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Tres instantes, una factura

Carlos Mármol | 29 de julio de 2012 a las 6:06

La organización de la final de la Copa Davis, uno de los primeros hitos de la era Zoido, termina con un déficit de casi un millón de euros. El gobierno local, que afrontó en solitario la factura, culpa ahora a Junta y Diputación.

Se dice con frecuencia que una imagen vale más que mil palabras, así que como el tema requiere gozar de una cierta extensión de página –los análisis necesitan un mínimo de tiempo, reposo y un caudal de argumentos– les voy a intentar resumir la cuestión a través de la breve glosa de tres instantes temporales distintos. Todos ellos vinculados directamente con una imagen. Una fotografía. Una suerte de metáfora.

Uno. El viaje iniciático por el río.

No sé si recordarán la instantánea. En su momento causó furor: Zoido y el presidente de la Federación Española de Tenis, José Luis Escañuela, triunfantes, montados en la cubierta de un barco deportivo junto a un séquito de enchaquetados –directivos de ambas instituciones– arribando por el río al Arenal, junto a la Torre del Oro, con la ensaladera de la Davis en la mano.

En aquel momento la alianza mutua entre el alcalde y el máximo responsable institucional del tenis español se había hecho estrecha –do ut des– con el pretexto de que Sevilla había logrado el aval federativo para organizar este importante evento deportivo. El barco, cosa que no contaron porque rompía la épica, era prestado: un amigo de Serrano (Gregorio), uno de los hombres para todo del regidor, hizo las gestiones pertinentes.

Conocía el gremio: es aficionado a la náutica. De ahí que, frente a lo que le ocurrió a otros capitulares, tuviera el inmenso privilegio de salir en la imagen institucional, protagonismo que la Alcaldía reserva exclusivamente para el alcalde. La expedición recordaba a las míticas incursiones de los antiguos normandos que en el siglo IX llegaban a Isbilya en busca del posible botín que pudiera ofrecer una ciudad, por entonces, en manos de los infieles. La expedición de la Davis, en cambio, venía en son de paz. El acta del negocio ya había sido rubricada.

En esencia: el alcalde, recién llegado al poder, rentabilizaba en términos políticos el evento deportivo y la Federación de Tenis se garantizaba una línea de crédito abierto procedente de los fondos de una administración pública para costear el evento. Algo nada fácil en un contexto económico pésimo que aconsejaba no hacer locuras con el dinero común. Valencia fue la única competidora de Sevilla. Madrid y Málaga se retiraron antes de la liza.

Dos. La tierra batida.

Un día antes de que comenzase el torneo en el Estadio de la Isla de la Cartuja, cuando la moda entre los simpatizantes sociológicos del PP municipal era hablar de tenis con una naturalidad pasmosa, al igual que en las estivales carreras de caballos de Ascott se diserta sobre los tocados y sombreros de las damas, regulados por el estricto protocolo británico, el alcalde abría la sección deportiva de todos los telediarios probando personalmente con su raqueta las pistas de tierra batida, donde unas horas después los equipos nacionales de España y Argentina –con sus respectivas estrellas– se disputarían la ensaladera.

Zoido, vestido con un polo y ropa deportiva, practicaba su famoso revés ante un oponente cuya única misión cierta consistía en facilitarle al regidor el cómodo intercambio de golpes. Llamar a aquella ceremonia peloteo no era una licencia expresiva con mala intención, sino una obligación descriptiva. Sevilla organizaba la Copa Davis para que Zoido contase nada más llegar al gobierno local con una plataforma mediática a su medida.

La versión oficial ponderaba los beneficios económicos que la cita deportiva tendría para las empresas sevillanas y situaba por toda la ciudad un lema: Sevilla, ciudad talismán. Una frase que parecía tener en realidad mucha más vinculación con la reciente victoria política del regidor en las municipales, que lo convirtió en la estrella emergente de un PP en su mejor momento electoral.

