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La obsesión centrípeta

Carlos Mármol | 16 de septiembre de 2012 a las 6:15

La inauguración de Fibes no sólo ha contribuido a la rauda conversión del gobierno local en favor de un proyecto que criticaba hasta hace sólo unos días, sino que demuestra que la tendencia centrípeta es una patología sevillana.

Digámoslo de frente. Por derecho. En Sevilla, según ciertas costumbres que también podríamos llamar vicios, parece que no existiera vida inteligente extramuros. Y sin embargo, como diría Galileo, existe. A Dios gracias. Lo cual no deja de ser un extraordinario consuelo si se tiene en cuenta lo que se oye a determinados personajes políticos. Por otra parte, también es una enorme lástima si la cuestión se contempla desde otro punto de vista: una buena parte de los problemas urbanos y sociales que lastran a esta ciudad obedecen a un mal –la obsesión centrípeta– que sin darnos cuenta nos limita el mundo visible, y hasta el intuido; nos ayuda a repetirnos sin mesura y nos hace bastante más aldeanos de lo que pensamos ser, que ya es bastante. Casi demasiado.

Bien es cierto que esta patología, intensamente sevillana, no sólo está avivada por el peso de la tradición y la historia. También viste ropajes de dolencia estrictamente voluntaria. Es una enfermedad deseada, incluso. Una especie de ceguera u obstinación que nos lleva a encerrarnos en un círculo que no existe desde hace más de un siglo. Cada cual es libre de elegir las fronteras que quiera para regir su existencia. Pero lo que está demostrado es que cuanto más escueto es el tablero en el que se sucede la vida diaria las opciones personales se acortan, la mente se atrofia y la existencia social se convierte en un teatro –siempre lo es, pero las calidades dramáticas varían– imposible y repetitivo. Descorazonador.

Fibes, un ejemplo. El Ayuntamiento de Sevilla decidió esta semana tomar posesión física del nuevo Palacio de Exposiciones y Congresos (Fibes). Un edificio deslumbrante diseñado por Guillermo Vázquez Consuegra, probablemente el arquitecto sevillano más importante de los últimos años. La discusión, una vez más, se ha centrado en su coste: algo más de 100 millones de euros. Una cifra notable, sin duda, pero que debería ponerse en comparación con otros proyectos de similar naturaleza y, sobre todo, contrastarse con la capacidad que tendrá para devolver a la ciudad –se ha pagado con dinero público– semejante inversión.

La discusión sobre su precio definitivo, siendo lícita y sana, está viciada, como casi siempre, por factores políticos ajenos al propio proyecto. Partiendo de la misma cifra que el responsable de Emvisesa, el gerente nombrado por el PP, puso encima de la mesa en la presentación oficial, con el alcalde presente. El acta oficial se ha firmado por 90 millones de euros, bastante menos de los 120 millones que, extrañamente, insiste todavía en vender el Consistorio.

Fibes ha sido un ejemplo de cómo no deben hacerse las cosas. La responsabilidad sólo es achacable al anterior equipo municipal, que lo contrató a un precio irreal –casi se podría hablar de una baja temeraria, un factor que debería haber hecho que se replantease la adjudicación– y después se prestó a las modificaciones requeridas por las empresas constructoras. Tal estrategia ni iba en beneficio del proyecto final –el estudio de Vázquez Consuegra advirtió desde el principio que el edificio no costaría 60 millones, cosa obvia si se compara con el coste de otros palacios de congresos inferiores en tamaño, como el de Vigo– ni de la salud de las arcas públicas. El segundo error consistió en segregar en tres partes el proceso de construcción del edificio: por un lado la arquitectura, por otro la ingeniería; en último extremo, la ejecución material. La coyuntura estaba abonada para los conflictos. Todo esto hizo de Fibes una obra demencial. Por eso se podría considerar casi un milagro el resultado final: un edificio soberbio, a la altura de una urbe europea.

Pese a esta evidencia, el gobierno municipal ha tardado mucho en admitir los hechos. Sólo ha cambiado de posición (oficial) a medida que ha ido atisbando la extraordinaria repercusión política que tendría su inauguración. No es faltar a la verdad decir que durante su etapa en la oposición el PP no evaluó la construcción del nuevo Fibes más que como un monumento al “despilfarro”. Ésta ha sido su tesis hasta hace apenas unas semanas, cuando intentó sacar algo de rédito al hecho –indiscutible– de que este equipamiento público es una de las escasas obras en las que Sevilla puede poner ciertas esperanzas para impulsar uno de sus sectores económicos: el turismo.

El tránsito se resume en una foto: Zoido visitando el egregio edificio junto al arquitecto, después de que su equipo presumiera por la celebración del reciente congreso de bioquímica –también una herencia ajena, aunque de naturaleza privada– y anunciase un plan estratégico para comercializar el nuevo palacio. El Ayuntamiento, sin embargo, no ha explicado todavía los motivos –que no son técnicos– por los cuales decidió ubicar este importante cónclave científico en el antiguo recinto congresual. Una decisión con la que la ciudad ha perdido dinero. Tampoco ha aclarado las razones de su cambio de posición política: de la oposición frontal a la asunción plena del proyecto. Un giro muy llamativo que de todas formas es de agradecer. Bienvenidos al sentido común. Cualquier otra cosa distinta hubiera ido en perjuicio de la ciudad, además de ofender la inteligencia de los ciudadanos. Ninguno de ambos factores además le hubieran beneficiado.

Fibes es ya una realidad rotunda. Y hay que felicitarse por ello: es la gran oportunidad de Sevilla para hacer algo por sí misma a pesar del signo (negro) de los tiempos que corren. Hay quien estos días ha comparado el coste del palacio de congresos con el Parasol. Me parece un ejercicio pertinente. Sobre todo si se aborda al calor de la creencia de Alejandro de la Sota sobre la arquitectura, en el sentido de si ésta es o no “necesaria”. ¿Era Fibes necesario? Desde hace más de una década nos faltaba un equipamiento adecuado a las necesidades del mercado de convenciones. ¿Lo era el Parasol? Para tratarse de un mercado de abastos –todavía– es evidente que no. Fibes, si el Ayuntamiento lo gestiona bien, devolverá la inversión. En el caso del Parasol este supuesto se antoja imposible.

Hacer ciudad. Dicho esto, la inauguración de Palacio de Congresos tiene otra lectura casi tan importante como la económica: su propia ubicación. Es gracioso: el Ayuntamiento, al vender su plan de servicios para Fibes, habla –literalmente– de “acercar el edificio a la ciudad”. ¿Sevilla Este no es Sevilla? De ahí parte el vicio de la obsesión centrípeta de la ciudad oficial. Un mal que explica que todavía se hable del centro y los barrios, como los nacionalistas catalanes hablan de su región y de España. Como si no fueran lo mismo. Claro que de esta pandemia ni siquiera se libraron los socialistas, que prometieron trabajar por los barrios pero concentraban sus proyectos en el centro.

El gran mérito del nuevo Fibes, cuya ubicación deviene de una decisión anterior incluso a Monteseirín, es que construye ciudad donde –para algunos– no existe. Amplía el límite mental del sevillano tradicional. Obliga a la Sevilla política a mirar a la ciudad de forma integral. ¿Qué hubiera ocurrido si los grandes proyectos del anterior mandato municipal se hubieran repartido por lo que llaman la periferia? Probablemente hubiéramos, siguiendo el símil de Vázquez Consegra, “monumentalizado” una Sevilla que existe pero que todavía no se atiende suficientemente en los foros municipales más allá de los intereses electorales. Fibes no sólo será un motor económico y es un edificio de notable calidad arquitectónica. Es un ejemplo cierto de que se puede construir una Sevilla digna, moderna e inteligente fuera de viejo círculo mental de la ronda histórica. El sueño de la ciudad integral.

