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Disputas presupuestarias

Carlos Mármol | 8 de marzo de 2009 a las 17:41

Las dos facciones del PSOE de Sevilla se enfrentan de nuevo por el control del presupuesto municipal, donde los ‘críticos’ intentan ajustar cuentas internas a los ‘oficialistas’ reduciendo al mínimo su cuota de poder político.

SIN TREGUA ni perdón. Como en las películas de Clint Eastwood. La lucha fratricida que durante las últimas semanas siguen reproduciendo en el interior del Ayuntamiento de Sevilla críticos y oficialistas, las dos familias políticas del PSOE, enfrentadas desde hace tiempo por el control del poder, cualquier que éste sea, ha tenido esta última semana al presupuesto de la ciudad como involuntario escenario de batalla. Algo llamativo si se tiene en cuenta que de su aprobación –todavía pendiente, por cierto– depende el funcionamiento mismo de la institución –el Consistorio es la primera gran empresa de Sevilla– y buena parte de los cuidados paliativos con los que los políticos sevillanos dicen querer intentar atenuar los efectos de la grave crisis económica.

Sevilla necesita, dada la actual coyuntura, un urgente impulso que únicamente puede proceder de las administraciones públicas. Con la espectacular caída de ventas y las conocidas restricciones al crédito, el sector privado difícilmente puede tirar ya del carro de la economía local, donde gran parte del tejido empresarial –de tamaño pequeño y mediano, salvo honrosas excepciones– tiene todos sus esfuerzos puestos en el reto de sobrevivir al frenazo en seco de la economía; un tsunami que algunos no quisieron ver en su día y que, desgraciadamente, parece haber llegado con la intención de quedarse. Al menos, por un largo tiempo. Lo suficiente para que muchos de los que hace un año no veían problemas en el horizonte sean ahora quienes más lamenten en público no haber evitado ciertos excesos.

Sea como fuere, las cuentas municipales eran –y son– una oportunidad para intentar frenar el grave deterioro económico de Sevilla. Razón suficiente para que los dos partidos del gobierno local (PSOE e IU) hubieran hecho el esfuerzo de aprobar en tiempo y forma las cuentas. No ha sido así. La excusa oficial a tal dilación reza de este modo: “Debido al caudal de trabajo que han tenido los servicios municipales con la elaboración de los proyectos adscritos a los programas estatales y autonómicos contra la crisis”, las partidas presupuestarias ordinarias han tenido que esperar su turno. Y así continúan: esperando.Porque lo cierto es que con marzo bien entrado aún no hay presupuesto sancionado.

Situación excepcional

La justificación oficial de este singular retraso, sin embargo, no convence a casi nadie. Dado el número y la eficacia de los funcionarios del Consistorio, extraña que éstos no puedan hacer dos cosas al mismo tiempo: por un lado, elaborar los proyectos de los planes anticrisis y, por otro, afinar el presupuesto, en el que suele haber –por desgracia– escasa capacidad creativa. Todo el mundo que siga desde hace cierto tiempo la vida municipal sabe que las cuentas anuales son una suerte de copias prácticamente casi milimétricas de las del año anterior. Entre otras cosas, por la escasa capacidad de ejecución cierta de la maquinaria municipal, que suele encadenar año tras año las mismas partidas de gasto. De esta espiral burocrática no ha escapado ninguno de los distintos gobierno locales de los últimos veinte años.

¿Cuál es entonces la razón de que el presupuesto no esté aprobado todavía? Si durante una década Monteseirín siempre ha sido capaz de aprobar las cuentas de su gobierno en tiempo y forma, ¿por qué en esta ocasión ha optado por apurar el calendario incluso hasta llegar a sobrepasarlo? La única diferencia frente a años anteriores es el litigo interno en el que está inmerso el PSOE local. Algo tendrá pues que ver la pugna entre oficialistas y críticos. De hecho, bien pudiera sostenerse que esta agria colisión de intereses –por ser diplomáticos– es la razón principal por la que las cuentas no han sido aprobadas, lo que da una idea de cuál es el motor real que mueve al gobierno local: la lucha por el poder, en lugar de los intereses de la ciudad.

Y en esta guerra, precisamente, cada uno de los actores ha elegido su propio papel. Torrijos, primer teniente de alcalde y portavoz de IU, teóricamente neutral en la batalla de los socialistas, ha optado por el bando de los críticos. Esto es: los partidarios de la continuidad de Monteseirín en la Alcaldía. Significativo ha sido a este respecto su pronunciamiento de esta semana apostando porque el primer edil agote su mandato. Algo que, en la dirección del PSOE provincial, en cambio, no ven tan claro.

Los críticos, que son los que controlan el área de Hacienda –desde la que se hace el reparto del dinero–, han hecho táctica con el presupuesto: al intento inicial de arrinconar a Emilio Carrillo ante los sindicatos –la pelea del Pleno de hace dos semanas–, se ha sucedido la presentación de la cuentas sin reunión previa con los oficialistas, cuya cuota política –que nunca fue grande– se ve aún más recortada como resultado del ambiente de confrontación que late en el seno del PSOE local.

A aquellos que creían en la tesis de un pacto entre enemigos íntimos la realidad los desmiente casi a diario. Es lo que decía Antonio Machado: hay que saber diferenciar las voces de los ecos. En el conflicto de los socialistas existen una multitud de ecos y ruidos replicantes, pero no hay muchas voces que hablen con criterio propio. De momento, los sevillanos siguen esperando el desenlace de esta guerra. La crisis, al parecer, puede esperar.

