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Por decreto

Carlos Mármol | 26 de julio de 2011 a las 19:00

Ni hacía ninguna falta ni, a tenor del discurso oficial del PP, parecía ser conveniente. Pero ninguna de estas dos circunstancias ha servido de nada. Zoido decidió ayer derogar el Plan Centro por decreto. Promesa electoral cumplida, contradicción sobre la mesa.

Habrá quien piense que lo que ha hecho el nuevo alcalde es un ejercicio de coherencia: cumplir lo que decía su programa electoral. Es discutible. No tanto en el fondo –la eliminación de las restricciones del vehículo privado en el casco antiguo– sino en las formas: con una inesperada resolución de la Alcaldía –quien la firma viene a ser lo de menos– que instaura el viejo vicio del ordeno y mando.

Se dirá que el anterior regidor, Monteseirín, usó idéntico procedimiento. ¿Lo hace eso acaso mejor? No lo parece. Si éste es el argumento único del PP resulta débil. Infantil. Exculpatorio. Si a Monteseirín se le reprochaba haber impuesto el Plan en lugar de consensuarlo con los afectados, a su sucesor puede aplicársele el mismo patrón, pero en sentido negativo. Impone su derogación, sin matices ni consenso que valga. Que Zoido cuente con una mayoría de 20 ediles y Monteseirín tuviera una de 17 concejales es secundario. Los dos tuvieron en su momento el requisito esencial: suficientes votos en el Pleno.

                                                       Foto: Juan Carlos Vázquez

Extraña el camino elegido. Zoido, que pregonaba el consenso para todo en su etapa en la oposición, y que nada más tomar posesión prometió que gobernaría como si no tuviera la absolutísima mayoría de la que disfruta, anunció que llevaría al Pleno la derogación. Al menos la oposición iba a tener derecho al pataleo. Tres días antes decide promulgar la resolución, después de que su versión oficial –que las cámaras no funcionaban– haya sido desmentida por los propios funcionarios municipales. Algo falla. Había prevista una manifestación de protesta de 23 colectivos. ¿Miedo a la calle? Quizás no. Pero el cambio de criterio da que pensar. Y bastante.

El urbanismo efectista

Carlos Mármol | 27 de abril de 2011 a las 6:30

El modelo urbano de Sevilla, del que desde hace una década vienen haciendo bandera política los socialistas e IU, empieza a enseñar sus puntos negros. Sombras que desmienten no tanto el fondo del proyecto –la construcción de una ciudad más cohesionada y justa–, sino una forma concreta de gestionarlo.

Si gobernar es siempre establecer prioridades y gastar el dinero público de una determinada manera, la situación dotacional del norte del casco histórico de Sevilla es un buen ejemplo de cómo se ha gobernado la ciudad en estos años.

Con una extraña obsesión por los grandes proyectos –en algunos casos innecesarios; en otros, de utilidad relativa– que ha ido dejando fuera de foco las políticas que inciden directamente en la calidad de vida de los ciudadanos.

Claro que este tipo de historias son difíciles de armar: la oscuridad que rodea al urbanismo impide a muchos ciudadanos, agrupados todavía en las entidades vecinales (la base de la democracia, junto con los ayuntamientos), siquiera entender cómo ciertos políticos les dan gato por liebre.

No es el caso de la asociación vecinal La Revuelta, formada por gente joven, preparada y capaz, además de mantener a lo largo del tiempo un notable grado de compromiso con su propio barrio (algo cada vez más inusual en los tiempos actuales), de entender los planes urbanísticos suficientemente bien como para poner encima de la mesa argumentos difícilmente rebatibles.

A juzgar por la propaganda oficial, Monteseirín ha revitalizado el norte del centro con la Encarnación, la Alameda y Santa Clara, hitos que se han comido el presupuesto.

Los vecinos preguntan por otra cosa: ¿dónde están los equipamientos comunitarios previstos en el PGOU? Nadie les contesta. Probablemente porque no existe una respuesta válida.