Hadid, la austeridad caprichosa

Carlos Mármol | 9 de septiembre de 2012 a las 6:15

La arquitecta internacional califica de “escandaloso” el derribo de su biblioteca central para la Universidad, un edificio concebido como un meteorito en un espacio verde, El Prado, recuperado con fondos europeos.

A juzgar por la notable repercusión que esta semana han tenido las palabras de la famosa arquitecta Zaha Hadid sobre la destrucción de la biblioteca del Prado de San Sebastián, cualquiera diría que tras oír su firme anatema sobre Sevilla deberíamos rasgarnos las vestiduras. Pecado mortal.

La autora de la efímera mediateca de la Hispalense, un esqueleto de hormigón e hierro que apenas si logró levantarse pocos unos metros del suelo, calificó de “escandalosa” la eliminación de la cimentación de este inmueble, que ha quedado definitivamente fuera de planeamiento por una decisión firme de los tribunales de justicia. Hadid sostiene que cumplir esta orden judicial es un caso evidente de mala utilización de los recursos públicos. “No conozco los detalles; quizás alguien cometió un error; no tengo ni idea de la historia completa, pero en las actuales circunstancias, cuando España está pasando por serios problemas financieros, demoler un edificio que ya se está construyendo cuesta dinero y es simplemente inaceptable”.

Es una opinión lícita, desde luego. Sobre todo porque la viabilidad de dicho proyecto significaba un próspero negocio para su estudio de arquitectura, uno de los más importantes y caros del mundo. Y, sin embargo, no deja de resultar paradójico que una de las autoras más representativas de la excesiva y vacía arquitectura efectista que hasta hace sólo unos pocos años ha poblado de forma compulsiva, con los mismos iconos en serie, una buena parte de las urbes europeas, americanas y asiáticas se permita el lujo de darnos lecciones de austeridad. Precisamente en este momento.

El culto a la vanidad. Una cosa sí es cierta: el proyecto de Hadid ha sido un quebranto para las arcas públicas. Aunque el derribo tan sólo es la última parte de la enorme factura. El dispendio comenzó el día que la Universidad abrazó sin prudencia alguna la aspiración del anterior alcalde –Monteseirín– de levantar un hito fotogénico sobre un jardín público. Un sitio que no era precisamente el más indicado para correr determinados riesgos. Si la biblioteca se hubiera construido en cualquier otro lugar –Los Gordales, por poner un caso, cuyo destino antes o después debe ser un campus universitario– estaría funcionando sin problemas y sin haber generado demasiada polémica. Las intenciones, sin embargo, eran otras.

Había que hacer la biblioteca de Hadid en elPrado por una cuestión de imagen, política, no por cualquier otra convicción. Se trataba de consolidar la vanidad de los políticos de ambas instituciones, que durante esos días se repartían mutuamente medallas. El proyecto jamás respondió a una decisión autónoma de la institución académica. Fue una debilidad en la que la arquitectura tuvo poco que ver. Igual que sucedió con el Parasol, donde esta disciplina brilla por su ausencia.

La arquitectura es otra cosa. En la Encarnación y en el Prado se optó más bien por la propaganda arquitectónica, que no es lo mismo que la arquitectura. El proceso fue similar: todo se dirimió a partir de una cuestión relacionada con el ego, consecuencia de la sensación planetaria que, al parecer, debe implicar el hecho de pagar con el dinero de todos (nosotros)ciertos proyectos personales.

Si hacemos algo de historia veremos que la Universidad no se ha caracterizado nunca por la incentivación de la arquitectura de calidad. Hay, claro es, algunas excepciones, pero casi ninguna de ellas ha partido de los rectores de la Hispalense. Por ejemplo: el extraordinario aulario holandés que el estudio que forman los sevillanos Morales+Giles+Mariscal (MGM), construyeron para la Pablo de Olavide. Es una disidencia, no la norma.

La Hispalense, como todas las instituciones de raíz endogámica, ha preferido resolver sus edificios de manera burocrática, funcional. Para salir del paso, sin demasiada reflexión sobre la ciudad. El rectorado repartía los proyectos según cuotas y prefería de ordinario optar por una arquitectura de aparejadores a la hecha por arquitectos. El experimento de Hadid, tan singular para algunos, en realidad oculta un largo desinterés por una disciplina en la que una institución académica debería ser un referente. Es una manera extraña de ocultar una carencia profunda: presumir de aquello que nunca se tuvo.

Prueba de ello es la intensidad con la que los dos últimos rectores universitarios –el de antes y el de ahora– perseveran en el error de defender lo indefendible. Se podrá estar de acuerdo o no con la resolución judicial que paralizó la biblioteca. El proyecto de la arquitecta de origen iraquí podrá gustar más o menos. Es lógico. Ya no lo es tanto que una institución como la Hispalense, que tiene legión de doctores en múltiples materias, incurra absurdamente en el vicio de la soberbia y, desde el principio, no respetase a la minoría que al final terminó ganándole la batalla judicial.

Una victoria que aún no se ha asumido: todavía hay quien dice que es “injusto” que un proyecto tan importante haya sido tumbado por un grupo de “vecinos con dinero”. Como si el patrimonio impidiera a uno tener la razón o, como mínimo, el legítimo derecho a defender una determinada posición ante un juez. Los vecinos se han gastado su propio dinero en pleitear. La Universidad, en cambio, lo ha hecho con los fondos de todos. Sutil diferencia.

El cáncer del proyecto de Hadid, de todas formas, nunca fue el edificio en sí mismo, sino la ubicación:una zona verde cuya rehabilitación fue costeada con fondos europeos. Había otros espacios y opciones disponibles. De hecho, el Prado fue una elección de última hora. Pero tan seguro se estaba en ciertos despachos de gozar del poder omnímodo para redibujar la ciudad en función de los deseos particulares que hasta se eximió al Ayuntamiento –el colaborador necesario– de su responsabilidad. Algo incompatible con el mínimo sentido de la prudencia exigible a quienes administran el dinero público. De todos.

El edificio es un ‘fake’. Quien todavía quiera seguir planteando la discusión –que ya resulta bizantina– de la biblioteca sobre la idea de que lo que los tribunales han impedido es que Sevilla tenga un edificio de calidad puede hacerlo. Sólo incurrirá en un soliloquio estéril, un canto fúnebre. No es raro que Hadid diga que no conoce los detalles que rodearon a su proyecto: jamás le importaron.

Su objetivo sólo era hacer caja: cobrar los millones de euros que fijan sus honorarios y partir –en primera, por supuesto– en busca de otro alcalde o rector con ganas de pasar a la historia cegado con el hábil señuelo de la grandeur, que desde antiguo sabemos que es efímera. La austeridad que ahora reivindica la arquitecta es relativa, caprichosa. A ella ni le interesaba la ciudad ni el Prado. Difícilmente podía hacer arquitectura de calidad, con independencia de su éxito comercial.

Lo suyo no ha sido más que un negocio fallido: la venta de una franquicia cultural. Un intercambio en el que la Universidad creía estar comprando prestigio –la iraquí ha convertido su firma en una multinacional del diseño– sin fijarse en el contenido. Igual que se compra un bolso de Louis Vuitton. Por el nombre.

Lo que la Hispalense adquirió por casi seis millones de euros, tirados ahora a la basura, es una réplica. Una copia. Un fake. La biblioteca del Prado era un calco casi exacto del Phaeno Science Center que Hadid le vendió antes a la ciudad alemana de Wolfsburg. Puestos a pagar, la Hispalense podía haber exigido al menos un proyecto original. Pero la rotunda emoción de la posteridad debió nublar la mente de alguien.

