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Un drama shakesperiano

Carlos Mármol | 8 de abril de 2012 a las 6:07

Sevilla recibe la misma semana dos pésimas noticias: el desempleo subió casi un 12% en apenas un año y el marco presupuestario estatal consuma el descenso de las inversiones públicas, que han caído hasta un 63% en un lustro.

Monteseirín nos prometió hace algunos años el sueño del pleno empleo para 2012. Zoido, alcalde desde hace nueve meses, el bíblico milagro imposible de multiplicar los panes y los peces. Ni uno ni otro acertaron. El año en curso ha superado ya el hito de su primer trimestre de vida sin dar señales de desfallecer en su tarea de hacer brotar el pesimismo por doquier. La profecía va camino de cumplirse antes de tiempo. Sin esperar al ecuador del calendario: 2012 será bastante peor que el nefasto año pasado, cuando los optimistas –que cada vez son menos– todavía hablaban de los míticos brotes verdes, tornados acaso en azules tras el intenso carrusel electoral de los últimos doce meses.

En este tiempo hemos votado tres veces en diez meses. Hemos cambiado al alcalde, al presidente del Gobierno y, de forma acaso singular, hasta se diría que llamativa, hemos fijado las condiciones para ensayar un nuevo statu quo político en Andalucía: el cambio inverso, la combinación que casi nadie esperaba, el singular pacto de gobierno entre los socialistas y la izquierda. En el fondo, en realidad, no hemos alterado casi nada la cuestión esencial, de fondo: las perspectivas para una recuperación económica continúan siendo escasas, inexistentes y virtuales. Ya ni siquiera se puede entonar un discurso en el que aparezca la palabra futuro. Se recibe como una cruel broma del destino.

Pareciera que votar sólo sirve para cambiar el reparto de los actores del cuadro de comedias sin que el libreto que se representa se modifique ni un ápice, salvo para llegar al nudo de la trama, justo cuando el sainete se transforma en tragedia y se hace verdad la gran frase de Shakespeare: “La vida no es más que una sombra en marcha; un mal actor que se pavonea y se agita una hora en el escenario y después no vuelve a saberse nada de él. Es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no significa nada”.

Una sangría social

Ni siquiera la fuerza de la costumbre nos permite escapar de esta sensación, similar a ir caminando por las calles con la ropa empapada. Los datos oficiales del paro, que esta semana han sido el preámbulo de un largo rosario de malas noticias, confirman que el panorama económico de Sevilla no tiene visos de cambiar, por muchas reformas que anuncie el nuevo poder político, muy molesto, más que con esta crisis de vocación perpetua, con el inconveniente de la erosión –inevitable y creciente– que supone tener que decidir. Y, además, con el serio imprevisto de la cruenta etapa de confrontación política que se abre entre Andalucía y Madrid.

Esta pugna va a marcar la agenda pública de los próximos años. Sin duda. Pero mientras nuestros representantes públicos continúan jugando a sus batallitas particulares y planean sus golpes de efecto –San Telmo contra la Moncloa, Génova contra San Vicente– las estadísticas reiteran que todo esto no sirve absolutamente de nada: en el último año, mientras la prioridad única de las fuerzas políticas han sido las constantes citas electorales, el paro ha escalado casi un 12% en la provincia, situándose por encima de los registros anteriores. Sevilla tiene 25.000 personas más en las listas del Inem –cuya privatización parece inminente ante la falta de resultados para cumplir con su objeto social– que hace sólo doce meses. Hasta 81.000 familias viven –se dice pronto– sin ingresos regulares. Llevamos ocho meses sin tregua en los que la inmisericorde noticia del desempleo constante condiciona vida y haciendas hasta teñir de negro todo el horizonte.

Resulta hasta lógico que el ambiente reinante sea de profunda depresión. La reciente encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) es como un parte del psicólogo. Los ciudadanos no ven luz al final del túnel. De hecho, ni ven la luz ni existe el túnel. Todo está fundido en negro. La situación se expresa, como todos los quebrantos, a través de una ecuación matemática, numérica. Un lenguaje extraño que siempre porta malas noticias. La crisis es económica, sí, pero también moral, ética, anímica.