El urbanismo efectista podrá hacer soñar a algunos con la quimera de pasar a la historia. Pero rara vez soluciona los problemas de la gente.

San Bernardo: final de trayecto

Carlos Mármol | 17 de abril de 2011 a las 6:30

La ampliación del tranvía pone punto final a una etapa municipal en la que se ha preferido actuar en el centro de Sevilla para simular una transformación urbana integral en lugar de hacerlo en los distritos.

El tiempo no perdona. Ni tropieza. El final de la era Monteseirín, a la que le queda oficialmente algo así como un mes y medio más o menos, dependiendo de si al hacer los cálculos incluimos o no el periodo de la llamada regencia en funciones, se va desdibujando paulatinamente hasta dar como resultado involuntario uno de esos desconcertantes cuadros italianos pintados con la vieja técnica del esfumatto. Contornos imprecisos, vaguedad ambiental, cierta lejanía amable, un aire raro, entre espectral y misterioso. ¿Sueño, pesadilla o realidad? Depende.

Con el alcalde en los estertores de la última de sus famosas giras institucionales (el afán del regidor por los viajes oficiales sin sentido es realmente notable) y los requisitos impuestos por la nueva legislación electoral, que impide las inauguraciones políticas, el Ayuntamiento (que en realidad no existe desde hace meses porque las tres fuerzas políticas que forman la corporación local llevan desde enero sumidas en la larga precampaña electoral) ha inaugurado esta semana la ampliación del tranvía de Sevilla, bautizado por la propaganda oficial con el nombre de Metrocentro.

El episodio parece salido de un relato de misterio. Sólo que, al contrario de lo que ocurre en los cuentos góticos, esta vez está iluminado por el sol de esta primavera extrañamente estival. Tras el insoportable vacío del Parasol, inaugurado por Monteseirín en la más absoluta de las soledades (salvo por los habituales fieles de última hora), la puesta en marcha del nuevo tramo del tranvía nos ha dejado estampas de andenes con gente que espera el momento para tomar una nueva dirección. Otra metáfora del cambio de ciclo que, ocurra lo que ocurra en las elecciones, está próximo a producirse en la ciudad.

El ferrocarril urbano construido por Monteseirín, junto al Parasol, es uno de los símbolos de su gestión política. Inaugurado hace ahora unos tres años, ha supuesto para muchos una loable apuesta por la movilidad pública y, para otros, un capricho similar (en impacto económico y realización) a las célebres setas, vigiladas desde esta semana por un sistema de cámaras de seguridad privada instalado por la empresa concesionaria del complejo comercial sin pedir permiso a nadie. Algo que no debería causar excesiva sorpresa: a fin de cuentas, a pesar de que hay quien cree que con la Encarnación se ha ganado una plaza pública, lo cierto es que Sacyr, la empresa constructora, no hace con ellas más que vigilar, como una especie de gran hermano, el trozo exacto de Sevilla cuya explotación comercial se le ha entregado durante las próximas cuatro décadas. Por así decirlo, se dedican a cuidar su propio cortijo, situado en el corazón mismo de Sevilla.

El tranvía, al contrario de lo que ocurre en el caso de la Encarnación, no privatiza un espacio público, sino que socializa un territorio (el que discurre entre la Plaza Nueva y el Prado) que solían estar lleno de coches, tráfico y ruido. En ese sentido puede decirse que quizás haya sido un éxito. Aunque, como ocurre con muchas iniciativas del alcalde saliente, sólo a medias.

Con independencia de que es más inteligente invertir en medios públicos de transporte que en complejos comerciales, si se mira detenidamente la relación coste/rentabilidad de la línea que gestiona Tussam los aparentes matices positivos pierden bastante brillo, hasta convertirse incluso en sombras.

