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Viva el protocolo

Carlos Mármol | 7 de octubre de 2012 a las 6:15

El último trimestre de 2012 comienza sin que se hayan cumplido, de momento, las previsiones de ingresos del presupuesto municipal, cuya ejecución se revela incompleta justo cuando toca comenzar con el siguiente.

No pueden alegar ni ignorancia ni desconocimiento. Sabían de sobra lo que ocurriría y el jardín en el que se metían. Consecuencia de ver la política exclusivamente en el corto plazo. El último trimestre del año 2012 se inicia este mes de octubre, comienzo del imperceptible otoño sevillano, tan leve, sin que el gobierno local haya podido hasta ahora cumplir con las previsiones que él mismo hizo al elaborar las cuentas municipales del año fatídico que ahora entra en su recta final. El presupuesto municipal todavía en vigor tiene una trascendencia política superior a la de cualquier otro año. Dos elementos lo explican: fue el primero de Zoido como alcalde de Sevilla y se elaboró en un contexto económico adverso provocado por la suma de la crisis económica, el descenso de los ingresos municipales ordinarios y las consecuencias de los años de grandeur de Alfredo Sánchez Monteseirín. La célebre herencia.

Zoido tuvo que dirigir el Ayuntamiento durante los primeros compases de su mandato –seis meses– con las cuentas que aprobaron socialistas e IU, un factor que lógicamente jugaba en su contra, ya que el campo de acción del que disponía el alcalde tan sólo le permitía hacer modificaciones parciales de las cuentas en un momento en el que la recaudación ya no iba bien, al estar vinculada a la marcha de la actividad económica global y a unas ordenanzas fiscales que también procedían de su antecesor.

Un cambio con herencia. El arranque del mandato no fue, en términos económicos, nada sencillo. Quizás por eso las decisiones más importantes que tomó el gobierno local consistieron en una contradicción:desmontar los símbolos del pasado municipal más reciente (Plan Centro) para vender la idea de cambio sin dejar en paralelo de usar un argumento –la nefasta herencia– que precisamente remitía al pretérito en lugar de al presente. Y  que daba pocas pistas, y no precisamente optimistas, del futuro.

El viento, sin embargo, soplaba a favor. La ola de popularidad del regidor era enorme –los famosos 20 ediles, las advocaciones en la procesión del Corpus– y parecía harto difícil que nadie reparase, y mucho menos llamase la atención, sobre estas incoherencias argumentales, demasiado finas para ser percibidas por los ciudadanos, que estaban encantados unos, y esperanzados otros, con la idea del deseado relevo municipal. Los tiempos nuevos sólo se construyen con ciertas dosis de olvido sobre los malos momentos pasados, aunque en este caso desde primera hora el gobierno municipal siguiera explotando a su favor la ventaja que suponía contar con información delicada y el vicio de enfocar los faros, en cuanto alguien osaba hacer una mínima crítica, hacia el mandato anterior.

Todo esto empezó a cambiar a medida que los meses se sucedieron. El PP intentó, con éxito relativo, transmitir a los ciudadanos durante esta primera fase que su gestión estaría guiada por la austeridad, la profesionalidad y la eficacia. El saldo es muy discutible, si bien es cierto que en apenas un año su imagen, siendo ya peor que al arranque del mandato, está todavía muy lejos del deterioro que sufrió Monteseirín al final de su última Alcaldía. No es casual. En Plaza Nueva se sabía que las dificultades comenzarían cuando se pusieran a hacer números. No sólo para ver cómo estaban las arcas municipales, sino para con la realidad heredada –impagos, dinero escaso, promesas laborales sin presupuestar– poder marcar por primera vez sus propias prioridades en el documento político más importante: un presupuesto.

Luces cortas. Las opciones estaban fijadas desde el principio. El PP, pese a poder justificar su apuesta presupuestaria sobre la herencia recibida, sólo tenía dos caminos. O traducir directamente su programa de gobierno en el presupuesto o posponer determinadas medidas –las más impopulares, y las que según los expertos deben tomarse nada más llegar al poder– en el tiempo. Se optó por la segunda opción. Algo sorprendente si hablamos de un gobierno recién formado y con un apoyo electoral increíble. No era falta de ganas, sino consecuencia de un cálculo puramente electoral. Zoido sabía desde la oposición que si ganaba las elecciones el desgaste sería inmediato en caso de empezar a aplicar un plan de saneamiento y ajuste en el Ayuntamiento que inevitablemente pasa por reducir las plantillas en las empresas municipales, replantear convenios, ajustar los gastos a los ingresos –entonces ya en retroceso– y hasta abrir la puerta a privatizaciones de empresas públicas. Todo esto iba en contra del discurso de la campaña electoral, cuando no había ciudadano que se acercara al candidato del PP sin irse con una promesa bajo el brazo que no fuera a ser cumplida.

El desgaste de la figura política del alcalde era en todo caso asumible. Estaba en la cumbre. El PP confiaba en que fuera leve (lógico después del milagro de los veinte concejales) y podía responsabilizar de las medidas impopulares a la herencia, más que a la voluntad del nuevo gobierno. El problema no era estrictamente de índole municipal, sino autonómica. Apenas unos meses después los comicios regionales, en los que el PP era el claro favorito según las encuestas, debían cerrar el giro maestro:la victoria completa en todos los ámbitos de poder (municipal, regional y estatal) en España. Especialmente importante era la batalla de San Telmo: si Javier Arenas llegaba a la presidencia de la Junta el éxito, apoyo y sustento a las políticas municipales de su hipotético Gobierno regional estaba garantizado. Entonces se pondría en marcha el plan previsto:modificación por partes, pero integral, del Plan General de Sevilla; y cambios legales en consonancia con el programa de ajustes presupuestarios y asistenciales que se estudió en la oposición. Todo ello con un factor ambiental favorable. No habría más poder institucional que el del Partido Popular.

Con esa lógica Zoido hizo su primer presupuesto, consagrado, mayormente, al protocolo amable, su gran aportación política, junto a la promoción de eventos deportivos, en su año largo de mandato. La reducción del gasto (en realidad se ha desviado por otras vías) se programó en distintas etapas y se pospusieron hasta final de año decisiones críticas, como la renegociación de los convenios en las empresas públicas. No bastaba. Tuvieron también que fabricar un plan de inversiones irreal para vestir el muñeco porque el PP no podía dar a la oposición la munición que suponía la evidencia de un primer presupuesto sin inversiones reales. El discurso de que la ciudad se había parado de pronto sería imbatible. Ni siquiera el famoso argumento de la deuda heredada impediría que en plena guerra por conquistar San Telmo que el PSOE no aprovechase tal error.

El resultado fueron unas cuentas municipales –las que ahora entran en su tramo final– que son pura ficción, al estar supeditado su capítulo más importante a unas operaciones patrimoniales (la venta de la Gavidia, del edificio municipal de la calle Pajaritos y la subasta del mobiliario del hotel Alfonso XIII) que se sabían inviables. Zoido subastó la antigua grandeur del principal hotel de la Exposición del 29, pero se quedó sin los ingresos de los edificios municipales porque chocó con la legislación urbanística, su mayor talón de Aquiles. La recurrente confrontación con la Junta le permitió disimular el planteamiento de partida, pero casi un año después de la batalla urbanística ni ha vendido estos edificios ni ha ingresado el dinero que necesitaba para pagar las inversiones que prometió. Eran casi 20 millones de euros. Tras la estéril victoria electoral de Arenas, que alejó definitivamente a la Junta del PP, las cábalas municipales sólo han empeorado. Ni dinero, ni inversiones, ni sintonía con la administración regional. Ahora se aproxima el segundo presupuesto. Las cuentas de los inminentes recortes.

Guerras púnicas, el capítulo infinito

Carlos Mármol | 6 de julio de 2012 a las 6:06

Las tribus del socialismo sevillano tocan los tambores de una nueva guerra en la que lo que está en juego no es quienes serán los vencedores, sino la propia supervivencia de una de las dos corrientes internas del partido.

Las tribus del socialismo patrio, que es lo mismo que decir sevillano, porque para ellas el partido en Sevilla es como su familia, y en los clanes unidos por el parentesco ya se conoce que puede suceder de todo, tienen reunión en Almería este fin de semana. Toca congreso regional. Una cita en la que se ratificará a Griñán como guía supremo –gracias a la carambola que le permitió conservar el poder en las últimas elecciones autonómicas– y la novedad, si descontamos los nombres de la próxima dirección, que es un asunto que sólo les interesa a ellos, consistirá en evaluar el peso –relativo– de un posible núcleo opositor construido sobre los restos del descontento en las distintas agrupaciones provinciales –cada una con sus particulares batallas–, la larga herencia del chavismo, ese sistema de equilibrios que ya parece lejanísimo, y los espontáneos. Poco más.

Una semana después, en plena canícula de julio, la agrupación sevillana (el 25% del partido en Andalucía) tiene convocado su particular duelo interno para dirimir si durante los próximos cuatro años –o quizás antes, porque en política nunca se sabe– seguirán existiendo dos corrientes orgánicas, desiguales y en confrontación o, por el contrario, la organización girará de forma irremediable hacia una mayoría perdurable, lo que no quiere decir tranquila. Los socialistas sevillanos son de natural correosos. No es posible la paz si no es armada.

Estos días se están produciendo los primeros movimientos con cierta profundidad en el tablero donde se juega el poder orgánico provincial, que quedará, como siempre, manchado con sangre. El sector susánida, que según la última foto fija –la elección de los delegados al congreso regional– goza de una mayoría holgada (65%) ha presentado su propia candidatura a la secretaria general mientras los críticos –una amalgama de nuevos aliados y enemigos pretéritos– sopesan si dan –o no– la batalla por el poder interno. Los susánidas han presentado ya un manifiesto, los avales suficientes para presentarse, dicen tener a su lado a 50 de los 61 alcaldes sevillanos y, tan seguros están de su próximo triunfo, que incluso se reparten los cargos. Para secretario de organización suena el nombre de Carmelo Gómez, aunque otras voces señalan al concejal Alberto Moriña y hasta al ex alcalde de Mairena del Aljarafe, Antonio Conde.

