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El alcalde y sus heterónimos

Carlos Mármol | 17 de junio de 2012 a las 6:15

La hipótesis de que Zoido termine liderando el PP andaluz tras la renuncia de Arenas mantendría a la ciudad en la pesadilla de unas elecciones perpetuas, una coyuntura que no contribuirá a resolver sus problemas.

No es ninguna sorpresa. Y, sin embargo, lo parece. Desde que en marzo el camino hacia San Telmo se cerró de golpe para Javier Arenas, líder de la derecha andaluza desde hace ya dos décadas, la figura de Juan Ignacio Zoido, alcalde hispalense apenas hace un año escaso, era la mejor posicionada, por numerosos factores tanto de índole institucional como personal, para protagonizar un proceso de sucesión que algunos –por la cuenta que les traía– no querían ni plantearse.

Pues bien: el tiempo ha pasado y el relevo político de Arenas ya es oficial. Zoido no es que aparezca en las quinielas, sino que ha sido ungido por la mayoría orgánica establecida, cosa que resulta inquietante si se tiene en cuenta que ni siquiera se ha esperado a la celebración del congreso propiamente dicho, después de que el difunto líder lo señalara directamente con el dedo. Igual que hizo Aznar con Rajoy. Por consenso, sobre todo, con respecto a sí mismo.

Junto a este paralelismo, donde la opinión de los militantes parece no contar demasiado, el relevo de Arenas al frente del PP confirma otra vieja tesis sobre el poder: dirigimos como somos. Incluso aunque no se buscase, la Operación Zoido termina teniendo cierta coherencia en relación al estilo de mando con el que Arenas ha dirigido su organización durante dos largos decenios. La figura se llama rotación. Pero en los mentideros populares se usa otro nombre más malévolo y, por eso, acertado: el síndrome de los moros de Queipo.

Consiste en trasladar sin descanso a los mismos nombres –cuatro o cinco, apenas– por los sucesivos puestos claves, institucionales u orgánicos, para poder controlar la dirección de un partido político. Es lo que ha hecho Arenas durante estos cuatro lustros en los que su guardia de corps se ha repartido sin cesar los cargos internos, electorales, parlamentarios o municipales. Los mismos en todos sitios. Llamativa manera de modernizar una organización política.

Zoido, políticamente hablando, es consecuencia directa de esta singular forma de dirigir. Por eso en el ámbito municipal, en el que lleva ya seis años, el próximo jefe de filas del PP regional la adoptó como propia llevándola casi al extremo. Hasta el punto de anular literalmente cualquier hipotético protagonismo político de sus colaboradores, que apenas son unos meros figurantes en un decorado prefabricado donde la única estrella cuyo brillo resulta tolerable, o conveniente, bajo pena de excomunión si se incumple el mandamiento, es la del alcalde.

No es por tanto nada extraño que Zoido vaya ahora a ser designado presidente del PP andaluz con idéntico procedimiento –gracias a una decisión digital, aunque de paternidad discutida– cuyo brevísimo atenuante, impostado en realidad, son las cautas declaraciones que el regidor hizo en las horas previas a que el aparato decidiera que, en realidad, no es necesaria discusión alguna porque todo está ya consumado.

La fórmula usada fue un motivo retórico clásico. Una captatio benevolentiae basada en la apelación pública y expresa a la propia humilitas. Generalmente funciona. Pero los buenos oradores saben que no es más que puro teatro. Que Arenas no confiaba en demasiada gente a su alrededor –cosa natural si se ha leído a Maquiavelo– era cuestión sabida. Que uno de ellos –apenas son cuatro más– era Zoido, también, a quien el todavía jefe popular impuso en la carrera municipal de Sevilla hace seis años manu militari, sin importarle nada relegar a puestos secundarios en la política autonómica a Jaime Raynaud, su antecesor en la Plaza Nueva, uno de los escasos políticos realmente liberales que militan en el PP andaluz.

Zoido siempre ha sido una prolongación política de Javier Arenas. De nadie más. De ahí que, al igual que en su momento le sucedió a Rajoy tras el dedazo, su primera misión será ganarse la legitimidad real, que es distinta a la formal. Lograr un verdadero liderazgo que, de entrada, le viene ancho, ya que no ha sido objeto de una auténtica discusión interna. Arenas juega todavía a ser su mentor aunque en el PP existe la tesis –no del todo incierta– de que se ha producido un cierto distanciamiento entre ambos a raíz de la derrota de las autonómicas. Una teoría que explicaría la abrupta marcha del líder del PP andaluz tras perder un pulso interno –el segundo– con la actual secretaria general del partido, María Dolores de Cospedal. Su victoria parece no haber sido muy costosa a tenor del batacazo electoral del mes de marzo.

Todas estas cuestiones, que son estrictamente partidarias, resultado de la eterna guerra por el poder, las alianzas y las traiciones que se producen en cualquier organización humana, por diminuta que ésta sea, y que nada tienen que ver con los problemas reales de la gente, son las que probablemente van a marcar la agenda política de Sevilla en los próximos años. Una coyuntura tan desgraciada como anómala.

La pregunta salta a la vista: ¿cómo va a afectar a la ciudad que su alcalde, recién elegido casi, se lance a la arena política autonómica? ¿Debe hacerlo? ¿Puede? No vamos a incurrir aquí, como han hecho otros, en los habituales consejos que buscan disuadir al regidor de su derecho a postularse como el sucesor de Arenas.

Él sabrá. Es cosa estrictamente suya. Nadie le puede criticar que tenga ambición –cuestión distinta es su capacidad para defenderse en la tarea de ejercer un rosario de cargos que superan incluso a los múltiples heterónimos de Fernando Pessoa, el poeta portugués afectado por la patología del desdoblamiento múltiple– y que su éxito electoral de hace menos de un año le avale realmente como posible opción para liderar su partido en Andalucía.

El problema no es si puede o debe hacerlo, sino si Sevilla necesita –justo en estos momentos– un alcalde a tiempo parcial, dedicado, junto al protocolo de la Alcaldía, a una larga carrera electoral para la que, aunque es cierto que quedan todavía cuatro años, es necesario comenzar a correr una vez cerradas las urnas de la elección previa.

Hay quien cree que todo esto juega a favor de Zoido. Que la Alcaldía es mucho mejor trampolín que el Parlamento autonómico –al que renunciaría, igual que a la FEMP– y que su gestión en Sevilla constituye una excelente herramienta para hacer oposición a la Junta. Todas estas teorías, fruto de la herencia cortesana que ha marcado la política española desde el Siglo de Oro, obvian una cuestión trascendente: los juegos políticos no sirven de mucho –salvo como espectáculo sangriento, igual que ciertas comedias y dramas de Shakespeare– si no resuelven algunos de los verdaderos problemas de los ciudadanos. Mucho más en este devastador contexto económico.

Zoido, que repite que su sitio es Sevilla –la cuestión no es el lugar, sino el cargo–, parece haber optado por una especie de extraña huida hacia adelante. ¿Huir un triunfador? se preguntarán su exégetas. Pues sí. Cualquiera que conozca la política municipal sabe que los proyectos que no se acometen en los 24 primeros meses de mandato son inviables. Zoido ha consumido ya doce sin excesivo éxito. Una encuesta confirma estos días que ésta es la opinión mayoritaria. Lo que significa que, probablemente, las cimas electorales de hace un año ya no son tales.

Gobernar implica decidir, lidiar con el descontento, desgastarse. Un terreno en el que el alcalde jamás se ha movido bien. Zoido lleva más de un lustro en una campaña electoral perpetua: primero, como aspirante a la Alcaldía; después, como opositor contra un gobierno que él acusó de ilegítimo y, ya en la Alcaldía, como ariete del asalto de Arenas a San Telmo. De repente, la rueda se ha detenido.

¿Qué hacer? Continuar con la estela electoral usando a la ciudad como pretexto. Mala cosa: Sevilla no es un argumento político, sino una urbe que necesita soluciones. Todo induce al pesimismo. Quizás por aquello que nos dijo Quintiliano en sus Institutio Oratoria: “Facilius est multa facere quam diu” [Es más fácil hacer muchas cosas que hacer una durante mucho tiempo].

La cohabitación

Carlos Mármol | 1 de abril de 2012 a las 6:05

Los resultados autonómicos redibujan el panorama político en el Ayuntamiento hispalense. Las cosas aparentan seguir igual pero las percepciones han cambiado. Zoido no podrá ya apoyarse en Arenas. PSOE e IU toman aire.

Las grandes victorias, y por tanto las derrotas, que son su reverso, no obedecen simplemente a los azares de la aritmética, la suerte, los méritos o el capricho. También dependen –y bastante– de la psicología. De la mirada. Los comicios autonómicos de hace una semana, en los que el PP se quedó en el umbral de San Telmo –llamando a las puertas del cielo, por utilizar el símil dylaniano–, también han modificado la política municipal sin llegar en realidad a alterar la situación que hace nueve meses situó al PP al frente del Ayuntamiento de Sevilla con una mayoría histórica.

