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La madeja del CaixaFórum

Carlos Mármol | 4 de noviembre de 2012 a las 6:15

La indecisión y el cambio de criterio del gobierno de Zoido mantiene la incertidumbre sobre la construcción del centro cultural de la Caixa en las Atarazanas, el único proyecto privado real que ha apostado por Sevilla.

Decía Goethe, el poeta mayor de Alemania, que contra la estupidez humana hasta los dioses luchan en vano. El poder divino resulta estéril frente a la cerril obstinación de los hombres. No sé qué hubiera pensado el ilustre vate romántico, al que en su país todavía se le profesa una asombrosa devoción, todo lo contrario del pálido amor que algunos españoles aún tenemos por nuestros líricos, si hubiera pasado sus últimos días, aquellos en los que la vida nos colma con los postreros desengaños, en Sevilla en lugar de en Weimar. Probablemente se hubiera reiterado en su idea. No tenemos remedio.

Sólo así, por una obstinación sostenida, se explica que una ciudad como la nuestra, habitualmente huérfana de la atención del mundo exterior en igual proporción que se considera a sí misma el centro de orbe –en un universo sin nadie más, acaso el peor infierno–, lleve algo más de un año jugando con fuego y casi haya conseguido la gesta de quemar su última nave, dada su obsesión por cuestionar el único gran proyecto que tenía verdaderas opciones de convertirse en realidad en los próximos años. Hablo del CaixaFórum, el centro de vanguardia que la entidad que se ha convertido en dueña de las antiguas cajas de ahorros locales pretende levantar dentro del asombroso edificio de las Atarazanas.

En esta cuestión, que algunos consideran erróneamente resuelta, y que por el momento dista bastante de estarlo, se está poniendo en cuestión el escaso prestigio de Sevilla:aquel que nos pudiera quedar después de ciertas conductas políticas recientes. Se trata de la última oportunidad para que esta ciudad no quede definitivamente presa de una determinada concepción del mundo que frente a la modernidad y a la autocrítica fértil reacciona con espanto mientras abraza con devoción los vicios aldeanos de los ateneos antiguos y los cabildos añejos. Aquellos que nacieron bajo los sobrenombres de las sociedades de excursiones y juegos florales o las congregaciones devotas, donde lo único que se venera son los puñales.

Una necesidad cultural. La cuestión del CaixaFórum trasciende el aspecto urbanístico y político. Incluso supera el ámbito económico. Siendo todos estos factores importantes, lo que nos jugamos en este envite es la propia idea de la ciudad –entendida ésta como escenario propicio para la cultura–, que queremos para los próximos años. Un patrimonio inmaterial que para algunos no cotiza en mercado alguno, ni siquiera secundario, pero que resulta vital justamente ahora para afrontar muchos de los problemas que tenemos sobre nuestras cabezas, algunos de los cuales nos aplastarán durante décadas. Es lisa y llanamente una cuestión de supervivencia mental. Intelectual.

Una ciudad sin un sentido propio y profundo de la cultura es una ciudad muerta. Mucho más que una urbe en la ruina. En el acelerado proceso de argentinización en el que parece haber entrado España como resultado del estallido de la burbuja inmobiliaria nos falta ya lo mismo que a los argentinos les faltó en su momento –el dinero y la ilusión, perdidos después de un inmenso atraco a gran escala– pero además carecemos de lo único que a ellos les sobra: verdadera devoción por la cultura. Cosmopolitismo. Nuestra flor imposible.

En España, hundida por los excesos recientes, quebrada y sola ante un porvenir aciago, el trabajo hace tiempo que se convirtió en un bien (el más necesario) sin valor alguno, el esfuerzo quedó sepultado bajo la losa de la indiferencia y la presión de los linajes y la inteligencia sigue enjuiciándose como un problema. Un político ilustrado –de los que ya cada vez nos quedan menos– me decía el otro día que a él le parecía increíble que un país como Argentina, donde los teatros no cerraron ni en el peor momento y las librerías siguen siendo templos de la vida cotidiana, se haya arruinado sin remedio casi cada quince años a pesar de todo este extraordinario patrimonio intelectual. Es cierto. Una patología singular que oscurece aún más nuestro panorama: ¿si esto ocurre donde todavía se ama a la cultura qué es lo que le va a pasar a España, donde se desprecia?

