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Un drama shakesperiano

Carlos Mármol | 8 de abril de 2012 a las 6:07

Sevilla recibe la misma semana dos pésimas noticias: el desempleo subió casi un 12% en apenas un año y el marco presupuestario estatal consuma el descenso de las inversiones públicas, que han caído hasta un 63% en un lustro.

Monteseirín nos prometió hace algunos años el sueño del pleno empleo para 2012. Zoido, alcalde desde hace nueve meses, el bíblico milagro imposible de multiplicar los panes y los peces. Ni uno ni otro acertaron. El año en curso ha superado ya el hito de su primer trimestre de vida sin dar señales de desfallecer en su tarea de hacer brotar el pesimismo por doquier. La profecía va camino de cumplirse antes de tiempo. Sin esperar al ecuador del calendario: 2012 será bastante peor que el nefasto año pasado, cuando los optimistas –que cada vez son menos– todavía hablaban de los míticos brotes verdes, tornados acaso en azules tras el intenso carrusel electoral de los últimos doce meses.

En este tiempo hemos votado tres veces en diez meses. Hemos cambiado al alcalde, al presidente del Gobierno y, de forma acaso singular, hasta se diría que llamativa, hemos fijado las condiciones para ensayar un nuevo statu quo político en Andalucía: el cambio inverso, la combinación que casi nadie esperaba, el singular pacto de gobierno entre los socialistas y la izquierda. En el fondo, en realidad, no hemos alterado casi nada la cuestión esencial, de fondo: las perspectivas para una recuperación económica continúan siendo escasas, inexistentes y virtuales. Ya ni siquiera se puede entonar un discurso en el que aparezca la palabra futuro. Se recibe como una cruel broma del destino.

Pareciera que votar sólo sirve para cambiar el reparto de los actores del cuadro de comedias sin que el libreto que se representa se modifique ni un ápice, salvo para llegar al nudo de la trama, justo cuando el sainete se transforma en tragedia y se hace verdad la gran frase de Shakespeare: “La vida no es más que una sombra en marcha; un mal actor que se pavonea y se agita una hora en el escenario y después no vuelve a saberse nada de él. Es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no significa nada”.

Una sangría social

Ni siquiera la fuerza de la costumbre nos permite escapar de esta sensación, similar a ir caminando por las calles con la ropa empapada. Los datos oficiales del paro, que esta semana han sido el preámbulo de un largo rosario de malas noticias, confirman que el panorama económico de Sevilla no tiene visos de cambiar, por muchas reformas que anuncie el nuevo poder político, muy molesto, más que con esta crisis de vocación perpetua, con el inconveniente de la erosión –inevitable y creciente– que supone tener que decidir. Y, además, con el serio imprevisto de la cruenta etapa de confrontación política que se abre entre Andalucía y Madrid.

Esta pugna va a marcar la agenda pública de los próximos años. Sin duda. Pero mientras nuestros representantes públicos continúan jugando a sus batallitas particulares y planean sus golpes de efecto –San Telmo contra la Moncloa, Génova contra San Vicente– las estadísticas reiteran que todo esto no sirve absolutamente de nada: en el último año, mientras la prioridad única de las fuerzas políticas han sido las constantes citas electorales, el paro ha escalado casi un 12% en la provincia, situándose por encima de los registros anteriores. Sevilla tiene 25.000 personas más en las listas del Inem –cuya privatización parece inminente ante la falta de resultados para cumplir con su objeto social– que hace sólo doce meses. Hasta 81.000 familias viven –se dice pronto– sin ingresos regulares. Llevamos ocho meses sin tregua en los que la inmisericorde noticia del desempleo constante condiciona vida y haciendas hasta teñir de negro todo el horizonte.

Resulta hasta lógico que el ambiente reinante sea de profunda depresión. La reciente encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) es como un parte del psicólogo. Los ciudadanos no ven luz al final del túnel. De hecho, ni ven la luz ni existe el túnel. Todo está fundido en negro. La situación se expresa, como todos los quebrantos, a través de una ecuación matemática, numérica. Un lenguaje extraño que siempre porta malas noticias. La crisis es económica, sí, pero también moral, ética, anímica.

Un ejemplo: junto al paro y a la degradación del tejido económico de Sevilla, las otras dos cuestiones que la sociedad percibe como preocupantes son los fraudes, la corrupción –el pan nuestro de cada día, sin diferenciaciones de signo político:los pecados no tienen ideología– y el propio comportamiento de la clase política. En teoría, son nuestros representantes. En la práctica, a juzgar por el cuadro que dibuja el CIS, nadie los considera así. Sencillamente aparecen como una casta ensimismada en sus juegos de posición, las ceremonias asociadas a la vanidad y el perpetuo veneno del poder.

Probablemente la crisis anímica –del alma, que dirían los clásicos– sea más profunda que la que atañe a la hacienda patria. Acaso por aquello que dejó escrito el autor de los Sonetos: “Un hombre que no se alimenta de sus sueños, envejece pronto”. Llevamos cinco años postrados en el diván, pero parece casi una década de cadenas, que son nuestras deudas morales y económicas. Porque si hay algo de lo que podamos estar seguros en esta vida –puede que incluso en la eterna, si es que existe– es que los débitos contraídos se cobran, con sangre, sudor y lágrimas. Siempre se abonan: hasta en libras en carne, si hiciera falta. Sangrienta forma de interés que reclamaba el prestamista judío Shylock en El Mercader de Venecia. De nuevo, Shakespeare: el gran dramatugo del teatro isabelino inglés, tan eterno como sucesivas son las tragedias humanas. El padre de la eterna duda ontológica que atenaza al ser humano.

Los presupuestos

Las dudas nacen de la incertidumbre vital y social. En cierto sentido, son síntoma de inteligencia. Quizás esta crisis nos haga –a la larga– mucho más sabios, al tiempo que pesimistas, pero lo que es indudable es que nos ha hecho ya mucho más pobres, frágiles y dependientes. Sevilla, que a lo largo de su historia no ha sido nunca capaz de entender que su verdadero porvenir depende esencialmente de sí misma, no de los demás, se ha quedado este año con una cuota casi testimonial en el exiguo reparto de los presupuestos generales del Estado. Desde que comenzó el final del mundo –2007– las inversiones del Gobierno central en la provincia han caído hasta un 63%. Sin contar el déficit inversor acumulado en los últimos diez años.

Los socialistas, que fueron los dueños de la tijera hasta el pasado año, y que la utilizaron sin reparos, ponen estos días el grito en el cielo acusando al PP de incumplir el estatuto de autonomía –que fijaba un umbral de inversión en base a la población– y condenar a esta tierra al desastre económico. El PP sevillano no abre la boca. Ni siquiera Zoido, que vive con asombrosa intensidad el eterno bucle melancólico de esta Semana Santa lluviosa, quebrada e interminente. Elocuente silencio.

Los socialistas tienen razón en una cosa: sin inversiones la recuperación es imposible. Aunque habría que preguntarse qué vale más: si un estatuto de autonomía votado por una minoría de ciudadanos –recuérdese la participación que tuvo la consulta del referendum estatutario– o un contrato con un banco. En la vida ocurre lo mismo: la hipoteca es un vínculo mucho más sólido que cualquier acta matrimonial, sea ésta religiosa o civil. Estamos unidos por nuestras deudas, no por nuestros sueños. Y éste es el gran problema.

Dejémonos de lírica. El estatuto quizás sea –vamos a ser generosos y a aceptar la mayor– el sueño de la Andalucía oficial. No es, sin embargo, la realidad en la que intenta sobrevivir la Andalucía real, presa de las deudas, el paro y la desesperanza. Shakespeare decía que somos el tejido de nuestros sueños. En Sevilla hace tiempo que ya ni siquiera soñamos, sólo sesteamos.

La cohabitación

Carlos Mármol | 1 de abril de 2012 a las 6:05

Los resultados autonómicos redibujan el panorama político en el Ayuntamiento hispalense. Las cosas aparentan seguir igual pero las percepciones han cambiado. Zoido no podrá ya apoyarse en Arenas. PSOE e IU toman aire.

Las grandes victorias, y por tanto las derrotas, que son su reverso, no obedecen simplemente a los azares de la aritmética, la suerte, los méritos o el capricho. También dependen –y bastante– de la psicología. De la mirada. Los comicios autonómicos de hace una semana, en los que el PP se quedó en el umbral de San Telmo –llamando a las puertas del cielo, por utilizar el símil dylaniano–, también han modificado la política municipal sin llegar en realidad a alterar la situación que hace nueve meses situó al PP al frente del Ayuntamiento de Sevilla con una mayoría histórica.

Todo continúa igual. Y, sin embargo, casi todo ha cambiado. Otra cuestión es que quiera aceptarse de esta forma. Resulta evidente que, según la lectura oficial, los populares no han perdido la mayoría –sólida– que los aupó a las alcaldías de las capitales andaluzas. El suelo electoral del PP es muy fuerte –decir lo contrario sería pecar de ingenuo– pero la tendencia subyacente que señala el 25-M parece fortalecer la tesis de que la cosecha municipal fue tan excepcional para los conservadores porque se situó justo en el punto en el que la marea popular subía. Los últimos indicios apuntan a que ha comenzado a bajar.

