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La herencia, futuro imperfecto

Carlos Mármol | 3 de junio de 2012 a las 6:05

La recta final de las obras de Fibes permite a Zoido aprovechar en su beneficio político un proyecto iniciado por su antecesor en la Alcaldía. Un hecho que contrasta con las recurrentes críticas del PP sobre la herencia recibida.

Si tenemos por cierta la sentencia clásica que sostiene que el hombre es esclavo de sus propias palabras y, al mismo tiempo, dueño de sus particulares silencios, convendremos en que la única defensa real ante nosotros mismos es mantener la boca cerrada. Es la mejor manera de que a uno no lo cojan en una irremediable contradicción. Extraña que este consejo, tan sabio, no se aplique con demasiado interés en la vida política sevillana, donde el cúmulo de contradicciones, autodesmentidos e incoherencias es tal que casi podríamos hacer, a la manera de Ciorán, un verdadero breviario de podredumbre política basado en las mentiras a la hispalense manera, que es amplia y, por lo que se ve, extensa. Casi un oficio.

En Sevilla hablar sin mesura, e incluso sin mucho fundamento, no es que salga gratis, sino que incluso permite a determinados personajes lograr singulares recompensas que no siempre, en realidad casi nunca, se corresponden con su propio esfuerzo; la única razón, en mi opinión, por la que debería avanzarse en la vida, más allá de los habituales linajes, las influencias y eso que –ahora– se llaman contactos; conceptos todos ellos contrarios al hermoso e ilustrado espíritu de la meritocracia.

El alcalde de Sevilla, Juan Ignacio Zoido, ha anunciado esta semana con honda satisfacción en una entrevista radiofónica que a finales de mes terminan por fin las obras del Palacio de Congresos de Sevilla (Fibes), el complejo que la ciudad necesita desde hace más de una década para dar un salto de escala en la captación de eventos turísticos. En mitad del océano diario de desgracias, parece que estamos ante una buena noticia. Aunque, quizás, también nos encontremos delante de una nueva contradicción en el discurso político del gobierno municipal. Ambos términos no son necesariamente incompatibles.

En realidad, la fecha de finales de junio no es una novedad: a las tres empresas constructoras ya se les dijo al pagarles el último plazo (más de siete millones de euros) que si no terminaban la obra el 30 de junio serían penalizadas con la imposición de una multa millonaria. Es una cuestión básica que se recoje en los pliegos que regulan la mayoría de las contrataciones públicas, de las que vamos a dejar de hablar durante mucho tiempo dada la actual situación de crisis.

¿Cuál es entonces la novedad en Fibes? Fundamentalmente, el propio edificio, cuya calidad arquitectónica es mayúscula. Cuando Monteseirín intentó improvisar una precipitada inauguración antes de abandonar la Alcaldía con el fin de no dejar nada por estrenar a su hipotético sucesor –fuera Zoido o Espadas–, todavía no se percibía del todo su envergadura. Ahora, después de que dentro de unas semanas terminen los últimos trabajos pendientes, el resultado es a todas luces extraordinario. Vázquez Consuegra roza la perfección con este proyecto a pesar incluso de todas las dificultades que han acompañado a esta extrañísima obra.

La ejecución del nuevo Palacio de Congresos nunca fue un ejemplo de rigurosidad administrativa. Una responsabilidad que corresponde imputar más al promotor –el anterior gobierno local– que al padre de la criatura, que ya advirtió antes de la contratación que el edificio terminaría costando mucho más del precio oficial de salida que –inexplicablemente;o quizás no tanto– fijó el Consistorio. Así lo corroboraron incluso las consultoras externas a las que recurrió el Ayuntamiento.

Todo fue anómalo casi desde el origen. Por eso es llamativo que, aunque sea a un coste importante, y con retraso, el nuevo Fibes haya terminado tan bien, todo lo contrario a otros proyectos, como el Parasol de la Encarnación. Desde el singular método jurídico para contratar el edificio –una encomienda legal a favor de Emvisesa, la empresa municipal de vivienda–, al sistema de ejecución elegido, confiado a un consorcio de tres empresas distintas que dijeron que podrían construir por 65 millones de euros lo que el arquitecto advertía que costaría 90 millones, todo abocaba al conflicto.