La vinculación entre deporte y política ha sido desde entonces una constante del año largo de gobierno del PP en el Ayuntamiento. Una estrategia que busca utilizar en su propio beneficio el inmenso potencial de los eventos deportivos, de seguimiento masivo. Una táctica para consolidar y fortalecer la imagen del regidor, que practica desde sus tiempos en la oposición un populismo de sonrisa perpetua que consiste en encabezar personalmente todas las muestras de entusiasmo por cualquier cuestión que se presuma de impacto popular:desde las victorias deportivas a iniciativas de corte televisivo, como la famosa Operación Talento.

Tres. Una medalla para Escañuela.

Tras el torneo, que salió redondo en términos deportivos –victoria de España en una final emocionante– y políticos –vino el Rey y hasta Griñán tuvo que acudir a un palco al que previamente se había negado a ir– parecía obligado agradecer el favor a quien permitió a Zoido alcanzar semejante cuota de pantalla. Se impuso el patrón habitual. Era justo el que usaba Monteseirín: hacer de la entrega de las medallas de la ciudad la ocasión propicia para, bajo el paraguas de los beneficios generales, pagar favores particulares. Algo que el antecesor de Zoido en la Alcaldía hizo de forma repetida, constante.

Así llegamos a la tercera instantánea, en este caso inédita: el alcalde concediendo una de las medallas de Sevilla a José Luis Escañuela, presidente de la Federación de Tenis, amigo del regidor y hacedor de la operación para que la Davis viniera a Sevilla. Que el premiado fuera un abogado con conocidos antecedentes republicanos fortalecía todavía más la imagen de Zoido como nuevo símbolo de concordia política. Escañuela, sin embargo, no fue a recoger el galardón.

Había, no obstante, quien se preguntaba entonces cuánto nos había costado –a todos– esta sucesión de imágenes egregias. El Ayuntamiento, sabedor de que los números no le eran favorables, ha dilatado todo lo que ha podido la respuesta. Esta semana el habitual concejal en alza, Gregorio Serrano, desvelaba las cuentas: un déficit de casi un millón de euros.

Cifra que incumple la promesa del PP: la organización de la final de la Davis sería un gran negocio para Sevilla y tendría coste cero para los contribuyentes. No es verdad. Y es un problema: en el momento más delicado de los recortes municipales, la fiesta –innecesaria– del torneo nos deja otro balance de números rojos. Si tenemos en cuenta que una de las promesas del gobierno local fue administrar el dinero de los sevillanos con sobriedad, el episodio, como mínimo, resulta molesto. Rompe el discurso.

El PP culpa ahora de este déficit a las instituciones del PSOE: Junta y Diputación. Su argumento: como no pusieron el dinero previsto (por el Ayuntamiento), al contrario que en 2004, el balance tenía que ser por fuerza negativo. De esta justificación, tan débil, se deduce que lo del déficit cero no era más que una promesa virtual. Lo que el PP perseguía era socializar las pérdidas del torneo. Autofinanciarse no es lo mismo que una deuda subvencionada. Quien decidió correr con todos los gastos en solitario fue el Consistorio. Por tanto, la responsabilidad es estrictamente municipal.

Al PP no parece importarle el fondo de la cuestión: que los ciudadanos sean siempre quienes paguen este tipo de cuestiones. Lo que no explica, ni va a explicar, es por qué el Ayuntamiento, que aceptó las condiciones leoninas de la Federación, incluidos los gastos suntuarios, incumplió su propio presupuesto. El gobierno local dijo que la Davis costaría 2,5 millones de euros. La factura final ha sido de 3,8 millones.

La reutilización de la cubierta, que se compró en vez de alquilarse, sigue siendo un misterio. ¿Dónde está la cubierta? ¿Puede realmente reutilizarse? Todo esto recuerda al célebre ubi sunt de los clásicos. ¿Dónde fueron a parar los tiempos de austeridad? ¿Dónde está el cambio?

Apuntes previos al derrumbe

Carlos Mármol | 6 de noviembre de 2011 a las 6:05

La campaña electoral de las generales comienza en la provincia de Sevilla con unas cifras de desempleo históricas y las dudas sobre si en esta ocasión el PSOE será capaz de resistir la creciente marea del PP.