El Metrocentro, que se ha querido presentar como un gesto de valentía de Monteseirín, en realidad es fruto de una secreta inseguridad política. El atrevimiento, si lo hubo, consistió en peatonalizar (parcialmente) la Avenida de la Constitución. La instalación del tranvía es la muestra de que, una vez hecho esto, en la Alcaldía se pensó que había que introducir en la operación un elemento nuevo para que las críticas que censurarían el hecho de dejar la zona sin un acceso mecánico (los pies, por lo visto, no sirven) no pudieran sostenerse mucho en el tiempo. Como si esto fuera a parar la maquinaria de intereses (políticos, entre otros) que se oponen al modelo urbano defendido por el Plan General de Ordenación Urbana (PGOU).

Por aquel entonces, no sé si lo recuerdan, la línea 1 del Metro estaba sumida en una de sus múltiples crisis (por la tuneladora) y el gabinete de crisis de Monteseirín (formado por dos personas, casi siempre) estimó conveniente que, a pesar de que el Metro conectaría la Puerta de Jerez con el Prado de San Sebastián, había que hacer también un sistema de transporte (municipal, pero con parte del dinero de la Junta) que discurriera en paralelo al Metro durante buena parte del trazado, por si acaso las obras de la línea 1 no salían adelante.

San Bernardo final de trayecto 2 baja

El resultado fue un tranvía escaso, de apenas un kilómetro y medio, que al tiempo que parte por la mitad el que podría haber sido, junto con la Alameda de Hércules, el gran ensanche peatonal de la Sevilla histórica, fagocitó unos fondos municipales que bien pudieron ayudar a sacar a Tussam de la actual ruina económica en la que se encuentra.

No es de extrañar que hasta ahora, igual que ha ocurrido con el Parasol de la Encarnación, con el que el tranvía encierra tantas similitudes casuales, el gobierno local nunca haya hecho público el coste oficial de ejecución de este proyecto, que sufrió un largo rosario de cambios (cada uno de ellos supuso probablemente incrementos sobre el presupuesto inicial), incluyendo la reciente operación de sustitución de parte de las catenarias.

La obra salió al final por más de 80 millones de euros, cantidad a la que ahora hay que sumar los 13 millones que ha costado la prolongación del tranvía hasta San Bernardo. Unos 885 metros mal contados. En total, el Metrocentro ha costado a los sevillanos (y en cierta medida a los andaluces) casi 100 millones de euros para un recorrido completo de algo más de dos kilómetros.

Habrá opiniones para todos los gustos. Desde la que considera que es un proyecto caro a la de quienes creen que los 15.000 viajeros que lo utilizan justifican la operación. Es natural. No se discute la libertad de juicio. Lo que está fuera de discusión (o al menos debería estarlo si se quiere analizar la cuestión con algo de objetividad) es que el trazado definitivo del tranvía (cuya prometida prolongación hacia Santa Justa ha quedado olvidada) repite, en buena medida, el mismo trayecto de la línea 1 del Metro, sólo que en superficie. Algo inaudito en cualquier ciudad civilizada (la frase parece una redundancia, aunque tratándose de Sevilla quizás no lo sea tanto) en la que los recursos económicos se usan para conseguir el mayor rendimiento posible.

En Sevilla, tremenda paradoja, tenemos pues un tranvía que va al mismo sitio que el Metro (salvo por menos de un kilómetro de diferencia) y que ahora queda como en punto muerto en la estación término de Viapol. Apenas unos pocos metros fuera del casco histórico (donde habita el imaginario de la ciudad completa, siendo en realidad apenas una mínima parte de la Sevilla real) y justo a las puertas el antiguo arrabal de San Bernardo. ¿Hay mejor ejemplo de la filosofía política con la que durante los últimos años se ha intervenido en Sevilla? ¿No representa el tranvía, que apenas si discurre por la ciudad extramuros, la mentalidad profundamente centrípeta de los políticos de una urbe en la que parece que lo que no está situado dentro de los estrechos límites del centro histórico no existe?

