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El retablo de las maravillas

Carlos Mármol | 9 de octubre de 2011 a las 6:05

La imagen de Sevilla parece una estampa del XVII: bodas ducales, grandes promesas de fastos deportivos y un alcalde en plena proyección ad infinitum mientras el paro sigue destrozando familias y Astilleros cierra.

LA distancia es el gran antídoto contra el aldeanismo. Aunque, al volver a un hogar cada vez más ajeno, los atributos de la patria sigan reclamando su sitio. Durante las últimas semanas Sevilla –al menos la ciudad oficial; la urbe real sabemos que es otra cosa– ha estado proyectando de sí misma una imagen que se asemeja bastante a una añeja estampa del XVII, el siglo en el que empezamos a hundirnos en un pozo del aún no hemos salido del todo, salvo si exceptuamos los dos o tres grandes espejismos periódicos. Todos ellos pagados gracias a las arcas públicas.

Sólo en los últimos días hemos (entre)visto una boda ducal en plena senectud, estampas de palmeros, jolgorio a la antigua usanza y, de postre, el anuncio de que viviremos en diciembre el primer gran fasto del austero Zoido (Juan Ignacio): la organización de la final de la Copa Davis. Excelentes noticias, dicen algunos. ¿A quién hacen daño? A nadie, claro. En realidad, no se trata de eso. La cosa consiste más bien en decidir si queremos valernos de una vez por nosotros mismos, incógnita que somos incapaces de despejar tras siglos de honda historia. A falta de una respuesta, nos conformamos con la colorista caricatura de siempre. Sevilla, el escenario perfecto. Igual para un bautizo que para una boda. Sin olvidar la comunión.

En realidad, deberíamos considerarnos afortunados. Al menos desde la óptica del nuevo poder emergente (el poder de siempre), que ha tenido el estimable detalle de elegir a Sevilla como el solar conveniente para comenzar a ensayar todo lo que viene. Primero, en noviembre. Después, en primavera. El cambio. Más de caras que de valores políticos, me temo. ¿No habría que llamarlo entonces con otro término distinto?

Repaso la hemeroteca. En el último mes da la sensación de que aquí todo el mundo –o al menos una estimable mayoría– vocifera el mismo son: Vivan los nuevos. Unos intentan acercarse al hipotético astro que nos alumbrará (o no) directamente. Cosa que en Sevilla es tradición: la ciudad se define como Muy Noble, Leal e Invicta porque a todos (antes o después) se entregó y a todos traicionó. Desde los tiempos de Pompeyo (Julio César lo llamó ingratitud) a los actuales.

Otros, en cambio, guardan silencio. Probablemente esperan a que la realidad confirme los sondeos antes de acometer el largo viaje. En todas partes late el mismo trasfondo:la decidida voluntad, en unos casos entusiasta, en otros algo más sobria, de declarar, si es posible con la necesaria presencia de luz y taquígrafos (los periodistas somos otra cosa), que ellos, en realidad, siempre estuvieron por el cambio.

Sencillamente uno no sabe qué pensar. No se aprecian excesivas diferencias entre el antes –un pretérito todavía muy reciente, pero que fue tan asfixiante que se ha convertido en lejano– y el ahora. Ni siquiera se atisban matices. Sevilla no está mejor que hace sólo tres meses. Tampoco que hace un año. Cualquier estadística más o menos seria lo confirma. Aunque casi todos los políticos, incluidos los nuevos, que ya no lo son tanto, hagan suyo el viejo dicho del gran Churchill: “Por norma, no me fío de ninguna estadística que no haya manipulado previamente”.

Está visto que todo es cuestión de perspectiva. En realidad, de interés. Aquí tener criterio importa relativamente poco. No puede entenderse de otra manera que en una ciudad en la que las cifras del paro no dejan de subir –70.800 familias ya sin ingresos; una economía sumergida del 20%– y cuya histórica industria naval va a hundirse en el mismo río secular que hemos destrozado entre todos, sigamos celebrando con fruición la anécdota, practicando a diario las artes cortesanas y confiando en la aprobación popular de los grandes eventos –públicos o privados– para darnos ánimo. Como si todo esto ocultara la triste realidad. Estamos rotos.