Todo continúa igual. Y, sin embargo, casi todo ha cambiado. Otra cuestión es que quiera aceptarse de esta forma. Resulta evidente que, según la lectura oficial, los populares no han perdido la mayoría –sólida– que los aupó a las alcaldías de las capitales andaluzas. El suelo electoral del PP es muy fuerte –decir lo contrario sería pecar de ingenuo– pero la tendencia subyacente que señala el 25-M parece fortalecer la tesis de que la cosecha municipal fue tan excepcional para los conservadores porque se situó justo en el punto en el que la marea popular subía. Los últimos indicios apuntan a que ha comenzado a bajar.

Y dicen algo más: a pesar de que el sistema electoral fija periodos de gobierno de cuatro años –por un criterio lógico de estabilidad política– la crisis económica en la que vivimos desde hace ya casi un lustro es capaz de cambiar en un plazo bastante más corto las fotos que arrojan las elecciones. Sin dejar de ser válidas, ya no son perdurables. Mutan a velocidad de vértigo. Cosa que debería hacer reflexionar a los legisladores sobre si la representatividad política no debería, como ocurre con la legislación laboral, empezar a explorar nuevas vías, más flexibles, que respondan a los cambios de opinión de los ciudadanos.

Cambio de percepción

El gran cambio que nos ha traído el 25-M no es el que señalaban los sondeos: la sustitución de los socialistas por los populares en la Junta de Andalucía. Tampoco el cambio seguro que, según la terminología de campaña, reivindicaban los socialistas, entre otras cosas porque después de más de tres décadas en el poder en el Sur de España tratar de obviar la idea de que las cosas deberían ser distintas resultaba argumentalmente obsceno. No.

El gran cambio ha sido mucho más sutil y, quizás justo por eso, bastante más profundo. Se trata de un cambio de percepción. De óptica. Los ciudadanos ya no dan cheques en blanco a nadie –no hay liquidez bancaria, mucho menos de confianza– y retiran los ahorros, que en política son el crédito y los votos, cuando creen que el sendero por el que caminan los gobernantes es equivocado. Lo hacen con independencia de cuál sea tiempo transcurrido y obviando los formalismos de propio sistema electoral. Sin problemas. Es natural: la situación social, económica y política es de urgencia nacional.

En el caso de Sevilla, uno de los focos de la batalla política que vienen librando populares y socialistas desde las municipales –unos para conseguir la supremacía plena; otros para sencillamente evitar su desaparición–, el movimiento sísmico sobre todo ha sido de perspectiva. Un terremoto silencioso y, en el caso del PP de Sevilla, excesivamente prematuro. Increíble.

Los populares tenían motivos para la confianza: todos los hitos que jalonaban su pugna con los socialistas parecían allanar el camino hacia el triunfo. Arrasaron en las municipales, triunfaron en las generales y, según todos los estudios, el pálpito social –más escénico que cierto, pero éste es otro tema– prácticamente daba por hecho que Roma –Andalucía, tierra por igual de vicios y oropel– caería de su lado. Pues no.

El desajuste ha cogido al PP tan a traspié que va a tardar en poder articular un discurso, siquiera defensivo: los leales estafados son peores que los aduladores interesados. La misma noche electoral el alcalde de Sevilla, Juan Ignacio Zoido, el símbolo de este ascenso al poder abortado en su última estación, repetió el mismo argumento de su particular campaña electoral: “La alianza PSOE-IU es un pacto de perdedores. No durará”. Quizás sea así, pero serán quienes gobiernen Andalucía cuatro años. Y eso, en cierto sentido, sí es una victoria. Incluso aunque la política no sea únicamente el poder.

No resultan nada extrañas las palabras de Zoido, aunque afortunadamente se haya desvinculado con ellas de la oleada de lugares comunes, insultos y reprobaciones que desde los creadores de opinión –llamativo término para referirse a los propagandistas de plantilla– de Madrid dedican a los andaluces por haber ejercido en un determinado sentido su derecho al voto. Zoido es quien más va a padecer que la última apuesta de Javier Arenas haya salido mal. En términos personales (una cuestión privada y, por tanto, respetable), pero también en el campo político. De forma directa.

El gobierno local, que tiene por delante casi la totalidad del mandato municipal,se enfrenta a un grave imprevisto con el nuevo panorama político que se dibuja en la Junta de Andalucía. Un escenario, porque la política es sobre todo una puesta en escena ante los ciudadanos, a los que hay que convencer, que va a condicionar toda su gestión. Hasta el momento –nueve meses después de la victoria– el plan de ruta de Zoido ha consistido en golpes de efecto –muchos fallidos por un exceso de confianza–, cambios aparentes en el seno del Ayuntamiento –caras nuevas, vicios eternos– y un sentido de la paciencia que sólo se explica por la estrategia del PP de dejar que el cambio se consumase.

Al contrario que Rajoy, forzado por las circunstancias, el alcalde ha evitado tomar cualquier medida impopular –cayendo repetidas veces en un revisionismo inexplicable– para que su enorme crédito político, avalado por las urnas, aunque discutible, no perjudicase las aspiraciones de Arenas. Una opción singular que se concreta en un gobierno que hace oposición a la oposición en lugar de gobernar asumiendo riesgos, apostando y enfrentándose al desgaste inherente al ejercicio del poder.

La nueva situación complica todo esto. Lo impide. Zoido tendrá que empezar a gobernar –si quiere sobrevivir en el tiempo– sin demora, sin aliados (Arenas no estará en San Telmo) y con su principal embajador exterior –el líder del PP andaluz– en horas bajas en Madrid. Bastante más solo que antes, cuando estaba en multitud. Si Arenas hubiera ganado, el PP sevillano lograba la cuadratura del círculo: interlocución privilegiada, flexibilidad legislativa, sintonía y presupuesto ajeno a su servicio.

La derrota autonómica limita el campo de acción a lo institucional. Es lo más razonable –avivar la confrontación desde las instituciones no es valorado por los ciudadanos– pero parece improbable. Veremos. Pero lo cierto es que incluso la vía de ataque –a una Junta controlada por PSOE e IU– ya no sirve: el campo de juego para la confrontación ha saltado de escala. La pelea, cruenta, va a ser entre Madrid y Sevilla, no entre San Telmo y Plaza Nueva. Es la tragedia de pasar de ser un actor principal al elenco de reparto. Comienza la cohabitación.

Espadas: nueva estación

Este proceso afecta también a la oposición. El cambio de percepción que pone en crisis el rol del PP como partido triunfante ayudará a que su papel, necesario, se evalúe sin los prejuicios de quienes tienen miedo a caminar lejos del poder. Espadas sostiene que Zoido ya ha perdido la mayoría absoluta que logró en las municipales. Los datos le avalan, pero si el análisis se hace sobre las generales –la última foto política– el saldo no induce tanto al optimismo. Los socialistas mejoran pero siguen perdiendo votos que van a parar a IU. La derrota dulce de Griñán le ayuda –a la espera de contemplar las tensiones orgánicas– pero sólo ha cumplido un hito (acelerar el desgaste de Zoido, que era previsible por sus propios excesos) del camino hacia la Alcaldía. La estación termini todavía queda lejos.

¿Y tú de qué te ríes?

Carlos Mármol | 27 de marzo de 2012 a las 6:05

El PSOE celebra como una gesta la carambola de permanecer en el poder autonómico a pesar de que su respaldo electoral ha descendido en todos los ámbitos. El PP tardará tiempo en digerir la derrota. IU diseña su estrategia.

Alex O´Dogherty, uno de los mejores actores andaluces, tiene un monólogo espléndido que se llama ¿Y tú de qué te ríes? Entre otras disquisiciones sobre el humor absurdo –el mejor de todos– se pregunta en esta pieza teatral la razón por la cual la mayoría de la gente, cuando va por la calle y ve que alguien se tropieza y se cae, mucho más si es un amigo, directamente se parte de risa. Me acordé de esta imagen el domingo por la noche, cuando después de que las urnas dejaran al PP clavado en una mayoría agridulce –50 diputados, muy lejos de la absoluta que todo el mundo esperaba; sobre todo ellos– la televisión (Canal Sur, por supuesto) retransmitía la sonrisa de oreja a oreja que muchos altos cargos de la Junta de Andalucía tenían detrás de Griñán, que comparecía con gesto cansado, como quien sale de una larga pesadilla.

¿De qué se ríen? Supongo que precisamente de lo mismo que contaba O´Dogherty: alguien, de forma inesperada, se ha tropezado por la calle y está en el suelo. Ha tocado el piso, que dicen en la Argentina. La conducta no es demasiado noble, pero responde la verdad. No hay nada que haga más gracia que el fracaso ajeno, mucho más si éste resulta ser inesperado. Y, desde Maquiavelo, ya sabemos que la política –mucho más la meridional– no es noble, ni buena, ni sagrada, como dijera Lorca de la vida. Los socialistas, sin iniciativa política salvo para destrozarse mutuamente desde hace más o menos dos años, con un partido en total interinidad en Sevilla desde hace algo más de un mes, casi no terminan de creerse la carambola que les permitirá, si IU cierra un acuerdo estable de gobierno, retener el poder autonómico.