La lucha, en todo caso, será más teórica que real. Lo que se juega en el cónclave sevillano no es tanto quién será el triunfador –esto ya parece más o menos claro antes de comenzar, aunque los congresos del PSOE son imprevisibles–, sino si la organización seguirá marcada por la cohabitación más o menos agresiva de las dos tribus mayores. Para unos el congreso se presenta pues como la consumación formal de un mando más o menos tácito; para otros, en cambio, el simple hecho de sobrevivir al duelo viene a ser como ganar. Seguir vivos no implica tampoco que algún día, lejano, puedan vencer, aunque lo que es seguro es que los muertos (incluso los fenecidos en vida) nunca triunfan, aunque sus expectativas se sustenten más en los deméritos del rival que en los logros propios.

La foto del congreso regional de Almería marcará la pauta. En función de cómo quede la cosa pueden producirse dos situaciones. Una: que los críticos, que siempre han jugado a ser anónimos (el único que dio la cara por la corriente fue Demetrio Pérez, candidato a la secretaria provincial en el pasado congreso), sigan sin líder reconocido. Dos: que el grado de respaldo a la Ejecutiva de Griñán no sea absoluto, en cuyo caso la opción es derivar la batalla al ámbito de las guerrillas provinciales. Se trata de una tradición: los socialistas sevillanos planifican sus guerras púnicas en función de las distintas legitimidades de índole orgánica. Tienen donde elegir para matarse.

Como lo previsible es que Griñán apenas si encuentre contrapeso –más allá de lo testimonial– en la cita regional, la gran incógnita es si el supuesto nuevo referente de los críticos –Antonio Gutiérrez Limones, alcalde de Alcalá de Guadaíra– dará el paso de armar una mayoría para oponerse a la de Susana Díaz. Los críticos no las tienen todas consigo. Con Limones, esto es imposible. El también senador quiere marcar sus propios tiempos para anunciar su hipotética candidatura pero, en realidad, espera a orientarse mejor según sea el panorama del congreso regional. No quiere inmolarse sin necesidad.

La fórmula Limones, de hecho, se basa en un liderazgo relativo y, en cierto sentido débil. Las causas son múltiples. Tienen que ver con las relaciones personales entre el grupo crítico –que son circunstanciales, más que sustantivas– y las consecuencias que implica plantear un desafío al poder institucional, que es quien controla las nóminas de los cargos públicos y asimilados (los delegados de los congresos). El maná que explica casi todos los movimientos internos en el seno del socialismo sevillano.

Limones, oficialmente, medita qué hacer. Se ha rodeado de un equipo que viene celebrando encuentros con militantes desde hace tiempo. En él figuran algunos de los grandes alcaldes metropolitanos –Dos Hermanas, La Rinconada–, referentes históricos del PSOE –el caso de José Rodríguez de la Borbolla es el más notable– y los jóvenes (aunque ya no tanto) que aspirarían a encarnar un relevo generacional diferente al de los susánidas. También están los habituales discrepantes por principio: el caso de Evangelina Naranjo, secretaria local de Miraflores y ex consejera con Chaves, que es la opción en la recámara si Limones al final no se atreve a dar el paso. Una candidatura de puro pataleo, condenada a un rotundo fracaso.

¿Se presentará Limones? Se verá este mismo lunes, después de que se despejen las dudas sobre el peso –directo o indirecto– que su adversaria mantendrá en la futura Ejecutiva regional. La número dos del PSOE-A dejará la sala de máquinas del partido pero quiere conservar su influencia en la dirección regional sin abandonar tampoco la Junta. A lo largo de su carrera política, Limones no se ha caracterizado por ser alguien que asuma riesgos, una actitud que, precisamente, le resta potencialmente algunos de los apoyos que necesitaría en este congreso provincial.

Hace cuatro años, en el duelo entre oficialistas y críticos que ganó el tándem formado por Viera y Díaz (cuya posterior ruptura provocó la crisis que terminó con la actual gestora), dejó sólo ante el abismo a Demetrio Pérez, que, además de su amigo, fue su primer jefe de gabinete. Una posición dubitativa que define al candidato crítico –en el cónclave de los delegados a Almería se posicionó primero con una lista y después se pasó a la candidatura contraria– y que puede pasarle factura en este duelo, si es que llega a producirse. ¿Votarían a Limones antiguos aliados a los que abandonó a última hora en congresos anteriores con el argumento de que el PSOE de Sevilla es un partido de aparato?

Por otra parte, entre los críticos anónimos la sintonía interna depende de una meteorología variable. Hay quien piensa que Limones se ha apuntado al carro a última hora –es la creencia en el entorno de Gómez de Celis, el frustrado delfín de Monteseirín– y quien piensa –como Francisco Toscano, alcalde de Dos Hermanas– que llega muy tarde y que se corre el riesgo de no tocar ni la orilla. El propio Toscano tuvo que dar esta semana la réplica a la presentación de la candidatura susánida por la indecisión del líder teórico. Toscano se excluyó de la batalla tras encabezar la delegación crítica sevillana al congreso de Almería. El alcalde de La Rinconada, primera opción de los críticos, también se desmarcó entre bambalinas.

Hasta ahora el único que ha salido al ataque ha sido Borbolla, un notable, que no se juega nada porque su reino ya no es de este mundo. Los críticos saben que todo induce al fracaso. La llave de la caja –Diputación, Junta– está en manos de los susánidas. Su disyuntiva no es ganar, sino sobrevivir. Convertir en gris lo que ahora es negro sería un éxito. Lograr un 40% de votos –en la designación de los delegados consiguieron un 35%– que les permitan seguir contando algo en el PSOE de Sevilla. Ése es su reto. Su problema es que no tienen líder, su pasado no es edificante y todo su discurso se basa en reivindicar una integración que sólo pasa por ellos mismos. A priori, un mensaje de perdedores. O quizás no. Veremos.

El alcalde y sus heterónimos

Carlos Mármol | 17 de junio de 2012 a las 6:15

La hipótesis de que Zoido termine liderando el PP andaluz tras la renuncia de Arenas mantendría a la ciudad en la pesadilla de unas elecciones perpetuas, una coyuntura que no contribuirá a resolver sus problemas.

No es ninguna sorpresa. Y, sin embargo, lo parece. Desde que en marzo el camino hacia San Telmo se cerró de golpe para Javier Arenas, líder de la derecha andaluza desde hace ya dos décadas, la figura de Juan Ignacio Zoido, alcalde hispalense apenas hace un año escaso, era la mejor posicionada, por numerosos factores tanto de índole institucional como personal, para protagonizar un proceso de sucesión que algunos –por la cuenta que les traía– no querían ni plantearse.

Pues bien: el tiempo ha pasado y el relevo político de Arenas ya es oficial. Zoido no es que aparezca en las quinielas, sino que ha sido ungido por la mayoría orgánica establecida, cosa que resulta inquietante si se tiene en cuenta que ni siquiera se ha esperado a la celebración del congreso propiamente dicho, después de que el difunto líder lo señalara directamente con el dedo. Igual que hizo Aznar con Rajoy. Por consenso, sobre todo, con respecto a sí mismo.

Junto a este paralelismo, donde la opinión de los militantes parece no contar demasiado, el relevo de Arenas al frente del PP confirma otra vieja tesis sobre el poder: dirigimos como somos. Incluso aunque no se buscase, la Operación Zoido termina teniendo cierta coherencia en relación al estilo de mando con el que Arenas ha dirigido su organización durante dos largos decenios. La figura se llama rotación. Pero en los mentideros populares se usa otro nombre más malévolo y, por eso, acertado: el síndrome de los moros de Queipo.

Consiste en trasladar sin descanso a los mismos nombres –cuatro o cinco, apenas– por los sucesivos puestos claves, institucionales u orgánicos, para poder controlar la dirección de un partido político. Es lo que ha hecho Arenas durante estos cuatro lustros en los que su guardia de corps se ha repartido sin cesar los cargos internos, electorales, parlamentarios o municipales. Los mismos en todos sitios. Llamativa manera de modernizar una organización política.

Zoido, políticamente hablando, es consecuencia directa de esta singular forma de dirigir. Por eso en el ámbito municipal, en el que lleva ya seis años, el próximo jefe de filas del PP regional la adoptó como propia llevándola casi al extremo. Hasta el punto de anular literalmente cualquier hipotético protagonismo político de sus colaboradores, que apenas son unos meros figurantes en un decorado prefabricado donde la única estrella cuyo brillo resulta tolerable, o conveniente, bajo pena de excomunión si se incumple el mandamiento, es la del alcalde.

No es por tanto nada extraño que Zoido vaya ahora a ser designado presidente del PP andaluz con idéntico procedimiento –gracias a una decisión digital, aunque de paternidad discutida– cuyo brevísimo atenuante, impostado en realidad, son las cautas declaraciones que el regidor hizo en las horas previas a que el aparato decidiera que, en realidad, no es necesaria discusión alguna porque todo está ya consumado.

La fórmula usada fue un motivo retórico clásico. Una captatio benevolentiae basada en la apelación pública y expresa a la propia humilitas. Generalmente funciona. Pero los buenos oradores saben que no es más que puro teatro. Que Arenas no confiaba en demasiada gente a su alrededor –cosa natural si se ha leído a Maquiavelo– era cuestión sabida. Que uno de ellos –apenas son cuatro más– era Zoido, también, a quien el todavía jefe popular impuso en la carrera municipal de Sevilla hace seis años manu militari, sin importarle nada relegar a puestos secundarios en la política autonómica a Jaime Raynaud, su antecesor en la Plaza Nueva, uno de los escasos políticos realmente liberales que militan en el PP andaluz.

Zoido siempre ha sido una prolongación política de Javier Arenas. De nadie más. De ahí que, al igual que en su momento le sucedió a Rajoy tras el dedazo, su primera misión será ganarse la legitimidad real, que es distinta a la formal. Lograr un verdadero liderazgo que, de entrada, le viene ancho, ya que no ha sido objeto de una auténtica discusión interna. Arenas juega todavía a ser su mentor aunque en el PP existe la tesis –no del todo incierta– de que se ha producido un cierto distanciamiento entre ambos a raíz de la derrota de las autonómicas. Una teoría que explicaría la abrupta marcha del líder del PP andaluz tras perder un pulso interno –el segundo– con la actual secretaria general del partido, María Dolores de Cospedal. Su victoria parece no haber sido muy costosa a tenor del batacazo electoral del mes de marzo.

