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Las vísperas del gozo

Carlos Mármol | 24 de mayo de 2012 a las 6:05

Los socialistas sevillanos fijan posiciones con vistas a su congreso de julio. Los dos sectores en liza marcan sus señas de identidad: unos tienen el poder institucional y el respaldo de Griñán; otros, una oferta de integración.

Los cofrades y los socialistas sevillanos se parecen más de lo que, a primera vista, pudiera parecer. No es broma. Primero porque, evidentemente, hay devotos que militan en el PSOE. Los partidos políticos ya son casi como cabildos espirituales, aunque sus quinarios sean divergentes a los ortodoxos. Y segundo porque, a tenor de la reiteración con la que en el seno del socialismo sevillano se repiten ciertos ciclos sangrientos, casi como las estaciones del año, bien pudiera decirse, igual que les sucede a los fieles de las cofradías hispalenses, que en Luis Montoto y alrededores están prácticamente todo el calendario en eso que los entendidos en materias doctrinales llaman las vísperas del gozo. El tiempo previo de la espera ante la llegada de lo sublime.

La diferencia, acaso, estribe en que mientras en las corporaciones católicas lo que se conmemora es la pasión y muerte del redentor, el ritual en el PSOE se ciñe a sus eternas disensiones, los enfrentamientos y las vendettas. Duros conflictos de familia. Unas guerras púnicas perpetuas que no cesan ni ante la inminencia de las citas electorales. Sólo se posponen in extremis para volver a empezar. Hasta el infinito.

Salvados en el último minuto de las recientes elecciones regionales gracias a que la alianza con IU les ha permitido apuntalar los agrietados muros de su particular Roma (la Junta de Andalucía), las distintas tribus del PSOE sevillano vuelven estos días a medir sus fuerzas con el pretexto de la elección de los delegados para el inminente congreso regional de Almería. Nada extraño. Ni importante si la cuestión se mira desde el prisma del ciudadano, aunque entretenido si de lo que se trata es de contemplar el espectáculo –no siempre edificante– de la pura lucha por el poder. Aquí, de ideología, no hablamos.

Susánidas y críticos

El pulso previo a la batalla por Sevilla, que será en julio, mes caluroso y agrio, comenzó hace una semana más o menos igualado. Al menos, de partida. Por un lado, las huestes susánidas, afines a la actual secretaria de Organización del PSOE andaluz, Susana Díaz Pacheco. Por otro, un frente heterogéneo –demasiado, quizás– que vincula a antiguos enemigos internos, ahora avenidos en una suerte de operación para facilitar la posible reinstauración del chavismo frente al liderazgo –tardío, pero efectivo– de José Antonio Griñán, que a pesar de perder ante Rubalcaba el congreso federal se ha convertido por la carambola electoral en el patriarca del socialismo andaluz.

El sendero estaba marcado de antemano: los chavistas planeaban abrir frentes en las distintas agrupaciones provinciales de Andalucía en contra de la actual dirección regional para forzar así una posible alternativa política al presidente de la Junta –la opción más optimista– o, al menos, conseguir algo más de protagonismo en el nuevo escenario político regional. Llamémosle a esta última opción por su nombre: una cuota propia. Bastante más relevancia. Opciones. Agua.

En Sevilla esta vía pasaba por armar, frente a la secretaria de Organización del PSOE andaluz, que puede presentarse en julio, directa o indirectamente a la secretaría provincial, una lista con referentes indiscutidos –grandes alcaldes metropolitanos– capaces de dar la batalla ante un hipotético alineamiento total de Griñán con Díaz, tal y como ocurrió cuando se discutieron las listas electorales de las autonómicas. En esta batalla estaban casi todas las minorías: los vieristas (afines a José Antonio Viera), la intelligentsia (las huestes que profesan lealtad a Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, antiguo delfín de Monteseirín) y otras agrupaciones más, como Sur, Miraflores o Bellavista. Los caballistas, como acostumbran, optaron por una fórmula distinta. Siguieron su propio camino: marcar distancias con los chavistas.

Se buscaban dos cosas: lograr un cierto efecto arrastre y unir bajo una misma bandera a los desencantados con Díaz –que son legión– para provocar su salida de la dirección regional o, en su defecto, su descarte de la batalla de Sevilla en base a que, ante los ojos de Griñán, se impusiera antes la necesidad del consenso –su integración, en realidad– que la posibilidad de una victoria completa. Una arriesgada apuesta que forzosamente requería, como viene siendo habitual desde hace años entre las filas críticas del PSOE de Sevilla, inflar el globo todo lo posible. Llevar las cosas al límite. Provocar por todos los medios preocupación, crear desazón, salir en la prensa, despertar inquietud.

Claro que, dados los resultados electorales de las autonómicas, en la dirección regional del PSOE no está ocurriendo nada de todo esto. Los síntomas que pretendían despertar los críticos no aparecen por ningún sitio. La realidad es justo la opuesta: Griñán ha salido reforzado de la guillotina del 25-M y, en consecuencia, su ariete en Sevilla –Díaz Pacheco– no sólo ha pasado a compaginar su puesto orgánico con el principal cargo político de la Junta –la consejería de Presidencia–, sino que está decidida a tomar el control, hasta ahora en discusión, de la agrupación sevillana. No es nada raro: Sevilla, en términos cuantitativos, es la asamblea más importante del PSOE andaluz. Quita y pone al secretario general en Andalucía. Y, a la larga, es de quien depende la presidencia de la Junta de Andalucía. Una joya.