Y dicen algo más: a pesar de que el sistema electoral fija periodos de gobierno de cuatro años –por un criterio lógico de estabilidad política– la crisis económica en la que vivimos desde hace ya casi un lustro es capaz de cambiar en un plazo bastante más corto las fotos que arrojan las elecciones. Sin dejar de ser válidas, ya no son perdurables. Mutan a velocidad de vértigo. Cosa que debería hacer reflexionar a los legisladores sobre si la representatividad política no debería, como ocurre con la legislación laboral, empezar a explorar nuevas vías, más flexibles, que respondan a los cambios de opinión de los ciudadanos.

Cambio de percepción

El gran cambio que nos ha traído el 25-M no es el que señalaban los sondeos: la sustitución de los socialistas por los populares en la Junta de Andalucía. Tampoco el cambio seguro que, según la terminología de campaña, reivindicaban los socialistas, entre otras cosas porque después de más de tres décadas en el poder en el Sur de España tratar de obviar la idea de que las cosas deberían ser distintas resultaba argumentalmente obsceno. No.

El gran cambio ha sido mucho más sutil y, quizás justo por eso, bastante más profundo. Se trata de un cambio de percepción. De óptica. Los ciudadanos ya no dan cheques en blanco a nadie –no hay liquidez bancaria, mucho menos de confianza– y retiran los ahorros, que en política son el crédito y los votos, cuando creen que el sendero por el que caminan los gobernantes es equivocado. Lo hacen con independencia de cuál sea tiempo transcurrido y obviando los formalismos de propio sistema electoral. Sin problemas. Es natural: la situación social, económica y política es de urgencia nacional.

En el caso de Sevilla, uno de los focos de la batalla política que vienen librando populares y socialistas desde las municipales –unos para conseguir la supremacía plena; otros para sencillamente evitar su desaparición–, el movimiento sísmico sobre todo ha sido de perspectiva. Un terremoto silencioso y, en el caso del PP de Sevilla, excesivamente prematuro. Increíble.

Los populares tenían motivos para la confianza: todos los hitos que jalonaban su pugna con los socialistas parecían allanar el camino hacia el triunfo. Arrasaron en las municipales, triunfaron en las generales y, según todos los estudios, el pálpito social –más escénico que cierto, pero éste es otro tema– prácticamente daba por hecho que Roma –Andalucía, tierra por igual de vicios y oropel– caería de su lado. Pues no.

El desajuste ha cogido al PP tan a traspié que va a tardar en poder articular un discurso, siquiera defensivo: los leales estafados son peores que los aduladores interesados. La misma noche electoral el alcalde de Sevilla, Juan Ignacio Zoido, el símbolo de este ascenso al poder abortado en su última estación, repetió el mismo argumento de su particular campaña electoral: “La alianza PSOE-IU es un pacto de perdedores. No durará”. Quizás sea así, pero serán quienes gobiernen Andalucía cuatro años. Y eso, en cierto sentido, sí es una victoria. Incluso aunque la política no sea únicamente el poder.

No resultan nada extrañas las palabras de Zoido, aunque afortunadamente se haya desvinculado con ellas de la oleada de lugares comunes, insultos y reprobaciones que desde los creadores de opinión –llamativo término para referirse a los propagandistas de plantilla– de Madrid dedican a los andaluces por haber ejercido en un determinado sentido su derecho al voto. Zoido es quien más va a padecer que la última apuesta de Javier Arenas haya salido mal. En términos personales (una cuestión privada y, por tanto, respetable), pero también en el campo político. De forma directa.

El gobierno local, que tiene por delante casi la totalidad del mandato municipal,se enfrenta a un grave imprevisto con el nuevo panorama político que se dibuja en la Junta de Andalucía. Un escenario, porque la política es sobre todo una puesta en escena ante los ciudadanos, a los que hay que convencer, que va a condicionar toda su gestión. Hasta el momento –nueve meses después de la victoria– el plan de ruta de Zoido ha consistido en golpes de efecto –muchos fallidos por un exceso de confianza–, cambios aparentes en el seno del Ayuntamiento –caras nuevas, vicios eternos– y un sentido de la paciencia que sólo se explica por la estrategia del PP de dejar que el cambio se consumase.

Al contrario que Rajoy, forzado por las circunstancias, el alcalde ha evitado tomar cualquier medida impopular –cayendo repetidas veces en un revisionismo inexplicable– para que su enorme crédito político, avalado por las urnas, aunque discutible, no perjudicase las aspiraciones de Arenas. Una opción singular que se concreta en un gobierno que hace oposición a la oposición en lugar de gobernar asumiendo riesgos, apostando y enfrentándose al desgaste inherente al ejercicio del poder.

La nueva situación complica todo esto. Lo impide. Zoido tendrá que empezar a gobernar –si quiere sobrevivir en el tiempo– sin demora, sin aliados (Arenas no estará en San Telmo) y con su principal embajador exterior –el líder del PP andaluz– en horas bajas en Madrid. Bastante más solo que antes, cuando estaba en multitud. Si Arenas hubiera ganado, el PP sevillano lograba la cuadratura del círculo: interlocución privilegiada, flexibilidad legislativa, sintonía y presupuesto ajeno a su servicio.

La derrota autonómica limita el campo de acción a lo institucional. Es lo más razonable –avivar la confrontación desde las instituciones no es valorado por los ciudadanos– pero parece improbable. Veremos. Pero lo cierto es que incluso la vía de ataque –a una Junta controlada por PSOE e IU– ya no sirve: el campo de juego para la confrontación ha saltado de escala. La pelea, cruenta, va a ser entre Madrid y Sevilla, no entre San Telmo y Plaza Nueva. Es la tragedia de pasar de ser un actor principal al elenco de reparto. Comienza la cohabitación.

Espadas: nueva estación

Este proceso afecta también a la oposición. El cambio de percepción que pone en crisis el rol del PP como partido triunfante ayudará a que su papel, necesario, se evalúe sin los prejuicios de quienes tienen miedo a caminar lejos del poder. Espadas sostiene que Zoido ya ha perdido la mayoría absoluta que logró en las municipales. Los datos le avalan, pero si el análisis se hace sobre las generales –la última foto política– el saldo no induce tanto al optimismo. Los socialistas mejoran pero siguen perdiendo votos que van a parar a IU. La derrota dulce de Griñán le ayuda –a la espera de contemplar las tensiones orgánicas– pero sólo ha cumplido un hito (acelerar el desgaste de Zoido, que era previsible por sus propios excesos) del camino hacia la Alcaldía. La estación termini todavía queda lejos.

La diabólica encrucijada de IU

Carlos Mármol | 28 de marzo de 2012 a las 6:05

La coalición de izquierdas se enfrenta a la cohabitación con el PSOE con el nefasto antecedente del PA, que salió del Parlamento tras sostener a los socialistas. IU quiere centrar el pacto en la lucha contra la corrupción.

Hay pactos que te salvan y otros que te hunden. Matrimonios que te mejoran o te destruyen. Las alianzas pueden ser vínculos de pura conveniencia o acuerdos sinceros. Casi ninguno es neutro. Izquierda Unida, tercera fuerza política de Andalucía, principal vencedora moral de las elecciones del pasado domingo, tiene por delante un folio en blanco. El previsible acuerdo con los socialistas para armar una mayoría capaz de gobernar la región no será nada fácil pero –salvo sorpresa mayúscula– terminará por rubricarse. Nadie lo pone en duda. Otra cuestión son sus bondades: los efectos concretos que tenga para la ciudadanía y para esta organización que, salvo coyunturas políticas muy determinadas, siempre ha jugado un papel necesario pero objetivamente secundario en el mapa político de Andalucía.

Precisamente el debate interno abierto ahora en IU consiste en cómo salvar esta cuestión: ¿pactar con el PSOE beneficia o perjudica? Como casi siempre en política, igual que en la vida, la pregunta no tiene una respuesta única. Depende. Fundamentalmente de los motivos reales merced a los cuales se suscriba dicho acuerdo. La duda no es mala –demuestra que los cargos no son el fin único– pero no puede ser eterna. Ni recurrente. Y sobre todo: debe permitir a la coalición encontrar un difícil equilibrio entre lo principal y lo secundario. De saber distinguir bien ambas cuestiones depende el éxito de la coalición con el PSOE y, igual de importante para ellos, el futuro inmediato de su organización.

El PA: el antecedente

Hay quien en IU está agitando desde hace tiempo el fantasma de lo que le ocurrió a los andalucistas cuando ayudaron a sostener a los socialistas en la Junta. Que esta discusión responda a un convencimiento mayoritario entre sus bases o sea la consecuencia de un mero afán de protagonismo personal es ya otro cantar. Lo cierto es que el PA, que gobernó con el PSOE durante dos legislaturas seguidas –1996/2004–, salió bastante mal parado de la experiencia. Terminó fuera de la cámara andaluza. Así sigue: como una fuerza residual, sin apoyo electoral ni muchos visos de futuro. Realmente con este antecedente es para pensárselo. El éxito en política puede tornarse fracaso con demasiada facilidad. Que se lo pregunten a Arenas.

