La Noria » crisis

Archivos para el tag ‘crisis’

Sevilla: la diosa sin cabeza

Carlos Mármol | 8 de julio de 2012 a las 6:06

La ciudad no ve la luz ni el final del túnel. El panorama es sombrío: el desempleo no desciende, la empresas que aún no han cerrado deben hasta el cuello, la política muta en populismo y la sociedad abraza el tribalismo.

No se trata de una mera anécdota. Ni de un hecho fortuito. Tampoco estamos ante un acto más de vandalismo al uso. Más bien es un síntoma nítido de honda decadencia social. Al contrario de lo que se piensa, la ruina espiritual de una sociedad suele ser un factor previo a la debacle económica, de la que ésta acostumbra a ser la consecuencia, más que el origen. La salvaje decapitación de la fuente que Brackembury diseñó para la Puerta de Jerez, que hace una semana se produjo ante los ojos del orbe cuando los hinchas de la selección española celebraban –de forma singular, desde luego– el triunfo patrio en la Eurocopa, viene a simbolizar, mejor que cualquier otro episodio reciente, el profundo pozo en el que desde hace tiempo está sumida Sevilla. Un agujero negro. Sin fondo.

El simbolismo del episodio es doble. E inevitable. Por varias razones. La primera es casi de oficio: la escultura encarnaba una cierta idea armónica de la ciudad. La figura cuya testa fue cercenada sin piedad entre gritos y cánticos infantiloides representaba la Híspalis clásica con los atributos del progreso material. En segundo lugar, se presta a una lectura algo más subjetiva: la horda que perpetró el acto de destrucción lúdica, si podemos llamarlo así, sin que el gobierno municipal hiciera ni el más mínimo intento serio por evitarlo –para eso están los triunfos deportivos, para pegar saltos, salir en la televisión y hacerse fotos–, viene a ser la gráfica constatación del vacío de los tiempos que corren. Llenos de ruido, furia, violenta impaciencia y demagogia gratuita.

Hay quien intenta desvincular el vandálico suceso de la turba futbolística. A mí se me antoja difícil. Casi imposible. Son ventajas de no militar en nada. O de ser asocial, acaso. Desde luego no es lo mismo un aficionado convencional al balompié que un hincha, aunque cada vez la línea entre ambos sea, desde la perspectiva de mucha gente, demasiado fina, casi imperceptible. Pero debemos ser justos: tampoco este desplazamiento de los sentimientos –que pudieran ser nobles– hacia el delicado terreno de los dogmas –que ya no lo son tanto– es exclusivo del fútbol. Se trata de un proceso general.

Hemos construido una sociedad que no reflexiona; sólo coge banderas para ondearlas al viento. Un mundo en el que el espectáculo se ha convertido en el trasunto de la vida pública, la sabiduría parece ser un vestigio del pasado, la comunicación se reduce a un mensaje de 140 caracteres –si los superas da igual lo que digas, no te escucharán– y el éxito social no se concibe más que como la réplica interesada del viejo materialismo. En estas cosas estábamos cuando, hace ya un lustro y de repente, nos sobrevino la enorme debacle.

Habrá quien piense que hacer esta lectura de la decapitación de una fuente es llegar demasiado lejos. Que es una exageración. Dirán que las cosas no están tan mal, que hay rayos de esperanza, que no se puede perder la perspectiva. Dios, si existe, debería conservarle la vista y el sentido del optimismo. Que la ciudad permanezca indolente, lamentándolo, pero sin moverse, mientras unos fanáticos –integristas del fútbol, en realidad– destruyen el patrimonio común, aquello que aspira a simbolizarnos a todos, demuestra que, al contrario de lo que ocurre en otras partes de Europa, aquí hemos abrazado del todo un relativismo moral –y por tanto, político– tan enorme que ya ni diferenciamos lo lógico de lo irracional. Lo circunstancial de lo sustantivo. Algo tremendamente preocupante si tenemos en cuenta que venimos de una historia secular. No parece que nos sirva de mucho.

La realidad diaria está marcada por este síntoma de banalidad global. En Sevilla, al menos, el panorama es tan triste como aquellas vidas mediocres con las que Pío Baroja construyó su primer libro, un hermoso volumen de cuentos que tituló así: Vidas sombrías. Los personajes de esta colección de relatos, cuya edición pagó el propio autor (entonces no había internet), tienen en apariencia poco que ver con Sevilla. Son criaturas del mundo rural vasco, entrevistas por el novelista donostiarra durante su etapa de médico rural en Cestona.

Lo importante para el asunto que nos ocupa no son sus historias concretas, sino el tono del libro, un ambiente parecido al que ahora vivimos, marcado por la impotencia y la falta de horizontes. Estos cuentos nos muestran a personas sin demasiada fe en sí mismos, y por tanto tampoco en el ser humano, resignados ante su desgracia, que tienen la sensación de que el hombre ha sido abandonado a su propia suerte en mitad de un mundo hostil y para los que la felicidad es como un viejo amigo que –un día– se marchó para no volver. ¿No es justo éste el sentimiento general que nos transmite cada día esta larga crisis cósmica que parece ser eterna?

Nuestro panorama como ciudad se antoja negro. Basta salir a la calle, ir a un bar, escuchar –algo que tan poco solemos hacer los sevillanos, mucho más dados al grito y a la proclama– para darse cuenta que, en contra de lo que en muchos casos se escenifica, el malestar social aumenta hasta desdibujar por completo las jerarquías morales. No se atisban salidas. No tenemos herramientas para salvarnos. Hemos dejado de creer en el futuro. No confíamos en nada. ¿Por qué vamos a respetar la ciudad si todo, de pronto, ha pasado a carecer de importancia?

El nihilismo que nos anuncia la decapitación de la fuente de Brackembury no sólo nos muestra lo que somos: una ciudad sin cabeza, que es casi como decir sin guía ni cerebro, reducida a las extremidades, sin rostro. Sorda. La metáfora se extiende también a lo que vemos todos los días, aunque no sepamos comprenderlo por completo. La economía no mejora ni va a hacerlo. El paro no desciende. Los subsidios y las ayudas van a seguir menguando. Los ahorros se terminarán. Sevilla capital ha superado el primer semestre de 2012 con un total de 85.000 parados. La provincia sobrepasa los 244.000 desempleados. Tragedias.

La política no nos sirve para nada –salvo para consumir unos recursos de los que ya nos disponemos y oír la ración diaria de mentiras– y casi todo lo que tenemos alrededor está lleno de cinismo, palabrería y desconsuelo. Quizás el panorama, en el fondo, no sea tan distinto a hace sólo cinco años. Incluso puede ocurrir que siempre haya sido así. Sin embargo, no lo sentíamos igual, distraídos siempre en otros asuntos. La percepción de las cosas ha cambiado por completo para casi todos en este corto tiempo. Antes acaso no nos importaba demasiado la sucesión de engaños. Ahora irrita.

Sevilla se encuentra sin asideros ni recursos para salir de su agujero. Parece caminar con paso firme, si es que no está ya dentro de ese terreno inquietante, del tribalismo primario, que necesita cometer actos tan alarmantes como destruir lo que encuentra a su paso para reafirmarse en el vacío. Los medios de comunicación se han convertido en canales de propaganda, correas de transmisión del poder. La política, sobre todo la municipal, especialmente el Consistorio, es un océano de populismo.

Todo, al cabo, se retroalimenta: la era de peronismo en la que entramos sin darnos cuenta hace un lustro requiere un sinfín de identificaciones simples, mensajes sencillos, abundantes dosis de demagogia, escaso juicio e intenso sentimiento tribal. Probablemente esto último es lo más alarmante:cuando la gente actúa como una turba, sin respeto, sin contemplaciones, incendiada por un falso y efímero sentimiento de supremacía que no es más que el reverso de su propia impotencia, todo puede estallar. Resulta incluso raro que no lo haya hecho del todo. Ojalá me equivoque, pero que Sevilla sea una diosa acéfala parece el preludio de un tiempo en el que la vida, como dijo Lorca, ya no será noble, ni buena, ni sagrada.

La ciudad posible

Carlos Mármol | 13 de mayo de 2012 a las 6:03

Sevilla carece de un proyecto urbano propio que la saque del marasmo económico. El Ayuntamiento se entretiene en cuestiones menores y golpes de efecto mientras la devastación sobre el empleo aumenta.

John Bunyan, el predicador inglés, autor de The Pilgrim´s Progress, una novela metafórica sobre la salvación del alma que es uno de los libros más leídos en lengua inglesa, debería haber nacido en Sevilla. El destino, en cambio, quiso que viera la luz primera en Elstow, una pequeña aldea británica. A pesar de la enorme distancia –en el tiempo y en el espacio– que nos separa de él, uno de los elementos dogmáticos que defiende en su obra, una suerte de embrión del puritanismo religioso, resulta ser mucho más aplicable a la situación por la que pasa la capital de Andalucía que a los villorrios baptistas por los que discurrió su existencia, marcada por el afán de predicar su evangelio sin el correspondiente permiso legal; costumbre que le llevó a prisión durante algo más de una década. Ya entonces se sabía que decir a los demás lo que se piensa en público era fuente segura de problemas. Nada nuevo bajo el sol.

Bunyan relata en este libro su viaje alegórico desde la Ciudad de la Destrucción a la Urbe Celestial. Una especie de sendero iniciático. La ardua búsqueda de la salvación. Camino similar deberíamos estar recorriendo los sevillanos en estos momentos de quiebra de todos los valores materiales y anímicos en los que hasta las cosas que parecían ser más seguras se tornan hipotéticas. Y, sin embargo, aquí estamos como siempre: parados, esperando los trenes de fuera –que no van a llegar– y con el discurso aldeano de que hay que ponerle una alfombra roja a quien quiera venir a salvar a Sevilla de la lamentable situación en la que se encuentra. Como si todavía existieran los profetas.

