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Los ‘muertos’ no se tocan

Carlos Mármol | 22 de enero de 2012 a las 6:05

La crisis de los socialistas sevillanos, provocada por la decisión de la dirección regional del PSOE de copar manu militari la lista de los delegados al congreso federal, termina con una derrota disfrazada de empate.

La última guerra púnica de los socialistas sevillanos, la agrupación más importante de un PSOE menguante, ha sido la más violenta de cuantas se recuerdan por estos pagos, habituados desde antiguo a resolver con dagas brillantes, y de madrugada, los viejos conflictos familiares mientras se reivindica sin reparos el singular sentido meridional de la santa lealtad. Hoy te abrazo con ternura; mañana quizás te asesine por la espalda. Quién sabe. No es nada personal: sólo es política.

Desde 2004, cuando el aparato regional en pleno se rebeló contra la mayoría natural del PSOE de Sevilla, representada por José Caballos, con una vehemencia que era fruto del terror, más que de la valentía, no se había visto tanto calibre en las dentelladas. La historia ha vuelto a repetirse ahora, para estupor de los militantes a los que de verdad les duele el postrado presente de su viejo partido, durante toda esta intensa semana. Aunque con ciertas variantes en relación a aquel agrio congreso de hace ya casi ocho años.

Muchos actores han revivido las mismas escenas de entonces, pero con papeles distintos. Verdugos de antaño han pasado a ser víctimas repentinas, mientras otros sufrían un extraño dèja vu por persona interpuesta. Las circunstancias, de todas formas, son un poco diferentes. En 2004 había un elemento esencial que ya cada vez es más dudoso: una perspectiva real de seguir cerca del poder. Cosa que a setenta días de las próximas elecciones autonómicas no está nada clara. Ni de lejos.

La batalla de los delegados al congreso federal (que promete ser épico) terminó ayer a destiempo, con la tarde más que avanzada, el cuerpo cortado y un ceremonial con forma de pax armada. Lista única. Empate aparente. Sonrisas forzadas y un amargo sabor de boca después de una larga madrugada de ceniza en la que los principios de acuerdo se rompían sin pensar que, en la vida, a veces hay pulsos que aunque parezca que se están ganando en realidad se pierden. Sólo cabe disfrazarlos y esperar. El verdadero conflicto, que es mucho más profundo y tendrá sus inevitables réplicas inmediatas en las listas autonómicas, y en el panorama que se abrirá en función de lo que ocurra en el mes de marzo, recién ha comenzado. Será cruel.

El parte bélico es éste: todos los soldados, generales incluidos, están muertos. Pero, en realidad, ellos todavía no lo saben. La metáfora usada por uno de los principales actores de la tragicomedia socialista, el presidente de la Diputación Provincial, Fernando Rodríguez Villalobos, que habló de muertos (políticos) vivientes que aspiraban a resucitar, no pudo ser más certera. Al tiempo que inoportuna, porque en el PSOE sevillano casi nadie puede ya tirar la piedra sin esperar recibir, a su vez, una pedrada del contrario.

El congresillo socialista de ayer, en realidad, fue una misa vociferante de difuntos. Una verdadera puesta en abismo. Un velatorio con un finado (el propio PSOE) cuyo duelo parecía la tropa del libro (ahora también película) de Rafael Azcona. Los muertos no se tocan, nene.

Todo comenzó con una especie de golpe de estado. Fruto tanto de la inconsciencia como de la debilidad. La difícil situación interna del PSOE en Andalucía (conflictos en casi todas las demarcaciones provinciales) provocó que la batalla de Sevilla, que podía haberse diluido sin problemas, se transformara en una guerra a vida o muerte. A sangre. O se ganaba (por decreto) o no habría monedas suficientes que cambiar en el cambalache de talentos que será el inminente cónclave federal.