Con independencia de lo que ocurra de aquí a julio –mayormente el congreso de Almería, donde se visualizará el grado real de oposición que tiene Griñán– la batalla secreta por Sevilla parece haberse saldado ya esta misma semana de forma abrupta, casi prematura. La designación de los delegados al congreso regional era el banco de pruebas para el enclave provincial. Los críticos han logrado representantes en algunas agrupaciones pero se han quedado sin líder en el arranque mismo del proceso. Están huérfanos. Su globo parece desinflarse.

Su plan pasaba por convertir a Javier Fernández, el alcalde de La Rinconada, en el nuevo referente provincial. Un hombre de la confianza del anterior secretario general, José Antonio Viera, ahora enfrentado a Susana Díaz, su antigua mano derecha, y que podía encarnar cierta renovación sin perder la tradición, ya que alcaldes como el de Dos Hermanas o el de Alcalá iban a unirse al grupo. Fernández, sin embargo, se ha negado a encabezar una operación de dudoso éxito.

El motivo es evidente: Díaz Pacheco controla la Diputación (a través de Fernando Rodríguez Villalobos, que ya abandera la lista oficial al congreso de Almería), la Junta (el control de los altos cargos) y el grupo municipal hispalense, donde Juan Espadas, el portavoz en el Ayuntamiento, sufre continuos episodios de desestabilización interna inherentes a los tradicionales usos y costumbres de algún significado crítico.

Todo el poder institucional, que es el que otorga mayorías orgánicas –nunca al revés–, está en manos de Díaz Pacheco. El efecto arrastre, si llegaba, iba a ser contrario a los intereses críticos. Empezando por sus hipotéticos generales: Gutiérrez Limones, famoso por sus saltos internos en todos congresos previos. La negativa del alcalde de La Rinconada fue la causa de que el regidor de Dos Hermanas, Francisco Toscano, se autoproclamase candidato de esta corriente, por falta de mejor alternativa, durante unos pocos días.

Esta semana, sin embargo, se autodescartó para encabezar una lista propia al congreso de Sevilla, lo que ha dejado a los críticos –apenas unas pocas agrupaciones en la capital– sin jefe de filas. A medida que pase el tiempo corren el riesgo de quedarse también sin soldados. Tienen dos opciones: o presentar una candidatura de pataleo –acaso con Evangelina Naranjo como cabeza de lista– o autodisolverse en la mayoría. Ellos verán. Pero su futuro parece tan negro como el ruán cofrade.

Llamando a las puertas del cielo

Carlos Mármol | 5 de julio de 2011 a las 6:16

Las ‘familias’ del socialismo sevillano hacen votos en favor de la unidad tras la debacle electoral del 22-M pero con tácticas distintas: unos buscan un hueco en el núcleo del poder tras años de conflicto; otros, eliminar la resistencia.

Más que con la vieja metáfora de la pax armada –esa situación de tensión silenciosa que a veces se vive entre los contrarios que tienen que cohabitar forzosamente dentro de un mismo círculo de poder– el comité provincial extraordinario que el viernes celebró el PSOE de Sevilla después de la reciente derrota electoral del 22-M pudiera resumirse como una especie de acto público de contrición. Mucha sinceridad tribal. En cierto sentido, una misa ecuménica. En otro, un ritual amargo.

La ceremonia tuvo algo de catarsis. Duró más de cuatro horas. Se produjeron casi treinta intervenciones ante la asamblea y, a pesar de los mensajes oficiales trasladados con urgencia al exterior –unos más interesados que otros, como casi siempre–, lo cierto y verdad es que el denominador común de tal puesta en escena (casi se diría puesta en abismo) fueron los sucesivos votos de unidad que todas las familias –a excepción de por un par de anécdotas expresionistas– hicieron en público tras tener que aceptar su parte de responsabilidad (diferente en cada caso) por el batacazo electoral.

¿Algo sorprendente? Sólo para quienes no dominen los mecanismos internos del PSOE sevillano. Ya se intuía: con la que está cayendo fuera no había más opción que cerrar filas (dentro de un orden, claro) e ir todos a una, aunque dejando claro cuáles son los motivos y los agravios de cada cual antes de tener que volver a asumir el sacrificio de apoyar (con la fe ciega de los viejos militantes) a una dirección política que tiene demasiados frentes abiertos (algunos mortales) al mismo tiempo.

Con unas elecciones generales en puertas (sobre todo si hay adelanto al mes de noviembre) y unas autonómicas que o bien serán el próximo otoño o bien en primavera –dependiendo de la tesis que finalmente se imponga en el seno de la dirección federal de Ferraz– los socialistas sevillanos no tenían otro sendero por donde tirar más que aparcar, momentáneamente, al menos, sus eternas cuitas internas para dedicarse por completo a afrontar su único problema inmediato: intentar salvar el Gobierno de la Junta de Andalucía y, en lo posible, minimizar el más que probable descalabro nacional, en relación al cual circulan encuestas más o menos fiables que otorgan a los socialistas algo menos de cien diputados. Lo nunca visto.

