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Tiranías con buena prensa

Carlos Mármol | 23 de octubre de 2011 a las 6:05

El PP ha conseguido con los coches lo mismo que PSOE-IU con las bicicletas:que sus conductores crean que la ciudad es suya, obvien la normativa vial y recuperen su orgullo de clase privilegiada. Todo un logro político.

Las vueltas que da la vida. Quién iba a decirnos que justo el término –y el argumento entero, en realidad– que hace unos años esgrimían los comerciantes de Sevilla –su representación gremial, al menos– contra los ciclistas iba a poder aplicársele, sin forzar siquiera la mano, a los coches particulares a los que el nuevo gobierno municipal ha decidido volver a permitir el acceso libre, sin restricciones reales, al centro de la ciudad. Una gesta política en toda regla que, aunque esté amparada en una promesa electoral, puede terminar provocando importantes dolores de cabeza al ejecutivo local del PP.

Cuando Zoido era el líder de la oposición no se cansó de reclamar al equipo de Monteseirín que ordenase la circulación de los ciclistas por las zonas peatonales. Algo lógico. Razonable. Entonces a algunos, sin embargo, no se lo parecía tanto. Tras la construcción de la red de carriles bici y la aprobación de la ordenanza municipal que regulaba el acceso al centro, los usuarios de ciclos se vinieron arriba de tal forma que parecía que toda la ciudad era propiedad únicamente suya. Al menos, ésa era la opinión general entre los ciudadanos. Y ya se sabe: las cosas no siempre son como son, sino como parece que son.

Sin desdeñar el gran avance que para la ciudad ha supuesto la utilización de la bicicleta como medio de transporte ordinario –un mérito de IU que el PSOE se encargó pronto de intentar patrimonializar a su favor debido a su enorme éxito social–, y a pesar de la deficiente ejecución de algunos tramos de la red de carriles, lo cierto es que el anterior gobierno municipal pecó de ingenuidad al dejar la ordenación viaria de las zonas centrales de la ciudad en segundo término, limitándose a hacer las obras. Tarde y mal, en muchos casos. Y a un coste notable, también. La regulación viaria sólo se abordó cuando el problema ya estaba salido de madre y se había instaurado en la mente de los peatones, que somos todos, la creencia de que lo de ir en bici está muy bien siempre y cuando no te arrollen mientras caminas.

Para entonces, las posiciones de ambas partes en litigio estaban demasiado radicalizadas. Los ciclistas –representados por la entidad A contramano; deberían pensar en ir cambiando de nombre– alegaban que respetaban las normas y que eran fuerzas contrarias al progreso quienes se oponían a la presencia de la bici. Los comerciantes, que ya se sabe que todo lo que no sea un coche en doble fila no lo ven como un beneficio para sus negocios, los acusaban directamente de ser los nuevos “tiranos”. Ambas partes, probablemente, tenían a su manera una porción de razón.

Como los políticos, más que serenar los ánimos y solventar problemas, disfrutan en muchas ocasiones empeorándolos –prefieren reafirmarse sí mismos en lugar de cambiar las cosas– el PP, dado que estaba en la oposición, apoyó las quejas de los comerciantes y PSOE e IU, entonces en la Alcaldía, la de los votantes que utilizaban la bici. Conclusión: el conflicto latente desde entonces no ha dejado de repetirse con más o menos intensidad. Especialmente después de que el anterior Consistorio decidiera que todos los espacios públicos ganados al coche durante la última década podían compartimentarse para satisfacer a las distintas minorías en liza.

Un ejemplo de esta falta de criterio es la avenida de la Constitución, donde el viejo sueño peatonal hace tiempo que se frustró debido a la coexistencia del tranvía, la bicicleta y, sobre todo, la avalancha de terrazas (puestas en cualquier sitio) que han proliferado. Desde que el Gobierno central prohibió fumar dentro de los bares, el negocio se trasladó de dentro afuera. A la calle. El resultado práctico ha sido que muchos de los nuevos espacios ciudadanos se han convertido en gigantescos abrevaderos al aire libre donde puedes comer, ir en bici o tomar un refresco, pero es casi imposible caminar con cierta tranquilidad.

La convivencia sigue sin ser nada fácil. Porque, como suele suceder, los diferentes no pueden cohabitar sin unas reglas del juego adecuadas y alguien que vele por su cumplimiento. Las ordenanzas no evitan que los más grandes –tranvía o ciclistas, que paradójicamente continúan sin asumir del todo su condición de lobby– terminen imponiéndose a los más pequeños, que ahora son –y serán siempre– los peatones. Más en número, pero mucho más frágiles.

