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La guerra de astracán

Carlos Mármol | 16 de octubre de 2011 a las 6:05

El nuevo gobierno municipal diseña toda su acción política en función de los intereses electorales del PP en las generales y las autonómicas. Los problemas de Sevilla pasan a un segundo plano. Lo que importa es ganar.

El episodio, según cuentan los historiadores, le sucedió a los conquistadores musulmanes que a las órdenes de un cruel cobrador de impuestos árabe llamado Musa, acusado de malversación de caudales en Basora, arribaron por vez primera a Híspalis para convertirla en lo que después sería Isbilya. Su victoria sobre los cristianos fue tan rotunda que llegó un momento en el que perdieron el sentido de su propio sendero. Dejaron de mirar hacia atrás. Se olvidaron de dónde venían, quién los mandaba y a quién servían.

Empezaron a creerse los elegidos. La letra alfa de la nueva era. Los señores del nuevo predio recién ganado. Lo primero que hicieron fue pactar o directamente emparentar con los propietarios seculares de la tierra –las familias visigodas– para consolidar así su poder, acuñar moneda propia y repartir tierras entre la soldadesca sin las bendiciones expresas del gran califa. Se trataba de echar raíces sólidas, permanentes. Musa fue llamado a consultas al Damasco de los Omeyas. Jamás regresó de nuevo a Al-Andalus.

Todos los triunfos abrumadores encierran en su interior una maldición secreta:la pérdida de perspectiva. Quizás por eso siempre se diga que lo importante en política no es tanto llegar al poder, sino saber permanecer cierto tiempo en la cima. Una complicada tarea que para muchos requiere ejercer la violencia, o el quebranto, y que en realidad más bien consiste en tener siempre presente la lección del Tao:pase lo que pase, ocurra lo que ocurra, nunca dejamos de ser lo que fuimos antes de llegar.

Suele citarse al respecto de esta cuestión la sabia costumbre romana de recordar al soberano –casi siempre un dictador– que, a pesar de las adulaciones y los requiebros, aunque se vanaglorien del exagerado culto a la personalidad que caracteriza a todas las sociedades serviles, quien manda sigue siendo humano. A la vista está que los césares no solían hacer demasiado caso del consejo. El poder cierra los oídos, tiende a confundir las voces con los ecos y, en general, obliga a quien cree tenerlo –si realmente lo tiene– a caminar por un sendero autista, ensimismado. Insensible a la calle.

Cuestión distinta es que este tránsito, inevitable en muchas ocasiones, sea ya una deriva voluntaria. Entonces la cosa es más preocupante. El gobernante que deja de apreciar las razones y motivos que lo han conducido al poder –creyendo que éste será siempre eterno, o al menos duradero– para dedicarse a sus asuntos particulares está condenado a tener, antes o después, problemas.

Algo de eso parece estarle ocurriendo ya, a los tres meses de llegar, al gobierno municipal de Sevilla, al que Zoido arribó con una mayoría política de 20 concejales que le permitirá reinar sin problemas hasta dentro de cuatro años. Puede que incluso más, porque la democracia formal en la que vivimos obliga a conservar en el tiempo esta foto fija aunque puedan producirse cambios posteriores en la apreciación de los votantes. Como tantas veces, asumimos una convención para poder manejarnos. Mientras tanto, el mundo cambia. Los días corren. Los templos, sobre todo los financieros, se tambalean. Todo empeora.

Zoido llegó a la Alcaldía prometiendo algo que probablemente no podrá cumplir –crear más empleo–, mucha austeridad y eficacia helvética. Como la de los relojes suizos. Probablemente en la primera cuestión, en el fondo, ni siquiera tuviera mala intención: sencillamente arreglar el drama del paro está fuera de su ámbito de acción política. A lo sumo sólo podría atenuarlo. La paradoja radica en haber garantizado que podría hacerlo sabiendo que en los tiempos que corren trabajar se ha convertido casi en una utopía.

