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Llamando a las puertas del cielo

Carlos Mármol | 5 de julio de 2011 a las 6:16

Las ‘familias’ del socialismo sevillano hacen votos en favor de la unidad tras la debacle electoral del 22-M pero con tácticas distintas: unos buscan un hueco en el núcleo del poder tras años de conflicto; otros, eliminar la resistencia.

Más que con la vieja metáfora de la pax armada –esa situación de tensión silenciosa que a veces se vive entre los contrarios que tienen que cohabitar forzosamente dentro de un mismo círculo de poder– el comité provincial extraordinario que el viernes celebró el PSOE de Sevilla después de la reciente derrota electoral del 22-M pudiera resumirse como una especie de acto público de contrición. Mucha sinceridad tribal. En cierto sentido, una misa ecuménica. En otro, un ritual amargo.

La ceremonia tuvo algo de catarsis. Duró más de cuatro horas. Se produjeron casi treinta intervenciones ante la asamblea y, a pesar de los mensajes oficiales trasladados con urgencia al exterior –unos más interesados que otros, como casi siempre–, lo cierto y verdad es que el denominador común de tal puesta en escena (casi se diría puesta en abismo) fueron los sucesivos votos de unidad que todas las familias –a excepción de por un par de anécdotas expresionistas– hicieron en público tras tener que aceptar su parte de responsabilidad (diferente en cada caso) por el batacazo electoral.

¿Algo sorprendente? Sólo para quienes no dominen los mecanismos internos del PSOE sevillano. Ya se intuía: con la que está cayendo fuera no había más opción que cerrar filas (dentro de un orden, claro) e ir todos a una, aunque dejando claro cuáles son los motivos y los agravios de cada cual antes de tener que volver a asumir el sacrificio de apoyar (con la fe ciega de los viejos militantes) a una dirección política que tiene demasiados frentes abiertos (algunos mortales) al mismo tiempo.

Con unas elecciones generales en puertas (sobre todo si hay adelanto al mes de noviembre) y unas autonómicas que o bien serán el próximo otoño o bien en primavera –dependiendo de la tesis que finalmente se imponga en el seno de la dirección federal de Ferraz– los socialistas sevillanos no tenían otro sendero por donde tirar más que aparcar, momentáneamente, al menos, sus eternas cuitas internas para dedicarse por completo a afrontar su único problema inmediato: intentar salvar el Gobierno de la Junta de Andalucía y, en lo posible, minimizar el más que probable descalabro nacional, en relación al cual circulan encuestas más o menos fiables que otorgan a los socialistas algo menos de cien diputados. Lo nunca visto.

¿Quién va a insistir en sus propias aspiraciones de poder con este panorama tan negro? Nadie que sea medianamente inteligente. Al menos, de forma expresa. Por eso no resulta nada sorprendente que el sector crítico en Sevilla (Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, Evangelina Naranjo, Fran Fernández, entre otros nombres) hiciera intervenciones tempraneras y en tono conciliador, buscando enfatizar su apoyo, con más o menos matices, hacia la dirección provincial, a la que hasta ahora siempre han tratado de poner en cuestión. ¿Estamos ante un arrepentimiento repentino por los pecados pretéritos? No lo parece. Ni de lejos. Más bien la cosa tiene pinta de ser un movimiento interesado. Un simple cambio de táctica que buscaría tratar de seducir a un secretario provincial (José Antonio Viera) en horas bajas y necesitado de cuantos más apoyos externos, mejor. Una operación con otra lógica que pretende lograr ciertos réditos a corto plazo con la excusa de la unidad.

A Viera, según dicen, se le vio muy a la defensiva durante todo el comité provincial. Es lógico: la polémica de los ERE irregulares de Empleo sigue siendo una bomba latente bajo sus pies, el partido ha perdido la Alcaldía de Sevilla y los veinte puntos de distancia que separaban a PSOE y PP en la provincia se han reducido a apenas dos. No es para sacar pecho.

Conservar la Diputación Provincial no ha sido ninguna victoria egregia. Hablar de milagro es bastante más correcto. La vieja tesis política del presidente de la institución provincial, Fernando Rodríguez Villalobos, de que era imposible que se produjera una marea azul en la provincia de Sevilla es ya historia. Los muebles pueden haberse salvado al final de la inundación, pero están bastante mojados. Y la humedad, ya se sabe, no trae nada bueno.

Con independencia de los dos episodios protagonizados por Luis Ángel Hierro –que pidió una dimisión de la Ejecutiva a la argentina: “Que se vayan todos”– y Raúl Medinilla, secretario local de Bellavista, que sigue confundiendo su ombligo con la crisis mundial del socialismo –no fue el único que en su intervención usó ese tono Leire Pajín del evento planetario que se vivía en el partido; cosa de la falta de lecturas, probablemente–, todos los demás pronunciamientos fueron en el sentido de apoyar a la dirección sin renunciar a recordar, con la vehemencia necesaria, los errores políticos que ésta ha cometido en los últimos meses.

Claro que también hubo ciertos respaldos que sólo lo eran en lo aparente: Susana Díaz, la secretaria de Organización del PSOE andaluz, anterior mano derecha de Viera, fue (según el testimonio de varias fuentes) la única en todo el acto que mencionó expresamente los ERES irregulares de la Junta de Andalucía. Un detalle que muchos de los críticos evitaron no por lealtad a Viera, sino porque su objetivo era precisamente plantearle al jefe del PSOE en Sevilla la necesidad de recuperar la unidad de los militantes en los tiempos difíciles. Díaz, además, no se quedó al final del acto. Tras su intervención se fue. Hay quien interpreta su papel en este comité como una forma de no mostrar un respaldo total a Viera. Por lo que pudiera ocurrir en los próximos meses.

El único que se salió de la norma fue Celis. ¿No reclamó unidad en el PSOE? Pues sí. En esto hizo lo que correspondía. Cuestión distinta son los motivos:el delfín de Monteseirín –retirado ya del tablero de juego– hizo un diagnóstico de la situación que en líneas generales es idéntico al que hace la Ejecutiva provincial sobre la derrota. Estuvo autocrítico –en otros pronunciamientos públicos ha mantenido este mismo discurso, aunque dejando caer siempre que si el candidato a la Alcaldía hubiera sido él la debacle no se hubiera producido– y ofreció su apoyo a la dirección.