Con esta cuestión sin arreglar estábamos hasta que Zoido ganó las elecciones locales. En tres meses de gobierno su equipo no ha hecho demasiado por poner ideas nuevas encima de la mesa para dar salida a este litigio. Se ha limitado a derogar el Plan Centro –que impedía a los coches privados entrar en el corazón de Sevilla por encima de un tiempo prudencial–, suplir las cámaras de vigilancia por policías locales que ponen multas (10.000 sanciones) y anunciar, sin concretar demasiado, el retorno de la zona azul:un sistema de pago por estacionar un máximo de dos horas que sólo beneficiará a quien la administra. Nunca a los residentes, para los que no está concebida.

No ha sido su única aportación. Hace unas semanas insinuó que no descartaba la vieja aspiración de construir un aparcamiento en la Alameda de Hércules, el gran espacio público del centro de Sevilla. La cosa parecía un globo sonda para testar el grado de oposición vecinal. Los populares, que parecen haber entregado la ciudad a los interlocutores del gremio de comerciantes –colectivo que se ha negado siempre a la peatonalización y que todavía sigue diciendo que restringir el tráfico mata sus negocios, que probablemente mueran por culpa de ellos mismos– son conscientes de que la propuesta generaría cierta polémica. No parece probable que la aborden a corto plazo, pero siempre podrán argumentar ante los votantes que irán a las urnas en las autonómicas que ellos están dispuestos a pesar de que haya que modificar el Plan General. Y asumir el desgaste de destruir una plaza viva donde en los últimos años se han invertido cinco millones de euros. Dinero que se tiraría a la basura.

El PP parece no tener ninguna alternativa para ordenar el tráfico en el casco histórico. Y, si existe, no la aplicarán hasta después de primavera, cuando se despeje la incógnita de San Telmo. ¿Significa eso que la circulación, de nuevo caótica, se va a quedar como está? Lo más seguro es que sí. Zoido se limita a hacer anuncios genéricos pero sin entrar en el corazón de las cuestiones. El nuevo ejecutivo local ni siquiera ha estudiado en profundidad cómo mejorar el transporte público disponible en el centro, principal perjudicado por la barra libre que implica la legalización de la circulación indiscriminada de vehículos privados. Su inactividad contrasta con el argumento que entonces esgrimían:“antes de blindar el centro hay que mejorar el transporte público”.

Muy bien.¿Por qué no lo hacen de verdad? Su única decisión ha sido cambiar paradas de algunas líneas periféricas hacia el interior del centro. El problema real está en los barrios más próximos al casco histórico. Como es obvio que el Metro va a tardar en ir por el centro, podrían redimensionar a conciencia las líneas de Tussam, algo que proponía el PGOU y que Monteseirín dejó pendiente. ¿Dónde está la eficacia suiza?

Todas las líneas de transporte de Tussam al centro han perdido viajeros este año. Algunas han sufrido un descenso de hasta dos dígitos. Menos clientes, menos dinero. Peor servicio. Una ecuación que debería ser suficiente para que alguien entienda que la derogación del Plan Centro también perjudica comercialmente a Tussam. La empresa municipal necesita ganar mercado si no quiere continuar en la ruina. Motivo evidente para estudiar, con el necesario consenso, un plan alternativo al que existía. Todo lo que no sea esto sólo es marear la perdiz.

A la tiranía de los ciclistas le ha sucedido ahora la de los coches. Es peor. Sólo sucede que, para algunos, todavía tiene buena prensa.

Europa: dirección prohibida

Carlos Mármol | 21 de febrero de 2010 a las 14:37

La decisión municipal de restringir el tráfico privado en el centro conecta con las políticas vigentes en toda Europa desde hace lustros. Una medida necesaria que, sin embargo, no se ha gestionado con mucho acierto.

EUROPA DIRECCIÓN PROHIBI baja

PERMISO para disentir. O la vieja costumbre de ir en dirección contraria. Por una vez, y sin que sirva de precedente, salvo que ahora muden de usos y costumbres, algo poco probable, hay que dar la razón al gobierno local: el cierre del centro al tráfico privado es una medida positiva que contribuirá a mejorar la ciudad. Por supuesto, habrá quien opine lo contrario. La libertad consiste justo en poder decirlo alto y claro y, sobre todo, en ser capaz de argumentarlo. Esto ya es más difícil. Depende de la credibilidad y de la capacidad de convicción de cada uno. Y en la Plaza Nueva, precisamente, no sobran. Casi escasean. Nada que, por otra parte, no sea fruto de la propia voluntad. En principio, casi todo el mundo goza de la credibilidad ajena. Son las propias decisiones las que después la quiebran.