Paradójicamente, en estos tiempos de zozobra la gente cree, y hasta vota, a los políticos milagrosos. Lo que viene ser igual a pensar que los hechos inauditos existen. Sin entrar en materia de fe, la estadística desmiente a diario tal aserto, pero esto no impide que muchos se arropen en nuestros propios tejidos puritanos –las hondas tradiciones, las esencias– como única defensa ante la enorme incertidumbre, que crece por doquier. La actitud del avestruz: esconder la cabeza y mirar hacia el suelo. Disimular. No cruzar la mirada con el peligro. Fingir tranquilidad e ignorar la realidad: las cosas no dejan de empeorar.

Sevilla carece en estos momentos de un proyecto urbano propio para tratar de navegar en mitad de esta tempestad. El que se trazó hace ya un lustro –plasmado en un Plan General que apenas si se ha puesto a funcionar– es perfectamente válido pero, a efectos políticos, parece no contar demasiado. La mayoría absoluta del PP en el Ayuntamiento, al menos en el año que lleva en el poder, no ha hecho más que gritar que su validez es cero y defender que es necesario superarlo. Curiosamente, este discurso –que no es cosecha propia, sino que responde a otros intereses; legítimos pero partidarios– se hace sin que nunca aflore de quienes critican al Plan General ninguna alternativa distinta a la jurídicamente vigente.

No es extraño que esto ocurra. Si la mentalidad de muchos, entre ellos los políticos, es que debemos ser salvados desde el exterior –en realidad lo más probable es que nos intervengan, lo que sería bastante más traumático– parece descontado que se dediquen, sobre todo desde el Consistorio, a esperar a que sobrevenga ese incierto milagro mientras nos entretienen, como en la Feria, con sus golpes de efecto –el mandato comenzó con la obsesión por el tenis; así seguimos– y el revisionismo fácil.

Mala cosa. No tenemos futuro alguno como ciudad, que no es sólo un territorio, sino una comunidad, más allá de nosotros mismos. Frente a la ciudad celestial que, con variantes distintas, nos vienen vendiendo desde la Plaza Nueva desde hace un año, en la que las grandes reformas se limitan a cambiarle el nombre de una calle –Marinaleda hizo lo mismo en sus tiempos míticos; ya se sabe que una revolución no es nada si no modifica el nomenclátor–, es necesario reivindicar la ciudad posible, que es la depende de nosotros mismos. De los sevillanos.

Habría que invertir por completo los términos de la discusión: no esperar de fuera ninguna salvación, sino salir a conquistar un destino plausible. Porque las soluciones, los proyectos, no son el maná bíblico, que cae del cielo porque Dios ha decidido alimentar a su pueblo, sino el resultado del trabajo, la solvencia y el talento de quien persigue un horizonte. La supervivencia, en este caso.

Sevilla sigue presa de sus habituales discusiones sobre la estética patria y el idealismo infantil sobre la urbe predestinada y elegante, mientras sus cimientos –que son la gente– se hunden en el barro del desempleo, la ruina y la quiebra diaria. Quizás todo está escrito y a esta generación de sevillanos nos va a tocar revivir las famosas estampas del 98: las últimas colonias americanas perdidas sin remedio mientras se jalean los toros en la Maestranza. Puede ser. Pero también, aunque es difícil, puede pasar que seamos al fin capaces de reaccionar.

Las sociedades inteligentes son aquellas que, además de permitir la discrepancia y el intercambio de ideas, dejan a sus individuos avanzar por sí mismos sin tener que depender –más allá de lo estrictamente necesario– de los rituales del hormiguero. El futuro se gana, no se espera. Sentarse a sestear en la estación no tiene mérito alguno: el tiempo discurre por su sendero sin que movamos un dedo. Lo meritorio es caminar, trazar un plan colectivo –fruto del consenso ciudadano; no de los intereses de los habituales linajes hispalenses– y trabajar en una determinada dirección con el mayor impulso posible. Salir fuera. Aprender. Equivocarse. Volver a la carga. Dejarse de discursos, concentrarse en los hechos. Dedicarse a la tarea.

Urge impulsar una profunda discusión ciudadana sobre esta cuestión. Quien espere que la iniciativa salga de los foros políticos es un perfecto ingenuo. O peor. Ni existe suficiente conciencia ni probablemente haya suficiente capacidad intelectual para asumir este enorme reto. Su papel, con suerte, consistirá en reaccionar, cosa que sólo se producirá si perciben a su alrededor un verdadero movimiento civil independiente que no sean capaces de controlar. Alguien que baje el telón del teatro.

La ciudad posible que podría ser Sevilla no va a venir de la clase política, sino de los ciudadanos, que son algo muy distinto a lo que algunos llaman la sociedad civil. Es la gente la que tiene que asumir su propia responsabilidad como ciudadanos, resolver sus incógnitas –si las tienen– y modificar la percepción del mundo heredada –porque el mundo tal y como lo hemos conocido hasta ahora se viene abajo;no va a quedar nada en pie– si quiere llegar a sobrevivir con cierto grado de autonomía. Y todo empieza por lo mismo:perder el miedo a hablar.

Sevilla debería dejar de ser una ciudad de silencios por miedo a situarse en el lugar equivocado. Una ciudad en la que en lugar de rogar, rezar y pregonar –rituales de las civilizaciones primitivas– se empiece de una vez a argumentar, inventar y colaborar.

Todas las ciudades nacen por un motivo determinado, concreto. En ocasiones es la geografía –el vado de un río es nuestro caso–, la economía o el simple capricho de un príncipe –éste, por ejemplo, es el germen de la urbe barroca– pero lo que está comprobado, principalmente porque nos lo enseña la historia, maestra de la vida, es que cualquier ciudad, por sólida que nos parezca, incluso aunque como Roma sueñe con convertirse en una urbe eterna, puede morir –sin dejar de existir sobre un plano físico– si sus propios habitantes no son capaces de impedirlo.

El sendero de la diáspora

Carlos Mármol | 29 de abril de 2012 a las 6:05

La negra sombra de la crisis y el incremento del paro provocan que muchos sevillanos se vean forzados a salir al extranjero en busca de un futuro menos malo. Una contradicción en la ciudad que los políticos llaman del talento.

La crisis económica se ha convertido, sobre todo en Sevilla, en la negra sombra a cuya fúnebre memoria le dedicó un hermoso poema Rosalía de Castro hace más de dos siglos. Una negra sombra que nos asombra por su extraordinaria longevidad. El deterioro de la situación social en la provincia superó hace tiempo los límites de lo soportable –cinco años seguidos de paralización casi total de la economía real– y empieza a derribar sin piedad los proyectos de vida de una buena parte de los ciudadanos, en especial aquellos que sufren la extendida lacra del desempleo.

La génesis del infarto económico tuvo lugar hace ahora un lustro. Sus consecuencias más funestas han viajado a lo largo de todo este tiempo, como si fueran una bomba latente, gracias a la extrema capilaridad del sistema global en el que hemos convertido el orbe. Su devastador efecto alcanza ya, de una manera y otra, a casi todos. Cada cual lo soporta a su manera: unos con resignación, otros con ira;los más, con grandes dosis de desencanto. Algunos están mucho mejor que otros, como siempre. Pero casi nadie se atreve a mostrarse optimista, al menos en público, ante el sombrío porvenir general. No se vislumbra ni gota de esperanza.

Puede que lo peor –todavía– esté por llegar. Quién sabe. Los expertos financieros explican que, con independencia de cuál sea la evolución de la economía mundial, la situación española no va a verse aliviada hasta que no fluya el crédito bancario. “Hasta que haya una demanda solvente”, explicó hace unas semanas el gobernador del Banco de España, que sin embargo no aclara cómo se puede encontrar “una demanda solvente” –el prestigio bancario que una vez mencionó por estos pagos el ex presidente del Betis– en un país con nuestro índice de paro y con una deuda pública, pero también privada, que tardará en pagarse varias generaciones. Y sin que haya responsables de la burbuja inmobiliaria, el terrible cáncer que provocó la muerte.

Por eso no es raro, ni sorprendente, ni siquiera malo, sino todo lo contrario, que algunos –los más jóvenes, pero no únicamente ellos– empiecen a perseguir otros horizontes distintos a los que, según la retórica hispalense más costumbrista, nos ofrece el Guadalquivir a su paso por Sevilla. No es cosa nueva –otras generaciones de sevillanos lo han estado haciendo durante siglos– pero visto en relación a las tres últimas décadas, las de la autonomía, casi parece ser un hecho excepcional. Sevillanos marchándose de Sevilla. Una estampa casi irreal.

Y, sin embargo, sucede. Está pasando desde hace al menos tres años. Desde 2009 el porcentaje de emigrantes sevillanos ha crecido más de un 17%, una cifra que, aunque está lejos de la que registran otras provincias andaluzas como Almería, tierra de exilio económico atávico, supone una muestra –estadística– de que la percepción de los sevillanos sobre su futuro no está ya ligada al terruño, sino al pragmatismo. Hay que buscar fuera lo que aquí no existe, no se puede crear por las condiciones objetivas y ambientales o sencillamente es imposible que termine dando frutos. Cualquiera de las tres causas parecen razones más que suficientes.

El proceso de éxodo económico que han iniciado los sevillanos, y que irá a más si el rumbo de las cosas no gira, se nutre sustancialmente de la capital y de su entorno metropolitano. La ciudad difusa que nos ha dejado en herencia la historia, la política y el monocultivo inmobiliario que transformó la comarca del Aljarafe, antaño fértil y lírica, en una gigantesca urbanización a cielo abierto similar a Brasilia, donde el coche es necesario hasta para ir a la farmacia a comprar aspirinas.