Cantares de gesta

Y es que, en realidad, los motivos para tanta risa se reducen a la desgracia ajena, no a los méritos propios. Tras cualquier elección es tradicional que los partidos políticos interpreten los resultados electorales como mejor convenga a sus intereses. Cualquier argumento es válido. Griñán habló ayer de que sus resultados electorales son “una gesta”. Quizás estemos asistiendo a una reelaboración de un género literario –de raíz clásica y cuya formulación en castellano es de época medieval– que hace varios siglos que no se practica y que Cervantes terminó de desmontar –creando la novela moderna– en El Quijote. ¿Una gesta? Decididamente es una manera optimista de verlo. Porque lo que señalan de forma nítida las urnas es que la marea del PP está empezando a retrodecer –algo previsible, aunque algunos no hayan sabido verlo– pero no porque los socialistas estén mucho más fuertes. Que uno pierda habiendo ganado y otro gane habiendo perdido no es exactamente lo mismo que ganar y perder de forma limpia. Ni de lejos.

En Andalucía, el PSOE se ha venido abajo. Diez puntos menos de respaldo electoral, nueve diputados menos y 654.831 votos por debajo del baremo de las anteriores autonómicas. Son hechos. Si Griñán se considera a sí mismo como un caballero andante en fiera y desigual batalla contra la derecha será porque, como ocurre en El Quijote, el caballero de la Blanca Luna –que no es el PP, sino los ciudadanos– le ha vencido pero le deja volver sano a casa para que recupere la cordura. La diferencia es que Alonso Quijano aceptó su derrota y el líder del PSOE andaluz no parece estar demasiado dispuesto a asumir esta misma evidencia, incluso con el inesperado regalo de mantenerse en el poder durante cuatro años. Le cuesta. Cosa que da que pensar. Bastante.

Especialmente significativo es el retroceso electoral de los socialistas en Sevilla, la provincia que, pese a todo, sigue siendo donde el PSOE tiene la mayoría. Se mire por donde se mire, los datos permiten resoplar pero no sacar pecho. En relación a las últimas autonómicas –hace cuatro años– los socialistas han caído 11 puntos. Pierden 172.287 votos. En comparación con las elecciones generales –la radiografía política más próxima– el retroceso es algo menor –porque ya estaban bastante mal– pero se acerca a casi los 28.000 votos incluso aunque, en términos relativos, por la redistribución de los sufragios, puedan argumentar una subida de dos puntos. Vano consuelo: la cuestión de fondo es que, a pesar de conservar el poder autonómico, la sangría de votos que se inició en las municipales no ha terminado. Prosigue.

En la capital, donde Zoido volvió a imponerse, el coordinador de la campaña del PSOE y líder de la oposición municipal, Juan Espadas, hizo ayer una lectura positiva de los resultados: si las municipales fueran ahora el PP no pasaría de los 16 concejales. Otra forma optimista de verlo. El PSOE no ha mejorado demasiado: en relación a las generales la pérdida de votos puede cifrarse en 7.181 votos. Es cierto que la burbuja Zoido –dada su sobreexposición provincial– parece que empieza a desinflarse –mucho desgaste en excesivamente poco tiempo–, pero eso no se traduce en un mayor grado de confianza de los electores en favor de los socialistas. Ni mucho menos. El discurso oficial del PSOE resulta previsible pero es impostado.

¿Cuál es entonces la diferencia? Parece que, frente a otras elecciones anteriores, el factor diferencial ahora radica en un hecho inédito: una buena parte de los votos del PSOE han ido directamente a Izquierda Unida, duplicando la representación parlamentaria de la coalición de izquierdas. Hasta ahora lo que ocurría era lo contrario: cada vez que los socialistas apelaban al miedo a la derecha y reclamaban el voto útil, IU era la gran perjudicada. En todos los ámbitos. Los votantes de izquierdas sacrificaban periódicamente a la coalición para sostener a un PSOE débil frente al ascenso de los populares.

Ahora, en cambio, no ha ocurrido esto: Griñán, siguiendo el catón de su partido, apeló al voto útil y centró su campaña en alertar de que el PP desmontaría el Estado del Bienestar, pero los votos huérfanos no se han quedado en las candidaturas socialistas. Se han ausentado –el descenso en la participación ha sido significativo– o se han trasladado a IU. Una diferencia notable. Tanto como para que este factor permita a la coalición de izquierdas, demonizada por el PP en Sevilla en las últimas municipales, jugar un nuevo papel en la política autonómica y, a largo plazo, quizás de nuevo en la municipal. Al tiempo.

La coalición de izquierdas ha recogido buena parte del voto socialista espantado por la sucesión de casos de corrupción. Y este hecho diferencial marcará el futuro: IU, más que en el reparto de cargos, centrará su táctica de negociación política con los socialistas en la máxima de que hay que “abrir las ventanas”. Todas. El electorado no ha avalado la corrupción, como argumentan determinados analistas de Madrid. Sencillamente han dejado a Arenas a las puertas de San Telmo: el mensaje reformista del PP dejó de ser verosímil cuando Rajoy comenzó a gobernar.

Ha pesado también la reforma laboral. Mucho. No se quiere admitir, pero los ciudadanos corren menos riesgos laborales dejando de votar al PP en las autonómicas que secundando la huelga del jueves. Arenas, asumida la debacle, salió al balcón de la calle San Fernando junto a sus ministros en el Gabinete de Rajoy: Báñez y Montoro. Los dos tienen mucho que ver con su trágica coyuntura. Tanto como el bajón electoral en la provincia de Sevilla, capital incluida.

La cuestión interna

Los resultados electorales también tienen una evidente lectura orgánica para los dos grandes partidos. El PP se enfrenta al vacío: la sucesión de Arenas es una incógnita. Durante varios lustros el propio líder del PP andaluz se ha encargado de impedirla, moviendo a los mismos para distintos puestos. Su derrota no es sólo suya, sino también de su guardia de corps. Especialmente en el caso sevillano.

Los socialistas, en cambio, tienen un escenario mucho más cómodo para sus ajustes de cuentas. Los rubalcabistas del Sur, que en caso de una derrota electoral hubieran tomado el poder orgánico andaluz y provincial sin demasiados apuros, ven ahora como la dulce derrota de Griñán y Cía bloquea en buena medida el plan de la reconquista.

Griñán pidió ayer que “le respeten su sitio”. Traducido: que el ejército chavista, sobre todo sus apéndices hispalenses, siempre activos pero casi siempre en la sombra, no piensen que va a dejarles degustar los honores de la caballería andante. Si hay cabeza habrá un pacto entre familias. Es lo más razonable para que la próxima vez su destino no dependa del fracaso de otros más que de sus propios méritos.

La excepción sevillana

Carlos Mármol | 26 de marzo de 2012 a las 6:05

El PSOE resiste la marea electoral del PP en Sevilla lo suficiente para robarle la mayoría absoluta a Arenas. Zoido gana en la capital pero pierde apoyo en relación a las municipales. IU es la fuerza política más beneficiada.

Una victoria diabólica. Amarga. Sin consuelo. El PP, que había planteado desde hace algo más de año y medio estas elecciones autonómicas como una enmienda a la totalidad a los treinta años de gobierno socialista en Andalucía, se quedó ayer a las puertas del poder regional –el Palacio de San Telmo donde Arenas dijo no querer sentarse– porque la provincia de Sevilla, cuya importancia electoral era mayúscula, no respondió con el entusiasmo deseado al mensaje de cambio político lanzado por el líder del PP. Sevilla era clave. Y la clave le cerró la puerta de la mayoría absoluta al PP en Andalucía clavando sus listas en los 50 diputados. A cinco –muy lejos– de la ansiada mayoría absoluta.

Dado que el órdago del PP era total –o César o nada, parecía ser la apuesta de Arenas–, la victoria del Partido Popular, por el juego cruel de las paradojas políticas, se ha convertido en realidad en una especie de infierno de terciopelo. Ha hecho historia al ser por primera vez la lista más votada en Andalucía pero este factor no impedirá que PSOE e Izquierda Unida puedan formar una mayoría suficiente –y legal– en la cámara andaluza. Salvo que la coalición de izquierdas permita al PP gobernar, como ocurrió en Extremadura, no habrá cambio de régimen –según la terminología usada por los populares– y la marea azul que comenzó hace ahora nueve meses en las elecciones municipales parece tocar a su fin. Retrocede.

Si se tiene en cuenta que la fuerza política más beneficiada en el nuevo mapa electoral andaluz es IU –los socialistas han perdido casi diez puntos de respaldo y hasta nueve parlamentarios en relación a la última convocatoria regional– la intensa huida del electorado del PSOE no ha seguido esta vez el guión de las pasadas municipales, cuando –en Sevilla, al menos– terminó beneficiando al PP.

En esta ocasión los electores socialistas se han escorado claramente hacia posiciones de izquierda –quizás como consecuencia de determinadas medidas adoptadas por el Ejecutivo de Rajoy, en especial la reforma laboral– o sencillamente no han ido a las urnas, como señala el notable descenso del índice de participación. En cualquier caso, la demonización de IU –táctica puesta en práctica por el PP en las municipales– no ha tenido efecto alguno en el ámbito andaluz. La coalición de izquierdas ha doblado su respaldo electoral. Algo que marcará la política regional durante los próximos cuatro años.