Cinco meses después volvemos a empezar. Idéntico ceremonial. El mismo bucle electoral del que parece que no vamos a terminar de salir nunca. El viaje hacia las urnas tiene en esta ocasión aspecto infinito. Interminable. También es previsible: no esperen sorpresas. Los comicios generales del 20-N probablemente son los que menos emoción suscitan en el tablero de juego político e inmediato.

La victoria del PP se tiene por cosa ya descontada –las encuestas auguran una diferencia de hasta 15 puntos en relación a los socialistas– y todas las dudas (como si en realidad lo fueran) consisten en ponerle la lupa al programa de Rajoy para tener alguna base a partir de la cual poder atisbar el panorama venidero. Ejercicio inútil: los políticos, al convertirse en gobernantes, acostumbran a dejar sus promesas personales a un lado para –ya desde el poder– trabajar en su propia agenda. La suya.

En Sevilla ha ocurrido justo esto tras los últimos comicios locales, cuando Zoido llegó a la Alcaldía aupado por un alud de sufragios y una representación de veinte concejales. La mayor de la historia de la democracia. El respaldo electoral del alcalde fue abrumador, lo que daba a entender (a aquel que no obvie la evidencia) que los ciudadanos preferían una propuesta alejada de la grandeur de antaño y más ligada a la política doméstica. La gestión municipal. Lo que algunos neófitos en la materia llaman ahora la micropolítica.

El paso del tiempo, sin embargo, ha torcido el sendero original: el día a día municipal está siendo demasiado discreto y, salvo excepciones, todos los esfuerzos del nuevo equipo municipal siguen concentrados en los habituales golpes de imagen. No hay cambios de registro. El tono es monocorde. Acaso porque están pendientes de lo que suceda en primavera.

El prometido cambio de valores, que consiste en gobernar de otra forma, no con caras distintas, continúa aún por abordar. La incógnita es si este necesario tránsito llegará a producirse algún día. Esto es: si tras las elecciones autonómicas el PP se decidirá por fin a gobernar Sevilla (en lugar de achacar todo al pasado reciente) o seguirá durante cuatro años más concentrado en sacarle brillo a la Copa Davis.

Que las prioridades de la campaña –barrios, eficacia, soluciones, empleo, inversiones– han mutado es obvio. Basta abrir la web municipal [sevilla.org] para encontrar la mejor metáfora del cambio de perspectiva. El cuento del open goverment se guardó en un cajón:hay departamentos como Urbanismo cuya página electrónica es un verdadero monumento al desastre. De la web oficial ya sólo emerge, rutilante y brillante, la ensaladera, en la que el PP ha puesto extrañamente todo su predicamento (que era mucho) al mismo tiempo que Sevilla sufre una de las peores etapas de su historia reciente, que, a pesar de todas las apariencias, nunca fue muy dada a las alegrías.

El alcalde se fotografiaba hace unos días en un barco en el río –¿dónde quedó aquella idea de un transporte fluvial regular para todos los ciudadanos?– con el único trofeo inmediato de la nueva era, que es prestado. Mientras, los datos del paro en Sevilla –más familias que caen en el agujero negro del desempleo– certifican el raudo avance de un creciente malestar social ante cuyo paso no sirven iniciativas como la organización de trofeos deportivos.

En otros tiempos, cuando algunos confundían el trabajo con la especulación y el dinero con la riqueza, estos excesos acaso tuvieran algún sentido. Yo siempre he pensado que son el preámbulo de la decadencia. De Sevilla, en este caso. Basta repasar la historia:los fastos públicos en Roma eran mucho más deslumbrantes cuanto más mancilladas se encontraban las virtudes romanas que sirvieron para forjar el imperio. En el contexto económico actual, estas estampas denotan esencialmente dos cosas:o ausencia de sensibilidad social o falta de vista. Olas dos. Ambas hipótesis son malas.