Un ejemplo: junto al paro y a la degradación del tejido económico de Sevilla, las otras dos cuestiones que la sociedad percibe como preocupantes son los fraudes, la corrupción –el pan nuestro de cada día, sin diferenciaciones de signo político:los pecados no tienen ideología– y el propio comportamiento de la clase política. En teoría, son nuestros representantes. En la práctica, a juzgar por el cuadro que dibuja el CIS, nadie los considera así. Sencillamente aparecen como una casta ensimismada en sus juegos de posición, las ceremonias asociadas a la vanidad y el perpetuo veneno del poder.

Probablemente la crisis anímica –del alma, que dirían los clásicos– sea más profunda que la que atañe a la hacienda patria. Acaso por aquello que dejó escrito el autor de los Sonetos: “Un hombre que no se alimenta de sus sueños, envejece pronto”. Llevamos cinco años postrados en el diván, pero parece casi una década de cadenas, que son nuestras deudas morales y económicas. Porque si hay algo de lo que podamos estar seguros en esta vida –puede que incluso en la eterna, si es que existe– es que los débitos contraídos se cobran, con sangre, sudor y lágrimas. Siempre se abonan: hasta en libras en carne, si hiciera falta. Sangrienta forma de interés que reclamaba el prestamista judío Shylock en El Mercader de Venecia. De nuevo, Shakespeare: el gran dramatugo del teatro isabelino inglés, tan eterno como sucesivas son las tragedias humanas. El padre de la eterna duda ontológica que atenaza al ser humano.

Los presupuestos

Las dudas nacen de la incertidumbre vital y social. En cierto sentido, son síntoma de inteligencia. Quizás esta crisis nos haga –a la larga– mucho más sabios, al tiempo que pesimistas, pero lo que es indudable es que nos ha hecho ya mucho más pobres, frágiles y dependientes. Sevilla, que a lo largo de su historia no ha sido nunca capaz de entender que su verdadero porvenir depende esencialmente de sí misma, no de los demás, se ha quedado este año con una cuota casi testimonial en el exiguo reparto de los presupuestos generales del Estado. Desde que comenzó el final del mundo –2007– las inversiones del Gobierno central en la provincia han caído hasta un 63%. Sin contar el déficit inversor acumulado en los últimos diez años.

Los socialistas, que fueron los dueños de la tijera hasta el pasado año, y que la utilizaron sin reparos, ponen estos días el grito en el cielo acusando al PP de incumplir el estatuto de autonomía –que fijaba un umbral de inversión en base a la población– y condenar a esta tierra al desastre económico. El PP sevillano no abre la boca. Ni siquiera Zoido, que vive con asombrosa intensidad el eterno bucle melancólico de esta Semana Santa lluviosa, quebrada e interminente. Elocuente silencio.

Los socialistas tienen razón en una cosa: sin inversiones la recuperación es imposible. Aunque habría que preguntarse qué vale más: si un estatuto de autonomía votado por una minoría de ciudadanos –recuérdese la participación que tuvo la consulta del referendum estatutario– o un contrato con un banco. En la vida ocurre lo mismo: la hipoteca es un vínculo mucho más sólido que cualquier acta matrimonial, sea ésta religiosa o civil. Estamos unidos por nuestras deudas, no por nuestros sueños. Y éste es el gran problema.

Dejémonos de lírica. El estatuto quizás sea –vamos a ser generosos y a aceptar la mayor– el sueño de la Andalucía oficial. No es, sin embargo, la realidad en la que intenta sobrevivir la Andalucía real, presa de las deudas, el paro y la desesperanza. Shakespeare decía que somos el tejido de nuestros sueños. En Sevilla hace tiempo que ya ni siquiera soñamos, sólo sesteamos.

La burbuja que nunca existió

Carlos Mármol | 13 de noviembre de 2011 a las 6:05

El PP pretende resucitar su proyecto de reformar la ley estatal del suelo para sostener artificialmente el precio de los ‘activos tóxicos’ inmobiliarios · Su fórmula consiste en crear un ‘bad bank’ para enjugar las pérdidas.

No resulta nada extraño que el PP, al que todas las encuestas serias sitúan desde hace meses como ganador en las próximas elecciones generales del 20-N, intente llegar a la inminente cita electoral sin desvelar el contenido de su programa de gobierno. Si explicitara su verdadera agenda política quizás el entusiasmo (relativo) de sus electores potenciales se enfriaría hasta alcanzar el punto mismo de la congelación. El umbral en el que lo líquido muta en sólido.