Ni siquiera se mostró contrario a la idea de la Ejecutiva de segregar en asambleas más pequeñas algunas de las actuales agrupaciones del PSOE –reforma que dependería de un Congreso Federal que todavía no se ha celebrado; Sevilla no puede hacerlo en solitario– pero sí deslizó algunas cuestiones inquietantes para la Ejecutiva:primarias, listas abiertas y la vieja tesis de que hace falta una Ejecutiva Municipal diferente a la Provincial, algo de lo que Viera no quiere oír hablar desde hace cuatro años.

El plato fuerte llegó al final de su exposición: Celis reclamó que se le dé un sitio en la Ejecutiva, de la que fue excluido (tras haber sido vicesecretario en la dirección saliente) en el congreso provincial de 2008. Entonces su peso orgánico quedó de manifiesto: los críticos no alcanzaron siquiera los avales necesarios para dar la batalla a los oficialistas. Ahora la operación se llama ejecutiva de concentración. “Una solución de emergencia ante una situación crítica”.

¿Tocaba ahora resucitar esta cuestión con la Junta al borde del precipicio? Los tiempos orgánicos están más que tasados. El congreso provincial no se celebrará hasta 2012. Será entonces cuando las distintas familias intentarán conseguir (a través de los votos) una cuota orgánica en la nueva dirección que represente su peso político. Eso es lo democrático. Todo lo demás son atajos. Hasta entonces unos seguirán llamando a las puertas del cielo mientras otros tratan de no ser desterrados al infierno. Cuestión de perspectiva.

Plaza Nueva: precisión de foco

Carlos Mármol | 3 de julio de 2011 a las 6:05

Los primeros compases de la actual etapa municipal dibujan un escenario político singular en el que los nuevos protagonistas parecen resistirse, a pesar del resultado electoral, a perder del todo su condición de tramoyistas.

Resulta tan llamativo como a todas luces incomprensible. Sobre todo si uno tiene una mayoría absoluta de veinte concejales. Y sin embargo, como decía Neruda, sucede. Y va a seguir ocurriendo durante un cierto tiempo. No cabe duda. Los compases iniciales de la nueva etapa municipal, marcados por la rotunda victoria del PP en las pasadas elecciones locales, se están caracterizando por dos episodios destacados y complementarios: los criterios de reparto del poder interno que está aplicando el alcalde, Juan Ignacio Zoido, y los primeros mensajes externos (vitales, pues la imagen de cualquier gobernante se dirime según el sentido íntimo de sus primeras decisiones) lanzados desde la Alcaldía.

En la primera cuestión, el movimiento final de fichas dentro del tablero interno parece alimentar una antigua intuición: el nuevo regidor ha repartido juego de modo y manera –que diría el ex vicealcalde Emilio Carrillo– que no haya, dentro de su propio equipo de trabajo, ningún potencial rival de futuro. Lógico, dirán algunos. Nadie discute su liderazgo político. Justamente por eso llama la atención: porque nadie cuestiona al nuevo líder hay quien piensa que la solidez de un buen director de orquesta se mide precisamente por su grado de generosidad al formar su equipo y dejar, en función del talento percibido entre sus filas, que sus segundos cobren un cierto protagonismo en determinadas cuestiones.

La hoja de ruta elegida por Zoido para articular su estructura de mando parece guiarse precisamente por lo contrario: una distribución del poder muy sopesada que, de hecho, busca antes que nada evitar cualquier atisbo (siquiera potencial) que contribuya a consolidar cualquier lejano referente alternativo, aunque en esta fase inicial tal cuestión sea algo prematura. O no. En el mundo de política nunca se sabe del todo.

Quienes formaron su núcleo duro en la oposición no han terminado en los puestos más brillantes del gobierno (la tesis oficial es que serán los funcionarios los que asuman estas tareas) y, aunque todavía figuran dentro del sanedrín donde se decide, parece que su papel no va a ser tan intenso como se auguraba. Sin obviar el hecho –inevitable, por otra parte– de que al repartir las funciones de mando es justo cuando suelen producirse –por pura condición humana– los primeros desengaños secretos. De momento, bastante silenciosos. Ocultos. Callados. Se diría que discretos.

Los mensajes públicos lanzados en estas primeras semanas son igualmente interesantes. Zoido, que comenzó patinando solito con la peregrina idea de impulsar un nuevo revisionismo estético del centro de Sevilla, dando inteligentemente un paso atrás casi inmediato (Monteseirín no es el único que solía tener esta costumbre), y que después ha corregido decisiones ya tomadas como la desaparición del Cecop –recompuesta en horas veinticuatro– hasta ahora sólo ha enseñado dos caras.

Primera: que será un alcalde reivindicativo con la Junta de Andalucía, cuyo futuro gobierno depende de las elecciones autonómicas del próximo año. Y segunda: que esta vocación combativa (cuyo máximo exponente es que el alcalde seguirá como diputado en el Parlamento andaluz) pretende equilibrarse con cierto talante dialogante cuyas evidencias son la decisión de reincorporar a la oposición a los órganos de administración de las empresas municipales y la oferta (consumada hace dos semanas) a PSOE e IU para acordar con ellos unos puntos mínimos de consenso para la nueva etapa municipal.

En el teatro de la política (que unas veces es un drama y otras un sainete) conviene no confundir la puesta en escena con las pulsiones internas. Mientras el PP juega la baza de la contención aparente, los fontaneros del nuevo gobierno municipal vienen administrando en paralelo las fotos más negativas (y ciertas, en algunos casos) de la anterior etapa. Una táctica que se intensificará si finalmente Zoido realiza la prometida auditoría de los organismos municipales.

Sin discutir la legitimidad del alcalde para adoptar esta medida, que parece natural, se deja ver también cierta obsesión (escondida, pero evidente) por intentar que el foco de atención de los ciudadanos siga fijo durante mucho tiempo en la etapa municipal previa. La táctica sería admisible a corto plazo –nadie es tan ingenuo como para esperar que los populares no utilicen en su beneficio la información del traspaso de poderes– pero no será, a medio plazo, justificación alguna para que el nuevo alcalde no ponga en pie su propio programa de gobierno, cuya principal paradoja interna es que se sustenta en una serie de promesas (unas más concretas que otras) cuya viabilidad le obligará más bien pronto a decidir y, por tanto, a tener que mojarse en determinadas cuestiones.

El episodio más divertido de este primer acto municipal –la obra entera durará cuatro años y, probablemente tendrá hasta intermedios– es la extraña obsesión por los movimientos de la oposición que todavía persiste en ciertos ámbitos del nuevo poder local. Símbolo de que el tránsito (mental) que el PP tiene que hacer desde la oposición al poder no está del todo ajustado. No se trata sólo de la mencionada voluntad de airear los errores, descuidos o manifiestos campanazos de la anterior coalición PSOE e IU, sino de la extraña orfandad (de rival) en la que viven algunos estrategas del PP, acostumbrados a un cuerpo a cuerpo destructivo e incapaces de entender que también se puede, y se debe, hacer política sin estar constantemente en posición de combate ante el enemigo.