La dirección misma del proyecto se dividió en compartimentos estancos: la responsabilidad arquitectónica, por un lado; la ingeniería;por otro; y la ejecución material, por otro. Se intuían problemas de plazo y coste. Y el posterior sinfín de reformados sobrevenidos por la estrategia de las constructoras de recuperar en la obra –con el contrato ya en cartera– un presupuesto que no fue nunca el del concurso.

Que con todos estos condicionantes Vázquez Consuegra haya hecho lo que ha hecho, sin las ataduras que, por ejemplo, tuvo en San Telmo, donde el elemento patrimonial marcó su trabajo, sólo puede deberse al talento o a un milagro, más que a la versión oficial del actual Consistorio, que incide estos días en resaltar la desconcertante habilidad del presente alcalde para llegar y desbloquear con inusitada eficacia suiza cualquier proyecto que se le ponga delante.

Rara vez las cosas son tan simples, aunque sospecho que el trazo excesivamente grueso de este relato es propio de quien escribe los renglones torcidos por los que discurre el sendero que ha elegido el regidor. ¿Si la herencia anterior es la excusa recurrente de su magro balance de gobierno cómo se explica que ahora se adjudique el tanto de una obra ajena? La herencia, tan denostada, va camino de ser el único futuro –probablemente imperfecto– del gobierno local. De momento, no se vislumbra otro.

Es indiscutible, porque hablamos de un hecho, que la conclusión del Palacio de Congresos es un aliento de esperanza en un momento económico grave. Si el turismo sevillano quiere seguir siendo la única industria local debía contar con un recinto capaz de jugar en una división distinta en el mercado de congresos. Sevilla nunca ha albergado, dadas sus dotaciones, ni una cuarta parte de las mayores reuniones profesionales españolas. En el ámbito europeo todavía era peor: un 75% de estos congresos jamás han venido al Sur.

El Fibes de Vázquez Consuegra soluciona esta cuestión, aunque su éxito dependerá de que el Consistorio sea capaz de sacar rendimiento a unas instalaciones que nos permiten jugar –esta vez sin retórica ni exageración– en la misma liga que grandes capitales europeas. La idea de los actuales gestores de Fibes de mantener sus instalaciones en el antiguo recinto y abrir sólo parte del nuevo palacio con el argumento de la austeridad inducen a pensar que quizás el gobierno local no es consciente de la gran potencialidad del auditorio congresual.

El proyecto ha salido caro. Aunque pongamos las cosas en su contexto:en comparación con otros recintos congresuales, de menor tamaño y presupuesto inicial similar, no tanto. Al menos, en términos relativos. A quienes focalizan todo el análisis en el coste definitivo del proyecto congresual acaso habría que recordarles que la pérdida de beneficios que ha sufrido Sevilla por no contar antes con un palacio de congresos adecuado se calculó en 40 millones de euros al año. Cifra notable.

También se olvida que es una iniciativa pública. Y no por elección, sino por exclusión. Los empresarios del sector turístico sevillano jamás quisieron participar en el proyecto porque aspiraban a un palacio de congresos en el centro, aunque probablemente sí aprovechen ahora su actividad. Sería deseable que esta anómala participación sobrevenida, financiada, como siempre, con el dinero de todos, tuviera cierta contraprestación social en términos de empleo. Es lo mínimo.

Los números primos

Carlos Mármol | 3 de marzo de 2010 a las 13:29

Los datos sobre la calidad del empleo en la ciudad, publicados esta semana por Sevilla Global, desvelan que el tejido económico sevillano permite la subsistencia pero está muy lejos de garantizar el progreso personal.