¿Quién va a insistir en sus propias aspiraciones de poder con este panorama tan negro? Nadie que sea medianamente inteligente. Al menos, de forma expresa. Por eso no resulta nada sorprendente que el sector crítico en Sevilla (Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, Evangelina Naranjo, Fran Fernández, entre otros nombres) hiciera intervenciones tempraneras y en tono conciliador, buscando enfatizar su apoyo, con más o menos matices, hacia la dirección provincial, a la que hasta ahora siempre han tratado de poner en cuestión. ¿Estamos ante un arrepentimiento repentino por los pecados pretéritos? No lo parece. Ni de lejos. Más bien la cosa tiene pinta de ser un movimiento interesado. Un simple cambio de táctica que buscaría tratar de seducir a un secretario provincial (José Antonio Viera) en horas bajas y necesitado de cuantos más apoyos externos, mejor. Una operación con otra lógica que pretende lograr ciertos réditos a corto plazo con la excusa de la unidad.

A Viera, según dicen, se le vio muy a la defensiva durante todo el comité provincial. Es lógico: la polémica de los ERE irregulares de Empleo sigue siendo una bomba latente bajo sus pies, el partido ha perdido la Alcaldía de Sevilla y los veinte puntos de distancia que separaban a PSOE y PP en la provincia se han reducido a apenas dos. No es para sacar pecho.

Conservar la Diputación Provincial no ha sido ninguna victoria egregia. Hablar de milagro es bastante más correcto. La vieja tesis política del presidente de la institución provincial, Fernando Rodríguez Villalobos, de que era imposible que se produjera una marea azul en la provincia de Sevilla es ya historia. Los muebles pueden haberse salvado al final de la inundación, pero están bastante mojados. Y la humedad, ya se sabe, no trae nada bueno.

Con independencia de los dos episodios protagonizados por Luis Ángel Hierro –que pidió una dimisión de la Ejecutiva a la argentina: “Que se vayan todos”– y Raúl Medinilla, secretario local de Bellavista, que sigue confundiendo su ombligo con la crisis mundial del socialismo –no fue el único que en su intervención usó ese tono Leire Pajín del evento planetario que se vivía en el partido; cosa de la falta de lecturas, probablemente–, todos los demás pronunciamientos fueron en el sentido de apoyar a la dirección sin renunciar a recordar, con la vehemencia necesaria, los errores políticos que ésta ha cometido en los últimos meses.

Claro que también hubo ciertos respaldos que sólo lo eran en lo aparente: Susana Díaz, la secretaria de Organización del PSOE andaluz, anterior mano derecha de Viera, fue (según el testimonio de varias fuentes) la única en todo el acto que mencionó expresamente los ERES irregulares de la Junta de Andalucía. Un detalle que muchos de los críticos evitaron no por lealtad a Viera, sino porque su objetivo era precisamente plantearle al jefe del PSOE en Sevilla la necesidad de recuperar la unidad de los militantes en los tiempos difíciles. Díaz, además, no se quedó al final del acto. Tras su intervención se fue. Hay quien interpreta su papel en este comité como una forma de no mostrar un respaldo total a Viera. Por lo que pudiera ocurrir en los próximos meses.

El único que se salió de la norma fue Celis. ¿No reclamó unidad en el PSOE? Pues sí. En esto hizo lo que correspondía. Cuestión distinta son los motivos:el delfín de Monteseirín –retirado ya del tablero de juego– hizo un diagnóstico de la situación que en líneas generales es idéntico al que hace la Ejecutiva provincial sobre la derrota. Estuvo autocrítico –en otros pronunciamientos públicos ha mantenido este mismo discurso, aunque dejando caer siempre que si el candidato a la Alcaldía hubiera sido él la debacle no se hubiera producido– y ofreció su apoyo a la dirección.

Ni siquiera se mostró contrario a la idea de la Ejecutiva de segregar en asambleas más pequeñas algunas de las actuales agrupaciones del PSOE –reforma que dependería de un Congreso Federal que todavía no se ha celebrado; Sevilla no puede hacerlo en solitario– pero sí deslizó algunas cuestiones inquietantes para la Ejecutiva:primarias, listas abiertas y la vieja tesis de que hace falta una Ejecutiva Municipal diferente a la Provincial, algo de lo que Viera no quiere oír hablar desde hace cuatro años.

El plato fuerte llegó al final de su exposición: Celis reclamó que se le dé un sitio en la Ejecutiva, de la que fue excluido (tras haber sido vicesecretario en la dirección saliente) en el congreso provincial de 2008. Entonces su peso orgánico quedó de manifiesto: los críticos no alcanzaron siquiera los avales necesarios para dar la batalla a los oficialistas. Ahora la operación se llama ejecutiva de concentración. “Una solución de emergencia ante una situación crítica”.

¿Tocaba ahora resucitar esta cuestión con la Junta al borde del precipicio? Los tiempos orgánicos están más que tasados. El congreso provincial no se celebrará hasta 2012. Será entonces cuando las distintas familias intentarán conseguir (a través de los votos) una cuota orgánica en la nueva dirección que represente su peso político. Eso es lo democrático. Todo lo demás son atajos. Hasta entonces unos seguirán llamando a las puertas del cielo mientras otros tratan de no ser desterrados al infierno. Cuestión de perspectiva.

