La Noria » Archivo » Nostalgia fluvial

Nostalgia fluvial

Carlos Mármol | 21 de octubre de 2012 a las 6:15

Sevilla, que nació como una urbe portuaria, sin más raíz que el agua, abierta a lo extraño, lugar de paso del Guadalquivir, está atrapada en la estampa costumbrista de la cultura agraria:inmutable, cerrada y dogmática.

Que Sevilla fue desde su origen una ciudad portuaria no es ningún secreto. Que después, por voluntad propia o causa sobrevenida, ha ido dejando de serlo, al menos mentalmente, tampoco. El río sigue más o menos en el mismo sitio (sagrado) donde siempre estuvo. Los que hemos cambiado –sospecho– somos nosotros. Y, mucho antes, todos aquellos que nos precedieron en este predio comunal que es una ínsula involuntaria.

Leo estos días con dedicación un exhaustivo libro [Forma Urbis Hispalensis] escrito por el historiador Daniel González Acuña. Versa sobre la mítica Colonia Romula Iulia que alguna vez debió ser la honorable Híspalis. El adjetivo es supuesto, claro. Quizás fruto del deseo, más que de la realidad. La huella romana es una etapa de nuestro pasado misteriosa, más atisbada casi que investigada y, paradójicamente, la fase de la historia precedente que mayor poso real ha ido dejando en ciertos usos y costumbres locales. Como todas las cosas realmente perdurables, esta herencia se camufla a veces y parece invisible. Es sutil, más que rotunda. Pero uno no deja de verla todos los días al caminar por la calle.

Más Roma que Salzburgo. Suele decirse (con escasa rigurosidad y extendido entusiasmo) que Sevilla es la ciudad más barroca del orbe. El barroco por antonomasia. Un perfecto lugar común. También una exageración fruto de quien todavía no ha viajado lo suficiente. No es tan difícil: basta con desplazarse al Salzburgo austriaco y comparar. Más que barrocos somos, o fuimos, místicos extraordinariamente superficiales. Aquí ni las iglesias tienen fachadas sinuosas, el barroco no forma realmente parte del alma, sino que se queda en lo ornamental (la famosa superficialidad sevillana) y, aunque pasamos en distintas fases pretéritas por tener hasta un príncipe de la Iglesia al frente de la grey, tal honor vaticano apenas si era un espejismo oficial. La sede episcopal solía estar vacante la mayor parte del tiempo, incluso durante lustros, aunque tuviera aparentemente dueño. Roma, la ciudad remota, nos explica mejor que toda la pátina de costumbrismo feroz que después ha ido convirtiendo buena parte de la literatura sevillana (se escribe de las patrias aunque no queramos) en un inmenso campo de estiércol. Donde las flores son muy escasas pero infinitamente hermosas entre tal caudal de basura.

El libro de González Acuña no trata de literatura, sino de historia. De arqueología, ciencia difícil, sorprendente, que tiene la virtud de hacer hablar a las piedras, a los fragmentos rotos de cerámica y a los restos, siempre incompletos, de nuestros antepasados. La herencia no deseada de los muertos. Al tratarse de una tesis doctoral, hecho que explica su publicación por parte de la Universidad y la Fundación Focus, gran parte de su estructura viene a ser una gigantesca base de datos. Éste es su gran mérito: el documental. El libro recoge por primera vez de forma sistemática el relato detallado de las sucesivas excavaciones realizadas en la Sevilla histórica desde hace casi dos décadas. Su gran valor es pues compendiar y dar forma global, un cierto sentido, un posible relato, a los sucesivos sondeos parciales que se acometen, por ley, al despejar un solar o construir un edificio nuevo sobre el antiguo parcelario heredado. Una labor realmente titánica. La arqueología exige una enorme disciplina. Paciencia infinita. Primero para arrancar a la tierra las huellas borradas de la ocupación previa, casual; después, para clasificar los restos, tan imprecisos, del pasado. Aunque lo más complicado debe ser evocar a partir de este material y con cierto rigor un mundo perdido, reconstruido sobre los fragmentos que nos ha legado el azar, que siempre es injusto y arbitrario.

Sin embargo, en ocasiones se impone una extraña justicia poética. La historia tiene una cierta tendencia, casi se diría vocación, hacia lo minúsculo: un detalle menor puede explicar el pasado con más matices y riqueza que un monumento completo. Un simple trozo de arcilla o un muro incompleto de carga pueden ser una cápsula del tiempo perfecta, más eficaz que un tratado nobiliario sobre los méritos de las familias de la aristocracia antigua. La existencia siempre es un asunto terrenal y más o menos húmedo.

Una ciudad abierta. El pasado sevillano también. Estamos en el lecho urbanizado de un viejo río. Marineros quietos de una corriente de agua que en lugar de pasar y deshacerse con el tiempo en dirección al mar nos hemos empeñado, extrañamente, en ir justo en la dirección contraria, río arriba, para hacer así honor a un falso mito. De la información, valiosísima, que González Acuña recoge en su tratado arqueológico sobre la Sevilla romana lo que deslumbra es cómo aquella urbe, tan recóndita un día como la famosa ciudad de barro, adobe y madera que después sería la capital del orbe y cubriría con mármol sus templos y palacios, los sitios donde después pastaron las vacas durante siglos, vivía enteramente consagrada a la actividad portuaria. Origen y principio de todo lo demás. Era una ciudad sin grandes monumentos (más allá de los necesarios para los ritos básicos), con un foro menor, cercada por los meandros salvajes del Guadalquivir, abigarrada, llena de termas, mercados de salazón de pescado, almacenes y un tropel de marinos. ¿Nos hubiera ido mejor si en lugar de habernos convertido después en la Sevilla eterna, capital de los latifundios, hubiéramos prolongado más esta semilla romana?