LOS datos de la encuesta de calidad en el empleo de Sevilla, publicados esta semana por la agencia municipal de promoción económica, Sevilla Global, desvelan, con independencia de los estudios de índole macroeconómica, que vienen a decir lo mismo con variantes, cuál es el verdadero rostro del mercado laboral en la capital de Andalucía. Y, huelga decirlo, no son para enorgullecer a nadie. Se asemejan a los números primos, que aparentan ser el fruto de problemas más bien casuales pero, en el fondo, resultan imposibles de resolver.

El salario es uno de los parámetros técnicos que marcan la riqueza de un territorio. Junto a otros elementos –el número de empresas, la productividad, la inversión pública y privada– dibuja la posición real de un lugar en el orbe global en el que vivimos, donde todo el mundo puja por mejorar y, en algunos casos, sencillamente por sobrevivir. Ésta, a la luz de las estadísticas, y dada la cruenta crisis en la que nos hallamos, es justo la situación de Sevilla.

Economía sumergida

La encuesta municipal dice que el salario medio de un sevillano no pasa de los 1.191 euros. Obviamente, el estudio se basa en cifras medias. Si el dato se analiza en base a los ingresos familiares, criterio de renta que se usa para optar a muchas de las prestaciones sociales, lo que afirma el Ayuntamiento es que una familia convencional –de tres o cuatro miembros– administra como máximo 1.950 euros al mes. Algo menos de 2.000. Las cifras corresponden al pasado año 2009, cuando la crisis era más extrema.

El estudio ilustra, además, las enquistadas divergencias existentes en el mercado laboral. Mujeres que de media cobran hasta un 30% menos que los hombres y la usual fragilidad del empleo joven, que además de la temporalidad –en su caso el ajuste laboral es inmediato– está 507 euros al mes por debajo de los trabajadores considerados adultos, aquellos cuya edad oscila entre los 35 y los 44 años. La formación funciona como otro elemento diferenciador: sin estudios medios o superiores, el horizonte mejor se limita a cobrar un 35% menos que los demás. Si lo ordinario ya es justo en comparación con Europa, incluso con otras urbes españolas, en esta situación las perspectivas de futuro son bastante reducidas.

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El dato más revelador del estudio es el que se refiere a la economía sumergida. Un factor clave en las sociedades subdesarrolladas o débiles, donde la falta de perspectivas obliga a aceptar trabajos no regulados. Si tuviéramos que medir la economía de Sevilla en función de este parámetro, el diagnóstico estaría muy alejado de lo razonable. Un 14% del empleo que se realiza en la ciudad, según el Consistorio, es “irregular”. En consecuencia, ni tiene incidencia fiscal ni tampoco permite a quienes lo ejercen tener acceso al magro colchón social que –todavía– protege durante cierto tiempo a los españoles. Es mero empleo de subsistencia.

Los sectores sociales más débiles siguen siendo mujeres y jóvenes. Su libertad, a este respecto, resulta ser casi inexistente. Sus salidas vitales se antojan escasas. Casi todos estos empleados, por otra parte, trabajan en tareas de asistencia doméstica y en la hostelería. Elementos ambos que deberían reconsiderar ciertos tópicos sobre determinados gremios, que esgrimen el empleo como argumento para justificar ciertas prácticas de mercado.

Otro tanto sucede, aunque en lo que a la conciliación laboral se refiere, en otras actividades como el comercio, tan beligerante con determinadas políticas municipales. Según el Ayuntamiento, los comerciantes son, entre los empresarios privados de Sevilla, los que menos facilidades dan a sus empleados para combinar sus horarios vitales con los laborales. La innovación en este punto brilla por su ausencia. Si esta situación se pone en relación directa con los beneficios sociales que disfrutan los funcionarios, el resultado es desalentador. No es de extrañar que el sueño de los estudiantes continúe siendo llegar a la función pública. Hay razones objetivas, además de los tradicionales consejos familiares, para que la gente persista en esta aspiración.

Formación inexistente

Quienes trabajan –sobre todo dada la coyuntura económica actual– deben considerarse afortunados. Incluso aunque su salario sea justo. El estudio municipal reseña que las jornadas laborales reales son muy superiores a las 46 horas semanales. La teoría es una cosa; la realidad, otra. Casi todos los empleados con contratos a tiempo parcial concilian a costa de sus ingresos.