La hora de los adioses

Carlos Mármol | 1 de abril de 2010 a las 12:27

Celis deja el Ayuntamiento antes que Monteseirín y se pasea ya por los palcos municipales con su nueva jefa, Rosa Aguilar

EL Ayuntamiento, más que una transición pactada, como algunos pretendían hacer, está en realidad a sólo un paso de vivir un proceso extraño que se asemejaría más a lo que hace cualquier partido político –en esto no existen diferencias– cuando una de sus agrupaciones territoriales se queda sin referente, se vuelve rebelde o, sencillamente, es intervenida. Se le pone una comisión gestora hasta que toque votar. Y a otra cosa. Aceptable quizás para una asociación política de barrio. No tanto para una institución secular –históricamente de origen nobiliario; de representación civil en los tiempos democráticos– en la tercera urbe de España. Hasta este extremo ha llegado la omnipotente partitocracia: el poder real siempre reside en lo orgánico, nunca en lo institucional, aunque desde éste se consolide el primero. Siempre es así. Por mucho que durante demasiado tiempo a algunos les haya parecido, en esta ciudad de tan singulares simulacros, que el ejercicio de mandar consistía en lo contrario.

El año largo que resta en Sevilla para los comicios municipales va a ser altamente ilustrativo sobre los usos y maneras de la política con minúscula; aquella que consiste sólo en conservar el poder (a cualquier precio) y donde el concepto de la responsabilidad institucional es un asunto meramente retórico. Lo que de verdad cuenta aquí es la propia carrera personal. Eso que algunos denominan proyección. Hasta el infinito y más allá. Cualquier otro principio, incluida esa vieja costumbre que llamamos lealtad o fidelidad, incluso la bendita coherencia, carece de la mínima importancia en este tablero cambiante de la vida.

El mundo, claro, no nació ayer. Esta lenta deriva de la política municipal, que ahora simplemente decanta del todo, hace tiempo que la vienen practicando, con entusiasmo además, los antiguos críticos del PSOE de Sevilla, que convirtieron el Consistorio durante más de un lustro en un ariete contra su propio partido. Como corresponde a todos los efectos pendulares, la cosa ahora tendrá su momento oficialista, casi gemelo. Será la inminente etapa de tutela orgánica que se iniciará durante las próximas semanas.

Palco

Algunos se van para no vivir la situación en sus propias carnes. Otros, sencillamente, no pueden. Deben todavía hacer algunos méritos más, declaraciones contra sí mismos incluidas, para que el aparato decida que acaso igual no sería malo contar con su notable experiencia. ¿Dónde y cómo? “Ah, eso ya es otro cantar. Los sitios que asigna el partido son todos honrosos. Incluida el área de monitores ocupaciones de la Diputación Provincial, aunque, claro, no está muy bien pagada. Son tiempos de sacrificios”. Hace tiempo que los antiguos héroes iniciaron la procesión hacia Luis Montoto. La cofradía es de silencio, claro.

Quien no procesiona, sino que pretende seguir, en la medida de lo posible, en los palcos de la política visible es Alfonso Rodríguez Gómez de Celis. Caído en desgracia tras la lógica alianza entre Griñán y la actual dirección del PSOE de Sevilla, el primero en abandonar el barco municipal de Monteseirín ha sido justamente él. Antes incluso que el propio alcalde. Cosa harto simbólica. Ni horas venticuatro ha tardado el todavía teniente de alcalde de Urbanismo y Presidencia –dimitirá el próximo martes– en aparecer en público en la zona de autoridades de los palcos consistoriales con su nueva jefa política, la consejera de Obras Públicas y Vivienda, Rosa Aguilar. Ya lo decían los calvinistas: el trabajo es igual que la comunión. Una costumbre diaria. Celis no ha esperado ni un día para hacer el tránsito espiritual.

En su fuero interno, Celis siempre soñó con dirigir la nave de la Plaza Nueva. ¿Quizás no lo ha hecho? ¿Acaso no ha estado al tanto de todas las decisiones importantes? Hombre de confianza del alcalde cesante durante siete años –y cuya experiencia política antes de su paso por Plaza Nueva se limitaba a su agrupación del PSOE de Nervión y al Instituto de la Juventud– ha decidido ahora marcharse como responsable autonómico de Arquitectura y Vivienda. Un cargo –en la Junta– de segundo nivel. Muy técnico. De gestión. Muy diferente a su carácter y a su vocación, que es el poder. Un lugar que, antes que él, ocuparon perfiles políticos muy distintos. Por ejemplo: Víctor Pérez Escolano, un socialista de trayectoria casi ejemplar. Es de esperar que Celis termine convirtiendo el puesto –o intentándolo– en trampolín de sí mismo. Más o menos lo mismo que ha logrado en el Consistorio. Hay que admitir que en este aspecto ha demostrado ser como la Reina: un enorme profesional.

La marcha de Celis tiene una elevada carga simbólica. Es, por así decirlo, el principio de la inminente ceremonia de los adioses. Un ritual que, como la Semana Santa, no deja de repetirse. Juan Carlos Onetti, el escritor uruguayo, tiene una novela corta con este título –Los Adioses– que, desde el punto de vista estético, más que narrativo, quizás sirva para explicar el carácter de este político que hace once años era una prolongación de Emilio Carrillo, después se convirtió en delfín de Monteseirín –lo que implicó la ruptura con su anterior padre político– y, al final, ha terminado, como suele pasar en la vida, convirtiéndose en sí mismo.

¿Y cuál es el rasgo esencial de Celis? El mismo que utiliza Onetti en su novela: la ambigüedad como táctica y guía de la existencia. Celis es de esos tipos con los que es imposible discutir porque su extremada cortesía te lo impide. Alguien que cuesta sacar de su papel. Siempre sabe estar en su sitio. Otra cosa es que su imagen pública refleje su verdadero interior.