Todas estas cuestiones, que son estrictamente partidarias, resultado de la eterna guerra por el poder, las alianzas y las traiciones que se producen en cualquier organización humana, por diminuta que ésta sea, y que nada tienen que ver con los problemas reales de la gente, son las que probablemente van a marcar la agenda política de Sevilla en los próximos años. Una coyuntura tan desgraciada como anómala.

La pregunta salta a la vista: ¿cómo va a afectar a la ciudad que su alcalde, recién elegido casi, se lance a la arena política autonómica? ¿Debe hacerlo? ¿Puede? No vamos a incurrir aquí, como han hecho otros, en los habituales consejos que buscan disuadir al regidor de su derecho a postularse como el sucesor de Arenas.

Él sabrá. Es cosa estrictamente suya. Nadie le puede criticar que tenga ambición –cuestión distinta es su capacidad para defenderse en la tarea de ejercer un rosario de cargos que superan incluso a los múltiples heterónimos de Fernando Pessoa, el poeta portugués afectado por la patología del desdoblamiento múltiple– y que su éxito electoral de hace menos de un año le avale realmente como posible opción para liderar su partido en Andalucía.

El problema no es si puede o debe hacerlo, sino si Sevilla necesita –justo en estos momentos– un alcalde a tiempo parcial, dedicado, junto al protocolo de la Alcaldía, a una larga carrera electoral para la que, aunque es cierto que quedan todavía cuatro años, es necesario comenzar a correr una vez cerradas las urnas de la elección previa.

Hay quien cree que todo esto juega a favor de Zoido. Que la Alcaldía es mucho mejor trampolín que el Parlamento autonómico –al que renunciaría, igual que a la FEMP– y que su gestión en Sevilla constituye una excelente herramienta para hacer oposición a la Junta. Todas estas teorías, fruto de la herencia cortesana que ha marcado la política española desde el Siglo de Oro, obvian una cuestión trascendente: los juegos políticos no sirven de mucho –salvo como espectáculo sangriento, igual que ciertas comedias y dramas de Shakespeare– si no resuelven algunos de los verdaderos problemas de los ciudadanos. Mucho más en este devastador contexto económico.

Zoido, que repite que su sitio es Sevilla –la cuestión no es el lugar, sino el cargo–, parece haber optado por una especie de extraña huida hacia adelante. ¿Huir un triunfador? se preguntarán su exégetas. Pues sí. Cualquiera que conozca la política municipal sabe que los proyectos que no se acometen en los 24 primeros meses de mandato son inviables. Zoido ha consumido ya doce sin excesivo éxito. Una encuesta confirma estos días que ésta es la opinión mayoritaria. Lo que significa que, probablemente, las cimas electorales de hace un año ya no son tales.

Gobernar implica decidir, lidiar con el descontento, desgastarse. Un terreno en el que el alcalde jamás se ha movido bien. Zoido lleva más de un lustro en una campaña electoral perpetua: primero, como aspirante a la Alcaldía; después, como opositor contra un gobierno que él acusó de ilegítimo y, ya en la Alcaldía, como ariete del asalto de Arenas a San Telmo. De repente, la rueda se ha detenido.

¿Qué hacer? Continuar con la estela electoral usando a la ciudad como pretexto. Mala cosa: Sevilla no es un argumento político, sino una urbe que necesita soluciones. Todo induce al pesimismo. Quizás por aquello que nos dijo Quintiliano en sus Institutio Oratoria: “Facilius est multa facere quam diu” [Es más fácil hacer muchas cosas que hacer una durante mucho tiempo].

Un drama shakesperiano

Carlos Mármol | 8 de abril de 2012 a las 6:07

Sevilla recibe la misma semana dos pésimas noticias: el desempleo subió casi un 12% en apenas un año y el marco presupuestario estatal consuma el descenso de las inversiones públicas, que han caído hasta un 63% en un lustro.

Monteseirín nos prometió hace algunos años el sueño del pleno empleo para 2012. Zoido, alcalde desde hace nueve meses, el bíblico milagro imposible de multiplicar los panes y los peces. Ni uno ni otro acertaron. El año en curso ha superado ya el hito de su primer trimestre de vida sin dar señales de desfallecer en su tarea de hacer brotar el pesimismo por doquier. La profecía va camino de cumplirse antes de tiempo. Sin esperar al ecuador del calendario: 2012 será bastante peor que el nefasto año pasado, cuando los optimistas –que cada vez son menos– todavía hablaban de los míticos brotes verdes, tornados acaso en azules tras el intenso carrusel electoral de los últimos doce meses.

En este tiempo hemos votado tres veces en diez meses. Hemos cambiado al alcalde, al presidente del Gobierno y, de forma acaso singular, hasta se diría que llamativa, hemos fijado las condiciones para ensayar un nuevo statu quo político en Andalucía: el cambio inverso, la combinación que casi nadie esperaba, el singular pacto de gobierno entre los socialistas y la izquierda. En el fondo, en realidad, no hemos alterado casi nada la cuestión esencial, de fondo: las perspectivas para una recuperación económica continúan siendo escasas, inexistentes y virtuales. Ya ni siquiera se puede entonar un discurso en el que aparezca la palabra futuro. Se recibe como una cruel broma del destino.

Pareciera que votar sólo sirve para cambiar el reparto de los actores del cuadro de comedias sin que el libreto que se representa se modifique ni un ápice, salvo para llegar al nudo de la trama, justo cuando el sainete se transforma en tragedia y se hace verdad la gran frase de Shakespeare: “La vida no es más que una sombra en marcha; un mal actor que se pavonea y se agita una hora en el escenario y después no vuelve a saberse nada de él. Es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no significa nada”.

Una sangría social

Ni siquiera la fuerza de la costumbre nos permite escapar de esta sensación, similar a ir caminando por las calles con la ropa empapada. Los datos oficiales del paro, que esta semana han sido el preámbulo de un largo rosario de malas noticias, confirman que el panorama económico de Sevilla no tiene visos de cambiar, por muchas reformas que anuncie el nuevo poder político, muy molesto, más que con esta crisis de vocación perpetua, con el inconveniente de la erosión –inevitable y creciente– que supone tener que decidir. Y, además, con el serio imprevisto de la cruenta etapa de confrontación política que se abre entre Andalucía y Madrid.

Esta pugna va a marcar la agenda pública de los próximos años. Sin duda. Pero mientras nuestros representantes públicos continúan jugando a sus batallitas particulares y planean sus golpes de efecto –San Telmo contra la Moncloa, Génova contra San Vicente– las estadísticas reiteran que todo esto no sirve absolutamente de nada: en el último año, mientras la prioridad única de las fuerzas políticas han sido las constantes citas electorales, el paro ha escalado casi un 12% en la provincia, situándose por encima de los registros anteriores. Sevilla tiene 25.000 personas más en las listas del Inem –cuya privatización parece inminente ante la falta de resultados para cumplir con su objeto social– que hace sólo doce meses. Hasta 81.000 familias viven –se dice pronto– sin ingresos regulares. Llevamos ocho meses sin tregua en los que la inmisericorde noticia del desempleo constante condiciona vida y haciendas hasta teñir de negro todo el horizonte.

Resulta hasta lógico que el ambiente reinante sea de profunda depresión. La reciente encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) es como un parte del psicólogo. Los ciudadanos no ven luz al final del túnel. De hecho, ni ven la luz ni existe el túnel. Todo está fundido en negro. La situación se expresa, como todos los quebrantos, a través de una ecuación matemática, numérica. Un lenguaje extraño que siempre porta malas noticias. La crisis es económica, sí, pero también moral, ética, anímica.

Un ejemplo: junto al paro y a la degradación del tejido económico de Sevilla, las otras dos cuestiones que la sociedad percibe como preocupantes son los fraudes, la corrupción –el pan nuestro de cada día, sin diferenciaciones de signo político:los pecados no tienen ideología– y el propio comportamiento de la clase política. En teoría, son nuestros representantes. En la práctica, a juzgar por el cuadro que dibuja el CIS, nadie los considera así. Sencillamente aparecen como una casta ensimismada en sus juegos de posición, las ceremonias asociadas a la vanidad y el perpetuo veneno del poder.

Probablemente la crisis anímica –del alma, que dirían los clásicos– sea más profunda que la que atañe a la hacienda patria. Acaso por aquello que dejó escrito el autor de los Sonetos: “Un hombre que no se alimenta de sus sueños, envejece pronto”. Llevamos cinco años postrados en el diván, pero parece casi una década de cadenas, que son nuestras deudas morales y económicas. Porque si hay algo de lo que podamos estar seguros en esta vida –puede que incluso en la eterna, si es que existe– es que los débitos contraídos se cobran, con sangre, sudor y lágrimas. Siempre se abonan: hasta en libras en carne, si hiciera falta. Sangrienta forma de interés que reclamaba el prestamista judío Shylock en El Mercader de Venecia. De nuevo, Shakespeare: el gran dramatugo del teatro isabelino inglés, tan eterno como sucesivas son las tragedias humanas. El padre de la eterna duda ontológica que atenaza al ser humano.

Los presupuestos

Las dudas nacen de la incertidumbre vital y social. En cierto sentido, son síntoma de inteligencia. Quizás esta crisis nos haga –a la larga– mucho más sabios, al tiempo que pesimistas, pero lo que es indudable es que nos ha hecho ya mucho más pobres, frágiles y dependientes. Sevilla, que a lo largo de su historia no ha sido nunca capaz de entender que su verdadero porvenir depende esencialmente de sí misma, no de los demás, se ha quedado este año con una cuota casi testimonial en el exiguo reparto de los presupuestos generales del Estado. Desde que comenzó el final del mundo –2007– las inversiones del Gobierno central en la provincia han caído hasta un 63%. Sin contar el déficit inversor acumulado en los últimos diez años.

