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El tiempo, ese enemigo

Carlos Mármol | 30 de septiembre de 2012 a las 6:15

El mandato municipal de Zoido corre rumbo a su ecuador y augura una maquiavélica encrucijada: cada vez queda menos tiempo para un gran proyecto y menos para posponer el calendario del futuro ajuste municipal.

Tempus fugit, decían los clásicos. Las horas se esfuman aunque nos parezcan eternas. La vida corre. Todo muta. Buena parte de la cultura occidental está basada en las variantes sobre el concepto del tiempo. Dicen que es uno de los elementos que nos diferencian a occidentales y orientales. En la Europa del Norte el calvinismo lo convirtió en un lingote. Las horas son de oro, se dice. En el vértice meridional del Viejo Continente, en cambio, el grito de guerra es de estirpe latina: carpe diem. Aprovecha el momento porque, como nos dijera Quevedo, el tiempo es el único caminante que no se vuelve tras sus pasos. Ni tropieza ni mira hacia atrás. Los que miramos en dirección a los días vacíos del pretérito sólo somos nosotros.

La literatura clásica está llena de apelaciones a la eternidad efímera –un tiempo que se sueña detenido pero que se diluye– y maldiciones contra los relojes, los artefactos que con arena, mecánica o la propia luz del sol usamos para dibujar un relato, el de nuestra propia existencia, cuyo desarrollo siempre se nos escapa. En política ocurre lo mismo. Las horas cuentan. Los años pesan.

El principal activo de un gobernante no es el dinero ni las ideas, sino el tiempo. Antes de llegar al poder, cuando se está en la oposición, la batalla se plantea en términos de conquista electoral: el plazo de un mandato o una legislatura viene a ser el único método de medición. Cosa que no siempre beneficia a los administrados, a los que muchos políticos sólo valoran en función de la decisión que toman cada cuatro años: ir (o no) a votarles. Después, cuando se ha alcanzado la cima, que no siempre está tan lejos de la sima, el calendario, otra medida de tiempo, se impone: la planificación es la primera decisión estratégica que toma un gobernante instalado en el sillón del poder. Nada más coger el bastón de mando en un Ayuntamiento, lo inteligente es mirar la caja y, a continuación, medir los tiempos. Planificar.

Reinar o gobernar. No se trata de ningún capricho, sino de una evidencia: en política lo mejor suele ser enemigo de lo bueno, sobre todo si para alcanzar lo primero se carece de la habilidad necesaria para lograr lo segundo. Ocurre mucho más en el ámbito municipal, donde el tiempo útil de cualquier alcalde está devorado por las obligaciones protocolarias y sociales, dejando escaso margen temporal a las que quizás sean las tareas políticas más trascendentes: pensar, calibrar, dirigir, decidir. Sin ellas se puede reinar, pero no gobernar. Quizás por eso la obsesión de los políticos que conocen la vida municipal sea trabajar con un calendario global del mandato. Porque las iniciativas que no se culminan se convierten en frustraciones y aquello que no se empieza en su debido momento puede volverse pesado como la cadena de un reo. Será visto como una muestra de incapacidad.

Que los mandatos municipales se limiten a cuatro años es garantía de que un mal gobierno no será eterno, aunque a veces priva a las ciudades de un futuro estable. Los ciclos políticos integrales generalmente requieren un mínimo de ocho años. Los motivos son dos: una ciudad no se transforma en un año y buena parte de las energías de los gobernantes se pierden en poner a caminar –hacia la dirección correcta– la maquinaria municipal, que es un organismo con males de origen decimonónimo y demasiadas costumbres ajenas a los tiempos.

No es pues ninguna locura lo que dice el viejo consejo de un regidor sevillano: “el primer año piensas y, si puedes, inicias los proyectos; el segundo los impulsas y los supervisas. El tercero, los compruebas. Y el cuarto año los cuentas. Si fallas en cualquiera de estas fases sencillamente estás muerto. Llegarás a la reelección con problemas”.

Hay quien cree que a Zoido ya le está ocurriendo justamente esto. Acaso por eso Soledad Becerril, la única alcaldesa que ha tenido el PP en Sevilla, le aconsejó al llegar a la Alcaldía que hiciera pocas cosas, pero bien. Sabía de sobra por experiencia propia que el calendario es el primer enemigo de un alcalde. La guillotina constante. Después vienen las tareas de representación institucional, muy útiles para el contacto electoral permanente con ciertos sectores sociales pero, por contra, estériles para sacar adelante los proyectos, sean éstos grandes –estratégicos– o pequeños.

Posiblemente sea una extraña broma del destino, pero en el caso de Zoido no hay metáfora más acertada para representar esta encrucijada que la que él mismo utilizó, sin reparar en su vigencia, durante su última fase en la oposición. Decía entonces, cuando era un candidato con muchas opciones, pero no todavía el alcalde con mayor respaldo electoral de la historia en Sevilla, que quería que la ciudad funcionase como un reloj (suizo). Una acertadísima expresión: denotaba algo de europeísmo, eficacia y puntualidad. Todo lo contrario a lo que históricamente ha sido la gestión de los sucesivos gobiernos municipales sevillanos, con independencia de su diferente signo político.