El CaixaFórum de Sevilla no es sólo el proyecto de la obra social de una entidad financiera. Es bastante más: una determinada forma de ligarnos al mundo de la cultura con mayúsculas, aunque sea de forma lateral. Acaso la última. Puede que este leve sendero hacia otros mundos distintos a los habituales no sea perfecto. Pero resulta esencial precisamente en el contexto actual. Quizás sea esto lo que a algunos les provoca pánico: que Sevilla pueda tener una embajada dedicada a que quien quiera pueda ver el mundo –y por tanto a la propia Sevilla, que es lo realmente peligroso– desde otro prisma. Acaso por eso, y por la envidia, que aquí se sirve en vaso largo después de las comidas, haya quien todavía quiera tumbar este excepcional proyecto recurriendo, ilustres prohombres incluidos, a la vieja bandera de siempre: la protección del patrimonio histórico de la ciudad. El mismo que algunos han despreciado sin rubor alguno cuando les convenía desde hace demasiadas décadas. Medio siglo, casi.

Que en Sevilla haya gente que sueñe con congelar la ciudad en formol, como si fuera un muñón de la infancia, no es ninguna sorpresa. Algunos quisieran vivir en un museo de monumentos muertos a condición de ser los únicos visitantes. Pero que la máxima institución política de la ciudad se preste a este juego resulta sorprendente. Sobre todo si además lo hace a destiempo. Como mínimo, es incoherente con su propio discurso político. ¿Tiene lógica afirmar que los proyectos de la ciudad necesitan seguridad jurídica y que después sea el propio gobierno local quien se desdiga por intereses partidarios de su posición institucional sabiendo que esta postura bloqueará el último gran proyecto importante que podrá hacerse en la Sevilla del paro y la exclusión?

¿Miedo a gobernar? Eso, y no otra cosa, es lo que está ocurriendo con el CaixaFórum, cuyo calendario de obras ha pasado a ser más virtual que nunca. El Ayuntamiento, que al principio utilizó esta iniciativa privada para exaltar la imagen política de Zoido –el alcalde dijo hace casi un año que lo había desbloqueado en el ámbito urbanístico– ha cambiado sorprendentemente de criterio, igual que una peonza, y ahora no se digna a conceder la licencia de obras.

Sus razones no se sostienen: reclama un plan especial que, en el caso de un monumento con la máxima catalogación patrimonial, y con un proyecto arquitectónico tan definido, es a todas luces innecesario. Primero porque un plan es mucho más inconcreto para calibrar la reforma de las Atarazanas que un proyecto arquitectónico visado y validado por la Junta. Segundo porque en casos similares –el convento de San Agustín, sin ir más lejos– jamás se ha pedido. Y tercero porque quien tendría que respaldarlo legalmente es la Comisión de Patrimonio, que ya ha dado luz verde a la iniciativa en dos ocasiones con todas las garantías jurídicas necesarias y amplia publicidad.

El centro cultural de la Caixa ha superado con éxito el cursus honorum patrimonial. Es conforme a ley. Cuenta con un proyecto arquitectónico de calidad que respeta la herencia secular del edificio y es capaz de devolvérsela a los ciudadanos a través de la creación de un espacio público. Tiene un promotor solvente e inversión suficiente. ¿Cuál es el problema? ¿Acaso que alguien es incapaz de decidir porque tiene miedo a las consecuencias? En la Plaza Nueva hay quien cree que el CaixaFórum terminará como la biblioteca del Prado. ¿Piensan realmente en Sevilla o solamente en sí mismos?

Deberían leer a Tucídices:

“Los más valientes son los que tienen una idea clara de lo que está delante de ellos;la gloria y el peligro uno al lado del otro y, aún así, no se resisten a encontrarse con ellos”.

Un edificio hipnótico

Carlos Mármol | 23 de febrero de 2012 a las 6:05

Tiene razón Antonio Barrionuevo Ferrer, uno de los arquitectos que mejor conocen Sevilla y, quizás justo por eso, que peor ha sido tratado por esta ciudad cruel que es la capital del Sur. En uno de sus estudios sobre las Atarazanas, cuyas primeras intervenciones tuvo encomendadas, sostiene que lo esencial de su arquitectura es la sala. El espacio, sublime, que componen las diecisiete naves alzadas sobre la vieja alquería medieval: el elemento simbólico más importante de este noble edificio que es una catedral imperfecta.