Probablemente sí. La Sevilla imperial sólo reconstruye este pasado patrio para justificar el protocolo del campo. El statu quo. Y lo que hace singular a Sevilla, entre otras cosas, como su constante tendencia a la repetición, es la marcada sucesión de distintas capas históricas que dibujan nuevos rostros sobre los bocetos previos y abrigan su esqueleto, tan débil en realidad, hasta convertirlo en un pergamino polisémico. Causa estupor ver cómo la ciudad, a lo largo de los siglos, ha ido mutando como un péndulo. De un extremo al contrario.

Las ciudades portuarias, por necesidad y geografía, porque acaso el convencimiento sólo venga mucho después, son abiertas. No es tanto una elección, sino la consecuencia natural de vivir junto a una corriente de agua. Las gentes vienen y van. Los principios se vuelven relativos y flexibles. El movimiento de los barcos obliga a abrir los ojos. El intercambio comercial requiere para funcionar correctamente una filosofía vital abierta, de aspiración cosmopolita. Por momentos, parece que aquella lejana Sevilla romana, siendo apenas un pequeño villorio en una colonia menor del imperio, encerrase la hipotética semilla de un porvenir luminoso, posteriomente frustrado. En cierto sentido así fue: por el río llegó (y se fue) después todo el oro de las Indias, camino de los Países Bajos y de lo que después hemos terminado llamando Alemania.

El mito de la gran Babilonia resultó efímero. La ciudad volvió la cara al Guadalquivir. Lo convirtió en un enemigo y una estampa en lugar de usarlo como un sendero. Lo miraba sin verlo. Incluso lo transformó en demasía para protegerse de sus embestidas. En ese instante sufrimos un desajuste en la mirada que terminó consolidándose. La ciudad agraria devoró a la fluvial. Roma se escondió. En lugar de ser la caput imperii limitamos los dominios mentales a un territorio que no va más allá de tres provincias. El reino sevillano, tan pagado de sí mismo, es pura contradicción: un minifundio territorial marcado por la cultura del latifundio. La tierra sustituyó al río y los dogmas del linaje al comercio libre. Quizás por eso, tras leer este trabajo de González Acuña, la sensación que quede sea la de una inmensa, enorme, nostalgia fluvial.

  • Nostalgia fluvial | MDV 2014 | Scoop.it

    […] Sevilla, que nació como una urbe portuaria, sin más raíz que el agua, abierta a lo extraño, lugar de paso del Guadalquivir, está atrapada en la estampa costumbrista de la cultura agraria:inmutable, cerrada y dogmática.  […]

  • sevillano

    Gracias, otra vez. Sevilla es la Ciudad Fluvial. Lo posterior, casi todo, es sólo postizo, empezando por el agrarismo; y como vamos de historiadores, aquella reconvención del maestro Jordi Nadal ( catalán, otros romanos ), a los “historiadores agraristas andaluces “

  • Hércules

    Sevilla es una ciudad con una extraordinaria y característica arquitectura barroca ¿la mejor del mundo, Salzburgo o Roma incluídas? Pues no se, para gustos estéticos los colores. Pero donde luego Sevilla es más barroca que ninguna es en el espíritu de sus gentes y usted es fiel reflejo de ello. En vez de regocijarse y disfrutar de una historia y monumentalidad que la gran mayoría de ciudades quisieran, solo se lamenta de lo que en su día fuimos y dejamos de serlo. Pero le recuerdo que la historia es así y a París o Nueva York tambien les llegará su hora y a su espíritu también. Lo importante es lo que queda y poder disfrutar de ella

  • FERNANDO

    Coincido con Carlos Marmol cuando corrobora el aspecto portuario de Sevilla (siguiendo la tesis del recién doctorado D.Gonzalez Acuña) más que cateto de los latifundios señoritiles que, a partir del XIX, se transformó en una ciudad alegre y confiada, embriagada de fiestas pastoriles y paganas(el Rocío), círculos de labradores y beaterías marianas de rancio sabor agrícola y taurino, preservando a los de fuera sus orgías báquicas y orgásmicas, sucios de arena y tomillo entre los pinares almonteños.
    Ajena, pues,a los cambios industriales y económicos y culturales que primaban en la España de mediados de los cincuenta de ese siglo. Sí, en aquellas nostalgias de autocomplacencia descansa, bastante todavía, la genuina composición de la sociedad sevillana: la que ha mandado desde entonces.

  • Ana Luisa

    Sí, señor Mármol, sí, nostalgia…. Y hoy en día, por ejemplo, los regantes se oponen al dragado del Guadalquivir, que convertiría a Sevilla no en un centro de atracción de cruceros medianos -que también- sino, sobre todo, en el futuro del más importante sector industrial de Andalucía o del segundo mayor sector primario de Andalucía… Como dice Punset, el binomio tomate/playa es apuesta perdida.
    SÍ AL DRAGADO DEL RÍO.