Los socialistas, que fueron los dueños de la tijera hasta el pasado año, y que la utilizaron sin reparos, ponen estos días el grito en el cielo acusando al PP de incumplir el estatuto de autonomía –que fijaba un umbral de inversión en base a la población– y condenar a esta tierra al desastre económico. El PP sevillano no abre la boca. Ni siquiera Zoido, que vive con asombrosa intensidad el eterno bucle melancólico de esta Semana Santa lluviosa, quebrada e interminente. Elocuente silencio.

Los socialistas tienen razón en una cosa: sin inversiones la recuperación es imposible. Aunque habría que preguntarse qué vale más: si un estatuto de autonomía votado por una minoría de ciudadanos –recuérdese la participación que tuvo la consulta del referendum estatutario– o un contrato con un banco. En la vida ocurre lo mismo: la hipoteca es un vínculo mucho más sólido que cualquier acta matrimonial, sea ésta religiosa o civil. Estamos unidos por nuestras deudas, no por nuestros sueños. Y éste es el gran problema.

Dejémonos de lírica. El estatuto quizás sea –vamos a ser generosos y a aceptar la mayor– el sueño de la Andalucía oficial. No es, sin embargo, la realidad en la que intenta sobrevivir la Andalucía real, presa de las deudas, el paro y la desesperanza. Shakespeare decía que somos el tejido de nuestros sueños. En Sevilla hace tiempo que ya ni siquiera soñamos, sólo sesteamos.

La diabólica encrucijada de IU

Carlos Mármol | 28 de marzo de 2012 a las 6:05

La coalición de izquierdas se enfrenta a la cohabitación con el PSOE con el nefasto antecedente del PA, que salió del Parlamento tras sostener a los socialistas. IU quiere centrar el pacto en la lucha contra la corrupción.

Hay pactos que te salvan y otros que te hunden. Matrimonios que te mejoran o te destruyen. Las alianzas pueden ser vínculos de pura conveniencia o acuerdos sinceros. Casi ninguno es neutro. Izquierda Unida, tercera fuerza política de Andalucía, principal vencedora moral de las elecciones del pasado domingo, tiene por delante un folio en blanco. El previsible acuerdo con los socialistas para armar una mayoría capaz de gobernar la región no será nada fácil pero –salvo sorpresa mayúscula– terminará por rubricarse. Nadie lo pone en duda. Otra cuestión son sus bondades: los efectos concretos que tenga para la ciudadanía y para esta organización que, salvo coyunturas políticas muy determinadas, siempre ha jugado un papel necesario pero objetivamente secundario en el mapa político de Andalucía.

Precisamente el debate interno abierto ahora en IU consiste en cómo salvar esta cuestión: ¿pactar con el PSOE beneficia o perjudica? Como casi siempre en política, igual que en la vida, la pregunta no tiene una respuesta única. Depende. Fundamentalmente de los motivos reales merced a los cuales se suscriba dicho acuerdo. La duda no es mala –demuestra que los cargos no son el fin único– pero no puede ser eterna. Ni recurrente. Y sobre todo: debe permitir a la coalición encontrar un difícil equilibrio entre lo principal y lo secundario. De saber distinguir bien ambas cuestiones depende el éxito de la coalición con el PSOE y, igual de importante para ellos, el futuro inmediato de su organización.

El PA: el antecedente

Hay quien en IU está agitando desde hace tiempo el fantasma de lo que le ocurrió a los andalucistas cuando ayudaron a sostener a los socialistas en la Junta. Que esta discusión responda a un convencimiento mayoritario entre sus bases o sea la consecuencia de un mero afán de protagonismo personal es ya otro cantar. Lo cierto es que el PA, que gobernó con el PSOE durante dos legislaturas seguidas –1996/2004–, salió bastante mal parado de la experiencia. Terminó fuera de la cámara andaluza. Así sigue: como una fuerza residual, sin apoyo electoral ni muchos visos de futuro. Realmente con este antecedente es para pensárselo. El éxito en política puede tornarse fracaso con demasiada facilidad. Que se lo pregunten a Arenas.

El modelo de pacto político que los socialistas y los andalucistas suscribieron durante la V y VI legislatura andaluza –tras la etapa de la pinza, que castigó especialmente a IU– se basaba en un principio simple y pragmático: votos (en el Parlamento) a cambio de consejerías, presupuesto, cargos de confianza, poder formal. Nunca hubo un principio programático común ni una coincidencia real de objetivos más allá que mantener una estabilidad que para Chaves –entonces en San Telmo– se había convertido en una obsesión.

Los andalucistas, con 4 y 5 diputados respectivamente, dirigieron dos consejerías y media –la dirección de Relaciones Institucionales se engordó para cubrir sus necesidades– durante ocho años. Se sentaron en el consejo de gobierno con una representación electoral que ni en el mejor de los casos pasaba del 7,53% del electorado. Un éxito relativo fruto del enorme sentido de la ocasión que siempre caracterizó la carrera política de Alejandro Rojas Marcos.

Si se hiciera una traslación con los criterios de entonces en función de la representación actual de IU, el resultado sería que los socialistas tendrían que cederle a la coalición de izquierdas entre cuatro y seis consejerías. Dependiendo de si la regla de tres se hace en base al respaldo electoral –IU tiene el 11,30 de los votos en Andalucía– o al número exacto de diputados (12). Incluso si sólo se tuvieran en cuenta los escaños que el PSOE necesita de IU para tener la mayoría de la cámara –ocho– la cuenta no bajaría de las seis carteras de gobierno. ¿Demasiada cuota en un futuro gobierno que forzosamente tendrá que ser reducido?

La situación actual no es tan simple. Tampoco el punto de partida de IU es el mismo del PA: la coalición de izquierdas es una organización más longeva que los andalucistas, que prácticamente fueron una franquicia política abierta a cualquier alianza, y sus resultados en las autonómicas son mejores. Han pasado de ser un aderezo a convertirse en el centro del mapa político. Un éxito, sí, pero también una hoja de dos filos.

El análisis, sin embargo, adopta otro prisma diferente si se tiene en cuenta que, con independencia de lo que resulte del obligado proceso de debate interno (el voto de las bases), el punto inicial de negociación de la organización que lidera Diego Valderas no son los cargos –eso, al menos, dicen– sino las políticas. El programa. Los proyectos. Uno de los clásicos mensajes de la coalición desde los tiempos de Anguita.

Claro que esta tesis del programa es relativa. El corpus ideológico de IU es prolijo –sus programas suelen ser libros, lejos de los folletos de otros partidos– aunque Valderas ya ha resumido casi todo lo básico en un contrato –con notario incluido– que ha puesto a disposición de aquellas fuerzas políticas que reclamen su colaboración parlamentaria. Hasta ahora el único mensaje ha sido que IU contribuirá a que se investigue el caso de los ERE irregulares y será beligerante frente a la corrupción.

Los socialistas, que desde la misma noche electoral ya contaban como propios los votos de la coalición –una costumbre fruto del paternalismo con el que el PSOE siempre ha concebido sus relaciones con IU–, barajan distintas fórmulas de colaboración. Todas son superficiales: la presidencia del Parlamento, un número indeterminado de consejerías menores y algún que otro gesto que permita a Izquierda Unida marcar el acento de la nueva etapa. Poco más. ¿Es suficiente? Se verá.

Lo cierto es que la coalición de izquierdas tiene por delante una oportunidad histórica si es capaz de impulsar –en el tiempo– la génesis de un proceso de regeneración democrática más que necesario en la política andaluza. Algo que debería plasmarse en un nuevo sistema parlamentario de control sobre las políticas de la Junta –una especie de comité bicolor– y otras fórmulas jurídicas para que el sistema autonómico genere sus propias defensas ante la corrupción. No basta con comisiones de investigación. Es preciso un instrumento parlamentario válido para definir las responsabilidades políticas –con independencia de las judiciales– en los casos de irregularidades. Mecanismos que impidan que ciertos usos y costumbres de treinta años de gobierno socialista terminen contaminándoles.

La vía reformista

Las opciones de IU pasan más por el reformismo –en el contexto andaluz sería prácticamente una revolución de terciopelo– que por la desfasada vía revolucionaria, entendida ésta como la reivindicación de ciertas cuestiones históricas discutibles y muy superadas por el tiempo. Si IU es capaz, como ha hecho internamente el movimiento civil del 15-M, de pactar con los socialistas un decálogo de acuerdos mínimos para un verdadero impulso democrático y de transparencia –aceptable por las clases medias– estarían logrando un doble objetivo: mejorar la democracia, un bien de todos, no partidario, y al mismo tiempo desmontar con hechos reales la previsible caricatura con la que –no hay que dudarlo– el mundo sociológico del PP en Andalucía va a iniciar ya una operación a largo plazo para desgastar a la coalición autonómica PSOE-IU antes incluso de empezar a gobernar.

El gran problema, visto desde su orilla, no es tanto la relación con los socialistas. Es la incógnita de si en la coalición existe una conciencia real sobre los peligros de la cohabitación. IU tiene su gran talón de Aquiles en su tobillo: los sectores que, como ya se vió en el caso del Ayuntamiento de Sevilla, gobiernan más en función de una patológica necesidad de reafirmación ideológica –innecesaria, y que no crea más que conflictos– que con sentido común. No se trata de renunciar a la ideología, que en democracia es tan lícita como la del PP. Se trata sencillamente de distinguir cuáles son las verdaderas prioridades sociales, más allá de las partidarias. ¿La reforma agraria, un clásico de la autonomía, o la creación de empleo? ¿Que los ciudadanos vuelvan a confiar en la democracia o los sillones?

El inesperado rédito electoral no debería nublarles la vista: un respaldo del 11,3%, con independencia de su importancia estratégica (fruto del contexto, que cambiará sin remedio), no parece ser aval suficiente para imponer determinadas políticas a toda la sociedad. En cambio, sí parece útil para poder impulsar una renovación tan urgente como necesaria. De ellos depende. Tanto su éxito como su fracaso.

¿Y tú de qué te ríes?