No todos los premios Pritzker, igual que sucede con los Nobel, son iguales. El derribo de la biblioteca no es algo que haya que celebrar. Es cierto. Pero el escándalo empezó mucho antes. Un buen día. Tras un arrebato de vanidad.

La ciudad: manual de instrucciones

Carlos Mármol | 1 de julio de 2012 a las 6:12

Sevilla se ha salvado de la condena pública de la Unesco pero se enfrenta a una encrucijada que consiste en saber gestionar las pulsiones que, al igual que antes se inclinaron hacia lo efectista, ahora reclaman la tradición.

La biblia nos enseña que no existe mejor propagandista que un converso. Véase el caso de Pablo de Tarso. Esta semana, mientras la ciudad oficial vivía en vilo por saber el resultado del examen de la Unesco sobre la Torre Pelli, convertido por unos en una enmienda a la totalidad sobre Sevilla al completo, probablemente para enaltecer el orgullo patrio; al mismo tiempo que reproducíamos una vez más la controversia eterna sobre la identidad del predio hispalense, fluvial y antiguo; cuando algunos insistían en salvar lo que llaman la marca Sevilla (una ciudad, en realidad), nuestro prestigio, en cierto sentido, dependía más de la impresión personal de William J.R. Curtis, un historiador y crítico que es considerado por casi todos los organismos que entienden algo de arquitectura como el mejor juez (después del tiempo) del arte que consiste en construir edificios contemporáneos.

Curtis no vino a conocer el Parasol ni la Torre de la Cartuja. Viajó para ver San Telmo y, entre otros edificios, el olvidado poblado de Esquivel. Este historiador, que es un escritor brillante y, a ratos, impertinente, aunque acostumbre a acompañar sus opiniones con su eterna sonrisa de inglés bonachón, tiene la virtud de, además de tener un criterio propio, algo que se echa de menos sobre todo en la política municipal, argumentar sus decisiones (prueba de que las ha reflexionado) y aportar, en el océano de populismo y demagogia por el que discurre el debate sobre Sevilla, una visión externa, ajena a los compromisos y a los intereses que condicionan la discusión sobre la ciudad. Quizás por eso sus enseñanzas sean tan fecundas.

Su discurso, además de un profundo conocimiento de la historia de la arquitectura, nos deja una enseñanza sorprendente. Podría resumirse así: Sevilla continúa sin llegar a ninguna conclusión sobre cómo debería evolucionar, moviéndose siempre entre los extremos del efectismo moderno y el dogma del clasicismo porque, en realidad, no sabe leerse bien a sí misma. No reconoce los versículos de su propio libro urbano.

Si una ciudad es un pergamino antiguo, noble, gastado, donde se superponen las distintas escrituras del tiempo, como una atlántida sumergida que hay que descubrir para poder seguir navegando sin naufragar, la capital de Andalucía parece haber olvidado por completo algunas de las lecciones que la historia, maestra de la vida, nos enseñó hace décadas. Incluso siglos: la modernidad consiste en saber reinventar lo antiguo en función del contexto, del lugar y de la verdadera identidad.

No se trata de ninguna teoría académica. Ni de un concepto de corte intelectual. No. Los edificios que son realmente excepcionales casi siempre tienen dos méritos: son impuros, en el sentido de que mezclan diversos lenguajes en un único discurso, generalmente nuevo; y son el fruto de la síntesis inteligente entre las lecciones del pasado y la sabiduría del presente. No es fácil dar con la combinación precisa. Por eso todas las ciudades, en cierto sentido, resultan proyectos fallidos. Y, sin embargo, el verdadero reto consiste en no dejar de buscar.

Sevilla tiene, en la Giralda y en algunos otros edificios más, desconocidos incluso para los propios ciudadanos, algunos ejemplos de esta extraordinaria capacidad de la que goza la arquitectura para poder encarnar las aspiraciones de un tiempo o una época. Curtis lo explica con otras palabras: “Los grandes edificios son aquellos que transmiten antes incluso de que se les entienda”. La pedagogía viene después.

La reflexión del crítico inglés resulta conveniente justo en este preciso momento. Cuando Sevilla, tras la certeza de que la Torre Pelli será terminada, parece condenada a repetir la pulsión de los años previos, aunque con la variante opuesta. Si en la etapa de Monteseirín se optó por una arquitectura efectista, cara y de resultados discutibles, la era Zoido parece adentrarnos en el peligroso terreno de la ciudad como parque temático, sólo que de corte tradicional en lugar de futurista. Con independencia de las preferencias que tenga cada uno, el hecho evidente es que siempre nos movemos como un péndulo salvaje (en los extremos), sin acertar a encontrar el término medio, el punto en el que, según los clásicos, radica la virtud.

Sevilla ha llegado tarde a todas estas estaciones. Los políticos, porque las ciudades las construye el poder, rara vez los ciudadanos, optaron hace una década por reproducir, a nuestra escala, mucho más provinciana, el circo de artefactos formalistas de la arquitectura de la globalización. La ciudad quedaba reducida así a una imagen, un único símbolo que permitiera su comprensión inmediata, sin tener que pensar demasiado, capaz de ser reproducido en una revista de aeropuerto.

Frutos de esta megalomanía son el Parasol de la Encarnación, cuya relación con la arquitectura es tan discutible como su estética o su rentabilidad económica; y la Torre Pelli, que quedará (ya es inevitable) como ejemplo de un tiempo marcado por la desmesura. Siendo el proyecto más sobrio de todos los posibles para el Sur de la Cartuja (el concurso de ideas tenía propuestas aún más surrealistas), reproduce la misma patología icónica de la globalización. Esto es: una ciudad (la clásica o la moderna) debe poder resumirse sólo con una única imagen. Una foto.

Habría que preguntarse si somos tan simples. Si Sevilla no será en realidad bastante más compleja. El nuevo escenario que se abre tras la Torre Pelli, por los escasos signos legibles del discurso municipal, parece augurar una especie de vuelta a las raíces, aunque con variantes. La tesis de que la Sevilla tradicional debe prevalecer en el centro y que los experimentos, si se hacen, porque ahora no hay dinero, mejor en lo que el Ayuntamiento todavía denomina “los barrios”, que es la Sevilla extramuros. La ciudad real.

El modelo, a pesar incluso de su escasa solidez conceptual, se resume en una receta: el centro debe ser un parque temático para el turismo, con azulejos en Triana; y la periferia (relativa) el territorio para dar carta blanca al inversor. La célebre alfombra roja. Y, sin embargo, ninguna ciudad puede ser un organismo armónico si se mueve entre estos dos extremos. Más bien será una ciudad dual, sin cohesión no sólo social, sino urbana.

La receta de William J.R. Curtis es de naturaleza distinta. Y, sorprendentemente, viniendo de alguien de fuera demuestra conocernos mejor que nosotros mismos. Probablemente porque, por muy singulares que creamos ser, somos iguales a otras muchas urbes. Su propuesta está llena de sentido común: hay que aprender del pasado, pero renovándolo, reinventándolo.

Sevilla nunca tuvo necesidad de acudir a modelos ajenos porque su modernidad está, aunque no sepamos atisbarla, en su raíz. Es ella misma. Tan a la vista está (en la Giralda, un edificio donde el Renacimiento se cimenta sobre el pasado musulmán y los sillares más antiguos son romanos y visigodos) que no sabemos ni mirarla.