El modelo de pacto político que los socialistas y los andalucistas suscribieron durante la V y VI legislatura andaluza –tras la etapa de la pinza, que castigó especialmente a IU– se basaba en un principio simple y pragmático: votos (en el Parlamento) a cambio de consejerías, presupuesto, cargos de confianza, poder formal. Nunca hubo un principio programático común ni una coincidencia real de objetivos más allá que mantener una estabilidad que para Chaves –entonces en San Telmo– se había convertido en una obsesión.

Los andalucistas, con 4 y 5 diputados respectivamente, dirigieron dos consejerías y media –la dirección de Relaciones Institucionales se engordó para cubrir sus necesidades– durante ocho años. Se sentaron en el consejo de gobierno con una representación electoral que ni en el mejor de los casos pasaba del 7,53% del electorado. Un éxito relativo fruto del enorme sentido de la ocasión que siempre caracterizó la carrera política de Alejandro Rojas Marcos.

Si se hiciera una traslación con los criterios de entonces en función de la representación actual de IU, el resultado sería que los socialistas tendrían que cederle a la coalición de izquierdas entre cuatro y seis consejerías. Dependiendo de si la regla de tres se hace en base al respaldo electoral –IU tiene el 11,30 de los votos en Andalucía– o al número exacto de diputados (12). Incluso si sólo se tuvieran en cuenta los escaños que el PSOE necesita de IU para tener la mayoría de la cámara –ocho– la cuenta no bajaría de las seis carteras de gobierno. ¿Demasiada cuota en un futuro gobierno que forzosamente tendrá que ser reducido?

La situación actual no es tan simple. Tampoco el punto de partida de IU es el mismo del PA: la coalición de izquierdas es una organización más longeva que los andalucistas, que prácticamente fueron una franquicia política abierta a cualquier alianza, y sus resultados en las autonómicas son mejores. Han pasado de ser un aderezo a convertirse en el centro del mapa político. Un éxito, sí, pero también una hoja de dos filos.

El análisis, sin embargo, adopta otro prisma diferente si se tiene en cuenta que, con independencia de lo que resulte del obligado proceso de debate interno (el voto de las bases), el punto inicial de negociación de la organización que lidera Diego Valderas no son los cargos –eso, al menos, dicen– sino las políticas. El programa. Los proyectos. Uno de los clásicos mensajes de la coalición desde los tiempos de Anguita.

Claro que esta tesis del programa es relativa. El corpus ideológico de IU es prolijo –sus programas suelen ser libros, lejos de los folletos de otros partidos– aunque Valderas ya ha resumido casi todo lo básico en un contrato –con notario incluido– que ha puesto a disposición de aquellas fuerzas políticas que reclamen su colaboración parlamentaria. Hasta ahora el único mensaje ha sido que IU contribuirá a que se investigue el caso de los ERE irregulares y será beligerante frente a la corrupción.

Los socialistas, que desde la misma noche electoral ya contaban como propios los votos de la coalición –una costumbre fruto del paternalismo con el que el PSOE siempre ha concebido sus relaciones con IU–, barajan distintas fórmulas de colaboración. Todas son superficiales: la presidencia del Parlamento, un número indeterminado de consejerías menores y algún que otro gesto que permita a Izquierda Unida marcar el acento de la nueva etapa. Poco más. ¿Es suficiente? Se verá.

Lo cierto es que la coalición de izquierdas tiene por delante una oportunidad histórica si es capaz de impulsar –en el tiempo– la génesis de un proceso de regeneración democrática más que necesario en la política andaluza. Algo que debería plasmarse en un nuevo sistema parlamentario de control sobre las políticas de la Junta –una especie de comité bicolor– y otras fórmulas jurídicas para que el sistema autonómico genere sus propias defensas ante la corrupción. No basta con comisiones de investigación. Es preciso un instrumento parlamentario válido para definir las responsabilidades políticas –con independencia de las judiciales– en los casos de irregularidades. Mecanismos que impidan que ciertos usos y costumbres de treinta años de gobierno socialista terminen contaminándoles.

La vía reformista

Las opciones de IU pasan más por el reformismo –en el contexto andaluz sería prácticamente una revolución de terciopelo– que por la desfasada vía revolucionaria, entendida ésta como la reivindicación de ciertas cuestiones históricas discutibles y muy superadas por el tiempo. Si IU es capaz, como ha hecho internamente el movimiento civil del 15-M, de pactar con los socialistas un decálogo de acuerdos mínimos para un verdadero impulso democrático y de transparencia –aceptable por las clases medias– estarían logrando un doble objetivo: mejorar la democracia, un bien de todos, no partidario, y al mismo tiempo desmontar con hechos reales la previsible caricatura con la que –no hay que dudarlo– el mundo sociológico del PP en Andalucía va a iniciar ya una operación a largo plazo para desgastar a la coalición autonómica PSOE-IU antes incluso de empezar a gobernar.

El gran problema, visto desde su orilla, no es tanto la relación con los socialistas. Es la incógnita de si en la coalición existe una conciencia real sobre los peligros de la cohabitación. IU tiene su gran talón de Aquiles en su tobillo: los sectores que, como ya se vió en el caso del Ayuntamiento de Sevilla, gobiernan más en función de una patológica necesidad de reafirmación ideológica –innecesaria, y que no crea más que conflictos– que con sentido común. No se trata de renunciar a la ideología, que en democracia es tan lícita como la del PP. Se trata sencillamente de distinguir cuáles son las verdaderas prioridades sociales, más allá de las partidarias. ¿La reforma agraria, un clásico de la autonomía, o la creación de empleo? ¿Que los ciudadanos vuelvan a confiar en la democracia o los sillones?

El inesperado rédito electoral no debería nublarles la vista: un respaldo del 11,3%, con independencia de su importancia estratégica (fruto del contexto, que cambiará sin remedio), no parece ser aval suficiente para imponer determinadas políticas a toda la sociedad. En cambio, sí parece útil para poder impulsar una renovación tan urgente como necesaria. De ellos depende. Tanto su éxito como su fracaso.

¿Y tú de qué te ríes?

Carlos Mármol | 27 de marzo de 2012 a las 6:05

El PSOE celebra como una gesta la carambola de permanecer en el poder autonómico a pesar de que su respaldo electoral ha descendido en todos los ámbitos. El PP tardará tiempo en digerir la derrota. IU diseña su estrategia.

Alex O´Dogherty, uno de los mejores actores andaluces, tiene un monólogo espléndido que se llama ¿Y tú de qué te ríes? Entre otras disquisiciones sobre el humor absurdo –el mejor de todos– se pregunta en esta pieza teatral la razón por la cual la mayoría de la gente, cuando va por la calle y ve que alguien se tropieza y se cae, mucho más si es un amigo, directamente se parte de risa. Me acordé de esta imagen el domingo por la noche, cuando después de que las urnas dejaran al PP clavado en una mayoría agridulce –50 diputados, muy lejos de la absoluta que todo el mundo esperaba; sobre todo ellos– la televisión (Canal Sur, por supuesto) retransmitía la sonrisa de oreja a oreja que muchos altos cargos de la Junta de Andalucía tenían detrás de Griñán, que comparecía con gesto cansado, como quien sale de una larga pesadilla.

¿De qué se ríen? Supongo que precisamente de lo mismo que contaba O´Dogherty: alguien, de forma inesperada, se ha tropezado por la calle y está en el suelo. Ha tocado el piso, que dicen en la Argentina. La conducta no es demasiado noble, pero responde la verdad. No hay nada que haga más gracia que el fracaso ajeno, mucho más si éste resulta ser inesperado. Y, desde Maquiavelo, ya sabemos que la política –mucho más la meridional– no es noble, ni buena, ni sagrada, como dijera Lorca de la vida. Los socialistas, sin iniciativa política salvo para destrozarse mutuamente desde hace más o menos dos años, con un partido en total interinidad en Sevilla desde hace algo más de un mes, casi no terminan de creerse la carambola que les permitirá, si IU cierra un acuerdo estable de gobierno, retener el poder autonómico.

Cantares de gesta

Y es que, en realidad, los motivos para tanta risa se reducen a la desgracia ajena, no a los méritos propios. Tras cualquier elección es tradicional que los partidos políticos interpreten los resultados electorales como mejor convenga a sus intereses. Cualquier argumento es válido. Griñán habló ayer de que sus resultados electorales son “una gesta”. Quizás estemos asistiendo a una reelaboración de un género literario –de raíz clásica y cuya formulación en castellano es de época medieval– que hace varios siglos que no se practica y que Cervantes terminó de desmontar –creando la novela moderna– en El Quijote. ¿Una gesta? Decididamente es una manera optimista de verlo. Porque lo que señalan de forma nítida las urnas es que la marea del PP está empezando a retrodecer –algo previsible, aunque algunos no hayan sabido verlo– pero no porque los socialistas estén mucho más fuertes. Que uno pierda habiendo ganado y otro gane habiendo perdido no es exactamente lo mismo que ganar y perder de forma limpia. Ni de lejos.