–¿Qué pasa con la oposición? ¿Por qué no dice nada? ¿Por qué Espadas es tan tibio al criticar al alcalde? ¿Por qué Torrijos no ha empezado ya a tronar contra el gobierno?, se preguntan sin comprender que tanto los socialistas como la coalición de izquierdas, dados los resultados del 22-M, parecen haber decidido bajar el balón al suelo y sencillamente esperar. Incluso colaborar. Dejar gobernar, cosa que no siempre hizo el actual alcalde durante su fase como jefe de la oposición.

Tal táctica, que tiene una razón tanto anímica como racional, y que quizás sea tan espontánea como fruto de la meditación, tiene desconcertado a muchos, cuya principal aportación durante estos años ha sido intentar dirigir el foco de la función (los tramoyistas, en teatro, son aquellos de quienes dependen los efectos visuales y sonoros de la representación) hacia el mismo punto fijo, probablemente para que los espectadores –los ciudadanos– no perciban nunca todo el escenario político ni puedan tener suficiente amplitud de campo.

Hay que admitir que, a tenor de los resultados electorales, el recurso escénico les funcionó muy bien. Hasta ahora. Ocurre, sin embargo, que un hecho nuevo está sobre el tablero de juego. Paradójicamente es la cuestión más deseada por los propios tramoyistas:la victoria electoral. El rotundo triunfo de Zoido no sólo ha sido un logro político para el PP en su carrera hacia la Junta de Andalucía, sino que al mismo tiempo provocará que vaya afianzándose una percepción diferente (en principio leve;con el tiempo mucho más acusada) del personaje público construido por su equipo de campaña.

No es raro que en los cuarteles del PP, sobre todo durante los nueve meses que restan para las autonómicas, haya orden de conservar, como un tesoro, el perfil populista y amable del alcalde. Si los electores dejan de mirarlo como un redentor y se olvidan de los malditos diablos rojos de los últimos años (PSOE e IU), sencillamente si alguien cambia la luz del foco, igual empiezan de pronto los problemas. Porque gobernar, si se hace de verdad, siempre implica meterse en problemas.

Zoido: el mensaje ecuménico

Carlos Mármol | 12 de junio de 2011 a las 6:15

El nuevo alcalde de Sevilla inaugura la futura etapa municipal con un discurso en el que apela a la honradez, la honestidad, la cercanía a los ciudadanos, la ley y la biblia.PSOE e IU anuncian una oposición muy activa.

Lo dijo Tomás de Kempis: “Ni mejor porque te alaben, ni más vil porque te desprecien; lo que eres, eso eres”. Juan Ignacio Zoido, el candidato del PP a la Alcaldía, se convirtió ayer en el sexto alcalde de Sevilla de la democracia. Fue investido con el apoyo de sus 20 concejales, mientras el movimiento ciudadano 15-M protestaba en las puertas del Consistorio en demanda de un sistema democrático más participativo y ante una representación (ilustrativa) de lo que el PP considera que debe ser la Sevilla oficial. Gracias al extraordinario respaldo logrado el 22-M en las urnas y con el presidente de la Junta (el siguiente enemigo a batir por parte del PP) delante.

La ceremonia, marcada por la legislación de régimen local vigente, tradicionalmente añeja, similar en algunos momentos a un sufrido pregón, permite formular algunas intuiciones inmediatas. La primera: Zoido no va a ser un gran orador. Mucho menos un retórico. No es una crítica. Ni siquiera un reproche. De entrada, como cualquier gobernante, tiene cien días de gracia. Tan sólo es la constatación de una mera evidencia. Nada nuevo, por otra parte: sus seguidores lo ven como un hombre de acción (al decir de Baroja) más que como un intelectual. Sin embargo, en los momentos políticamente solemnes dicho carácter no deja de producir una cierta sensación de extrañamiento.

El nuevo alcalde, del que todos esperaban ayer un mensaje expreso y más concreto sobre los ejes por los que discurrirá durante los próximos cuatro años el futuro de la ciudad, se diferenció de todos sus predecesores en el cargo (casi todos ellos presentes, salvo su más directo antecesor) por una primera intervención pública sorprendentemente corta y casi de oficio. En la segunda, algo más amplia, se extendió más al exponer las líneas maestras de su proyecto político para Sevilla, pero las enumeró de forma similar a las cientos de intervenciones que ha hecho durante su larga y eterna campaña electoral (5 años ha durado) y que ayer, por fin, le llevó al puesto máximo del poder municipal. Lanzó adjetivos y sustantivos, pero eludió los verbos. No dio excesivos detalles ciertos. Explicó mucho el qué pero sin decir el cómo.

La importancia de este hecho es, en todo caso, relativa. La mayoría absoluta del PP abre una nueva etapa en el Ayuntamiento que no se va a caracterizar por los altos mensajes ni los alardes verbales, sino que (en teoría) deberá juzgarse en función de los hechos. La elocuencia política, que tan bien queda para la historia local, ha quedado fuera de escena desde el primer momento.

Es cierto que el discurso de Zoido, que presume de ser un hombre de pueblo, nunca ha sido muy dado a los matices, los grises o a la complejidad argumental. Su estilo es bastante más llano, sencillo y, en ocasiones, ayer mismo pudo oírse, algo redundante. Repetitivo. Ya con el bastón de mando en sus manos, el nuevo alcalde pronunció profusamente, casi se diría que en exceso, ante el auditorio del Salón Colón (autoridades civiles, religiosas y militares presentes), las palabras “talento” y “Sevilla” como principales elementos de lo que él mismo espera que sea su etapa como gobernante.

Cuatro años que van a estar marcados por la aplicación de su singular teoría sobre el hecho, en su opinión, de que para gobernar una ciudad no es necesario ningún tipo de ideología, sino sencillamente eficacia. Soluciones efectivas y reales contra los problemas básicos. Una Sevilla igual que un reloj suizo. Una suerte de Suiza hispalense que ojalá sea cierta, y posible, más allá de todas las promesas de campaña. El nuevo líder de la oposición, Juan Espadas, lo puso ayer en duda: “Una ciudad no es un metabolismo estático ni puede ser un reloj”.