Alguien ha dejado de preocuparse por la dirección en la que sopla el viento. Y las velas del barco están destrozadas. Tenemos encima de nuestras cabezas un temporal que no cesa y cuyas consecuencias –la factura social de la crisis– son los 257.500 parados registrados en la provincia de Sevilla. Un 27%. Hasta seis puntos por encima de la media oficial española. El mayor índice de desempleo contabilizado en los últimos quince años. ¿Realmente tenemos algo que celebrar?

El gobierno local, por lo visto, sí: se celebra a sí mismo. Sonríe de forma permanente ante el triunfo que todos los sondeos pronostican para el 20-N y, también, para la primavera del año 2012. Dicen que la clave de cualquier victoria política o bélica consiste en lograr antes un triunfo psicológico. Lo que significa que el PP quizás ya ha ganado la guerra. Aún así habría que preguntarse si, incluso pese a esta posibilidad, no sería deseable algo más de sobriedad. Ética y estética.

La batalla que sucede en la calle, en la que combaten los sevillanos anónimos, consiste en tratar de sobrevivir, pagar las deudas, no ser despedido, seguir caminando a pesar de las heridas diarias. La pelea en la dirección de los grandes partidos es totalmente distinta. Los socialistas aspiran a resistir la marea azul –en Sevilla, al menos– mientras los populares cuentan los días que restan para abrir las urnas, conscientes de que el descrédito de los sucesivos gobiernos socialistas –en Madrid, en San Telmo– les llevará en volandas a un poder que, por muy rotunda que sea su victoria, a la larga será efímero –como todos– si se separa nada más llegar de las causas profundas que lo explican. Si no se centra en hacer lo que se le prometió a la gente: contribuir a arreglar sus problemas. El ejemplo de Zapatero, el verdadero muñeco roto de la política nacional, es bastante ilustrativo.

Sevilla, en los distintos comicios generales que se han sucedido en la última década, siempre ha votado en una misma dirección:PSOE. Si se repasan los resultados históricos, se llega a dos conclusiones: la abstención se ha mantenido cercana a un tercio de electorado –bastante inferior a las convocatorias locales– y la distancia entre socialistas y populares prácticamente no se ha visto erosionada en dos lustros. Según algunas encuestas, Sevilla aparece todavía como una de las contadas provincias en las que los socialistas podrían ondear su banderín rosa.

A pesar del cambio político en la capital, la provincia nunca ha dejado de apoyar a los socialistas:casi el 60 % de los votos en los anteriores comicios generales –2004 y 2008– frente al tercio largo de votos captados por los populares, que nunca han pasado del 34% del total de los sufragios en disputa. El PSOE ha captado siempre el 49% de votos. La traducción en actas de diputados es expresiva: ocho a cuatro. Justo el doble.

Si se cumplen los pronósticos, los socialistas bajarán en votos en Sevilla, aunque se antoja difícil –pero no imposible– que queden por debajo del PP. La clave está en la participación. La movilización del electorado popular es muy alta, lo que augura que su cuota de votos superará el 34% de los sufragios que lograron en el año 2000. Éste es el techo histórico del PP en Sevilla en unas generales. Cinco diputados. Justo los que ahora les otorga el barómetro del CIS, que quita dos a los socialistas y asigna uno a IU, que lleva ya dos legislaturas sin representación sevillana en Madrid.

La tendencia actual favorece al PP. Aunque la lectura de los resultados no pasa tanto por Madrid –el hecho de sentar más o menos diputados en las Cortes– como por el Palacio de San Telmo. El comportamiento de la provincia sevillana decantará las elecciones autonómicas, previstas en marzo. La mayoría del PP en Andalucía depende de lo que ocurra en Sevilla.

Expulsados de Madrid, a los socialistas sólo les quedaría el asidero de su feudo del Sur, en trance de convertirse en la nueva Alhama. El 20-N puede ser el preámbulo del derrumbe político definitivo del PSOE. Para ellos es una tragedia. La de los demás es otra: el naufragio económico en el que braceamos desde hace ya cuatro años.