Que la victoria electoral de Arenas corría el serio riesgo de convertirse en un agrio cambio a medias se confirma si se analizan los resultados electorales en la provincia. Sevilla se convirtió en las pasadas elecciones generales en la aldea gala del PSOE en España –junto a Barcelona– y, en esta ocasión, ha vuelto a ser el principal territorio donde los electores han optado por sostener la hegemonía socialista.

El PP debía incrementar como mínimo en cinco puntos su respaldo electoral en una serie de localidades medias sevillanas –doce pueblos donde las municipales y las generales parecían señalar un cambio de tendencia política– y conservar su ventaja en la capital. Su táctica fue tratar de exportar al área metropolitana y a la mayor parte de estas localidades el llamado efecto Zoido –la popularidad del alcalde hispalense, para algunos más bien populismo– pero la operación ha tenido un éxito discreto. Escaso.

Y no precisamente porque los socialistas hayan aguantado bien en estas plazas. El PSOE ha perdido en la provincia algo más de 31.000 votos –a pesar de que en términos relativos su respaldo electoral crece casi un punto y medio– en relación a las pasadas elecciones generales. Los socialistas no han crecido. Al contrario: muchos de sus votantes han emigrado a las candidaturas de IU –que gana hasta 24.000 votos en términos reales y crece tres puntos y medio– o sencillamente han optado por otras fuerzas minoritarias, que copan juntas 45.000 votos. Su victoria provincial es mínima. Frágil. Delicada. Aunque también suficiente.

El PP: baja la marea

¿Entonces? Parece que el voto prestado que los populares lograron cosechar en las pasadas generales –condicionadas por la gestión de la crisis económica del ex presidente Zapatero– ha emigrado de sus candidaturas. Así lo confirman los datos: el PP ha perdido 76.130 votos en la provincia de Sevilla en relación a los comicios generales. Un retroceso de casi tres puntos y medio. Suficiente para que la situación de partida –que ya era bastante ajustada– se haya complicado hasta dejar a Arenas sin mayoría suficiente para poder desalojar al PSOE de la Junta.

El análisis por localidades no deja lugar a dudas. Los primeros meses de Gobierno del PP en la Moncloa han hecho retroceder a casi todas las candidaturas elaboradas por Arenas en estos municipios. Si el objetivo oficial era ganar cinco puntos en relación a las generales, lo cierto es que los resultados son una broma cruel: esta cifra –cinco puntos de respaldo electoral– es justo lo que el PP ha perdido de media en muchas de estas localidades estratégicas.

En el área metropolitana, donde el PP de Sevilla creía haber abierto una vía de agua contra el PSOE en municipios como Alcalá de Guadaíra o Dos Hermanas, los datos electorales señalan de forma nítida un retroceso de las candidaturas populares en relación a hace sólo unos meses. Un desgaste intenso. Y llamativo. Sólo puede obedecer al efecto de las primeras medidas de gobierno de Rajoy: subida de impuestos, una polémica reforma laboral, incremento del paro.

Tres factores que, sin llegar a mejorar los resultados de los socialistas en la provincia, han sido más que suficientes para que el pulso a la grande planteado por Arenas no haya salido. El PP estableció su propio techo –tres puntos porcentuales de distancia con el PSOE en la provincia– en las últimas elecciones generales. Ahora esta horquilla está en ocho puntos. Una distancia que aleja definitivamente a Arenas de San Telmo, impide a los populares arriar la bandera del PSOE en la provincia y, a pesar de las apariencias, aconseja no ser excesivamente triunfalista en el caso de la capital.

Un retroceso relativo

En la urbe hispalense se ha producido el mismo proceso, aunque con variantes, que en otras localidades provinciales. Los resultados de Sevilla tenían especial interés para medir la resistencia de la figura política del alcalde hispalense, Juan Ignacio Zoido, que encabezaba –de nuevo– la lista provincial a la cámara de las Cinco Llagas. Tras nueve meses de gobierno, el regidor ha vuelto a ganar claramente en la capital andaluza, lo que confirma que, en su caso, su suelo electoral todavía es suficientemente sólido.

Su victoria, sin embargo, padece el mismo mal que en el resto de la provincia están sufriendo las candidaturas del PP: pierde votos. Aunque, en su caso, de forma mucho menos acusada. Los datos señalan que en relación a los comicios generales –Montoro fue el cabeza de lista por Sevilla, pero Zoido tuvo gran protagonismo– el PPha perdido ya más de 21.000 votos. Casi dos puntos. Es un desgate relativamente discreto pero cuya importancia se debe al hecho de que no se produce con relación a los socialistas –el PSOE deja escapar más de 8.314 votos, aunque en porcentaje crezca más de un punto– sino con respecto a sí mismo.

El regidor, que logró 20 ediles de los 33 que tiene el Pleno de la Corporación hace nueve meses, comenzó su mandato con un respaldo global del 49% de los electores sevillanos. Algo histórico. Esta cifra –su techo electoral– bajó ya en las generales –el PP tuvo más votos en la capital pero cinco puntos menos de respaldo electoral– y ahora se ha situado casi siete puntos por debajo de la foto electoral que le llevó a la Alcaldía. Desde entonces a ahora el PP ha perdido 17.000 votos. Una cantidad de sufragios que no pone en peligro su notable apoyo popular pero que señala –también en la capital– que ya se está produciendo un proceso similar a la bajada de la marea en el mapa político provincial. En Sevilla, el agua llegó a la capital pero sigue sin inundar la provincia. Sevilla nació como una isla menor del río Guadalquivir. Políticamente, hasta dentro de cuatro años no va a dejar de serlo.

¿Un cambio a medias?

Carlos Mármol | 25 de marzo de 2012 a las 6:15

Los resultados electorales en Sevilla condicionarán el poder autonómico en Andalucía. El proyecto político de Zoido para la capital depende de la victoria de Arenas. El PSOE entrará en crisis si no aguanta el envite.

Es cierto. Sevilla se juega muchas cosas hoy, jornada de las trascendentes –sobre todo para los políticos– elecciones autonómicas. En cambio, no está tan claro, ni es tan nítido, que los sevillanos nos juguemos demasiado. Toda una paradoja. Indudablemente, lo que se dirime es importante: quién administrará el poder regional, quién repartirá un presupuesto que, por fuerza, será menguante a medida que pase el tiempo y quién decidirá el sentido del ajuste que hundirá a Andalucía en su situación económica real –tenebrosa– durante los próximos cuatro años, como mínimo. Todo esto depende de las urnas.

Los problemas reales, domésticos, de los ciudadanos –el paro estructural, la falta de perspectivas individuales, la ilusión cada vez más inexistente, convertida ya casi en una utopía yerma, el inmenso miedo al incierto futuro– tienen, en cambio, bastante poco que ver con las gráficas que dicte el recuento de las papeletas electorales. El mundo no se va a arreglar en un día. Ni siquiera en dos. Probablemente nunca.

La importancia –relativa– de los comicios, por tanto, es sobre todo política. Pero no en el sentido más noble del término –el interés por el devenir de los asuntos colectivos– sino más bien en su más clásica acepción gremial. Se trata de una pura guerra abierta entre políticos profesionales en la que los ciudadanos somos decisivos pero apenas durante un breve suspiro. Una vez introduzcamos nuestro voto en las urnas pasaremos de nuevo a una posición secundaria en beneficio total de la democracia representativa e imperfecta en la que todos cohabitamos. Así es el cuento.

En el caso de Sevilla, los comicios del 25-M van a condicionar el signo político de la Junta de Andalucía, la gran maquinaria de prebendas y disgustos de la región. Los resultados ya están más o menos escritos, salvo sorpresa mayúscula, en la mayoría de las distintas provincias excepto en tres, entre ellas Sevilla, donde la cuestión está suficientemente abierta como para que en ella se vaya a resolver quién gobernará. Lo que se decide hoy es el gobierno, no la victoria. Todos los sondeos dan por seguro desde hace tiempo que el PP será la lista electoral más votada. Que finalmente llegue a gobernar ya es otra cuestión distinta.

Además de esta lectura, el mapa político autonómico que saldrá del 25-M tendrá incidencia directa en el porvenir inmediato de los dos grandes partidos políticos de la provincia. En el caso del PP sevillano, favorito en la pugna, lo que está por ver es si será capaz de romper por vez primera la histórica hegemonía política de los socialistas. En el ámbito local esta asignatura pendiente se superó hace nueve meses, pero no así en una serie de localidades medias donde el crecimiento de las candidaturas populares está más vinculado a la ola política nacional que a una convicción profunda. Justamente es en estas localidades donde Arenas tiene que crecer –al menos cinco puntos en relación a los resultados de los comicios generales– para poder entrar en el Palacio de San Telmo.

En Sevilla capital, además, está en discusión algo más: la fortaleza de la burbuja política que encarna el actual alcalde, Juan Ignacio Zoido. El regidor encabeza la lista electoral del PP a las Cinco Llagas y su principal reto es no perder sufragios –con respecto a citas anteriores– para poder sostener el crecimiento del PP. Probablemente lo consiga, aunque los resultados autonómicos van a condicionar toda la política municipal el resto del mandato.