Lo que nos espera en la nueva etapa política que se abrirá dentro de algo más de una semana no es sólo un proceso de ajuste sobre las clases medias –cada vez más difusas, a tenor de los últimos estudios sobre desigualdad social– o el recorte del escuálido estado del bienestar, que en España nunca fue gran cosa (en comparación con Europa), sino algo bastante más trascendente: la reformulación integral de nuestro marco económico. Y, al cabo, de la propia soberanía. Lo que el PP llama las reformas.

¿Es malo cambiar las cosas? En absoluto. No queda otro remedio. Otra cuestión es cómo se aborde este delicado tránsito, que será doloroso. Cruento. Es un hecho admitido por todos que el enfermo está tumbado desde hace demasiado tiempo en la sala de operaciones y que tiene las constantes vitales inestables. Hay que operar de urgencia. Sólo podemos elegir entre uno de los dos cirujanos de guardia disponibles. ¿Quién es el mejor?

Cada uno deberá resolver esta incógnita por sí mismo. Con independencia de lo que se piense, lo que sí es evidente es que el programa de adelgazamiento económico exigirá cirugía invasiva. Y aquí es donde los silencios programáticos del PP hablan con una elocuencia manifiesta. Si es que se sabe –o se quiere– escuchar. Por otra parte, el discurso del PSOE de que con ellos el ajuste será más suave resulta inverosímil: ha sido el Gobierno de Zapatero el que, como les ocurre a todos los conversos de última hora, inició la senda de los recortes que ahora le tocará acelerar al PP.

El tapón del crédito

En la raíz misma de todo problema está el ladrillo. El boom inmobiliario. Las consecuencias de su singular alianza con la banca –privada y pública– durante los dos últimos lustros, la época dorada de la especulación. La afección del ladrillo en los balances bancarios, unida al cierre del mercado crediticio exterior, han taponado las arterias del sistema: la actividad bancaria. La economía real no recibe sangre. Y la máquina se detiene. A algunas empresas (y familias) el largo parón ya les ha matado. Otras están en tiempo de descuento.

De ahí la coincidencia de los dos grandes partidos políticos en la necesidad de eliminar la trombosis bancaria. La sequía de crédito continúa siendo pertinaz a pesar de los fondos públicos que el Estado ha inyectado en los últimos años a las entidades bancarias. La reconversión, insuficiente, parece no haber servido de mucho. Acaso porque ha obviado el fondo del problema: los activos del ladrillo, en su mayoría procedentes de los promotores inmobiliarios, son una ficción en los balances oficiales. Hasta que no se digieran no hay nada que hacer.

¿Cuál es el plan del PP para salir del atolladero? Misterio. El partido de Rajoy esconde sus cartas. Lo que significa que probablemente sean malas (para muchos). Alguna pista difusa, sin embargo, mostró esta semana en Sevilla Cristóbal Montoro, supuesto futuro ministro de Economía y Hacienda en caso de una victoria popular.

Montoro habló ante un foro sectorial –los constructores sevillanos– a una hora tardía –nueve de la noche– junto a un séquito plagado de dirigentes populares. De Sevilla no dijo más que obviedades –señal de que su conocimiento sobre los problemas de la provincia por la que se presenta es más bien discreto– y su discurso se centró en negar la mayor: jamás existió una burbuja inmobiliaria, mucho menos auspiciada por el PP, como denuncian los socialistas. Es una teoría bastante llamativa. Para tratarse de algo inexistente tiene un tamaño notable: la exposición de las entidades financieras españolas al ladrillo la fijó hace apenas unas semanas el propio Banco de España en 176.000 millones de euros. Una cifra que supone cerca del 12% de la inversión crediticia global.

El candidato del PP por Sevilla nos contó un cuento –el término es suyo– cuyo argumento asigna el mérito del milagro español de mediados de los noventa –ahora tornado pesadilla– a la liberalización, la privatización de las grandes empresas públicas y la doctrina del equilibrio presupuestario. Un fórmula exitosa a la que la construcción, en su opinión, sólo se incorporó en la última fase.