Los números, que no salían, precipitaron el conflicto e hicieron estallar una pugna en la que lo que se decidía no eran ya los enviados al congreso mayor, sino el propio control del partido en Sevilla (un cónclave ordinario por adelantado, sin que mediara convocatoria alguna), la mayoría política estable de la organización y, sólo por extensión, el posicionamiento oficial en el duelo Chacón/Rubalcaba. Por ese orden.

Como todas las guerras, incluso las caprichosas, requieren de algún tipo de argumento moral, al igual que las dictaduras suelen intentar dotar de cierta representatividad las imposiciones, la actual dirección regional recurrió a tres argumentos y a un ariete para dar la batalla. Las razones más o menos se resumen así: la mayoría de Sevilla debe copar toda la lista de los delegados al congreso federal, el actual secretario provincial (José Antonio Viera) está políticamente muerto por el escándalo de los ERES y quien no esté con San Vicente es que discute al presidente de la Junta, José Antonio Griñán, que, sorprendentemente, se precipitó al avispero del PSOE sevillano sin reparar en que su mayoría en Andalucía depende de esta agrupación provincial.

El ariete elegido era el más convincente: Villalobos, que ocupa un cargo honorífico en la ejecutiva provincial pero tiene en su mano la llave de las nóminas de cientos de militantes socialistas y asimilados. La Diputación Provincial. El mensaje estaba claro: se trataba de las cosas, cada vez más escasas, de comer. La ideología brillaba por su ausencia en todo el planteamiento de guerra.

La victoria, además, parecía segura a tenor del antecedente de 2004. Al final, hubo derrota (es de suponer que en buena medida debido a lo bronco del planteamiento de origen), aunque se disfrace de empate ajustado y la cosecha no se quiera remover en demasía para no minar todavía más la imagen del candidato a la reelección en la Junta, que se ha alineado con una parte del partido en Sevilla en detrimento de la contraria. Un error mayúsculo. Tanto como para lograr el inaudito milagro de convertir en aliados coyunturales (vieristas y minorías críticas) a los más antiguos enemigos. Realmente notable.
De humor negro.

¿Qué ha ocurrido? Pues que parece que el supuesto muerto decidió fenecer con cierta dignidad. Ya se sabe: cuando a uno ya no le queda casi nada que perder es cuando, paradójicamente, las victorias, o las derrotas honrosas, como se quiera llamar al resultado final, son más fáciles. Se puede arriesgar hasta el final. Uno quizás seguirá estando muerto sin saberlo pero, al menos, ganará el tiempo suficiente para elegir cómo será su propio entierro y, en su caso, hasta los herederos.

La fragmentación en dos del PSOE sevillano, episodio que ya avanzamos hace casi un año, en el mes de marzo de 2011, en una de estas vueltas de la noria, cuando el timón del partido en Sevilla no era todavía resultado de una disputa en campo abierto, sino soterrada, no va a dejar a nadie vivo si dentro de unas semanas se produce el posible derrumbe del Imperio Romano, que es San Telmo (Palacio). Todos los actores de la tragedia (para ellos) o de la comedia (para el PP) son difuntos previsibles: los críticos seguirán siendo minoría, los vieristas tendrán que asumir la rotunda erosión del escándalo de los ERES y los susanistas, si no salen bien del congreso federal y pierden las elecciones autonómicas, pueden llegar a convertirse en jóvenes cadáveres. Salvo Villalobos. Hasta Griñán, con su retórica autosuficiente, está invitado al entierro, que probablemente será en un camposanto yermo. Con el nuevo sol en su cénit.

Parece que durante esta semana de ira bíblica (varios de los personajes de la trama tienen barba de evangelistas), mientras los socialistas sevillanos se apuñalaban con estrépito para confeccionar una simple lista de nombres, nadie pensaba en los motivos del deceso que viene. Parte médico: la sociedad, preocupada por el paro, la debacle económica, la falta de futuro, el desastre cotidiano, dejó de prestar atención a la eterna función bélica del PSOE, que, en vez de lanzar un mensaje para capear la crisis sin renunciar a determinados valores, prefirió dedicarse al descabello mutuo.