Evidentemente, pensarán algunos, se trata de una cuestión de causa mayor. La política municipal tiene poco que ver con este exilio en camára lenta que dirige a muchos de los sevillanos mejor preparados –quizás no sean, frente a lo que dice el tópico, los mejores del mundo, pero está muy claro que los únicos de los que disponemos en Andalucía– hacia una diáspora cuyas raíces son económicas pero bajo la que late un sustrato cultural. Porque los sevillanos que se van, en cierto sentido, han aceptado la derrota:las cosas no se pueden cambiar, o no merece la pena cambiarlas, en Sevilla, donde la vida oficial sigue rigiéndose, con todas las variantes que queramos ponerle, por los mismos principios del siglo XIX.

Lo paradójico no es que este movimiento de huida alcance una intensidad que no recordábamos, sino que se produzca al mismo tiempo que el discurso de los políticos locales está vinculado precisamente a ideas que tendrían que impedir que la decisión de abandonar Sevilla fuera obligada, sino una opción voluntaria, libre y derivada de los proyectos personales, más que debido a las circunstancias económicas.

Durante la campaña electoral de las últimas elecciones locales –hace apenas diez meses– los socialistas, que en la carrera por conservar la Alcaldía partían con una desventaja que después terminó convirtiéndose en la mayoría absolutista de la que disfruta Juan Ignacio Zoido, el actual regidor, acuñaron un lema para su candidato –Juan Espadas– que buscaba identificar a Sevilla como “una ciudad con talento”.

El mensaje era hermoso –al menos se alejaba de las tradicionales esencias patrias o, quizás, las reformulaba en términos distintos– pero no era más que eso. Una frase. Un mensaje. Un simple anhelo. Poco más. Su falta de contenido real no fue, sin embargo, reparo alguno para que el actual regidor le robara la idea al hoy jefe de la oposición municipal en su discurso de investidura, donde habló mucho, de forma extrañamente reiterativa, del “talento de Sevilla” como uno de los atributos a conservar y potenciar durante su era. Su mandato lleva casi un año de vida. Y hasta el momento esta cuestión sigue absolutamente virgen. Por explorar.

Que en Sevilla a lo largo de su larga historia han existido altas dosis de inventiva, creatividad y genialidad no cabe ninguna duda. No sé si en esto somos mucho mejores o peores que en otros sitios, pero indudablemente nos encontramos lejos de determinados lugares comunes que en Madrid, por ejemplo, se tienen del Sur de España, donde nos retratan con desconocimiento y cierta prepotencia.

Baste recordar ciertos comentarios políticos tras las últimas elecciones autonómicas –en las que el PP ganó pero perdió, y socialistas e IU perdieron pero han ganado– para entender a qué me refiero. Aunque el mal en cuestión no es exclusivamente cosa exterior:la teoría de que África empieza en Despeñaperros es muy antigua y, por lo que se ve, ahora goza de notables profetas, acaso porque no soportan la caída de sus propios ídolos. No es tampoco muy de extrañar:les supone la ruina. Literalmente.

Ahora bien, todo esto no impide admitir la evidencia:el talento de Sevilla suele dar frutos más fácilmente en otros lugares, antes que aquí. Es así de simple. La lista de insignes expatriados hispalenses es nutrida y conocida. Desde Manuel Chaves Nogales a Cernuda; desde Machado a Velázquez. Con esta nómina difícilmente puede sostenerse que esta ciudad, más que la urbe del talento, no sea más bien la urbe del espanto y la resignación, un lugar del que hay que huir lo antes posible si realmente se quiere progresar en la vida.

La Sevilla Eterna acostumbra a utilizar dos tácticas simultáneas frente a aquello que no puede controlar. Primero –si puede– juega a ignorarlo. Después, si esto no le funciona, intenta fagocitarlo, integrándolo en su escala de valores; anulándolo, al cabo. El talento siempre es libre. No es de extrañar que viaje.

Los ‘muertos’ no se tocan

Carlos Mármol | 22 de enero de 2012 a las 6:05

La crisis de los socialistas sevillanos, provocada por la decisión de la dirección regional del PSOE de copar manu militari la lista de los delegados al congreso federal, termina con una derrota disfrazada de empate.

La última guerra púnica de los socialistas sevillanos, la agrupación más importante de un PSOE menguante, ha sido la más violenta de cuantas se recuerdan por estos pagos, habituados desde antiguo a resolver con dagas brillantes, y de madrugada, los viejos conflictos familiares mientras se reivindica sin reparos el singular sentido meridional de la santa lealtad. Hoy te abrazo con ternura; mañana quizás te asesine por la espalda. Quién sabe. No es nada personal: sólo es política.

Desde 2004, cuando el aparato regional en pleno se rebeló contra la mayoría natural del PSOE de Sevilla, representada por José Caballos, con una vehemencia que era fruto del terror, más que de la valentía, no se había visto tanto calibre en las dentelladas. La historia ha vuelto a repetirse ahora, para estupor de los militantes a los que de verdad les duele el postrado presente de su viejo partido, durante toda esta intensa semana. Aunque con ciertas variantes en relación a aquel agrio congreso de hace ya casi ocho años.

Muchos actores han revivido las mismas escenas de entonces, pero con papeles distintos. Verdugos de antaño han pasado a ser víctimas repentinas, mientras otros sufrían un extraño dèja vu por persona interpuesta. Las circunstancias, de todas formas, son un poco diferentes. En 2004 había un elemento esencial que ya cada vez es más dudoso: una perspectiva real de seguir cerca del poder. Cosa que a setenta días de las próximas elecciones autonómicas no está nada clara. Ni de lejos.

La batalla de los delegados al congreso federal (que promete ser épico) terminó ayer a destiempo, con la tarde más que avanzada, el cuerpo cortado y un ceremonial con forma de pax armada. Lista única. Empate aparente. Sonrisas forzadas y un amargo sabor de boca después de una larga madrugada de ceniza en la que los principios de acuerdo se rompían sin pensar que, en la vida, a veces hay pulsos que aunque parezca que se están ganando en realidad se pierden. Sólo cabe disfrazarlos y esperar. El verdadero conflicto, que es mucho más profundo y tendrá sus inevitables réplicas inmediatas en las listas autonómicas, y en el panorama que se abrirá en función de lo que ocurra en el mes de marzo, recién ha comenzado. Será cruel.

El parte bélico es éste: todos los soldados, generales incluidos, están muertos. Pero, en realidad, ellos todavía no lo saben. La metáfora usada por uno de los principales actores de la tragicomedia socialista, el presidente de la Diputación Provincial, Fernando Rodríguez Villalobos, que habló de muertos (políticos) vivientes que aspiraban a resucitar, no pudo ser más certera. Al tiempo que inoportuna, porque en el PSOE sevillano casi nadie puede ya tirar la piedra sin esperar recibir, a su vez, una pedrada del contrario.

El congresillo socialista de ayer, en realidad, fue una misa vociferante de difuntos. Una verdadera puesta en abismo. Un velatorio con un finado (el propio PSOE) cuyo duelo parecía la tropa del libro (ahora también película) de Rafael Azcona. Los muertos no se tocan, nene.

Todo comenzó con una especie de golpe de estado. Fruto tanto de la inconsciencia como de la debilidad. La difícil situación interna del PSOE en Andalucía (conflictos en casi todas las demarcaciones provinciales) provocó que la batalla de Sevilla, que podía haberse diluido sin problemas, se transformara en una guerra a vida o muerte. A sangre. O se ganaba (por decreto) o no habría monedas suficientes que cambiar en el cambalache de talentos que será el inminente cónclave federal.

Los números, que no salían, precipitaron el conflicto e hicieron estallar una pugna en la que lo que se decidía no eran ya los enviados al congreso mayor, sino el propio control del partido en Sevilla (un cónclave ordinario por adelantado, sin que mediara convocatoria alguna), la mayoría política estable de la organización y, sólo por extensión, el posicionamiento oficial en el duelo Chacón/Rubalcaba. Por ese orden.

Como todas las guerras, incluso las caprichosas, requieren de algún tipo de argumento moral, al igual que las dictaduras suelen intentar dotar de cierta representatividad las imposiciones, la actual dirección regional recurrió a tres argumentos y a un ariete para dar la batalla. Las razones más o menos se resumen así: la mayoría de Sevilla debe copar toda la lista de los delegados al congreso federal, el actual secretario provincial (José Antonio Viera) está políticamente muerto por el escándalo de los ERES y quien no esté con San Vicente es que discute al presidente de la Junta, José Antonio Griñán, que, sorprendentemente, se precipitó al avispero del PSOE sevillano sin reparar en que su mayoría en Andalucía depende de esta agrupación provincial.

El ariete elegido era el más convincente: Villalobos, que ocupa un cargo honorífico en la ejecutiva provincial pero tiene en su mano la llave de las nóminas de cientos de militantes socialistas y asimilados. La Diputación Provincial. El mensaje estaba claro: se trataba de las cosas, cada vez más escasas, de comer. La ideología brillaba por su ausencia en todo el planteamiento de guerra.

La victoria, además, parecía segura a tenor del antecedente de 2004. Al final, hubo derrota (es de suponer que en buena medida debido a lo bronco del planteamiento de origen), aunque se disfrace de empate ajustado y la cosecha no se quiera remover en demasía para no minar todavía más la imagen del candidato a la reelección en la Junta, que se ha alineado con una parte del partido en Sevilla en detrimento de la contraria. Un error mayúsculo. Tanto como para lograr el inaudito milagro de convertir en aliados coyunturales (vieristas y minorías críticas) a los más antiguos enemigos. Realmente notable.
De humor negro.