Así están las cosas. No deja de resultar llamativo si se tiene en cuenta que hace apenas un lustro era el propio gobierno local quien en su Plan Estratégico auguraba el “pleno empleo” para el año 2010. La crisis explicaría que dicha promesa se haya quebrado. Pero tampoco es la única razón. Parece confirmarse que el tejido productivo sevillano –dependiente de las mismas actividades desde hace demasiado tiempo– no es capaz de superar su secular debilidad. Un último dato ilustra cuál es la mentalidad dominante: sólo el 15% de los trabajadores ha realizado en el último año algún curso de formación por iniciativa de la propia empresa. En los tiempos que corren, una sociedad que evita invertir en conocimiento está condenada a sestear eternamente.

Por cierto, feliz Día de Andalucía.

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Los dígitos malditos

Carlos Mármol | 8 de septiembre de 2008 a las 11:46

Las cifras del paro en Sevilla, que ha crecido un 20% en apenas doce meses, afectando a todos los ámbitos del tejido productivo, quiebran las promesas de los políticos de alcanzar el pleno empleo en un horizonte inmediato.

SI en cierto momento alguno, cándido e ingenuo, llegó de verdad a creerse aquella milonga que decían los socialistas en plena campaña electoral –no existe una crisis económica en España–, lo de ahora probablemente le parezca una suerte de espejismo. Una ficción que termina derivando en certeza repentina. Aunque en realidad no es más que otro ejemplo de la obligada desconfianza con la que tendríamos que acoger las categóricas afirmaciones de casi todos los dirigentes públicos, cuyas confesiones en voz alta, por lo general, deberíamos que invertir, como los espejos cóncavos del libreto de Ramón del Valle Inclán, para atisbar cuál es la auténtica verdad: generalmente justo la contraria de la que pregonan desde el atrio.

Si no hay crisis, es que la ciudad en la que vivimos –o sobrevivimos– no se llama ni nunca se llamó Sevilla. Ni estamos en el año 2008. Ni, al asomarse a la ventana, uno atisba ese tránsito magnífico del tiempo que discurre entre el verano y el otoño; estación ésta virtual, casi imperceptible o inexistente, en la capital hispalense. Tan secular como cruel. Similar a un buen sueño que casi nunca nos dejan terminar a gusto porque, antes del fin, suena el maldito despertador. Y nos deja en lo mejor.

Si se diera por bueno el símil onírico, bien podría decirse que esta semana ha tenido bastante de pesadilla. Y no precisamente por las guerras púnicas entre los socialistas orgánicos y los críticos institucionales –asunto que ha marcado una parte de la semana–, ni por aquellos que, verdes como helechos, se estrenan en difíciles y desconocidas lides, ni por el horizonte revuelto que se adivina en el inicio del nuevo curso político, sino por los datos del paro que, en Sevilla, implican un sinfín de dramas encadenados cuya música todos jugamos a ignorar, probablemente como autodefensa, tanto como prestamos oídos a otras cuestiones mucho más banales. Casi triviales.

Suele decirse que detrás de cada parado hay una dura historia. Y es cierto: existencias similares a la de cada uno de nosotros que, sin embargo, casi ninguno quisiéramos vivir. No sólo por cuestiones económicas, sino vitales: el trabajo es lo único que permite alcanzar cierto grado de integración social. Sin él, además de pasar aprietos, lo que se quiebra es la frágil sensación de pertenecer a una colectividad.

Los datos del Inem

Los últimos datos del Inem –cuya función ha consistido casi siempre en hacer el cómputo del problema más que en resolver una mínima parte de la angustia de los desempleados– hablan de un incremento del 20% de paro en apenas un año. Un total de 23.602 nuevos inscritos en las oficinas de empleo, lo que coloca el número total de sevillanos parados en la cifra de 143.00 personas. Un dato que tira por tierra las usuales cantinelas sobre el pleno empleo y el avance tecnológico de Sevilla, donde lograr y conservar un puesto de trabajo bien remunerado resulta cada vez más difícil.