El retablo de las maravillas

Carlos Mármol | 9 de octubre de 2011 a las 6:05

La imagen de Sevilla parece una estampa del XVII: bodas ducales, grandes promesas de fastos deportivos y un alcalde en plena proyección ad infinitum mientras el paro sigue destrozando familias y Astilleros cierra.

LA distancia es el gran antídoto contra el aldeanismo. Aunque, al volver a un hogar cada vez más ajeno, los atributos de la patria sigan reclamando su sitio. Durante las últimas semanas Sevilla –al menos la ciudad oficial; la urbe real sabemos que es otra cosa– ha estado proyectando de sí misma una imagen que se asemeja bastante a una añeja estampa del XVII, el siglo en el que empezamos a hundirnos en un pozo del aún no hemos salido del todo, salvo si exceptuamos los dos o tres grandes espejismos periódicos. Todos ellos pagados gracias a las arcas públicas.

Sólo en los últimos días hemos (entre)visto una boda ducal en plena senectud, estampas de palmeros, jolgorio a la antigua usanza y, de postre, el anuncio de que viviremos en diciembre el primer gran fasto del austero Zoido (Juan Ignacio): la organización de la final de la Copa Davis. Excelentes noticias, dicen algunos. ¿A quién hacen daño? A nadie, claro. En realidad, no se trata de eso. La cosa consiste más bien en decidir si queremos valernos de una vez por nosotros mismos, incógnita que somos incapaces de despejar tras siglos de honda historia. A falta de una respuesta, nos conformamos con la colorista caricatura de siempre. Sevilla, el escenario perfecto. Igual para un bautizo que para una boda. Sin olvidar la comunión.

En realidad, deberíamos considerarnos afortunados. Al menos desde la óptica del nuevo poder emergente (el poder de siempre), que ha tenido el estimable detalle de elegir a Sevilla como el solar conveniente para comenzar a ensayar todo lo que viene. Primero, en noviembre. Después, en primavera. El cambio. Más de caras que de valores políticos, me temo. ¿No habría que llamarlo entonces con otro término distinto?

Repaso la hemeroteca. En el último mes da la sensación de que aquí todo el mundo –o al menos una estimable mayoría– vocifera el mismo son: Vivan los nuevos. Unos intentan acercarse al hipotético astro que nos alumbrará (o no) directamente. Cosa que en Sevilla es tradición: la ciudad se define como Muy Noble, Leal e Invicta porque a todos (antes o después) se entregó y a todos traicionó. Desde los tiempos de Pompeyo (Julio César lo llamó ingratitud) a los actuales.

Otros, en cambio, guardan silencio. Probablemente esperan a que la realidad confirme los sondeos antes de acometer el largo viaje. En todas partes late el mismo trasfondo:la decidida voluntad, en unos casos entusiasta, en otros algo más sobria, de declarar, si es posible con la necesaria presencia de luz y taquígrafos (los periodistas somos otra cosa), que ellos, en realidad, siempre estuvieron por el cambio.

Sencillamente uno no sabe qué pensar. No se aprecian excesivas diferencias entre el antes –un pretérito todavía muy reciente, pero que fue tan asfixiante que se ha convertido en lejano– y el ahora. Ni siquiera se atisban matices. Sevilla no está mejor que hace sólo tres meses. Tampoco que hace un año. Cualquier estadística más o menos seria lo confirma. Aunque casi todos los políticos, incluidos los nuevos, que ya no lo son tanto, hagan suyo el viejo dicho del gran Churchill: “Por norma, no me fío de ninguna estadística que no haya manipulado previamente”.

Está visto que todo es cuestión de perspectiva. En realidad, de interés. Aquí tener criterio importa relativamente poco. No puede entenderse de otra manera que en una ciudad en la que las cifras del paro no dejan de subir –70.800 familias ya sin ingresos; una economía sumergida del 20%– y cuya histórica industria naval va a hundirse en el mismo río secular que hemos destrozado entre todos, sigamos celebrando con fruición la anécdota, practicando a diario las artes cortesanas y confiando en la aprobación popular de los grandes eventos –públicos o privados– para darnos ánimo. Como si todo esto ocultara la triste realidad. Estamos rotos.

