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Ikea abre ‘la caja de pandora’ del PGOU

Carlos Mármol | 6 de julio de 2011 a las 6:05

La multinacional sueca lleva meses presionando para que se dé luz verde a una recalificación a la carta de 41.409 m2 comerciales.

Debajo de los adoquines está la playa, gritaban los estudiantes de mayo del 68. Bajo el relato oficial que esgrime la Alcaldía para justificar su decisión de acometer la primera alteración del Plan General de Ordenación Urbana (PGOU), aprobado hace apenas cinco años, se esconde un conflicto que enfrenta desde hace meses a los abogados de los propietarios de los terrenos donde está previsto construir el segundo Ikea y a los técnicos municipales. Un litigio en el que lo que está en juego no es sólo la viabilidad de una inversión, sino el criterio sobre el que sustenta todo el derecho urbanístico: el respeto a la normativa.

Estamos ante una ofensiva en toda regla. El pasado martes el consejero delegado de la compañía sueca, Mikael Ohlsson, concedía una entrevista a The Wall Street Journal, la biblia del periodismo económico. En ella desvelaba que sus planes para abrir diez centros comerciales en España no prosperan por culpa de las trabas urbanísticas de los ayuntamientos y las autonomías. Conclusión apresurada: la burocracia pone en peligro la creación de miles de empleos. Depende.

Visto así, y en tiempos de crisis, parece toda una tragedia. Un problema que necesita una solución urgente. El alcalde de Sevilla, Juan Ignacio Zoido, se comprometió ayer a encontrarla “antes de que termine julio” cambiando el Plan General. En su opinión, el bloqueo del segundo Ikea de Sevilla es culpa de las “discusiones del anterior gobierno PSOE-IU, que evitaba que se abrieran las puertas a las empresas”.

Las cosas rara vez son tan simples. En realidad, los abogados y arquitectos de los propietarios de los terrenos donde la multinacional del mueble pretende instalarse para aplicar su nuevo concepto de negocio (vender un producto inmobiliario propio a terceros con la marca Ikea como locomotora, como ya ha ensayado en Jerez) llevan meses presionando a los técnicos municipales para que orillen la normativa. Quieren flexibilidad.

Lo que está en discusión, en el fondo, no es la conveniencia de facilitar la instalación de Ikea (como parece querer darse a entender), sino el respeto al marco urbanístico, que debe ser igual para todos; y las garantías establecidas por la ley para que lo que debe ser una inversión empresarial lícita no se convierta en un negocio inmobiliario especulativo que además termine conculcando la base legal en la que reside toda la planificación de la ciudad.

El debate planteado en público es engañoso. No se trata de abrir el PGOUpara permitir a Ikea poner su nuevo centro comercial en Sevilla. La empresa puede hacerlo mañana mismo sin alterar este documento urbanístico. Lo que se dirime es si la multinacional sueca, y los propietarios que le venden el suelo, deben recibir un trato diferenciado en relación a otros dueños de terrenos a pesar de que, a la luz de los diferentes informes técnicos, hasta ahora no han estado dispuestos a cumplir los requisitos para lograr la autorización administrativa necesaria.

Vayamos por partes. Los terrenos de SanNicolás Oeste están situados junto al aeropuerto de SanPablo. Forman una de las grandes bolsas de suelo (1,4 millones de metros cuadrados de superficie) que el PGOU reservó para actividades productivas. Empresas, compañías de servicios avanzados y áreas comerciales. Su calificación urbanística también incluye usos residenciales. Son secundarios: 429 viviendas. El futuro de estos suelos era convertirse en un centro económico de primer orden junto a la carretera de Madrid y a nuevas infraestructuras como el Paso Territorial Norte. La operación, gestionada entre los diferentes propietarios de terrenos, requería un Plan Parcial para ordenar los usos globales previstos en el PGOU. Un documento que, por ley, tiene que ser aprobado por Urbanismo.

¿El problema surge entonces porque Ikea no cabe en estos terrenos? No. Ni de lejos. Otra cosa es que políticamente ahora se quiera contar así. La verdad –documental, además– es que el Plan Parcial presentado por los propietarios intenta alterar, por la vía de los hechos consumados, el PGOU para conseguir más aprovechamientos lucrativos de los permitidos.

Que no son pocos, por otra parte: el libro urbano de Sevilla tolera que hasta un 49% de toda la edificabilidad global –219.574 metros cuadrados de techo– sea destinada a una gran superficie comercial. Ikea, por tanto, no sólo cabe en San Nicolás Oeste, sino que podría crear hasta 4,6 parcelas similares a las que la multinacional sueca ya tiene en Castilleja. Si el cómputo se hace sobre la zona estrictamente comercial (16.000 metros) las dudas se evaporan: Ikea puede hacer 6,7 tiendas idénticas a la que ya tiene.

¿De qué estamos hablando entonces? De una operación inmobiliaria particular en la que los propietarios de estos terrenos buscan una recalificación a la carta de 149.000 metros cuadrados de techo, superior exactamente en 41.409 metros al tope del PGOU, cosa que hasta ahora el nuevo gobierno local mantiene en secreto. Lo que se persigue con el cambio es facilitar el negocio inmobiliario de la multinacional sueca, que consiste en la venta del hipotético exceso de edificabilidad concedido –un regalo– a otros inversores privados.

La operación no encalla por un capricho político, sino porque no respeta el marco legal. De hecho, tiene dos informes técnicos negativos: uno de Aviación Civil, que desaconseja su desarrollo por colisionar con la huella de ruido del aeropuerto, y otro –el trascendente– del servicio de planeamiento de Urbanismo. Un técnico cualificado –un funcionario– es quien bloquea su tramitación por ser contraria al PGOU. Y expone un largo rosario de argumentos: la operación “desequilibra la distribución de usos del planeamiento urbanístico”, “altera conceptualmente la normativa vigente” y no “justifica” una superficie comercial de este tamaño.

Hay otras razones, casi ninguna fruto del azar o de una conspiración en contra de los empresarios: los propietarios de los terrenos –sostienen los técnicos– no han presentado un “estudio de tráfico e infraestructuras para justificar la viabilidad del uso [comercial]” y no contemplan la “cesión del aprovechamiento [urbanístico] resultante” de la recalificación, un punto clave expresamente recogido por la legislación.

En definitiva, los promotores sólo quieren más espacios comerciales pero sin “cumplir las reservas mínimas de sistemas generales de equipamientos e infraestructuras”. Los técnicos no tienen más opción que declarar “improcedente” su admisión por “alterar sustancialmente las determinaciones vinculantes del PGOU”.

Queda así demostrado que el encaje urbanístico del segundo Ikea no es un problema de voluntad, sino de respeto a la ley. Una ley que Zoido ha anunciado que va cambiar “en beneficio de los sevillanos”. Algo que, como mínimo, es discutible.

La coartada conveniente

Carlos Mármol | 4 de julio de 2011 a las 6:10

Existen paradojas terribles. Por ejemplo: que quien quiso pasar a la historia por ser el gran artífice de la ciudad razonable que Sevilla siempre ha aspirado (sin éxito) a ser vaya a convertirse, una vez esfumado el poder, atributo temporal que muchos consideran divino, en su principal enterrador. Hablo del excelentísimo ex alcalde, que se ha ido de la Alcaldía –es la versión oficial; y ya se sabe que todas las versiones oficiales suelen ser ciertas– dejando la hucha del Plan General sin un duro y poniendo en bandeja a su sucesor los argumentos necesarios para hacer (con su mayoría de 20 ediles) lo que ha venido a hacer.

En pocas palabras: alterar el libro urbano de Sevilla –con el empleo como coartada– para que el lápiz urbanístico, en el que algunos siguen confiando como único sistema para hacer negocios, vuelva a ser conducido por una mano resolutiva que transforme, sin reparos ni lirismos, el modelo urbano elegido por la mayoría –al menos, así fue– en un magma voluble y tan flexible que ya no se pueda diferenciar entre el criterio (general) y el interés (particular).

Algunos empiezan a ponerse en cola: significativamente el primero ha sido el presidente del Sevilla FC, José María del Nido, procesado por el caso minutas, quien ha abierto públicamente la veda, aunque su único mérito es verbalizar lo que otros –todavía– callan. Zoido se mantiene cauto. De momento. No cabe engañarse: la cuestión clave de la nueva etapa municipal –como siempre– será la política urbanística, en la que radica el verdadero poder. Todo lo demás es protocolo.


No es raro que algunos, al descubrir la herencia recibida, más que escandalizarse por excesos pretéritos, se pregunten los motivos íntimos por los que quien tuvo todo en su mano para invertir de forma perdurable la tendencia histórica del urbanismo sevillano haya terminado dejando el campo abierto, de nuevo, a aquellos que no profesan más fe que la del viejo círculo que nos ha llevado al desastre.

Plaza Nueva: precisión de foco

Carlos Mármol | 3 de julio de 2011 a las 6:05

Los primeros compases de la actual etapa municipal dibujan un escenario político singular en el que los nuevos protagonistas parecen resistirse, a pesar del resultado electoral, a perder del todo su condición de tramoyistas.