Más de cien días después, la gestión del nuevo gobierno local es extraordinariamente escasa. Apenas un breve episodio pasajero. Más bien magro. Y ello a pesar de que la exageración –el arte de la amplificación– haya convertido en noticia (conveniente) gestas tan heroicas como interrogar a un gorrilla, desmantelar un pequeño asentamiento chabolista –El Vacie todavía sigue en su sitio– o hacer una campaña de conciencia para evitar que el oficio más antiguo del mundo siga existiendo. Laus deo.

No tenemos término medio. Hemos pasado en pocos meses de la falsa grandeur del Parasol y la Torre Pelli (cuyo futuro el alcalde continúa sin aclarar;hoy dice una cosa, mañana la contraria) a festejar como extraordinario el hecho, al parecer épico, de ver a un policía local poniendo una multa. La normalidad hecha gesta. Lo más divertido es que muchos de los mismos que antes aplaudían a dos manos (nunca por convencimiento;más bien por rédito) ahora son también los que más jalean al nuevo centro de atención. No importan las contradicciones. Nadie, salvo algún verso suelto, va a atreverse a señalarlas.

Quizás por eso para muchos no sea un problema, ni siquiera escénico, asuntos como la preocupante espiral de proyección personal ad infinitum en la que parece estar concentrado el nuevo alcalde –JMJ, Femp, Copa Davis– mientras la verdadera ciudad, que es la que le votó, languidece. Para ciertas cosas no hay dinero, se lo gastaron los de antes y estamos en la ruina. Para otras, en cambio, no hay ningún problema. Por Dios. Cosas veredes, amigo Sancho.

Mientras tanto, la costumbre local sigue siendo vitorear una cosa y su contraria. Sigan ustedes el toque del cornetín. Ahora conviene decir que se percibe aquello que no existe. Es necesario simular que se comparte la apreciación general sobre las bondades de la nueva era. Igual que en la historia que Cervantes ponía en escena en su Retablo de las Maravillas, el entremés sobre la farsa a la que dos astutos pícaros someten a un villorio llamado Algarrobillas (extremeño; aunque con un raro parecido con Sevilla) que ilustra, mejor que un discurso, cómo cierta gente está dispuesta a comulgar con las mayores ruedas de molino por temor a ser señalada con el dedo. Excluida.

El motivo del entremés cervantino es muy antiguo. Se trata de una crítica, divertida y aguda, a una sociedad paranoica –entonces reino, más que país– en la que lo más importante era ser un verdadero cristiano viejo, sin mácula alguna de antecedentes judíos. Quizás de aquella locura de la limpieza de sangre –tan española– proceda la costumbre –tan sevillana– de analizar a la gente no por lo que es o por lo que quiere hacer en la vida, sino sólo por su procedencia familiar. Por su cuna. La ridícula estirpe.

En tiempos de Cervantes era tanta la presión sobre los orígenes sociales –cosa lógica; se podía pagar con un proceso inquisitorial el pecado involuntario (uno nunca elige a sus padres) de tener posibles ancestros hebraicos– que la mayoría del común, como entonces se decía, estaba dispuesta a mentir, y hasta a matar, con tal de que nadie le acusara de no pertenecer a la tribu. Andar por libre entonces era sospechoso. Pensar por sí mismo, algo peligrosísimo. Escribir sin más dueño que la propia conciencia una extravagancia. ¿Hemos cambiado desde entonces?

Sevilla, desde junio, parece una réplica de ese mismo retablo maravilloso del mago Tontonelo, pagado por el comendador, en el que lo extraordinario es que la gente está viendo con sus propios ojos poner en escena un enorme embuste pero proclama estar contemplando justo lo contrario porque, según la regla de quienes dirigen la función, llevar la contraria lo convertiría a uno en un judío converso. Algo así como un demente capaz de poner en juego su fortuna únicamente por certificar la verdad. ¿Qué importa la verdad?

En cualquier retablo de las maravillas, la única marioneta es el propio auditorio. Preso de sus miedos. Temeroso de su honra. Tan cobarde como feliz.