Más de cien días después, la gestión del nuevo gobierno local es extraordinariamente escasa. Apenas un breve episodio pasajero. Más bien magro. Y ello a pesar de que la exageración –el arte de la amplificación– haya convertido en noticia (conveniente) gestas tan heroicas como interrogar a un gorrilla, desmantelar un pequeño asentamiento chabolista –El Vacie todavía sigue en su sitio– o hacer una campaña de conciencia para evitar que el oficio más antiguo del mundo siga existiendo. Laus deo.

No tenemos término medio. Hemos pasado en pocos meses de la falsa grandeur del Parasol y la Torre Pelli (cuyo futuro el alcalde continúa sin aclarar;hoy dice una cosa, mañana la contraria) a festejar como extraordinario el hecho, al parecer épico, de ver a un policía local poniendo una multa. La normalidad hecha gesta. Lo más divertido es que muchos de los mismos que antes aplaudían a dos manos (nunca por convencimiento;más bien por rédito) ahora son también los que más jalean al nuevo centro de atención. No importan las contradicciones. Nadie, salvo algún verso suelto, va a atreverse a señalarlas.

Quizás por eso para muchos no sea un problema, ni siquiera escénico, asuntos como la preocupante espiral de proyección personal ad infinitum en la que parece estar concentrado el nuevo alcalde –JMJ, Femp, Copa Davis– mientras la verdadera ciudad, que es la que le votó, languidece. Para ciertas cosas no hay dinero, se lo gastaron los de antes y estamos en la ruina. Para otras, en cambio, no hay ningún problema. Por Dios. Cosas veredes, amigo Sancho.

Mientras tanto, la costumbre local sigue siendo vitorear una cosa y su contraria. Sigan ustedes el toque del cornetín. Ahora conviene decir que se percibe aquello que no existe. Es necesario simular que se comparte la apreciación general sobre las bondades de la nueva era. Igual que en la historia que Cervantes ponía en escena en su Retablo de las Maravillas, el entremés sobre la farsa a la que dos astutos pícaros someten a un villorio llamado Algarrobillas (extremeño; aunque con un raro parecido con Sevilla) que ilustra, mejor que un discurso, cómo cierta gente está dispuesta a comulgar con las mayores ruedas de molino por temor a ser señalada con el dedo. Excluida.

El motivo del entremés cervantino es muy antiguo. Se trata de una crítica, divertida y aguda, a una sociedad paranoica –entonces reino, más que país– en la que lo más importante era ser un verdadero cristiano viejo, sin mácula alguna de antecedentes judíos. Quizás de aquella locura de la limpieza de sangre –tan española– proceda la costumbre –tan sevillana– de analizar a la gente no por lo que es o por lo que quiere hacer en la vida, sino sólo por su procedencia familiar. Por su cuna. La ridícula estirpe.

En tiempos de Cervantes era tanta la presión sobre los orígenes sociales –cosa lógica; se podía pagar con un proceso inquisitorial el pecado involuntario (uno nunca elige a sus padres) de tener posibles ancestros hebraicos– que la mayoría del común, como entonces se decía, estaba dispuesta a mentir, y hasta a matar, con tal de que nadie le acusara de no pertenecer a la tribu. Andar por libre entonces era sospechoso. Pensar por sí mismo, algo peligrosísimo. Escribir sin más dueño que la propia conciencia una extravagancia. ¿Hemos cambiado desde entonces?

Sevilla, desde junio, parece una réplica de ese mismo retablo maravilloso del mago Tontonelo, pagado por el comendador, en el que lo extraordinario es que la gente está viendo con sus propios ojos poner en escena un enorme embuste pero proclama estar contemplando justo lo contrario porque, según la regla de quienes dirigen la función, llevar la contraria lo convertiría a uno en un judío converso. Algo así como un demente capaz de poner en juego su fortuna únicamente por certificar la verdad. ¿Qué importa la verdad?