Resulta tan llamativo como a todas luces incomprensible. Sobre todo si uno tiene una mayoría absoluta de veinte concejales. Y sin embargo, como decía Neruda, sucede. Y va a seguir ocurriendo durante un cierto tiempo. No cabe duda. Los compases iniciales de la nueva etapa municipal, marcados por la rotunda victoria del PP en las pasadas elecciones locales, se están caracterizando por dos episodios destacados y complementarios: los criterios de reparto del poder interno que está aplicando el alcalde, Juan Ignacio Zoido, y los primeros mensajes externos (vitales, pues la imagen de cualquier gobernante se dirime según el sentido íntimo de sus primeras decisiones) lanzados desde la Alcaldía.

En la primera cuestión, el movimiento final de fichas dentro del tablero interno parece alimentar una antigua intuición: el nuevo regidor ha repartido juego de modo y manera –que diría el ex vicealcalde Emilio Carrillo– que no haya, dentro de su propio equipo de trabajo, ningún potencial rival de futuro. Lógico, dirán algunos. Nadie discute su liderazgo político. Justamente por eso llama la atención: porque nadie cuestiona al nuevo líder hay quien piensa que la solidez de un buen director de orquesta se mide precisamente por su grado de generosidad al formar su equipo y dejar, en función del talento percibido entre sus filas, que sus segundos cobren un cierto protagonismo en determinadas cuestiones.

La hoja de ruta elegida por Zoido para articular su estructura de mando parece guiarse precisamente por lo contrario: una distribución del poder muy sopesada que, de hecho, busca antes que nada evitar cualquier atisbo (siquiera potencial) que contribuya a consolidar cualquier lejano referente alternativo, aunque en esta fase inicial tal cuestión sea algo prematura. O no. En el mundo de política nunca se sabe del todo.

Quienes formaron su núcleo duro en la oposición no han terminado en los puestos más brillantes del gobierno (la tesis oficial es que serán los funcionarios los que asuman estas tareas) y, aunque todavía figuran dentro del sanedrín donde se decide, parece que su papel no va a ser tan intenso como se auguraba. Sin obviar el hecho –inevitable, por otra parte– de que al repartir las funciones de mando es justo cuando suelen producirse –por pura condición humana– los primeros desengaños secretos. De momento, bastante silenciosos. Ocultos. Callados. Se diría que discretos.

Los mensajes públicos lanzados en estas primeras semanas son igualmente interesantes. Zoido, que comenzó patinando solito con la peregrina idea de impulsar un nuevo revisionismo estético del centro de Sevilla, dando inteligentemente un paso atrás casi inmediato (Monteseirín no es el único que solía tener esta costumbre), y que después ha corregido decisiones ya tomadas como la desaparición del Cecop –recompuesta en horas veinticuatro– hasta ahora sólo ha enseñado dos caras.

Primera: que será un alcalde reivindicativo con la Junta de Andalucía, cuyo futuro gobierno depende de las elecciones autonómicas del próximo año. Y segunda: que esta vocación combativa (cuyo máximo exponente es que el alcalde seguirá como diputado en el Parlamento andaluz) pretende equilibrarse con cierto talante dialogante cuyas evidencias son la decisión de reincorporar a la oposición a los órganos de administración de las empresas municipales y la oferta (consumada hace dos semanas) a PSOE e IU para acordar con ellos unos puntos mínimos de consenso para la nueva etapa municipal.

En el teatro de la política (que unas veces es un drama y otras un sainete) conviene no confundir la puesta en escena con las pulsiones internas. Mientras el PP juega la baza de la contención aparente, los fontaneros del nuevo gobierno municipal vienen administrando en paralelo las fotos más negativas (y ciertas, en algunos casos) de la anterior etapa. Una táctica que se intensificará si finalmente Zoido realiza la prometida auditoría de los organismos municipales.

Sin discutir la legitimidad del alcalde para adoptar esta medida, que parece natural, se deja ver también cierta obsesión (escondida, pero evidente) por intentar que el foco de atención de los ciudadanos siga fijo durante mucho tiempo en la etapa municipal previa. La táctica sería admisible a corto plazo –nadie es tan ingenuo como para esperar que los populares no utilicen en su beneficio la información del traspaso de poderes– pero no será, a medio plazo, justificación alguna para que el nuevo alcalde no ponga en pie su propio programa de gobierno, cuya principal paradoja interna es que se sustenta en una serie de promesas (unas más concretas que otras) cuya viabilidad le obligará más bien pronto a decidir y, por tanto, a tener que mojarse en determinadas cuestiones.

El episodio más divertido de este primer acto municipal –la obra entera durará cuatro años y, probablemente tendrá hasta intermedios– es la extraña obsesión por los movimientos de la oposición que todavía persiste en ciertos ámbitos del nuevo poder local. Símbolo de que el tránsito (mental) que el PP tiene que hacer desde la oposición al poder no está del todo ajustado. No se trata sólo de la mencionada voluntad de airear los errores, descuidos o manifiestos campanazos de la anterior coalición PSOE e IU, sino de la extraña orfandad (de rival) en la que viven algunos estrategas del PP, acostumbrados a un cuerpo a cuerpo destructivo e incapaces de entender que también se puede, y se debe, hacer política sin estar constantemente en posición de combate ante el enemigo.

–¿Qué pasa con la oposición? ¿Por qué no dice nada? ¿Por qué Espadas es tan tibio al criticar al alcalde? ¿Por qué Torrijos no ha empezado ya a tronar contra el gobierno?, se preguntan sin comprender que tanto los socialistas como la coalición de izquierdas, dados los resultados del 22-M, parecen haber decidido bajar el balón al suelo y sencillamente esperar. Incluso colaborar. Dejar gobernar, cosa que no siempre hizo el actual alcalde durante su fase como jefe de la oposición.

Tal táctica, que tiene una razón tanto anímica como racional, y que quizás sea tan espontánea como fruto de la meditación, tiene desconcertado a muchos, cuya principal aportación durante estos años ha sido intentar dirigir el foco de la función (los tramoyistas, en teatro, son aquellos de quienes dependen los efectos visuales y sonoros de la representación) hacia el mismo punto fijo, probablemente para que los espectadores –los ciudadanos– no perciban nunca todo el escenario político ni puedan tener suficiente amplitud de campo.

Hay que admitir que, a tenor de los resultados electorales, el recurso escénico les funcionó muy bien. Hasta ahora. Ocurre, sin embargo, que un hecho nuevo está sobre el tablero de juego. Paradójicamente es la cuestión más deseada por los propios tramoyistas:la victoria electoral. El rotundo triunfo de Zoido no sólo ha sido un logro político para el PP en su carrera hacia la Junta de Andalucía, sino que al mismo tiempo provocará que vaya afianzándose una percepción diferente (en principio leve;con el tiempo mucho más acusada) del personaje público construido por su equipo de campaña.

No es raro que en los cuarteles del PP, sobre todo durante los nueve meses que restan para las autonómicas, haya orden de conservar, como un tesoro, el perfil populista y amable del alcalde. Si los electores dejan de mirarlo como un redentor y se olvidan de los malditos diablos rojos de los últimos años (PSOE e IU), sencillamente si alguien cambia la luz del foco, igual empiezan de pronto los problemas. Porque gobernar, si se hace de verdad, siempre implica meterse en problemas.

Zoido: el mensaje ecuménico

Carlos Mármol | 12 de junio de 2011 a las 6:15

El nuevo alcalde de Sevilla inaugura la futura etapa municipal con un discurso en el que apela a la honradez, la honestidad, la cercanía a los ciudadanos, la ley y la biblia.PSOE e IU anuncian una oposición muy activa.

Lo dijo Tomás de Kempis: “Ni mejor porque te alaben, ni más vil porque te desprecien; lo que eres, eso eres”. Juan Ignacio Zoido, el candidato del PP a la Alcaldía, se convirtió ayer en el sexto alcalde de Sevilla de la democracia. Fue investido con el apoyo de sus 20 concejales, mientras el movimiento ciudadano 15-M protestaba en las puertas del Consistorio en demanda de un sistema democrático más participativo y ante una representación (ilustrativa) de lo que el PP considera que debe ser la Sevilla oficial. Gracias al extraordinario respaldo logrado el 22-M en las urnas y con el presidente de la Junta (el siguiente enemigo a batir por parte del PP) delante.

La ceremonia, marcada por la legislación de régimen local vigente, tradicionalmente añeja, similar en algunos momentos a un sufrido pregón, permite formular algunas intuiciones inmediatas. La primera: Zoido no va a ser un gran orador. Mucho menos un retórico. No es una crítica. Ni siquiera un reproche. De entrada, como cualquier gobernante, tiene cien días de gracia. Tan sólo es la constatación de una mera evidencia. Nada nuevo, por otra parte: sus seguidores lo ven como un hombre de acción (al decir de Baroja) más que como un intelectual. Sin embargo, en los momentos políticamente solemnes dicho carácter no deja de producir una cierta sensación de extrañamiento.

El nuevo alcalde, del que todos esperaban ayer un mensaje expreso y más concreto sobre los ejes por los que discurrirá durante los próximos cuatro años el futuro de la ciudad, se diferenció de todos sus predecesores en el cargo (casi todos ellos presentes, salvo su más directo antecesor) por una primera intervención pública sorprendentemente corta y casi de oficio. En la segunda, algo más amplia, se extendió más al exponer las líneas maestras de su proyecto político para Sevilla, pero las enumeró de forma similar a las cientos de intervenciones que ha hecho durante su larga y eterna campaña electoral (5 años ha durado) y que ayer, por fin, le llevó al puesto máximo del poder municipal. Lanzó adjetivos y sustantivos, pero eludió los verbos. No dio excesivos detalles ciertos. Explicó mucho el qué pero sin decir el cómo.