¿Qué ha ocurrido? Pues que parece que el supuesto muerto decidió fenecer con cierta dignidad. Ya se sabe: cuando a uno ya no le queda casi nada que perder es cuando, paradójicamente, las victorias, o las derrotas honrosas, como se quiera llamar al resultado final, son más fáciles. Se puede arriesgar hasta el final. Uno quizás seguirá estando muerto sin saberlo pero, al menos, ganará el tiempo suficiente para elegir cómo será su propio entierro y, en su caso, hasta los herederos.

La fragmentación en dos del PSOE sevillano, episodio que ya avanzamos hace casi un año, en el mes de marzo de 2011, en una de estas vueltas de la noria, cuando el timón del partido en Sevilla no era todavía resultado de una disputa en campo abierto, sino soterrada, no va a dejar a nadie vivo si dentro de unas semanas se produce el posible derrumbe del Imperio Romano, que es San Telmo (Palacio). Todos los actores de la tragedia (para ellos) o de la comedia (para el PP) son difuntos previsibles: los críticos seguirán siendo minoría, los vieristas tendrán que asumir la rotunda erosión del escándalo de los ERES y los susanistas, si no salen bien del congreso federal y pierden las elecciones autonómicas, pueden llegar a convertirse en jóvenes cadáveres. Salvo Villalobos. Hasta Griñán, con su retórica autosuficiente, está invitado al entierro, que probablemente será en un camposanto yermo. Con el nuevo sol en su cénit.

Parece que durante esta semana de ira bíblica (varios de los personajes de la trama tienen barba de evangelistas), mientras los socialistas sevillanos se apuñalaban con estrépito para confeccionar una simple lista de nombres, nadie pensaba en los motivos del deceso que viene. Parte médico: la sociedad, preocupada por el paro, la debacle económica, la falta de futuro, el desastre cotidiano, dejó de prestar atención a la eterna función bélica del PSOE, que, en vez de lanzar un mensaje para capear la crisis sin renunciar a determinados valores, prefirió dedicarse al descabello mutuo.

Un mensaje glorioso a sólo unas semanas de ir a las urnas. Laus Deo.

El signo de los tiempos

Carlos Mármol | 18 de diciembre de 2011 a las 6:05

Los nuevos presupuestos municipales de Juan Ignacio Zoido no solucionan los problemas estructurales de las empresas del Ayuntamiento de Sevilla y son el preámbulo del duro ajuste que comenzará en primavera.

No va a ser algo inmediato, cosa de un día para otro, pero el inevitable proceso de ajuste de la estructura administrativa global del Ayuntamiento de Sevilla ya está en marcha. Los presupuestos que esta semana ha presentado el gobierno del PP, que destacan por vender una discreta reducción de los gastos corrientes y prácticamente convertir en una utopía el capítulo de las inversiones municipales, tienen un reverso (para algunos tenebroso, para otros lógico) que consiste en recortar significativamente (20%) la partida de transferencias de capital público que reciben la mayoría de las empresas y organismos autónomos del cabildo sevillano.

Del tijeretazo sólo se ha librado Tussam. Consecuencia de la crítica situación por la que desde hace años pasa la empresa municipal de autobuses, quebrada de facto tras doce años de gestión socialista (la firma siempre fue deficitaria, aunque nunca en las magnitudes actuales) y ahora nuevamente herramienta para los guiños electorales del PP, que ha decidido mantener un generoso cuadro de bonificaciones a pesar de que durante su etapa en la oposición solía alertar de que las iniciativas sociales van en perjuicio de la salud financiera de las compañías municipales.

El descenso de los fondos de las sociedades publicas del consistorio pudiera contemplarse en apariencia como una señal de austeridad política. Es una verdad a medias. Quizás podría también considerarse una medida adecuada en un contexto económico diferente (ahorrar tiene sentido cuando hay ingresos; cuando se vive en la ruina es sencillamente imposible) pero en la coyuntura vigente más bien parece anunciar la llegada a la gran encrucijada por la que antes o después pasarán las empresas públicas de Sevilla: los cambios en su actual sistema jurídico de gestión. Lo que algunos llaman privatización.

De momento no se ha producido ningún anuncio oficial que avale esta tesis. Es cierto. Aunque las noticias realmente importantes, y con costes sociales y políticos, nunca se desvelan con demasiada antelación. Al contrario: suelen adoptarse nada más llegar al poder (para que se olviden más fácilmente), de improviso y, últimamente, justo después de haber pasado por el trance electoral. Algo que convierte el hecho de votar en una estafa: los ciudadanos, como ha ocurrido en el caso de las elecciones generales, y en cierto sentido también en las municipales, sólo votan para expulsar a quien gobernaba, pero sin conocer el programa político que se les va a aplicar. Circunstancia que, por lógica, tiende a hacer pensar que será impopular, duro e inaceptable. Mejor no contarlo y aplicarlo una vez pasado el ritual de las urnas. Basta, sin embargo, mirar un poco alrededor para darse cuenta de que los tiempos duros que vienen (como anuncia hasta el Rey) lo serán para unos más que para otros y, de cualquier forma, supondrán que muchas de las situaciones que se antojaban eternas, permanentes, no volverán a ser como antes. Ni seguirán tampoco como ahora.

Esta semana el presidente de la patronal española, Rosell, ha propuesto que se despida a los empleados públicos (los funcionarios son una estirpe distinta) que no tengan funciones encomendadas. Intenta así abrir un debate para que la agenda del nuevo Gobierno que será nombrado la próxima semana comience por cuestionar el gran principio de la función pública: que es vitalicia. La historia no es nueva, pero a muchos todavía les parece inverosímil, increíble. Ocurrió en su día en la Argentina (los tiempos del corralito y el colapso moral y económico de la nación austral) y está pasando en Grecia. Incluso en Granada, que no está tan lejos, el Ayuntamiento del PP, como casi todos, anunció hace días la desaparición de una serie de organismos municipales creados en etapas de prosperidad relativa. Entre los organismos eliminados está incluso la Gerencia de Urbanismo, el gran foco de poder, junto a la Alcaldía, de cualquier consistorio.

La crisis ha instaurado un nuevo dogma político. Es el propio de los momentos de derrumbe: “Todo está sujeto revisión”. Dentro del concepto revisión se incluye la palabra ajuste, que en realidad es recorte. Reprogramación, según la vieja terminología del PSOE. Tras cuatro años de debacle económica, con un paro galopando como un caballo demente y las empresas en el esqueleto (muchas pregonan ahora el discurso de rebajar los sueldos porque algunas ya no tienen fondos ni para despedir, y si despiden más saben que su estructura no podrá seguir funcionando), las miradas se dirigen hacia el sector público. La disyuntiva es trágica: o los servicios básicos o los empleados públicos. Ambas cosas, en algunos casos, no son compatibles.

Probablemente algunos crean que esta reflexión es excesiva. Incluso que se adelanta a los acontecimientos. Veremos. Lo que sí habría que empezar a preguntarse, a menos que gusten las mentiras piadosas, es por qué si esta cuestión está empezando a estar en todas las agendas políticas (europeas, nacionales, incluso regionales; véase el caso de Cataluña) en Sevilla todavía se mantiene en un segundo plano. ¿Una singularidad de corte meridional? Puede que sí. Aunque en realidad es un mero simulacro: se llaman elecciones autonómicas.

El PP municipal ha condicionado toda su agenda de gobierno en Sevilla a los comicios regionales (en los que Javier Arenas se juega todo a César o nada, como César Borgia) y es lógico que desde la Alcaldía no se den pasos para sembrar la semilla de la inquietud entre los empleados municipales, especialmente cuando una de las tácticas del PP andaluz ha sido posicionarse a favor de los funcionarios en el duro conflicto que mantienen con el Gobierno andaluz. Y, sin embargo, la rueda no está quieta. Se mueve.

Esta semana el ejecutivo de Zoido, además del recorte en las transferencias, ha resucitado el proyecto de Monteseirín (esta herencia al parecer no les parece contaminada) de crear la Corporación Municipal DeSevilla. El holding empresarial que en su momento llegó a ambicionar dirigir, con quebranto económico notable para las arcas públicas, el hombre de confianza del ex alcalde, Manuel Jesús Marchena.

La medida, con algunos cambios cosméticos, reaparece ahora con el argumento del ahorro. En positivo. Ya. Hay quien no lo ve igual: la nueva corporación municipal puede ser el principio del plan de reconversión del Ayuntamiento, una nueva superestructura libre de compromisos que impondrá un único convenio colectivo a todos los empleados municipales (con cláusulas adecuadas a los nuevos tiempos) e impulsará un modelo de gestión privada para empresas que, de momento, son públicas. Y ruinosas.

La cosa tiene poco misterio. Puro sentido común: si en los tiempos actuales las entidades y organismos municipales reciben menos transferencias públicas, no pueden endeudarse ni para gastar ni para invertir, sus ingresos estructurales siguen mermando (Urbanismo depende de un mercado inmobiliario desaparecido; Lipasam y Tussam de precios inferiores a los costes) y el Consistorio no sube los impuestos, el Ayuntamiento está abocado al colapso. Emvisesa, la empresa de la vivienda, parece ser el campo de pruebas para el experimento: en 2012 no iniciará ningún proyecto nuevo. Un derribo mudo. Con silenciador. ¿Los argumentos? Siempre queda la justificación habitual: la herencia recibida. Y el signo de los tiempos. La nueva era comienza en marzo. Está escrito.