El tranvía de Sevilla se queda así a las puertas mismas de la Sevilla de los barrios, que, sorprendentemente, es justo donde debía de haberse construido. En términos de inversión, clientes (viajeros) y rentabilidad social (cohesión) hubiera sido mucho más eficaz en los distritos. En ellos vive la mayor parte de la población que, hasta ahora, siempre ha votado al PSOE. Monteseirín, sin embargo, prefirió hacerse notar en el territorio de la Sevilla Eterna. Indignó a algunos. Entusiasmó a otros. Pero dejó sin resolver el verdadero problema de movilidad de Sevilla.

Nociones de modernidad

Carlos Mármol | 27 de febrero de 2011 a las 6:30

El Colegio de Arquitectos, que apoyó con su presencia los concursos urbanísticos de la era Monteseirín, critica ahora, amparándose en su consejo de expertos, los excesos de la arquitectura como espectáculo.

La conversión resulta llamativa. Aunque, en realidad, no hay ley alguna que impida cambiar de opinión. El problema es que, dependiendo de cómo se acometan ciertos tránsitos, a veces es necesario hacer demasiadas cabriolas. Dar pasos forzados. El Colegio de Arquitectos de Sevilla, institución que durante los años de la transición política jugó un importante papel como referente cualificado en los debates urbanos sobre la ciudad, ha presentado esta semana a su nuevo órgano consultivo (formado por reconocidos profesionales) entonando una especie de vindicación tardía en favor de la Sevilla de siempre, alterada al parecer en los últimos años por una serie de obras impulsadas de una u otra forma por el gobierno municipal que ha presidido Alfredo Sánchez Monteseirín, alcalde en fase ya decreciente.

El discurso de estos expertos, elegidos por la directiva que preside Ángel Díaz del Río, es radicalmente contrario a obras como el Parasol de la Plaza de la Encarnación; la Torre Pelli, promovida por Cajasol en el Sur de la Isla de la Cartuja; y la Biblioteca Central del Prado, paralizada por un pleito vecinal desde hace meses. A su juicio, el poder político ha apostado en los últimos tiempos por una “arquitectura del espectáculo y de la codicia” que cambia la faz de la ciudad. Una transformación del imaginario urbano innecesaria.

Respetando su posición, que en parte se sustenta en un diagnóstico sobre Sevilla bastante aceptado entre ciertos sectores sociales, lo cierto es que su pronunciamiento, además de sesgado, llega algo tarde. No supone además riesgo alguno. En cierto sentido aparenta ser incluso contradictorio con la posición que los arquitectos sevillanos (su representación colegial, al menos) han venido defendiendo en público, incluso con su expresa presencia institucional, en determinados foros municipales.

Ideas de ciudad

En Sevilla, a lo largo de los dos últimos lustros, viene sucediéndose un debate (que es eterno, en realidad) sobre cuál debe ser el canon urbano local. Por resumir más o menos las posiciones en liza, por un lado estaría la Sevilla tradicionalista, que considera que la ciudad, sobre todo la urbe histórica, ya está hecha y no es necesario cambiarla; y, por otro, los defensores de la Sevilla de Monteseirín, que ha destinado casi todos los recursos del urbanismo sevillano y toda la capacidad normativa municipal a promover una serie de proyectos, casi todos ubicados en la nuez central de Sevilla, adscritos a lo que el ensayista Deyan Sudjic llamaría la arquitectura del poder. La plasmación arquitectónica de un proyecto político.

Probablemente la Sevilla realmente moderna, en caso de existir, no esté situada en ninguno de ambos bandos. En realidad, las tesis de unos y otros, aparentando ser distintas en su formulación, encierran un importante vínculo común. Ninguna de ellas son estrictamente modernas. Ni siquiera parecen contemporáneas.

La modernidad, como la define Octavio Paz, el ensayista mexicano, en su disertación sobre Los Hijos del Limo, consiste fundamentalmente en el cuestionamiento perpetuo de la realidad. Un proceso que implica una voluntad constante de cambio. Según esta concepción, la modernidad sería la consecuencia de algo poco común en Sevilla: el sentido crítico.