Zoido, que ya se proclamó a sí mismo “alcalde de la luz” en 2007, cuando el pacto PSOEe IU le impidió llegar a la Alcaldía en el primer intento, circunstancia que a lo largo de los últimos cuatro años dio lugar a un estilo de oposición algo resentido, se sacudió ayer esta carga (para bien de todos) y comenzó el tránsito que va desde la expectativa del poder hacia el ejercicio mismo del mando. Es de suponer que en su caso será toda una satisfacción, aunque este camino no está (para nadie) exento de peligros, trampas y dificultades. Su mayor reto consistirá en saber salvarlas con seso.

El bastón de mando que desde ayer empuña el político del PP, al que no se le puede discutir su apabullante victoria electoral, tiene mieles y hieles. Permite beneficios y causa perjuicios.Tiene el brillo de las maderas nobles pero también las espinas inherentes al ejercicio del poder.

La primera dificultad, precisamente, es la obligación a cambiar de discurso y, al mismo tiempo, tratar de ser coherente. Solventar toda una paradoja. Zoido anunció ayer que será un alcalde leal pero reivindicativo con el resto de instituciones públicas (el primer año será clave para ver si en el mandato que ahora estrena como regidor predominara lo primero o lo segundo), anunció que reclamará a la Junta la capitalidad de Sevilla (primer conflicto a la vista), proclamó su honradez (a algunos de sus adversarios políticos se la ha negado en algunos de sus momentos en la oposición) y garantizó que será, ante todo, un gobernante cercano a los ciudadanos. Un servidor público.

Todo correcto. Nada censurable. Cualquier político tiene derecho a decir lo que estime conveniente. Sobre todo, dirán algunos, si ha sacado veinte concejales. Es una manera de verlo, claro. Porque este derecho de expresión es idéntico para políticos, fontaneros e incluso periodistas. Es una de las grandes virtudes de la democracia, incluso imperfecta, que tenemos. Que la gente hable con total libertad de conciencia. Sin miedos. Que diga realmente lo que piensa y, sobre todo, haga algo tan inusual como útil:argumentar lo que afirma.

El nuevo alcalde tiene por delante muchos problemas urgentes que no pueden esperar más. Ahora le toca cumplir con los ciudadanos. El tiempo de las eternas promesas ha terminado (en su caso, con éxito) y comienza el de los hechos. Soluciones sin excusas. Quien ha lanzado desde la oposición a los ciudadanos un mensaje de que nada es imposible (con talento, trabajo y esfuerzo) debe aplicar ahora estos mismos principios (no otros) en busca de la eficacia, entendida ésta no sólo en términos empresariales, sino sobre todo sociales. De justicia. El gran problema de Sevilla es el paro. Después la cohesión social. Zoido habló ayer de la ley (la Constitución) y la biblia como sus dos particulares grandes creencias vitales. Su “faro en la vida”.

Respetando ambas cuestiones, el cambio de tono y mensaje, aunque sin perder necesariamente la coherencia política, sino por exigencia de las nuevas circunstancias, parece obligado. Ortega y Gasset lo explicó extraordinariamente bien:si uno no es capaz de salvar sus propias circunstancias no se salvará a sí mismo. En el caso de Zoido su circunstancia política ha mutado: tiene que pasar de hacer una oposición inquisitorial al gobierno efectivo. De la denuncia constante en la plaza pública al ejercicio del gobierno. De prometer a hacer. No será nada fácil. Ni tarea sencilla. Sobre todo si no se tiene suficiente cintura ante las críticas, que llegarán porque son tan democráticas como las victorias electorales.

La oposición municipal (PSOE e IU) estuvo ayer cortés y crítica a partes iguales. Su actitud y sus mensajes auguran una etapa de control político muy activa. Nada cortesana y, probablemente, muy útil para la salud democrática de Sevilla. Tanto como la adaptación de Zoido a su nueva condición (accesoria, no se olvide; en la vida el poder es un atributo temporal) en la que sobresale ya el nuevo discurso ecuménico (tan diferente al pronunciado hace cuatro años, como le recordó ayer Espadas; y tan lejano al mensaje, admirable y elocuente, que le tocó hacer en su día a Jaime Raynaud, su antecesor como candidato y un político al que el PP debería tener en bastante mayor estima) del nuevo regidor, que promete una Sevilla sin los vicios del sectarismo, sin listas negras y diáfana. Ojalá sea cierta, aunque determinadas algaradas verbales, oídas ayer en el propio Salón de Plenos, lamentablemente no permitan ser totalmente optimistas. El tiempo, el único señor, nos sacará de dudas.

Batalla por la república fenicia

Carlos Mármol | 11 de junio de 2011 a las 6:15

Las familias socialistas intentan buscar reacomodo en los escasos puestos a repartir tras la debacle  del 22-M. La próxima guerra serán las listas al Congreso y el Parlamento. Los críticos reavivan el descontento interno.

Napoleón decía que la política es una fatalidad moderna. En el caso de los socialistas sevillanos, el 22-M se ha convertido en Waterloo: la convocatoria electoral ha terminado en lo que los franceses llamarían fatalité. O lo que los griegos denominan katastrophe. Algo presente y con visos de convertirse en permanente. La situación interna, que nunca estuvo bien, ha empeorado; como ocurre después de todas las debacles.

Los tratadistas políticos clásicos sostienen que un periodo de destierro es necesario en toda carrera política. Los mensajes más trascendentes de la humanidad, aquellos que construyen valores e ideas, incluso los religiosos, y la política no es más que una extraña forma de religión, proceden siempre de los desiertos, el fracaso, el retiro, la inevitable caída en desgracia. Los socialistas sevillanos se enfrentan ahora a eso mismo: un singular infierno que avistan con un grado de desconcierto sólo comparable a la sensación de repentina fractura de un imperio que, como todos, se imaginó eterno y será perecedero.

Claro que, en todo hundimiento, el estilo es lo que marca las diferencias. Se puede fracasar con dignidad, valentía e incluso cierto heroísmo, aunque ninguno de todos estos atributos libre nunca a los derrotados de las miserias de la condición humana: teléfonos que dejan de sonar, confesiones de solidaridad privadas que en público nunca se expresan, cobardías, desconfianza, adhesiones que sólo buscan el interés propio. La vida.

La situación del PSOE de Sevilla no responde a una foto fija. Tiene múltiples lecturas. Tantas como familias cohabitan dentro de la organización. Pero el denominador común de todas ellas pasa por la ausencia de un liderazgo indiscutible en el seno orgánico. Por supuesto, formalmente no existe vacío de poder: la secretaría general sigue en manos de José Antonio Viera, que ya dijo en su momento que (salvo novedad procesal) su mandato terminará cuando está oficialmente previsto (2012), nunca antes, y la ejecutiva (oficialista en su integridad, aunque no tan monocolor como se supone) rige los rumbos del partido. Hacia qué dirección concreta ya es otra cuestión distinta.