El círculo perfecto

Si Arenas es investido presidente de la Junta de Andalucía, el círculo perfecto del PP se habrá cerrado. Zoido tendrá entonces a su favor una herramienta institucional clave para poder consolidar en el tiempo su proyecto para dirigir la capital de Andalucía. El aval de la administración regional es esencial para él en muchos sentidos. Primero, en el orden simbólico: sería la primera vez que el PP dominase en ambos escenarios políticos. Después, en el terreno práctico: casi todos sus proyectos de cierta envergadura –centrados en una concepción del urbanismo muy similar a la que nos ha llevado a la debacle económica– requieren pasar filtros autonómicos que, con Arenas en la presidencia de la Junta, no sólo serán superados, sino que probablemente se eliminen por completo.

Igual que en una profecía bíblica: las barreras (para hacer ciertas cosas) caerán. El camino (en determinada dirección) se allanará. Y el poder popular será como el Dios del Antiguo Testamento: omnipresente. Hasta el punto de poder calificarse de excesivo. Basta ver algunos de los argumentos de campaña del candidato popular a la Junta para darse cuenta de que la sintonía política que se establecerá entre la Plaza Nueva y el Palacio San Telmo será total. Nítida. Completa. No es raro: Zoido es una exitosa creación (política) de Arenas.

Habrá a quien esta circunstancia –que la Alcaldía hispalense sea la correa de transmisión de la Junta del PP– le parezca una cosa ideal. Y a quien le asuste el simple hecho de pensarlo. Hay que ser pacientes. No es tampoco la primera vez que ocurre: la historia democrática de Sevilla tiene precedentes ilustres. La ciudad rara vez ha tenido a un alcalde independiente, entendiendo tal adjetivo en relación a Sevilla, más que a su propia organización política. La ciudad ha elegido o a alcaldes con excesiva sintonía con la Junta –motivo por el cual su perfil político venía a ser redondo, poco reivindicativo, instrumental– o a regidores en eterno conflicto virtual con la administración autonómica, casi siempre por intereses –también– partidarios más que institucionales.

En el primer caso, la ciudad perdía peso político. En el segundo, quedaba sin capacidad de influencia. En ambas situaciones los beneficios han sido muy escasos. De este bucle parece difícil que salgamos. Sólo podría hacerse con otros perfiles políticos. No se adivinan en el paisaje. Si Arenas gana y gobierna, el plan de ajuste que el PP tiene previsto hacer en el Ayuntamiento hispalense –incluidas las empresas y organismos autónomos– y el proyecto de corte revisionista del que se han visto notables muestras en estos nueve meses no tendrá ya freno.

En cambio, si por una broma cruel del azar el PP no llegase a la presidencia de la Junta –con independencia de que se abriría de golpe el melón del liderazgo en el PP en Andalucía, un proceso en el que Zoido parece estar muy bien colocado– y PSOE e IU logran armar un gobierno autonómico estable, el grado de confrontación entre la Plaza Nueva y el Gobierno regional subirá hasta máximos históricos. De nuevo, por motivos partidarios que, si se mira bien, son los que casi siempre condicionan la política patria. Al menos, en el mundo meridional. En todo caso, la revolución reformista del PP en Sevilla quedaría en este supuesto como un proyecto a medias, abortado. Detenido. Algo que, a largo plazo, puede terminar hasta provocando el cuestionamiento de la emergente figura del alcalde.

La espiral interna

Los socialistas no tienen este problema. Su disyuntiva es mucho más simple: o resistencia o nueva crisis interna, quizás para situarse durante años en una posición secundaria inversamente proporcional al poder total del que han disfrutado durante las tres décadas de autonomía. El PSOE de Sevilla se juega todo o nada el 25-M: si aguanta el envite y conserva su secular liderazgo político provincial, aunque sea por la mínima, habrá alguna posibilidad, por remota que parezca con Arenas en la Junta, para poder al menos dar la batalla de la oposición.

Si en cambio es barrido de sus feudos sevillanos –una hipótesis que parece difícil, pero ni mucho menos imposible– el guión está escrito: nueva crisis interna, en este caso sangrienta, a la vuelta de la esquina. Primero en clave regional; después provincial. Una guerra púnica completa de la que parece complicado que salga una alternativa sólida. Más bien , a lo sumo, una nueva variante de las tribus socialistas. Insuficiente para una organización política que, si hoy cae en las urnas, tendrá que pasar un purgatorio que será tan largo e inmisericorde que, probablemente, a muchos se les haga eterno. Como el infierno, tan temido.

Sevilla: la batalla que viene

Carlos Mármol | 19 de febrero de 2012 a las 6:04

La mayoría absoluta de Arenas depende de lo que ocurra en Sevilla el próximo 25-M. Las encuestas otorgan la victoria al PP por primera vez. Enfrente tiene a un PSOE partido en dos mitades y cuya dirección es interina.

La batalla va a ser desigual. Casi imposible. No es que el resultado esté ya escrito de antemano, pero el sentido común (además de todas las encuestas que vienen sucediéndose desde hace más de un año) auguran que el inminente enfrentamiento entre el PP y el PSOE en Sevilla tiene bastantes visos de terminar por derribar la última bandera socialista que todavía ondea, aunque cada vez más rota, en la provincia considerada la nueva Numancia.

Claro que en la vieja urbe celtíbera, asediada por los romanos durante años, los postreros resistentes optaron por suicidarse antes de rendirse. En el caso de los socialistas sevillanos la cosa ha sido justo al revés: se han rendido ante el PP (matándose entre ellos) antes de haberse suicidado. Lo que no deja de ser una forma indirecta y singular de autolesionarse.

Evidentemente, no por eso nos vamos a librar de la campaña electoral. Ni de lejos. Campaña habrá. Los tres grandes candidatos darán sus mítines, acariciarán a los niños, irán a los colegios y a los parques, visitarán los mercados y repetirán sus salmodias por doquier, sin importarles que buena parte sus espectadores los miren con el escepticismo propio de quienes no tienen nada que escuchar porque hace tiempo que son víctimas de una crisis que no roza a la clase política.

Encontrar algo de emoción en la pugna por el control de la Junta de Andalucía va a ser cosa difícil. Sólo se antoja posible con inducción exterior. Principalmente, de origen químico. Es lógico: será la tercera convocatoria electoral sucesiva en apenas medio año. Y siempre con idéntico planteamiento de arranque: los resultados de Sevilla condicionarán –en un sentido o en otro– el panorama general. En este caso, Andalucía.

La marea azul

El escenario político ha cambiado poco desde los comicios municipales, cuando el PP comenzó a darle la vuelta completa al poder en España, aunque las primeras decisiones del Gobierno de Rajoy hagan a algunos fantasear con la posibilidad remota de una victoria por la mínima (con IU de socio, obviamente) o, incluso, una derrota dulce frente a las huestes conservadoras. Puro autoengaño. Consecuencia de la más absoluta desesperación. Los comicios regionales están perdidos de antemano para los socialistas desde hace algo más de un año y medio. Es una sensación general. En algunos casos, casi una certeza. Todavía no es un hecho, es cierto. Pero todo indica que no va a haber demasiado partido que disputar, aunque éste vaya a ser el mensaje oficial con el que el PSOE trate de contener una previsible sangría de votos tan masiva como –para algunos– injusta, al no obedecer al entusiasmo (discutible) que despierta la opción alternativa. Lectura vana, en todo caso:un voto de expulsión, fruto del rechazo general o del hartazgo, a efectos prácticos cuenta igual que aquel cuyo origen es consecuencia directa del idealismo. O de la ingenuidad. Además, es más cruel.

La caída de Sevilla, si es que finalmente sucede, va a tener mucho de catártico. Aunque no en el buen sentido: liberará de nuevo todas las tensiones en disputa en el seno del PSOE de Sevilla, lo que supone reabrir la caja de Pandora de la agrupación socialista más importante de España. En el último mes ya se ha visto –en directo– la violencia política que alimenta a las tribus indígenas del socialismo sevillano. No será nada cuando, entre los meses de junio y julio, con la Junta acaso en manos ajenas y la Diputación Provincial como único asidero cierto, comiencen los inevitables ajustes de cuentas. La debacle del PSOE en Sevilla es la puerta de la mayoría absoluta que necesita Javier Arenas para gobernar Andalucía. Y ya está casi entreabierta. Hasta enero, si las cosas se hubieran hecho de otra manera distinta, si la inteligencia se hubiera impuesto al estómago, todavía podría dudarse de que el fuerte del PSOE sevillano cayera. Ahora no quedan muchas dudas. Caerá.

Basta ver los primeros mensajes lanzados por el presidente de la gestora que ha tenido que hacerse cargo de la dirección provincial del partido, Manuel Gracia, para presentir la inmensa debacle que viene. No se pueden pedir milagros. Ya se sabe: éstos son cosa imposible (para los agnósticos) y excepcional (para los católicos). Para los socialistas resultan improbables. ¿O es que alguien cree que una organización política puede apuntalar su decreciente fuerza electoral cuando casi la mitad de sus militantes ni siquiera han podido discutir la lista que se presenta ante todos los electores? ¿Van a hacer campaña a favor de una candidatura que no reconocen? Parece harto improbable, salvo por los habituales teatrillos de barrio.