En Andalucía, el PSOE se ha venido abajo. Diez puntos menos de respaldo electoral, nueve diputados menos y 654.831 votos por debajo del baremo de las anteriores autonómicas. Son hechos. Si Griñán se considera a sí mismo como un caballero andante en fiera y desigual batalla contra la derecha será porque, como ocurre en El Quijote, el caballero de la Blanca Luna –que no es el PP, sino los ciudadanos– le ha vencido pero le deja volver sano a casa para que recupere la cordura. La diferencia es que Alonso Quijano aceptó su derrota y el líder del PSOE andaluz no parece estar demasiado dispuesto a asumir esta misma evidencia, incluso con el inesperado regalo de mantenerse en el poder durante cuatro años. Le cuesta. Cosa que da que pensar. Bastante.

Especialmente significativo es el retroceso electoral de los socialistas en Sevilla, la provincia que, pese a todo, sigue siendo donde el PSOE tiene la mayoría. Se mire por donde se mire, los datos permiten resoplar pero no sacar pecho. En relación a las últimas autonómicas –hace cuatro años– los socialistas han caído 11 puntos. Pierden 172.287 votos. En comparación con las elecciones generales –la radiografía política más próxima– el retroceso es algo menor –porque ya estaban bastante mal– pero se acerca a casi los 28.000 votos incluso aunque, en términos relativos, por la redistribución de los sufragios, puedan argumentar una subida de dos puntos. Vano consuelo: la cuestión de fondo es que, a pesar de conservar el poder autonómico, la sangría de votos que se inició en las municipales no ha terminado. Prosigue.

En la capital, donde Zoido volvió a imponerse, el coordinador de la campaña del PSOE y líder de la oposición municipal, Juan Espadas, hizo ayer una lectura positiva de los resultados: si las municipales fueran ahora el PP no pasaría de los 16 concejales. Otra forma optimista de verlo. El PSOE no ha mejorado demasiado: en relación a las generales la pérdida de votos puede cifrarse en 7.181 votos. Es cierto que la burbuja Zoido –dada su sobreexposición provincial– parece que empieza a desinflarse –mucho desgaste en excesivamente poco tiempo–, pero eso no se traduce en un mayor grado de confianza de los electores en favor de los socialistas. Ni mucho menos. El discurso oficial del PSOE resulta previsible pero es impostado.

¿Cuál es entonces la diferencia? Parece que, frente a otras elecciones anteriores, el factor diferencial ahora radica en un hecho inédito: una buena parte de los votos del PSOE han ido directamente a Izquierda Unida, duplicando la representación parlamentaria de la coalición de izquierdas. Hasta ahora lo que ocurría era lo contrario: cada vez que los socialistas apelaban al miedo a la derecha y reclamaban el voto útil, IU era la gran perjudicada. En todos los ámbitos. Los votantes de izquierdas sacrificaban periódicamente a la coalición para sostener a un PSOE débil frente al ascenso de los populares.

Ahora, en cambio, no ha ocurrido esto: Griñán, siguiendo el catón de su partido, apeló al voto útil y centró su campaña en alertar de que el PP desmontaría el Estado del Bienestar, pero los votos huérfanos no se han quedado en las candidaturas socialistas. Se han ausentado –el descenso en la participación ha sido significativo– o se han trasladado a IU. Una diferencia notable. Tanto como para que este factor permita a la coalición de izquierdas, demonizada por el PP en Sevilla en las últimas municipales, jugar un nuevo papel en la política autonómica y, a largo plazo, quizás de nuevo en la municipal. Al tiempo.

La coalición de izquierdas ha recogido buena parte del voto socialista espantado por la sucesión de casos de corrupción. Y este hecho diferencial marcará el futuro: IU, más que en el reparto de cargos, centrará su táctica de negociación política con los socialistas en la máxima de que hay que “abrir las ventanas”. Todas. El electorado no ha avalado la corrupción, como argumentan determinados analistas de Madrid. Sencillamente han dejado a Arenas a las puertas de San Telmo: el mensaje reformista del PP dejó de ser verosímil cuando Rajoy comenzó a gobernar.

Ha pesado también la reforma laboral. Mucho. No se quiere admitir, pero los ciudadanos corren menos riesgos laborales dejando de votar al PP en las autonómicas que secundando la huelga del jueves. Arenas, asumida la debacle, salió al balcón de la calle San Fernando junto a sus ministros en el Gabinete de Rajoy: Báñez y Montoro. Los dos tienen mucho que ver con su trágica coyuntura. Tanto como el bajón electoral en la provincia de Sevilla, capital incluida.

La cuestión interna

Los resultados electorales también tienen una evidente lectura orgánica para los dos grandes partidos. El PP se enfrenta al vacío: la sucesión de Arenas es una incógnita. Durante varios lustros el propio líder del PP andaluz se ha encargado de impedirla, moviendo a los mismos para distintos puestos. Su derrota no es sólo suya, sino también de su guardia de corps. Especialmente en el caso sevillano.

Los socialistas, en cambio, tienen un escenario mucho más cómodo para sus ajustes de cuentas. Los rubalcabistas del Sur, que en caso de una derrota electoral hubieran tomado el poder orgánico andaluz y provincial sin demasiados apuros, ven ahora como la dulce derrota de Griñán y Cía bloquea en buena medida el plan de la reconquista.

Griñán pidió ayer que “le respeten su sitio”. Traducido: que el ejército chavista, sobre todo sus apéndices hispalenses, siempre activos pero casi siempre en la sombra, no piensen que va a dejarles degustar los honores de la caballería andante. Si hay cabeza habrá un pacto entre familias. Es lo más razonable para que la próxima vez su destino no dependa del fracaso de otros más que de sus propios méritos.

La excepción sevillana

Carlos Mármol | 26 de marzo de 2012 a las 6:05

El PSOE resiste la marea electoral del PP en Sevilla lo suficiente para robarle la mayoría absoluta a Arenas. Zoido gana en la capital pero pierde apoyo en relación a las municipales. IU es la fuerza política más beneficiada.

Una victoria diabólica. Amarga. Sin consuelo. El PP, que había planteado desde hace algo más de año y medio estas elecciones autonómicas como una enmienda a la totalidad a los treinta años de gobierno socialista en Andalucía, se quedó ayer a las puertas del poder regional –el Palacio de San Telmo donde Arenas dijo no querer sentarse– porque la provincia de Sevilla, cuya importancia electoral era mayúscula, no respondió con el entusiasmo deseado al mensaje de cambio político lanzado por el líder del PP. Sevilla era clave. Y la clave le cerró la puerta de la mayoría absoluta al PP en Andalucía clavando sus listas en los 50 diputados. A cinco –muy lejos– de la ansiada mayoría absoluta.

Dado que el órdago del PP era total –o César o nada, parecía ser la apuesta de Arenas–, la victoria del Partido Popular, por el juego cruel de las paradojas políticas, se ha convertido en realidad en una especie de infierno de terciopelo. Ha hecho historia al ser por primera vez la lista más votada en Andalucía pero este factor no impedirá que PSOE e Izquierda Unida puedan formar una mayoría suficiente –y legal– en la cámara andaluza. Salvo que la coalición de izquierdas permita al PP gobernar, como ocurrió en Extremadura, no habrá cambio de régimen –según la terminología usada por los populares– y la marea azul que comenzó hace ahora nueve meses en las elecciones municipales parece tocar a su fin. Retrocede.

Si se tiene en cuenta que la fuerza política más beneficiada en el nuevo mapa electoral andaluz es IU –los socialistas han perdido casi diez puntos de respaldo y hasta nueve parlamentarios en relación a la última convocatoria regional– la intensa huida del electorado del PSOE no ha seguido esta vez el guión de las pasadas municipales, cuando –en Sevilla, al menos– terminó beneficiando al PP.

En esta ocasión los electores socialistas se han escorado claramente hacia posiciones de izquierda –quizás como consecuencia de determinadas medidas adoptadas por el Ejecutivo de Rajoy, en especial la reforma laboral– o sencillamente no han ido a las urnas, como señala el notable descenso del índice de participación. En cualquier caso, la demonización de IU –táctica puesta en práctica por el PP en las municipales– no ha tenido efecto alguno en el ámbito andaluz. La coalición de izquierdas ha doblado su respaldo electoral. Algo que marcará la política regional durante los próximos cuatro años.

Que la victoria electoral de Arenas corría el serio riesgo de convertirse en un agrio cambio a medias se confirma si se analizan los resultados electorales en la provincia. Sevilla se convirtió en las pasadas elecciones generales en la aldea gala del PSOE en España –junto a Barcelona– y, en esta ocasión, ha vuelto a ser el principal territorio donde los electores han optado por sostener la hegemonía socialista.

El PP debía incrementar como mínimo en cinco puntos su respaldo electoral en una serie de localidades medias sevillanas –doce pueblos donde las municipales y las generales parecían señalar un cambio de tendencia política– y conservar su ventaja en la capital. Su táctica fue tratar de exportar al área metropolitana y a la mayor parte de estas localidades el llamado efecto Zoido –la popularidad del alcalde hispalense, para algunos más bien populismo– pero la operación ha tenido un éxito discreto. Escaso.