La táctica del precipicio

Carlos Mármol | 16 de febrero de 2009 a las 0:15

Monteseirín vuelve a romper el pacto de no agresión con los ‘oficialistas’ al plantear una reforma del grupo municipal socialista que devuelve al primer plano el fantasma de la ruptura interna en el gobierno local.

EN teoría, iba a ser un gesto de distensión, para relajar el ambiente y poder llegar a un punto intermedio de encuentro. No ha sido así: de nuevo, y por tercera vez en los últimos tiempos, Monteseirín ha preferido no respetar el acuerdo de mínimos al que, según confiesan ambas partes en liza, se llegó en su día con la Ejecutiva regional del PSOE para serenar las difíciles aguas del partido en Sevilla. Fue el pasado año, tras el congreso provincial y el fallido sorpasso del militante Demetrio Pérez, cuando por vez primera el regidor no quiso esperar a que septiembre se convirtiera en el mes más cruel –como decía T.S.Eliot– y empezó a diseñar una estrategia para que en el Ayuntamiento nunca se traduzca el resultado del cónclave provincial, donde Viera ganó por mayoría –hecho objetivo– y los críticos no pudieron siquiera dar la batalla –evidencia aritmética–.

La táctica consistía, por un lado, en aproximarse al presidente de la Junta, Manuel Chaves, máximo mandatario del PSOE andaluz, cosa que se hizo a lo largo del verano y fuera de Sevilla. En Zaragoza, por ser más concretos. Al mismo tiempo, en la Alcaldía se empezaron a diseñar medidas a medio plazo que llevasen la situación a tal extremo que, en el hipotético caso de que alguien –acaso Chaves, o cualquier otro dirigente de la dirección regional– se plantease la opción de prescindir de Monteseirín de cara a las próximas elecciones locales, tal medida se tornase tan violenta que, por un mínimo sentido de la prudencia, quien tuviera la última palabra optase por el mal menor –aunque eso pudiera implicar perder la Alcaldía frente al PP– antes que abordar en serio una renovación del cartel municipal.

Este planteamiento, que bien pudiera bautizarse como la estrategia del precipicio, pues consiste en llevar las cosas a tal límite que quien lleva el volante de la organización –en este caso política– llega a dudar si es mejor la inmolación o el frenazo –situación que beneficia únicamente a quien domina el statu quo–, ha sido la hoja de ruta de los críticos desde que la aritmética los dejó convertidos en sonora minoría en el seno de la estructura de poderes diversos –múltiples y complicados– que caracteriza la relación entre las distintas familias de los socialistas sevillanos.

La remodelación

No fue tampoco otra cosa el singular movimiento del pasado año, cuando Monteseirín abordó la remodelación de su gobierno –competencia que es únicamente suya– no ya sin pactar con la nueva Ejecutiva provincial, sino en contra de las líneas básicas del resultado del congreso del PSOE. El argumento oficial de los críticos, cuyas versiones suelen basarse en un mensaje de índole victimista, fue que estos cambios eran obligados dado que Emilio Carrillo, ex vicealcalde y ex edil de Urbanismo, había dimitido de su puesto en contra de los deseos del propio Monteseirín. El cese de Carrillo al frente de la Gerencia, en realidad llegó como decantación inevitable del proceso previo de hostigamiento impulsado por algunos de sus ex colegas críticos una vez que éste decidió dar su apoyo orgánico a Viera y dejó a Monteseirín sin una de sus marcas más prestigiosas. Una decisión que el alcalde no le perdona.

La remodelación del gobierno enervó a los oficialistas. Aunque la pugna real fue la de la portavocía del PSOE municipal, asunto que había quedado en estado de hibernación hasta esta misma semana. Entonces, al igual que ahora, la Ejecutiva Provincial iba a tratar de aplicar los cambios internos en el organigrama del grupo municipal, que es formalmente parte de institución pero, tradicionalmente, ha sido utilizado por los socialistas como una prolongación más de las mayorías políticas de la organización. No tuvo éxito. Midió mal los tiempos. O acaso a Monteseirín le funcionase la fórmula extrema: la tensión se elevó tanto que se temía, si los oficialistas se rebelaban, que el gobierno PSOE-IU quedase sin mayoría en el Pleno por la fractura interna de los socialistas. Algo imperdonable. La dirección regional optó por mandar parar y dar tiempo para serenar el ambiente. Los oficialistas obedecieron. Monteseirín triunfó.

La cuestión estaba, pues, pendiente. Pero en lugar de poner sobre la mesa un acuerdo razonable –equilibrios en la dirección del PSOE municipal– la propuesta del alcalde consistía en rodear a Juan Antonio Martínez Troncoso –hombre afín a Viera, nombrado ahora portavoz– de un cinturón crítico –Celis, ascendido una vez más por Monteseirín; Francisco Fernández y Nieves Hernández– que hacía imposible cualquier acuerdo. Y que, de paso, dejaba a Carrillo –al que el alcalde ya castigó relegándole al área de Personal–, fuera del núcleo duro, al que todavía, en lo formal, pertenece. Algo demasiado grueso para considerarlo un gesto de distensión, que era lo prometido a la dirección regional. Tanto es así que ésta, en un gesto sin precedentes, decidió frenar en seco la operación. Monteseirín, sin consumar –interruptus, decían los romanos–, se quedó a medio gas. No pensaba contar nada para no dar muestras de debilidad. Pero la noticia saltó. Es lo que tiene la táctica del precipicio: no siempre puede controlarse. Uno amaga con tirarse por la ventana una y otra vez y un día, de repente, se da cuenta de que quien antes se lo impedía te abre la ventaja. Y te invita a saltar.