Carlos Mármol | 27 de marzo de 2012 a las 6:05

El PSOE celebra como una gesta la carambola de permanecer en el poder autonómico a pesar de que su respaldo electoral ha descendido en todos los ámbitos. El PP tardará tiempo en digerir la derrota. IU diseña su estrategia.

Alex O´Dogherty, uno de los mejores actores andaluces, tiene un monólogo espléndido que se llama ¿Y tú de qué te ríes? Entre otras disquisiciones sobre el humor absurdo –el mejor de todos– se pregunta en esta pieza teatral la razón por la cual la mayoría de la gente, cuando va por la calle y ve que alguien se tropieza y se cae, mucho más si es un amigo, directamente se parte de risa. Me acordé de esta imagen el domingo por la noche, cuando después de que las urnas dejaran al PP clavado en una mayoría agridulce –50 diputados, muy lejos de la absoluta que todo el mundo esperaba; sobre todo ellos– la televisión (Canal Sur, por supuesto) retransmitía la sonrisa de oreja a oreja que muchos altos cargos de la Junta de Andalucía tenían detrás de Griñán, que comparecía con gesto cansado, como quien sale de una larga pesadilla.

¿De qué se ríen? Supongo que precisamente de lo mismo que contaba O´Dogherty: alguien, de forma inesperada, se ha tropezado por la calle y está en el suelo. Ha tocado el piso, que dicen en la Argentina. La conducta no es demasiado noble, pero responde la verdad. No hay nada que haga más gracia que el fracaso ajeno, mucho más si éste resulta ser inesperado. Y, desde Maquiavelo, ya sabemos que la política –mucho más la meridional– no es noble, ni buena, ni sagrada, como dijera Lorca de la vida. Los socialistas, sin iniciativa política salvo para destrozarse mutuamente desde hace más o menos dos años, con un partido en total interinidad en Sevilla desde hace algo más de un mes, casi no terminan de creerse la carambola que les permitirá, si IU cierra un acuerdo estable de gobierno, retener el poder autonómico.

Cantares de gesta

Y es que, en realidad, los motivos para tanta risa se reducen a la desgracia ajena, no a los méritos propios. Tras cualquier elección es tradicional que los partidos políticos interpreten los resultados electorales como mejor convenga a sus intereses. Cualquier argumento es válido. Griñán habló ayer de que sus resultados electorales son “una gesta”. Quizás estemos asistiendo a una reelaboración de un género literario –de raíz clásica y cuya formulación en castellano es de época medieval– que hace varios siglos que no se practica y que Cervantes terminó de desmontar –creando la novela moderna– en El Quijote. ¿Una gesta? Decididamente es una manera optimista de verlo. Porque lo que señalan de forma nítida las urnas es que la marea del PP está empezando a retrodecer –algo previsible, aunque algunos no hayan sabido verlo– pero no porque los socialistas estén mucho más fuertes. Que uno pierda habiendo ganado y otro gane habiendo perdido no es exactamente lo mismo que ganar y perder de forma limpia. Ni de lejos.

En Andalucía, el PSOE se ha venido abajo. Diez puntos menos de respaldo electoral, nueve diputados menos y 654.831 votos por debajo del baremo de las anteriores autonómicas. Son hechos. Si Griñán se considera a sí mismo como un caballero andante en fiera y desigual batalla contra la derecha será porque, como ocurre en El Quijote, el caballero de la Blanca Luna –que no es el PP, sino los ciudadanos– le ha vencido pero le deja volver sano a casa para que recupere la cordura. La diferencia es que Alonso Quijano aceptó su derrota y el líder del PSOE andaluz no parece estar demasiado dispuesto a asumir esta misma evidencia, incluso con el inesperado regalo de mantenerse en el poder durante cuatro años. Le cuesta. Cosa que da que pensar. Bastante.

Especialmente significativo es el retroceso electoral de los socialistas en Sevilla, la provincia que, pese a todo, sigue siendo donde el PSOE tiene la mayoría. Se mire por donde se mire, los datos permiten resoplar pero no sacar pecho. En relación a las últimas autonómicas –hace cuatro años– los socialistas han caído 11 puntos. Pierden 172.287 votos. En comparación con las elecciones generales –la radiografía política más próxima– el retroceso es algo menor –porque ya estaban bastante mal– pero se acerca a casi los 28.000 votos incluso aunque, en términos relativos, por la redistribución de los sufragios, puedan argumentar una subida de dos puntos. Vano consuelo: la cuestión de fondo es que, a pesar de conservar el poder autonómico, la sangría de votos que se inició en las municipales no ha terminado. Prosigue.

En la capital, donde Zoido volvió a imponerse, el coordinador de la campaña del PSOE y líder de la oposición municipal, Juan Espadas, hizo ayer una lectura positiva de los resultados: si las municipales fueran ahora el PP no pasaría de los 16 concejales. Otra forma optimista de verlo. El PSOE no ha mejorado demasiado: en relación a las generales la pérdida de votos puede cifrarse en 7.181 votos. Es cierto que la burbuja Zoido –dada su sobreexposición provincial– parece que empieza a desinflarse –mucho desgaste en excesivamente poco tiempo–, pero eso no se traduce en un mayor grado de confianza de los electores en favor de los socialistas. Ni mucho menos. El discurso oficial del PSOE resulta previsible pero es impostado.

¿Cuál es entonces la diferencia? Parece que, frente a otras elecciones anteriores, el factor diferencial ahora radica en un hecho inédito: una buena parte de los votos del PSOE han ido directamente a Izquierda Unida, duplicando la representación parlamentaria de la coalición de izquierdas. Hasta ahora lo que ocurría era lo contrario: cada vez que los socialistas apelaban al miedo a la derecha y reclamaban el voto útil, IU era la gran perjudicada. En todos los ámbitos. Los votantes de izquierdas sacrificaban periódicamente a la coalición para sostener a un PSOE débil frente al ascenso de los populares.

Ahora, en cambio, no ha ocurrido esto: Griñán, siguiendo el catón de su partido, apeló al voto útil y centró su campaña en alertar de que el PP desmontaría el Estado del Bienestar, pero los votos huérfanos no se han quedado en las candidaturas socialistas. Se han ausentado –el descenso en la participación ha sido significativo– o se han trasladado a IU. Una diferencia notable. Tanto como para que este factor permita a la coalición de izquierdas, demonizada por el PP en Sevilla en las últimas municipales, jugar un nuevo papel en la política autonómica y, a largo plazo, quizás de nuevo en la municipal. Al tiempo.

La coalición de izquierdas ha recogido buena parte del voto socialista espantado por la sucesión de casos de corrupción. Y este hecho diferencial marcará el futuro: IU, más que en el reparto de cargos, centrará su táctica de negociación política con los socialistas en la máxima de que hay que “abrir las ventanas”. Todas. El electorado no ha avalado la corrupción, como argumentan determinados analistas de Madrid. Sencillamente han dejado a Arenas a las puertas de San Telmo: el mensaje reformista del PP dejó de ser verosímil cuando Rajoy comenzó a gobernar.

Ha pesado también la reforma laboral. Mucho. No se quiere admitir, pero los ciudadanos corren menos riesgos laborales dejando de votar al PP en las autonómicas que secundando la huelga del jueves. Arenas, asumida la debacle, salió al balcón de la calle San Fernando junto a sus ministros en el Gabinete de Rajoy: Báñez y Montoro. Los dos tienen mucho que ver con su trágica coyuntura. Tanto como el bajón electoral en la provincia de Sevilla, capital incluida.

La cuestión interna

Los resultados electorales también tienen una evidente lectura orgánica para los dos grandes partidos. El PP se enfrenta al vacío: la sucesión de Arenas es una incógnita. Durante varios lustros el propio líder del PP andaluz se ha encargado de impedirla, moviendo a los mismos para distintos puestos. Su derrota no es sólo suya, sino también de su guardia de corps. Especialmente en el caso sevillano.

Los socialistas, en cambio, tienen un escenario mucho más cómodo para sus ajustes de cuentas. Los rubalcabistas del Sur, que en caso de una derrota electoral hubieran tomado el poder orgánico andaluz y provincial sin demasiados apuros, ven ahora como la dulce derrota de Griñán y Cía bloquea en buena medida el plan de la reconquista.

Griñán pidió ayer que “le respeten su sitio”. Traducido: que el ejército chavista, sobre todo sus apéndices hispalenses, siempre activos pero casi siempre en la sombra, no piensen que va a dejarles degustar los honores de la caballería andante. Si hay cabeza habrá un pacto entre familias. Es lo más razonable para que la próxima vez su destino no dependa del fracaso de otros más que de sus propios méritos.

La excepción sevillana

Carlos Mármol | 26 de marzo de 2012 a las 6:05

El PSOE resiste la marea electoral del PP en Sevilla lo suficiente para robarle la mayoría absoluta a Arenas. Zoido gana en la capital pero pierde apoyo en relación a las municipales. IU es la fuerza política más beneficiada.

Una victoria diabólica. Amarga. Sin consuelo. El PP, que había planteado desde hace algo más de año y medio estas elecciones autonómicas como una enmienda a la totalidad a los treinta años de gobierno socialista en Andalucía, se quedó ayer a las puertas del poder regional –el Palacio de San Telmo donde Arenas dijo no querer sentarse– porque la provincia de Sevilla, cuya importancia electoral era mayúscula, no respondió con el entusiasmo deseado al mensaje de cambio político lanzado por el líder del PP. Sevilla era clave. Y la clave le cerró la puerta de la mayoría absoluta al PP en Andalucía clavando sus listas en los 50 diputados. A cinco –muy lejos– de la ansiada mayoría absoluta.

Dado que el órdago del PP era total –o César o nada, parecía ser la apuesta de Arenas–, la victoria del Partido Popular, por el juego cruel de las paradojas políticas, se ha convertido en realidad en una especie de infierno de terciopelo. Ha hecho historia al ser por primera vez la lista más votada en Andalucía pero este factor no impedirá que PSOE e Izquierda Unida puedan formar una mayoría suficiente –y legal– en la cámara andaluza. Salvo que la coalición de izquierdas permita al PP gobernar, como ocurrió en Extremadura, no habrá cambio de régimen –según la terminología usada por los populares– y la marea azul que comenzó hace ahora nueve meses en las elecciones municipales parece tocar a su fin. Retrocede.