Ni la Sevilla tradicionalista, que defiende un determinado modelo urbano y simbólico, ni la nueva ciudad que afirma haber impulsado Monteseirín se basan en este principio. Ambas, en el fondo, lo niegan categóricamente. Sencillamente porque son incapaces de cuestionarse a sí mismas. Llegamos así a la paradoja máxima: ambas ideas de Sevilla persiguen el dogmatismo excluyente, que es justo lo opuesto a lo que, al menos según la definición de Octavio Paz, es el espíritu de lo moderno.

NOCIONES DE MODERNIDAD BAJA

Hablar de modernidad en Sevilla siempre resulta complicado. Supongo que se debe a que la concepción del tiempo que predomina por estos pagos es, con ropajes distintos, unívoca. Similar. O bien vivimos en una ciudad maravillosa que no es necesario tocar o hay que alzar nuevas catedrales arquitectónicas (a cualquier coste, a sangre y fuego si hace falta) en el corazón histórico de esta pobre urbe milenaria sólo para poder argumentar ante terceros que podemos ser igual que ellos, siendo en realidad tan poco lo que en el fondo se ha cambido en Sevilla en la última década.

Cada civilización (término que está íntimamente ligado a la idea de las urbes como espacios donde nace la cultura) tiene un sentido del tiempo distinto. La relación entre pasado, presente y futuro es pues dispar. ¿Cuál es el arquetipo temporal predominante en Sevilla? A primera vista pareciera que entran en franca oposición la ciudad eterna, que no debe ser mancillada bajo ninguna circunstancia, y otra Sevilla nueva que, de hacer caso a la habitual propaganda municipal, más o menos viene ser algo así como la Florencia del Renacimiento.

Ni una ni otra. Ambas nociones sobre Sevilla son de índole primitiva. En el fondo no admiten otro modelo que no sea el propio. La síntesis mutua resulta imposible. En el caso de la Sevilla tradicional este principio parece mucho más evidente: la vida pública sólo se concibe como un permanente ritual primaveral que marca el calendario, el ánimo y la mitología. Una ceremonia que consiste en la repetición rítmica de un pasado intemporal. La constante recreación de un determinado origen que sólo acepta actualizaciones basadas en el pasado.

Si nos referimos a la Sevilla que dice haber construido Monteseirín, el principio es parecido, al no concebir otra modernidad posible más que la derivada de la gestión concreta de un gobernante que, además, parece ser el único con derecho para poder asignar este adjetivo. Como si las definiciones dependieran de las elecciones.

El Colegio de Arquitectos, que ahora parece querer discrepar de todos estos proyectos (hay razones de sobra para hacerlo, aunque con criterios distintos a los estéticos), ha sido a lo largo de la última década una especie de colaborador necesario, y hasta entusiasta, de este proceso de reinvención de Sevilla que, en realidad, es tan inflexible como el que representa la Sevilla tradicional. ¿No ha participado dicha institución en los concursos de la Encarnación, la biblioteca del Prado y la Torre Pelli? ¿No ha avalado a lo largo de estos años determinadas operaciones urbanas cuyo grado de cohesión social es nulo?

Se podrá estar de acuerdo o discrepar de los proyectos de la era Monteseirín. Las opiniones siempre son libres, sean acertadas o no. Pero para ser tenidas en cuenta deberían argumentarse, defenderse sin contradicciones, analizarse. Extraña que tan repentino cambio de posición se produzca cuando ya no hay riesgos en el horizonte ni la situación económica permite otros planteamientos. Obviamente, todos los arquitectos no tienen la misma opinión sobre la cuestión. Hay juicios dispares, como es natural en todos los colectivos.