La realidad, sin embargo, es que en Sevilla capital –donde las distintas agrupaciones socialistas aún se encuentran divididas en un bando rebelde y otro afín a la actual dirección– las tensiones de siempre se han intensificado en las últimas semanas por tres motivos: la propia derrota, la reducción del campo de juego (para todos) y la creencia, por parte de los críticos, de que ya cuentan con el pretexto que esperaban, en algunos casos hasta con entusiasmo, para volver a dar su particular batalla con objeto de poder contar algo en el PSOE.

No es una casualidad que en estos compases iniciales del nuevo mandato municipal tanto el PP, que sigue obsesionado con amplificar la crisis interna de los socialistas a pesar de sus 20 ediles electos, como determinados sectores del PSOE –en buena parte procedentes de la etapa de Monteseirín– coincidan por separado (o quizás no tanto), por vías indirectas, en tratar de poner en cuestión la figura del candidato socialista, Juan Espadas, que hoy se convertirá en el nuevo jefe de la oposición.

Tal ofensiva no es gratuita ni fruto de una determinada posición ideológica. Responde al poder en su condición menos noble: la capacidad para mantener en la política activa –cobrando de las arcas públicas pero dedicados en exclusiva a la actividad partidaria– a los cuadros afines. La escuadra. Nada que no haya ocurrido antes, aunque la intensidad de la actual derrota dibuje un escenario más dramático: un caudal de cargos de confianza, esenciales en la composición de fuerzas y los equilibrios de poder en el seno de las distintas asambleas territoriales buscan acomodo en los escasos lugares disponibles.

Dos son los terrenos inmediatos de enfrentamiento: la cuota de asesores externos del grupo municipal socialista –que oscilará entre seis y ocho personas– y la Diputación, donde Fernando Rodríguez Villalobos se ha convertido –descontando los puestos autonómicos, cuya vigencia en el tiempo es de sólo diez meses– en el gran deseado por unos y otros. Los suyos y los ajenos.

Como la oferta de puestos a repartir es escasa y la demanda bastante grande, y la aritmética todavía no sirve para hacer milagros, los que entran en juego son los padrinos y las madrinas, que intentan buscar refugio seguro a sus peones para no perder ni su cuota de respaldo orgánico (deserciones, cambios de mando) ni la apariencia de solucionar la vida ajena que siempre ha ido asociada al poder.

Las presiones en el caso del grupo municipal todavía están abiertas. Los susanistas han intentado lanzar a las agrupaciones el mensaje de que ellos controlarán el grupo (están empotrados en la lista de Espadas) a través de Alberto Moriña, su referente municipal, que hace unos días filtró que iba a ser el nuevo portavoz. Obvió, sin embargo, algunos datos objetivos: Espadas ha articulado en realidad un núcleo duro de tres personas (Mercedes de Pablos, Eugenio Suárez Palomares, Antonio Muñoz) que estarán por delante de Moriña en las labores de dirección.

La jefatura del grupo la ejercerá directamente él. El mensaje político a las agrupaciones, en su mayoría críticas con la actual dirección, y en las que Espadas no tiene más remedio que apoyarse para los cuatro años de oposición que tiene por delante, es nítido: los susanistas no tendrán el mando exclusivo del grupo municipal. El objetivo: no perder la autonomía, pese a todos sus inconvenientes, lograda a la hora de elaborar las listas. Algo necesario para poder trabajar desde el ayuntamiento sin interferencias externas y vital si, en el futuro, en el horizonte de 2012, Espadas pretende jugar un papel orgánico que pueda compensar la evidente erosión del liderazgo oficial, discutido por algunas agrupaciones a pesar de su triunfo en el congreso de 2008.

El sector crítico tampoco mantiene una posición única: derrotados tras el pulso a Viera, hay quienes analizan la situación interna para una hipotética rebelión y quienes juegan a la integración. ¿Cómo? Tendiendo la mano a la dirección y al candidato a cambio de ganar cuota. Una estrategia que no obstante combinan con la amplificación hacia el exterior de cualquier episodio de tensión entre las agrupaciones y la dirección, frecuentes además dada la difícil coyuntura política y humana que se vive en el PSOE sevillano. La táctica: pax interna con protagonismo o ruido.

Tras la composición del Ayuntamiento y la Diputación –la pelea inmediata– la siguiente batalla serán las listas para las elecciones generales y autonómicas. Diciembre. Pretendientes para ser diputados regionales o nacionales –incluso con un escenario de derrota– suman ya legión entre los históricos, los oficialistas sin sitio, los críticos con ambiciones y quienes desean seguir. No va a haber sitio para todos incluso aunque el Parlamento andaluz gane diputados.

En todos los debates –reuniones que terminan a gritos, asambleas de cinco horas de duración en las que el candidato debe aguantar el tipo ante militantes ofuscados que dan su visión de la derrota, encuentros en restaurantes (en algunos casos, los últimos pagados con dinero municipal)– se repiten distintos argumentos (siempre a conveniencia) en los que, no expresamente, sino de forma tácita, subterránea, late la misma pulsión interior: el pánico a quedarse sin asidero.

Dicen que el cambio es la única forma de perdurar en la vida. Los socialistas han mutado tanto desde los tiempos en los que renunciaron al marxismo (“antes socialistas que marxistas”, decían) que, en lugar de ideas o propuestas, la polémica no sale de los cauces fenicios. Fenicia: dícese de la frágil república de navegantes del Mediterráneo que no dejó filosofía ni grandes obras arquitectónicas. Un imperio exclusivamente mercantil, diluido por el correr de la historia, cuyo único objetivo era el comercio. El dinero.

El Metro: una batalla interesada

Carlos Mármol | 5 de junio de 2011 a las 6:10

El PP empieza a agitar el señuelo del Metro de Sevilla como primer recurso de la táctica de confrontación política con la Junta de Andalucía que marcará el primer año de gobierno de Zoido en el Ayuntamiento.

Se veía venir desde lejos. Igual que un tren llegando a una estación: lentamente y sin detenerse. No supone por tanto ninguna sorpresa. Más bien al contrario: entra dentro del guión, que ya está escrito. Y, por lo que se intuye, éste no va a sufrir demasiadas modificaciones. Tan sólo las estrictamente necesarias.