En realidad, la Atarazanas no son nada más –ni nada menos– que esto: una sucesión hipnótica de arcos apuntados sobre los que, con el correr de los años, se fueron sucediendo distintas intervenciones (unas más afortunadas que otras) que terminaron creando un segundo nivel edificado, en buena medida destruyendo casi toda la herencia previa, cuyo fin era cobijar el tesoro: los arcos.

La planta original del antiguo astillero fue alterada a lo largo de su historia con fortuna dispar: Hacienda hizo tabla rasa con la herencia naval sin que se alzaran voces críticas y la Iglesia de La Caridad, mucho antes, se construyó apoyándose sobre estas estructuras o negándolas (por ejemplo en sus patios) cuando le convenía. Dos antítesis de un proceso de evolución que es inherente al edificio que, ahora, le toca recuperar a Guillermo Vázquez Consuegra.

Las Atarazanas son acaso el mejor símbolo de Sevilla: una ciudad –no una estampa detenida en un tiempo estático en el que algunos buscan el paraíso perdido– acostumbrada a los cambios. Hija de la sucesión histórica. Un rasgo, aunque parezca mentira, de lo moderno. Curiosa paradoja en una urbe que algunos creen tradicionalista y, por supuesto, exclusivamente católica, como si La Giralda –otra muestra de magnífica síntesis arquitectónica– la hubieran forjado las manos cristianas.

Vázquez Consuegra se inserta en esta sucesión (infinita) de la arquitectura patria. Ganó el concurso porque supo entender lo permanente de tantos cambios –el valor del edificio son sus naves– proyectando todo el CaixaForum sobre el segundo nivel, sustituyendo unas cubiertas que están en las Atarazanas pero no son las Atarazanas. Superando, con respeto, la herencia recibida y prescindiendo, como en San Telmo, del mito de una Sevilla que jamás existió. Una Sevilla que sólo es ficción.

Anatema

Carlos Mármol | 22 de febrero de 2012 a las 6:05

Si fuera por ellos, Sevilla seguiría siendo una estampa en lugar de una ciudad. Una ficción en vez de un lugar. Un sueño (con mucho de pesadilla) en lugar de un posible hogar compartido. El proyecto que Vázquez Consuegra ha concebido para las Atarazanas ha provocado la airada reacción de algunos de los sectores más conservadores –que no conservacionistas– de Sevilla, contrariados porque, a pesar de no tener presupuesto alguno, ni respaldo jurídico de nadie, ni siquiera entidad, sus particulares ideas sobre este edificio han sido desoídas por las administraciones y, en último término, hasta por Zoidoalcalde. ¿Hasta dónde vamos a llegar? Un rotundo fracaso, algo inaceptable dado que llevaban –y llevan– de embajador a un prohombre como Manuel del Valle, ex alcalde.

Hoy tienen convocada una mesa redonda en el Ateneo para debatir sus propios dogmas. Libres son de discutir lo que gusten. ¿Quién se lo impide? Sin embargo, lo que ayer preocupaba a alguno –otros son unos auténticos caballeros– era que alguien los oyera y, a ser posible, les brindara un titular de periódico que hiciera a los políticos pensárselo dos veces –ahora, en elecciones– antes de dar luz verde al proyecto del mejor arquitecto que ha dado Sevilla en décadas. Dado este anhelo, su posicionamiento debía parecerles a ellos mismos ínfimo. Quizás porque es justamente así.

El proyecto de Vázquez Consuegra acaso no guste a todos, pero tiene la inmensa virtud –frente a las peregrinas ocurrencias de esta sociedad civil, tan dada a los padrinos–, de entender y vincular en un magnífico ejercicio de síntesis la Sevilla histórica con una ciudad presente que, mal que les pese a los costumbristas de guardia, siempre atentos a establecer las esencias de la sevillanía, es tan inevitable como rotunda. Está aquí. Es la que existe. No hay otra.