Y no precisamente porque los socialistas hayan aguantado bien en estas plazas. El PSOE ha perdido en la provincia algo más de 31.000 votos –a pesar de que en términos relativos su respaldo electoral crece casi un punto y medio– en relación a las pasadas elecciones generales. Los socialistas no han crecido. Al contrario: muchos de sus votantes han emigrado a las candidaturas de IU –que gana hasta 24.000 votos en términos reales y crece tres puntos y medio– o sencillamente han optado por otras fuerzas minoritarias, que copan juntas 45.000 votos. Su victoria provincial es mínima. Frágil. Delicada. Aunque también suficiente.

El PP: baja la marea

¿Entonces? Parece que el voto prestado que los populares lograron cosechar en las pasadas generales –condicionadas por la gestión de la crisis económica del ex presidente Zapatero– ha emigrado de sus candidaturas. Así lo confirman los datos: el PP ha perdido 76.130 votos en la provincia de Sevilla en relación a los comicios generales. Un retroceso de casi tres puntos y medio. Suficiente para que la situación de partida –que ya era bastante ajustada– se haya complicado hasta dejar a Arenas sin mayoría suficiente para poder desalojar al PSOE de la Junta.

El análisis por localidades no deja lugar a dudas. Los primeros meses de Gobierno del PP en la Moncloa han hecho retroceder a casi todas las candidaturas elaboradas por Arenas en estos municipios. Si el objetivo oficial era ganar cinco puntos en relación a las generales, lo cierto es que los resultados son una broma cruel: esta cifra –cinco puntos de respaldo electoral– es justo lo que el PP ha perdido de media en muchas de estas localidades estratégicas.

En el área metropolitana, donde el PP de Sevilla creía haber abierto una vía de agua contra el PSOE en municipios como Alcalá de Guadaíra o Dos Hermanas, los datos electorales señalan de forma nítida un retroceso de las candidaturas populares en relación a hace sólo unos meses. Un desgaste intenso. Y llamativo. Sólo puede obedecer al efecto de las primeras medidas de gobierno de Rajoy: subida de impuestos, una polémica reforma laboral, incremento del paro.

Tres factores que, sin llegar a mejorar los resultados de los socialistas en la provincia, han sido más que suficientes para que el pulso a la grande planteado por Arenas no haya salido. El PP estableció su propio techo –tres puntos porcentuales de distancia con el PSOE en la provincia– en las últimas elecciones generales. Ahora esta horquilla está en ocho puntos. Una distancia que aleja definitivamente a Arenas de San Telmo, impide a los populares arriar la bandera del PSOE en la provincia y, a pesar de las apariencias, aconseja no ser excesivamente triunfalista en el caso de la capital.

Un retroceso relativo

En la urbe hispalense se ha producido el mismo proceso, aunque con variantes, que en otras localidades provinciales. Los resultados de Sevilla tenían especial interés para medir la resistencia de la figura política del alcalde hispalense, Juan Ignacio Zoido, que encabezaba –de nuevo– la lista provincial a la cámara de las Cinco Llagas. Tras nueve meses de gobierno, el regidor ha vuelto a ganar claramente en la capital andaluza, lo que confirma que, en su caso, su suelo electoral todavía es suficientemente sólido.

Su victoria, sin embargo, padece el mismo mal que en el resto de la provincia están sufriendo las candidaturas del PP: pierde votos. Aunque, en su caso, de forma mucho menos acusada. Los datos señalan que en relación a los comicios generales –Montoro fue el cabeza de lista por Sevilla, pero Zoido tuvo gran protagonismo– el PPha perdido ya más de 21.000 votos. Casi dos puntos. Es un desgate relativamente discreto pero cuya importancia se debe al hecho de que no se produce con relación a los socialistas –el PSOE deja escapar más de 8.314 votos, aunque en porcentaje crezca más de un punto– sino con respecto a sí mismo.

El regidor, que logró 20 ediles de los 33 que tiene el Pleno de la Corporación hace nueve meses, comenzó su mandato con un respaldo global del 49% de los electores sevillanos. Algo histórico. Esta cifra –su techo electoral– bajó ya en las generales –el PP tuvo más votos en la capital pero cinco puntos menos de respaldo electoral– y ahora se ha situado casi siete puntos por debajo de la foto electoral que le llevó a la Alcaldía. Desde entonces a ahora el PP ha perdido 17.000 votos. Una cantidad de sufragios que no pone en peligro su notable apoyo popular pero que señala –también en la capital– que ya se está produciendo un proceso similar a la bajada de la marea en el mapa político provincial. En Sevilla, el agua llegó a la capital pero sigue sin inundar la provincia. Sevilla nació como una isla menor del río Guadalquivir. Políticamente, hasta dentro de cuatro años no va a dejar de serlo.

¿Un cambio a medias?

Carlos Mármol | 25 de marzo de 2012 a las 6:15

Los resultados electorales en Sevilla condicionarán el poder autonómico en Andalucía. El proyecto político de Zoido para la capital depende de la victoria de Arenas. El PSOE entrará en crisis si no aguanta el envite.

Es cierto. Sevilla se juega muchas cosas hoy, jornada de las trascendentes –sobre todo para los políticos– elecciones autonómicas. En cambio, no está tan claro, ni es tan nítido, que los sevillanos nos juguemos demasiado. Toda una paradoja. Indudablemente, lo que se dirime es importante: quién administrará el poder regional, quién repartirá un presupuesto que, por fuerza, será menguante a medida que pase el tiempo y quién decidirá el sentido del ajuste que hundirá a Andalucía en su situación económica real –tenebrosa– durante los próximos cuatro años, como mínimo. Todo esto depende de las urnas.

Los problemas reales, domésticos, de los ciudadanos –el paro estructural, la falta de perspectivas individuales, la ilusión cada vez más inexistente, convertida ya casi en una utopía yerma, el inmenso miedo al incierto futuro– tienen, en cambio, bastante poco que ver con las gráficas que dicte el recuento de las papeletas electorales. El mundo no se va a arreglar en un día. Ni siquiera en dos. Probablemente nunca.

La importancia –relativa– de los comicios, por tanto, es sobre todo política. Pero no en el sentido más noble del término –el interés por el devenir de los asuntos colectivos– sino más bien en su más clásica acepción gremial. Se trata de una pura guerra abierta entre políticos profesionales en la que los ciudadanos somos decisivos pero apenas durante un breve suspiro. Una vez introduzcamos nuestro voto en las urnas pasaremos de nuevo a una posición secundaria en beneficio total de la democracia representativa e imperfecta en la que todos cohabitamos. Así es el cuento.

En el caso de Sevilla, los comicios del 25-M van a condicionar el signo político de la Junta de Andalucía, la gran maquinaria de prebendas y disgustos de la región. Los resultados ya están más o menos escritos, salvo sorpresa mayúscula, en la mayoría de las distintas provincias excepto en tres, entre ellas Sevilla, donde la cuestión está suficientemente abierta como para que en ella se vaya a resolver quién gobernará. Lo que se decide hoy es el gobierno, no la victoria. Todos los sondeos dan por seguro desde hace tiempo que el PP será la lista electoral más votada. Que finalmente llegue a gobernar ya es otra cuestión distinta.

Además de esta lectura, el mapa político autonómico que saldrá del 25-M tendrá incidencia directa en el porvenir inmediato de los dos grandes partidos políticos de la provincia. En el caso del PP sevillano, favorito en la pugna, lo que está por ver es si será capaz de romper por vez primera la histórica hegemonía política de los socialistas. En el ámbito local esta asignatura pendiente se superó hace nueve meses, pero no así en una serie de localidades medias donde el crecimiento de las candidaturas populares está más vinculado a la ola política nacional que a una convicción profunda. Justamente es en estas localidades donde Arenas tiene que crecer –al menos cinco puntos en relación a los resultados de los comicios generales– para poder entrar en el Palacio de San Telmo.

En Sevilla capital, además, está en discusión algo más: la fortaleza de la burbuja política que encarna el actual alcalde, Juan Ignacio Zoido. El regidor encabeza la lista electoral del PP a las Cinco Llagas y su principal reto es no perder sufragios –con respecto a citas anteriores– para poder sostener el crecimiento del PP. Probablemente lo consiga, aunque los resultados autonómicos van a condicionar toda la política municipal el resto del mandato.

El círculo perfecto

Si Arenas es investido presidente de la Junta de Andalucía, el círculo perfecto del PP se habrá cerrado. Zoido tendrá entonces a su favor una herramienta institucional clave para poder consolidar en el tiempo su proyecto para dirigir la capital de Andalucía. El aval de la administración regional es esencial para él en muchos sentidos. Primero, en el orden simbólico: sería la primera vez que el PP dominase en ambos escenarios políticos. Después, en el terreno práctico: casi todos sus proyectos de cierta envergadura –centrados en una concepción del urbanismo muy similar a la que nos ha llevado a la debacle económica– requieren pasar filtros autonómicos que, con Arenas en la presidencia de la Junta, no sólo serán superados, sino que probablemente se eliminen por completo.

Igual que en una profecía bíblica: las barreras (para hacer ciertas cosas) caerán. El camino (en determinada dirección) se allanará. Y el poder popular será como el Dios del Antiguo Testamento: omnipresente. Hasta el punto de poder calificarse de excesivo. Basta ver algunos de los argumentos de campaña del candidato popular a la Junta para darse cuenta de que la sintonía política que se establecerá entre la Plaza Nueva y el Palacio San Telmo será total. Nítida. Completa. No es raro: Zoido es una exitosa creación (política) de Arenas.