Que la dirección federal del PSOE no iba a impugnar la lista de Sevilla, encabezada por Griñán, era algo de libro. Todos los actores de la reciente tragedia del PSOE de Sevilla lo sabían. Ahora bien, esto no significa que el aval de Rubalcaba arregle el problema de origen, que es de legitimidad: los candidatos que se presentan al Parlamento andaluz bajo las siglas socialistas en Sevilla no han tenido el respaldo de, al menos, la mitad de los dirigentes sevillanos. Mal punto de partida cuando de lo que se trata es de salir a la calle –en el peor de los momentos– para contarle a la gente que hay que votar al PSOE para salvar los servicios públicos y el Estado del Bienestar.

Por otra parte, no existen antecedentes de éxito que atenúen la frágil situación política de los socialistas en Sevilla a cuarenta días para sus elecciones más trascendentes desde el principio de la autonomía. Una gestora es una dirección política interina. No tiene en sus manos los resortes con los que contaba la anterior Ejecutiva provincial, destrozada tras la decisión de José Antonio Viera de dimitir del cargo por las presiones de la dirección regional que encabeza Griñán.

La distancia se reduce

Todo conduce pues a la victoria del PP. Un ejercicio teórico con vocación práctica. Basta analizar los datos electorales históricos de Sevilla para ver el pozo negro. La última foto fija –las generales– marcó una escasísima distancia entre populares y socialistas en Sevilla. Apenas 32.110 votos. Un máximo de tres puntos a favor del PSOE. Desde entonces, el desgaste de los socialistas ha sido incesante:el escándalo de los ERE –cuyo epicentro es la provincia–, su incapacidad para armar un mensaje político sólido –cosa inaudita cuando se cuenta con una maquinaria tan enorme como la Junta de Andalucía, asombrosamente sin pulso político alguno desde hace meses– y, por último, las guerras púnicas del congreso federal y las listas electorales.

El último sondeo realizado, elaborado por Cadpea, ya otorga al PP una ventaja de más de siete puntos frente a los socialistas en Sevilla. Por primera vez en la historia. Es cierto que la muestra de esta encuesta es bastante discreta –apenas cuatrocientas entrevistas– y que la bolsa de indecisos (aquellos que no confiesan el sentido de su voto; bien por no tenerlo decidido, bien por no querer revelarlo) todavía es numerosa. Del orden del 25%.

Pero, dado el antecedente de las municipales, ya no puede decirse con seguridad plena, ni siquiera por intuición, que esta estratégica bolsa de votantes vaya a apoyar al final a los socialistas aunque sea sin llegar a admitirlo públicamente, casi de forma vergonzante. Hace ocho meses, los indecisos de la capital hispalense votaron en masa a Zoido, que logró 20 concejales. ¿Ocurrirá lo mismo en el caso de Arenas?

Todavía es un misterio. La provincia no es la capital y en muchos pueblos el suelo electoral del PSOE es difícil que se mueva. Pero tampoco tiene que producirse un terremoto. No hace falta. Los datos reflejan que durante los últimos años los socialistas sevillanos han perdido 144.349 votos. El PP ha ganado casi 70.000 sufragios. Tienen la Junta al alcance de la mano. Todo depende de Sevilla.

Cosas que hacer cuando estás muerto

Carlos Mármol | 23 de noviembre de 2011 a las 6:03

El PSOE cuenta con escaso tiempo para remontar la mayoría del PP en Andalucía · La crítica situación obliga a dar un giro político en la Junta, buscar alianzas y taponar la ‘guerra interna’.

La cuenta atrás ha comenzado. Y el tiempo, como dijo Quevedo en un verso, es la única cosa que nunca tropieza. Siempre sigue su camino. Igual que una saeta. Los socialistas andaluces tienen apenas cuatro meses –dependiendo de la fecha exacta que finalmente elija Griñán para convocar los comicios regionales– para recomponer la delicada situación electoral que el domingo mostraron las elecciones generales: 751.433 votos menos y una considerable vía de agua que quiebra la leyenda histórica de su imbatibilidad en Andalucía. Ya no se trata de encuestas o sondeos. Son las urnas.

La situación es crítica. A pesar de las declaraciones de estos días, en las que los socialistas intentan relativizar el ascenso del PP, no queda otra salida. Todo obliga a Griñán a adoptar una estrategia ofensiva si realmente quiere frenar la ola que desde Madrid parece aupar a Javier Arenas al Palacio de SanTelmo.

No es fácil: además del estrecho plazo disponible, el viento juega en contra, la tesis de que los recortes que aplicará Rajoy beneficiarán al PSOE andaluz no es perfecta y la situación orgánica es altamente explosiva. La llamada a la unidad –que se va a poner en escena en un gran acto conjunto, según se supo ayer– no garantiza por completo que, con un congreso federal previsto en febrero, a un mes de que los andaluces vayan a las urnas, la lucha por el poder interno no termine traduciéndose en un drama añadido. Probablemente, el peor.

De todo esto se habló, y mucho, en la Ejecutiva que los socialistas celebraron el lunes. La lectura oficial es que existe una “base sólida” para ganar en marzo, que se puede remontar y que ahora es necesario que Andalucía (el 25% de los delegados al congreso federal) acuda unida tanto al cónclave en el que se disputará el poder interno –en un partido que está siendo expulsado de las instituciones– como a las elecciones.

Dejando de lado la versión oficial, siempre insuficiente, lo cierto es que el PSOE andaluz sólo cuenta con un arma válida frente al ejército popular: la Junta. Un soldado que está cercado en una trinchera tiene dos opciones:o rendirse o pelear con el fusil que le quede en la mano. Punto. De ahí que probablemente en los próximos meses empecemos a ver un significativo y rápido viraje –inevitable, por otro lado– en el papel que hasta ahora ha venido jugando la administración regional. La Junta tendrá que dejar atrás el perfil que le es inherente y propio (el institucional) para ponerse a trabajar en clave política. De campaña. De guerra.

¿Cómo se concreta este giro? Con una estrategia conjunta en relación a los mensajes, la visibilidad pública y la capacidad (teórica) del Consejo de Gobierno para jugar un papel protagonista en la liza política. Algo evidentemente poco ortodoxo, pero que, igual que ha ocurrido en territorios como Castilla-La Mancha, donde el PP usó sin problemas las instituciones para aumentar su mayoría, es consustancial a una situación de guerra a vida o muerte.

Además, es urgente. Los socialistas quieren poner en valor sus posibles activos políticos. En las dos grandes cuestiones que planea explotar el PP en los próximos meses –el conflicto con los funcionarios por la reforma de la administración y la trama de los ERE– cuentan poco margen de acción. La investigación de la juez Alaya seguirá dándoles disgustos y el litigio con los funcionarios tiene ya difícil marcha atrás. A lo sumo, el único aspecto a trabajar en este campo pasaría por mantener las condiciones de los trabajadores públicos frente a los posibles recortes (salariales) que aplique el Gobierno de Rajoy. Una forma de singularizarse sin moverse demasiado.

Los socialistas creen que la ola popular ha tocado techo con la victoria del 20-N. Su tesis –la que les hizo separar los comicios estatales de los regionales– es que la acción de gobierno del PP ayudará a que muchos ciudadanos vuelvan a confiar en ellos. La teoría se antoja excesivamente optimista:es obvio que las decisiones que vaya tomando el Ejecutivo de Rajoy causarán perjudicados, aunque eso no significa necesariamente que todos estos ciudadanos vuelvan a votar a los socialistas. De hecho, la certeza que dejan estas últimas elecciones es otra distinta: miles de votantes del PSOE han huido despavoridos hacia otras marcas políticas. IU y UPyD, esencialmente.

La Junta no tiene otra opción que tratar de singularizarse con resoluciones políticas propias frente a la agenda de Rajoy. Y debe hacerlo evitando la confrontación –que tanto le ha criticado el PSOE al PP– sobre la base de explotar políticamente sus decisiones. En la mano tiene dos instrumentos: su presupuesto y la actividad institucional, cuyo protagonismo mediático está garantizado. Aunque tendrá que pasar a los hechos de forma inmediata para ser creíble. El mantra sería del siguiente tenor: “En España recortan médicos y profesores; en Andalucía, en cambio, se mantienen”. Y así una y otra vez. Hasta el infinito y con todas las cuestiones posibles, especialmente las políticas sociales, asunto al que, según los socialistas, los ciudadanos son extremadamente sensibles.

Para que la estrategia funcione hay que hacer cambios en el capítulo de la comunicación. La percepción de la calle, sobre todo en la última fase de la era Zapatero, es que quien ha recortado políticas sociales ha sido el PSOE. “Esta afirmación va a cambiar cuando Rajoy empiece a gobernar”, explica un destacado dirigente socialista. Toda la receta se resume en dos palabras:hay que responder a los ataques (de Madrid) y vender las políticas (sociales) diferenciales. Y confiar en que la pulsión de cambio político después de tres décadas de gobierno no sea superior.