Los pies en el suelo

Carlos Mármol | 11 de diciembre de 2011 a las 6:05

Sevilla tendrá que enfrentarse tras la celebración de la Copa Davis y la Navidad a la angustiosa realidad social de 87.000 familias sin ingresos regulares y a un incremento interanual del desempleo de casi un 9%.

El fin nos devuelve de nuevo al principio. En nuestro caso, nos deja en un recodo del camino. Igual que a Sísifo. Los últimos compases del año, que va camino de su término, igual que los ríos, y Sevilla existe sencillamente porque era un punto estratégico junto a un secular cauce de agua, nos legan imágenes vidriosas. A pesar de todos los espejismos, tan comunes en tiempos de zozobra, en los que los asideros se inventan si no se divisan con facilidad, la realidad circundante sigue siendo cruda. Y no se avista el cielo despejado en el horizonte.

Tras la celebración de la final de la Copa Davis, de la que el gobierno municipal ha hecho bandera política propia (con notable éxito, según la lectura general), y la celebración (es un decir) de la Navidad, que suele disfrazar de falsa concordia los vicios del resto del año, la ciudad tendrá que enfrentarse en enero a su principal conflicto mayor. No se trata de un nuevo capítulo del eterno bucle sobre su propia identidad, de las luchas de poder entre sus clases dirigentes o de sus exaltaciones anuales, sino de una cifra: 87.000. Son las familias que, según los últimos datos oficiales, no cuentan ya con ingresos regulares. Gente normal a la que el cielo se le ha caído sobre los hombros.

El desempleo, el principal problema de España, ha marcado el resultado de las dos últimas convocatorias electorales (municipales y generales) y probablemente será el factor distorsionador de las inminentes autonómicas. Cosa que, paradójicamente, no ha provocado que los actuales responsables públicos (en especial en el caso de la ciudad, donde se produjo un explícito cambio de gobierno) lo asuman como su prioridad máxima. Casi la única.

Antes de nada, hemos elegido sacar pecho: organizar un evento deportivo internacional y mediático que, incluso con sus aparentes beneficios, y con independencia de los números definitivos, nunca estuvo en la agenda real de los votantes, sino más bien en la mente de los (nuevos) gobernantes. Pues bien: la fiesta, si es que alguna vez comenzó (para algunos lo ha sido más que para otros), ha terminado. Es tiempo de ponerse a trabajar en serio.

El incremento del paro sigue ahondando la decadencia (económica, pero también moral) de Sevilla y, frente a esta evidencia, de nada sirven las buenas palabras, ni las oraciones. Tampoco las bendiciones. Mandan los hechos. Y son ciertos: cerca de 18.000 personas han perdido su empleo en el último año 2011. Casi un 9% más que hace apenas doce meses.

No parece que haya motivos sólidos para celebrar nada, salvo la costumbre estacional de terminar el año con villancicos. A lo sumo, la única causa de alegría sería el hecho de estar todavía vivo, aunque, en el caso de cientos de sevillanos, dicho consuelo no evite la honda incertidumbre de ignorar realmente cuál será su porvenir, dadas las negras perspectivas laborales y económicas con las que se anuncia el próximo 2012.

El verdadero reto que Sevilla tiene por delante es mucho mayor que un simple torneo deportivo. Se agradecería por tanto que nos dejásemos de simulacros. Y nos concentremos en lo básico: salir del agujero negro. La tarea es enorme. No depende de una única persona, aunque algunos (en su beneficio inmediato) hayan querido plantearlo así en alguna ocasión, pensando que quizás los excesos pretéritos no lo atraparían en el presente inmediato. Nadie espera milagros. Simplemente necesitamos lo que los clásicos llamaban animus: un cierto espíritu. La intención sincera de situar esta cuestión en el primer lugar de la agenda política, dejando los ridículos golpes de efecto.

El mejor servicio que el actual gobierno local podría hacer a la ciudad sería acometer este viraje de forma urgente. Sin demoras. Primero, por un mínimo sentido de la coherencia: es lo que la gente votó en las municipales. Y segundo porque, aunque su gestión esté profundamente marcada por los intereses partidarios (el afán del PP de ganar las presidenciales de la Junta de Andalucía) un cambio de rumbo no le perjudicará. Más bien al contrario: ¿qué mejor discurso político puede haber que empezar a aplicar justo en Sevilla medidas políticas serias para poder reducir el desempleo?

Nuestro problema económico es estructural. De fondo. No puede salvarse en un par de días ni se somete a los tiempos que dicta la política gestual a la que tan dados son los políticos en estos tiempos. Es cierto. Pero de alguna manera hay que empezar. En eso consiste el cambio. ¿Qué mejor modo que abandonar las eternas declaraciones de intenciones, olvidar el vicio de los lemas y buscar la colaboración frente al agravio?

Un ayuntamiento, cualquiera, tiene medios muy relativos para enfrentarse a este problema, que en el caso de Sevilla es mucho más local que global. Aunque este factor no implica necesariamente renunciar (o desviar hacia otros ámbitos secundarios) el papel de referente político que juega cualquier alcalde. Sobre todo si cuenta, como es el caso de Juan Ignacio Zoido, con un respaldo democrático rotundo. Sin dudas.

Los próximos meses serán claves para poder consolidar o corregir las primeras impresiones, algunas de ellas inquietantes, que se han sucedido durante los primeros seis meses de gestión del nuevo ayuntamiento. Los ciudadanos reclaman soluciones a los problemas (especialmente en el terreno laboral) pero intuyo que no las quieren a cualquier precio. Quedarse sin trabajo no deja a nadie sin dignidad ni inteligencia. Y una ciudad nunca debe venderse al mejor postor. Inventos pasajeros además deberíamos empezar a ver pocos.

Las prioridades están claras desde hace mucho tiempo: hay que ayudar a las empresas sevillanas, pero para que logren sobrevivir y creen empleo en la medida de sus posibilidades, no para obtener de ellas patrocinios interesados. Hay que ayudar a los parados para que salgan del agujero y aprendan e intenten convertirse en autónomos. Hay que mejorar los trámites legales (sin violar las normas básicas), modernizar el consistorio e implicar a las dos universidades en una tarea de ciudad. Abrir una discusión sobre la educación. Salir al exterior. Buscar salidas.

Con todos estos frentes abiertos, no parece prudente, ni lógico, buscar atajos amparándose en el dramatismo de la situación. O inventar conflictos donde no existen para ganar réditos electorales a corto plazo. Sería pura miopía. Sevilla tiene una hoja de ruta expresa en lo que a su ordenación urbana se refiere (el PGOU) y cuenta con la opción de aprovechar su potencialidad económica con un nuevo Plan Estratégico.

Nuestro drama no es fruto de la falta de planificación, sino de la gestión que se estila por estos pagos. De eficacia. Los nuevos presupuestos municipales, que serán los primeros que redacte el PP, no van a ser boyantes. Se los espera regresivos. No solucionarán nada más allá de constatar ciertas voluntades y servir de pretexto para seguir culpando al gobierno anterior de todos los males. Un magro consuelo que, además, tiene fecha de caducidad. Es inminente.

El objetivo es otro. Hacer que Sevilla se mueva en una determinada dirección. Algo que no debería ser patrimonio de nadie, sino de todos, y que es la mayor responsabilidad política del gobierno local. Hasta ahora se han tomado decisiones involucionistas (Plan Centro) y se han pagado innecesarios peajes. Las cosas no están mejor. Digámoslo en positivo: hay que dejarse de una vez de confiar en los talismanes, que son cosas de los aprendices de brujo, y empezar a trabajar para ganar un futuro que, en nuestro caso, debe ser más bien presente.

La línea negra

Carlos Mármol | 7 de agosto de 2011 a las 6:00

La economía sevillana continúa destruyendo empleo a pesar de la leve mejoría de los últimos datos del paro. Los despidos suben un 7% en apenas un año. Un tercio de los 212.867 parados carecen de ayudas.

La economía sevillana parece un verso suelto. No sabe rimar. Ni en asonante ni en consonante. Los datos oficiales del paro que se han hecho públicos esta semana, mientras el país vivía atónito, con el pasmo que acostumbramos a tener justo antes de las grandes debacles, el incremento de la prima de riesgo por la falta absoluta de confianza de los mercados financieros, certifican que la provincia no termina de abandonar su particular túnel negro. Estamos dentro, sin luz visible en ninguno de ambos sentidos. Y sin idea cierta de cuál es la distancia que queda hasta la boca de salida. ¿Existirá?

Mientras los analistas de bolsa y los expertos económicos, que forman un sanedrín no siempre objetivo, y que rara vez hacen algo más que certificar a posteriori las evidencias, discuten si España ha rebasado o no las líneas rojas que precederían a un hipotético rescate financiero –nuestro particular derrumbe como nación– las estadísticas del ministerio de Trabajo, algo más pedestres, han vuelto a resaltar el contorno del pozo en el que nos encontramos desde hace ya algo más de tres años. Toda una eternidad.

14.000 parados más

Su diagnóstico dice que las empresas sevillanas no abandonan la espiral de destrucción de empleo. Despiden todavía a un ritmo más que notable en relación a lo que está ocurriendo en el ámbito regional y estatal. En apenas un mes se han registrado 2.086 parados más en la provincia, lo que nos sitúa –dudoso mérito– a la cabeza del país en desempleados express. Sólo en el último año el incremento del número de despidos ha sido de casi un 7%. La vida diaria le ha cambiado para peor a más de 14.000 personas.