Si se tiene en cuenta que la fuerza política más beneficiada en el nuevo mapa electoral andaluz es IU –los socialistas han perdido casi diez puntos de respaldo y hasta nueve parlamentarios en relación a la última convocatoria regional– la intensa huida del electorado del PSOE no ha seguido esta vez el guión de las pasadas municipales, cuando –en Sevilla, al menos– terminó beneficiando al PP.

En esta ocasión los electores socialistas se han escorado claramente hacia posiciones de izquierda –quizás como consecuencia de determinadas medidas adoptadas por el Ejecutivo de Rajoy, en especial la reforma laboral– o sencillamente no han ido a las urnas, como señala el notable descenso del índice de participación. En cualquier caso, la demonización de IU –táctica puesta en práctica por el PP en las municipales– no ha tenido efecto alguno en el ámbito andaluz. La coalición de izquierdas ha doblado su respaldo electoral. Algo que marcará la política regional durante los próximos cuatro años.

Que la victoria electoral de Arenas corría el serio riesgo de convertirse en un agrio cambio a medias se confirma si se analizan los resultados electorales en la provincia. Sevilla se convirtió en las pasadas elecciones generales en la aldea gala del PSOE en España –junto a Barcelona– y, en esta ocasión, ha vuelto a ser el principal territorio donde los electores han optado por sostener la hegemonía socialista.

El PP debía incrementar como mínimo en cinco puntos su respaldo electoral en una serie de localidades medias sevillanas –doce pueblos donde las municipales y las generales parecían señalar un cambio de tendencia política– y conservar su ventaja en la capital. Su táctica fue tratar de exportar al área metropolitana y a la mayor parte de estas localidades el llamado efecto Zoido –la popularidad del alcalde hispalense, para algunos más bien populismo– pero la operación ha tenido un éxito discreto. Escaso.

Y no precisamente porque los socialistas hayan aguantado bien en estas plazas. El PSOE ha perdido en la provincia algo más de 31.000 votos –a pesar de que en términos relativos su respaldo electoral crece casi un punto y medio– en relación a las pasadas elecciones generales. Los socialistas no han crecido. Al contrario: muchos de sus votantes han emigrado a las candidaturas de IU –que gana hasta 24.000 votos en términos reales y crece tres puntos y medio– o sencillamente han optado por otras fuerzas minoritarias, que copan juntas 45.000 votos. Su victoria provincial es mínima. Frágil. Delicada. Aunque también suficiente.

El PP: baja la marea

¿Entonces? Parece que el voto prestado que los populares lograron cosechar en las pasadas generales –condicionadas por la gestión de la crisis económica del ex presidente Zapatero– ha emigrado de sus candidaturas. Así lo confirman los datos: el PP ha perdido 76.130 votos en la provincia de Sevilla en relación a los comicios generales. Un retroceso de casi tres puntos y medio. Suficiente para que la situación de partida –que ya era bastante ajustada– se haya complicado hasta dejar a Arenas sin mayoría suficiente para poder desalojar al PSOE de la Junta.

El análisis por localidades no deja lugar a dudas. Los primeros meses de Gobierno del PP en la Moncloa han hecho retroceder a casi todas las candidaturas elaboradas por Arenas en estos municipios. Si el objetivo oficial era ganar cinco puntos en relación a las generales, lo cierto es que los resultados son una broma cruel: esta cifra –cinco puntos de respaldo electoral– es justo lo que el PP ha perdido de media en muchas de estas localidades estratégicas.

En el área metropolitana, donde el PP de Sevilla creía haber abierto una vía de agua contra el PSOE en municipios como Alcalá de Guadaíra o Dos Hermanas, los datos electorales señalan de forma nítida un retroceso de las candidaturas populares en relación a hace sólo unos meses. Un desgaste intenso. Y llamativo. Sólo puede obedecer al efecto de las primeras medidas de gobierno de Rajoy: subida de impuestos, una polémica reforma laboral, incremento del paro.

Tres factores que, sin llegar a mejorar los resultados de los socialistas en la provincia, han sido más que suficientes para que el pulso a la grande planteado por Arenas no haya salido. El PP estableció su propio techo –tres puntos porcentuales de distancia con el PSOE en la provincia– en las últimas elecciones generales. Ahora esta horquilla está en ocho puntos. Una distancia que aleja definitivamente a Arenas de San Telmo, impide a los populares arriar la bandera del PSOE en la provincia y, a pesar de las apariencias, aconseja no ser excesivamente triunfalista en el caso de la capital.

Un retroceso relativo

En la urbe hispalense se ha producido el mismo proceso, aunque con variantes, que en otras localidades provinciales. Los resultados de Sevilla tenían especial interés para medir la resistencia de la figura política del alcalde hispalense, Juan Ignacio Zoido, que encabezaba –de nuevo– la lista provincial a la cámara de las Cinco Llagas. Tras nueve meses de gobierno, el regidor ha vuelto a ganar claramente en la capital andaluza, lo que confirma que, en su caso, su suelo electoral todavía es suficientemente sólido.

Su victoria, sin embargo, padece el mismo mal que en el resto de la provincia están sufriendo las candidaturas del PP: pierde votos. Aunque, en su caso, de forma mucho menos acusada. Los datos señalan que en relación a los comicios generales –Montoro fue el cabeza de lista por Sevilla, pero Zoido tuvo gran protagonismo– el PPha perdido ya más de 21.000 votos. Casi dos puntos. Es un desgate relativamente discreto pero cuya importancia se debe al hecho de que no se produce con relación a los socialistas –el PSOE deja escapar más de 8.314 votos, aunque en porcentaje crezca más de un punto– sino con respecto a sí mismo.

El regidor, que logró 20 ediles de los 33 que tiene el Pleno de la Corporación hace nueve meses, comenzó su mandato con un respaldo global del 49% de los electores sevillanos. Algo histórico. Esta cifra –su techo electoral– bajó ya en las generales –el PP tuvo más votos en la capital pero cinco puntos menos de respaldo electoral– y ahora se ha situado casi siete puntos por debajo de la foto electoral que le llevó a la Alcaldía. Desde entonces a ahora el PP ha perdido 17.000 votos. Una cantidad de sufragios que no pone en peligro su notable apoyo popular pero que señala –también en la capital– que ya se está produciendo un proceso similar a la bajada de la marea en el mapa político provincial. En Sevilla, el agua llegó a la capital pero sigue sin inundar la provincia. Sevilla nació como una isla menor del río Guadalquivir. Políticamente, hasta dentro de cuatro años no va a dejar de serlo.

¿Un cambio a medias?

Carlos Mármol | 25 de marzo de 2012 a las 6:15

Los resultados electorales en Sevilla condicionarán el poder autonómico en Andalucía. El proyecto político de Zoido para la capital depende de la victoria de Arenas. El PSOE entrará en crisis si no aguanta el envite.

Es cierto. Sevilla se juega muchas cosas hoy, jornada de las trascendentes –sobre todo para los políticos– elecciones autonómicas. En cambio, no está tan claro, ni es tan nítido, que los sevillanos nos juguemos demasiado. Toda una paradoja. Indudablemente, lo que se dirime es importante: quién administrará el poder regional, quién repartirá un presupuesto que, por fuerza, será menguante a medida que pase el tiempo y quién decidirá el sentido del ajuste que hundirá a Andalucía en su situación económica real –tenebrosa– durante los próximos cuatro años, como mínimo. Todo esto depende de las urnas.

Los problemas reales, domésticos, de los ciudadanos –el paro estructural, la falta de perspectivas individuales, la ilusión cada vez más inexistente, convertida ya casi en una utopía yerma, el inmenso miedo al incierto futuro– tienen, en cambio, bastante poco que ver con las gráficas que dicte el recuento de las papeletas electorales. El mundo no se va a arreglar en un día. Ni siquiera en dos. Probablemente nunca.

La importancia –relativa– de los comicios, por tanto, es sobre todo política. Pero no en el sentido más noble del término –el interés por el devenir de los asuntos colectivos– sino más bien en su más clásica acepción gremial. Se trata de una pura guerra abierta entre políticos profesionales en la que los ciudadanos somos decisivos pero apenas durante un breve suspiro. Una vez introduzcamos nuestro voto en las urnas pasaremos de nuevo a una posición secundaria en beneficio total de la democracia representativa e imperfecta en la que todos cohabitamos. Así es el cuento.

En el caso de Sevilla, los comicios del 25-M van a condicionar el signo político de la Junta de Andalucía, la gran maquinaria de prebendas y disgustos de la región. Los resultados ya están más o menos escritos, salvo sorpresa mayúscula, en la mayoría de las distintas provincias excepto en tres, entre ellas Sevilla, donde la cuestión está suficientemente abierta como para que en ella se vaya a resolver quién gobernará. Lo que se decide hoy es el gobierno, no la victoria. Todos los sondeos dan por seguro desde hace tiempo que el PP será la lista electoral más votada. Que finalmente llegue a gobernar ya es otra cuestión distinta.

Además de esta lectura, el mapa político autonómico que saldrá del 25-M tendrá incidencia directa en el porvenir inmediato de los dos grandes partidos políticos de la provincia. En el caso del PP sevillano, favorito en la pugna, lo que está por ver es si será capaz de romper por vez primera la histórica hegemonía política de los socialistas. En el ámbito local esta asignatura pendiente se superó hace nueve meses, pero no así en una serie de localidades medias donde el crecimiento de las candidaturas populares está más vinculado a la ola política nacional que a una convicción profunda. Justamente es en estas localidades donde Arenas tiene que crecer –al menos cinco puntos en relación a los resultados de los comicios generales– para poder entrar en el Palacio de San Telmo.

En Sevilla capital, además, está en discusión algo más: la fortaleza de la burbuja política que encarna el actual alcalde, Juan Ignacio Zoido. El regidor encabeza la lista electoral del PP a las Cinco Llagas y su principal reto es no perder sufragios –con respecto a citas anteriores– para poder sostener el crecimiento del PP. Probablemente lo consiga, aunque los resultados autonómicos van a condicionar toda la política municipal el resto del mandato.