Critican a Vázquez Consuegra por proyectar el CaixaForum sobre las Atarazanas, lo que, en su opinión, implica su destrucción. Al parecer, esto es un anatema. Y también es lo que hizo Hernán Ruiz en La Giralda: cimentar el Renacimiento sobre el alminar desde el que el muecín llamaba a la oración y defendía la sharia. Justo igual que ahora.

Atarazanas: las guerras indígenas

Carlos Mármol | 20 de marzo de 2011 a las 6:43

La batalla abierta por la Fundación Atarazanas para que se modifique el diseño del futuro CaixaForum previsto en el antiguo astillero de la Sevilla de Indias se sustenta en una visión patrimonialista de la ciudad.

Sevilla tiene la suerte, o la desgracia, según se mire, de despertar un intenso sentido de la propiedad entre sus propios habitantes. La ciudad es (debe ser, al menos) de todos. Pero a lo largo de su larga historia los intentos de apropiación simbólica y física han sido una perdurable constante. Cada sevillano sueña con su propia imagen de la patria. Cada grupo social cree tener el derecho indiscutible a que su visión sobre esta pobre urbe milenaria sea asumida por los demás. No basta, como ocurre en otros lares, con proponer una mirada propia que añadir a las ya existentes, sino que se persigue que ciertas perspectivas personales, en ciertos casos dogmáticas, sean asumidas (por las buenas o por las malas) por todos, acaso por aquello que sostienen los dramaturgos: no hay teatro posible si el actor no cuenta con un escenario.

La Fundación Atarazanas, una entidad civil que hasta ahora ha sobrevivido, e incluso progresado moderadamente durante los últimos tiempos gracias a acuerdos financieros puntuales con instituciones locales (Junta de Andalucía, Universidad, Ayuntamiento), ha decidido, en consonancia con esta visión patrimonialista sobre Sevilla, plantear una extraña batalla, probablemente tardía, contra el proyecto de la Caixa para construir un centro cultural en el edificio que, junto con la Catedral y el Alcázar, simboliza el glorioso pasado de la ciudad. Los antiguos astilleros de Alfonso X El Sabio.

El derecho a la pelea no se lo niega nadie. La razón ya es cosa distinta. Los miembros de esta entidad, presidida por Manuel del Valle, ex alcalde socialista de Sevilla, notable prohombre que ejerce como embajador ante terceros, pretenden ahora invertir el sentido del tiempo (algo muy sevillano, por otro lado) para que las decisiones adoptadas durante los últimos tres años para poner en valor este histórico edificio hispalense sean reconsideradas.

En esencia lo que quieren es obviar una serie de hechos objetivos. Primero: el edificio en cuestión es titularidad de la Junta de Andalucía. Dos: la consejería de Cultura adjudicó en 2009 su gestión integral durante 75 años a la entidad financiera catalana. Tres: la concesionaria convocó entonces un concurso público de arquitectura para transformar el inmueble, respetando su pasado, que ganó el sevillano Guillermo Vázquez Consuegra, y cuyo resultado será la construcción del tercer CaixaForum de España y la recuperación de los astilleros, cuya zona más importante queda convertida en una plaza pública.

Algunos de ustedes se preguntarán cuáles son los motivos por los que esta entidad civil, cuya labor en la difusión de las Atarazanas (en buena medida subvencionada por todos) hay que reconocer, desean tumbar el proyecto de la institución catalana. Yo también. Según su versión, su pretensión no es en realidad oponerse a los planes de Caixa, sino introducir en su programa de usos para el edificio un espacio museístico propio concebido por sus miembros cuya idoneidad consideran que debe estar fuera de toda duda. En su opinión, sin su idea (que consiste en excavar una de las naves de las Atarazanas para instalar una galera que permita recrear la actividad fabril de la construcción de barcos) el edificio corre el riesgo de ser destruido por una (diabólica) entidad financiera que, además, resulta ser de fuera de Sevilla.

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Para entender toda la cuestión hay que echar la vista atrás. El nacimiento de esta fundación, ubicada ahora en uno de los pabellones de la Sevilla del 29, que ha venido reclamando la recuperación del histórico astillero hispalense, es singular. Como otras iniciativas civiles sevillanas, todas respetables, aunque con determinados intereses, la entidad ha practicado hasta ahora lo que bien pudiera calificarse como una vieja costumbre local: hacer lobby entre los indígenas de la tierra.