No se trata de reproducir los modelos heredados, imitándolos, como si el tiempo no hubiera pasado, o de convertir la ciudad intramuros en un parque temático destinado al turismo para situar los edificios en altura fuera del centro. Se trata, en palabras de William J.R. Curtis, de “recordar que lo mejor de lo nuevo a veces puede depender de la metamorfosis inteligente de lo antiguo”. Toda una lección.

Torre Pelli, vicios capitales

Carlos Mármol | 24 de junio de 2012 a las 6:06

Sevilla no ha sido capaz a lo largo de su historia de construir una imagen de sí misma compartida por la mayoría de los ciudadanos. Su configuración urbana nace de la eterna oposición entre los contrarios, nunca de la síntesis.

Francisco de Quevedo y Villegas, caballero de la Orden de Santiago, espía y poeta, señor de la Torre de Juan Abad, un diminuto villorrio manchego cercano al Campo de Montiel, lo dejó escrito en su excelente tratado sobre el poder de las monarquías: Política de Dios, Gobierno de Cristo. “A vuestro cuidado, no a vuestro albedrío, confió las gentes Dios nuestro Señor”.

Otro tanto podría decirse de los alcaldes y la ciudades: las grandes urbes, igual que los pueblos y las naciones, son dejadas en custodia a los sucesivos gobernantes para que éstos las mejoren o al menos no las empeoren durante su mandato, no para que las descompongan a su antojo y capricho.

Sevilla siempre ha ignorado este consejo. Su configuración mental y urbana, en lugar de ser fruto de un cierto consenso, obedece a una sucesión de decisiones arbitrarias tomadas por los sucesivos linajes con mando en plaza, muchos de ellos efímeros, pero aspirantes perpetuos a capitalizar las tareas de su gobierno.

No somos pues una ciudad con vocación ecuménica ni armoniosa, sino el resultado de ese vicio tan sevillano que consiste en superponer las propias ficciones sobre las ajenas, imponer nuestras obsesiones jerárquicas sobre la realidad y preferir la decoración y el aderezo a la solidez de los buenos edificios. El lugar donde perduró durante más tiempo la arquitectura efímera.

Hace falta mirar hacia atrás para poder comprenderlo. En el Renacimiento, los humanistas hispalenses, de vida breve y herencia escasa, proyectaron la sombra de su ciudad ideal –Roma– sobre el territorio de la Colonia Rómula Iulia. La urbe en la que habían nacido no les satisfacía: era una ciudad medieval, abigarrada, sin plazas, llena de adarves. La conquista cristiana se limitaba a un pendón sobre una de las torres del Alcázar y a un cuerpo de campanas en la cima de las viejas mezquitas.

Prefirieron negar esta realidad –renunciando en consecuencia a mejorarla– para sustituirla por su aspiración. Recurrieron a la tecnología de los artefactos: instalaron, con motivo de las celebraciones públicas más tracendentes, un rosario de decorados virtuales –de inspiración clásica, en su mayoría– sobre un tejido urbano cerrado y difícil. Durante un tiempo hicieron cierto su sueño mediante el recurso de la suplantación.

El problema fue que, fracasando, crearon escuela. Desde entonces hasta ahora muchos continúan negando en Sevilla la ciudad cierta porque no pueden comprenderla o no son capaces de transformarla de verdad, más allá de la epidermis.

Cuando uno contempla la Sevilla actual, en cierto sentido visualiza la ciudad de los nobles arcos triunfales que podían ser barridos por el viento, hechos para el Corpus, o los túmulos dedicados a conmemorar los decesos regios. La capital del soneto con estrambote de Cervantes. Roma triunfante en ánimo y nobleza donde todo resulta majestuoso un instante y, al punto, se esfuma. Un lugar pretencioso y falso. Pues su ánimo era bastante corto y los linajes se compraban en las gradas.

Cinco siglos después, estas dos ciudades no desentonan en demasía. Todavía padecemos una sucesión de arquitecturas frustradas, muchas de ellas con vocación grandilocuente, que persiguen sustituir la Sevilla anterior confiando en los milagros. La única diferencia es que lo que antes era efímero ahora es sólido. Por lo demás, seguimos peleándonos con enorme furia por gritar a los demás cómo somos en lugar de pensar cómo deberíamos ser.

Sevilla conocerá dentro de cuatro días el resultado de la asamblea de la Unesco que decidirá si nos retira el máximo sello patrimonial que disfrutamos por el mejor cahíz de la tierra, como llamaban en el XVI al conjunto monumental formado por la Catedral, el Alcázar y la Lonja.

En función de lo que pase se harán distintas lecturas, pero todas –me temo– esquivarán el problema de fondo: ¿Por qué no asumimos de una vez la ciudad que tenemos e intentamos mejorarla en lugar de dedicarnos a enfrentar las banderas de la nostalgia costumbrista y la modernidad aparente?

Si retenemos nuestro prestigio patrimonial –relativo, en todo caso–, muchos dirán que habremos salvado el buen nombre de Sevilla. Alguno se creerá un héroe. Si nos dejan sin él, el sermón más previsible nos culpará por haber pecado de soberbia al poner en peligro nuestra alma por el capricho de la atalaya que se levanta, desafiante, al Sur de la Cartuja, que más que competir con la Giralda, la emula.

Ambas posturas prolongan el eterno bucle de Sevilla, que consiste en reinventar sin descanso una ciudad que existe desde hace siglos. Que tenemos delante de los ojos y que no queremos ver, cegados por nuestras propias ideas sobre ella. Sevilla es la suma de todas las urbes previas y la antesala de todas las futuras. Un nombre polisémico. Pero no hemos sabido configurarlo como un bien compartido, común. Preferimos tirarnos a la cara nuestros respectivos decorados.

La Sevilla antigua dejó su sitio a la musulmana; la medieval, a la renacentista. Después vinieron la urbe de la Contrarreforma y la Inquisición. La ruina y los señoríos agrarios se consolidaron algo más tarde, con el breve paréntesis de Olavide, el sueño de una hermosa ilustración hispalense que, como tantas otras cosas, nos llegó desde América. Desde entonces, añoranzas y exposiciones universales, seguidas de las correspondientes crisis. Cíclicas. Constantes.

Al calor del polémico dictamen de la Unesco discutimos de nuevo si tradición o modernidad, si paisaje histórico o rascacielos. ¿Importa demasiado si todos seguimos mirando en la dirección equivocada? Los sucesivos tránsitos históricos reproducen siempre un mismo canon: niegan la ciudad existente para prometer una utopía modernizadora, en lugar de hacer el camino contrario, que pasaría por mejorar primero la Sevilla real para justo después alcanzar los sueños.

Ninguna de estas dos visiones enfrentadas quiebra nuestra aspiración de seguir siendo una urbe celestial. Nuestro problema quizás radica justo en esto: no somos capaces de ser una ciudad normal. Llevamos siglos obsesionados con imponer a los demás nuestra propia ficción sobre Sevilla. Es controversia infinita: al fin y al cabo lo que queremos consolidar es un relato sobre nosotros mismos. Nunca lo lograremos.

Sevilla nos parece destinada a encarnar este decorado capaz de cambiar en función de las circunstancias históricas o económicas. Pero en el fondo para nosotros mismos sigue siendo un misterio íntimo, el gran secreto. Escondido y a la vista, al mismo tiempo. Si aún no lo hemos comprendido antes es porque no dejamos de inventarla, superponiendo espectros para simular transformaciones que no llegan.