Habrá a quien esta circunstancia –que la Alcaldía hispalense sea la correa de transmisión de la Junta del PP– le parezca una cosa ideal. Y a quien le asuste el simple hecho de pensarlo. Hay que ser pacientes. No es tampoco la primera vez que ocurre: la historia democrática de Sevilla tiene precedentes ilustres. La ciudad rara vez ha tenido a un alcalde independiente, entendiendo tal adjetivo en relación a Sevilla, más que a su propia organización política. La ciudad ha elegido o a alcaldes con excesiva sintonía con la Junta –motivo por el cual su perfil político venía a ser redondo, poco reivindicativo, instrumental– o a regidores en eterno conflicto virtual con la administración autonómica, casi siempre por intereses –también– partidarios más que institucionales.

En el primer caso, la ciudad perdía peso político. En el segundo, quedaba sin capacidad de influencia. En ambas situaciones los beneficios han sido muy escasos. De este bucle parece difícil que salgamos. Sólo podría hacerse con otros perfiles políticos. No se adivinan en el paisaje. Si Arenas gana y gobierna, el plan de ajuste que el PP tiene previsto hacer en el Ayuntamiento hispalense –incluidas las empresas y organismos autónomos– y el proyecto de corte revisionista del que se han visto notables muestras en estos nueve meses no tendrá ya freno.

En cambio, si por una broma cruel del azar el PP no llegase a la presidencia de la Junta –con independencia de que se abriría de golpe el melón del liderazgo en el PP en Andalucía, un proceso en el que Zoido parece estar muy bien colocado– y PSOE e IU logran armar un gobierno autonómico estable, el grado de confrontación entre la Plaza Nueva y el Gobierno regional subirá hasta máximos históricos. De nuevo, por motivos partidarios que, si se mira bien, son los que casi siempre condicionan la política patria. Al menos, en el mundo meridional. En todo caso, la revolución reformista del PP en Sevilla quedaría en este supuesto como un proyecto a medias, abortado. Detenido. Algo que, a largo plazo, puede terminar hasta provocando el cuestionamiento de la emergente figura del alcalde.

La espiral interna

Los socialistas no tienen este problema. Su disyuntiva es mucho más simple: o resistencia o nueva crisis interna, quizás para situarse durante años en una posición secundaria inversamente proporcional al poder total del que han disfrutado durante las tres décadas de autonomía. El PSOE de Sevilla se juega todo o nada el 25-M: si aguanta el envite y conserva su secular liderazgo político provincial, aunque sea por la mínima, habrá alguna posibilidad, por remota que parezca con Arenas en la Junta, para poder al menos dar la batalla de la oposición.

Si en cambio es barrido de sus feudos sevillanos –una hipótesis que parece difícil, pero ni mucho menos imposible– el guión está escrito: nueva crisis interna, en este caso sangrienta, a la vuelta de la esquina. Primero en clave regional; después provincial. Una guerra púnica completa de la que parece complicado que salga una alternativa sólida. Más bien , a lo sumo, una nueva variante de las tribus socialistas. Insuficiente para una organización política que, si hoy cae en las urnas, tendrá que pasar un purgatorio que será tan largo e inmisericorde que, probablemente, a muchos se les haga eterno. Como el infierno, tan temido.

Promesas, el vicio perpetuo

Carlos Mármol | 18 de marzo de 2012 a las 6:05

El PP desempolva todos los proyectos de infraestructuras pendientes en la provincia de Sevilla sin garantizar ni plazos ni presupuesto. Los socialistas se limitan a plantear el 25-M como un dique contra la involución.

Las campañas electorales cada vez se parecen más a una gran estafa. O a un extraño juego de trileros. O a una comedia que, en ocasiones, adquiere visos de tragedia, si se tiene en cuenta que se juega con las ilusiones de la gente y con la fe (ciega) de los ciudadanos en un sistema –la democracia– que cada vez es más formal –el ritual no se pierde– pero mucho menos sustancial. Lo mismo le ocurrió en su día a la Iglesia: todo el mensaje evangélico quedó sepultado bajo la mera liturgia.

El 25-M, al igual que los comicios municipales de hace apenas ocho meses y las últimas elecciones generales, ahondan en esta tendencia que consiste en que los candidatos –sin rubor alguno– se lancen a prometer cosas que ni siquiera tienen mínimamente estudiadas, desdigan con sus propias palabras casi todos sus hechos previos y, al cabo, limiten el debate público que debe ser inherente a una convocatoria electoral a una galería de fotos, un cuaderno de homilías y algunas misas de corte papal, con la grey moviendo banderitas al son del himno oficial. Vamos a ganar. Todo lo demás, en realidad, a quién le importa.

Este proceso, común a los dos grandes partidos, que son los que ocupan el escaso espacio disponible, aprovecha dos vicios comunes en los tiempos actuales: la insustancialidad (política) y la falta de memoria –relativa– del cuerpo electoral; incapaz, según algunos, de recordar lo que se dijo mucho más allá de una semana. No es cierto –nunca lo fue–, pero los estrategas de campaña de los candidatos trabajan siempre sobre estas dos premisas. Una: el elector funciona por un mecanismo emocional; la lógica no cuenta en una convocatoria electoral. Dos: la coherencia argumental es lo de menos; lo importante es la convicción con la que se defienden las incoherencias. Nadie se fija en el mensaje, sino el tono.

Esto es lo que dice el lugar común. Supongo que porque, en términos estadísticos, es lo que sucede. Sin embargo, hay algunas excepciones. Ciudadanos –votantes en términos electorales– que no sólo recuerdan lo que van diciendo los políticos en campaña, sino que incluso son capaces de mencionar lo que hicieron cuando gobernaban. Y que establecen diferencias. Jerarquías. Distancias. Y a partir de este ejercicio –crítico– obtienen sus propias conclusiones. Casi todas ellas dejan a los aspirantes a un cargo –alcalde, presidente de autonomía o candidato a presidir un Gobierno– en una situación escasamente edificante. No tanto porque exista una tendencia natural a criticar a la clase política –ellos niegan serlo, pero las evidencias los desmienten–, sino porque hacen su camino sin importarles demasiado sus propias renuncias. Piensan que no tienen el mínimo coste electoral.

Esta semana hemos asistido en Sevilla a un episodio ilustrativo. El PP, principal favorito en estos comicios, ha organizado una gira de actos por las localidades medias de la provincia –el cinturón urbano que todavía se le resiste– para intentar cosechar los votos que Javier Arenas necesita para lograr una mayoría suficiente, que en realidad se llamaría absoluta. Hasta aquí, lo lógico. Cada partido es libre de establecer su propia táctica de campaña. El problema surge cuando se analiza, con algo de sobriedad, sin los habituales entusiasmos, los mensajes de fondo lanzados por el partido conservador.

Todos ellos se han centrado en la política de infraestructuras, uno de los capítulos en los que la historia reciente de Sevilla muestra el escaso peso político que la provincia tiene no sólo en el ámbito andaluz, sino a nivel estatal. El discurso de Arenas, que en parte ya había puesto en práctica Zoido unos días antes, viene a afirmar que si los electores le otorgan su confianza dentro de una semana Sevilla logrará una ley de capitalidad –una vieja reivindicación de la ciudad– y, por arte de magia o milagro, recuperará el tiempo perdido en materia de inversiones públicas durante los últimos dos lustros.

Arenas no dejó –casi– nada por mencionar. Desde la red integral del Metro de Sevilla, cuya única línea hace tiempo que se quedó corta, pasando por la SE-40, la construcción de la SE-35 –una ronda urbana; municipal, por tanto– o el tranvía de Alcalá de Guadaíra. A juicio del aspirante popular, la Junta de Andalucía –el PSOE, en realidad– se “olvidó” de esta provincia después de la celebración de la Expo 92. “Esta provincia sencillamente dejó de existir”, sentenció el cabeza de lista popular.

Sobre el diagnóstico, hay poco que objetar. Son sencillamente datos estadísticos los que avalan esta tesis, aunque en otros territorios andaluces todavía continúe viva la vieja costumbre de los agravios contra la capital hispalense. Dicho esto, y dándole la razón a Arenas en el punto de partida de la discusión, lo cierto es que no sólo hay que analizar los presupuestos autonómicos, controlados por los socialistas en los últimos treinta años, para certificar estas carencias.

También los sucesivos gobiernos estatales han aprobado sus respectivas cuentas anuales con partidas de inversión muy débiles en relación al peso poblacional, económico y político que debería tener Sevilla. Y en esta cuestión, obviamente, algo también ha tenido que ver el PP. O lo que es lo mismo: los dos gobiernos presididos por José María Aznar, en los que Arenas jugó un papel político notable. Justo aquí es donde el discurso electoral del PP patina. Y la credibilidad política de su candidato resulta ser, cuanto menos, discutible. El PP sabe perfectamente que éste es uno de sus talones de Aquiles. Aunque parece confiar en que la memoria útil de los ciudadanos sea lo suficientemente escasa como para orillar semejante contradicción.

