo repetidas veces en un revisionismo inexplicable– para que su enorme crédito político, avalado por las urnas, aunque discutible, no perjudicase las aspiraciones de Arenas. Una opción singular que se concreta en un gobierno que hace oposición a la oposición en lugar de gobernar asumiendo riesgos, apostando y enfrentándose al desgaste inherente al ejercicio del poder.

La nueva situación complica todo esto. Lo impide. Zoido tendrá que empezar a gobernar –si quiere sobrevivir en el tiempo– sin demora, sin aliados (Arenas no estará en San Telmo) y con su principal embajador exterior –el líder del PP andaluz– en horas bajas en Madrid. Bastante más solo que antes, cuando estaba en multitud. Si Arenas hubiera ganado, el PP sevillano lograba la cuadratura del círculo: interlocución privilegiada, flexibilidad legislativa, sintonía y presupuesto ajeno a su servicio.

La derrota autonómica limita el campo de acción a lo institucional. Es lo más razonable –avivar la confrontación desde las instituciones no es valorado por los ciudadanos– pero parece improbable. Veremos. Pero lo cierto es que incluso la vía de ataque –a una Junta controlada por PSOE e IU– ya no sirve: el campo de juego para la confrontación ha saltado de escala. La pelea, cruenta, va a ser entre Madrid y Sevilla, no entre San Telmo y Plaza Nueva. Es la tragedia de pasar de ser un actor principal al elenco de reparto. Comienza la cohabitación.

Espadas: nueva estación

Este proceso afecta también a la oposición. El cambio de percepción que pone en crisis el rol del PP como partido triunfante ayudará a que su papel, necesario, se evalúe sin los prejuicios de quienes tienen miedo a caminar lejos del poder. Espadas sostiene que Zoido ya ha perdido la mayoría absoluta que logró en las municipales. Los datos le avalan, pero si el análisis se hace sobre las generales –la última foto política– el saldo no induce tanto al optimismo. Los socialistas mejoran pero siguen perdiendo votos que van a parar a IU. La derrota dulce de Griñán le ayuda –a la espera de contemplar las tensiones orgánicas– pero sólo ha cumplido un hito (acelerar el desgaste de Zoido, que era previsible por sus propios excesos) del camino hacia la Alcaldía. La estación termini todavía queda lejos.

  • rafael

    Decía el Sr. Zoido la noche mágica del 25M que un gobierno PSOE e IU era un gobierno de perdedores, ¿quiere el Sr. Zoido que le enumere aquí todos los gobiernos de perderos que han logrado ellos?. Hay que ser honrado en la vida y aceptar la democracia, sea para bien o para maal para cada uno. Si la reunión de votos para gobernar es una figura que contempla la democracia, no podemos desproticar cuando no es favorable a nuestros interses. ¿Han pensado en el PP la cantidad de chulería que han desplegado y que le ha llevado a perder.Humildad.

  • kulebra

    Zoido y su equipo no van a tener más remedio que empezar a trabajar, a ver si vemos algo de todo aquello que decía en campaña. O eso, o que nos caiga una Copa Davis cada 9 meses para disimular un poquito.

  • Francisco Vélez Nieto

    Para detener el PP la pérdida de imagen que sufre tras las elecciones, lo primero que tiene que hacer es decirle a sus voceros de los medios de comunicación, que dejen de insultarnos.Su ceguera los pierde. Tampoco nos conoce Durán Lleida.

    No recuerdan esa frase de los andaluces: EN MI HAMBRE MANDO YO

    Elandaluz de la taberna

  • la mirada revoltosa

    Muy lúcido el artículo. Las victorias del PP no se han sustentado en la ilusión de quien se ve como la solución, sino como el problema más pequeño. En cuanto el problema anterior ya no está y se constata que el nuevo es, en el mejor caso, como el problema anterior, el suflé electoral se desmorona. Zoido se va a tener que meter en política si quiere revertir esta situación. Complicado quien ha sustentado todo en el continente y no en el contenido.