Algunos insisten en llamar a este proceso “ajuste”. Más bien parece un ajusticiamiento. El campo de batalla laboral es un páramo. Muchos soldados y poco rifles, en su mayoría averiados. No hay sector de actividad que se libre del incremento del paro, que afecta ya un total de 212.867 sevillanos. Ellos son las verdaderas víctimas de esta cruenta crisis económica, política, financiera y también, no conviene olvidarlo, moral. Porque en estas situaciones difíciles es cuando realmente se conoce a la gente. A los demás. A la vista de todos estos datos, parece evidente que como sociedad –entendida ésta como el proyecto de una determinada comunidad– hemos fracasado. Fundido en negro.

Estamos fuera de foco. El incremento del paro en Sevilla, además, es singular porque quiebra una tendencia global –leve y relativa, pero la única a la que podíamos agarrarnos– en la que algunos políticos aseguran percibir un cambio de tendencia. Una recuperación de la contratación en Andalucía y en España. Ojalá. Aunque la credibilidad de los dirigentes políticos, en este tema, está por los suelos. No caben esperar muchos milagros. No ocurrirán. Nunca fue más cierta la frase de Bob Dylan: “No necesitas un hombre del tiempo [léase un político] para saber en qué dirección sopla el viento”. Y cuando no hay viento, mucho menos.

El escepticismo reina. Y no es para menos. La subida del paro en la provincia es la más alta de los últimos tres años si la foto fija se limita exclusivamente al mes de julio. El manual al uso, que es el que manejan los políticos, acostumbra a repetirnos que en los meses estivales, dado el incremento del turismo y la actividad en el sector de los servicios –pilares de nuestra magra supervivencia–, lo lógico es que tiendan a mejorar los registros del Inem. Debería haber algo más de trabajo. Temporal, en su mayoría.

En esta ocasión, sin embargo, el augurio ha errado. Precisamente en julio las contrataciones en Sevilla han sido muy inferiores a lo esperado. Según los sindicatos –la patronal local anda estos días de agosto más ocupada en reclamar recalificaciones urbanísticas a la carta para multinacionales suecas con el usual argumento del empleo que en aportar soluciones imaginativas a la situación– los nuevos contratos han sido 9.244 menos. Lo que nos deja una conclusión evidente: la economía sevillana no va a levantar cabeza en mucho tiempo.
Quien sostenga lo contrario, como se ha oído decir a algunos políticos en los últimos meses, antes y después de la todavía reciente campaña electoral de las municipales, o es un ingenuo o falta conscientemente a la verdad. No sé cuál de ambos supuestos resulta en realidad peor.

El adelanto de las elecciones generales, con su correspondiente réplica autonómica en el mes de marzo (cosa curiosa: votar dos veces en menos de cuatro meses sospechando que no servirá para nada útil), provocará de nuevo que se repita el argumento de la piedra filosofal del empleo. Rubalcaba, el candidato socialista a suceder a Zapatero, ya ha dicho que sabe lo que hay que hacer. Notable. El PP se arroga un saber hacer económico que, visto desde la perspectiva de los años de crecimiento de la burbuja inmobiliaria –una de las causas de la crítica situación de la economía española–, no deja de causar asombro. Por no decir algo peor. Izquierda Unida, la tercera fuerza política, clama en un desierto con las mismas propuestas de siempre. Desde las instituciones no llega ningún mensaje válido. Ha tenido que ser el movimiento civil del 15-M –ridiculizado por unos,canonizado repentinamente por otros;ninguna de ambas cosas es buena– quien ha colocado en la agenda política nacional determinadas cuestiones. Mala cosa cuando la calle tiene que recordarle a los políticos cuál es su función.

Un otoño caliente

El malestar social es creciente. Si todavía seguimos siendo económicamente autónomos en el mes de septiembre –cosa que dependerá de lo que pase con los mercados este mes de agosto– el otoño será conflictivo. La situación del empleo no mejora. Los sindicatos mayoritarios –UGT y CCOO– preparan movilizaciones laborales para septiembre y octubre contra los recortes y la reforma de la negociación colectiva. Convendría preguntarse si éste es el camino. Aunque lo cierto es que su efectividad hasta ahora no ha sido mucha: el Gobierno saliente acometió las reformas sociales sin importarle el alto coste político. Y el que puede salir de las urnas –en España o en Andalucía– tiene un programa de ajuste bastante más duro. Cuentan además con la justificación perfecta: la culpa siempre será de la herencia recibida.

Basta analizar los primeros compases del nuevo gobierno local de Sevilla –la mayoría (absolutísima) de Juan Ignacio Zoido)– para darse cuenta de cuál va a ser el guión político después de estas dos elecciones si se cumplen los pronósticos que apuntan a una debacle socialista en dos etapas casi sucesivas.

Políticamente, pues, hay poco que esperar. Nuestros problemas económicos, además, no van a evaporarse de un día para otro porque responden a factores de índole estructural: escasa actividad mercantil; una cultura empresarial, al menos en el caso de Sevilla, decimonónica en sus formas y estrategias; un tejido laboral cuya formación es baja y, en general, una extraña voluntad de dependencia que nos condena a llegar los últimos a los sucesivos ciclos económicos.

Es cosa sabida: Sevilla vive las etapas económicamente buenas menos tiempo y mucho más tarde que el resto de España. Y las crisis, como está sucediendo con la actual, nos llegan en fase tardía y suelen ser bastante más cruentas. Nuestro problema no es pisar la línea roja, sino salir de la línea negra. La del paro. Nuestro cáncer.

Etiquetas: , , ,

Las guerras perpetuas

Carlos Mármol | 10 de abril de 2011 a las 6:35

Los partidos políticos de Sevilla continúan inmersos en una confrontación sin final en la que sólo cuenta derribar al adversario para conquistar el poder sin interesar demasiado lo que harán cuando lo consigan.

Endogamia, podría llamarse la figura. Sectarismo, según algunos. Autismo, en opinión de otros. Con independencia del término que se prefiera, el fondo es el mismo: los grandes partidos políticos de Sevilla continúan sumidos a menos ya de 50 días para la cita con las urnas en el agrio ceremonial de un conflicto perpetuo que, lejos de querer limpiar la vida pública, no persigue otra cosa que alcanzar el poder mediante el viejo recurso de manejar la percepción de la realidad que tienen los ciudadanos, con independencia de los medios necesarios (asunto éste trascendente) y hasta del fin (la utilización misma del mando).

El espectáculo recuerda mucho a los viejos juegos del circo romano. Gladiadores al ataque, crecidos, con tridentes y redes. Luchadores a la defensiva, esperando el momento adecuado para intentar forzar un contraataque. Gente caída sobre la arena, con motivo o sin él. Una jauría repentina que muerde con o sin razón. Y un público que por momentos está atónito (realmente es un espectáculo sorprendente), a ratos parece sonriente y, en algunos casos, incluso jalea a los distintos contendientes.

El panorama podrá parecer entretenido a algunos. La guerra, sobre todo si no nos toca de cerca, siempre ha sido una atracción. Ocurre sin embargo que, al igual que pasaba en tiempos de los romanos, cuando el público abandonaba el coliseo, donde generalmente dejaba de pensar para dar rienda suelta a sus instintos primarios (la crueldad, la sensación de dominio, el desconcierto), el imperio seguía igual: regido siempre por un tirano (rara vez se trataba de otra figura, por muchos aderezos que utilizaran los habituales cantores de gestas), sostenido gracias a la fuerza bruta y asentado sobre unos cimientos que no se apoyaban en los aciertos logrados en el ejercicio del poder (su correcta utilización para algún tipo de objetivo) sino sencillamente en su posesión. En el mero dominio.

No hemos cambiado nada. Esta semana la juez que investiga el caso Mercasevilla, cuya dimensión hace tiempo que saltó a escala regional y nacional, ha decidido imputar al primer teniente de alcalde del Ayuntamiento de Sevilla, Antonio Rodrigo Torrijos (IU). No es el primer acusado en la fase de instrucción judicial. Ni será probablemente el último. Sin embargo, su citación ha sido celebrada por algunos –el PP esencialmente– como una victoria política. Hasta el punto de jalearla en un foro tan poco dado a este tipo de excesos como el club Antares. Probablemente están en su derecho, aunque llama la atención el contraste: justo antes de desear que el candidato a la Alcaldía de IU “pasase a la historia” los populares defendían que su objetivo electoral real consistía “en ayudar a los demás y ser útiles a la sociedad”.

¿Se es útil a la sociedad celebrando una imputación judicial? Habrá quien piense que sí. O que dependerá más bien de quién sea el imputado. Evidentemente es una forma de verlo. Lo llamativo, en mi opinión, es cómo este tipo de episodios se manipulan sin rubor en beneficio propio. Se imputa a Torrijos y se hace una algarada. Se imputa a altos cargos socialistas y se les condena de antemano. En cambio, se aprueban, como ocurrió el viernes, unas listas electorales para Valencia con un sinfín de sospechosos, igual de imputados que Torrijos o que otros muchos altos cargos socialistas del Ayuntamiento de Sevilla y de la Junta de Andalucía, y la actitud de los populares, sumidos en su particular cruzada salvífica, consiste en establecer diferencias. Matices. Castas. Justo lo mismo que durante años han hecho los socialistas (ambiguos durante mucho tiempo con la presunta corrupción en sus múltiples formas) y, en el caso de Sevilla, hace ahora la coalición de izquierdas. De los andalucistas, que pregonan precisamente su naturaleza diferencial en estas elecciones locales, basta echar un poco la vista atrás para recordar épocas no demasiado brillantes. ¿Quién osa presumir de coherencia?