Lo dice Onetti: “Hay varias maneras de mentir. La peor de todas es decir la verdad ocultando el alma de los hechos”.

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Vierismo y susanismo

Carlos Mármol | 13 de marzo de 2010 a las 18:44

AHORA que casi todos en el PSOE de Sevilla se han vuelto de golpe vieristas –todos no; el antaño líder natural, José Caballos, no pudo: fue castigado en la elección de delegados al congreso por su alianza táctica con los críticos de la agrupación Cerro-Amate– es cuando empieza a cobrar verdadero sentido una diferenciación que, de puertas adentro, algunos siempre han hecho en los mentideros del partido socialista sevillano, aunque a veces ésta no trascendiera con claridad hacia afuera. Y es: el vierismo no es lo mismo que el susanismo. Aunque, a veces, pudiera parecerlo.

El secretario general de los socialistas sevillanos, que ayer presidió el congreso regional por decisión personal de Griñán, tiene como mano derecha a Susana Díaz, secretaria de organización del partido, responsable de la agrupación del PSOE en Triana y enemiga íntima de Alfonso Rodríguez Gómez de Celis. No siempre por ese orden. Díaz, cuya carrera política es relativamente corta (nació en octubre de 1974), lleva dos mandatos consecutivos dirigiendo el aparato del partido en la provincia sevillana y, según sus fieles, que los tiene, fue quien hizo que Viera ganase con más de un 88% de respaldo el último congreso provincial.

Estudió derecho, hizo el habitual curso de posgrado institucional de la Fundación San Telmo –moneda común entre muchos jóvenes cachorros del PSOE– y ocupó diversos cargos institucionales. En ninguno ha destacado demasiado. Primero fue edil en el Ayuntamiento durante el primer mandato de Monteseirín. Se encargó del área de recursos humanos y de la junta del distrito de Triana. Después fue diputada por Sevilla en el Congreso (2004-2008) y desde entonces ocupa un escaño por la circunscripción provincial en el Parlamento de Andalucía, donde ocupa la portavocía en la comisión de Presidencia. Sus funciones principales, sin embargo, consisten en hacer política, cuidar el poder provincial. Conspirar.

Al igual que otras jóvenes promesas de los socialistas –con las que Griñán quiere impulsar un proceso de renovación supuestamente basado en la meritocracia– su experiencia laboral, ajena a la política, es corta. Por no decir nula. Su trayectoria ha sido desde el principio fruto de su militancia. Desde las juventudes del partido. Un militante histórico del PSOE lo explicaba ayer de forma clara: “Antes, cuando la Transición, éramos de UGT además de del PSOE porque todos teníamos una profesión además de la actividad política. Ahora la principal ocupación de los jóvenes es militar en las Juventudes Socialistas”.

No es extraño que la figura política de Díaz sea objeto de todo tipo de calificativos y adjetivos por parte del sector crítico del PSOE que, tras la caída en desgracia de Monteseirín, y la súbita conversión de su delfín –Celis– prácticamente va a quedarse en Francisco Fernández, Alfonso Mir y algunas agrupaciones más. Muchas de ellas probablemente inicien ahora un elocuente tránsito tras los sucesos de las últimas semanas, durante las cuales el alcalde ha sido despedido por Griñán y Viera ha impuesto sus tesis en la operación para relevar a Monteseirín de la Alcaldía y en el proceso de la sucesión.

Al cierre de esta edición, su poder orgánico parecía capaz –aunque la noticia no estaba confirmada– de elevar a la secretaría de organización del PSOE andaluz a Díaz, que, de confirmarse, pasaría a ser la número tres del partido en Andalucía. Un nombramiento que obligaría a modificar la dirección del PSOE de Sevilla –¿otro congreso?– pero que, sobre todo, pondría a alguno en un trance. Porque parece claro que muchos de los críticos son capaces de convertirse, en horas veinticuatro, en vieristas, pero hacerse susanistas es otra cosa.

Juventud, egolatría

Carlos Mármol | 8 de febrero de 2010 a las 12:48

La ‘guerra del Facebook’ que han protagonizado esta semana el portavoz municipal del PSOE, Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, y el edil del PP José Miguel Luque da una idea del nivel político del Consistorio.

AL César lo que es del César. El título del artículo lo tomo prestado de un jugoso libro de memorias de don Pío (Baroja, obviamente), el gran escritor vasco, antirretórico, anticastizo, cascarrabias, ácrata confeso, el hombre malo de Itzea, que es, además, el escritor del 98 que mejor puede leerse en estos tiempos turbulentos en los que la esperanza se ha convertido en un quiste negro. No ha perdido un ápice de vigencia. Certero y luminoso. Milagrosamente exacto.

Sirva el referente barojiano como introito menor para una reflexión improvisada sobre la edad y, como en sesgo, sobre el creciente infantilismo que inunda la sociedad circundante, en la que la juventud, desgraciadamente, se ha convertido en un valor per se, como tantos otros muchos conceptos (el feminismo, por ejemplo) sobre los que en realidad no importa en demasía su verdadero empaque. Conceptos de moda convertidos, a fuerza de reiteración, en meras etiquetas públicas. Cosas sin sustancia que se miran.

Jóvenes a los 40

Que la juventud es una epidemia que cura el tiempo lo demuestra un hecho: ahora uno todavía es joven a los 35, que es la edad tope reconocida por la Junta para el carnet joven. Ya saben: aquí hay que tener carnet para (casi) todo. A los 40 años, que antaño eran una edad más que respetable, se sitúa la primera quiebra vital más o menos seria. Según Julio Caro Baroja, a esos años el escritor vasco se dio cuenta de que ya era viejo. El plazo, que todos tenemos asignado, empezaba a acabarse.