Después vendría el terreno de las alianzas. Se trataría de recuperar las bolsas de voto estratégicas para, contando con que el PP no crezca más –la hoja de ruta de Arenas consiste en intensificar su presencia en las localidades interiores, donde el PSOE de Sevilla, por ejemplo, ha resistido– conseguir remontar lo suficiente para articular un pacto de gobierno con IU. Los votos que los socialistas pierdan por la izquierda tendrían pues una importancia relativa, ya que, al final, dado como están las cosas, terminarán en la misma bolsa común, si bien pagando determinados peajes. Junto a la entente cordiale política, vendría la sindical: al igual que el PP buscó una alianza estable con la patronal andaluza, los socialistas intentarán rubricar un acuerdo conjunto de acción con UGTy CCOO. Un frente público en defensa de las políticas sociales y contra los recortes del Gobierno del PP.

La papeleta más difícil de todas es la orgánica. Fundamentalmente porque un congreso se sabe cómo empieza –ahora hay dos opciones potenciales: los viejos patriarcas contra la reformulación del zapaterismo– pero nunca cómo termina. La lucha por el liderazgo en el PSOE federal amenaza con abrir en canal a la organización andaluza, enredada desde hace tiempo con sus propias batallas internas, a un mes para los comicios. Imposible de soportar.

La obsesión es dar una imagen de unidad. Algo que sólo parece posible aplicando la fórmula de paz por listas. Esto es: la dirección regional dejará margen a los secretarios provinciales –algunos abiertamente hostiles a Griñán, especialmente la cuota gaditana– para confeccionar las candidaturas autonómicas a cambio de un congreso autonómico sereno que no ponga en cuestión a la dirección regional.

Este hipotético acuerdo entre las distintas familias tropieza con una piedra de considerable tamaño: ¿qué papel jugarían en la trama los dos referentes andaluces en la Ejecutiva federal, Chaves y Zarrías? Una incógnita de cuya resolución depende casi todo su éxito. Porque lo cierto es que si la guerra sin cuartel que viene sucediéndose durante los últimos años en el seno del PSOE andaluz termina en una coyunda circunstancial, en función de lo que ocurra en Andalucía el próximo mes de marzo el asesino (político) de Griñán puede no ser Arenas. Sino los suyos.

El búnker de la ‘Sevilla interior’

Carlos Mármol | 22 de noviembre de 2011 a las 6:05

El PSOE resiste la ‘marea azul’ gracias a los ‘municipios agrarios’ y al frenazo del PP en ciertas zonas de la capital · Sevilla situará en marzo en las Cinco Llagas al 16% de los diputados · La absoluta de Arenas depende de Sevilla.

La batalla entre PSOE y PP para conquistar el palacio de San Telmo, sede de la presidencia de la Junta de Andalucía, será una guerra de guerrillas. Cruenta y diminuta. Constante y sin respiro. Durará justo cuatro meses. Serán terribles para ambas organizaciones políticas. Los más difíciles de las últimas décadas.

A pesar de que los resultados electorales del pasado 20-N otorgan ya, en una extrapolación hipotética, una victoria clara en las próximas autonómicas a Javier Arenas, que hace sólo cinco meses logró hacerse con todas las grandes alcaldías regionales, el mapa político que los comicios generales dejaron ayer dibujado no es todo lo diáfano que se esperaba en la sala de máquinas del PP. Siendo bueno, en realidad digamos que “no es excelente”.

¿Cómo se explicaría esta aparente contradicción? Por una simple cuestión de expectativa. Quien espera lograr todo ya tiende a creer escasa la ganancia inmediata. Probablemente porque, en realidad, no deja de pensar todo el rato en conseguir el tesoro completo.

El vuelco electoral en Andalucía parece haberse producido en el sentido que auguraban todas las encuestas –el PP ha superado al PP por casi nueve puntos– pero el cambio que pregona el líder regional del partido conservador todavía no está consolidado por completo. La razón más evidente: los resultados en Sevilla siguen siendo una completa anomalía dentro de un contexto político en el que la marea azul de los populares es general. Casi completa.

Este factor –la pálida resistencia de los socialistas sevillanos, convertidos en los últimos galos frente a los romanos– quiebra la rotundidad de la supuesta victoria popular en los comicios de marzo. No permite respirar con tranquilidad al PP regional, que tiene su gran objetivo a la vista pero no cuenta con la certeza completa de poder lograrlo. Cosa que explicaría la “humildad” con la que Arenas salió del colegio electoral el pasado domingo o que el protagonismo de la noche electoral se centrase más en Juan Ignacio Zoido, el alcalde de la capital, que en otros referentes populares.

Vayamos al contexto para entender el drama: el PP ha sacado una diferencia ofensiva –entre 15 y 25 puntos– en algunas circunscripciones como Castilla-La Mancha o Madrid al PSOE. Literalmente ha aplastado a los socialistas, que en muchos de estos territorios venían haciendo un discurso alertando de los recortes que piensa aplicar el PP a su llegada a la Moncloa.

En Sevilla, además de esta misma situación favorable al partido de Arenas (lo que podríamos llamar la ola), hay un elemento extra:el escándalo por la trama de financiación irregular vinculado a los ERES. Una flecha directa al corazón de la Junta, tocada además por el agrio conflicto provocado por la reforma de la función pública en Andalucía.

¿Deberían estos dos factores haber precipitado un vuelco completo a la situación política en Andalucía el 20-N? En el PP creen que sí. De ahí que, pese a que la victoria esté al alcance de la mano y los datos electorales sean objetivamente muy buenos, la singularidad sevillana haya dejado en el partido conservador una cierta sensación de desencanto, quizás difícil de digerir pero natural. El trofeo no está ganado. Ni mucho menos.

Esta reflexión, al menos, ha sido la predominante en el seno de la organización popular en Sevilla, que es la única de España que no logra vencer todavía al PSOE en esta provincia. Uno de sus dirigentes más sólidos lo expresaba buscando una lectura positiva: “La insatisfacción, en realidad, nos va a venir muy bien precisamente ahora:evitará los excesos e impedirá que nos confiemos. El escenario político global –la rotunda victoria de Rajoy– nos ayuda, el deterioro de la situación económica seguirá siendo durante un buen tiempo parte de la herencia recibida y las zonas que se nos resisten están muy acotadas. Si no nos equivocamos, la mayoría absoluta caerá por su propio peso, pero tenemos que trabajar”. Brillante.

Es cierto. El PSOE aguantó el vendaval –perdiendo miles de votos, es verdad– gracias al tirón de Alfonso Guerra, número uno de su candidatura, y a su agenda de trabajo, opuesta radicalmente a la del aspirante del PP, Cristóbal Montoro. Mientras el hipotético ministro de Hacienda –Rajoy tiene en esto la última palabra– se paseaba por foros sociales como el de Gaesco –inmobiliario– el histórico dirigente socialista se iba a las diminutas localidades de la Sevilla agraria, donde el análisis previo del PSOE señalaba que había que taponar como fuera la sangría general de votos. Guerra ha trabajado fundamentalmente en el búnker socialista de la Sevilla interior. Pequeños pueblos, contacto directo con los electores, encuentros, mítines de arte menor. Pueblos y barrios. Lo más duro. También lo más esencial: hacía falta movilizar a los votantes socialistas más fieles, que, a tenor de lo visto el domingo, cada vez son menos.

La estrategia les ha funcionado. Hasta el punto de que a pesar de la intensísima huida de votantes –una tendencia general en España y en Andalucía, donde el importante crecimiento de IU y UPyD es la prueba de la migración de los votantes socialistas– la bandera del PSOE sigue ondeando en Sevilla. Junto a Barcelona, la patria sentimental de los irreductibles del PSOE. ¿Durante cuánto tiempo?

Los 33.000 votos que dieron el triunfo a Guerra sobre Montoro están en la Sevilla agraria. Pero no únicamente. También los hay en ciertos distritos de la capital hispalense, donde aunque el PPha vuelto a ganar tras el éxito de las recientes municipales las cosas no son ya tan idílicas como hace cinco meses.

El PP, que en los comicios locales redujo a dos puntos la distancia con los socialistas en el ámbito provincial, esperaba lograr la supremacía total en las generales aunque fuera por un solo punto. Las vías de ataque de su infantería –los alcaldes y los candidatos– se centraron en el Aljarafe (Tomares, Espartinas), en las ciudades medias (Dos Hermanas y Alcalá de Guadaíra, donde le han faltado sólo 500 votos para ganar) y en el segundo cinturón metropolitano.

Han crecido mucho, pero de forma insuficiente. La diferencia socialista, escasa pero vital, nace de la fidelidad de los votantes de los pueblos y de la táctica adoptada en Sevilla capital, donde los socialistas han movilizado –según sus cálculos– 40.000 votos más en relación al escenario político más reciente. El pasado mes de mayo. En Luis Montoto son categóricos:“con 20.000 votos más hubiéramos logrado un séptimo diputado”.

Lo cierto es que la distancia máxima lograda por Zoido en las municipales –67.000 votos– ha menguado a la mitad. El PP sigue por encima, pero con una horquilla menor. Un movimiento leve, pero significativo, por haberse conseguido en sólo cinco meses de gestión municipal. Y con un escenario general totalmente contrario al PSOE. Si el dato se pone en relación con la diferencia provincial entre PSOE y PP, estos votos tienen una importancia superior a su número: vienen a ser la diferencia entre el hundimiento o la resistencia numantina. El todo o la nada.