La debacle es general en casi todos los sectores del tejido productivo, lo que no deja mucho margen para el optimismo ni ayuda a buscar una alternativa clara en un horizonte cada vez más negro. En el caso de la construcción, que en general ha sido el motor que explica la bonanza de años anteriores –pese a sus evidentes costes sociales, porque cuando hay crisis se resiente el empleo y cuando no quien sostiene la rueda económica es el bolsillo de los hipotecados–, se puede hablar, sin exagerar, de una auténtica caída al abismo: los despidos aumentaron un 61% en relación al año anterior, cuando todavía el futuro parecía ser una hermosa hipoteca a cuarenta años.

Casi un tercio del total de desempleados pertenecen a la construcción, donde se han hecho fortunas hasta anteayer y del que han vivido las entidades financieras, el Estado, la Junta y los ayuntamientos. Sobre todo éstos últimos, que ahora claman contra el nuevo quebranto financiero al que van a ser sometidos por parte del Gobierno central, que se ha llenado la boca de hablar del pacto local y de la descentralización sin llegar a practicarla más allá del marco regional. Los municipios dicen ser los grandes perjudicados por este ¿repentino? bajón del ladrillo. Aunque lo cierto es que la mayoría incrementaron sus plantillas por motivos políticos y asumieron competencias ajenas para que muchos alcaldes pudieran presumir de gestión. La crisis los ha dejado descolocados, sin decorado en el que representar su función.

En el resto de ámbitos productivos, aunque sin llegar a la sima de la construcción, el incremento del desempleo ha sido este año de dos dígitos. Cercano al número mágico del 20%, salvo en la agricultura –parte del sector primario–, donde el paro subió casi un 40% en apenas doce meses. La contratación se ha hundido un 24% y la afiliación a la Seguridad Social cae un 1,3%, justo el mismo índice de incremento de los autónomos. Ante la falta de alternativas ciertas, los sevillanos que son despedidos persiguen su primera salida en el llamado autoempleo. Acaso no sea espíritu emprendedor alguno, sino pura y simple desesperación. De sobra saben los parados que, además de la condena de estar inscritos en las listas del Inem, su destino inmediato es padecer, ojalá que durante un tiempo breve, el más duro de los castigos: la soledad en mitad de la adversidad. Mala cosa.

Sensación de desconfianza

Carlos Mármol | 13 de enero de 2008 a las 18:48

Sensación de desconfianzaLos comerciantes sufren un descenso de ventas en la campaña de Navidad del 20%y confían en las rebajas para levantar cabeza mientras el paro se coloca, según un estudio, a la cabeza de las preocupaciones de los sevillanos.

Hay quien dice que la economía, entre otros factores, funciona esencialmente debido a una larga cadena de confianzas individuales. Una suerte de certeza relativa y extendida que, como casi todo en la vida, parte en origen de personas concretas para terminar siendo lugar común –durante un cierto tiempo y en determinadas circunstancias– para toda una colectividad. En términos literarios, acaso el símil que mejor permitiría explicar tal fenómeno sea el mismo que hace que una narración funcione: la verosimilitud. Al igual que una pieza literaria no se sostiene si ésta no resulta creíble –incluso la mayor fantasía, en su contexto interno, debe ser razonablemente cierta– la maquinaria económica que impulsa el mundo contemporáneo, en especial en estos tiempos de globalización integral, no tira igual si falta lo que los analistas denominan “confianza en el futuro”.O en el presente, en su defecto. ¿En qué reside esta sensación? Esencialmente en la creencia, basada en elementos razonables, de que el día de mañana será algo mejor que el de hoy. Una especie de máxima ilustrada consistente en profesar que casi todo es susceptible de progresar. Que el mundo, en términos macroeconómicos al menos, va a avanzar.

