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Sevilla: la diosa sin cabeza

Carlos Mármol | 8 de julio de 2012 a las 6:06

La ciudad no ve la luz ni el final del túnel. El panorama es sombrío: el desempleo no desciende, la empresas que aún no han cerrado deben hasta el cuello, la política muta en populismo y la sociedad abraza el tribalismo.

No se trata de una mera anécdota. Ni de un hecho fortuito. Tampoco estamos ante un acto más de vandalismo al uso. Más bien es un síntoma nítido de honda decadencia social. Al contrario de lo que se piensa, la ruina espiritual de una sociedad suele ser un factor previo a la debacle económica, de la que ésta acostumbra a ser la consecuencia, más que el origen. La salvaje decapitación de la fuente que Brackembury diseñó para la Puerta de Jerez, que hace una semana se produjo ante los ojos del orbe cuando los hinchas de la selección española celebraban –de forma singular, desde luego– el triunfo patrio en la Eurocopa, viene a simbolizar, mejor que cualquier otro episodio reciente, el profundo pozo en el que desde hace tiempo está sumida Sevilla. Un agujero negro. Sin fondo.

El simbolismo del episodio es doble. E inevitable. Por varias razones. La primera es casi de oficio: la escultura encarnaba una cierta idea armónica de la ciudad. La figura cuya testa fue cercenada sin piedad entre gritos y cánticos infantiloides representaba la Híspalis clásica con los atributos del progreso material. En segundo lugar, se presta a una lectura algo más subjetiva: la horda que perpetró el acto de destrucción lúdica, si podemos llamarlo así, sin que el gobierno municipal hiciera ni el más mínimo intento serio por evitarlo –para eso están los triunfos deportivos, para pegar saltos, salir en la televisión y hacerse fotos–, viene a ser la gráfica constatación del vacío de los tiempos que corren. Llenos de ruido, furia, violenta impaciencia y demagogia gratuita.

Hay quien intenta desvincular el vandálico suceso de la turba futbolística. A mí se me antoja difícil. Casi imposible. Son ventajas de no militar en nada. O de ser asocial, acaso. Desde luego no es lo mismo un aficionado convencional al balompié que un hincha, aunque cada vez la línea entre ambos sea, desde la perspectiva de mucha gente, demasiado fina, casi imperceptible. Pero debemos ser justos: tampoco este desplazamiento de los sentimientos –que pudieran ser nobles– hacia el delicado terreno de los dogmas –que ya no lo son tanto– es exclusivo del fútbol. Se trata de un proceso general.

Hemos construido una sociedad que no reflexiona; sólo coge banderas para ondearlas al viento. Un mundo en el que el espectáculo se ha convertido en el trasunto de la vida pública, la sabiduría parece ser un vestigio del pasado, la comunicación se reduce a un mensaje de 140 caracteres –si los superas da igual lo que digas, no te escucharán– y el éxito social no se concibe más que como la réplica interesada del viejo materialismo. En estas cosas estábamos cuando, hace ya un lustro y de repente, nos sobrevino la enorme debacle.

Habrá quien piense que hacer esta lectura de la decapitación de una fuente es llegar demasiado lejos. Que es una exageración. Dirán que las cosas no están tan mal, que hay rayos de esperanza, que no se puede perder la perspectiva. Dios, si existe, debería conservarle la vista y el sentido del optimismo. Que la ciudad permanezca indolente, lamentándolo, pero sin moverse, mientras unos fanáticos –integristas del fútbol, en realidad– destruyen el patrimonio común, aquello que aspira a simbolizarnos a todos, demuestra que, al contrario de lo que ocurre en otras partes de Europa, aquí hemos abrazado del todo un relativismo moral –y por tanto, político– tan enorme que ya ni diferenciamos lo lógico de lo irracional. Lo circunstancial de lo sustantivo. Algo tremendamente preocupante si tenemos en cuenta que venimos de una historia secular. No parece que nos sirva de mucho.

La realidad diaria está marcada por este síntoma de banalidad global. En Sevilla, al menos, el panorama es tan triste como aquellas vidas mediocres con las que Pío Baroja construyó su primer libro, un hermoso volumen de cuentos que tituló así: Vidas sombrías. Los personajes de esta colección de relatos, cuya edición pagó el propio autor (entonces no había internet), tienen en apariencia poco que ver con Sevilla. Son criaturas del mundo rural vasco, entrevistas por el novelista donostiarra durante su etapa de médico rural en Cestona.