Montoro también rechazó la tesis del PSOE que fija el inicio de la burbuja en la ley del suelo del Gobierno Aznar. “Una sentencia del Supremo nos impidió liberalizar el suelo porque esa competencia es exclusiva de las autonomías”, vino a decir. Lo que no explicó es por qué durante ese mismo periodo la abundancia de terrenos, en contra de lo que defiende su partido, degeneró en un encarecimiento de los terrenos (rústicos y urbanos) que, unido al bucle tejido por las inmobiliarias y los bancos, terminó incrementando el precio de la vivienda y creando un mercado basado no en la verdadera riqueza, sino en las deudas familiares y empresariales. Sobre esto, silencio.

La directriz de Génova prohíbe a sus candidatos ser más explícitos a la hora de lanzar sus mensajes. Debemos pues leer entre líneas. Montoro dijo a los constructores que la estrategia de su partido va a consistir en sacar al mercado las viviendas sin vender –más de un millón, según algunos estudios–, limpiar los balances de los bancos “con fórmulas financieras” y asumir las evidencias, aunque sin culpar a nadie por los excesos del pasado. El perdón, es sabido, es una virtud cristiana.

El proceso de reactivación marcará la política fiscal: recuperarán la desgravación por compra y alquiler de vivienda (topada) y bajarán el IVA y el impuesto de transmisiones. “Vamos a hacer lo que hay que hacer sin complejos”. Ahí se quedó. Sólo al final del acto, forzado por alguno de los asistentes (que en vez de palmear quería respuestas) admitió que en la agenda está reformar la ley estatal del suelo del PSOE, cuyo último reglamento –relativo a las valoraciones– se publicó en el BOE esta misma semana. “Hay que replantearse la regulación del suelo, su calificación y su programación”.

De sus palabras se deduce que una de las primeras medidas que el PP tiene en mente para reanimar al sector inmobiliario es volver a cambiar la normativa marco –las leyes urbanísticas son autonómicas– para lograr su vieja aspiración de que todo terreno susceptible de poder ser urbanizado pueda serlo. Justo el principio que, junto a la barra libre del crédito, nos ha puesto en el borde del abismo. A un paso del final. Paradójico.

Socializar las pérdidas

La reforma del PP busca impedir que la legislación socialista sobre la materia –que atenuó de forma tardía la espiral de la especulación urbanística– tenga repercusión directa en los balances bancarios, quebrados, más que por las viviendas impagadas por los particulares, por un enorme patrimonio –terrenos sin calificar, promociones a medias– que ya no vale lo que se pagó. De valorarse a precio real –rústico, en muchos casos– obligaría a las entidades de crédito a calificar como estéril su cartera de inversiones.

Es sólo el primer paso. La siguiente ficha que se moverá en el tablero, en el que jugarán la banca y los políticos, rara vez los ciudadanos, consiste en la creación de un banco estatal que asuma todos los activos tóxicos de la especulación inmobiliaria. Una opción que supone socializar las pérdidas de un negocio –el especulativo– cuyos beneficios nunca dejaron de ser privados. La fórmula del bad bank –inspirada en lo que Alemania hizo con el Hypo Real Estate, promoviendo incluso una modificación legal para desarrollar el modelo– ya ha sido reclamada por ilustres ejecutivos bancarios. Y con condiciones:“El precio de los activos debe ser el correcto”.

¿Qué significa esto? Adquirir todo el excedente inmobiliario a un precio irreal (dado el mercado actual) para dejar sin riesgo a los bancos y que vuelvan a dar créditos. La cuadratura del círculo. El ciudadano que compró su vivienda a un precio inflado asumió un riesgo que está blindado por las cláusulas hipotecarias. La banca, en cambio, lo derivará al Estado.

Y el Estado, ya se sabe, somos todos.

Temporalidad permanente

Carlos Mármol | 23 de enero de 2011 a las 7:00

El Barómetro de Economía Urbana de Sevilla tumba el discurso de cualquier optimista genético, candidatos a la Alcaldía incluidos: más de 75.000 parados y un 96% de contratos temporales durante el último semestre.