Un mensaje glorioso a sólo unas semanas de ir a las urnas. Laus Deo.

Vierismo y susanismo

Carlos Mármol | 13 de marzo de 2010 a las 18:44

AHORA que casi todos en el PSOE de Sevilla se han vuelto de golpe vieristas –todos no; el antaño líder natural, José Caballos, no pudo: fue castigado en la elección de delegados al congreso por su alianza táctica con los críticos de la agrupación Cerro-Amate– es cuando empieza a cobrar verdadero sentido una diferenciación que, de puertas adentro, algunos siempre han hecho en los mentideros del partido socialista sevillano, aunque a veces ésta no trascendiera con claridad hacia afuera. Y es: el vierismo no es lo mismo que el susanismo. Aunque, a veces, pudiera parecerlo.

El secretario general de los socialistas sevillanos, que ayer presidió el congreso regional por decisión personal de Griñán, tiene como mano derecha a Susana Díaz, secretaria de organización del partido, responsable de la agrupación del PSOE en Triana y enemiga íntima de Alfonso Rodríguez Gómez de Celis. No siempre por ese orden. Díaz, cuya carrera política es relativamente corta (nació en octubre de 1974), lleva dos mandatos consecutivos dirigiendo el aparato del partido en la provincia sevillana y, según sus fieles, que los tiene, fue quien hizo que Viera ganase con más de un 88% de respaldo el último congreso provincial.

Estudió derecho, hizo el habitual curso de posgrado institucional de la Fundación San Telmo –moneda común entre muchos jóvenes cachorros del PSOE– y ocupó diversos cargos institucionales. En ninguno ha destacado demasiado. Primero fue edil en el Ayuntamiento durante el primer mandato de Monteseirín. Se encargó del área de recursos humanos y de la junta del distrito de Triana. Después fue diputada por Sevilla en el Congreso (2004-2008) y desde entonces ocupa un escaño por la circunscripción provincial en el Parlamento de Andalucía, donde ocupa la portavocía en la comisión de Presidencia. Sus funciones principales, sin embargo, consisten en hacer política, cuidar el poder provincial. Conspirar.

Al igual que otras jóvenes promesas de los socialistas –con las que Griñán quiere impulsar un proceso de renovación supuestamente basado en la meritocracia– su experiencia laboral, ajena a la política, es corta. Por no decir nula. Su trayectoria ha sido desde el principio fruto de su militancia. Desde las juventudes del partido. Un militante histórico del PSOE lo explicaba ayer de forma clara: “Antes, cuando la Transición, éramos de UGT además de del PSOE porque todos teníamos una profesión además de la actividad política. Ahora la principal ocupación de los jóvenes es militar en las Juventudes Socialistas”.

No es extraño que la figura política de Díaz sea objeto de todo tipo de calificativos y adjetivos por parte del sector crítico del PSOE que, tras la caída en desgracia de Monteseirín, y la súbita conversión de su delfín –Celis– prácticamente va a quedarse en Francisco Fernández, Alfonso Mir y algunas agrupaciones más. Muchas de ellas probablemente inicien ahora un elocuente tránsito tras los sucesos de las últimas semanas, durante las cuales el alcalde ha sido despedido por Griñán y Viera ha impuesto sus tesis en la operación para relevar a Monteseirín de la Alcaldía y en el proceso de la sucesión.

Al cierre de esta edición, su poder orgánico parecía capaz –aunque la noticia no estaba confirmada– de elevar a la secretaría de organización del PSOE andaluz a Díaz, que, de confirmarse, pasaría a ser la número tres del partido en Andalucía. Un nombramiento que obligaría a modificar la dirección del PSOE de Sevilla –¿otro congreso?– pero que, sobre todo, pondría a alguno en un trance. Porque parece claro que muchos de los críticos son capaces de convertirse, en horas veinticuatro, en vieristas, pero hacerse susanistas es otra cosa.