La importancia de este hecho es, en todo caso, relativa. La mayoría absoluta del PP abre una nueva etapa en el Ayuntamiento que no se va a caracterizar por los altos mensajes ni los alardes verbales, sino que (en teoría) deberá juzgarse en función de los hechos. La elocuencia política, que tan bien queda para la historia local, ha quedado fuera de escena desde el primer momento.

Es cierto que el discurso de Zoido, que presume de ser un hombre de pueblo, nunca ha sido muy dado a los matices, los grises o a la complejidad argumental. Su estilo es bastante más llano, sencillo y, en ocasiones, ayer mismo pudo oírse, algo redundante. Repetitivo. Ya con el bastón de mando en sus manos, el nuevo alcalde pronunció profusamente, casi se diría que en exceso, ante el auditorio del Salón Colón (autoridades civiles, religiosas y militares presentes), las palabras “talento” y “Sevilla” como principales elementos de lo que él mismo espera que sea su etapa como gobernante.

Cuatro años que van a estar marcados por la aplicación de su singular teoría sobre el hecho, en su opinión, de que para gobernar una ciudad no es necesario ningún tipo de ideología, sino sencillamente eficacia. Soluciones efectivas y reales contra los problemas básicos. Una Sevilla igual que un reloj suizo. Una suerte de Suiza hispalense que ojalá sea cierta, y posible, más allá de todas las promesas de campaña. El nuevo líder de la oposición, Juan Espadas, lo puso ayer en duda: “Una ciudad no es un metabolismo estático ni puede ser un reloj”.

Zoido, que ya se proclamó a sí mismo “alcalde de la luz” en 2007, cuando el pacto PSOEe IU le impidió llegar a la Alcaldía en el primer intento, circunstancia que a lo largo de los últimos cuatro años dio lugar a un estilo de oposición algo resentido, se sacudió ayer esta carga (para bien de todos) y comenzó el tránsito que va desde la expectativa del poder hacia el ejercicio mismo del mando. Es de suponer que en su caso será toda una satisfacción, aunque este camino no está (para nadie) exento de peligros, trampas y dificultades. Su mayor reto consistirá en saber salvarlas con seso.

El bastón de mando que desde ayer empuña el político del PP, al que no se le puede discutir su apabullante victoria electoral, tiene mieles y hieles. Permite beneficios y causa perjuicios.Tiene el brillo de las maderas nobles pero también las espinas inherentes al ejercicio del poder.

La primera dificultad, precisamente, es la obligación a cambiar de discurso y, al mismo tiempo, tratar de ser coherente. Solventar toda una paradoja. Zoido anunció ayer que será un alcalde leal pero reivindicativo con el resto de instituciones públicas (el primer año será clave para ver si en el mandato que ahora estrena como regidor predominara lo primero o lo segundo), anunció que reclamará a la Junta la capitalidad de Sevilla (primer conflicto a la vista), proclamó su honradez (a algunos de sus adversarios políticos se la ha negado en algunos de sus momentos en la oposición) y garantizó que será, ante todo, un gobernante cercano a los ciudadanos. Un servidor público.

Todo correcto. Nada censurable. Cualquier político tiene derecho a decir lo que estime conveniente. Sobre todo, dirán algunos, si ha sacado veinte concejales. Es una manera de verlo, claro. Porque este derecho de expresión es idéntico para políticos, fontaneros e incluso periodistas. Es una de las grandes virtudes de la democracia, incluso imperfecta, que tenemos. Que la gente hable con total libertad de conciencia. Sin miedos. Que diga realmente lo que piensa y, sobre todo, haga algo tan inusual como útil:argumentar lo que afirma.

El nuevo alcalde tiene por delante muchos problemas urgentes que no pueden esperar más. Ahora le toca cumplir con los ciudadanos. El tiempo de las eternas promesas ha terminado (en su caso, con éxito) y comienza el de los hechos. Soluciones sin excusas. Quien ha lanzado desde la oposición a los ciudadanos un mensaje de que nada es imposible (con talento, trabajo y esfuerzo) debe aplicar ahora estos mismos principios (no otros) en busca de la eficacia, entendida ésta no sólo en términos empresariales, sino sobre todo sociales. De justicia. El gran problema de Sevilla es el paro. Después la cohesión social. Zoido habló ayer de la ley (la Constitución) y la biblia como sus dos particulares grandes creencias vitales. Su “faro en la vida”.

Respetando ambas cuestiones, el cambio de tono y mensaje, aunque sin perder necesariamente la coherencia política, sino por exigencia de las nuevas circunstancias, parece obligado. Ortega y Gasset lo explicó extraordinariamente bien:si uno no es capaz de salvar sus propias circunstancias no se salvará a sí mismo. En el caso de Zoido su circunstancia política ha mutado: tiene que pasar de hacer una oposición inquisitorial al gobierno efectivo. De la denuncia constante en la plaza pública al ejercicio del gobierno. De prometer a hacer. No será nada fácil. Ni tarea sencilla. Sobre todo si no se tiene suficiente cintura ante las críticas, que llegarán porque son tan democráticas como las victorias electorales.

La oposición municipal (PSOE e IU) estuvo ayer cortés y crítica a partes iguales. Su actitud y sus mensajes auguran una etapa de control político muy activa. Nada cortesana y, probablemente, muy útil para la salud democrática de Sevilla. Tanto como la adaptación de Zoido a su nueva condición (accesoria, no se olvide; en la vida el poder es un atributo temporal) en la que sobresale ya el nuevo discurso ecuménico (tan diferente al pronunciado hace cuatro años, como le recordó ayer Espadas; y tan lejano al mensaje, admirable y elocuente, que le tocó hacer en su día a Jaime Raynaud, su antecesor como candidato y un político al que el PP debería tener en bastante mayor estima) del nuevo regidor, que promete una Sevilla sin los vicios del sectarismo, sin listas negras y diáfana. Ojalá sea cierta, aunque determinadas algaradas verbales, oídas ayer en el propio Salón de Plenos, lamentablemente no permitan ser totalmente optimistas. El tiempo, el único señor, nos sacará de dudas.

El Metro: una batalla interesada

Carlos Mármol | 5 de junio de 2011 a las 6:10

El PP empieza a agitar el señuelo del Metro de Sevilla como primer recurso de la táctica de confrontación política con la Junta de Andalucía que marcará el primer año de gobierno de Zoido en el Ayuntamiento.

Se veía venir desde lejos. Igual que un tren llegando a una estación: lentamente y sin detenerse. No supone por tanto ninguna sorpresa. Más bien al contrario: entra dentro del guión, que ya está escrito. Y, por lo que se intuye, éste no va a sufrir demasiadas modificaciones. Tan sólo las estrictamente necesarias.

Tampoco puede ignorarse, porque es un factor ilustrativo, que no hayan dejado pasar ni siquiera el calendario que dicta el protocolo oficial –que no sitúa hasta dentro de una semana la toma de posesión como nuevo alcalde de Juan Ignacio Zoido– para que el PP ponga ya sobre la mesa la primera exigencia (política) que el futuro gobierno municipal de Sevilla piensa hacerle a la Junta de Andalucía: una red integral de Metro diferente a la inicialmente prevista.

Es cierto que antes han surgido otras cuestiones previas. Alguna que otra realmente sorprendente. De entrada, no empezaron mal:el anuncio de la auditoría municipal se antoja una cuestión natural y lógica, aunque en realidad no debería servir de pretexto eterno. Después, quizás por un mal consejero, aconteció el episodio –célebre y útil al mismo tiempo, si es que se tiene la rara capacidad de aprender de los errores– de la sorprendente proclama sobre la necesidad de acometer una nueva reinvención estética (otra vez) del casco antiguo de Sevilla o la recurrente polémica por los cambios en el nomenclátor.

Y, en tercer lugar, salió la cuestión del tranvía y del Metro, aunque en honor a la verdad este último asunto ya lo había lanzado el propio Javier Arenas, presidente del PP andaluz, que es quien marca el camino hacia el horizonte, horas después de cerradas las urnas y conocido el saldo de 20 a 11 ediles que marcará la política local de Sevilla durante los próximos cuatro años.

La primera bandera

Es evidente que los populares tienen demasiada hambre de balón. La tenían hace ya cuatro años. Y ahora, con el aval del apoyo logrado en las urnas, cuentan las horas que restan para el Pleno constituyente que permitirá a Zoido –la ley de bases de régimen local es de corte presidencialista– convertirse en el regidor de Sevilla. De todos es sabido: un rey, si aspira de verdad a reinar, debe tener algunas banderas. Contadas pero significativas. Que sean propias o ajenas en realidad viene a ser lo de menos. Lo importante es que parezcan suyas y, claro, que la gente sea capaz de reconocerlas y esté hasta dispuesta a seguirlas. ¿Y qué mejor señuelo, puesto que toda bandera al fin y al cabo no es más que esto, que el Metro de Sevilla?