Lo importante para el asunto que nos ocupa no son sus historias concretas, sino el tono del libro, un ambiente parecido al que ahora vivimos, marcado por la impotencia y la falta de horizontes. Estos cuentos nos muestran a personas sin demasiada fe en sí mismos, y por tanto tampoco en el ser humano, resignados ante su desgracia, que tienen la sensación de que el hombre ha sido abandonado a su propia suerte en mitad de un mundo hostil y para los que la felicidad es como un viejo amigo que –un día– se marchó para no volver. ¿No es justo éste el sentimiento general que nos transmite cada día esta larga crisis cósmica que parece ser eterna?

Nuestro panorama como ciudad se antoja negro. Basta salir a la calle, ir a un bar, escuchar –algo que tan poco solemos hacer los sevillanos, mucho más dados al grito y a la proclama– para darse cuenta que, en contra de lo que en muchos casos se escenifica, el malestar social aumenta hasta desdibujar por completo las jerarquías morales. No se atisban salidas. No tenemos herramientas para salvarnos. Hemos dejado de creer en el futuro. No confíamos en nada. ¿Por qué vamos a respetar la ciudad si todo, de pronto, ha pasado a carecer de importancia?

El nihilismo que nos anuncia la decapitación de la fuente de Brackembury no sólo nos muestra lo que somos: una ciudad sin cabeza, que es casi como decir sin guía ni cerebro, reducida a las extremidades, sin rostro. Sorda. La metáfora se extiende también a lo que vemos todos los días, aunque no sepamos comprenderlo por completo. La economía no mejora ni va a hacerlo. El paro no desciende. Los subsidios y las ayudas van a seguir menguando. Los ahorros se terminarán. Sevilla capital ha superado el primer semestre de 2012 con un total de 85.000 parados. La provincia sobrepasa los 244.000 desempleados. Tragedias.

La política no nos sirve para nada –salvo para consumir unos recursos de los que ya nos disponemos y oír la ración diaria de mentiras– y casi todo lo que tenemos alrededor está lleno de cinismo, palabrería y desconsuelo. Quizás el panorama, en el fondo, no sea tan distinto a hace sólo cinco años. Incluso puede ocurrir que siempre haya sido así. Sin embargo, no lo sentíamos igual, distraídos siempre en otros asuntos. La percepción de las cosas ha cambiado por completo para casi todos en este corto tiempo. Antes acaso no nos importaba demasiado la sucesión de engaños. Ahora irrita.

Sevilla se encuentra sin asideros ni recursos para salir de su agujero. Parece caminar con paso firme, si es que no está ya dentro de ese terreno inquietante, del tribalismo primario, que necesita cometer actos tan alarmantes como destruir lo que encuentra a su paso para reafirmarse en el vacío. Los medios de comunicación se han convertido en canales de propaganda, correas de transmisión del poder. La política, sobre todo la municipal, especialmente el Consistorio, es un océano de populismo.

Todo, al cabo, se retroalimenta: la era de peronismo en la que entramos sin darnos cuenta hace un lustro requiere un sinfín de identificaciones simples, mensajes sencillos, abundantes dosis de demagogia, escaso juicio e intenso sentimiento tribal. Probablemente esto último es lo más alarmante:cuando la gente actúa como una turba, sin respeto, sin contemplaciones, incendiada por un falso y efímero sentimiento de supremacía que no es más que el reverso de su propia impotencia, todo puede estallar. Resulta incluso raro que no lo haya hecho del todo. Ojalá me equivoque, pero que Sevilla sea una diosa acéfala parece el preludio de un tiempo en el que la vida, como dijo Lorca, ya no será noble, ni buena, ni sagrada.

Barojiana de las plazas sevillanas

Carlos Mármol | 9 de marzo de 2008 a las 13:35

Barojiana de las plazas sevillanasEl Ayuntamiento altera en el Salvador su criterio para remodelar las principales plazas del casco histórico mientras los barrios y los distritos de la ciudad siguen esperando reformas en profundidad que nunca llegan

DECÍA Baroja que el hombre es un constructor de grandes ilusiones hasta que un buen día cambia de criterio y hace todo lo posible por destruirlas. Algo de eso –el fatalismo lúcido que emana de la obra del escritor vasco, el ogro de Itzea– deben probablemente de haber sentido estos últimos días los responsables del gobierno de Sevilla a juzgar por el anuncio –aparentemente imprevisto, pero en realidad preparado– de sacar la plaza del Salvador del ámbito del proyecto global de remodelación de espacios históricos bautizado con el nombre de La Piel Sensible. El Salvador, según ha prometido el alcalde Monteseirín, será ahora transformado sobre la base de un diseño clásico hecho a mediados del siglo XIX por Balbino Marrón, uno de los arquitectos que más han condicionado la fisonomía de la Sevilla tradicionalista.