En la política actual la juventud se prolonga más allá de los cuarenta años. La bisoñez de muchos representantes públicos se debe, con independencia de los estudios y la experiencia laboral de cada uno, al hecho de que la generación en el poder –la del 68– no sólo no ha sido capaz de cederles el relevo, sino que insiste –sobre todo en política– en permanecer. Es natural: se trata de una generación que, en el fondo, cultiva el dogma de haber tenido razón casi en todo. No es nada fácil desengañarles. Decirles la verdad.

JUVENTUD, EGOLATRÍA0 baja

En los mentideros políticos vuelve estos días a sucederse el lugar común sobre la necesidad de la renovación generacional. El debate ha surgido en el seno del PSOE a raíz del congreso regional que será en marzo, donde Griñán tomará las riendas orgánicas. Las crónicas de situación coinciden en que el presidente de la Junta tiene en sus planes dar más juego a “políticos más jóvenes”. Caras nuevas. Gente fresca. Al menos, ésa es la teoría oficial.

En el Ayuntamiento sevillano esta renovación generacional se hizo hace tiempo. El PSOE de Sevilla ha sido pionero: salvo el alcalde, que es de la llamada generación bocadillo –la que está entre los históricos y las eternas jóvenes promesas–, buena parte de la Corporación está formada por jóvenes políticos. Gente ambiciosa y, por lo general, con ansias de poder. Es lógico. Frente a lo que decía Baroja, todavía están en la típica fase de la “juventud animal”, que es justo lo que empieza a perderse a partir de los 40 años.

Este afán de notoriedad puede ser quizás el que explique episodios como el han protagonizado esta semana el portavoz socialista en el Consistorio, Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, y el edil del PP José Manuel Luque. Ambos han sido partes de una polémica mutua basada en el supuesto uso de la red social Facebook como herramienta política. Los detalles se han contado en los periódicos: Celis, probablemente mal aconsejado por sus asesores, irrumpe un día en la sala municipal de prensa y, ante el asombro de los periodistas (que ya no se asombran de nada) asegura tener que dar una noticia gravísima. La cosa es más o menos así: “Hay un concejal del PP que maldice e insulta a los votantes del PSOE. No puede admitirse. Tiene que dimitir”. Lo peor es que el edil del PP citado responde. Su equipo –también de asesores; con la inestimable ayuda de las nuevas generaciones– se tiró toda la mañana colgando mensajes en el perfil de Facebook de Celis para demostrar lo que todo el mundo sabe. Quien forma parte de las redes sociales se arriesga a perder su intimidad.

Semana horribilis

Como es notorio, estamos en una crisis económica cruenta. Esta semana la bolsa se ha hundido por la falta de credibilidad del Gobierno –de Zapatero, en realidad; el ejecutivo es decorativo–, se ha producido un pensionazo interruptus, el PP mejora en las encuestas y se atisba en el horizonte una reforma laboral que, aunque será light, probablemente tendrá su propia bomba de relojería camuflada. El paro no deja de subir. Los indicadores económicos son un desastre. España se ha convertido en un problema para la economía europea. Sevilla probablemente es una de las ciudades donde los problemas de la economía nacional están más concentrados. Zapatero se marcha a Estados Unidos a rezar con Obama. Monteseirín ha vuelto al protocolo y a las cofradías. El mundo parece a punto de derrumbarse. Y Celis y Luque, mientras tanto, jugando con el perfil del Facebook.

Lo decía Baroja: “Cuando un hombre se mira mucho a sí mismo, llega a no saber cuál es su cara y cuál es su careta”.

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Las cábalas de junio

Carlos Mármol | 11 de enero de 2010 a las 13:03

Los hipotéticos ‘alcaldables’ del PSOE de Sevilla juegan sus cartas con la vista puesta en el momento en el que la dirección federal decidirá quién será el candidato a la Alcaldía de Sevilla. Lo decidirán las encuestas.

MOMENTÁNEO compás de espera en el PSOE de Sevilla.¿Hasta cuándo? Nadie lo sabe con exactitud. Teóricamente debería durar unos pocos meses. Los movimientos de finales de año tienen una lógica interna aunque se hayan hecho de cara a la galería. A la vista. Eran los pasos previos a la calma, que suele ser el preámbulo de la tempestad. Porque la elección del futuro candidato socialista a la Alcaldía de Sevilla será tempestuosa. De eso cabe poca duda.

Los máximos dirigentes regionales han llamado estos últimos días a la mesura después de varias semanas en las que cada parte en litigio –en el socialismo sevillano la paz completa se antoja difícil– ha jugado sus cartas con objeto de posicionarse de la mejor manera posible para el día cierto de la carrera. Los mensajes de Chaves y Pizarro son coincidentes con el de Griñán. “El alcalde debe agotar el mandato”. Lo mismo ha dicho el propio regidor, aunque añadiendo un matiz: su partido –sostiene– le ha dejado las manos libres para tomar sus propias decisiones. Ya se verá.