Al elegir el motivo, sin embargo, el PP no está siendo demasiado original. Rojas Marcos, cuyo mandato como alcalde marcó época, ya hizo lo mismo, con bastante más inteligencia, también con el Metro y con el Estadio de la Cartuja. Ambos son hoy realidades tangibles, aunque uno sea rentable desde el punto de vista social –esta semana la línea 1 del Metropolitano ha llegado a los 30 millones de viajeros tras dos años y medio de funcionamiento sin casi ningún problema– y el otro, en cambio, sea un perfecto ejemplo de falsa grandeur, tan rotundo como innecesario. Más o menos igual que las famosas setas de la plaza de la Encarnación.

El PP ha escogido el asunto del Metro como la primera exigencia (“democrática”, puntualizó en su momento Arenas) para inaugurar el año, corto pero intenso, que resta para los próximos comicios autonómicos, en los que el partido conservador, que ya domina por completo el mapa político nacional y regional tras las elecciones del 22-M, planea conquistar el Palacio de San Telmo poniendo fin así a las largas y sucesivas décadas de poder socialista en Andalucía.

¿El PP quiere hacer de verdad el Metro? Es de suponer que sí. Claro. Pero, sobre todo, lo quieren porque consideran –no sin cierta razón– que es un argumento útil para que los votantes que han apoyado a Zoido en estas elecciones locales hagan lo propio en los comicios autonómicos. Una hipotética mayoría electoral del PP en la guerra regional pasa, ineludiblemente, por reducir sustancialmente la actual diferencia de diputados que el PSOE tiene por la provincia de Sevilla en las Cinco Llagas. Lo que significa que la reciente victoria en la lucha por la Alcaldía de Sevilla no tiene sólo un efecto simbólico (trascendente, por otro lado), sino también pragmático: es necesario conservar, al menos durante el próximo año, el llamado voto prestado o emigrado hacia las filas del PP desde sectores hasta ahora electoralmente afines al PSOE.

El Metro, al igual que la Ciudad de la Justicia –cuya ubicación está en discusión por parte del PP–, son dos batallas que se plantean en el ámbito local pero que, en realidad, parecen estar concebidas para un fin superior al municipal. Un objetivo que no tiene tanto en cuenta el interés de los ciudadanos –los sevillanos necesitan mejores instalaciones judiciales, con independencia de su ubicación exacta– como otros elementos tácticos: hacer notar a los socialistas, cuyo poder institucional en el Gobierno central y la Junta tiene sólo diez meses de respiración artificial, que la ola triunfal del PP es un tsunami imparable. Habrá otros episodios más o menos similares. Segurísimo. Por ejemplo: la reivindicación de una ley de capitalidad para Sevilla que fije un porcentaje cerrado de inversiones por parte de la Junta.

El nuevo alcalde electo tiene el derecho –y hasta la obligación– de analizar los proyectos diseñados por la Junta de Andalucía para el Metro, respaldo político suficiente para plantear cambios y hasta puede colaborar en la búsqueda de la financiación externa necesaria para sacar adelante la red integral del Metropolitano.

Zoido, en este sentido, no sólo disfruta del aval de las urnas, sino del derecho a un protagonismo político que, en el caso de Monteseirín, no siempre se ejerció. Nadie discute su papel institucional como representante del nuevo gobierno de la ciudad, entre otras cosas porque hay que darle cierto tiempo –los célebres cien días– antes de entrar a hacer un análisis a fondo de su gestión, que todavía ni siquiera ha empezado por mucho que algunos, demasiados ya, disfruten y presuman en público del vano ejercicio (para el ego) de decirle qué es lo que debería hacer.

Lo que sí conviene recordar, para que cada ciudadano pueda formarse su propio juicio en relación a esta cuestión, son algunos datos objetivos. Ciertos. Indiscutibles. Probablemente molestos. Tan impertinentes como cualquier verdad. Primero: la red de Metro de Sevilla que propone el PP cuesta 1.500 millones de euros más de lo previsto. Una cantidad difícilmente abordable, incluso por un inversor privado, en las actuales condiciones económicas. Dos:el proyecto de la Junta tiene un trazado en subterráneo de un 92%. No se sostiene la tesis del PP de que la Junta pretende ahorrarse dinero haciendo un proyecto en superficie.

Y tres: el PP, a pesar de este repentino afán por el Metro, nunca puso dinero cuando gobernó en Madrid para financiar la línea 1. De hecho, no fue hasta diciembre de 2005 –con Solbes de ministro de Economía– cuando el Estado aceptó poner una parte de los fondos (al menos un tercio) para costear las obras y librar así a los tres ayuntamientos implicados (Sevilla, Dos Hermanas, Mairena) del 25% de financiación que tuvieron que comprometer por adelantado ante la negativa de Aznar a cumplir con la ley del Metro.

Una vez dicho esto, cada uno es libre de jugar a lo que estime más conveniente. Es evidente que Sevilla requiere un Metro integral que no se quede justo de costuras. Pero también es obvio que, más que levantar banderas a conveniencia, lo práctico es ayudar a cerrar los frentes abiertos –la financiación, la gestión de los presupuestos públicos– para que Sevilla tenga el Metro que se merece. Sin padres. Ni madres. Sencillamente de todos.

Zoido: la inevitable metamorfosis

Carlos Mármol | 29 de mayo de 2011 a las 6:15

El nuevo alcalde electo, que llega a la Alcaldía con un respaldo social mayúsculo, tiene durante los primeros cien días de gobierno un cheque en blanco para poder fijar las líneas maestras del futuro escenario municipal.

Existe una cita célebre de Jorge Luis Borges, el escritor argentino, que afirma que la democracia viene a ser algo así como un abuso (extremo) de la estadística. Entendida como una frase entre provocadora e ingeniosa, más que en su estricta literalidad, la sentencia sirve para resumir la reciente y atronadora victoria electoral del PP en Sevilla.

Conseguir 20 de los 33 ediles en juego, evidentemente, no es sólo una mayoría suficiente –como se ha dicho eufemísticamente durante la campaña para evitar el matiz negativo que implica el absolutismo–, sino también un exceso (democrático), si me permiten el término. Sustancialmente por el extraordinario desequilibrio que introduce en un escenario –el mapa político de Sevilla– marcado durante las últimas cuatro décadas por la promiscuidad de los distintos partidos políticos.

Bromas aparte, el triunfo de Juan Ignacio Zoido, el nuevo alcalde electo, es ya un hecho que ha venido a cerrar definitivamente una etapa –la llamada era Monteseirín– y a abrir otra que, de momento, se caracteriza con su notable grado de incertidumbre. Ni la situación económica general ni la salud financiera del Ayuntamiento que hereda el candidato del PP auguran una etapa de excesivas alegrías en la gestión municipal. Los parámetros a examinar, cuando llegue el momento, serán la administración inteligente de los recursos disponibles y el éxito en la tarea de sacarles partido.

La tradición manda que a cualquier gobernante que accede al poder –la Alcaldía, en este caso– deben concedérsele al menos cien días de plazo para que pueda organizarse, diseñar sus prioridades políticas y empezar a trabajar sin ser criticado a fondo. Nobleza obliga, pues. Así que hasta entonces Zoido (Juan Ignacio), que aún tiene que ser formalmente investido regidor de Sevilla por el Pleno, dispone de cierta carta blanca, además de suficiente apoyo popular, algo que nadie puede negar, para decidir qué va a hacer, cómo va a hacerlo y cuáles son los parámetros a partir de los cuales deberemos evaluar su gestión.

A pesar de que los políticos suelen a ignorar, por conveniencia, esta cuestión, su trabajo acostumbra a ser objeto de escrutinio público fundamentalmente en función del marco concreto que ellos mismos definen –a veces sin darse cuenta– en el momento mismo de fijarsus prioridades, redactar su programa de gobierno, hacer sus promesas y, en general, lanzar los mensajes que dirigen a los ciudadanos. Las campañas electorales, más que en todos estos aspectos, tienen la costumbre de incidir en los detalles personales para vender un cierto perfil político. Un recurso habitual cuando de lo que se trata es de persuadir al elector para alcanzar el poder.

La etapa que ahora comienza es distinta. El PP es ya el poder municipal. Una vez estás al frente de un gobierno, los factores personales importan menos (aunque expliquen en ocasiones determinadas decisiones) y el análisis político, en cambio, debe basarse en lo dicho por contraste con lo hecho. En el grado justo de coherencia existente entre estas dos orillas. El punto exacto donde se sustenta el pilar básico de la credibilidad no sólo de un político, sino de cualquier persona.

La llegada de Zoido al poder, anunciada por los suyos desde hace ya varios meses como una especie de buena nueva, casi mesiánica, se ha hecho realidad. En determinados casos, ha despertado una oleada de simpatía que, vista con algo de cierta distancia, como es necesario mirar todas las cosas, casi se diría que es incluso superlativa. Teniendo en cuenta que el CIS afirma de que los ciudadanos ven a (todos) los políticos como el tercer gran problema de España, resulta cosa bastante sorprendente que la victoria de Zoido en Sevilla provoque de pronto un entusiasmo tan superlativo como para convertirse en la única noticia de los primeros compases de la nueva partitura municipal. La historia nos enseñó hace mucho tiempo las razones:los triunfos tienen multitud de padres;las derrotas siempre son huérfanas. Una frase atribuida a Napoleón.