En la Sevilla del Renacimiento los humanistas usaban arcos triunfales para camuflar espacios impuros que igual servían como tentaderos que para los autos de fe. La Torre Pelli, el Parasol o la difunta biblioteca del Prado tienen idéntico objeto aunque su génesis sea diferente; mientras los renancentistas ignoraron la ciudad real por su ansia de alcanzar la urbe ideal, los falsos arcos de la gloria de Monteseirín nacieron del absolutismo, el mal de quienes gobiernan sobre la regla de sus caprichos, en lugar de garantizar las necesidades generales.

Las ocurrencias más recientes de Zoido –destruir la Alameda de Hércules o instalar un azulejo de cerámica en la zapata de la calle Betis para anunciar lo evidente: que Triana sigue donde siempre, idea que parece más propia de Las Vegas que de Europa– acaso son menos aparatosas pero igualmente estériles. Porque mientras unos se regodean en la gloriosa involución y otros pregonan el futuro, del presente de Sevilla no se ocupa nadie. La verdadera ciudad sigue esperando. Extramuros.

Unos piensan en Sevilla como un organismo perfecto que no debe cambiar. Una momia que nunca envejece. Otros la ven como un pueblo pobre y con pretensiones que necesita hacer ruido para llamar la atención. ¿Por qué hay que conformarse con estos extremos? Elegir entre la urna de San Fernando y la Torre Pelli no soluciona nada.

Nuestro problema es cultural. La verdadera Sevilla se nos antoja misterio porque es evanescente. Desconocida hasta para sus hijos, queda oculta tras el velo de las polémicas. La Unesco puede condenarnos pero no resolverá esta duda. No descubrirá cómo somos porque esto –la identidad– depende de nosotros. De nadie más.

El argumentario imposible

Carlos Mármol | 6 de junio de 2012 a las 6:05

El equipo de Zoido ha logrado la cuadratura del círculo: convertir en un referéndum sobre su propia gestión la polémica generada por la construcción de la Torre Cajasol, que le fue impuesta y que no ha sabido manejar.

La escena es anecdótica. Pero revela cómo han sido las cosas. Un insigne miembro del equipo de gobierno de Juan Ignacio Zoido –muy dado a la campechanía– es preguntado por otro sobre su posición política en relación a la última resolución sobre la Torre Cajasol.

–“¿Que cuál es mi criterio? Pero cómo voy a tenerlo, si la dichosa resolución está escrita en inglés”.

El interlocutor se queda perplejo ante la respuesta, a la que sigue, como era de esperar, una sonrisa de complicidad. No hay mejor metáfora para resumir la situación: el gobierno municipal, a pesar de su robusta mayoría, parece no haber entendido ni de lejos, ni de cerca, ni antes, ni ahora, el evidente riesgo político que tenía entrar en la controversia generada al calor del rascacielos del Sur de la Cartuja.

Prueba de ello es la contradicción en la que ha quedado atrapado el alcalde. Animado por su círculo más próximo, insinuó en varias ocasiones que sería capaz de parar este proyecto para que Sevilla no perdiera su condición de Patrimonio de la Humanidad; extremo que incluso mereció letras de imprenta, es de suponer que con su beneplácito.

Esta semana ha consumado un extraño giro copernicano: después de que la Unesco haya elaborado una resolución previa para declarar como bienes en peligro a la Catedral, el Archivo de Indias y el Alcázar, el regidor ha proclamado que “personalmente” defenderá el edificio de César Pelli ante este organismo internacional. ¿Cómo es posible?

Las razones son múltiples. Casi ninguna de ellas deja en buen lugar al político que ocupa la Alcaldía con el mayor respaldo popular de toda la democracia. Lo más curioso es que en el aprieto se ha metido solo, porque, como ahora insisten en recordar desde la Plaza Nueva, Zoido ni impulsó este proyecto ni le gusta. Lo cual hace mucho más singular, que no exitosa, su estrategia política en relación a este asunto.

Para entender el trasfondo de la historia primero habría que cuestionar algunos lugares comunes. Ya saben: esas frases que se repiten –generalmente porque las ha dicho otro– sin reparar en si son ciertas. La esencial: “El PP nunca amparó a la Torre Pelli, que es un proyecto del anterior alcalde, que embarcó en la operación a la antigua caja sevillana, hoy integrada en Banca Cívica y, en septiembre, en Caixabank”.

La insistencia exculpatoria de Plaza Nueva es intensa pero no sólida. Es verdad que fue la obsesión de Monteseirín de pasar a la historia –otra cuestión es con qué repercusión lo ha hecho– el origen de la Torre Pelli; igual que fue la causa del Parasol de la Encarnación.

El proyecto se aprobó con la mayoría del anterior equipo municipal –PSOE e IU– y con un aval tácito, que no expreso, de la Junta, aunque la responsabilidad jurídica –la concesión de la licencia, que es lo relevante– sea competencia única del Ayuntamiento. Una de las vías de escape que ahora usa la Alcaldía para tratar de justificar su insólito cambio de postura intenta focalizar la atención en el hecho de que “el proyecto es del PSOE”. “De Chaves, Monteseirín y Pulido”, al que Zoido califica como “un militante socialista”.

Todo esto es cierto. Hay, sin embargo, otros factores que se obvian. Por ejemplo: el marco urbanístico a partir del cual se otorgó la polémica licencia de construcción –un Plan Especial– fue aprobado con el voto favorable del PP. Lo que implica que la construcción de la torre no fue, al menos a efectos políticos, una decisión exclusiva de PSOE e IU, sino también del PP, en cuyo grupo municipal estaban entonces muchos ediles del gobierno actual.

No pueden alegar ignorancia: el documento urbanístico que votaron incluía para la Cartuja Sur una “propuesta arquitectónica de 50 plantas”. Ni siquiera su respaldo fue flor de un día: el convenio urbanístico previo al Plan Especial, sobre el que éste se sustenta, fue ratificado en el Pleno por unanimidad. El PP votó a favor.

Estos datos aclaran un poco el panorama y matizan la tesis oficial. El proyecto era del anterior gobierno, cierto, pero el PP no se opuso nunca a su realización en las sucesivas ocasiones disponibles. Siempre votó a favor. Su primer cambio de postura se produce después de que los ciudadanos contrarios al proyecto, que forman una plataforma heterogénea donde conviven desde profesionales de reconocido prestigio a grupos conservacionistas, pusieran en práctica una doble táctica: acudir a la vía judicial y censurar su impacto en el ámbito patrimonial.

Este colectivo, que empezó a funcionar cuando el Plan Especial ya había sido aprobado –algo tarde para sus propios intereses–, no ha logrado hasta ahora respaldo judicial para paralizar las obras, pero, en cambio, sí ha conseguido que su visión sea asumida, en primer término al menos, por la Unesco. Una victoria que ha cogido a contrapié a todos. Promotores, políticos y a los propios críticos con la torre.

Zoido, tanto durante la campaña electoral como en los primeros meses de su mandato, siempre se alineó con las tesis de este colectivo. Hizo suya la idea de que, si corría peligro el status patrimonial de Sevilla, había que parar las obras. Pueden ver una muestra –por si alguien todavía lo pone en cuestión– en internet.

En enero, cuando la Unesco comenzó a alertar de que la torre afectaba al paisaje histórico de Sevilla, el alcalde llegó incluso a amagar con paralizar el proyecto unilateralmente si Cajasol no aceptaba renegociarlo. Fue un proclama transitoria: la entidad financiera reiteró que no tenía intención de suspender las obras y dijo que pediría indemnizaciones millonarias. Zoido calló. Esto es: otorgó. No movió pieza. Empezó a meterse en el jardín. Todavía no ha salido.