Los arquitectos a veces dan la sensación de tener la virtud de callar cuando tienen la opción de ser partícipes de determinadas obras y el don de hablar ex cátedra cuando son otros los agraciados con un contrato. No insinúo que sea el interés el que guíe el juicio del órgano consultivo del colegio. Probablemente sus miembros, recién llegados a tan difícil misión, hablen con total sinceridad. Sucede simplemente que la institución que los representa no siempre ha sabido guardar la coherencia en una cuestión (el modelo urbano de Sevilla) esencial. Y donde en estos años se ha echado en falta una fruta bastante extraña: cierta independencia de criterio.

Historias de conversos

Carlos Mármol | 11 de enero de 2009 a las 12:21

El gobierno municipal, que hace bandera política de la peatonalización parcial del Casco Histórico, incumple de forma sistemática desde 2007 la ordenanza que prohíbe a los vehículos particulares acceder al centro de Sevilla.

EN los tiempos oscuros de la Inquisición, cuando la tortura era parte habitual del catálogo de normas de los inquisidores, solía decirse que los más crueles a la hora de aplicar la sangrienta doctrina que emanaba de estos tribunales sumarísimos solían ser los conversos. Gente que había renegado de su fe primitiva y que, integrados ya en el correspondiente statu quo, incluso en la propia jerarquía de la institución, trataban de hacer méritos y disimular sus orígenes previos mediante el expeditivo sistema de aplicar con inusitada ferocidad los dogmas en boga. De ahí esa frase que ha quedado como un fogonazo de sabiduría espontánea: “Los conversos (en cualquier aspecto de la vida) son temibles”. En su caso el sentido del equilibrio o la prudencia son quimeras. Resultan ser dos lujos que no pueden permitirse.

El mismo principio, aunque con las lógicas variantes, podría aplicarse al gobierno local de Sevilla, que sigue atrapado en su contradicción esencial: decir una cosa (en la que en realidad probablemente nunca creyó) y terminar haciendo justo la contraria. Lo que tradicionalmente se llama incoherencia. El equipo que dirige Monteseirín se ha caracterizado en la década larga que lleva en el poder local por hacer un discurso público más o menos razonable al tiempo que perpetra operaciones no tan estimables o, sencillamente, opta por la vieja práctica de la chapuza, justificándose, casi siempre, en base a sus supuestas buenas intenciones. Una forma singular de disfrazar su escasa capacidad real de gestión. Porque, en definitiva, justo de esto se trata. Los verdaderos maestros lo enseñan, además de con el propio ejemplo personal, con una frase nítida. Y rotunda: “Un hombre no es lo que dice. Es lo que hace”.

El cierre a la circulación privada del centro histórico es un ejemplo evidente. Después de haber hecho bandera pública de la peatonalización del Casco Antiguo –a la coalición PSOE e IU suele olvidársele al imponer su propaganda que, en el mejor de los casos, de lo que estaríamos hablando es de escasas ínsulas peatonales en un océano de tráfico– el ejecutivo municipal parece ahora huir como del diablo del que ha sido uno de sus principales compromisos electorales: limitar al máximo el acceso libre de coches particulares al centro.

¿Por qué? ¿No es lo lógico hacer lo que se dice? En lo que se refiere a predicar, PSOE e IU no tienen mesura. Tanto en el PGOU como en los diferentes documentos municipales sobre Movilidad –los que deben analizarse para deslindar los excesos verbales de las promesas ciertas–, el gobierno local ha defendido siempre la necesidad de evitar que el centro –la ciudad simbólica que representa a la urbe entera– siga convertido en un campo sin vallar donde los miles de vehículos que lo invaden a diario impidan la vida y maten el patrimonio heredado. Sobre este principio, en buena parte, se sustenta el modelo de ciudad que PSOE e IU dicen tener y defender frente al PP. Es un punto clave de su acuerdo conjunto de gobierno y está en sus respectivos programas electorales. Es el ejemplo más gráfico de “la ciudad humanizada” –tan distinta a la de San Agustín– que pregona el alcalde.

