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Después de tantos años

Carlos Mármol | 15 de abril de 2012 a las 6:06

Sevilla llega al vigésimo aniversario de la Exposición Universal entre la indiferencia, la nostalgia, las medallas inmerecidas y la eterna obsesión por recrearse en un pasado estéril que no se traduce en ningún proyecto colectivo.

Veinte años después, cuando el tiempo, el único señor verdadero, se ha llevado por el sumidero de los días las ilusiones de la juventud, tragedia común y extendida, como las heridas, que no deja de sucederse desde hace siglos, la mejor frase que se me ocurre para conmemorar la efeméride en cuestión es la que pronuncia Michi Panero, uno de los infantes terribles del poeta falangista Leopoldo Panero, en El desencanto, la película que Jaime Chávarri rodó en la década de los 70 para mostrar en carne viva la debacle del concepto tradicional de familia: “¡Éramos tan felices!”.

Por supuesto, al igual que sucede en el documental de Chávarri –puro cinema verité–, la sentencia no es más que un exceso; acaso un pecado de juventud, esa etapa llena de tanta ingenuidad como de desconcierto que, con el correr del tiempo, a veces parece prolongarse hasta la madurez prematura. Hablo de esa sensación íntima, el lugar común de suscribir que cualquier época pasada fue más grata que la que vivimos en tiempo presente, que no suele ser verdad. No, al menos, de la manera que todos reiteramos al repetirla, como un lamento nostálgico, cuando viene al caso.

No es que fuéramos felices. Es más simple: éramos mucho más jóvenes, mucho menos sabios (de eso estoy seguro) y bastante más seguros de nosotros mismos, lo cual suele ser sinónimo de inconsciencia. El tiempo nos ha ido enseñando después, poco a poco, o de golpe, dependiendo de cada caso, la lección maestra: la fragilidad perpetua forma parte, es la inevitable consecuencia, de la verdadera sabiduría. No hay otra.

Dos décadas después de la Exposición Universal del 1992, el hecho histórico que los propios sevillanos estiman como el más relevante del pasado siglo XX –lo demuestran Pedro G. Romero y Armando Silva en su libro Sevilla Imaginada–, casi todo el recuerdo de aquellos días aparece tamizado por la nostalgia, la indiferencia, los cuentos, las batallitas de tirios contra troyanos –revividas de nuevo casi tres décadas después de que comenzase a gestarse un sueño que terminó convertido en un negocio– y, en general, un grado mayúsculo de autosatisfacción, más impostado que sincero. El viejo recurso de los cobardes, incapaces de mirarse al espejo y constatar el paso del tiempo.

No hay demasiados motivos para celebrar nada. A lo sumo, bastaría simplemente con recordar determinados hechos, un puñado de nombres que estuvieron a la altura de las circunstancias –sin que nadie, como suele pasar en la vida, se lo haya agradecido en tiempo y forma– y ciertos episodios menores, nada grandielocuentes, que fueron claves para aquel proyecto. Sería recomendable que lo hiciéramos sin incurrir en uno de los habituales vicios hispalenses –el autoengaño, que deviene la visión celestial que cierta Sevilla tiene de sí misma– si queremos obtener algún fruto, por magro que sea, de las azarosas circunstancias que impone el calendario.

Empecemos por los hechos. Primero: la Expo 92 sacó a Sevilla del profundo subdesarrollo latente en el que la ciudad vivía hace ahora dos décadas. Evitó que siguiéramos siendo durante algunos decenios más la Sicilia española –nos quedamos en Nápoles, sin llegar nunca al sueño de transformarnos en Roma– y nos abrió un nuevo horizonte, limitado pero ciertamente hermoso, que no supimos aprovechar del todo.

Segundo: la Muestra Universal, a pesar de transformar de forma profundísima el esqueleto urbano de Sevilla, un mérito que no fue precisamente de buena parte de los propios sevillanos –los creyentes al principio eran muy escasos; los conversos después fueron legión–, no cambió el tradicional imaginario hispalense, que continuamos padeciendo con más o menos intensidad dos décadas después de atisbar que el mundo se movía –algo que ya nos explicó Galileo, pero que algunos en Sevilla todavía no tienen claro– y que la ciudad acaso podía también caminar con un compás similar.