Un caso paradigmático es el Metro. El PP promete ahora hacer la red integral del ferrocarril metropolitano. Zoido lo pregonó durante su campaña, pero después pactó con la Junta un programa para dar prioridad a la línea 3, sin dejar de discutir el resto del proyecto. Parecía una solución razonable dado el contexto económico en el que vivimos. Sin embargo, vuelve a usarlo como argumento electoral. Habrá a quien le parezca lícito. A otros nos parece simplemente teatro: los gobiernos del PP en Madrid, con el ciclo económico a su favor, jamás llegaron ni siquiera a participar en la financiación de la línea 1. De donde se infiere que ahora difícilmente podrían asumir lo que entonces no quisieron pagar. Basta recordar, además, el reciente anuncio del ministro De Guindos sobre el inminente recorte del 40% en las licitaciones estatales en los próximos presupuestos para que la promesa del PP se derrumbe. Sencillamente: no es verosímil por muchas visitas de la ministra de Fomento que organice el PP. Visitas donde sólo se expresan buenas intenciones. Ni plazos ni presupuestos. Nada cierto.

La realidad es muy terca. Y los datos hablan sin excesiva glosa: el déficit de inversiones estatales que padece la provincia desde hace al menos dos lustros puede cifrarse en 2.173 millones de euros. El cálculo lo realizó en su día –2009– Francisco Ferraro, catedrático de Economía de la Universidad de Sevilla. Un argumento de peso que no induce precisamente a esperar un cambio de tendencia. Y que resta validez a la promesa electoral del PP de devolver a Sevilla el porcentaje de inversión del que viene privándosele en la última década. Esta deuda histórica oculta jamás la admitieron ni los socialistas ni los populares.

Los socialistas, asombrosamente, han querido sacar pecho al hilo del tropezón de Arenas. Para ellos el 25-M es ya el último dique contra la involución. El presidente de la gestora que dirige el PSOE sevillano tras su enésima crisis le mandó esta semana una carta al candidato popular en la que le reprocha que no quiera admitir la realidad. “Hemos hecho una segunda modernización”, le dice Manuel Gracia, el presidente de la dirección interina socialista. Basta ver las cifras del paro –el gran lastre de nuestra economía– para darse cuenta de cómo el papel lo aguanta todo. Sobre todo en campaña. Los socialistas prometieron en su día –Plan Estratégico de Alfredo Sánchez Monteseirín– el pleno empleo en la Sevilla de 2012. A la vista está que la promesa se ha cumplido. Nadamos en la abundancia.

Sevilla 25-M: lecturas cruzadas

Carlos Mármol | 11 de marzo de 2012 a las 6:05

Los socialistas se juegan otra vez el mito de su imbatibilidad electoral. El PP intentará arañar los sufragios que necesita para la mayoría absoluta en el cinturón de ciudades medias. Los comicios tendrán derivación municipal.

El tiempo, ese concepto difuso que, según San Agustín, existía y al mismo tiempo, nunca mejor dicho, dejaba de existir en función de la ocasión, es el factor que va a marcar la campaña electoral que, como dicen los argentinos, recién ha comenzado esta semana en Andalucía. Tiempo, según los socialistas, es lo que quizás le va a faltar al PSOE en las dos semanas largas que restan para que se produzca el dictamen de las urnas. Tiempo, a juicio del PP, es lo que probablemente le sobre (a tenor de las últimas encuestas) a Javier Arenas de cara al 25-M. Y tiempo (que perder) es lo que la mayoría de los electores consideran que va a gastarse en el circo mediático en el que se han convertido las carreras electorales.

Al igual que cualquier otra guerra, una victoria es una suma de batallas –no siempre menores– que hacen ciento. Los comicios regionales en los que se disputa el inmenso poder institucional de la Junta de Andalucía –poco más; no se engañen– se alimentan pues de un sinfín de enfrentamientos provinciales simultáneos que, debido a que las elecciones se organizan a partir de las distintas circunscripciones territoriales, cobran especial relevancia a la hora de asignar los diputados necesarios para la mayoría absoluta (del PP) o la minoría relativa (que formarían PSOE e IU). Las dos variantes iniciales del menú.

En este contexto es donde la batalla de Sevilla –ciudad mil veces conquistada; escasamente leal, a pesar del lema de su escudo oficial; centro obsesivo de atención en los duelos electorales previos– adquiere especial interés, al depender el resultado global de las autonómicas en buena parte de lo que ocurra en una provincia que, todavía, parece resistirse –con independencia de los motivos potenciales– a formar parte del cambio de ciclo político que desde hace ocho meses está transformando el mapa del poder en España. La Numancia sevillana es para los socialistas la última esperanza para no fenecer (políticamente) por completo. Para el PP, en cambio, viene a ser como la Granada de los nazaríes en tiempos de la Reconquista, que, como todo el mundo sabe, no fue sino una mera conquista por las armas. Sin preámbulo alguno.

Hay mucho en juego. Demasiado. Pero de forma distinta en función de cada protagonista. En el caso del PSOE, lo que ocurre en Sevilla es, sobre todo, una guerra psicológica, de identidad. Con independencia del resultado final –los sondeos hablan de un empate técnico en número de diputados entre los grandes partidos– lo que se dirime en Sevilla es una cuestión mítica. Esto es: si la provincia seguirá siendo el último reducto de sustento electoral de unos socialistas en fase menguante y, como era de esperar, más acostumbrados a devorarse a sí mismos que a vencer a sus adversarios.

Lo que está en juego no es sólo la Junta, sino el mito de la imbatibilidad electoral del PSOE de Sevilla. La condición que le ha convertido a lo largo de la historia reciente en el corazón mismo del partido, como se dice en Madrid, o, visto desde las provincias andaluzas, en una organización que es necesario someter o controlar para que el PSOE de ámbito regional mantenga en su fuero interno un cierto equilibrio que evite que termine saltando por los aires.

Dado el tamaño de la batalla –a nivel interno y externo– lo que resulta del todo sorprendente es que el PSOE sevillano llegue al campo de juego con una situación de interinidad tan profunda como la que salió tras la última de las guerras púnicas: la elaboración de la lista electoral. Los socialistas, cuyo principal reto para no fracasar consiste en movilizar a los suyos, se presentan a los comicios con una nómina electoral que la mitad de la organización rechaza y una serie de condicionantes internos que hacen prácticamente imposible lograr un grado de movilización suficiente para no estar intranquilo. No es extraño que los actos políticos se hayan programado en aforos limitados –para no dar sensación de orfandad– y en clave, si no íntima, sí muy discreta. Hay pocos motivos para el optimismo incluso a pesar de que los últimos sondeos van reduciendo –de forma leve– la distancia que el PP ha llevado durante meses a los socialistas.

Todo se juega a una carta, y la baraja ya no está exclusivamente en manos del PSOE, que además cuenta con inquietantes señales del fin de siècle: no tanto por la corrupción, que también, sino por otros síntomas tan gráficos como el retroceso electoral que, en los recientes comicios generales, se produjo en localidades metropolitanas de usual mayoría socialista: Alcalá de Guadaíra y Dos Hermanas, esencialmente; además de otras urbes medias donde el PP casi ni osaba dar la batalla.

Los sondeos, por otra parte, en realidad no aclaran demasiado el resultado final. Formalmente ganaría el PP, pero nada se dice –porque es imposible– de cuál va a ser el comportamiento electoral en el interior de la provincia, donde realmente se librará la batalla por la Junta de Andalucía. La bolsa de indecisos –oficiales– todavía es demasiado gruesa para que nadie cante victoria, ni siquiera los favoritos en la carrera electoral. Y eso que el precedente de las municipales podría hacer pensar –cosa que antaño se consideraba inaudita– que los votantes todavía no alineados podrían votar en masa al PP.

Si hace ocho meses esta hipótesis terminó siendo cierta, que vuelva a repetirse el fenómenos ahora es mucho más improbable. Un factor ha cambiado por completo el panorama: Zapatero no está; ya gobierna Rajoy y la economía sigue igual de mal que entonces, o bastante peor, ya que han comenzado las primeras medidas de ajuste –subida de impuestos, reforma laboral– y las decisiones paliativas que el PP ha ido aprobando para tratar de no perder imagen –protocolo contra los desahucios, límites a los sueldos de los altos cargos públicos– no ocultan la realidad subyacente: la crisis la va a pagar, como ocurre siempre, la gente normal.

Probablemente en lo único que Griñán ha acertado en los últimos meses fue en separar los comicios regionales de los estatales, en los que Rubalcaba no pudo evitar la extraordinaria sangría electoral de los socialistas. El tiempo –creían los socialistas– jugaría a su favor. Aunque esta tesis tampoco está del todo clara si se tiene en cuenta que la batalla de San Telmo puede estar perdida desde hace más o menos año y medio, cuando estalló el escándalo de los ERES falsos.