Pues sí: todo se resume en un reloj. Hasta los socialistas, una vez asumido su batacazo tras las elecciones, planificaron su primera etapa de oposición al PP sobre un sencillo eje de coordenadas: la primera fueron las promesas electorales múltiples de Zoido; la segunda, el tiempo. Hasta hicieron una web para medir los incumplimientos del gobierno municipal, lo que no deja de ser en cierto sentido un reconocimiento: no buscan todavía ilusionar los electores, sino decepcionar a los contrarios. Bautizaron el invento como El cronómetro, robándole el nombre a la célebre relojería de la calle Sierpes.

Su lectura, lógicamente, es interesada. Pero incluso si no se comparte su enfoque parece obvio tras más de un año y medio al frente del Ayuntamiento que el principal enemigo del PP no es Espadas –el portavoz socialista– ni el líder de IU, Antonio Rodrigo Torrijos, al que el equipo de Zoido castigó civilmente para llegar al poder tanto como ahora lo ignora, sino la figura del propio alcalde en relación al paso de los meses. Su famoso reloj. El tiempo va a ser el factor que inclinará en un sentido o en otro la valoración de este mandato municipal. Un recurso efímero, escurridizo y que dificulta la estrategia política porque, al contrario que otros elementos, las impresiones que fija el mero discurrir del calendario no pueden negarse, matizarse ni disfrazarse.

En la Plaza Nueva todo lo justifican por la mala herencia recibida. Un argumento que cada día está más amortizado. No por capricho: es el mero paso del tiempo quien lo desgasta. Muchos ciudadanos, entre ellos votantes del actual alcalde, han visto en este periodo cómo las promesas se han ido quedando en gestos y la buenas intenciones en reprobaciones hacia otros que ya no están. El ejecutivo local ha perdido mucho tiempo (que era su mayor activo) haciendo de oposición de la oposición, sin comprender que su problema no está en el pasado, sino en el futuro.

A medida que las elecciones quedan más lejos en la distancia se acorta el tiempo de gracia y se aproxima el momento del gran ajuste municipal, que viene obligado por la nueva ley municipal y la situación económica del Consistorio. El plan de adelgazamiento, que costará votos, sacrificios y disgustos, tiene fecha. Un calendario de hierro. El tiempo, que fue el gran aliado del PP en la oposición al contribuir al desgaste completo de Monteseirín, empieza a jugar ahora en su contra. Tanto por los meses  transcurridos sin fruto como por los dos años de previsibles quebrantos que restan de mandato. La maldita encrucijada del reloj.

  • fernando

    No importa, seguiran hablando de la herencia recibida. Lo hacen en Valencia y culpan a Fernandez Ordoñez de lo de Bankia, ¡que no iban a hacer en Sevilla!

  • antonio

    Carlos, el tiempo y la labia se han acabado para este Señor. Nuestro error, el de los que le votamos, fué pensar que despues de la pesadilla de Monteserin, pese a sus grandes obras, por las que será el Alcalde más recordado de la historia de la Ciudad (esto va sin ironías), un Alcalde dedicado a la micropolítica, al discurso marujo, podría ser muy útil para mejorar la ciudad en tiempos de crisis y conectar con las fuerzas vivas ninguneadas por la etapa anterior.
    La verdad es que fue un craso error, Sevilla está más sucia que nunca, el establement socialista sigue en sus portonas en el Ayuntamiento (menos algunos peperos que se han colado en las empresas públicas y los distritos), las fuerzas vivas están que trinan con Zoido y las únicas caras nuevas que se ven por el Ayuntamiento mandando son el grupito de amigas y asimiladas de la nefasta y todo podrosa Asunción Fley (que no pertenece al PP y ya era jerarca con los socilaistas). Y encima se destruyen una biblioteca en curso de ejecución de una premio Pristker ( la solución hubiera sido ofrecer un suelo público para zona verde compensatorio, pero no se ha querido). Ahora, eso, sí, se licita un espacio público para mercado gourmet. Carlos te acuerdas cuando fernando VII, otro castizo como Zoido, cerraba universidades y abría escuelas de tauromaquía?. Creo que citó 21 o 22 meses lo de que el Ayuntamiento iba a funcionar cono un reloj. La verdad yo me conformo con que funcione el reloj del Ayuntamiento. ¡Que fiasco de Alcalde!, las generaciones venideras pondrán en su sitio a cada uno. A mi desde luego no hace falta que me rectifiquen, lo reconozco me equivoqué.: El PP en Sevilla, nunca más.

  • avispado

    Resulta un balsamo leer a Carlos Marmol en estos tiempos, donde el culto a la figura del Alcalde es la norma. Totalmente de acuerdo con dos ideas : No se puede estar todo el tiempo asido a la herencia recibida y nos aproximamos al momento de los hechos realizados.
    A nuestro alcalde, el mas votado de la democracia, se le ha depositado el mayor caudal de confianza y concejales hasta la fecha y si la cosa no cambia, esperemos, los sevillanos vamos a obtener una valiosa leccion para el futuro, un leccion de pedagogia electoral.
    Zoido va a ser el ejemplo futuro de lo que no se debe hacer, del error de caer en el populismo y la demagogia, de la “politica” de la foto, del marketing, de las promesas incumplidas, de leerse el programa, de los compromisos que nunca cumplimos y del profesional de la politica multiempleado.
    Si Zoido termina la legislatura y no se va antes de que le hundan el barco, puede que en las proximas elecciones le pasen la mayor factura de un alcalde en la democracia.
    Como dijo Nixon, sere el mejor o el peor presidente de los EEUU, Zoido puede ser ambas cosas, pudo ser el mejor y pasara como el peor.