Si vinculamos estas dos cuestiones, el balance es agridulce: la Expo 92 nos hizo parecer mejores sin que en realidad llegáramos a serlo del todo. De ahí que su vigésimo aniversario, con independencia de aquellos que, por la falta de quórum y los decesos imprevistos de los verdaderos protagonistas, vienen ahora a ponerse medallas que jamás merecieron, se perciba como un instante fugaz. Una estampa entrevista desde un tren –el AVE– que podía alcanzar una velocidad de vértigo sin esfuerzo y sin hacer el más mínimo ruido. Tan estable como un avión. Moderno. Puntual. Inaudito.

Habrá quien crea que, desde entonces, Sevilla ha avanzado. Que ahora es una urbe adaptada a los tiempos y a las circunstancias, consecuente con el paradigma histórico concreto que le ha tocado vivir. Y quizás esté en lo cierto, pero de forma inversa, no precisamente positiva. En estos tiempos de la segunda Gran Depresión, la del crack de 2007, la ciudad está quebrada por la mitad, con unos índices de paro terribles, un tejido empresarial con vicios similares a los de entonces, una concepción del progreso sustentada en la singular paradoja de los subsidios públicos –que se critican en público, pero se ambicionan en privado– y una tendencia innata a celebrar la nada cotidiana en los habituales carruseles sociales con fondo costumbrista. Tan nuestros.

Si algunos sevillanos pensaron que la Exposición Universal iba a cambiar todo esto, el desencanto, después de tantos años, no puede ser mayor. Nadie esperaba un milagro, sino que el 92 fuera el inicio de un proceso evolutivo. En lugar de eso, Sevilla ha padecido en estos años uno de los males sociales más nefastos: el paternalismo. Nos hicieron la Expo desde fuera –con mucho talento sevillano que tuvo que luchar contra las habituales inercias de la ciudad oficial– para después dejarnos solos, abandonados a nuestra suerte: sin suficientes inversiones durante algo más de un decenio –por temor a las usuales acusaciones de centralismo que sólo esconden la voluntad de sustituir la capitalidad hispalense por algunas variantes menores, tan ridículas como los superlativos sevillanos– y con la vaga sensación de que nos regalaron un futuro que acaso no nos merecíamos.

Todavía algunos insisten en esta tesis de que no hemos sabido aprovechar las ocasiones históricas, venidas desde fuera, olvidando interesadamente que tras los dos certámenes internacionales que acogió Sevilla durante el pasado siglo –la Exposición Iberoamericana; la Muestra Universal– se sucedieron dos profundas crisis económicas que terminaron por convertir lo que debía haber sido un principio en un final abrupto. Una determinada Sevilla, que entonces pasó de las dentelladas a exigir barra libre en el recinto de la Isla de la Cartuja, probablemente no haya querido adaptarse a los tiempos porque sabe –con bastante certeza– que en el mundo en el que vivimos su protagonismo social sería minúsculo, ajado, hasta un punto ridículo.

Otra ciudad, sin embargo, probablemente en la diáspora habitual o en el exilio interior, bienintencionada, cosmopolita, presa del mal de la inteligencia –la costumbre de cuestionarse las cosas, el sentido del ridículo, la tendencia a argumentar en lugar de proclamar desde un atrio–, al dudar de sus posibilidades, ha terminado por dejar el campo abierto a los nostálgicos –siempre es un consuelo, pero el lirismo sólo sirve para pasar el rato–, a los que ahora se reivindican como héroes de una gesta que, como la Isla de la Cartuja, fue un hecho exógeno a Sevilla, y a los que, ante la ausencia de otras perspectivas, insisten en mirar hacia atrás. No es de extrañar: hacia delante sólo está el precipio.

  • galivor

    Por donde andara Jacinto peñon,el comisario de la Expo se compro un yate y se fue a recorre mundo, desde entoces vive de la renta

  • un tal pedro

    Mire vd, hablándole desde otra parte de Andalucía, y sin entrar en esas profundidades sevillanas que para vds. se quedan, la Expo sí cambió nuestras vidas, bueno, mejor dicho, cambió nuestras ilusiones y la forma de ver la vida. Desde aquel gran espectáculo y derroche de millones, sobre todo ésto último, los españoles y andaluces venimos pidiendo cíclicamente la llega de una expo, año cultural, centenario, bicentenario o lo que se tercie, que nos ponga en la onda. Montar una gran lotería que toca siempre al que la juega. Antes se pedían expos para cambiar la historia, para romper el atraso, para reclamar ese trocito de cielo del bienestar que aquí, sobre todo en el Sur, tardaba tanto en llegar. Hoy en día se sigue pidiendo para romper la inercia tremenda de la crisis, para que pase algo que cambie el panorama.