Amparándose en cuestiones compartidas y casi indiscutibles (el amor a las Atarazanas y su deseo de recuperarlas) han venido tejiendo una serie de alianzas con grupos políticos municipales, instituciones locales y diversas entidades cuyo fin es armar una red de influencia tan tupida que prácticamente convirtiera en inevitable el hecho de hacerse tácitamente con la gestión efectiva del edificio. Quizás esta pretensión fuera lógica durante el periodo de tiempo en el cual la Junta, propietaria del inmueble, no sabía realmente qué hacer con él, cuando se limitaba a pagar obras de consolidación (las últimas dirigidas por el arquitecto Antonio Barrionuevo) que si bien garantizaban la estabilidad estructural del primitivo astillero no permitían más que una reutilización esporádica y parcial.

El tablero de juego cambió a partir de la entrada de la Caixa. La entidad financiera buscaba un inmueble para construir su célebre complejo cultural (idéntico a los que ya funcionan en Madrid y Barcelona) y la administración autonómica llegó a la conclusión de que las Atarazanas eran el enclave adecuado. A partir de ese momento, la apuesta de la Junta ha sido entregar el edificio naval a quien puede rehabilitarlo, adaptarlo para acoger usos culturales (de los que Sevilla no está precisamente sobrada) e incluir a la capital hispalense en unos circuitos expositivos que ahora pasan de largo. Una opción que para algunos pudiera ser discutible pero que indudablemente busca devolver a Sevilla un patrimonio histórico que la propia ciudad hasta ahora no ha sabido explotar por sí misma.

Aquí, precisamente, reside la gran paradoja de todo este asunto. Sevilla, usualmente tan orgullosa de su pasado, no ha sido capaz durante lustros de articular una alternativa para dotar de vida a las Atarazanas. La fundación que lleva su nombre no pudo convencer a las instituciones financieras locales (en buena parte éstas han dejado de serlo con el nuevo mapa financiero) para acometer su proyecto y, aunque reconociéndole su loable tarea en la difusión del edificio, parece haber cumplido un papel que toca a su fin en el momento en el que un operador externo decide invertir en Sevilla con presupuesto, plazos y un proyecto de prestigio.

Lo razonable hubiera sido tratar de colaborar en la gestión del futuro centro (no imponer sus contenidos) para aprovechar la experiencia de los últimos años. En su lugar, los patronos de esta entidad, al verse rechazados por la Caixa, que estima incompatible su idea con sus planes, han articulado esta semana un peligrosísimo discurso que consiste en dar a entender que sin su participación en el proyecto, que no ganaron porque nunca se presentaron (carecían de fondos suficientes), ni las Atarazanas serán el monumento que represente a Sevilla ni (lo que resulta mucho más grave viniendo de un ex alcalde) la reforma planteada supondrá “la rehabilitación integral del edificio”, al que se le falta “al respeto”.

Las opiniones sobre el proyecto arquitectónico de Vázquez Consuegra son libres. Lo que no es opinable son los hechos: el diseño arquitectónico no toca las arcadas que dotan de una misteriosa monumentalidad al primitivo astillero (más bien las devuelven a los sevillanos) y ha sido bendecido oficialmente por la Comisión de Patrimonio, órgano competente en la materia. El CaixaForum respeta los antiguos astilleros porque se asienta sobre ellos; un pecado según Del Valle (“el edificio sólo va a servir para cimentar el CaixaForum”, dijo esta semana el ex regidor) que más bien parece ser su principal virtud. Una muestra de respeto.

Probablemente haya sevillanos que todavía sueñen con recrear la urbe mítica que encontró el rey San Fernando o que contempló la llegada de los galeones de Indias. La ciudad, sin embargo, es bastante más: un palimpsesto en el que deberían poder leerse sus múltiples escrituras, sin excluir ninguna. La condición de sevillanos no debería hacer creer a nadie que tiene la verdad absoluta sobre Sevilla. Nadie elige su lugar de nacimiento. Lo que sí elegimos quizás es lo que queremos ser: si indígenas o cosmopolitas.