Que Zoido firme autógrafos, se retrate en grupo con los vecinos que lo han votado, que lo aplauden y lo vitorean y, en general, que presuma de despertar una cierta ilusión colectiva entre algunos sevillanos no es algo malo, aunque uno –por oficio– tienda a preguntarse cuánto de alegría sincera hay en estas singulares estampas y cuánto de desesperación. ¿La razón? Que el panorama social al que deberá enfrentarse el nuevo regidor va a ser todo menos fácil: un paro desbocado, barrios con unas necesidades sociales mayúsculas y, sobre todo, una caja de caudales mermada. Casi todos los ingredientes necesarios para que, en términos políticos, al menos, puedan producirse experiencias desagradables.

La nueva situación

El PP, que ha marcado en los últimos cinco años una determinada línea de trabajo en la oposición, basada en la judicialización de la vida política y en la propaganda de sus propias virtudes, tendrá ahora que readaptar su mensaje a la nueva coyuntura. Desde hace una semana es el futuro gobierno municipal. Y esto implica que, inevitablemente, en lugar de ser sus concejales quienes denuncien a los demás, serán justamente ellos los analizados y escrutados por la oposición (PSOE e IU), la prensa y los ciudadanos que han dado su confianza a Zoido durante cuatro años para dirigir la ciudad. Así funciona el sistema.

El cambio de enfoque es total. Sin olvidar además un factor añadido:mientras más expectación genera una persona en los demás –sea político, escritor, músico o empresario– más difícil resulta no defraudarles. No tanto por los méritos propios, sino por la extraordinaria presión que supone tener que gestionar los anhelos colectivos de los demás. El reto de Zoido es más que considerable.

Es de suponer que el nuevo alcalde electo debe ser perfectamente consciente de este hecho y se preocupará de que su gobierno cuide el talante –la forma de gobernar–, la transparencia –el libre acceso de los ciudadanos a toda la información municipal–, la participación y la eficacia en la gestión de los servicios públicos. Y es deseable también que tenga la cintura suficiente para, a partir de ahora, encajar las críticas que su trabajo pueda generar. Al menos, tanta como ha tenido en los últimos tiempos para recibir el caudal de elogios que al final se ha traducido en respaldo electoral.

La primera decisión adoptada por el PP ha sido encargar una auditoría para conocer de primera mano la verdadera situación económica del Ayuntamiento. Parece natural: el anterior gobierno ha sido opaco en muchas de estas cuestiones y los ciudadanos –gobierne quien gobierne– tienen derecho a saber cómo se usa su dinero. Del resultado de este análisis probablemente salga una foto del Consistorio peor de la esperable. Aunque esta hipótesis no debería servir al nuevo gobierno local para, una vez llegado al poder, quedarse exclusivamente en el mero revisionismo político.

Zoido ha sido elegido por los sevillanos para solucionar problemas, no para continuar denunciando eternamente los errores de sus antecesores. Debe hacer cosas (bien o mal; eso ya se verá), no sólo decirlas. Y es de suponer que, aunque sea un alcalde reivindicativo, no limitará su acción de gobierno al enfrentamiento constante con la Junta de Andalucía, como pasó en la etapa de Soledad Becerril. Queda sólo un año para las elecciones autonómicas. El PP sueña con alcanzar la Junta. La tentación de utilizar a Sevilla de ariete debe ser grande. Pero no contribuiría ni a que Zoido cumpliera sus promesas ni a consolidar en la ciudad las bases de un poder perdurable para el PP. Sería un error. Zoido debe gobernar. Sevilla así lo ha decidido.

Perdidos en el bucle orgánico

Carlos Mármol | 25 de mayo de 2011 a las 6:15

El PSOE empezará a preparar esta misma semana su nueva etapa en la oposición. La debacle en los distritos obliga a hacer un análisis profundo de los errores de la gestión municipal. La ‘cuestión interna’ sigue en el aire.

La debacle electoral en Sevilla ha dado paso en el PSOE al inicio de un debate bizantino. ¿Qué fue antes? ¿El huevo o la gallina? Aplicado al caso:¿la responsabilidad del fracaso es de la gestión municipal, cuyo representante es Monteseirín;o de la dirección provincial, que forzó el cambio de candidato? ¿De ambos factores? La duda no se va a resolver. Probablemente porque es imposible separar ambas cuestiones: el descalabro en los barrios que hasta ahora habían venido votando mayoritariamente a los socialistas no se ha producido por una única razón, sino por una suma de causas combinadas que, juntas, han provocado un malestar tal en las bases sociales que solían apoyar al PSOE como para llegar a votar al PP.

El tsunami de la crisis económica aparece en todos los análisis (internos) como causa esencial. Como es algo evidente, ha sido la justificación oficial dada por la dirección del partido en Sevilla, aunque en paralelo se admiten otras cuestiones subterráneas (el impacto en los votantes del agrio conflicto con los funcionarios de la Junta, que en Sevilla suponen una cuota muy importante del electorado, tanto de forma directa como indirecta) y, sobre todo, los efectos derivados de la escasa gestión realizada por el Ayuntamiento en los últimos cuatro años.

Todas las familias de la organización hablan de estos tres factores, aunque no con la misma intensidad. En función de donde ponen unos u otros el acento, puede trazarse un mapa de los motivos y pretensiones de cada una de ellas. Por ejemplo:la dirección llega a cuantificar hasta en tres ediles la pérdida derivada del voto de castigo a Zapatero. Otros, en cambio, resaltan que la campaña de Espadas ha tenido errores que también explican que no se haya conectado con el electorado, aunque esta versión suele ignorar el punto de partida: antes de que el alcaldable del PSOE entrara en escena, los sondeos de opinión ya señalaban que el desgaste de apoyo provocado por la gestión de Monteseirín era más que notable. La tendencia beneficiaba al PP desde hacía tiempo.

Después hay otra tesis:la orgánica. Algunos referentes del anterior sector crítico (los críticos anónimos, pues en realidad nunca tuvieron un portavoz público hasta que Demetrio Pérez intentó, sin éxito, disputar la secretaría general a José Antonio Viera) inciden en la tesis de que, sin desechar los motivos generales, la brutal subida del PP se debe a la decisión de dejar fuera de la lista electoral a los secretarios generales de las distintas agrupaciones, un factor que, en su opinión, ha desmovilizado a una buena parte de la sociología tradicional del partido. El objetivo de este discurso es evidente: exigir explicaciones a la dirección por los fallos y argumentar, de esta forma, la necesidad de acometer de inmediato un verdadero proceso de integración que vuelva a situar a ciertos secretarios generales –caso de Miraflores, por ejemplo– en el tablero de juego.

Claro que hay quien no lo ve igual. Ni de lejos. Y da sus argumentos:“¿Se hubiera perdido el distrito Cerro Amate si Fran Fernández, el todavía edil de Movilidad, hubiera ido en la lista?”. Con esta preguntan justifican la decisión –firme e irreversible– de romper con la anterior etapa municipal. Fernández fue el responsable de pedir a los vecinos de muchos barrios dinero para construir un plan de aparcamientos del que nada se sabe. Los fondos recaudados no se han devuelto. “¿Podíamos ser creíbles ante los vecinos que se sienten estafados por esta cuestión si quien representa al partido es justo quien provocó el problema?”, se pregunta un miembro de la dirección del PSOE. La respuesta es evidente: no.

De hecho, uno de los errores que admiten de forma interna los socialistas sevillanos, que esta misma semana han decidido empezar a trazar su estrategia de oposición, es la dificultad para que los votantes entendieran el difícil equilibrio al que se veía forzado Espadas:tenía que marcar distancias con Monteseirín pero, al mismo tiempo, no discutir su legado. Algo demasiado sutil para que lo entendiera todo el mundo, sin mencionar la contradicción cometida, por ejemplo, en el caso de las setas de la Encarnación, un proyecto con el que Espadas marcó distancias en una primera fase pero que llegó a aceptar al final de la campaña. Algo imposible de entender si no se tiene en cuenta la clave interna:cada movimiento que hacía el alcaldable podía dar pie a un posicionamiento contrario del equipo y los militantes que apoyaron a Monteseirín, al interpretarlo como una desautorización global. El eterno fantasma de la fractura interna (tanto a nivel local como orgánico) ha sobrevolado a lo largo de toda la campaña. Y la dirección provincial no ha sabido gestionarlo bien.

Con independencia de las interpretaciones interesadas (tratándose de política, casi todas) lo cierto es que el hundimiento en los distritos Macarena y Este, y el descenso en casi todos los demás, es de tal intensidad que la teoría del bucle orgánico –“se ha perdido porque no se ha contado con los socialistas que son referencia en sus barrios”– no se sostiene. Si las bases socialistas estaban enfadadas con la dirección por haber sacado de la lista a sus referentes –el término ya es llamativo– lo lógico hubiera sido que parte del electorado tradicional del PSOE hubiera dejado de ir a votar para mostrar su enfado.

Es poco creíble que los militantes que hacen vida en una agrupación socialista de barrio, y su entorno, acudieran en tropel a apoyar al Zoido. Al fin y al cabo, son militantes. Su cabreo podía ser grande, pero no llega al suicidio. Se queda en la queja airada. Pero el hecho evidente –estadístico, además– es que en los barrios obreros la participación ha crecido, aunque los votos fueran al PP. La realidad trasciende por completo la foto fija que algunos quieren transmitir: la idea de que el control electoral de los barrios depende más de la figura de los dirigentes de las agrupaciones del PSOE que de los efectos de la política municipal. Al parecer, inocua.