Habrá, evidentemente, quien vea este ceremonial algo propio de la dialéctica política. Quien estime que esto es inherente a la lícita confrontación partidaria. Es una forma de pensar. Yo, al contemplar el panorama, no veo ninguna excepción, me cuesta encontrar algo de coherencia entre lo que dicen y lo que hacen todos los políticos y no reconozco señales que induzcan al optimismo. Me acuerdo además de lo que un ciudadano anónimo decía el otro día en un periódico: ¿Qué me importa a mí lo que ocurra con Zapatero, las primarias de los socialistas, la victoria de Rajoy, la escalada de Zoido a la Alcaldía, la pelea (de pandilla) entre Chaves y Griñán y todas estas cosas si el seguro de desempleo que cobro temporalmente y con el que alimento a mi familia hasta que me salga algo de trabajo se termina dentro de apenas cuatro meses? Evidentemente, nada. Cero. Niente.

noria dom 10 baja

Las pugnas políticas son historias (eternas) de confrontación sucesiva, luchas por el poder y fruto de la competencia humana. Suelen discurrir casi siempre por los mismos senderos. Pero no son los únicos relatos válidos de nuestro tiempo. De hecho, son bastante secundarios sobre el asunto esencial: el extraño suicidio de una sociedad en la que valores como el esfuerzo, el talento y la excelencia sólo son meras palabras. Donde sólo cuenta lo que tienes, no lo que seas.

Acaso la causa real de la actual degradación del panorama político, que erosiona en su propia esencia una democracia que en España siempre ha sido mucho más formal que sustancial, consista justamente en este asunto: la progresiva pérdida de perspectiva de la clase política, los medios de comunicación, ciertos círculos sociales de influencia, poder y dinero y, en general, de la vida oficial con respecto a la calle. La grieta, histórica, cada vez se hace más grande. Va camino del abismo.

Hablamos de mundos desgraciadamente opuestos, cuyos objetivos, más allá de la retórica políticamente correcta, se han convertido en contradictorios. Son el reverso de la elogiada transición española, cuando todavía se confiaba (acaso ingenuamente) en el poder benefactor de la política. Por un lado están los ciudadanos ordinarios luchando por sobrevivir ante un panorama económico desolador, padeciendo una crisis que han provocado los propios excesos del sistema y que ningún poder político ha sido capaz de prevenir, probablemente porque en cierto sentido algunos se han beneficiado de ella; por otro, una casta dirigente, repartida en sucesivos virreinatos territoriales, a la que sólo le preocupa conquistar o retener el poder más que utilizarlo para conseguir ciertos fines colectivos. Comunes.

No digo que la situación esté provocada conscientemente, aunque a veces lo parezca. No hablo de ninguna conspiración secreta, aunque haya indicios de alguna. Probablemente, en la vida suele ocurrir con cierta frecuencia, la coyuntura obedezca en realidad a una confusión de partida, conceptual, de prioridades. Lo que ya es muestra de que la mirada de ciudadanos y políticos sobre la realidad (Sevilla, en nuestro caso) es completamente distinta. Opuesta. Una significativa evidencia que en los sondeos de opinión suele traducirse en un dato estadístico frío: los ciudadanos consideran que los políticos son el tercer problema de España tras el paro y la situación económica. Debe ser por algo

La rueda mientras tanto sigue girando. En menos de cincuenta días tendremos (quienes voten; en las municipales rara vez son más del 60% del censo) que elegir a la nueva corporación municipal (frente a lo que habitualmente se dice, no elegimos al alcalde; esto lo hacen los partidos). Un año después, si no antes, llegarán las autonómicas y las generales, trufadas previamente por el proceso de sucesión en el PSOE. Posteriormente, los correspondientes cónclaves regionales y locales de los socialistas. La guerra por el poder dura todo el tiempo. No termina nunca. El mundo real, mientras tanto, sigue hundiéndose. Gran espectáculo.

Apuntes sobre el derrumbe

Carlos Mármol | 3 de abril de 2011 a las 6:15

La crisis de los últimos cuatro años ha terminado con la vida de casi 6.500 empresas en Sevilla. El ritmo de decesos societarios se cobra un saldo de cuatro sociedades mercantiles al día. Un antídoto contra el optimismo.

Dos obras maestras. Un autor único. Una misma historia universal plasmada en dos estaciones contradictorias. Ascenso y descenso. Triunfo y caída. Juan Carlos Onetti, el escritor uruguayo (y por tanto periférico) que probablemente fuera el verdadero adelantado (a su manera; él que siempre creyó que no tenía sentido llegar a parte alguna) del boom de la novela hispanoamérica de la segunda parte del pasado siglo, narra en dos libros menudos, y desconocidos para muchos, la doble dirección que casi siempre recorre la vida.

De ida, con recaída inesperada final, en Juntacadáveres: la historia de un proxeneta que es expulsado de una ciudad (Santa María) tras haber logrado la proeza de haber gestionado un prostíbulo perfecto. De vuelta, hasta el bajofondo más miserable, en El Astillero, acaso la mejor metáfora (en términos literarios) que se haya escrito en bastante tiempo sobre eso que se llama el derrumbe de los sueños.

Se preguntarán ustedes qué diablos tienen que ver estos dos libros con Sevilla. Nada. Y, en realidad, casi todo: su enseñanza es perfectamente aplicable, salvando todas las circunstancias locales de sus respectivas historias, al devenir por el que ha pasado esta ciudad en los últimos doce años, coincidiendo más o menos con el inicio de la famosa burbuja inmobiliaria y su posterior y estrepitosa caída, que se ha llevado por delante el mapa financiero previo (en nuestro caso, local) y la confianza de una sociedad (la nuestra) que creyó con fe ciega en la ficción de la riqueza sin esfuerzo.

En los últimos cuatro años, desde que la recesión llegó con la firme voluntad de asentarse en el Sur de España, donde ya había tenido algún ilustre antecedente, se han destruido en Sevilla más de 6.500 empresas. Que viene a ser lo mismo que la desaparición de idéntico número de sueños. Probablemente bastantes más: todos soñamos (en mayor o menor medida) aunque no seamos propietarios de sociedad alguna. Siempre somos (en cierta forma) dueños de nuestros deseos y, en casi todos los casos, señores de nuestros fracasos.

La espectacular mortandad societaria, confirmada esta misma semana por la Confederación de Empresarios de Sevilla (CES), computa el cierre de 133 empresas cada mes. Cuatro al día. Unas cifras que el propio presidente de la patronal provincial, Antonio Galadí, ha calificado de “aterradoras”, al tiempo que ha reclamado a las administraciones públicas que impulsen de una vez los escasísimos proyectos industriales con alguna opción real para salvar a Sevilla. Fundamentalmente la ampliación del Puerto, el turismo y, en distinta medida, la actividad aeronáutica.

APUNTES SOBRE EL DERRUMBE baja

Los datos no son buenos. De hecho suponen un evidente antídoto frente al optimismo que algún candidato a la Alcaldía de la capital propone como receta para salir del agujero. Sólo en el último año el descenso en el número de empresas (el verdadero motor de una sociedad avanzada) ha bajado un 5%. Parece poco. No lo es.

Probablemente porque, si analizamos la tendencia reciente y el tamaño de la mayoría de las sociedades mercantiles sevillanas, nos demos cuenta de que nuestra estructura productiva dista mucho de lo que podríamos considerar un escenario pujante. Hablamos, casi siempre, de empresas pequeñas y medianas, muchas de ellas unipersonales, familiares. Meras formas de subsistencia, en unos casos; o instrumentos de progreso relativo en otros, pero siempre a escala muy discreta.

Según el balance que esta semana ha presentado la CES, los cierres empresariales, que se han convertido desgraciadamente en algo más que habitual, fueron especialmente numerosos en el sector servicios, el comercio y en el ámbito de la construcción. Sólo el turismo, la industria por antonomasia de Sevilla, presenta algunos síntomas (muy relativos) de una cierta recuperación. Leve.

El panorama no presenta síntomas de mejoría. Lo que quizás nos obliga, como el personaje de la novela de Onetti, a aceptar que el derrumbe del mundo circundante ya no es una posibilidad, sino toda una evidencia. En la narración del escritor uruguayo, el viejo proxeneta triunfante (desterrado al final del relato por una sociedad hipócrita que usaba sus servicios y al mismo tiempo se escandalizaba de ellos) retorna al lugar donde conoció el éxito (siempre casual), y del que fue desterrado, para hacerse cargo de una vieja industria naval, decrépita y sesteante, en la que, a pesar de las apariencias, la crisis (la muerte en términos psicológicos) se ha instalado del todo.

El astillero es un lugar para el fingimiento. Donde practicar la locura al modo de Voltaire: como una huida de la realidad hacia un modo de existencia imaginario. ¿No es precisamente eso mismo lo que hacemos en Sevilla cada año a partir de la cuaresma?

Se dirá que se trata de una bendita locura. Bueno. Cada uno puede asignarle el adjetivo, e incluso el sustantivo, que quiera. Pero lo cierto es que mientras Sevilla se prepara a vivir lo que muchos consideran su mejor época del año (a efectos turísticos no cabe duda de esto último) y los políticos andan por los barrios prometiendo ser capaces de mejorar el mundo más cercano, las estadísticas nos recuerdan que estamos atrapados en el astillero de Jeremías Petrus que da nombre al relato de Onetti, en el que la rutina se convierte en el único remedio para soportar una realidad demasiado dramática frente a la que no cabe más salvación que el autoengaño. “Un capitán se hunde con el barco, pero nosotros no nos vamos a hundir, estamos escorados y a la deriva, pero todavía no es un naufragio”, le dice un personaje a otro en el libro. ¿No es el mismo mensaje que pregonan estos días determinados políticos?

Las evidencias sobre la sima en la que se encuentra la economía sevillana son demasiado obvias para asentar cualquier discurso optimista sobre la ciudad. Parece natural que los candidatos a la Alcaldía lo hagan. No nos pueden decir la verdad porque ésta los convertiría a ellos en innecesarios. Aunque de sobra sabemos qué es lo que pasa. Nos tienen entretenidos (patronal y ayuntamiento, por ejemplo) con extrañas disputas sobre la representatividad del delegado de Economía de turno.