Intentó ganar tiempo quitando importancia a las alertas de la Unesco. Esta semana la cuestión dejó de ser opinable: la propuesta de resolución que se vota a finales de mes en San Petersburgo recomienda, de entrada, retirar a Sevilla su sello patrimonial. Para asombro general, Zoido ha empezado ahora a sostener lo contrario de lo que siempre dijo, negando además estar incurriendo en ninguna contradicción. Probablemente sea para no darle al portavoz socialista en el Ayuntamiento, Juan Espadas, el gusto de terminar haciendo precisamente lo que él le había propuesto a inicios de este año. Sin éxito.

Parece claro, de cualquier forma, que Zoido no sopesó bien la cuestión cuando se alineó en contra del rascacielos, acaso por dar más importancia a los titulares de prensa que al árido mundo del derecho urbanístico. Era la clave: según la ley, una licencia es un acto reglado –no graciable– y debe concederse siempre si se ajusta a derecho. Es el caso de la Torre Pelli. Revocar su permiso de construcción sin una razón urbanística –no valen las políticas ni las estéticas– implica incurrir en un acto administrativo nulo e, incluso, potencialmente delictivo.

Las licencias están amparadas por el principio de irrevocabilidad. Es el mismo talón de Aquiles de todos los grandes asuntos de su primer año de gobierno: Ikea, Alameda, Gavidia. Contar con una mayoría de veinte ediles no exime de tener que cumplir la ley y, en su caso, contar con razones defendibles ante terceros, incluso en sede judicial. Hace falta tener argumentos. Y el argumentario oficial de la Alcaldía, ahora se ve, es sencillamente imposible.

El alcalde niega que haya cambiado de posición. Quizás sea cierto: nunca la ha tenido. La Torre Pelli, más que un atentado a la Sevilla histórica o un proyecto con beneficios económicos, para el PP ha sido simplemente un argumento electoral. Un recurso para erosionar al anterior gobierno y a la Junta sin importar las consecuencias, que ahora son nefastas.

Si se consuma la propuesta de la Unesco, Sevilla sufrirá un revés en su marca exterior, una de las obsesiones del regidor. No es el único daño: la credibilidad del alcalde también va a bajar muchos enteros, si no lo ha hecho ya. Es el peligro de gobernar a base de golpes de efecto: las cañas se tornan lanzas. Algún capitular de la Plaza Nueva debería aprender inglés. Y otros, algo de urbanismo. Es duro, pero tiene sus satisfacciones.

La herencia, futuro imperfecto

Carlos Mármol | 3 de junio de 2012 a las 6:05

La recta final de las obras de Fibes permite a Zoido aprovechar en su beneficio político un proyecto iniciado por su antecesor en la Alcaldía. Un hecho que contrasta con las recurrentes críticas del PP sobre la herencia recibida.

Si tenemos por cierta la sentencia clásica que sostiene que el hombre es esclavo de sus propias palabras y, al mismo tiempo, dueño de sus particulares silencios, convendremos en que la única defensa real ante nosotros mismos es mantener la boca cerrada. Es la mejor manera de que a uno no lo cojan en una irremediable contradicción. Extraña que este consejo, tan sabio, no se aplique con demasiado interés en la vida política sevillana, donde el cúmulo de contradicciones, autodesmentidos e incoherencias es tal que casi podríamos hacer, a la manera de Ciorán, un verdadero breviario de podredumbre política basado en las mentiras a la hispalense manera, que es amplia y, por lo que se ve, extensa. Casi un oficio.

En Sevilla hablar sin mesura, e incluso sin mucho fundamento, no es que salga gratis, sino que incluso permite a determinados personajes lograr singulares recompensas que no siempre, en realidad casi nunca, se corresponden con su propio esfuerzo; la única razón, en mi opinión, por la que debería avanzarse en la vida, más allá de los habituales linajes, las influencias y eso que –ahora– se llaman contactos; conceptos todos ellos contrarios al hermoso e ilustrado espíritu de la meritocracia.

El alcalde de Sevilla, Juan Ignacio Zoido, ha anunciado esta semana con honda satisfacción en una entrevista radiofónica que a finales de mes terminan por fin las obras del Palacio de Congresos de Sevilla (Fibes), el complejo que la ciudad necesita desde hace más de una década para dar un salto de escala en la captación de eventos turísticos. En mitad del océano diario de desgracias, parece que estamos ante una buena noticia. Aunque, quizás, también nos encontremos delante de una nueva contradicción en el discurso político del gobierno municipal. Ambos términos no son necesariamente incompatibles.

En realidad, la fecha de finales de junio no es una novedad: a las tres empresas constructoras ya se les dijo al pagarles el último plazo (más de siete millones de euros) que si no terminaban la obra el 30 de junio serían penalizadas con la imposición de una multa millonaria. Es una cuestión básica que se recoje en los pliegos que regulan la mayoría de las contrataciones públicas, de las que vamos a dejar de hablar durante mucho tiempo dada la actual situación de crisis.

¿Cuál es entonces la novedad en Fibes? Fundamentalmente, el propio edificio, cuya calidad arquitectónica es mayúscula. Cuando Monteseirín intentó improvisar una precipitada inauguración antes de abandonar la Alcaldía con el fin de no dejar nada por estrenar a su hipotético sucesor –fuera Zoido o Espadas–, todavía no se percibía del todo su envergadura. Ahora, después de que dentro de unas semanas terminen los últimos trabajos pendientes, el resultado es a todas luces extraordinario. Vázquez Consuegra roza la perfección con este proyecto a pesar incluso de todas las dificultades que han acompañado a esta extrañísima obra.

La ejecución del nuevo Palacio de Congresos nunca fue un ejemplo de rigurosidad administrativa. Una responsabilidad que corresponde imputar más al promotor –el anterior gobierno local– que al padre de la criatura, que ya advirtió antes de la contratación que el edificio terminaría costando mucho más del precio oficial de salida que –inexplicablemente;o quizás no tanto– fijó el Consistorio. Así lo corroboraron incluso las consultoras externas a las que recurrió el Ayuntamiento.

Todo fue anómalo casi desde el origen. Por eso es llamativo que, aunque sea a un coste importante, y con retraso, el nuevo Fibes haya terminado tan bien, todo lo contrario a otros proyectos, como el Parasol de la Encarnación. Desde el singular método jurídico para contratar el edificio –una encomienda legal a favor de Emvisesa, la empresa municipal de vivienda–, al sistema de ejecución elegido, confiado a un consorcio de tres empresas distintas que dijeron que podrían construir por 65 millones de euros lo que el arquitecto advertía que costaría 90 millones, todo abocaba al conflicto.

La dirección misma del proyecto se dividió en compartimentos estancos: la responsabilidad arquitectónica, por un lado; la ingeniería;por otro; y la ejecución material, por otro. Se intuían problemas de plazo y coste. Y el posterior sinfín de reformados sobrevenidos por la estrategia de las constructoras de recuperar en la obra –con el contrato ya en cartera– un presupuesto que no fue nunca el del concurso.

Que con todos estos condicionantes Vázquez Consuegra haya hecho lo que ha hecho, sin las ataduras que, por ejemplo, tuvo en San Telmo, donde el elemento patrimonial marcó su trabajo, sólo puede deberse al talento o a un milagro, más que a la versión oficial del actual Consistorio, que incide estos días en resaltar la desconcertante habilidad del presente alcalde para llegar y desbloquear con inusitada eficacia suiza cualquier proyecto que se le ponga delante.