El círculo perfecto

Si Arenas es investido presidente de la Junta de Andalucía, el círculo perfecto del PP se habrá cerrado. Zoido tendrá entonces a su favor una herramienta institucional clave para poder consolidar en el tiempo su proyecto para dirigir la capital de Andalucía. El aval de la administración regional es esencial para él en muchos sentidos. Primero, en el orden simbólico: sería la primera vez que el PP dominase en ambos escenarios políticos. Después, en el terreno práctico: casi todos sus proyectos de cierta envergadura –centrados en una concepción del urbanismo muy similar a la que nos ha llevado a la debacle económica– requieren pasar filtros autonómicos que, con Arenas en la presidencia de la Junta, no sólo serán superados, sino que probablemente se eliminen por completo.

Igual que en una profecía bíblica: las barreras (para hacer ciertas cosas) caerán. El camino (en determinada dirección) se allanará. Y el poder popular será como el Dios del Antiguo Testamento: omnipresente. Hasta el punto de poder calificarse de excesivo. Basta ver algunos de los argumentos de campaña del candidato popular a la Junta para darse cuenta de que la sintonía política que se establecerá entre la Plaza Nueva y el Palacio San Telmo será total. Nítida. Completa. No es raro: Zoido es una exitosa creación (política) de Arenas.

Habrá a quien esta circunstancia –que la Alcaldía hispalense sea la correa de transmisión de la Junta del PP– le parezca una cosa ideal. Y a quien le asuste el simple hecho de pensarlo. Hay que ser pacientes. No es tampoco la primera vez que ocurre: la historia democrática de Sevilla tiene precedentes ilustres. La ciudad rara vez ha tenido a un alcalde independiente, entendiendo tal adjetivo en relación a Sevilla, más que a su propia organización política. La ciudad ha elegido o a alcaldes con excesiva sintonía con la Junta –motivo por el cual su perfil político venía a ser redondo, poco reivindicativo, instrumental– o a regidores en eterno conflicto virtual con la administración autonómica, casi siempre por intereses –también– partidarios más que institucionales.

En el primer caso, la ciudad perdía peso político. En el segundo, quedaba sin capacidad de influencia. En ambas situaciones los beneficios han sido muy escasos. De este bucle parece difícil que salgamos. Sólo podría hacerse con otros perfiles políticos. No se adivinan en el paisaje. Si Arenas gana y gobierna, el plan de ajuste que el PP tiene previsto hacer en el Ayuntamiento hispalense –incluidas las empresas y organismos autónomos– y el proyecto de corte revisionista del que se han visto notables muestras en estos nueve meses no tendrá ya freno.

En cambio, si por una broma cruel del azar el PP no llegase a la presidencia de la Junta –con independencia de que se abriría de golpe el melón del liderazgo en el PP en Andalucía, un proceso en el que Zoido parece estar muy bien colocado– y PSOE e IU logran armar un gobierno autonómico estable, el grado de confrontación entre la Plaza Nueva y el Gobierno regional subirá hasta máximos históricos. De nuevo, por motivos partidarios que, si se mira bien, son los que casi siempre condicionan la política patria. Al menos, en el mundo meridional. En todo caso, la revolución reformista del PP en Sevilla quedaría en este supuesto como un proyecto a medias, abortado. Detenido. Algo que, a largo plazo, puede terminar hasta provocando el cuestionamiento de la emergente figura del alcalde.

La espiral interna

Los socialistas no tienen este problema. Su disyuntiva es mucho más simple: o resistencia o nueva crisis interna, quizás para situarse durante años en una posición secundaria inversamente proporcional al poder total del que han disfrutado durante las tres décadas de autonomía. El PSOE de Sevilla se juega todo o nada el 25-M: si aguanta el envite y conserva su secular liderazgo político provincial, aunque sea por la mínima, habrá alguna posibilidad, por remota que parezca con Arenas en la Junta, para poder al menos dar la batalla de la oposición.

Si en cambio es barrido de sus feudos sevillanos –una hipótesis que parece difícil, pero ni mucho menos imposible– el guión está escrito: nueva crisis interna, en este caso sangrienta, a la vuelta de la esquina. Primero en clave regional; después provincial. Una guerra púnica completa de la que parece complicado que salga una alternativa sólida. Más bien , a lo sumo, una nueva variante de las tribus socialistas. Insuficiente para una organización política que, si hoy cae en las urnas, tendrá que pasar un purgatorio que será tan largo e inmisericorde que, probablemente, a muchos se les haga eterno. Como el infierno, tan temido.

Cosas que hacer cuando estás muerto

Carlos Mármol | 23 de noviembre de 2011 a las 6:03

El PSOE cuenta con escaso tiempo para remontar la mayoría del PP en Andalucía · La crítica situación obliga a dar un giro político en la Junta, buscar alianzas y taponar la ‘guerra interna’.

La cuenta atrás ha comenzado. Y el tiempo, como dijo Quevedo en un verso, es la única cosa que nunca tropieza. Siempre sigue su camino. Igual que una saeta. Los socialistas andaluces tienen apenas cuatro meses –dependiendo de la fecha exacta que finalmente elija Griñán para convocar los comicios regionales– para recomponer la delicada situación electoral que el domingo mostraron las elecciones generales: 751.433 votos menos y una considerable vía de agua que quiebra la leyenda histórica de su imbatibilidad en Andalucía. Ya no se trata de encuestas o sondeos. Son las urnas.

La situación es crítica. A pesar de las declaraciones de estos días, en las que los socialistas intentan relativizar el ascenso del PP, no queda otra salida. Todo obliga a Griñán a adoptar una estrategia ofensiva si realmente quiere frenar la ola que desde Madrid parece aupar a Javier Arenas al Palacio de SanTelmo.

No es fácil: además del estrecho plazo disponible, el viento juega en contra, la tesis de que los recortes que aplicará Rajoy beneficiarán al PSOE andaluz no es perfecta y la situación orgánica es altamente explosiva. La llamada a la unidad –que se va a poner en escena en un gran acto conjunto, según se supo ayer– no garantiza por completo que, con un congreso federal previsto en febrero, a un mes de que los andaluces vayan a las urnas, la lucha por el poder interno no termine traduciéndose en un drama añadido. Probablemente, el peor.

De todo esto se habló, y mucho, en la Ejecutiva que los socialistas celebraron el lunes. La lectura oficial es que existe una “base sólida” para ganar en marzo, que se puede remontar y que ahora es necesario que Andalucía (el 25% de los delegados al congreso federal) acuda unida tanto al cónclave en el que se disputará el poder interno –en un partido que está siendo expulsado de las instituciones– como a las elecciones.

Dejando de lado la versión oficial, siempre insuficiente, lo cierto es que el PSOE andaluz sólo cuenta con un arma válida frente al ejército popular: la Junta. Un soldado que está cercado en una trinchera tiene dos opciones:o rendirse o pelear con el fusil que le quede en la mano. Punto. De ahí que probablemente en los próximos meses empecemos a ver un significativo y rápido viraje –inevitable, por otro lado– en el papel que hasta ahora ha venido jugando la administración regional. La Junta tendrá que dejar atrás el perfil que le es inherente y propio (el institucional) para ponerse a trabajar en clave política. De campaña. De guerra.

¿Cómo se concreta este giro? Con una estrategia conjunta en relación a los mensajes, la visibilidad pública y la capacidad (teórica) del Consejo de Gobierno para jugar un papel protagonista en la liza política. Algo evidentemente poco ortodoxo, pero que, igual que ha ocurrido en territorios como Castilla-La Mancha, donde el PP usó sin problemas las instituciones para aumentar su mayoría, es consustancial a una situación de guerra a vida o muerte.

Además, es urgente. Los socialistas quieren poner en valor sus posibles activos políticos. En las dos grandes cuestiones que planea explotar el PP en los próximos meses –el conflicto con los funcionarios por la reforma de la administración y la trama de los ERE– cuentan poco margen de acción. La investigación de la juez Alaya seguirá dándoles disgustos y el litigio con los funcionarios tiene ya difícil marcha atrás. A lo sumo, el único aspecto a trabajar en este campo pasaría por mantener las condiciones de los trabajadores públicos frente a los posibles recortes (salariales) que aplique el Gobierno de Rajoy. Una forma de singularizarse sin moverse demasiado.

Los socialistas creen que la ola popular ha tocado techo con la victoria del 20-N. Su tesis –la que les hizo separar los comicios estatales de los regionales– es que la acción de gobierno del PP ayudará a que muchos ciudadanos vuelvan a confiar en ellos. La teoría se antoja excesivamente optimista:es obvio que las decisiones que vaya tomando el Ejecutivo de Rajoy causarán perjudicados, aunque eso no significa necesariamente que todos estos ciudadanos vuelvan a votar a los socialistas. De hecho, la certeza que dejan estas últimas elecciones es otra distinta: miles de votantes del PSOE han huido despavoridos hacia otras marcas políticas. IU y UPyD, esencialmente.

La Junta no tiene otra opción que tratar de singularizarse con resoluciones políticas propias frente a la agenda de Rajoy. Y debe hacerlo evitando la confrontación –que tanto le ha criticado el PSOE al PP– sobre la base de explotar políticamente sus decisiones. En la mano tiene dos instrumentos: su presupuesto y la actividad institucional, cuyo protagonismo mediático está garantizado. Aunque tendrá que pasar a los hechos de forma inmediata para ser creíble. El mantra sería del siguiente tenor: “En España recortan médicos y profesores; en Andalucía, en cambio, se mantienen”. Y así una y otra vez. Hasta el infinito y con todas las cuestiones posibles, especialmente las políticas sociales, asunto al que, según los socialistas, los ciudadanos son extremadamente sensibles.

Para que la estrategia funcione hay que hacer cambios en el capítulo de la comunicación. La percepción de la calle, sobre todo en la última fase de la era Zapatero, es que quien ha recortado políticas sociales ha sido el PSOE. “Esta afirmación va a cambiar cuando Rajoy empiece a gobernar”, explica un destacado dirigente socialista. Toda la receta se resume en dos palabras:hay que responder a los ataques (de Madrid) y vender las políticas (sociales) diferenciales. Y confiar en que la pulsión de cambio político después de tres décadas de gobierno no sea superior.