Teoría del señuelo

En mitad del maremoto político provocado por el encallamiento del Parasol de la Encarnación y la investigación judicial del caso Mercasevilla –que ha cogido una línea ascendente tan interesante como peligrosa para Monteseirín–, el gobierno local se ha descolgado esta semana con el proyecto que, desde hace tres años, viene prometiendo sin llegar a poner en marcha. No parece ser fruto de la casualidad. Huele a señuelo.

El blindaje del centro al tráfico, en cualquier caso, retorna a la agenda política. Desde el propio término elegido, esta discusión –natural, sana, lógica– ha estado mal planteada desde el Ayuntamiento. Lo que defiende del Plan General de Sevilla no es tanto un cierre del centro, sino un drenaje: una operación que consiste en reducir la intensidad del tráfico particular en la Sevilla histórica. Un proceso que los redactores del PGOU armonizan en fases y donde una decisión implica otra. Sin incoherencias. Invertir los factores es la mejor manera para hacer tambalearse el modelo, testado desde hace décadas en Europa. Una idea acorde a los tiempos, en especial en las urbes de corte histórico.

Desde Barcelona a Cracovia, desde Vitoria a Londres, desde Cork a Bristol. Bremen. Odense. Hasta Roma –parcialmente– con la que tan aficionados son a compararse ciertos costumbristas, han ensayado fórmulas para que el exceso de tráfico no mate a las ciudades. La vida es peatonal. No nacemos con dos ruedas. Tampoco hay que viajar lejos para darse cuenta: Burgos, Zamora, Ávila, Salamanca están bien cerca. Todas ellas, con sus variedades, tienen sistemas para equilibrar el tránsito peatonal con el de los vehículos privados. Granada, gobernada por el PP, es otro buen ejemplo.

Estas experiencias tienen un lugar común: se ensaya primero; se evalúa después y, por último, se decide. Los pasos se dan en corto. Con prudencia. Y antes de darlos se saca adelante un programa de movilidad alternativo para dejar sin excusas a los sectores –que por uno u otro motivo; aquí nadie es inocente– ven con reparos la medida. En Sevilla la oposición a la limitación del vehículo privado es materia vieja. Casi añeja. Fruto del miedo de no ser capaces de adaptarse a nuevas situaciones.

Hay que recordar lo que le ocurrió a Rojas Marcos cuando era alcalde: la peatonalización de Tetuán supuso una batalla cruenta. La asociación de comerciantes, como ahora, se oponía. Los negocios de la calle, a los que el regidor andalucista visitó uno por uno, decían lo contrario. Pero en privado. En público se alineaban con el gremio. Propio de esta ciudad, donde a la cara se dice una cosa y por la espalda se defiende la contraria. Tetuán se peatonalizó. Hoy es un ejemplo de éxito comercial. Todavía hay quien insiste en que la operación salió mal. ¿No existirán otros factores que expliquen la decadencia del comercio tradicional? ¿Toda la culpa es sólo de no poder utilizar el coche? ¿La competencia, tan sana, no es acaso un elemento a tener en cuenta? Tanto simplismo, asusta.

Pedagogía cero

Extraña también que muchos de quienes critican el lamentable estado de las calles de la ciudad –mal ejecutadas y destrozadas por aparcamientos irregulares– sean quienes ahora se escandalicen ante una iniciativa que, con todos los matices que se quiera, debe implantarse en Sevilla. Acaso el principal problema del gobierno local, en este asunto, no sea su intransigencia, sino la falta de inteligencia. La ausencia del más mínimo sentido de la pedagogía política. Su incapacidad para dejar a sus opositores sin argumentario.

Desde que se anunció la medida han pasado tres años. Tiempo suficiente para reunirse con los comerciantes, los residentes y todos los sectores económicos afectados para convertirlos en aliados. O, quizás, pactar su no beligerancia. Tiempo de sobra para enseñarles cómo funciona el sistema en otras urbes. Pulir el asunto. Negociar. Hacer política. Nada de eso se ha intentado. Y aquí es donde radica el problema.

Para hacerlo primero hay que dominar la materia: no basta con contratar a una empresa de cámaras. Hay que conocer los modelos existentes, ponerlos en crisis, mejorarlos. Ser capaz de armar acuerdos. Demostrar eficacia. Construir los aparcamientos disuasorios y el Metro. Gobernar sin excusas. Sin inventos. Sin sacar conejos de la chistera. Ser europeos también consiste en esto. Es cuestión de carácter. Pura y simple cultura.

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