La rutina de la desgracia. Como una condena. Constante. En mitad del arranque de la precampaña electoral, el dato ha pasado quizás desapercibido entre las promesas y las sonrisas de los tres candidatos, pero mucho me temo que explicará buena parte de lo que ocurra en el cada vez más cercano mes de mayo. El Barómetro de Economía Urbana del Ayuntamiento de Sevilla, presentado esta semana, no desvela ningún misterio que no fuera ya más o menos previsible –estamos mal; peor, incluso– pero sí acota con cifras oficiales la extraordinaria dimensión de la pandemia moderna que se llama desempleo, contra la que todavía no se ha descubierto ninguna vacuna válida. Al menos, en el caso de Sevilla.

El estudio, que se completará probablemente dentro de una semana con el Barómetro Socioeconómico que publican todos los años los empresarios y la Cámara de Comercio, concluye que el colectivo de desempleados no deja de crecer en Sevilla. El 21% de la población activa. Estamos en crisis, ¿no? Explica también el informe municipal que quienes logran el raro milagro de ser contratados por alguna empresa en estos tiempos en los que algo tan necesario se ha convertido en materia excepcional están condenados casi a perpetuidad (y con suerte) a un mero contrato de naturaleza temporal, sin más futuro cierto que la mera supervivencia diaria. Sin posibilidad de trazar un plan de vida personal y autónomo. Sin libertad. Ni siquiera vigilada.

El fondo del agujero

El caudal de historias ocultas que deben esconderse tras estas estadísticas asustaría a cualquiera. Cada número es una vida, impar e insustituible. Y su adición global marca el tamaño de nuestra desgracia como sociedad: más de 75.000 parados en una ciudad de menos de un millón de habitantes. Un desastre. Todo lo contrario a la ciudad ficcional del pleno empleo que prometía al inicio de esta década frustrada el alcalde Alfredo Sánchez Monteseirín.

Así estamos. Tenemos un Plan Estratégico 2020, un Plan General de Ordenación Urbana, un presupuesto municipal similar al de un poblachón andaluz, la hacienda local está en una situación delicadísima desde el punto de vista financiero y las tasas de desempleo, sin llegar todavía a ser africanas, nos alejan sustancialmente de la Europa avanzada que un día quisimos ser.

oxímoron baja

El sueño de Quatrocento sevillano no se atisba por parte aguna. Resulta evidente, para todo aquel que quiera verlo con frialdad, sin ser al mismo tiempo juez y parte, que las prioridades políticas de los últimos cinco años han confundido lo accesorio con lo esencial. La modernidad con las apariencias. El fondo con la forma. Que una ciudad como Sevilla, con una economía frágil, estacional, sometida a los cambios externos, se haya embarcado en la locura de hipotecar su escaso patrimonio en un ramillete de grandes proyectos públicos ejecutados deficientemente y con sobrecostes más que notables a algunos les ha dado la impresión (temporal) de que contemplaban el mayor avance urbano desde la Expo 92.

No es difícil recordar, si se quiere tirar de memoria, que tras la Muestra Universal vino una crisis –mucho menos cruenta que la actual– que, si bien fue profunda, permitió una recuperación económica mucho más rápida. Fue una crisis espejismo, en contraste con la actual. Tras la Exposición Universal Sevilla quedó definitivamente lejos del fantasma del subdesarrollo endémico –cosa que por ejemplo sí le sucedió en su momento al Sur de Italia– pero nunca ha logrado rozar el grado de desarrollo real de otras partes de España.

Los sucesivos datos de cohesión territorial casi siempre nos venían situando hasta el inicio de la crisis en los últimos puestos de riqueza, mientras las estructuras políticas de las administraciones públicas crecían desmesuradamente con el argumento de que en esta tierra faltaba iniciativa privada. Es verdad. Aunque esta evidencia, que es nuestro verdadero problema, junto a determinados usos y costumbres sociales y culturales, no justifica los excesos cometidos a lo largo de este proceso, que vamos a pagar durante los próximos años. La iniciativa privada es rara avis en Sevilla, pero la función económica de toda una sociedad no puede suplantarse desde el poder público de forma indefinida. Antes o después el castillo de naipes termina derrumbándose. Estamos precisamente en esto.