Lo que no ha funcionado durante la campaña –ni antes– ha sido el gobierno local. Algo imperdonable si acudes a unas elecciones desde el poder. El sistema de enlace que Espadas logró pactar con Monteseirín no ha funcionado como debiera, entre otras cosas porque su misión era utópica: el gobierno local llevaba dos años sin rumbo cuando comenzó a operar. Un ejemplo gráfico es la política de inversión en los barrios. Todo el dinero extraordinarios para inversiones –procedentes del PGOU– se agotó con los proyectos singulares de Monteseirín, fundamentalmente con el Parasol. Los dos primeros años del mandato se salvaron más o menos gracias al oxígeno de los planes estatales y autonómicos contra el paro: Plan E y Proteja. Gracias a ambos, en buena medida manejados por Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, entonces con pretensiones de suceder a Monteseirín desde dentro (la opción de Emilio Carrillo se frustró porque Viera cedió al veto del alcalde contra su antiguo vicealcalde), se salvó el primer tramo del mandato.

Después todo se vino abajo. Celis salió. El alcalde se dedicó a negociar su futuro (con escaso éxito) y el grupo municipal se limitó a sestear. Unos y otros, sobre todo los afines a la corriente del susanismo. Mientras tanto, Zoido trabajaba con disciplina todas las zonas de Sevilla. Iba y venía. No arreglaba gran cosa (a pesar de la propaganda que lo define casi como un hombre milagro) pero, al menos, estaba al pie del cañón. El resultado: los vecinos de estos barrios, abandonados por los suyos, y hastiados ante la crisis económica, han emitido un voto de desalojo en contra los socialistas. El epílogo es que Zoido se ha convertido en el alcalde con más concejales de la historia municipal.

La travesía del desierto de los socialistas será larga. Y no estará exenta de dificultad. El PP cuenta ahora con el poder y tiene ediles suficientes para dedicar un ejército a los barrios. “Con 20 puede poner en cada distrito hasta a dos ediles por turno, uno por la mañana y otro por la tarde, 24 horas, para ganarse a todos los vecinos”, bromeaba ayer un dirigente del PSOE de Sevilla, preocupado por la posibilidad de que el respaldo logrado por el PP no sea algo conyuntural, sino que se convierta en permanente. La cuestión no es menor. Hablamos de si estamos en el princio de un exilio temporal o en el comienzo de la expulsión definitiva del poder del PSOE de Sevilla. Algo que trasciende el eterno bucle orgánico. Tan endogámico.

PSOE de Sevilla: partes de guerra

Carlos Mármol | 24 de mayo de 2011 a las 6:18

La derrota de los socialistas se debe al abandono de sus graneros electorales . La crisis explica parte de la caída, pero la debacle no se entiende sin la gestión municipal de estos años. Las ‘guerras civiles’ hunden el imperio.

Me lo explicó ayer uno de los políticos más inteligentes que conozco, más o menos encuadrable –los espíritus libres en realidad no son de nadie– dentro de las legiones vencedoras de la guerra por la Alcaldía. “Al PSOE le ha ocurrido lo que al acero:aparenta ser indestructible pero cuando se quiebra, nunca avisa”. El conocimiento de la resistencia de materiales aplicado a la debacle de los socialistas. Cierto: el hormigón advierte del final de su vida útil con grietas;la madera, cruje. Sólo el acero, tan fuerte en principio, es un material traicionero: su colapso siempre es silencioso aunque termine en estrépito.

Los 20 ediles logrados por el PP en Sevilla son como un grito atronador en los oídos de los socialistas. El 22-M no sólo ha colocado a Juan Ignacio Zoido, el alcalde electo, en la historia local sin haber siquiera empezado a gobernar. También ha puesto al PSOE ante el espejo. Lo que se ve no es agradable: arrugas de años de constante confrontación, ausencia de una verdadera dirección y la nula capacidad para adaptar la gestión municipal a sus intereses electorales.

El PSOE sevillano está en el inicio de una crisis, profunda y lacónica, que durará probablemente más de cuatro años –el tiempo de todo un mandato municipal– y que tendrá inevitablemente consecuencias internas, aunque todavía está por ver cuáles van a ser los cambios y si éstos serán tácitos o sangrientos. Además de tener que asumir la derrota en la capital de Andalucía, la agenda política incluye un proceso de primarias y, en menos de un año, unos comicios autonómicos que van a ser una pelea a vida o muerte. A cuchillo.

A juzgar por la tibia lectura de los resultados que ayer hizo el secretario general del PSOE sevillano, José Antonio Viera, el balance habría sido sólo agridulce: se mantiene la histórica hegemonía política en el área metropolitana y en la provincia pero la Alcaldía hispalense, desgraciadamente, ha caído en manos del PP. Cosas que ocurren. La vida.

Resulta demasiado simple para ser toda la verdad. Escudarse en los resultados provinciales, ajustados, aunque favorables, para diluir el impacto del batacazo de la capital no deja de ser un recurso argumental débil para suavizar las evidencias que apuntan a un cambio de ciclo. El PSOE ha sufrido una derrota en toda regla. Sin paliativos. Tanto en Sevilla –donde se ha perdido el poder tras doce años de gobierno, con la carga simbólica que tiene ceder ahora la joya de la corona a un PP que sueña con la conquista de Roma [la Junta de Andalucía]– como en el ámbito provincial.

Es verdad que la Gran Sevilla sigue siendo un oasis momentáneo para los socialistas –mantienen los municipios más simbólicos, salvo Mairena del Aljarafe– pero incluso aquí se atisban movimientos telúricos que anuncian que la ola ascendente del PP no es un fruto de la coyuntura, sino la consecuencia del agotamiento del proyecto político socialista para Sevilla. Aunque se conserven todavía muchas y buenas alcaldías, los números dicen que han cedido un total de 90 ediles (el descenso es de casi un 9%) mientras el PP ha ganado 123 concejales y recoge hasta un 7,38% más de sufragios. Algo pasa.

La justificación amable es que el revés electoral –lo exacto, ya digo, es llamarlo hundimiento– se debe a “la desesperanza de los ciudadanos ante las crisis”. Sin dejar de ser cierto que el factor económico es el elemento que marca la tendencia ascendente del PP y la caída del PSOE a escala estatal, el caso de Sevilla presenta matices propios que tienen que ver –y aquí radica el problema– con decisiones políticas locales. En unos casos tomadas en Luis Montoto (la sede provincial) y, en otros, en la Plaza Nueva (la Alcaldía). Es obvio que la conyuntura general no estaba a favor. Pero un vuelco de la intensidad del que se ha producido no es hijo de un factor único. Basta analizar los resultados electorales para verlo.

La primera impresión es que el desequilibrio obedece al avance de 7,4% puntos del PP (37.264 votos más) en relación a la foto electoral de 2007. Los socialistas caen hasta once puntos. Pierden 25.366 votos. Si se entra en detalle, el paisaje empeora. Y mucho. Ni azul oscuro. Directamente es negro:Zoido ha ganado en nueve distritos (crece en votos en todos) y ha roto el supuesto techo que su fuerza política tenía en los barrios obreros.

Lo ha hecho además con mucha holgura, convirtiéndose en la primera fuerza en áreas como Este-Alcosa-Torreblanca o Macarena, los pilares de la histórica hegemonía de los socialistas. El PSOE sólo gana en Cerro-Amate y Norte. Magro consuelo: la debacle que se ha producido en el voto, salvo excepciones, no baja de los dos dígitos. El PP crece mucho y en todas partes. Por encima del 10%. Hasta en territorios comanches como Sevilla Este, Norte o San Pablo. No funciona ya la teoría del habitual freno sociológico. Los votantes socialistas han abandonado el barco. Punto. No se han quedado ni en casa (la participación subió hasta ocho puntos). Sencillamente han ido a votar a Zoido.

¿Por qué lo han hecho? Parece claro que este trasvase no se improvisa de un día para otro, sino que es una suerte de gota malaya, sostenida en el tiempo. La clave está en el Ayuntamiento. Los socialistas han pasado los últimos cuatro años sumidos en conflictos internos –obsesionados por repartirse la herencia de un alcalde al que todos daban por acabado en 2007– y terminaron perdiendo el contacto real con todos sus bastiones electorales. La prioridad era otra: los grandes proyectos, singularmente el Parasol de la Encarnación o las peatonalizaciones en zonas como Triana y Los Remedios, muy hostiles electoralmente al PSOE. Como lógica no tiene, hay que pensar en factores distintos. Psicológicos: la obsesión de Monteseirín y su principal asesor, Manuel Marchena (ambos viven en Triana) por conseguir el reconocimiento –por aclamación u oposición, esto ya viene a dar lo mismo– de la Sevilla Eterna a su ambicioso proyecto de transformación de la ciudad. El quattrocento sevillano de los últimos años.