Después vendría el terreno de las alianzas. Se trataría de recuperar las bolsas de voto estratégicas para, contando con que el PP no crezca más –la hoja de ruta de Arenas consiste en intensificar su presencia en las localidades interiores, donde el PSOE de Sevilla, por ejemplo, ha resistido– conseguir remontar lo suficiente para articular un pacto de gobierno con IU. Los votos que los socialistas pierdan por la izquierda tendrían pues una importancia relativa, ya que, al final, dado como están las cosas, terminarán en la misma bolsa común, si bien pagando determinados peajes. Junto a la entente cordiale política, vendría la sindical: al igual que el PP buscó una alianza estable con la patronal andaluza, los socialistas intentarán rubricar un acuerdo conjunto de acción con UGTy CCOO. Un frente público en defensa de las políticas sociales y contra los recortes del Gobierno del PP.

La papeleta más difícil de todas es la orgánica. Fundamentalmente porque un congreso se sabe cómo empieza –ahora hay dos opciones potenciales: los viejos patriarcas contra la reformulación del zapaterismo– pero nunca cómo termina. La lucha por el liderazgo en el PSOE federal amenaza con abrir en canal a la organización andaluza, enredada desde hace tiempo con sus propias batallas internas, a un mes para los comicios. Imposible de soportar.

La obsesión es dar una imagen de unidad. Algo que sólo parece posible aplicando la fórmula de paz por listas. Esto es: la dirección regional dejará margen a los secretarios provinciales –algunos abiertamente hostiles a Griñán, especialmente la cuota gaditana– para confeccionar las candidaturas autonómicas a cambio de un congreso autonómico sereno que no ponga en cuestión a la dirección regional.

Este hipotético acuerdo entre las distintas familias tropieza con una piedra de considerable tamaño: ¿qué papel jugarían en la trama los dos referentes andaluces en la Ejecutiva federal, Chaves y Zarrías? Una incógnita de cuya resolución depende casi todo su éxito. Porque lo cierto es que si la guerra sin cuartel que viene sucediéndose durante los últimos años en el seno del PSOE andaluz termina en una coyunda circunstancial, en función de lo que ocurra en Andalucía el próximo mes de marzo el asesino (político) de Griñán puede no ser Arenas. Sino los suyos.

La orfandad de los argumentarios

Carlos Mármol | 10 de julio de 2011 a las 6:10

Los socialistas se enfrentan a los preámbulos electorales de los comicios generales y autonómicos con una sensación de fin de siècle. Su discurso flirtea con un giro a la izquierda que desde el poder nunca han ejercido.

Se acuerdan de los hipotecados cuando truena por Levante y por Poniente. Cuando la embarcación zozobra debido a una tempestad cuya violencia destroza cualquier esperanza. O, quizás, como diría un malvado, cuando aquellos que pueden tener pronto créditos en situación de impago son ellos mismos. Cada uno que saque sus propias conclusiones. El caso es que los socialistas empiezan a andar el largo y tortuoso sendero hacia los próximos comicios autonómicos y generales –sean juntos o por separado, que esto todavía es misterio– con un inevitable sentimiento de fin de siècle, decadente, decimonónico. ¿Se ha terminado para siempre la dorada fase del poder? ¿Andalucía, igual que Roma, va a ser conquistada por los bárbaros?

La resolución política que el PSOE de Sevilla aprobó en su último comité provincial, celebrado hace unos días, confirma sin decirlo explícitamente que el principal problema de los socialistas, el que quizás los lleve a la debacle, no es Zapatero, ni la crisis, ni tampoco el vendaval ascendente que arrima al PP a todos los poderes posibles, y casi imposibles, del Estado. Sencillamente es la falta de ideas. De fondo. La enorme dificultad para recuperar la coherencia entre lo que se dice en público y lo que se hace (cuando se gobierna). Una especie de orfandad de argumentarios que corre el riesgo de convertir las próximas elecciones en una metáfora extraña: la dación en pago del poder.

–Bueno, aquí tiene usted [póngase aquí el nombre del correspondiente candidato del PP] las llaves del piso [nombre de la administración que proceda]. Ya es todo suyo. Yo me marcho.

Más o menos así. Claro que en el caso del PSOE no habrá entidad financiera que le reclame la deuda pendiente tras la subasta, porque la finca no se venderá al propio banco por el 60% de su valor, sino en su totalidad. Lo más que puede ocurrirles es que, durante algunos años, les pongan la cara colorada recordando todos los errores previos cometidos. Pero el patrimonio (material;el moral es ya cosa distinta) no lo perderán. Les quedará el regusto, si saben apreciarlo, de la melancolía. Una diferencia significativa con respecto a las familias que pueden perderlo todo, hasta el futuro amargo, por no poder pagar la letra del piso.

En el último cónclave de los socialistas sevillanos, cuya vida interna suele caracterizarse por las luchas de poder y las diatribas fenicias –prueba de la profunda pérdida de valores que padece la izquierda–, se concluía que, además de la crisis económica, el profundo retroceso de apoyo popular se debe a “los errores de comunicación con la sociedad”. Y se llamaba la atención sobre el fenómeno del movimiento ciudadano 15-M, que ha conseguido lo que ningún partido político: resultar creíble.

¿Se debe todo a un problema de no saber transmitir las cosas? No lo parece. Esta misma semana un estudio sociológico daba un dato demoledor: el 85% de los ciudadanos piensa que la corrupción es la moneda de cambio de la vida pública española. La ingenuidad sólo funciona para el 15% de los encuestados. La gente, aunque los distintos poderes hagan todo lo posible por evitarlo, sabe o intuye mejor de lo que creemos lo que ocurre. Y cuando se descubre la verdad que hay bajo la alfombra lo heroíco es seguir creyendo en el sistema. Los partidos son una parte sustancial del sistema, aunque, según convenga, hagan un discurso educadamente demagógico contra él.

Parece además que ésta es la línea por la que van a optar los socialistas ahora que la marea azul del PP amenaza con arrasar Madrid y convertir el viejo bastión inexpugnable de Andalucía en el templo derruido de Salomón. Un giro a la izquierda que parece concretarse en un repentino discurso contra los bancos alimentado a partir de una reforma (levísima) de una de las injusticias de la legislación hipotecaria. Suficiente, les parece a algunos estrategas del PSOE, para fingir un loable humanismo.

El problema es que este señuelo tiene visos de no funcionar. Mayormente porque las clases medias –que deciden su voto en función de sus intereses– perciben que no se trata más que de teatro. Un escorzo demasiado forzado para captar más que ingenuos. Y no precisamente porque el PP genere mucho entusiasmo, sino porque sencillamente la sensación que han dejado determinadas políticas de los socialistas entre su propio electorado es muy parecida a una estafa.

En la convención del PSOE sevillano hubo hasta quien propugnó una reformulación integral del mensaje político del socialismo. Una cuarta variante que vendría a adaptar el viejo sueño de Pablo Iglesias a las circunstancias. El análisis partía de la base de que los socialistas empezaron siendo marxistas (primera etapa), posteriormente abrazaron la socialdemocracia (fase dos) y, al menos en España, descubrieron por último la tercera vía del republicanismo cívico que en su día encarnó Zapatero. Liquidada esta fase –más bien liquidado políticamente el todavía presidente del Gobierno– tocaría hacer otra destilación del proyecto político que fuera capaz de convencer a los ciudadanos de que no es del todo cierto lo que se ha coreado en todas las plazas ocupadas en los últimos meses por el 15-M: no existen realmente diferencias sustanciales entre PSOE y PP.

Si se profundiza en la lógica de este discurso aparecen dos omisiones. Yno son precisamente menores. Se resumen en dos preguntas: ¿Después de tantas adaptaciones queda realmente algo suficientemente puro del mensaje socialista original?¿El pragmatismo y el relativismo moral no son los motivos que han terminado por consumir la credibilidad del PSOE? Convendría formularse ambas cuestiones. El gran talón de Aquiles de los socialistas quizás sea que no recuerdan la célebre frase de Abraham Lincoln: “No se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo”.

Seguramente a algunos esta afirmación les parecerá muy gruesa. Exagerada. Injusta. Puede ser. Aunque quizás su juicio sea fruto de una conveniente autoabsolución. A modo de razones uno recordaría varios episodios que pueden explicar “la desafección”, como la llaman los propios socialistas, “de la ciudadanía”. Formuladas de forma genérica, como preguntas retóricas, sin destinatario concreto, quizas se entiendan mejor y no provoquen la airada reacción de algún aludido, incapaz de soportar la prueba del espejo.

Son más o menos éstas:

  • ¿Quién renunció a desinflar la burbuja inmobiliaria que ha destrozado la economía?
  • ¿Quién negaba que la crisis era crisis?
  • ¿Quién renunció no ya a intervenir en el mercado inmobiliario (en el que se vende un producto básico que es de primera necesidad) sino sencillamente a crear, al menos a título informativo, un organismo oficial de tasaciones que facilitara una mínima referencia creíble a las familias que sopesaban la posibilidad de asumir una deuda hipotecaria eterna sobre una tasación ficticia que siempre pagaban ellas pero elegían las entidades financieras?
  • ¿Quién gobernó durante lustros, hasta la reciente reconversión, algunas de las principales cajas de ahorros de este país?
  • ¿En qué negocios invirtieron estas entidades durante la pasada década?
  • ¿De qué color político son los dirigentes de sus consejos?
  • ¿Por qué no se adapta la ley hipotecaria española a criterios equivalentes al de un país tan liberal como Estados Unidos?

El único argumentario factible debería escribirse tras responder, con sinceridad, a todas estas dudas. El camino es conocido. La iglesia lo hacía con un cura y la ética no confesional a través de uno mismo. Pero el proceso íntimo siempre es el mismo. Etapas de la expiación: examen de conciencia, acto de contrición, confesión, penitencia y, al final, absolución. Por ese orden.