No sólo nos faltan empresas, sino las que existen cierran. Quiebran. El barómetro certifica que el pasado año un total 112 sociedades mercantiles pasaron a mejor vida. Se crearon otras, pero mucho me temo que la mayoría de ellas son el intento de algunos valientes por buscar su lugar en el mundo a falta de mejores opciones. ¿Son empresas de futuro o proyectos procedentes de la desesperación íntima? Habrá de todo. Igual da, en todo caso. ¿No dicen que las crisis son en realidad buen momento para las oportunidades? Ojalá sobrevivan y puedan crear puestos de trabajo. Ojalá puedan sostenerse por sí mismas en mitad del tsunami.

Pensar con optimismo en este escenario se antoja imposible. El trabajo, además del sustento de la economía real, es el principal elemento de socialización. Sin él no sólo se tambalea el ecosistema de cualquier proyecto común, sino las expectativas, el ánimo y el entusiasmo. Y sin estos elementos, inmateriales todos, raro es que cualquier proyecto empresarial pueda salir adelante con un mínimo de garantías.

Leves rayos de luz

El turismo, industria tradicional de la ciudad, es el único sector cuyos datos de coyuntura ofrecen algo de luz en este panorama sombrío. Sevilla, en crisis, todavía tiene capacidad de ejercer de imán turístico, aunque de forma más bien moderada (precios a la baja). Los viajeros han subido un 12%. Proceden de los mercados tradicionales: el resto de España, Reino Unido y Alemania, fundamentalmente. Son el único asidero al que agarrarnos en mitad de la caída libre en la que nos encontramos.

En industria y construcción el ajuste está consumado. La polémica reforma laboral aprobada por el Gobierno, que paradójicamente abarataba el coste de los despidos sin hacer prácticamente nada más, no ha servido para gran cosa, salvo para despedir con mayor facilidad. Al menos, en Sevilla. Tampoco han funcionado los planes de vivienda pública que, justo antes de la debacle económica, prometía la Junta de Andalucía, que en su acto de contricción tras dejar pasar dos décadas sin preocuparse realmente del derecho a la vivienda aprobó una ley testimonial (que al final no ha arreglado nada) y montó un notable caos en el mundo del urbanismo.

El tiempo ha demostrado que aquel acuerdo por la vivienda (rubricado con todos los honores en la Casa Rosa; Chaves era todavía el rey de Andalucía) era un edificio sin cimientos (bancarios). Que en el último año los datos reflejen una caída de los visados de viviendas protegida y la subida –moderada– de los pisos de renta libre indica que el mercado inmobiliario social, donde los márgenes de beneficio de las empresas están muy tasados, no despunta por dos factores: los empresarios han dejado de construir (sobran viviendas) y los hipotéticos compradores de estos pisos o están ya en el paro o no encuentran financiación ordinaria. Ninguna de las dos cuestiones parecen tener solución a corto plazo.

El panorama, sin trabajo y sin vivienda para una buena parte de la población de Sevilla, llamada a las urnas dentro de cuatro meses, no está para celebraciones. Vivimos en un gran oxímoron. En temporalidad permanente.

Realismo en crudo

Carlos Mármol | 2 de noviembre de 2009 a las 17:54

El Barómetro del Ayuntamiento de Sevilla dibuja un panorama económico en el que la ciudad aparece rota por la crisis y augura un horizonte lleno de nubes negras para buena parte de la sociedad sevillana.

NI el falso almíbar, ni la propaganda obsesiva a la que tan dada es cierta clase política que hace tiempo se olvidó de lo que es gobernar y se dedica sencillamente a navegar como puede sobre las aguas turbulentas, sirven de mucho en los tiempos de mudanza. Mucho menos en unos días que parecen anunciar una debacle. Algunos estimarán exagerada tal afirmación. Pero, a tenor de los datos que esta semana ha puesto encima de la mesa el Ayuntamiento hispalense en su barómetro económico, la crisis –que parece haber llegado con la firme y decidida vocación de quedarse– va camino de convertirse en una suerte de epidemia similar a la mítica peste bubónica que durante el siglo XVII diezmó la población de Sevilla y marcó el punto más agrio de su larga y secular historia.