Extraña tal viraje. Fundamentalmente porque se produce después de que la coalición PSOE e IU haya mantenido contra viento y marea que su lectura contemporánea de ciertos espacios sensibles de Sevilla no los estropea, como sostienen determinados sectores sociales, sino que busca justamente mejorarlos. La tesis oficial del Ayuntamiento, en todo caso, es que este cambio de opinión en relación al Salvador no obedece a una suerte de rectificación –en tal caso avalaría la mayor: las reformas de la Alfalfa y las plazas del Pan y la Pescadería, por tanto, serían erróneas– sino al fin de la rehabilitación de la Iglesia del Salvador, pórtico de la plaza. Algo tienen que decir, obviamente. Aunque dicha aseveración no se sostiene en demasía: de sobra sabían en la Alcaldía cuando se incluyó al Salvador dentro del proyecto del arquitecto José Carlos Mariñas que llegaría un día en el que la rehabilitación de la iglesia culminaría.

Si el argumento ahora es la conveniencia de velar por la estética patrimonial de esta histórica plaza parece obvio que, al menos desde el punto de vista del equipo de gobierno, en la Encarnación, la Alameda de Hércules, el Pan o la Alfalfa no había en realidad patrimonio alguno al que proteger. No se sabe muy bien qué es peor: si la contumacia –para algunos en el error; para otros, en el acierto– o semejantes razones para explicar este giro.

ausencia de modelo

Lo que viene a demostrar el nuevo catecismo aplicable al Salvador es precisamente la ausencia de coherencia en buena parte de las decisiones municipales adoptadas durante los últimos cuatro años, en su mayoría circunscritas al casco histórico y a esa nuez de Sevilla que es la urbe central. Extrañan dos cuestiones: primero, el reparto político acordado entre los dos socios de gobierno en relación a los grandes espacios públicos del centro de la ciudad; segundo, la ausencia de iniciativas de peso en la mayoría de los distritos y barrios de la ciudad, esa Sevilla que no es la oficial, sino el escenario real de la vida diaria de la mayoría de los ciudadanos.

En el primer aspecto, la cosas quedaron claras desde el principio: PSOE e IU pactaron el aprovechamiento político de las dos grandes remodelaciones urbanas de ágoras históricas –la Encarnación (PSOE) y la Alameda (IU)– confiando el resto de operaciones sobre la ciudad antigua –de índole menor– a un programa de cambios bastante más superficiales, basados esencialmente en modificaciones del pavimento y el mobiliario urbano. La piel de la ciudad. No esperaban, a este respecto, generar excesivas polémicas. Pero lo cierto es que se equivocaron como mínimo en lo que se refiere a la plaza del Pan: un espacio de la memoria íntima de la ciudad cuya transformación se vivió por parte de muchos como una auténtica afrenta. En la Alfalfa y en la Pescadería, en cambio, casi todos los cambios han sido para mejor sencillamente por eliminar los coches. Otra cuestión es la estética final, sobre la que cada uno emite, usualmente de forma categórica, su propia opinión.
En la Alameda y la Encarnación las remodelaciones previstas, además de por su mayor escala, implican cambios de uso: la primera dejó de ser un jardín, aunque estuviera asilvestrado, para convertirse en un decorado imperfecto y monocolor con algunas cosas buenas –la ausencia de coches; salvo excepciones que pueden llegar a convertirse en norma– y otras más que cuestionables, como el escaso, por no decir nulo, mantenimiento de su pretenciosa nueva imagen. La Encarnación directamente se ha privatizado al convertirla en un complejo comercial, aparatoso y gesticulante que, además, ahora no se sabe cómo construir.

En todo caso, lo más ilustrativo es que estos cambios estén circunscritos al centro histórico: el territorio donde la ciudad, probablemente por un vicio de índole psicológica, se mira a sí misma precisamente para poder reconocerse. En la ciudad real –los distritos; los barrios– los cambios de peso han sido, en cambio, muy escasos o casi imperceptibles. Curiosamente es justo donde están verdaderamente los problemas urbanos de Sevilla. ¿Había miedo a coger el toro por los cuernos y se optó por simular una transformación que en realidad sigue pendiente? En Barcelona, hace más de quince años, empezaron por los distritos y la ola de renovación terminó por llegar al centro. Aquí lo hemos hecho justo al revés y a medias. La mayoría de los barrios aún siguen esperando su momento. ¿Hasta cuándo?