Tampoco puede ignorarse, porque es un factor ilustrativo, que no hayan dejado pasar ni siquiera el calendario que dicta el protocolo oficial –que no sitúa hasta dentro de una semana la toma de posesión como nuevo alcalde de Juan Ignacio Zoido– para que el PP ponga ya sobre la mesa la primera exigencia (política) que el futuro gobierno municipal de Sevilla piensa hacerle a la Junta de Andalucía: una red integral de Metro diferente a la inicialmente prevista.

Es cierto que antes han surgido otras cuestiones previas. Alguna que otra realmente sorprendente. De entrada, no empezaron mal:el anuncio de la auditoría municipal se antoja una cuestión natural y lógica, aunque en realidad no debería servir de pretexto eterno. Después, quizás por un mal consejero, aconteció el episodio –célebre y útil al mismo tiempo, si es que se tiene la rara capacidad de aprender de los errores– de la sorprendente proclama sobre la necesidad de acometer una nueva reinvención estética (otra vez) del casco antiguo de Sevilla o la recurrente polémica por los cambios en el nomenclátor.

Y, en tercer lugar, salió la cuestión del tranvía y del Metro, aunque en honor a la verdad este último asunto ya lo había lanzado el propio Javier Arenas, presidente del PP andaluz, que es quien marca el camino hacia el horizonte, horas después de cerradas las urnas y conocido el saldo de 20 a 11 ediles que marcará la política local de Sevilla durante los próximos cuatro años.

La primera bandera

Es evidente que los populares tienen demasiada hambre de balón. La tenían hace ya cuatro años. Y ahora, con el aval del apoyo logrado en las urnas, cuentan las horas que restan para el Pleno constituyente que permitirá a Zoido –la ley de bases de régimen local es de corte presidencialista– convertirse en el regidor de Sevilla. De todos es sabido: un rey, si aspira de verdad a reinar, debe tener algunas banderas. Contadas pero significativas. Que sean propias o ajenas en realidad viene a ser lo de menos. Lo importante es que parezcan suyas y, claro, que la gente sea capaz de reconocerlas y esté hasta dispuesta a seguirlas. ¿Y qué mejor señuelo, puesto que toda bandera al fin y al cabo no es más que esto, que el Metro de Sevilla?

Al elegir el motivo, sin embargo, el PP no está siendo demasiado original. Rojas Marcos, cuyo mandato como alcalde marcó época, ya hizo lo mismo, con bastante más inteligencia, también con el Metro y con el Estadio de la Cartuja. Ambos son hoy realidades tangibles, aunque uno sea rentable desde el punto de vista social –esta semana la línea 1 del Metropolitano ha llegado a los 30 millones de viajeros tras dos años y medio de funcionamiento sin casi ningún problema– y el otro, en cambio, sea un perfecto ejemplo de falsa grandeur, tan rotundo como innecesario. Más o menos igual que las famosas setas de la plaza de la Encarnación.

El PP ha escogido el asunto del Metro como la primera exigencia (“democrática”, puntualizó en su momento Arenas) para inaugurar el año, corto pero intenso, que resta para los próximos comicios autonómicos, en los que el partido conservador, que ya domina por completo el mapa político nacional y regional tras las elecciones del 22-M, planea conquistar el Palacio de San Telmo poniendo fin así a las largas y sucesivas décadas de poder socialista en Andalucía.

¿El PP quiere hacer de verdad el Metro? Es de suponer que sí. Claro. Pero, sobre todo, lo quieren porque consideran –no sin cierta razón– que es un argumento útil para que los votantes que han apoyado a Zoido en estas elecciones locales hagan lo propio en los comicios autonómicos. Una hipotética mayoría electoral del PP en la guerra regional pasa, ineludiblemente, por reducir sustancialmente la actual diferencia de diputados que el PSOE tiene por la provincia de Sevilla en las Cinco Llagas. Lo que significa que la reciente victoria en la lucha por la Alcaldía de Sevilla no tiene sólo un efecto simbólico (trascendente, por otro lado), sino también pragmático: es necesario conservar, al menos durante el próximo año, el llamado voto prestado o emigrado hacia las filas del PP desde sectores hasta ahora electoralmente afines al PSOE.

El Metro, al igual que la Ciudad de la Justicia –cuya ubicación está en discusión por parte del PP–, son dos batallas que se plantean en el ámbito local pero que, en realidad, parecen estar concebidas para un fin superior al municipal. Un objetivo que no tiene tanto en cuenta el interés de los ciudadanos –los sevillanos necesitan mejores instalaciones judiciales, con independencia de su ubicación exacta– como otros elementos tácticos: hacer notar a los socialistas, cuyo poder institucional en el Gobierno central y la Junta tiene sólo diez meses de respiración artificial, que la ola triunfal del PP es un tsunami imparable. Habrá otros episodios más o menos similares. Segurísimo. Por ejemplo: la reivindicación de una ley de capitalidad para Sevilla que fije un porcentaje cerrado de inversiones por parte de la Junta.

El nuevo alcalde electo tiene el derecho –y hasta la obligación– de analizar los proyectos diseñados por la Junta de Andalucía para el Metro, respaldo político suficiente para plantear cambios y hasta puede colaborar en la búsqueda de la financiación externa necesaria para sacar adelante la red integral del Metropolitano.

Zoido, en este sentido, no sólo disfruta del aval de las urnas, sino del derecho a un protagonismo político que, en el caso de Monteseirín, no siempre se ejerció. Nadie discute su papel institucional como representante del nuevo gobierno de la ciudad, entre otras cosas porque hay que darle cierto tiempo –los célebres cien días– antes de entrar a hacer un análisis a fondo de su gestión, que todavía ni siquiera ha empezado por mucho que algunos, demasiados ya, disfruten y presuman en público del vano ejercicio (para el ego) de decirle qué es lo que debería hacer.

Lo que sí conviene recordar, para que cada ciudadano pueda formarse su propio juicio en relación a esta cuestión, son algunos datos objetivos. Ciertos. Indiscutibles. Probablemente molestos. Tan impertinentes como cualquier verdad. Primero: la red de Metro de Sevilla que propone el PP cuesta 1.500 millones de euros más de lo previsto. Una cantidad difícilmente abordable, incluso por un inversor privado, en las actuales condiciones económicas. Dos:el proyecto de la Junta tiene un trazado en subterráneo de un 92%. No se sostiene la tesis del PP de que la Junta pretende ahorrarse dinero haciendo un proyecto en superficie.