Rara vez las cosas son tan simples, aunque sospecho que el trazo excesivamente grueso de este relato es propio de quien escribe los renglones torcidos por los que discurre el sendero que ha elegido el regidor. ¿Si la herencia anterior es la excusa recurrente de su magro balance de gobierno cómo se explica que ahora se adjudique el tanto de una obra ajena? La herencia, tan denostada, va camino de ser el único futuro –probablemente imperfecto– del gobierno local. De momento, no se vislumbra otro.

Es indiscutible, porque hablamos de un hecho, que la conclusión del Palacio de Congresos es un aliento de esperanza en un momento económico grave. Si el turismo sevillano quiere seguir siendo la única industria local debía contar con un recinto capaz de jugar en una división distinta en el mercado de congresos. Sevilla nunca ha albergado, dadas sus dotaciones, ni una cuarta parte de las mayores reuniones profesionales españolas. En el ámbito europeo todavía era peor: un 75% de estos congresos jamás han venido al Sur.

El Fibes de Vázquez Consuegra soluciona esta cuestión, aunque su éxito dependerá de que el Consistorio sea capaz de sacar rendimiento a unas instalaciones que nos permiten jugar –esta vez sin retórica ni exageración– en la misma liga que grandes capitales europeas. La idea de los actuales gestores de Fibes de mantener sus instalaciones en el antiguo recinto y abrir sólo parte del nuevo palacio con el argumento de la austeridad inducen a pensar que quizás el gobierno local no es consciente de la gran potencialidad del auditorio congresual.

El proyecto ha salido caro. Aunque pongamos las cosas en su contexto:en comparación con otros recintos congresuales, de menor tamaño y presupuesto inicial similar, no tanto. Al menos, en términos relativos. A quienes focalizan todo el análisis en el coste definitivo del proyecto congresual acaso habría que recordarles que la pérdida de beneficios que ha sufrido Sevilla por no contar antes con un palacio de congresos adecuado se calculó en 40 millones de euros al año. Cifra notable.

También se olvida que es una iniciativa pública. Y no por elección, sino por exclusión. Los empresarios del sector turístico sevillano jamás quisieron participar en el proyecto porque aspiraban a un palacio de congresos en el centro, aunque probablemente sí aprovechen ahora su actividad. Sería deseable que esta anómala participación sobrevenida, financiada, como siempre, con el dinero de todos, tuviera cierta contraprestación social en términos de empleo. Es lo mínimo.

Un edificio hipnótico

Carlos Mármol | 23 de febrero de 2012 a las 6:05

Tiene razón Antonio Barrionuevo Ferrer, uno de los arquitectos que mejor conocen Sevilla y, quizás justo por eso, que peor ha sido tratado por esta ciudad cruel que es la capital del Sur. En uno de sus estudios sobre las Atarazanas, cuyas primeras intervenciones tuvo encomendadas, sostiene que lo esencial de su arquitectura es la sala. El espacio, sublime, que componen las diecisiete naves alzadas sobre la vieja alquería medieval: el elemento simbólico más importante de este noble edificio que es una catedral imperfecta.

En realidad, la Atarazanas no son nada más –ni nada menos– que esto: una sucesión hipnótica de arcos apuntados sobre los que, con el correr de los años, se fueron sucediendo distintas intervenciones (unas más afortunadas que otras) que terminaron creando un segundo nivel edificado, en buena medida destruyendo casi toda la herencia previa, cuyo fin era cobijar el tesoro: los arcos.

La planta original del antiguo astillero fue alterada a lo largo de su historia con fortuna dispar: Hacienda hizo tabla rasa con la herencia naval sin que se alzaran voces críticas y la Iglesia de La Caridad, mucho antes, se construyó apoyándose sobre estas estructuras o negándolas (por ejemplo en sus patios) cuando le convenía. Dos antítesis de un proceso de evolución que es inherente al edificio que, ahora, le toca recuperar a Guillermo Vázquez Consuegra.

Las Atarazanas son acaso el mejor símbolo de Sevilla: una ciudad –no una estampa detenida en un tiempo estático en el que algunos buscan el paraíso perdido– acostumbrada a los cambios. Hija de la sucesión histórica. Un rasgo, aunque parezca mentira, de lo moderno. Curiosa paradoja en una urbe que algunos creen tradicionalista y, por supuesto, exclusivamente católica, como si La Giralda –otra muestra de magnífica síntesis arquitectónica– la hubieran forjado las manos cristianas.

Vázquez Consuegra se inserta en esta sucesión (infinita) de la arquitectura patria. Ganó el concurso porque supo entender lo permanente de tantos cambios –el valor del edificio son sus naves– proyectando todo el CaixaForum sobre el segundo nivel, sustituyendo unas cubiertas que están en las Atarazanas pero no son las Atarazanas. Superando, con respeto, la herencia recibida y prescindiendo, como en San Telmo, del mito de una Sevilla que jamás existió. Una Sevilla que sólo es ficción.

Anatema

Carlos Mármol | 22 de febrero de 2012 a las 6:05

Si fuera por ellos, Sevilla seguiría siendo una estampa en lugar de una ciudad. Una ficción en vez de un lugar. Un sueño (con mucho de pesadilla) en lugar de un posible hogar compartido. El proyecto que Vázquez Consuegra ha concebido para las Atarazanas ha provocado la airada reacción de algunos de los sectores más conservadores –que no conservacionistas– de Sevilla, contrariados porque, a pesar de no tener presupuesto alguno, ni respaldo jurídico de nadie, ni siquiera entidad, sus particulares ideas sobre este edificio han sido desoídas por las administraciones y, en último término, hasta por Zoidoalcalde. ¿Hasta dónde vamos a llegar? Un rotundo fracaso, algo inaceptable dado que llevaban –y llevan– de embajador a un prohombre como Manuel del Valle, ex alcalde.

Hoy tienen convocada una mesa redonda en el Ateneo para debatir sus propios dogmas. Libres son de discutir lo que gusten. ¿Quién se lo impide? Sin embargo, lo que ayer preocupaba a alguno –otros son unos auténticos caballeros– era que alguien los oyera y, a ser posible, les brindara un titular de periódico que hiciera a los políticos pensárselo dos veces –ahora, en elecciones– antes de dar luz verde al proyecto del mejor arquitecto que ha dado Sevilla en décadas. Dado este anhelo, su posicionamiento debía parecerles a ellos mismos ínfimo. Quizás porque es justamente así.

El proyecto de Vázquez Consuegra acaso no guste a todos, pero tiene la inmensa virtud –frente a las peregrinas ocurrencias de esta sociedad civil, tan dada a los padrinos–, de entender y vincular en un magnífico ejercicio de síntesis la Sevilla histórica con una ciudad presente que, mal que les pese a los costumbristas de guardia, siempre atentos a establecer las esencias de la sevillanía, es tan inevitable como rotunda. Está aquí. Es la que existe. No hay otra.

Critican a Vázquez Consuegra por proyectar el CaixaForum sobre las Atarazanas, lo que, en su opinión, implica su destrucción. Al parecer, esto es un anatema. Y también es lo que hizo Hernán Ruiz en La Giralda: cimentar el Renacimiento sobre el alminar desde el que el muecín llamaba a la oración y defendía la sharia. Justo igual que ahora.

Claveles para Bruselas

Carlos Mármol | 26 de octubre de 2011 a las 20:55

Siza puso ayer del revés la Escuela de Arquitectura. Sin decir ni una palabra y sin corbata. Sólo con su presencia. Más de mil personas le aplaudieron durante minutos. Jamás se vio nada igual entre un gremio tan dado a los vicios presenciales. Estudiantes y claustro poblaban los pasillos. No se podía andar. No se cabía. Sentadas en el suelo, las grandes firmas de la arquitectura sevillana esperaban, como pupilos, oír a un arquitecto que no cree en la firma y que explica su Atrio para la Alhambra en luso. Un ejemplo de humildad para quienes no suelen aceptar de buen grado transmitir a la gente del común sus hazañas. Siza ha hecho para Granada un ejercicio de naturalidad titánico: algo que parece hecho sin esfuerzo y que, en realidad, está medido, reflexionado, sopesado. Y es perfecto.