Madrid decide

Resulta evidente que la resolución final no será cosa de la Alcaldía, sino de Madrid. La dirección federal del PSOE es quien, oídas las partes, tendrá la última palabra. Y no la pronunciará hasta que cuente con un escenario demoscópico nítido que oriente o sirva para justificar la decisión. Con esta inamovible certeza trabajan todos los alcaldables. De ahí que su objetivo, sus gestos, sus palabras, no tengan otro fin que tratar de incrementar sus posibles opciones para ese momento, que será la hora de la verdad. Y acaso también la de los justos. De momento, más que jugar a poder ser candidatos, los hipotéticos –conocidos y confesos unos; desconocidos, otros– intentan convertirse al menos en protagonistas de encuesta. No se juegan aún la inclusión en las listas, sino el simple hecho de aparecer con opciones en los sondeos que terminarán inclinando la balanza de un lado o hacia otro.

CÁBALAS DE JUNIO baja
Es obvio, de cualquier forma, que los plazos oficiales no van a respetarse. Aunque la dirección federal ha dado orden de no abrir el debate sobre los candidatos a las municipales durante la presidencia española de la UE, nadie cree que la situación actual pueda sostenerse hasta otoño. Al menos, en Sevilla. Probablemente la cosa estallará bastante antes. Los hipotéticos lo saben. Quien se esté quieto y asuma a rajatabla el calendario oficial puede acabar quedándose con la brocha en la mano y sin pared alguna en la que pintar algo.

Todas las partes en liza sitúan en junio el punto de inflexión. El momento de las encuestas. Quizás, algo antes. Depende de quién haga los sondeos. Con este escenario temporal en mente, los movimientos y las escaramuzas de finales de 2009 se entienden a la perfección. En primer lugar, la táctica del actual alcalde, al que algunos dan por amortizado. Desde su entorno –cada vez más limitado– se ha alimentado en las últimas semanas el mito de que piensa dejar la Alcaldía antes de que termine el mandato. Como estas cosas no se dicen directamente, la estrategia ha consistido en resaltar los detalles a aquellos que puedan picar el anzuelo. “Su agenda ha caído en picado: por las tardes ya casi no se dedica a actos institucionales”, cuentan.

Este fingido paso atrás, hábil, permite alimentar el segundo argumento: el delfín es Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, el edil de Urbanismo y Presidencia. Quien –no casualmente– está ganando protagonismo en los últimos meses. Monteseirín quiere que se especule –como ya se está haciendo– con su nombre. Los beneficios de tal postura son dos: si finalmente decide dejar el poder, condicionaría –a través de Celis– la sucesión en Sevilla. En caso contrario, y si su candidato genera rechazo (cosa obvia, a juzgar por la posición de la dirección provincial, que prefiere a cualquier otro concejal como sustituto), su figura quizás podría volver a aparecer como la solución menos mala. Al fin y al cabo, ya es el alcalde. Más que suscitar consenso (cosa imposible), lo que pretendería es medir el grado de rechazo interno de su sustituto, acaso para reiterar su firme voluntad de ir él mismo, llegado el caso, hacia el filo del precipio (dados los sondeos existentes) de una hipotética derrota electoral. No hay como jugar al contraste para que las cosas muten de aspecto.

¿Qui prodest?

Celis, que en público niega que aspire a la sucesión, gana en esta coyuntura la posibilidad de empezar a ser visto –para bien y para mal– como una alternativa plausible. Algo clave de cara a las encuestas, en las que hasta ahora aparece con un perfil político relativamente bajo (cosa que tiene arreglo si le dejan tiempo) y demasiado vinculado a Monteseirín (situación más complicada). En política acostumbra a decirse que la apariencia es el primer paso de la esencia. El edil de Urbanismo hace tiempo que evita las fotos conjuntas con el regidor –salvo cuando no hay otro remedio– e intenta volar solo. Tiene a su favor el apoyo de algunas asambleas locales –controladas de forma directa o indirecta– y en contra el veto de la dirección provincial del PSOE. Los sondeos, que dicen desde hace un año que con Monteseirín el PSOE perderá Sevilla, apuntan a un cambio de caballo. Pero, para eso, hay que tener alternativa. ¿Existe?

La hora de la verdad

Carlos Mármol | 27 de noviembre de 2009 a las 12:43

Monteseirín sopesa los tiempos para dejar la Alcaldía a Celis, una jugada que busca coger con el paso cambiado a la dirección provincial, que apuesta por Juan Espadas.

UN NOTABLE socialista, adscrito a una de las familias de la corriente crítica, derrotada en el último cónclave provincial, bromeaba hace apenas unos días con un periodista en una comida: “Alfredo, al final, os va a sorprender a todos. Dejará la Alcaldía y se volverá a su plaza del SAS”.

–Ya. Y de ahí, al Vaticano.
–Ya verás. Al tiempo.

La profecía todavía no se ha cumplido. De momento sigue siendo una hipótesis de trabajo. Pero es cierto que podría convertirse en realidad. En ciertos mentideros empieza a circular como lugar común. El alcalde está estudiando irse de verdad. No es una nueva serpiente de verano (o de invierno) –en el caso de Monteseirín las culebras informativas sobre su marcha se suceden a lo largo de todo el año–, sino un plan diseñado, al parecer, desde Madrid. Y, acaso, desde su entorno más próximo. Puede parecer lo mismo, pero no siempre lo es.

¿Qué gana Monteseirín si decide al final dar el paso? Esencialmente una mejor posición de cara a una hipotética recolocación de él y los suyos. En política siempre es mejor marcharse voluntariamente de un lugar una vez cumplido el ciclo que por la fuerza. Las encuestas hace tiempo que emitieron su veredicto: la marca PSOE todavía tiene la opción de aguantar, pero con Monteseirín como cabeza de lista la derrota electoral está más que cantada.