Cuatro retrasos

Claro que, como dice el refrán, es diferente dar trigo a pregonarlo. Y aquí radica la cuestión. PSOE e IU cometieron en su día la torpeza de levantar en armas a los comerciantes al anunciar el blindaje del centro sin trabajar en alternativas de movilidad o hacer alguna pedagogía previa, aunque en este punto es justo decir que algunos ilustres comerciantes acaso no entenderían la mayor ni aunque se la tradujeran con subtítulos. Después pasaron a aprobar una ordenanza sobre la bicicleta en la que introdujeron –sin avisar– todo el corpus jurídico necesario para aplicar dicha medida. La ordenanza está en vigor desde finales del año 2007. Una parte –la relativa al paso de bicicletas por zonas peatonales– ha sido derogada hace unas semanas por el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía (TSJA), pero el resto –precisamente la parte que permite el blindar del centro– no sólo no ha sido suspendida, sino que expresamente está avalada por los magistrados del alto tribunal andaluz. ¿A qué se espera pues desde Plaza Nueva para aplicarla? ¿Acaso a que alguien reúna el valor suficiente?

El gobierno local ha retrasado hasta en cuatro ocasiones distintas la ejecución de tal medida con excusas diferentes. Ahora alega cuestiones técnicas (cámaras). Huye justo de aquello a lo que él mismo se obligó el día que sancionó la ordenanza, que no ha sido derogada. De donde no cabe sino concluir que PSOE e IU elaboran su discurso de cara a la galería, sin preocuparse de que éste se corresponda con los hechos. Así es difícil contar con credibilidad. Sobre todo ante aquellos que confiaron en sus promesas. Probablemente se sientan estafados. Para quienes siempre desconfiaron –los pesimistas a los que tanto cita Monteseirín– acaso sea la confirmación de la evidencia: no hay arrojo suficiente, por ser finos en la expresión. La conclusión: el centro sigue preso de los coches, que penetran cada vez con mayor intensidad por calles cuya sección se hizo para andar. Una curiosa manera de defender la peatonalización. Ya lo dijo el clásico: “Desconfía de las buenas palabras. Tras ellas suelen ocultarse los actos más inconfesables”. Pues eso.

Réquiem por el bar Laredo

Carlos Mármol | 20 de julio de 2008 a las 12:55

Laredo

La destrucción del último viejo café de Sevilla, tolerada por el Ayuntamiento y la Junta de Andalucía, ilustra cómo los discursos políticos sobre el patrimonio histórico chocan con los intereses de quienes dicen defenderlo.

ENTRE greguería y greguería, don Ramón Gómez de la Serna, que de la materia en cuestión sabía bastante, dejó dicho del café, de cualquier café urbano, que es “la vida interior de la ciudad como ciudad”. Nada más cierto. Sobre los cafés hay, casi se diría, un exceso de literatura. Y no siempre buena: cantos en favor de la amistad y la fraternidad universal que repentinamente surge entre sus mesas; crónicas sobre las pugnas sociales, escenificadas en la simple distribución del espacio disponible para un salón de té, e historias de amor que empiezan en grandes sillones corridos de terciopelo rojo y terminan en el juzgado. De todo un poco.

George Steiner decía que la historia de Europa puede seguirse, mejor que en cualquier libro, sobre el mapa imaginario que agruparía a ciertos cafés donde pasaron cosas, estuvieron determinadas personas o alguien pensó determinada teoría que, a la larga, terminaría cambiando el mundo. Templos de la vieja ilustración y del hedonismo sutil. Espacios excelentes para la conspiración consuetudinaria. Iglesias casi pequeñoburguesas, en definitiva. Hogares temporales de tantos genios y refugio de un largo sinfín de locos. Todo esto son los viejos cafés. Cuanto más viejos, casi mejor.