Aunque el tema era lo de menos. El auditorio lo tenía ganado de antemano, incluido el palco lateral que, igual que en los pregones (autoridadesciviles, militares y religiosas) improvisó la Escuela para la ocasión. Todos buscaban su parcela de protagonismo junto a Siza, que a todos atendía con la dulce ironía portuguesa y con esa mirada de compasión amable que nace del desencanto atlántico.

Mientras alguna de las autoridades se apresuraba a mandar a los periódicos una foto oficial de su presencia (institucional) en el acto, otros aprendían. La lección debería esculpirse en mármol. Siza proclamó que puede haber “arquitectura sin arquitectos” (muchos edificios antiguos lo confirman) y que su disciplina es una labor de equipo, no de genios. Es curioso que esta humildad tan rotunda haya hecho tan grande a Siza ante un gremio -el suyo- cuyo mayor pecado es justo el contrario.

Alguno pensó en regalarle dos claveles por su primera visita a la Escuela, cuando la revolución portuguesa. “Hace 30 años los lance al auditorio en favor del cambio en España. Hoy estos dos claveles deberían ir directos a Bruselas”. En la capital belga se aplican las recetas que van a condenar a Europa al colonialismo económico. “Esta dictadura (la de los mercados) es distinta: ni sabemos reconocerla ni podemos insultarla”. Sabe de lo que habla. El auditorio le aplaudía sin cesar pero él -sospecho- en realidad pensaba, con la melancolía de la vieja Oporto, que acaso tenía ganas de fumarse un pitillo sin sentirse como un delincuente. Y que en unos días iba a tener que reducir su equipo de trabajo a apenas cuatro personas. La maldita crisis ya no respeta ni a los premios Pritzker.

Monumentalidad de andar por casa

Carlos Mármol | 26 de octubre de 2011 a las 6:05

Son vecinos, comparten oficina en el mismo edificio, trabajan como quien juega al ajedrez y ambos tienen el Pritzker de arquitectura, considerado el Nobel de su oficio. La Escuela de Arquitectura nos los trae a Sevilla.

Recibir los elogios de los compañeros de oficio siempre tiene algo de inquietante. Pueden suceder dos cosas: que el reconocimiento no sea sincero, sino impostado, y por tanto finalista;o que la excesiva exaltación del talento ajeno, lejos de ser un agradable detalle, no sea más que una fórmula para reivindicar un éxito individual que no se tiene pero se desea. Si aplicamos esta regla al caso de los arquitectos, un gremio en el que el egocentrismo obsesivo es casi una pandemia, que tus iguales –con los que te mides– te llamen maestro es todavía más raro. En Jerez lo saben.

Y, sin embargo, existen algunas excepciones a la norma no escrita que dice que un arquitecto suele ser ese tirano que no se digna a explicarte la construcción de la casa por la que le pagas. El caso de Alvaro Siza (Matosinhos, 1933) es quizás la disidencia más notable a esta norma apócrifa. Eduardo Soto de Moura (Oporto,1952) se situaría en segundo lugar. No sólo son capaces de explicarte la casa que te están haciendo, sino que parecen –dado su aspecto agraz de desencantados ilustrados– tus propios vecinos, a los que te encuentras en la escalera por la mañana. Ocurre que ambos –uno sobrio, viudo, sólido; otro más curvo, fumador y franco– son dos genios en lo suyo pero parecen gente como de andar por casa. La mejor.

La Escuela de Arquitectura de la Hispalense los va a traer a Sevilla en los próximos meses –Siza llega el lunes; Souto, en enero– para que ilustren sobre su trabajo a los futuros arquitectos, cuyo porvenir es tan negro como el de todos los demás. Demasiados para tan escaso tajo. Preparados para casi todo menos para sobrevivir en el nuevo paradigma de un oficio donde los árboles que suelen verse –las estrellas– nunca son el bosque. Siza recibirá el martes el doctorado honoris causa de la Hispalense. Ceremonia académica, birrete, honores. Protocolo. Fiel a su carácter, sencillo, humilde, un día antes va a inaugurar algo más íntimo: una exposición de sus dibujos, finos y minimalistas, que los estudios Alminar y Rubiño-García Márquez han organizado en la calle Jesús del Gran Poder.

Esta semana llegaron las cajas que los contienen. Sus Retratos de Sobremesa estarán expuestos hasta noviembre. Ver a los arquitectos sentir reverencia por estos bocetos, e incluso por su envoltorio, resulta asombroso. En las buhardillas de la arquitectura –en Andalucía la profesión es minifundista, en la mayoría de los casos– suelen verse otras cosas:maquetas, planos de promociones, cosas que marcan la lucha por lograr un concurso que se sabe dado de antemano… A lo sumo hay algún grabado de Mies o Corbusier. Algún cartel de arquitectura rusa. Formalismo para inspirarse.

Siza, sin embargo, está expuesto (en original o sucedáneo) en muchos de estos gabinetes. Lo que supone que verdaderamente es algo así como un dios doméstico para sus compañeros. Alguien que ha llegado a ser grande sin buscarlo –el mérito consiste en esto– y que arribó a la arquitectura casi por azar. Iba para escultor, pero prefirió no discutir con su padre. Un ejemplo de buena educación. Ahora es el demiurgo invisible, escondido, de algunos paisajes formidables. El Chiado reinventado tras el incendio de Lisboa salió de su mesa. La reforma del Paseo del Prado y el Museo Contemporáneo de Galicia, también. Se entiende que proclame: “Un arquitecto nunca es más importante que un edificio”. Amén.

Siza es como Zeus pero nunca lo parece. En Portugal y fuera lo consideran el mejor proyectista del mundo. El padre de una escuela –la de Oporto– que en los años setenta comenzó a trabajar la arquitectura social en los barrios marginales del centro de su ciudad, que la dictadura militar lusa quería demoler para renovar el tejido social. Echar a los pobres, en definitiva. Vivían en casas insulares –las llamaban las islas– situadas sobre jardines burgueses. Y claro: eso no podía ser. Aunque supusiera expulsar a la mitad de la población urbana a la periferia.

Souto era entonces un alumno de arquitectura que buscó la ayuda de Siza –el profesor– para trabajar con los insulares. Arquitectura a partir de las comunidades de vecinos. Real. Útil. Necesaria. ¿Acaso el futuro laboral que queda para los arquitectos tras la crisis? El tiempo ha hecho que el discípulo iguale al maestro:los dos tienen el Pritzker, el Nobel de su disciplina. No sólo comparten el mismo galardón, sino la finca. Tienen la oficina en el mismo edificio, donde durante un tiempo trabajaban como quien juega al ajedrez. “Tú mueves pieza”. Siza decidió un día despedir a Souto. Lo hizo por su bien, le dijo. “Hay que volar solo”.

El resultado de su vuelo es una arquitectura que remite al origen. El lugar. El topos de los griegos. Siza lo aprendió dibujando el campo al mirar a través de una ventana: descubrió así la relación de la casa con el exterior. Souto descompone los miradores en la vivienda que le encargó Manoel Oliveira, el centenario director de cine. En Sevilla, Siza va a contar cómo será su nuevo edificio: el centro de visitantes de la Alhambra. Souto decía tras recibir el Pritzker que estaba sin trabajo. Cosas veredes, Sancho.