    Así somos, que trabajito nos cuesta el hacer las cosas por hacerlas y bien hechas, el ponernos a trabajar por ser mejores cada día sin excusas, sin justificaciones, tenemos que esperar un zamarreón histórico para ponernos las pilas y romper nuestra rutina de mediocridad y ensimismamiento. En fin, es que no damos para más, es lo que yo digo.

  • Sergio

    No creo que el XX Aniversario deba ser sólo un recordatorio nostálgico, se debe utilizar esta fecha para dar a conocer el recinto de la Cartuja, un lugar plagado de empresas, centros universitarios y espacios culturales muy vivo que es desconocido por gran parte de la ciudadanía. Ése debe ser el sentido de este Aniversario, partir de lo que hay para darlo a conocer y afrontar el futuro.

    Me ha gustado mucho la frase “Una determinada Sevilla (…) probablemente no haya querido adaptarse a los tiempos porque sabe que en el mundo en el que vivimos su protagonismo social sería minúsculo, ajado, hasta un punto ridículo”. ¡Qué gran verdad!

  • Manuel Carmona Rodríguez

    Carlos y Daniel: me recuerda esto a lo que les ocurrió en las dos primeras décadas del siglo XIX a los prerrománticos sevillanos; los Lista, Blanco White, Reinoso, Marchena… Sobre todo a raíz de la vuelta tenebrosa de Fernando VII, la gente les dio la espalda cuando su talento y su compromiso hubiesen permitido sacar a esta ciudad y a España de las dualidades y miserias en las que estaban sumiéndose.

  • Luis

    Cuadraron las cuentas de la Expo92??? Hasta donde yo se, no.

  • Antonio Pérez

    Galibor, D. Jacinto Pellón falleció hace ya dos años. Gentuza cómo tu es la que sobra en Sevilla

  • sevillí

    Algún día, si no se hace ya, en las Escuelas de Periodismo se pondrá como ejemplo de amarillismo sin precedentes (bueno, sí, tal vez con el único precedente de la campaña de Randolph Hearst para que USA declarase la guerra a España en 1898)la campaña brutal que antes y durante la Expo, dos medios de comunicación escrita locales (uno de sólo tres letras y otro, ya desaparecido, con un guarismo al final de su título) realizaron no sólo contra las obras y el proyecto de la Muestra, sino también contra sus artífices: Pellón, Bofill (posible Comisario descalificado tan sólo por ser catalán), Jesús Aguirre…por no hablar del presidente del Gobierno de entonces, que, casualmente, creo que era sevillano y algo hizo por su tierra sin que sus paisanos hayan tenido con él ni un mero gesto honorífico de reconocimiento.

  • Sevillano Errante

    Tras tantos años, 20!! … y como nada se hace y lo que nos cuesta cambiar . . . una de innovacion para la ciudad mas anquilosada del planeta … por que no una semana “santa” cada trimestre y en el recinto cartujano? selectivamente,procesionar los iconos de la ciudad para atraer mas turismo: la unica industria que nos queda. Se podria justificar inclusive “religiosamente” al aumentar la frecuencia procesional atrayendo turismo religioso (estilo peregrinacion/romeria). Venta de camisetas, medallas y demas “mementos” … Atraer artistas de la cosa musical, plastica, “happenings/installations”, moda alrededor de la semana “santa” alternativa … Y como los puristas se quejarian de realizarse en la carrera oficial y “a destiempo” . . . Solucion: que se recupere, de una vez, el sentido tematico del parque cartujano de una manera permanente y se haga ahi, … y que el estadio de la Cartuja, haga las veces de catedral. Asi sirve de algo . . . Imaginad el estadio lleno de forasteros y ociosos … y los pasos procesionando por la pista olimpica … y los “avida dollars” fluyendo, como nueva plata, por la ciudad … Ea! ya se tiene una carrera alternativa y nos aplicamos lucrativamente a lo que somo realmente buenos… Los mejores … Y se refuerza el efecto magnetico de Sevilla … Mas ideas para la Cartuja: usar pabellones como casinos o cosos taurinos durante todo el año … o como macro-casetas en ferias de abril en invierno o en agosto … Tal vez incluso podamos crear empleo!! Sevilla=Las Vegas?
    Surrealismo? Seria, francamente, consecuente; en esta ciudad donde incubar empresas y crear futuro parece asunto “de otros”. Que vamos a hacer para que Sevilla sea relevante en el s. XXI?