El singular movimiento del alcalde, si llegase a concretarse, pues uno de los rasgos de su personalidad es su constante tendencia a cambiar de criterio y dar de pronto marcha atrás, no respondería tanto a esta evidencia, sino a las ventajas objetivas que le reportaría tal paso. En primer lugar ganaría puntos ante terceros –esencialmente Griñán– si facilita el paso a Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, que ha establecido una llamativa línea de comunicación con el presidente de la Junta de Andalucía con vistas a testar sus opciones políticas de futuro. Es evidente que si Monteseirín, aunque pudiera incluso estar cierto tiempo en barbecho, busca a medio plazo lograr la dirección de una empresa pública como refugio indefinido para él y su núcleo de confianza, esta opción pasa ineludiblemente por contar con el plácet del presidente de la Junta. Pura táctica. Si Griñán quiere que se vaya, tendrá que hacerlo.

La segunda consecuencia tiene más que ver con el factor psicológico: si optase por dejar el poder a Celis, al que en las últimas semanas ha mandado a Madrid a atender citas de la propia Alcaldía o ha dejado liderar casi en solitario el último Pleno, la consecuencia inmediata es que, de una u otra forma, sería él quien nombraría a su hipotético sucesor. Igual que en su día decidió no aceptar la salida del poder que le ofrecía la dirección provincial del PSOE –ser eurodiputado– para no consolidar las opciones como alcaldable de Emilio Carrillo, ahora su dimisión buscaría coger con el paso cambiado a Viera, que tendría que optar entre aceptar a regañadientes dicho relevo –no previsto en sus planes– o plantar cara a una sucesión que, según el entorno del regidor, en teoría contaría con la bendición del propio Griñán. Oponerse a esta opción podría propiciar una lectura regional: un nuevo capítulo del enfrentamiento entre los dos sectores del PSOE regional.

Viera ha dado ya pasos escénicos en relación a sus preferencias: aunque no es descartable que él mismo llegase a encabezar la candidatura –fue de dos en la lista durante las pasadas elecciones locales–, los tiros, de momento, se inclinan por el consejero de Vivienda y Ordenación del Territorio, Juan Espadas, afín al actual aparato provincial. Espadas, que ha aparecido últimamente en significativos actos del partido en Sevilla –eventos con alcaldes; la presentación de los presupuestos de la Junta en Sevilla, incluso conferencias en foros más o menos tradicionalistas–, sería un candidato que, en caso de perder, puede permanecer cuatro años en la oposición y aspirar de nuevo a la Alcaldía. Una exigencia de Griñán. Candidatos que quieran ser candidatos. Su carrera política –antes de consejero fue viceconsejero de Medio Ambiente– está en alza. Una hipotética Alcaldía, acaso no ahora, pero sí en cuatro años, le permitiría aspirar en el futuro a bastante más que a una cartera autonómica.

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La teórica investidura de Celis como alcalde rompería este guión. La principal perjudicada sería la dirección provincial. Probablemente más que Viera –que ha perdido alguna batalla anterior para desalojar a Monteseirín del poder–, la secretaria de Organización, Susana Díaz, cuyo enfrentamiento con el edil de Presidencia y Urbanismo viene de lejos. Hasta el punto de ser uno de los factores de desequilibrio del PSOE de Sevilla. La Ejecutiva se encontraría, de esta forma, con un alcalde interino de facto –Celis– que desde el poder aspiraría a conservarlo, lo que dejaría al PSOE de Sevilla sin margen de movimiento real, salvo que optase por forzar unas primarias, fórmula que en las capitales donde se gobierna no está contemplada.

En la dirección federal, además, Celis ha puesto su particular semilla: su relación con el secretario de Política Municipal de la dirección, Antonio Hernando, es buena. Representa además a otra generación socialista. ¿Garantía de éxito? No del todo. Evidentemente, son elementos que ayudan. En privado, alguien le preguntó un día: “¿Alfonso, por qué vas tanto a Madrid?” Su respuesta: “Yo sólo voy donde me llaman”. ¿Prudencia o miedo a caer en la misma trampa en la que en su día se quemó Carmelo Gómez, ex edil socialista?

Otro factor clave en este tablero municipal es el tiempo. ¿Cuándo se irá Monteseirín, si es que finalmente lo hace y no se arrepiente antes? Aquí reside uno de los misterios del juego. Mientras más tarde, peor es para Celis. De hecho, entre su núcleo de confianza más cercano se ha instalado una idea: si la cosa es ahora, hay opciones de remontar la situación. Si sólo cuentan con seis meses antes de los comicios, quizás sería mejor dejar pasar un tren que corre el riesgo de estrellarse. Celis busca continuar en el poder, entre otras cosas para mantener y ampliar su cuota orgánica en el PSOE, no el duro banco de la oposición.

Los sondeos otorgan al concejal de Urbanismo un grado de conocimiento intermedio –del orden del 40%– pero presentan un dato francamente preocupante: su imagen política todavía está muy vinculada a la del alcalde, cosa que, en unas elecciones, no le beneficiaría. Celis lleva meses marcando ciertas distancias, adoptando un perfil político bajo, de corte más institucional. Pero una sucesión por designación directa le impediría desprenderse del todo de la tutela –siquiera nominativa– de Monteseirín. Claro que, o es ahora, o nunca.