Es cierto que ninguna comparación puede tomarse al pie de la letra. Aunque esta sana disciplina del contraste permite ver mejor las cosas. Sobre todo, porque nos ayuda a cuestionar ese lugar común, tan extendido en los últimos años, que dice que todo es susceptible de mejora. No siempre ocurre, por desgracia. A pesar de los optimistas, que suelen ridiculizar con suficiencia a quienes ven el entorno inmediato más bien de color negro, las evidencias objetivas son ya tantas que tan sólo puede colegirse que el pesimismo, al que tanta mala prensa se le ha dado, no es más, como ya dijera el clásico, que realismo en crudo.

Datos negativos

La tendencia de los últimos meses no deja mucho lugar a las dudas. Sevilla, a la que la crisis arribó algo más tarde que a otros territorios, está ahora en el duro tránsito entre lo que los técnicos denominan “un ajuste” y lo que en la calle sencillamente se llama “un drama social”. Una tragedia cotidiana y anónima. No porque no tenga nombre y apellidos, sino porque en realidad tiene tantos que bien pudiéramos decir que es sencillamente universal. Casi ecuménica.

Los datos del paro no dan respiro –casi un 25% ya– y los sectores productivos en los que descansaba la salud económica global –construcción, servicios, turismo– parecen sufrir una honda crisis estructural que no va a diluirse sencillamente con el mero paso del tiempo, ya que uno de sus factores –el exceso de endeudamiento de empresas y familias, en buena parte derivado de los tiempos en los que la especulación salvaje era la única guía económica– no puede eliminarse de un simple plumazo. Se trata de una atadura más que perdurable. Y eso, en el mejor de los supuestos posibles. La idea de dejar de pagar resulta a todas luces bastante peor.

REALISMO EN CRUDO baja
Cuando una familia decide no abonar la hipoteca es porque está loca o, sencillamente, porque está en la más absoluta de las ruinas. Tal decisión no sólo se lleva por delante a los deudores, sino que –en caso de producirse de forma masiva, algo sobre lo que ha alertado el Ayuntamiento en su informe– puede arrastrar también a la sima a más de una (aparentemente) sólida entidad financiera. Es la venganza de las matemáticas. Por mucho dinero y tiempo que se invierta en manipular la imagen, antes o después las burbujas tienden a reventar. Es una pura cuestión física.

Las medidas paliativas puestas en marcha por el Gobierno central a través de los ayuntamientos para atenuar la sangría laboral no están cuajando en Sevilla. El Consistorio tardó demasiado en ponerlas en marcha, no ha tenido demasiado celo en su control –se han sucedido los casos en los que determinadas empresas falseaban las estadísticas de contrataciones– y verá terminar el año con un balance más virtual que real. A pesar del discurso oficial de Monteseirín, el informe de Sevilla Global sostiene que el Plan 8.000 no ha detenido el imparable proceso de destrucción de empleo y empresas, en buena medida agravado por la incapacidad de las administraciones públicas –que son quienes contratan– para afrontar las liquidaciones de las obras.

Casos de corrupción

Que la estructura económica de Sevilla está herida parece obvio: la construcción de VPO ha caído un 90%, los visados de nuevos proyectos inmobiliarios se hundieron un 80% y los créditos hipotecarios también están tocando el suelo. Hay mucho menos dinero en circulación: real y virtual. También muchos menos turistas. El índice de pernoctaciones se derrumba, los empresarios abaratan los precios de los hoteles y las estadísticas de viajeros caen tanto en Santa Justa (tren) como en San Pablo (avión) sin que se atisbe solución alguna. No es ya cuestión de mejorar la promoción: sencillamente es que no hay dinero. Y si no hay, no se viaja. No puede ser más sencillo.

En mitad de esta espiral que no tiene visos de cesar, en paralelo casi, no dejan de sucederse los casos de presunta corrupción por toda la geografía española. Desde Sevilla, donde el affaire Mercasevilla marca la agenda política, a Madrid, Valencia, Barcelona, Almería. Casi todos ellos tienen su correspondiente ligazón municipal: el urbanismo, siempre el urbanismo, la piedra filosofal que casi todo lo explica. Ningún partido político, además, se libra. El saqueo de la hacienda común parecer la norma. Con este panorama, resultaría un milagro salir del pozo con ayuda de quien, probablemente, es quien lo ha cavado.

Se puede ser optimista, claro. Pero no hay ganas.