Si la aseveración de Steiner fuera cierta, no deja de resultar paradójico que en Sevilla, que siempre fue una urbe europea por la vía de dejar de serlo en determinados momentos (esa forma de ser que consiste en la negación de ciertos principios), ahora que algunas cosas han venido a acercarnos (en unos casos con mayor fortuna; en otros con peor suerte) al Viejo Continente, hayamos hecho dicho tránsito matando al último de los vetustos cafés que todavía quedaba más o menos vivo en el Casco Histórico. El viejo Laredo. Intrahistoria de Sevilla escrita, como tantas veces, por foráneos. En este caso, de estirpe jándala.

Pues sí. Lo han matado en plaza pública (algunas firmas influyentes sólo se han dado cuenta de lo que trataba la vaina, como dicen en Colombia, a última hora, pero el asesinato, del género patrimonial, y en primer grado, estaba anunciado desde hacía bastante tiempo) sin que los lamentos, qué curioso, terminen de brotar más que cuando la cosa ya no tiene remedio.
dejar hacer

Porque difícil arreglo tiene la desaparición del último viejo café sevillano, como dijera el tango. Un atributo (el de viejo) dicho sea en el más noble sentido de la palabra. Porque el Laredo, al que tantas crónicas del añejo costumbrismo hispalense alzaron a los altares de la Sevilla canónica, en realidad, ni estaba protegido ni tenía guardián que lo cuidase. Mejor dicho: parecía contar con cientos de adoradores y vates que elogiaban sus vistas y su fina estampa clásica, pero en realidad estaba muy solo. Sin apenas verdaderos defensores de su estilo, en desuso en estos tiempos del café azucarado en vaso de plástico. No sirve de nada ya lamentarse en demasía de semejante pérdida, sino reflexionar sobre la facilidad con la que esta ciudad tan pronto te coloca en un altar como te dejar caer al abismo sin más miramientos. La muerte del Laredo es una metáfora de la vida entendida a la sevillana manera: falsa e hipócrita en las victorias; cruel y displicente frente a las derrotas.

El finado (alguno nunca lo llamaron café porque no tomaban dicha bebida en su interior, sino otras variantes espirituosas) ha pasado a mejor vida gracias a un hostelero de los que dicen ser toda una institución en la ciudad (Quevedo ya advirtió del peligro y el escaso perdurar de la fama terrena) y de la dejadez, consciente, por otra parte, de la Junta de Andalucía y del Ayuntamiento hispalense, que otorga premios a otros negocios de hostelería por su larga tradición siendo, en cambio, incapaz de mantener vivos otros bares ubicados precisamente en edificios de titularidad pública. Tres actores para un sainete del que esta ciudad sale, una vez más, sin una parte de su alma más silenciosa, mientras quienes contemplan la pieza teatral (la vida es puro teatro) simulan lamentarse por un daño del que han sacado partido o con el que han consentido, pero del que ninguno quiere aparecer como colaborador. Ya se sabe: la destrucción de la ciudad siempre tiene nombres y apellidos. Pero todos gustan de darle la vuelta a las cosas para que la historia no perpetue esta imagen.

El Laredo fuese, como en el soneto con estrambote de Cervantes, gloria de la literatura de ocasión, y no hubo nada. O mejor dicho: hay ahora un local donde no queda nada de la vejez y nobleza de antaño. Todo es aparente opulencia, postres con crema y carteles que pregonan el nombre del nuevo propietario al que ni la Junta (en concreto la Comisión Provincial de Patrimonio, cuya función es ignota) ni el Consistorio (que dio la licencia de obras) han querido obligar a hacer las cosas de otra forma para evitar así lo que ha sucedido: el fin de una época en la que podía mirarse la Giralda desde abajo tomando un café. Estrecho, pero también feliz. De nada sirve ahora enviar a los pobres inspectores ni culpar a otros (como hace Cultura) de lo que uno mismo pudo impedir. Podía y debió evitarse. No se hizo. Sus discursos sobre el patrimonio inmaterial de la ciudad son papel mojado. Una burla que ya no hace gracia.