La cadena rota

A veces, sin embargo, esta cadena se rompe. Entonces, según los expertos, es cuando el castillo de naipes que muchas veces parece ser la economía, una ficción con múltiples exégesis, empieza a quebrarse. Que se derrumbe del todo o no –que se produzca una verdadera crisis– es ya otra cuestión, pero lo cierto es que la mera creencia en aquello que dejara escrito Ferlosio en un ensayo –Vendrán años peores y nos harán más ciegos– basta para estropear las cosas y empezar a extender el mal aire de que más pronto que tarde se van a pasar apuros.

Esta semana en Sevilla, que lógicamente no es ajena a los conflictos del orbe por mucho que algunos todavía sueñen con el paraíso provincial de la infancia al sevillano modo, se han producido dos episodios que ponen de manifiesto, sin llegar al drama, que el optimismo ciudadano sobre el futuro empieza a virar con fuerza en relación a los tiempos previos, caracterizados por cierta seguridad de que la vida iría a mejor.

Uno es el cierre de la campaña comercial de Navidad. Al decir de los comerciantes –cuyo peso económico es considerable en la ciudad pero no siempre se corresponde con las condiciones laborales mínimas; de hecho, tienen un conflicto planteado a este respecto– el descenso en las ventas ha sido notable. De orden del20porciento.Una cifra elevada, en especial en un periodo –el final de año– en el que debían generarse ingresos con relativa facilidad debido al consumismo que inunda la vida, las calles, la existencia. El parón en las ventas, según la impresión de los propios afectados, no se debe ni a la peatonalización –más bien al contrario; ésta ayudó a que la caída fuera relativa– ni a ninguno de los conflictos que el gremio mantuvo en los últimos tiempos con el Consistorio. Más bien parece obedecer al encarecimiento de las hipotecas –el euríbor galopante– y a la inflación –un 4,3 en un año– registrada por el petróleo y el alza de los alimentos básicos. Tiene lógica: uno primero paga el techo y llena el estómago. Después, si tiene margen de endeudamiento –contar con liquidez es ya un milagro– acaso pueda plantearse otras alegrías, aunque a muchos éstas les parezcan disgustos más que placeres.

El segundo elemento que viene a confirmar esta tendencia es el estudio socieconómico presentado por la Fundación Antares. Pese a su limitado limitado ámbito –440 encuestas hechas a las puertas de la Navidad– el dibujo que ofrece apunta a una alteración en la escala de preocupaciones ciudadanas. Un cambio de perspectiva que tiene bastante que ver con la confianza en el futuro, aunque –según los autores del informe– la visión de los sevillanos todavía se refiera más a su entorno que a ellos mismos, algo que, por otro lado, es normal. Uno ve que las cosas malas –ruinas, muertes, desgracias– le suceden primero a los demás. Cuando a uno le llega la hora de enfrentarse a todas estas cuestiones siempre resultan ser como cosas inesperadas, aunque en ocasiones sean más que previsibles.

El paro, a la cabeza

Pues bien, la lista de los miedos ciudadanos está encabezada de nuevo por el desempleo. Hasta el punto de que la inseguridad, que durante la última década ha sido la principal queja de los sevillanos, ha pasado ya a un segundo plano. Siendo cínico bien podría decirse que el augurio del alcalde de llegar al pleno empleo en 2012– hecho cuando el Plan Estratégico de Sevilla recién amanecía– va a cumplirse pero a la inversa. Aunque la situación tiene otras ventajas para Monteseirín: las obras han dejado de ser un problema dramático. Será porque se ha bajado el ritmo y, como muestra el retraso de dos años que sufre la Encarnación, y la dilación que también se produce en la Alameda, todavía queda pendiente mucho de lo iniciado. Las cosas, resulta obvio, están cambiando. La rueda del progreso gira en sentido inverso al que traía. La Junta –por boca del consejero de Empleo– dice que lo del paro en Sevilla es más una sensación que una realidad. Pero en economía las sensaciones cuentan. Y mucho. ¿O acaso no es precisamente una agria sensación esta desconfianza?