Sobre la austeridad y la eficacia habría mucho que hablar, a pesar de que en la Plaza Nueva quieren salvar este debate presumiendo –hacia afuera– de unas costumbres espartanas que son más que discutibles. Sobre todo si, en lugar de dejar que cada uno se forme su propio juicio con datos, quien las pregona es el propio monje que las practica. Basta comparar los compases del nuevo mandato con la etapa de gobierno de Soledad Becerril –el único antecedente de un gobierno local del PP– para poder sacar las conclusiones pertinentes. La marquesa sí que era espartana. De verdad. Bastaba oír a sus colaboradores maldiciendo tan sobrias costumbres –propias de quien se arregla con la lectura y la música; ¿para qué más?– para darse cuenta que, en su caso, la austeridad era una convicción, no un eslogán. El equipo de Zoido, en cambio, habla poco y con cierto temor. Se nota que la guardia pretoriana les ha prohibido a muchos incluso hacer uso de la palabra según con quién sea. Lástima. No existe otro sistema para que te comprendan que te escuchen.

De todas formas, si se mira con ojos irónicos, tampoco el balance municipal es tan magro. Zoido ha conseguido muchas cosas en estos meses: tomar posesión, hacer un gobierno propio, lamentarse por la herencia recibida –sobre todo– y derogar el Plan Centro, el único intento serio para limitar el acceso de los coches al corazón monumental de la ciudad. También, claro está, según nos ilustran sus exégetas, que son legión, conseguir la final de la Copa Davis para Sevilla. Todo un hito si no fuera porque la perspectiva desde la cual algunos ciudadanos contemplan este episodio es bastante más tibia en relación a otros tiempos, cuando parecíamos ricos y felices.

Durante la campaña los socialistas acusaban al PP de tener una agenda oculta que no revelaban y que aplicarían cuando llegasen al gobierno. La agenda oculta era como la caja de Pandora, llena de calamidades. Hasta ahora, en cambio, lo único que se percibe es que la biblia que guía los pasos del alcalde es un agenda paralela:la de contribuir a que Rajoy y Arenas –sobre todo el último– ganen sus respectivos comicios electorales. El alcalde da la impresión de haber diseñado toda su estrategia sobre este pilar, sin reparar, acaso, que esta elección implica relegar a un papel bastante secundario los verdaderos problemas de Sevilla.

Se dirá que esto no es así. Que la ciudad está mejor, que se nota la capacidad de mando. Bueno. Cada uno es libre de pensar lo que guste. Lo indiscutible es que el regidor está más preocupado por mantener, amplificar y cuidar los frentes institucionales contra la Junta –todavía en manos de los socialistas– que en arreglar determinadas cuestiones. Ejemplos: el tráfico en el centro es un caos tras la eliminación del Plan Centro. En vez de encontrar una solución de consenso –que es lo que Monteseirín nunca fue capaz de hacer– ordena una investigación sobre el pasado, pone multas y anuncia la vuelta de la zona azul sin abordar el fondo de la cuestión.

Otro: las empresas municipales están casi en quiebra. En vez de aplicar un plan de urgencia, mantiene las hipotecas, recoloca o conserva a algunos antiguos directivos de su cuerda y aprueba medidas electoralistas como el bonobús de la tercera edad, reduciendo las inversiones. ¿Busca así la salvación de las empresas? Todas sus decisiones tienen un único mensaje:vota a Arenas. Impuestos: prometió bajarlos de inmediato pero, salvo excepciones, ahora dice que lo hará en cuatro años. La Davis: la pagará un ayuntamiento arruinado pero sirve para amplificar en el Parlamento –en los medios– la tesis del victimismo.

“La Junta maltrata a Sevilla: no le paga las deudas, bloquea sus iniciativas, no soporta la victoria del PP”. Todo esto está muy bien. Incluso puede que, en parte, sea cierto. Ya lo reivindicó en su día el socialista Caballos. No es cosa de ahora. La pregunta más bien es otra: ¿tanta queja arregla en realidad algo o sólo constata lo evidente? A Zoido lo votaron para gobernar. No para poner en escena La Venganza de Don Mendo. Una guerra de astracán.