Y tres: el PP, a pesar de este repentino afán por el Metro, nunca puso dinero cuando gobernó en Madrid para financiar la línea 1. De hecho, no fue hasta diciembre de 2005 –con Solbes de ministro de Economía– cuando el Estado aceptó poner una parte de los fondos (al menos un tercio) para costear las obras y librar así a los tres ayuntamientos implicados (Sevilla, Dos Hermanas, Mairena) del 25% de financiación que tuvieron que comprometer por adelantado ante la negativa de Aznar a cumplir con la ley del Metro.

Una vez dicho esto, cada uno es libre de jugar a lo que estime más conveniente. Es evidente que Sevilla requiere un Metro integral que no se quede justo de costuras. Pero también es obvio que, más que levantar banderas a conveniencia, lo práctico es ayudar a cerrar los frentes abiertos –la financiación, la gestión de los presupuestos públicos– para que Sevilla tenga el Metro que se merece. Sin padres. Ni madres. Sencillamente de todos.

Zoido: la inevitable metamorfosis

Carlos Mármol | 29 de mayo de 2011 a las 6:15

El nuevo alcalde electo, que llega a la Alcaldía con un respaldo social mayúsculo, tiene durante los primeros cien días de gobierno un cheque en blanco para poder fijar las líneas maestras del futuro escenario municipal.

Existe una cita célebre de Jorge Luis Borges, el escritor argentino, que afirma que la democracia viene a ser algo así como un abuso (extremo) de la estadística. Entendida como una frase entre provocadora e ingeniosa, más que en su estricta literalidad, la sentencia sirve para resumir la reciente y atronadora victoria electoral del PP en Sevilla.

Conseguir 20 de los 33 ediles en juego, evidentemente, no es sólo una mayoría suficiente –como se ha dicho eufemísticamente durante la campaña para evitar el matiz negativo que implica el absolutismo–, sino también un exceso (democrático), si me permiten el término. Sustancialmente por el extraordinario desequilibrio que introduce en un escenario –el mapa político de Sevilla– marcado durante las últimas cuatro décadas por la promiscuidad de los distintos partidos políticos.

Bromas aparte, el triunfo de Juan Ignacio Zoido, el nuevo alcalde electo, es ya un hecho que ha venido a cerrar definitivamente una etapa –la llamada era Monteseirín– y a abrir otra que, de momento, se caracteriza con su notable grado de incertidumbre. Ni la situación económica general ni la salud financiera del Ayuntamiento que hereda el candidato del PP auguran una etapa de excesivas alegrías en la gestión municipal. Los parámetros a examinar, cuando llegue el momento, serán la administración inteligente de los recursos disponibles y el éxito en la tarea de sacarles partido.

La tradición manda que a cualquier gobernante que accede al poder –la Alcaldía, en este caso– deben concedérsele al menos cien días de plazo para que pueda organizarse, diseñar sus prioridades políticas y empezar a trabajar sin ser criticado a fondo. Nobleza obliga, pues. Así que hasta entonces Zoido (Juan Ignacio), que aún tiene que ser formalmente investido regidor de Sevilla por el Pleno, dispone de cierta carta blanca, además de suficiente apoyo popular, algo que nadie puede negar, para decidir qué va a hacer, cómo va a hacerlo y cuáles son los parámetros a partir de los cuales deberemos evaluar su gestión.

A pesar de que los políticos suelen a ignorar, por conveniencia, esta cuestión, su trabajo acostumbra a ser objeto de escrutinio público fundamentalmente en función del marco concreto que ellos mismos definen –a veces sin darse cuenta– en el momento mismo de fijarsus prioridades, redactar su programa de gobierno, hacer sus promesas y, en general, lanzar los mensajes que dirigen a los ciudadanos. Las campañas electorales, más que en todos estos aspectos, tienen la costumbre de incidir en los detalles personales para vender un cierto perfil político. Un recurso habitual cuando de lo que se trata es de persuadir al elector para alcanzar el poder.

La etapa que ahora comienza es distinta. El PP es ya el poder municipal. Una vez estás al frente de un gobierno, los factores personales importan menos (aunque expliquen en ocasiones determinadas decisiones) y el análisis político, en cambio, debe basarse en lo dicho por contraste con lo hecho. En el grado justo de coherencia existente entre estas dos orillas. El punto exacto donde se sustenta el pilar básico de la credibilidad no sólo de un político, sino de cualquier persona.

La llegada de Zoido al poder, anunciada por los suyos desde hace ya varios meses como una especie de buena nueva, casi mesiánica, se ha hecho realidad. En determinados casos, ha despertado una oleada de simpatía que, vista con algo de cierta distancia, como es necesario mirar todas las cosas, casi se diría que es incluso superlativa. Teniendo en cuenta que el CIS afirma de que los ciudadanos ven a (todos) los políticos como el tercer gran problema de España, resulta cosa bastante sorprendente que la victoria de Zoido en Sevilla provoque de pronto un entusiasmo tan superlativo como para convertirse en la única noticia de los primeros compases de la nueva partitura municipal. La historia nos enseñó hace mucho tiempo las razones:los triunfos tienen multitud de padres;las derrotas siempre son huérfanas. Una frase atribuida a Napoleón.

Que Zoido firme autógrafos, se retrate en grupo con los vecinos que lo han votado, que lo aplauden y lo vitorean y, en general, que presuma de despertar una cierta ilusión colectiva entre algunos sevillanos no es algo malo, aunque uno –por oficio– tienda a preguntarse cuánto de alegría sincera hay en estas singulares estampas y cuánto de desesperación. ¿La razón? Que el panorama social al que deberá enfrentarse el nuevo regidor va a ser todo menos fácil: un paro desbocado, barrios con unas necesidades sociales mayúsculas y, sobre todo, una caja de caudales mermada. Casi todos los ingredientes necesarios para que, en términos políticos, al menos, puedan producirse experiencias desagradables.

La nueva situación

El PP, que ha marcado en los últimos cinco años una determinada línea de trabajo en la oposición, basada en la judicialización de la vida política y en la propaganda de sus propias virtudes, tendrá ahora que readaptar su mensaje a la nueva coyuntura. Desde hace una semana es el futuro gobierno municipal. Y esto implica que, inevitablemente, en lugar de ser sus concejales quienes denuncien a los demás, serán justamente ellos los analizados y escrutados por la oposición (PSOE e IU), la prensa y los ciudadanos que han dado su confianza a Zoido durante cuatro años para dirigir la ciudad. Así funciona el sistema.

El cambio de enfoque es total. Sin olvidar además un factor añadido:mientras más expectación genera una persona en los demás –sea político, escritor, músico o empresario– más difícil resulta no defraudarles. No tanto por los méritos propios, sino por la extraordinaria presión que supone tener que gestionar los anhelos colectivos de los demás. El reto de Zoido es más que considerable.