Existía sin embargo una incoherencia, patente, entre este discurso del alcalde, que sólo ha generado conflicto con los sectores sociales más conservadores, y el día a día de la verdadera gestión municipal, que desatendía los servicios y las inversiones en los barrios. Justo las zonas que trabajaba Zoido. “El alcalde no salía del despacho, estaba todo el día con su blog y preocupado por su legado”, cuenta un militante que, tras la derrota, admite que si alguien iba a los barrios eran los ediles, que llegaban siempre “en coche oficial” para hablar con dirigentes vecinales que, como algunos secretarios de las agrupaciones locales del PSOE, “sólo se representaban a sí mismos”. Otro es más gráfico: “No se le puede decir a la gente que el Parasol es lo más importante de Sevilla cuando al colegio al que llevan a su hijo no hay aire acondicionado y se encuentran hasta ratas; o cuando has pedido dinero a los vecinos para un aparcamiento que después no has sido capaz de hacer”. El discurso se venía abajo. Culpa de la realidad , claro.

Asignar la derrota a Juan Espadas es injusto:el cabeza de lista socialista ha sostenido su propia campaña a pulso, sin recursos, en solitario y sin otro apoyo que un núcleo duro –cuatro personas– cuya función era entorpecida constantemente por las familias:los susanistas, los vieristas y los antiguos críticos. Sintonía había poca. Hasta hubo quien colocó espías en el bando contrario para influir en la campaña –pensando en ganar un poder que se ha esfumado–, voceaba a quien quisiera oírle (por lo general, enemigos) cualquier desajuste y, al final, hasta ha intentado buscar culpables para eludir su propia responsabilidad. Un dato ayuda a entenderlo todo: el comité de campaña sólo celebró una reunión. Tres días antes de los comicios.

Hay quien pretende ahora a exigir responsabilidades con el argumento de que si no se hubiera cambiado al alcalde, o se hubiera hecho otra lista, los barrios hubieran respondido. Es una forma de verlo, parcial, evidentemente, y fruto de cierto deseo de ajuste de cuentas. Pero sólo es una parte del problema. La crisis tiene raíces más profundas. Está en la diabólica combinación de un partido sumido en sus conflictos y un alcalde que, sabiéndose agotado, se resistió a irse, a dar paso a nadie (Celis fue un mero señuelo tras el veto a Carrillo), a salir a los barrios (en los que no ha invertido)y a otra cosa que no fueran los proyectos que le harían pasar a la historia. Pura melancolía amarga.

Sevilla se hunde, Roma se tambalea

Carlos Mármol | 23 de mayo de 2011 a las 6:10

Zoido arrasa a los socialistas y consigue la segunda mayoría absoluta en el Ayuntamiento de Sevilla en casi tres décadas · Espadas no logra atajar la sangría de votos del PSOE en los distritos · IU vuelve a la oposición.

El infierno, tan temido, se convirtió ayer en una realidad para los socialistas. Juan Ignacio Zoido, el candidato del PP a la Alcaldía de Sevilla, resultó anoche elegido como futuro alcalde de la ciudad después de que los sevillanos, que acudieron a las urnas en número muy superior a lo que habitualmente acostumbran –ocho puntos más de afluencia; es necesario remontarse al año 1995 para recordar un índice de participación similar en unas elecciones locales– concedieran al político conservador la soñada mayoría absoluta que necesitaba desde que hace ahora cinco años comenzase la interminable batalla por la Alcaldía.

Un lustro después, la victoria es un hecho. Rotundo, además. Sin matices. Sin reparos. Sin dudas. Absolut Zoido. Los indecisos, que en todas las encuestas realizadas en los meses previos a estos comicios han ayudado a los socialistas a soñar con una dulce derrota que les permitiera al menos reeditar la alianza de gobierno con IU, se posicionaron ayer claramente a favor de los populares. Zoido se convierte así en un político singular: será el primer alcalde del PP que gobernará la capital de Andalucía con mayoría absoluta –Soledad Becerril tuvo que gobernar hace dieciséis años con los andalucistas– y se convertirá en el primer regidor de la historia democrática reciente con un respaldo popular tan amplio.

Nadie había conseguido hasta ahora sacar 20 ediles en el Ayuntamiento. La mayoría absoluta que ayer dieron los votantes al alcaldable del PP es la primera que se produce en la vida política municipal en los últimos casi treinta años. Sevilla siempre ha estado gobernada por diferentes gobiernos de coalición (con distintas fuerzas políticas) salvo durante el periodo del socialista Manuel del Valle. El segundo alcalde de la democracia tan sólo disfrutó de mayoría suficiente (19 de los 31 ediles) en el primero de sus dos mandatos, el que discurrió entre 1983 y 1987. Consecuencia, en buena medida, de la histórica llegada del PSOE de Felipe González al poder tras la Transición.

Si en aquel entonces el resultado de las municipales confirmó todo un cambio de ciclo político a escala nacional, la victoria del PP en Sevilla parece augurar ahora lo propio tanto en Madrid –las elecciones generales serán dentro de un año– como en Andalucía, que renovará la presidencia de la Junta en 2012.

Dirección San Telmo

La lectura en clave regional de los resultados de Sevilla resulta inevitable. Los populares habían planteado hace tiempo la cuestión como una suerte de plebiscito simbólico para la inminente batalla de San Telmo. Y, dadas las evidencias que ayer arrojaron las urnas, el imperio socialista en Andalucía empieza a temblar por si llegan de verdad a cumplirse las cábalas que ya han señalado todas las encuestas. Los socialistas andaluces quizás prefieran, como han hecho los sevillanos en los últimos meses, restar valor a estos augurios, tratar de animar a una tropa muy desmotivada –tras lo de ayer probablemente hundida en la miseria– e insistan en que le darán la vuelta a las encuestas. De cumplirse el mismo guión que en Sevilla ha acontecido, todo esto no servirá de mucho. Más bien nada. La burbuja Zoido, sobre la que hasta ahora había ciertas dudas de que estuviera algo hinchada, se ha convertido ya en un terrorífico tsumani (para los socialistas) que puede terminar llevándose por delante a todo aquel que ose ponerse en su camino.

¿Cuál ha sido la clave de una victoria tan brutal? El contexto político nacional. La grave situación económica. Evidentemente. Pero no hay que olvidar tampoco la confluencia de otros dos elementos casi simultáneos:los más que notables errores del último gobierno presidido por Alfredo Sánchez Monteseirín junto a la hábil estrategia del PP de intentar aproximarse (al parecer con bastante éxito) al segmento del electorado moderado de determinados barrios que, a pesar de votar históricamente a los socialistas, ha visto en el producto del candidato popular –un movimiento supuestamente interclasista, populista y cercano a sus necesidades más básicas– una forma de castigar al PSOE o de forzar un giro en las prioridades políticas municipales. Sin descartar ambas opciones juntas.

Zoido, durante la fase final de su larga precampaña electoral, lanzó una y otra vez el mismo mensaje a los electores con dos objetivos básicos: tratar de romper la confianza del electorado socialista en el PSOE –tarea en la que ha tenido a la crisis económica y al desgate del Gobierno de Zapatero como sus grandes aliados– y horadar, aunque fuera de forma excesiva, la imagen de Izquierda Unida, la coalición que hasta ahora tenía la llave del gobierno local y cuya deriva causaba preocupación entre los votantes socialistas ideológicamente más tibios.

A juzgar por los resultados electorales, ambos objetivos han sido logrados. Primero, porque la pérdida global de concejales de la alianza formada por los socialistas e IU, que ahora tendrá que volver a la oposición, ha sido más que notable: hasta cinco ediles (cuatro socialistas y uno de IU) han cambiado de bando. Ahora son del PP. Un trasvase llamativo que difícilmente puede achacarse únicamente a los votantes llamados de centro, sino que es fruto de una corriente de opinión ciudadana que claramente no avala los últimos cuatro años de un gobierno local marcado por las acusaciones de corrupción, el dispendio económico y, sobre todo, la falta de iniciativa para atender las necesidades básicas de los distritos.

Los hechos no admiten réplica. Son numéricos. Los populares han logrado rentabilizar casi el 50% de todos los votos en juego, lo que supone un incremento de ocho puntos porcentuales con respecto a hace cuatro años. Los socialistas caen hasta casi diez puntos en porcentaje de voto. De ambos elementos se infiere que no hablamos de una derrota puntual, ajustada o circunstancial, sino de un auténtico movimiento telúrico –con alcance y duración– que quiebra los cimientos del tradicional, y hasta ahora casi omnímodo, suelo electoral de los socialistas sevillanos. Hay que remontarse hasta 1995, cuando la candidatura del PSOE a la Alcaldía estuvo encabezada por José Rodríguez de la Borbolla, para recordar unos peores datos de representación. Aunque con un matiz: Borbolla, pese a obtener un concejal menos que Juan Espadas, no bajó de los 100.729 votos. El nuevo candidato socialista ha hecho descender este listón a 98.494 votos.

La debacle, en casa

El segundo elemento determinante del hundimiento socialista es que se ha producido en casa. En sus feudos territoriales de siempre. Zoido ha crecido en todos los distritos –tanto en aquellos en los que ya ganó hace ahora cuatro años, como también en los que hasta el momento le habían sido algo menos fáciles– pero ha llegado al punto de cruzar el Rubicón al convertir al PP en la primera fuerza política en los distritos Este-Torreblanca-Alcosa y Macarena, auténticos feudos del PSOE. Algo asombroso. Inaudito.

