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Un drama shakesperiano

Carlos Mármol | 8 de abril de 2012 a las 6:07

Sevilla recibe la misma semana dos pésimas noticias: el desempleo subió casi un 12% en apenas un año y el marco presupuestario estatal consuma el descenso de las inversiones públicas, que han caído hasta un 63% en un lustro.

Monteseirín nos prometió hace algunos años el sueño del pleno empleo para 2012. Zoido, alcalde desde hace nueve meses, el bíblico milagro imposible de multiplicar los panes y los peces. Ni uno ni otro acertaron. El año en curso ha superado ya el hito de su primer trimestre de vida sin dar señales de desfallecer en su tarea de hacer brotar el pesimismo por doquier. La profecía va camino de cumplirse antes de tiempo. Sin esperar al ecuador del calendario: 2012 será bastante peor que el nefasto año pasado, cuando los optimistas –que cada vez son menos– todavía hablaban de los míticos brotes verdes, tornados acaso en azules tras el intenso carrusel electoral de los últimos doce meses.

En este tiempo hemos votado tres veces en diez meses. Hemos cambiado al alcalde, al presidente del Gobierno y, de forma acaso singular, hasta se diría que llamativa, hemos fijado las condiciones para ensayar un nuevo statu quo político en Andalucía: el cambio inverso, la combinación que casi nadie esperaba, el singular pacto de gobierno entre los socialistas y la izquierda. En el fondo, en realidad, no hemos alterado casi nada la cuestión esencial, de fondo: las perspectivas para una recuperación económica continúan siendo escasas, inexistentes y virtuales. Ya ni siquiera se puede entonar un discurso en el que aparezca la palabra futuro. Se recibe como una cruel broma del destino.

Pareciera que votar sólo sirve para cambiar el reparto de los actores del cuadro de comedias sin que el libreto que se representa se modifique ni un ápice, salvo para llegar al nudo de la trama, justo cuando el sainete se transforma en tragedia y se hace verdad la gran frase de Shakespeare: “La vida no es más que una sombra en marcha; un mal actor que se pavonea y se agita una hora en el escenario y después no vuelve a saberse nada de él. Es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no significa nada”.

Una sangría social

Ni siquiera la fuerza de la costumbre nos permite escapar de esta sensación, similar a ir caminando por las calles con la ropa empapada. Los datos oficiales del paro, que esta semana han sido el preámbulo de un largo rosario de malas noticias, confirman que el panorama económico de Sevilla no tiene visos de cambiar, por muchas reformas que anuncie el nuevo poder político, muy molesto, más que con esta crisis de vocación perpetua, con el inconveniente de la erosión –inevitable y creciente– que supone tener que decidir. Y, además, con el serio imprevisto de la cruenta etapa de confrontación política que se abre entre Andalucía y Madrid.

Esta pugna va a marcar la agenda pública de los próximos años. Sin duda. Pero mientras nuestros representantes públicos continúan jugando a sus batallitas particulares y planean sus golpes de efecto –San Telmo contra la Moncloa, Génova contra San Vicente– las estadísticas reiteran que todo esto no sirve absolutamente de nada: en el último año, mientras la prioridad única de las fuerzas políticas han sido las constantes citas electorales, el paro ha escalado casi un 12% en la provincia, situándose por encima de los registros anteriores. Sevilla tiene 25.000 personas más en las listas del Inem –cuya privatización parece inminente ante la falta de resultados para cumplir con su objeto social– que hace sólo doce meses. Hasta 81.000 familias viven –se dice pronto– sin ingresos regulares. Llevamos ocho meses sin tregua en los que la inmisericorde noticia del desempleo constante condiciona vida y haciendas hasta teñir de negro todo el horizonte.

Resulta hasta lógico que el ambiente reinante sea de profunda depresión. La reciente encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) es como un parte del psicólogo. Los ciudadanos no ven luz al final del túnel. De hecho, ni ven la luz ni existe el túnel. Todo está fundido en negro. La situación se expresa, como todos los quebrantos, a través de una ecuación matemática, numérica. Un lenguaje extraño que siempre porta malas noticias. La crisis es económica, sí, pero también moral, ética, anímica.