Mientras estas cuestiones nos ocupan, hay quien en su fuero interno (estas cosas nunca se confiesan) ya piensa como Larsen, el gerente sobrevenido de ese astillero que nunca se va a recuperar. “Se durmió pensando que llegaba el final, que dentro de un par de meses no tendría cama ni comida, que la vejez era indisimulable y que nada importaba”.

En Sevilla quien puede busca un empleo que no existe. Y los que todavía resisten (sin saber por cuánto tiempo) en algún puesto de trabajo, o similar, parecen haber aceptado mansamente el ritual que consiste en aceptar la farsa de que las cosas van a mejorar pronto. Por supuesto, habrá quien piense que tanto pesimismo es desagradable, que la botella está medio llena, en lugar de vacía por completo. Es una forma de verlo. Distinta. Incluso enternecedora.

Sospecho, sin embargo, como Onetti, que en realidad no hay signos para esperar ninguna sorpresa a corto plazo. Mucho menos de la vida: nos la sabemos ya de memoria (por otros que pasaron antes que nosotros por sus profundos surcos de arena) o la intuimos con una extraña lucidez. Mientras no cambien los datos económicos (y se modifique la percepción general de éstos, que curiosamente tiene bastante que ver con la doctrina de Cioran, el filósofo rumano del que estos días se ha conmemorado el centenario) en Sevilla podríamos decir lo mismo que se afirma en la magistral novela de Onetti. “Puerto Astillero está muerto. Nadie llega ni embarca”.

Etiquetas: , , , ,

El exilio inteligente

Carlos Mármol | 6 de febrero de 2011 a las 7:47

La disyuntiva es simple: quedarse esperando en vano la posibilidad de desarrollar una carrera profesional sin tener que pagar ciertos peajes o buscar aire en otros pagos. Los jóvenes sevillanos emigran en busca del futuro.

Para ser el centro del mundo, como sostiene la literatura costumbrista sevillana, lo cierto es que las cosas no pintan excesivamente bien para el Sur de España. Con un paro del 24% y la precariedad como único horizonte cierto –teniendo además algo de suerte– el horizonte de futuro de jóvenes (y no tan jóvenes) sevillanos es, más que limitado, negro. Oscuro. Se imponen los hechos agrios.

De los sevillanos se dice –no sé si con razón– que nos parecemos demasiado a los habaneros: para muchos de nosotros el universo entero se encierra en nuestra propia ciudad. Ocurre también en otros lugares, a los que cuesta dejar. Son urbes cósmicas: Buenos Aires, Nueva York, París, Londres, acaso Roma, México tal vez. En todas ellas las múltiples contradicciones de eso que llamamos existencia se concentran en un mismo espacio físico, convulso y fértil a partes iguales. Vivir en ellas, aunque por breve tiempo, suele ser la mejor escuela de vida posible.

Sevilla ha aspirado siempre a estar en esta división, aunque ni por tamaño ni por composición social damos el perfil necesario. Lo nuestro es puro mito de consumo interno. De puertas adentro. Todavía seguimos recreándonos en el viejo mito de la Capital de Indias –pasado egregio, añejo futuro, se diría– sin querer entender algo tan obvio como que los siglos han pasado y que una cosa es la imagen que proyectamos al exterior y otra, muy distinta, lo que queremos ser. Y lo que somos.

La marcha silenciosa

Los hechos no son nuevos. Aunque hay que admitir que hasta hace poco eran silenciosos. Privados. Íntimos. Un hijo que se iba y que volvía distinto. Una hija a la que le daban la beca Erasmus. Alegría y terror. Un sobrino que se marchaba a ver mundo y que empezaba a darse cuenta de que La Campana, más que el Aleph de Borges, era simplemente una mera confluencia de calles. En realidad, ni siquiera llega a plaza.

En mitad de la actual debacle económica que ha desinflado como un pastel toda la propaganda de los políticos y el optimismo oficial, asombrosamente ignorante de que no hay desarrollo económico perdurable en el tiempo sin una cultura sólida que lo soporte, los alemanes hacen una oferta de trabajo abierta para ingenieros, arquitectos y docentes españoles y volvemos de golpe a la foto en sepia de nuestros abuelos. El exilio sin política. La huida de la inteligencia. La vida, sospecho.

El exilio inteligente baja

Los profesionales sevillanos, representados por los distintos colegios gremiales, ven con tristeza cómo una parte de los jóvenes sevillanos, algunos excelentemente preparados, empiezan a hablar de irse a Alemania. Incluso sin saber alemán. Nuestros abuelos tampoco lo sabían. Ni siquiera sospechaban que la emigración, ese viejo fantasma del pasado, se ha tornado el presente.

Nadie que emigra suele estar alegre. No sólo por temor, sino porque en el fondo sospecha, casi sin saberlo del todo, pero con seguridad al mismo tiempo, que la marcha en realidad es una condena perpetua. La integración es tarea casi imposible. Incluso con la mayor de las voluntades y fortuna nunca es completa. Una cosa es estar bien en un sitio y otra diferente que éste sea tu lugar en el mundo.

La fuga de cerebros sucede a los tiempos de la burbuja inmobiliaria. ¿Realmente es un fenómeno nuevo? No lo parece. Sevillanos transterrados tenemos desde los tiempos de Blanco White. Incluso desde antes. Sevilla no ha querido nunca conservar a sus mejores hijos. Algo que nos diferencia radicalmente de Alemania y de la mayoría del mundo moderno, donde el talento es valorado con independencia de donde venga.

Alemania es un país que ha pasado por dos guerras mundiales. Fue bombardeado y dividido en dos mitades durante décadas. No se podrá decir que lo han tenido fácil. Su desarrollo, sin embargo, es ejemplar: fortaleza económica, excelencia cultural y discusión democrática. Dogmas, los justos. Principios, los necesarios. E inteligencia: saben que los sueldos españoles son muy bajos (sobre todo en el caso de los licenciados), que la formación no es mala en algunos ámbitos –en otros habría mucho que hablar– y que las perspectivas de futuro venideras son escasísimas.

Después de lustros financiándonos a través de los fondos de cohesión, la locomotora europea busca aquí los cerebros que necesita su economía a un coste aceptable. De donde se deduce que, pese a las inversiones en infraestructuras y a toda la cantinela de las sucesivas modernizaciones, el capítulo humano no lo hemos trabajado nada bien. ¿Si no valoramos lo que tenemos por qué ellos no iban a hacerlo?

Andalucía, y Sevilla en concreto, todavía no han dado el salto cultural hacia Europa. Podremos considerarnos continentales de derecho y hecho, pero nuestra mentalidad –la que tanto se alaba como destilación razonable del viejo espíritu meridional– se ha dedicado a recrearse en su propio ombligo mientras desperdiciaba talento a manos llenas.

Tiene gracia que casi todos los políticos pregonen ahora esta cuestión como valor. Parece un poco tarde. En los partidos políticos, con notables excepciones, no predomina precisamente el talento. Más bien la disciplina ideológica –en realidad personalista– la sumisión, las prebendas y la concepción feudal de la lealtad. No parecen ser el motor que necesitamos. En el resto de ámbitos civiles y empresariales sucede más o menos igual: el sueño de la meritocracia jamás abandona el espacio de lo retórico. Nuestra fórmula siempre ha sido la italiana: el amor a los linajes viejos, a los apellidos, al teatro social. Aquí la solvencia y la seriedad profesional, en determinados ámbitos, se considera un valor menor. Algo que quizás no está mal pero que no hay que pagar ni cultivar.

Cierto es que nuestro índice de fracaso escolar es antológico –del orden del 30%– y que el analfabetismo funcional, según las estadísticas de hace unos años, en algunas zonas de Sevilla era de más de dos dígitos. Nos falta formación, sentido del esfuerzo y probablemente confianza en nosotros mismos. Cabría preguntarse si es un problema psicológico o cultural. Sospecho que más bien lo último.

Es una cuestión fundamentalmente de entorno. El paisanaje que contempla cualquiera que haya viajado un tiempo y viva en Sevilla, al menos en los círculos concéntricos por los que discurre la ciudad oficial, es la principal invitación al exilio. Castas, linajes (nuevos y antiguos, ideológicos y de sangre), favoritismo y, en general, cierta atonía intelectual. Toda la energía se nos va en el circo: cofradías, subvenciones y la guerra eterna por ganar espacios de representación social.

No sé si los ingenieros y los arquitectos sevillanos son mejores que los europeos. Sospecho que en muchas cosas deben estar a la par. Sencillamente lo que ocurre es que aquí no tienen alternativas. La sociedad sevillana no ha sido capaz de integrar en su rueda el talento que nace de sus propios individuos. Somos ignorantemente extremistas: las carencias educativas crecen sin cesar entre las generaciones más jóvenes mientras las que se suponen algo más preparadas no tienen cauces para avanzar. Nos faltan empresarios y nos sobra palabrería.

El viejo relato, presente en casi todas las novelas de iniciación, que consistía en ir avanzando por el sendero vital desde abajo, paso a paso, hasta construir el propio ascenso personal (el social venía a ser la consecuencia del anterior, no su origen) está quebrado por completo. Nada importa.

Si se van los cerebros será una tragedia, dicen. Depende. La única forma de que una sociedad, Sevilla en este caso, se dé cuenta de que su teatro cotidiano es absurdo es que un día, sin esperarlo, se quede sin auditorio. Sin aplausos. Igual hasta resulta ser un comienzo. Quién sabe.