Especialmente elocuente es el vuelco en los barrios del Este de Sevilla, donde el PP ha conseguido el 40% de los sufragios ante unos socialistas que hace cuatro años tenían en su poder la mitad de todos los electores en disputa. Igual ha ocurrido en la Macarena: el PSOE ha perdido 12 puntos porcentuales de voto donde el PP ha crecido más de un 8,6. En Cerro-Amate, zona de Sevilla en la que hace cuatro años seis de cada diez votos eran socialistas, los populares aumentan en casi diez puntos más. Zoido parece haber sido capaz de quebrar de forma definitiva el techo electoral que su partido tenía, desde el punto de vista sociológico, en los barrios obreros de Sevilla. Un factor que, aparentemente, iba a impedir ad eternum su triunfo. Hasta ayer.

La debacle de los socialistas es rotunda. Y tendrá consecuencias internas –hay congreso provincial en un año;las agrupaciones rebeldes volverán a la guerra contra la dirección–, aunque lo más alarmante es que parece ser un cáncer a cámara lenta:los socialistas no captaron ni el 30% de los sufragios. Zoido les saca 20 puntos. Más de 66.000 votos. Y lo ha hecho en su propio terreno de juego. Juan Espadas, el nuevo candidato socialista, no ha sido capaz de atajar la sangría. Ni tenía tiempo, ni medios suficientes ni una estructura orgánica comprometida con la victoria. Demasiado ha conseguido aguantando los 11 concejales electos. Ahora empieza su travesía del desierto.

La reivindicación de las minorías

Carlos Mármol | 15 de mayo de 2011 a las 6:00

Los grandes partidos defienden gobiernos municipales mayoritarios en su propio beneficio y obvian que la presencia de las minorías políticas, además de democráticamente sana, es muestra evidente de pluralismo

Se lo escuché el otro día en un almuerzo –político– a la candidata del PA a la Alcaldía de Sevilla, Pilar González. “Si volvemos al Ayuntamiento será porque nadie ha conseguido la mayoría absoluta”. Los andalucistas, extramunicipales desde hace ya cuatro años, tras doce largas anualidades, casi bíblicas, de notable poder local –Monteseirín no es el único que ha mandado en Sevilla durante tres mandatos seguidos; el PA también lo ha hecho, pero de forma distinta–, defienden ahora la imperiosa necesidad democrática de participar en la futura Corporación. ¿Interés? Evidentemente. Les va la supervivencia (política) en el trance.

Con independencia de lo que ocurra a partir del próximo domingo, cuando se cierren las urnas y todas las cartas queden sobre la mesa, el argumento de fondo que los andalucistas buscan trasladar a los votantes tiene validez por sí mismo: la presencia en las instituciones del mayor número posible de fuerzas políticas es una garantía (relativa pero cierta) de un mínimo pluralismo político.

Sospecho que algunos de ellos no pensaban exactamente esto mismo durante su significativa etapa de mando en Sevilla, pero, dado el escenario político actual, el discurso de la nueva candidata del PA, que intenta renovar el mensaje del andalucismo sin renunciar del todo (al menos sentimentalmente) al pasado reciente, tiene una buena parte de razón. Mientras más sean los partidos con opciones de trabajar en favor de los sevillanos, mejor. Así los ciudadanos tendrán más puertas a las que poder llamar. O más hombros en los que llorar.

El juego democrático, entre otros factores, se sustenta en dos conceptos básicos:la libre concurrencia de todas las opciones políticas a las elecciones –cosa que garantiza la ley salvo en los casos de terrorismo disfrazado de ideología– y el papel de los foros de representación política, en este caso el Pleno de la Corporación, en la vida pública. Ambos requisitos están aparentemente más que blindados en el marco político español, pero, si se analiza su aplicación, se verá que, en realidad, dada la partitocracia en la que vivimos, su verdadera función suele limitarse mucho más a lo meramente formal que a lo sustancial. Defectos intrínsecos del modelo.

El bipartidismo creciente fagocita casi todo. Anula la riqueza (hipotética) de las distintas opciones ideológicas y tiende a reducir todo el sistema político a una suerte de Leviatán. Quien obtiene la victoria en primera instancia –cualquiera que éste sea–, cuenta de partida con la ventaja, extraordinariamente peligrosa, de poder hacer casi todo lo que se le antoje durante el tiempo que dure el correspondiente mandato de gobierno. Su única obligación será, cada mes, cumplir con la usual puesta en escena.

Esto es: vestir el muñeco de sus decisiones, con demasiada frecuencia personalistas, tendentes en algunos casos incluso al capricho, con una simple reunión plenaria en la que la mayoría absoluta a su favor reducirá, como un rodillo, cualquier debate político a una mera cuestión de trámite. Para esto, aunque parezca una provocación, nos podríamos ahorrar los sueldos de la oposición, los grupos políticos y hasta de la mitad de los ediles. Los partidos que no gobiernan siempre tendrán garantizado el derecho al pataleo, pero a efectos prácticos no cuentan con vías para influir en las grandes decisiones políticas. Cosa que limita su tarea simplemente a las notas de prensa. Punto y final.

PSOE y PP, las dos grandes organizaciones políticas que optan a que sus respectivos candidatos en Sevilla –Juan Espadas y Juan Ignacio Zoido– conquisten dentro de una semana la Alcaldía hispalense, vienen haciendo desde hace tiempo un discurso que, con diferencias, pregona las bondades de contar con una “mayoría suficiente” que les permita gobernar la ciudad durante cuatro años sin las hipotecas de los partidos minoritarios. Sin contrapesos democráticos, querrán decir.

Basta analizar por encima la historia del sistema político norteamericano, pese a sus defectos, para darse cuenta de los peligros potenciales que tiene para la propia democracia el hecho de que un gobierno –cualquier gobierno– mande sin tener que someterse a determinadas reglas. La obsesión de los padres fundadores norteamericanos fue establecer desde el primer día un sistema de equilibrios en el que quien gobierna la república lo hace, pero respondiendo ante los electores no sólo cada cuatro años, sino de forma constante a través de las diferentes cámaras de representación y los demás poderes del Estado, diferentes al Ejecutivo.

En el caso de Sevilla, que salvo un breve periodo de cuatro años siempre ha sido gobernada mediante diferentes alianzas políticas coyunturales, los socialistas y los populares (más incluso éstos últimos, pues el PSOE sabe que necesitará forzosamente volver a pactar con IU para mantenerse en el poder)usan con frecuencia los argumentos de la estabilidad y la gobernabilidad para defender ante los ciudadanos la necesidad de tener una mayoría holgada. No le llaman absoluta, quizás, para evitar la inmediata asociación con el absolutismo, aunque tal recurrente eufemismo no sirve para tapar la realidad:cualquiera de los cabezas de lista de los distintos partidos políticos, en su fuero interno, sin excepción, desearían ejercer un gobierno unipersonal sin más ataduras que las formales. Es condición humana.

La cuestión clave es cómo limitar esta tendencia natural desde el punto de vista legal. Porque la democracia, no se olvide, no es sólo el gobierno de las mayorías, sino (sobre todo) el respeto a las minorías. Políticas, en el caso de los partidos. Civiles, en el caso de los ciudadanos. Conviene no olvidar nunca esta circunstancia.

La discusión sobre si es bueno o malo para Sevilla un gobierno con mayoría absoluta, por tanto, nace viciada por el interés de cada fuerza política. Aunque, dejando este aspecto de lado, parece evidente –al menos a mi juicio– que mientras más vivos estén los foros institucionales de gobierno, cosa sólo posible con la presencia de diferentes opciones ideológicas, y más obligaciones de rendir verdaderamente cuentas tenga que soportar un gobernante, mejor funcionará el sistema. La democracia es casi como un proceso infinito, no un punto fijo en el tiempo.

Hay quien considera que la presencia de minorías en los órganos políticos de representación es un problema. Obliga constantemente a negociar, pactar, ser capaz de llegar a acuerdos. Paradójicamente algo que muchos ciudadanos echan de menos dada la incapacidad de los partidos para, en situaciones como la actual, casi de emergencia social (no hay más que ver las cifras del paro), dejarse de duelos dialécticos –generalmente no llegan ni siquiera a eso– y acordar unas mínimas condiciones de funcionamiento comunes. Algo así como el famoso lema de esto lo arreglamos entre todos, pero de verdad. Sin trampas.

“Se puede gobernar en minoría, pero hace falta tener mucho talento”, proclamaba la candidata andalucista ante sus comensales. Cierto. Un talento que nadie quiere atreverse a ejercer. ¿No somos según PSOE y PP una ciudad con talento? Se tiende a aceptar que toda la negociación política se reduce exclusivamente al crítico periodo postelectoral que se abre durante los quince días posteriores a las elecciones. El momento en el que, si nadie obtiene un respaldo suficiente de los ciudadanos, inevitablemente se producirá el reparto.

Unos lo centran en el programa; otros, en la distribución de cargos. Otros demonizan el proceso sencillamente porque no se han salido con la suya. Se busca, en todos los casos, evitar una parte sustancial de la política: el diálogo de los grandes asuntos de gobierno con los demás. Nadie dijo que la democracia fuera cómoda (sobre todo para los políticos), pero sigue siendo el sistema menos malo que existe. ¿Tiene alguien alguna duda?

Por tanto, no debería suponer un quebranto para nadie ni la hipotética presencia de fuerzas políticas secundarias –IU, PA, Los Verdes, UPyD u otras opciones– ni la posibilidad de que Sevilla tuviera que contar con su opinión para ser gobernada. La ciudad sigue siendo de todos.