Los populares saben, en todo caso, que sólo con el mensaje de la corrupción no tienen garantizada la victoria necesaria. No basta. Insisten en su táctica de poner en cuestión la gestión de los socialistas –que han dado munición para varias décadas– pero a nadie se le escapa que su gran asignatura pendiente es crecer en el circuito de urbes medias que forman el fortín sevillano de los socialistas. No es extraño que el 70% de su lista electoral esté formada por concejales. Busca así el PP que sus referentes en estos ámbitos geográficos –localidades cuya población se sitúa entre los 10.000 y los 20.000 habitantes– logren arrancar votos que hasta ahora se les han resistido. O, al menos, que los socialistas no puedan recoger demasiada cosecha, lo que les permitiría sumar los restos necesarios para la mayoría hipotética. Suficientes para que los tres puntos de distancia de las últimas generales eviten que la bandera de la Numancia socialista sevillana continúe en pie.

En esta táctica, cuentan –y mucho– los votos de la capital. También, inevitablemente, habrá pues una lectura en clave hispalense. Los socialistas han dejado la campaña en la capital en manos de Juan Espadas, el líder de la oposición municipal, que en las generales presumía de haber logrado pinchar –levemente– la burbuja Zoido. Habrá que ver qué ocurre ahora para confirmar dicha teoría. El PP está en ascenso. Es un hecho cierto. También lo es que después de ocho meses de ejercer el poder municipal la figura política del regidor sevillano no es inmaculada. Ni mucho menos. Tendría gracia que el PP no lograse la mayoría absoluta por no retener todos los votos con los que cuenta en Sevilla capital.

Sevilla: la batalla que viene

Carlos Mármol | 19 de febrero de 2012 a las 6:04

La mayoría absoluta de Arenas depende de lo que ocurra en Sevilla el próximo 25-M. Las encuestas otorgan la victoria al PP por primera vez. Enfrente tiene a un PSOE partido en dos mitades y cuya dirección es interina.

La batalla va a ser desigual. Casi imposible. No es que el resultado esté ya escrito de antemano, pero el sentido común (además de todas las encuestas que vienen sucediéndose desde hace más de un año) auguran que el inminente enfrentamiento entre el PP y el PSOE en Sevilla tiene bastantes visos de terminar por derribar la última bandera socialista que todavía ondea, aunque cada vez más rota, en la provincia considerada la nueva Numancia.

Claro que en la vieja urbe celtíbera, asediada por los romanos durante años, los postreros resistentes optaron por suicidarse antes de rendirse. En el caso de los socialistas sevillanos la cosa ha sido justo al revés: se han rendido ante el PP (matándose entre ellos) antes de haberse suicidado. Lo que no deja de ser una forma indirecta y singular de autolesionarse.

Evidentemente, no por eso nos vamos a librar de la campaña electoral. Ni de lejos. Campaña habrá. Los tres grandes candidatos darán sus mítines, acariciarán a los niños, irán a los colegios y a los parques, visitarán los mercados y repetirán sus salmodias por doquier, sin importarles que buena parte sus espectadores los miren con el escepticismo propio de quienes no tienen nada que escuchar porque hace tiempo que son víctimas de una crisis que no roza a la clase política.

Encontrar algo de emoción en la pugna por el control de la Junta de Andalucía va a ser cosa difícil. Sólo se antoja posible con inducción exterior. Principalmente, de origen químico. Es lógico: será la tercera convocatoria electoral sucesiva en apenas medio año. Y siempre con idéntico planteamiento de arranque: los resultados de Sevilla condicionarán –en un sentido o en otro– el panorama general. En este caso, Andalucía.

La marea azul

El escenario político ha cambiado poco desde los comicios municipales, cuando el PP comenzó a darle la vuelta completa al poder en España, aunque las primeras decisiones del Gobierno de Rajoy hagan a algunos fantasear con la posibilidad remota de una victoria por la mínima (con IU de socio, obviamente) o, incluso, una derrota dulce frente a las huestes conservadoras. Puro autoengaño. Consecuencia de la más absoluta desesperación. Los comicios regionales están perdidos de antemano para los socialistas desde hace algo más de un año y medio. Es una sensación general. En algunos casos, casi una certeza. Todavía no es un hecho, es cierto. Pero todo indica que no va a haber demasiado partido que disputar, aunque éste vaya a ser el mensaje oficial con el que el PSOE trate de contener una previsible sangría de votos tan masiva como –para algunos– injusta, al no obedecer al entusiasmo (discutible) que despierta la opción alternativa. Lectura vana, en todo caso:un voto de expulsión, fruto del rechazo general o del hartazgo, a efectos prácticos cuenta igual que aquel cuyo origen es consecuencia directa del idealismo. O de la ingenuidad. Además, es más cruel.

La caída de Sevilla, si es que finalmente sucede, va a tener mucho de catártico. Aunque no en el buen sentido: liberará de nuevo todas las tensiones en disputa en el seno del PSOE de Sevilla, lo que supone reabrir la caja de Pandora de la agrupación socialista más importante de España. En el último mes ya se ha visto –en directo– la violencia política que alimenta a las tribus indígenas del socialismo sevillano. No será nada cuando, entre los meses de junio y julio, con la Junta acaso en manos ajenas y la Diputación Provincial como único asidero cierto, comiencen los inevitables ajustes de cuentas. La debacle del PSOE en Sevilla es la puerta de la mayoría absoluta que necesita Javier Arenas para gobernar Andalucía. Y ya está casi entreabierta. Hasta enero, si las cosas se hubieran hecho de otra manera distinta, si la inteligencia se hubiera impuesto al estómago, todavía podría dudarse de que el fuerte del PSOE sevillano cayera. Ahora no quedan muchas dudas. Caerá.

Basta ver los primeros mensajes lanzados por el presidente de la gestora que ha tenido que hacerse cargo de la dirección provincial del partido, Manuel Gracia, para presentir la inmensa debacle que viene. No se pueden pedir milagros. Ya se sabe: éstos son cosa imposible (para los agnósticos) y excepcional (para los católicos). Para los socialistas resultan improbables. ¿O es que alguien cree que una organización política puede apuntalar su decreciente fuerza electoral cuando casi la mitad de sus militantes ni siquiera han podido discutir la lista que se presenta ante todos los electores? ¿Van a hacer campaña a favor de una candidatura que no reconocen? Parece harto improbable, salvo por los habituales teatrillos de barrio.

Que la dirección federal del PSOE no iba a impugnar la lista de Sevilla, encabezada por Griñán, era algo de libro. Todos los actores de la reciente tragedia del PSOE de Sevilla lo sabían. Ahora bien, esto no significa que el aval de Rubalcaba arregle el problema de origen, que es de legitimidad: los candidatos que se presentan al Parlamento andaluz bajo las siglas socialistas en Sevilla no han tenido el respaldo de, al menos, la mitad de los dirigentes sevillanos. Mal punto de partida cuando de lo que se trata es de salir a la calle –en el peor de los momentos– para contarle a la gente que hay que votar al PSOE para salvar los servicios públicos y el Estado del Bienestar.

Por otra parte, no existen antecedentes de éxito que atenúen la frágil situación política de los socialistas en Sevilla a cuarenta días para sus elecciones más trascendentes desde el principio de la autonomía. Una gestora es una dirección política interina. No tiene en sus manos los resortes con los que contaba la anterior Ejecutiva provincial, destrozada tras la decisión de José Antonio Viera de dimitir del cargo por las presiones de la dirección regional que encabeza Griñán.

La distancia se reduce

Todo conduce pues a la victoria del PP. Un ejercicio teórico con vocación práctica. Basta analizar los datos electorales históricos de Sevilla para ver el pozo negro. La última foto fija –las generales– marcó una escasísima distancia entre populares y socialistas en Sevilla. Apenas 32.110 votos. Un máximo de tres puntos a favor del PSOE. Desde entonces, el desgaste de los socialistas ha sido incesante:el escándalo de los ERE –cuyo epicentro es la provincia–, su incapacidad para armar un mensaje político sólido –cosa inaudita cuando se cuenta con una maquinaria tan enorme como la Junta de Andalucía, asombrosamente sin pulso político alguno desde hace meses– y, por último, las guerras púnicas del congreso federal y las listas electorales.

El último sondeo realizado, elaborado por Cadpea, ya otorga al PP una ventaja de más de siete puntos frente a los socialistas en Sevilla. Por primera vez en la historia. Es cierto que la muestra de esta encuesta es bastante discreta –apenas cuatrocientas entrevistas– y que la bolsa de indecisos (aquellos que no confiesan el sentido de su voto; bien por no tenerlo decidido, bien por no querer revelarlo) todavía es numerosa. Del orden del 25%.

Pero, dado el antecedente de las municipales, ya no puede decirse con seguridad plena, ni siquiera por intuición, que esta estratégica bolsa de votantes vaya a apoyar al final a los socialistas aunque sea sin llegar a admitirlo públicamente, casi de forma vergonzante. Hace ocho meses, los indecisos de la capital hispalense votaron en masa a Zoido, que logró 20 concejales. ¿Ocurrirá lo mismo en el caso de Arenas?

Todavía es un misterio. La provincia no es la capital y en muchos pueblos el suelo electoral del PSOE es difícil que se mueva. Pero tampoco tiene que producirse un terremoto. No hace falta. Los datos reflejan que durante los últimos años los socialistas sevillanos han perdido 144.349 votos. El PP ha ganado casi 70.000 sufragios. Tienen la Junta al alcance de la mano. Todo depende de Sevilla.