En cualquier retablo de las maravillas, la única marioneta es el propio auditorio. Preso de sus miedos. Temeroso de su honra. Tan cobarde como feliz.

La Davis: un reto organizativo

Carlos Mármol | 8 de octubre de 2011 a las 6:01

Las condiciones aceptadas por Zoido para acoger la final de la Copa Davis obligarán al gobierno local a desplegar una extraordinaria capacidad de gestión sin el respaldo económico de otras administraciones.

“Sevilla no fallará”. El alcalde, Juan Ignacio Zoido, reiteró el jueves con esta rotunda frase su intención de asumir, incluso en solitario, con todos los riesgos asociados, el liderazgo de organizar la final de la Copa Davis que se celebrará en el Estadio de la Isla de la Cartuja la primera semana de diciembre de este año. El reto –organizar un evento deportivo de impacto internacional– no es menor. Ni desde el punto de vista logístico ni político. Sobre todo si se tiene en cuenta que, además de ser la primera gran puesta en escena en la que podrá evaluarse la capacidad de organización de la ciudad durante el mandato del nuevo gobierno local, las condiciones jurídicas que ha tenido que aceptar el Consistorio hispalense para hacerse con dicha nominación oficial frente a Valencia son bastante estrictas. Casi se diría leoninas.

El Ayuntamiento, que cifra en algo más de dos millones de euros el coste global del operativo (extremo éste que todavía está por aclarar), confía en recuperar la inversión que tendrá que acometer gracias a patrocinios privados y, aunque esta cuestión también está abierta, con la venta de parte del aforo disponible, que podría sumar alrededor de 14.000 entradas. La tesis oficial es que los beneficios económicos que reportará este evento deportivo –en términos de imagen y proyección exterior para Sevilla– compensarán el esfuerzo que, salvo novedad de última hora, sólo va a correr a cargo de las arcas municipales.

Ninguna de las otras dos administraciones que en 2004 ayudaron al municipio a organizar la final precedente –Junta de Andalucía y Diputación Provincial– han mostrado demasiado interés en repetir una posible fórmula de colaboración. La ausencia de la Corporación Provincial se da por descontada. En el caso de la Junta de Andalucía, la administración autonómica únicamente se ha comprometido a colaborar en la promoción del evento (si se respetan ciertas condiciones), lo que implica que en el caso de que se llegase a un acuerdo tan sólo financiaría una mínima parte de los gastos de organización. El peso del gasto será pues municipal. De todos.

La discusión entre ambas instituciones –gobernadas ahora por partidos distintos– ha salido ya del terreno de la cordialidad epistolar para empezar a convertirse en un motivo más de confrontación política. Hay un hecho indiscutible: en 2004 hubo apoyo institucional en favor del Consistorio sevillano, cosa que ahora se antoja prácticamente imposible, bien sea por el actual escenario de crisis o por otro tipo de motivos. El PP habla ya de un “boicot” a Sevilla.

El dinero, como siempre, nunca es una cuestión secundaria. Dadas las condiciones que ha aceptado el gobierno local de Zoido, la organización de la final de la Davis va a ser sufragada íntegramente por el “organizador local” –Sevilla– aunque las decisiones claves (desde el precio de las entradas a las empresas que se contratarán) no saldrán de la órbita de la Federación Española de Tenis.  Sevilla paga, la Federación decide.

De entrada, el canon neto que tendrá que pagar la ciudad a esta institución deportiva será de un millón de euros, sin contar el IVA. Es el precio oficial por acoger el certamen. A este importe hay que sumar además todos los gastos derivados de la organización, que no son objeto de negociación, sino un paquete global de exigencias que la ciudad ya ha asumido al optar a la designación. Entre ellas figuran lógicamente la adecuación del recinto deportivo y la instalación de las gradas y todos los recursos humanos, materiales y técnicos necesarios para acoger un evento deportivo de esta magnitud. El Consistorio tendrá rango oficial de promotor de la final (junto con la Federación) pero su margen real de decisión en realidad es bastante limitado. Por no decir ciertamente escaso.