¿Dónde están estas bolsas electorales? Donde siempre: Cerro-Amate, Sevilla Este, Alcosa y Torreblanca, Sur, Macarena y Norte. Los graneros urbanos. La otra Sevilla interior que en mayo impuso un duro castigo a los socialistas. En el PP se admite que en el caso de la capital, sin dar pasos atrás, quizás no se han dado más hacia adelante. Algo que estaría indirectamente relacionado con la singular gestión del gobierno local, ya que los comicios generales se han presentado como un plebiscito entre las reformas (en realidad recortes) de Rajoy o el caos económico del PSOE.

La batalla de las generales, de cualquier forma, es pasado. Todo gira ya en dirección a marzo. La guerra de San Telmo. Sevilla es el último feudo que se le resiste al PP en Andalucía. Y su importancia no es sólo simbólica:el 16% de los diputados del Parlamento andaluz son los de la circunscripción sevillana. Dieciocho representantes en la cámara de las Cinco Llagas de cuya distribución final depende la hipotética mayoría absoluta de Arenas.

El viento juega a favor del PP: los comicios autonómicos suelen tener un índice de participación inferior a los generales –cosa que perjudicaría a los socialistas– y en relación a 2008 el PSOEde Sevilla ha perdido ya más de 13 puntos. Suficiente quebranto para salir a pelear fuera del búnker. A muerte.

La guerra de astracán

Carlos Mármol | 16 de octubre de 2011 a las 6:05

El nuevo gobierno municipal diseña toda su acción política en función de los intereses electorales del PP en las generales y las autonómicas. Los problemas de Sevilla pasan a un segundo plano. Lo que importa es ganar.

El episodio, según cuentan los historiadores, le sucedió a los conquistadores musulmanes que a las órdenes de un cruel cobrador de impuestos árabe llamado Musa, acusado de malversación de caudales en Basora, arribaron por vez primera a Híspalis para convertirla en lo que después sería Isbilya. Su victoria sobre los cristianos fue tan rotunda que llegó un momento en el que perdieron el sentido de su propio sendero. Dejaron de mirar hacia atrás. Se olvidaron de dónde venían, quién los mandaba y a quién servían.

Empezaron a creerse los elegidos. La letra alfa de la nueva era. Los señores del nuevo predio recién ganado. Lo primero que hicieron fue pactar o directamente emparentar con los propietarios seculares de la tierra –las familias visigodas– para consolidar así su poder, acuñar moneda propia y repartir tierras entre la soldadesca sin las bendiciones expresas del gran califa. Se trataba de echar raíces sólidas, permanentes. Musa fue llamado a consultas al Damasco de los Omeyas. Jamás regresó de nuevo a Al-Andalus.

Todos los triunfos abrumadores encierran en su interior una maldición secreta:la pérdida de perspectiva. Quizás por eso siempre se diga que lo importante en política no es tanto llegar al poder, sino saber permanecer cierto tiempo en la cima. Una complicada tarea que para muchos requiere ejercer la violencia, o el quebranto, y que en realidad más bien consiste en tener siempre presente la lección del Tao:pase lo que pase, ocurra lo que ocurra, nunca dejamos de ser lo que fuimos antes de llegar.

Suele citarse al respecto de esta cuestión la sabia costumbre romana de recordar al soberano –casi siempre un dictador– que, a pesar de las adulaciones y los requiebros, aunque se vanaglorien del exagerado culto a la personalidad que caracteriza a todas las sociedades serviles, quien manda sigue siendo humano. A la vista está que los césares no solían hacer demasiado caso del consejo. El poder cierra los oídos, tiende a confundir las voces con los ecos y, en general, obliga a quien cree tenerlo –si realmente lo tiene– a caminar por un sendero autista, ensimismado. Insensible a la calle.

Cuestión distinta es que este tránsito, inevitable en muchas ocasiones, sea ya una deriva voluntaria. Entonces la cosa es más preocupante. El gobernante que deja de apreciar las razones y motivos que lo han conducido al poder –creyendo que éste será siempre eterno, o al menos duradero– para dedicarse a sus asuntos particulares está condenado a tener, antes o después, problemas.

Algo de eso parece estarle ocurriendo ya, a los tres meses de llegar, al gobierno municipal de Sevilla, al que Zoido arribó con una mayoría política de 20 concejales que le permitirá reinar sin problemas hasta dentro de cuatro años. Puede que incluso más, porque la democracia formal en la que vivimos obliga a conservar en el tiempo esta foto fija aunque puedan producirse cambios posteriores en la apreciación de los votantes. Como tantas veces, asumimos una convención para poder manejarnos. Mientras tanto, el mundo cambia. Los días corren. Los templos, sobre todo los financieros, se tambalean. Todo empeora.

Zoido llegó a la Alcaldía prometiendo algo que probablemente no podrá cumplir –crear más empleo–, mucha austeridad y eficacia helvética. Como la de los relojes suizos. Probablemente en la primera cuestión, en el fondo, ni siquiera tuviera mala intención: sencillamente arreglar el drama del paro está fuera de su ámbito de acción política. A lo sumo sólo podría atenuarlo. La paradoja radica en haber garantizado que podría hacerlo sabiendo que en los tiempos que corren trabajar se ha convertido casi en una utopía.

Sobre la austeridad y la eficacia habría mucho que hablar, a pesar de que en la Plaza Nueva quieren salvar este debate presumiendo –hacia afuera– de unas costumbres espartanas que son más que discutibles. Sobre todo si, en lugar de dejar que cada uno se forme su propio juicio con datos, quien las pregona es el propio monje que las practica. Basta comparar los compases del nuevo mandato con la etapa de gobierno de Soledad Becerril –el único antecedente de un gobierno local del PP– para poder sacar las conclusiones pertinentes. La marquesa sí que era espartana. De verdad. Bastaba oír a sus colaboradores maldiciendo tan sobrias costumbres –propias de quien se arregla con la lectura y la música; ¿para qué más?– para darse cuenta que, en su caso, la austeridad era una convicción, no un eslogán. El equipo de Zoido, en cambio, habla poco y con cierto temor. Se nota que la guardia pretoriana les ha prohibido a muchos incluso hacer uso de la palabra según con quién sea. Lástima. No existe otro sistema para que te comprendan que te escuchen.

De todas formas, si se mira con ojos irónicos, tampoco el balance municipal es tan magro. Zoido ha conseguido muchas cosas en estos meses: tomar posesión, hacer un gobierno propio, lamentarse por la herencia recibida –sobre todo– y derogar el Plan Centro, el único intento serio para limitar el acceso de los coches al corazón monumental de la ciudad. También, claro está, según nos ilustran sus exégetas, que son legión, conseguir la final de la Copa Davis para Sevilla. Todo un hito si no fuera porque la perspectiva desde la cual algunos ciudadanos contemplan este episodio es bastante más tibia en relación a otros tiempos, cuando parecíamos ricos y felices.

Durante la campaña los socialistas acusaban al PP de tener una agenda oculta que no revelaban y que aplicarían cuando llegasen al gobierno. La agenda oculta era como la caja de Pandora, llena de calamidades. Hasta ahora, en cambio, lo único que se percibe es que la biblia que guía los pasos del alcalde es un agenda paralela:la de contribuir a que Rajoy y Arenas –sobre todo el último– ganen sus respectivos comicios electorales. El alcalde da la impresión de haber diseñado toda su estrategia sobre este pilar, sin reparar, acaso, que esta elección implica relegar a un papel bastante secundario los verdaderos problemas de Sevilla.

Se dirá que esto no es así. Que la ciudad está mejor, que se nota la capacidad de mando. Bueno. Cada uno es libre de pensar lo que guste. Lo indiscutible es que el regidor está más preocupado por mantener, amplificar y cuidar los frentes institucionales contra la Junta –todavía en manos de los socialistas– que en arreglar determinadas cuestiones. Ejemplos: el tráfico en el centro es un caos tras la eliminación del Plan Centro. En vez de encontrar una solución de consenso –que es lo que Monteseirín nunca fue capaz de hacer– ordena una investigación sobre el pasado, pone multas y anuncia la vuelta de la zona azul sin abordar el fondo de la cuestión.

Otro: las empresas municipales están casi en quiebra. En vez de aplicar un plan de urgencia, mantiene las hipotecas, recoloca o conserva a algunos antiguos directivos de su cuerda y aprueba medidas electoralistas como el bonobús de la tercera edad, reduciendo las inversiones. ¿Busca así la salvación de las empresas? Todas sus decisiones tienen un único mensaje:vota a Arenas. Impuestos: prometió bajarlos de inmediato pero, salvo excepciones, ahora dice que lo hará en cuatro años. La Davis: la pagará un ayuntamiento arruinado pero sirve para amplificar en el Parlamento –en los medios– la tesis del victimismo.

“La Junta maltrata a Sevilla: no le paga las deudas, bloquea sus iniciativas, no soporta la victoria del PP”. Todo esto está muy bien. Incluso puede que, en parte, sea cierto. Ya lo reivindicó en su día el socialista Caballos. No es cosa de ahora. La pregunta más bien es otra: ¿tanta queja arregla en realidad algo o sólo constata lo evidente? A Zoido lo votaron para gobernar. No para poner en escena La Venganza de Don Mendo. Una guerra de astracán.