Un ejemplo: junto al paro y a la degradación del tejido económico de Sevilla, las otras dos cuestiones que la sociedad percibe como preocupantes son los fraudes, la corrupción –el pan nuestro de cada día, sin diferenciaciones de signo político:los pecados no tienen ideología– y el propio comportamiento de la clase política. En teoría, son nuestros representantes. En la práctica, a juzgar por el cuadro que dibuja el CIS, nadie los considera así. Sencillamente aparecen como una casta ensimismada en sus juegos de posición, las ceremonias asociadas a la vanidad y el perpetuo veneno del poder.

Probablemente la crisis anímica –del alma, que dirían los clásicos– sea más profunda que la que atañe a la hacienda patria. Acaso por aquello que dejó escrito el autor de los Sonetos: “Un hombre que no se alimenta de sus sueños, envejece pronto”. Llevamos cinco años postrados en el diván, pero parece casi una década de cadenas, que son nuestras deudas morales y económicas. Porque si hay algo de lo que podamos estar seguros en esta vida –puede que incluso en la eterna, si es que existe– es que los débitos contraídos se cobran, con sangre, sudor y lágrimas. Siempre se abonan: hasta en libras en carne, si hiciera falta. Sangrienta forma de interés que reclamaba el prestamista judío Shylock en El Mercader de Venecia. De nuevo, Shakespeare: el gran dramatugo del teatro isabelino inglés, tan eterno como sucesivas son las tragedias humanas. El padre de la eterna duda ontológica que atenaza al ser humano.

Los presupuestos

Las dudas nacen de la incertidumbre vital y social. En cierto sentido, son síntoma de inteligencia. Quizás esta crisis nos haga –a la larga– mucho más sabios, al tiempo que pesimistas, pero lo que es indudable es que nos ha hecho ya mucho más pobres, frágiles y dependientes. Sevilla, que a lo largo de su historia no ha sido nunca capaz de entender que su verdadero porvenir depende esencialmente de sí misma, no de los demás, se ha quedado este año con una cuota casi testimonial en el exiguo reparto de los presupuestos generales del Estado. Desde que comenzó el final del mundo –2007– las inversiones del Gobierno central en la provincia han caído hasta un 63%. Sin contar el déficit inversor acumulado en los últimos diez años.

Los socialistas, que fueron los dueños de la tijera hasta el pasado año, y que la utilizaron sin reparos, ponen estos días el grito en el cielo acusando al PP de incumplir el estatuto de autonomía –que fijaba un umbral de inversión en base a la población– y condenar a esta tierra al desastre económico. El PP sevillano no abre la boca. Ni siquiera Zoido, que vive con asombrosa intensidad el eterno bucle melancólico de esta Semana Santa lluviosa, quebrada e interminente. Elocuente silencio.

Los socialistas tienen razón en una cosa: sin inversiones la recuperación es imposible. Aunque habría que preguntarse qué vale más: si un estatuto de autonomía votado por una minoría de ciudadanos –recuérdese la participación que tuvo la consulta del referendum estatutario– o un contrato con un banco. En la vida ocurre lo mismo: la hipoteca es un vínculo mucho más sólido que cualquier acta matrimonial, sea ésta religiosa o civil. Estamos unidos por nuestras deudas, no por nuestros sueños. Y éste es el gran problema.

Dejémonos de lírica. El estatuto quizás sea –vamos a ser generosos y a aceptar la mayor– el sueño de la Andalucía oficial. No es, sin embargo, la realidad en la que intenta sobrevivir la Andalucía real, presa de las deudas, el paro y la desesperanza. Shakespeare decía que somos el tejido de nuestros sueños. En Sevilla hace tiempo que ya ni siquiera soñamos, sólo sesteamos.

  • Maria

    Señor Mármol no puedo estar más de acuerdo con Vd. Es triste dejar de soñar en un entorno tan bello, tan onírico. Muchas felicidades por haber plasmado en su artículo un estado de ánimo que nos invade a muchos con un verbo y un estilo bellísimo. Ha sido muy acertado al acudir al ambiente Shakespeariano, no encuentro ningún imaginario mejor que el de Stratford para describir un estado anímico de tantos.
    No queda ya espacio ni para los sueños ni para los intelectuales en tal ambiente.