La ciudad, tal y como se recoge en el corpus jurídico que regula la organización del evento, deberá tener preparado el Estadio de la Cartuja “un mes y medio antes de la celebración de la final”, costear todos los suministros y consumos durante el periodo de obras y pagar la limpieza y la seguridad de las instalaciones, aunque será la Federación quien “designe a los industriales que considere oportunos para llevar a cabo estas acciones”. El cometido municipal no sólo es de índole organizativa, sino esencialmente económico: pagará el coste de conversión de Estadio de la Cartuja, todas las zonas auxiliares necesarias para el evento (gradas, palcos, etc), la factura de todo el personal técnico y de mantenimiento, los gastos de limpieza, agua, luz y gas (tanto en el recinto como en las oficinas de la organizadora) y, en general, todo lo relacionado con la logística.

El Consistorio tendrá también que construir en las instalaciones elegidas una zona VIP oficial con capacidad mínima para 3.000 invitados. Será la Federación la que elegirá a la empresa que asumirá este servicio y quien decidirá su régimen económico. El Ayuntamiento tendrá incluso que comprar a esta entidad deportiva los tickets de catering que requiera para cubrir sus propias necesidades. En el capítulo de movilidad, el Ayuntamiento debe poner a disposición de la Federación 30 vehículos más un número (ahora indeterminado) de autobuses y minibuses, 20 chóferes, zonas acotadas de aparcamiento, un sistema de comunicación propio y pagar el diseño y los gastos de seguridad, salvo el sueldo del máximo responsable del operativo, que será designado sólo por la Federación.

El protocolo será otro coto vedado de la institución deportiva. Será la Federación quien “decida sobre los compromisos principales indispensables para la competición y ajenos a las asignaciones particulares de cada parte”. El Ayuntamiento se limitará sólo a pagar. De forma directa tendrá que organizar por su cuenta los actos oficiales del sorteo de los partidos (un aperitivo para 200 personas), las presentaciones de los dos equipos, la cena oficial (400 personas) “en un local magno de la ciudad” –deberán excluirse los hoteles que compitan con los posibles patrocinadores internacionales– y todos aquellos costes relativos al catering.

El alojamiento. Diez días antes del certamen, el Ayuntamiento pagará 500 habitaciones en hoteles de 3, 4 y 5 estrellas para acoger a las delegaciones. De ellas, 20 serán para el equipo español, que elegirá directamente el establecimiento que prefiera. La factura la paga Plaza Nueva. El voluntariado también correrá por cuenta del Consistorio, tanto lo que se refiere a su selección, mantenimiento y vestuario.

Además de un reto organizativo, la final de la Davis es un gigantesco negocio. De ahí que el acuerdo que firmarán Ayuntamiento y Federación regule al detalle cómo se realizará la explotación comercial del evento. El precio de las entradas (un factor clave para que la ciudad pueda recuperar parte del dinero que se invertirá) lo decidirá la Federación, que se reservará para uso propio hasta 700 abonos. El Ayuntamiento tendrá 200 de primera categoría y 100 de segunda. Se repartirán en función de los compromisos institucionales.

Los ingresos que se obtengan por taquilla los ingresarán Federación y Ayuntamiento, aunque no a partes iguales, sino en una proporción de 6 a 4, descontando los asientos no veniales. Ésta es la única vía para recuperar la inversión. Las contraprestaciones que obtendrá Zoido a cambio de financiar toda la organización del evento (sin contar la publicidad) sólo son de índole protocolaria (invitaciones vip, palcos, abonos), presencia en el programa oficial, inclusión del logo municipal, descuentos si compra el 10% de las entradas y un stand comercial. La gestión de las zonas comerciales también está regulada:será la Federación la que elija qué empresas estarán. Sí hay una norma: “Las empresas locales no podrán tener stands de productos competitivos con los patrocinadores internacionales”.

Y algo más: si Zoido quiere escribir el nombre de Sevilla (o el de Andalucía) en la pista de juego, tendrá que pagar un extra. Cosas del deporte.

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