Es de suponer que el nuevo alcalde electo debe ser perfectamente consciente de este hecho y se preocupará de que su gobierno cuide el talante –la forma de gobernar–, la transparencia –el libre acceso de los ciudadanos a toda la información municipal–, la participación y la eficacia en la gestión de los servicios públicos. Y es deseable también que tenga la cintura suficiente para, a partir de ahora, encajar las críticas que su trabajo pueda generar. Al menos, tanta como ha tenido en los últimos tiempos para recibir el caudal de elogios que al final se ha traducido en respaldo electoral.

La primera decisión adoptada por el PP ha sido encargar una auditoría para conocer de primera mano la verdadera situación económica del Ayuntamiento. Parece natural: el anterior gobierno ha sido opaco en muchas de estas cuestiones y los ciudadanos –gobierne quien gobierne– tienen derecho a saber cómo se usa su dinero. Del resultado de este análisis probablemente salga una foto del Consistorio peor de la esperable. Aunque esta hipótesis no debería servir al nuevo gobierno local para, una vez llegado al poder, quedarse exclusivamente en el mero revisionismo político.

Zoido ha sido elegido por los sevillanos para solucionar problemas, no para continuar denunciando eternamente los errores de sus antecesores. Debe hacer cosas (bien o mal; eso ya se verá), no sólo decirlas. Y es de suponer que, aunque sea un alcalde reivindicativo, no limitará su acción de gobierno al enfrentamiento constante con la Junta de Andalucía, como pasó en la etapa de Soledad Becerril. Queda sólo un año para las elecciones autonómicas. El PP sueña con alcanzar la Junta. La tentación de utilizar a Sevilla de ariete debe ser grande. Pero no contribuiría ni a que Zoido cumpliera sus promesas ni a consolidar en la ciudad las bases de un poder perdurable para el PP. Sería un error. Zoido debe gobernar. Sevilla así lo ha decidido.

Perdidos en el bucle orgánico

Carlos Mármol | 25 de mayo de 2011 a las 6:15

El PSOE empezará a preparar esta misma semana su nueva etapa en la oposición. La debacle en los distritos obliga a hacer un análisis profundo de los errores de la gestión municipal. La ‘cuestión interna’ sigue en el aire.

La debacle electoral en Sevilla ha dado paso en el PSOE al inicio de un debate bizantino. ¿Qué fue antes? ¿El huevo o la gallina? Aplicado al caso:¿la responsabilidad del fracaso es de la gestión municipal, cuyo representante es Monteseirín;o de la dirección provincial, que forzó el cambio de candidato? ¿De ambos factores? La duda no se va a resolver. Probablemente porque es imposible separar ambas cuestiones: el descalabro en los barrios que hasta ahora habían venido votando mayoritariamente a los socialistas no se ha producido por una única razón, sino por una suma de causas combinadas que, juntas, han provocado un malestar tal en las bases sociales que solían apoyar al PSOE como para llegar a votar al PP.

El tsunami de la crisis económica aparece en todos los análisis (internos) como causa esencial. Como es algo evidente, ha sido la justificación oficial dada por la dirección del partido en Sevilla, aunque en paralelo se admiten otras cuestiones subterráneas (el impacto en los votantes del agrio conflicto con los funcionarios de la Junta, que en Sevilla suponen una cuota muy importante del electorado, tanto de forma directa como indirecta) y, sobre todo, los efectos derivados de la escasa gestión realizada por el Ayuntamiento en los últimos cuatro años.

Todas las familias de la organización hablan de estos tres factores, aunque no con la misma intensidad. En función de donde ponen unos u otros el acento, puede trazarse un mapa de los motivos y pretensiones de cada una de ellas. Por ejemplo:la dirección llega a cuantificar hasta en tres ediles la pérdida derivada del voto de castigo a Zapatero. Otros, en cambio, resaltan que la campaña de Espadas ha tenido errores que también explican que no se haya conectado con el electorado, aunque esta versión suele ignorar el punto de partida: antes de que el alcaldable del PSOE entrara en escena, los sondeos de opinión ya señalaban que el desgaste de apoyo provocado por la gestión de Monteseirín era más que notable. La tendencia beneficiaba al PP desde hacía tiempo.

Después hay otra tesis:la orgánica. Algunos referentes del anterior sector crítico (los críticos anónimos, pues en realidad nunca tuvieron un portavoz público hasta que Demetrio Pérez intentó, sin éxito, disputar la secretaría general a José Antonio Viera) inciden en la tesis de que, sin desechar los motivos generales, la brutal subida del PP se debe a la decisión de dejar fuera de la lista electoral a los secretarios generales de las distintas agrupaciones, un factor que, en su opinión, ha desmovilizado a una buena parte de la sociología tradicional del partido. El objetivo de este discurso es evidente: exigir explicaciones a la dirección por los fallos y argumentar, de esta forma, la necesidad de acometer de inmediato un verdadero proceso de integración que vuelva a situar a ciertos secretarios generales –caso de Miraflores, por ejemplo– en el tablero de juego.

Claro que hay quien no lo ve igual. Ni de lejos. Y da sus argumentos:“¿Se hubiera perdido el distrito Cerro Amate si Fran Fernández, el todavía edil de Movilidad, hubiera ido en la lista?”. Con esta preguntan justifican la decisión –firme e irreversible– de romper con la anterior etapa municipal. Fernández fue el responsable de pedir a los vecinos de muchos barrios dinero para construir un plan de aparcamientos del que nada se sabe. Los fondos recaudados no se han devuelto. “¿Podíamos ser creíbles ante los vecinos que se sienten estafados por esta cuestión si quien representa al partido es justo quien provocó el problema?”, se pregunta un miembro de la dirección del PSOE. La respuesta es evidente: no.

De hecho, uno de los errores que admiten de forma interna los socialistas sevillanos, que esta misma semana han decidido empezar a trazar su estrategia de oposición, es la dificultad para que los votantes entendieran el difícil equilibrio al que se veía forzado Espadas:tenía que marcar distancias con Monteseirín pero, al mismo tiempo, no discutir su legado. Algo demasiado sutil para que lo entendiera todo el mundo, sin mencionar la contradicción cometida, por ejemplo, en el caso de las setas de la Encarnación, un proyecto con el que Espadas marcó distancias en una primera fase pero que llegó a aceptar al final de la campaña. Algo imposible de entender si no se tiene en cuenta la clave interna:cada movimiento que hacía el alcaldable podía dar pie a un posicionamiento contrario del equipo y los militantes que apoyaron a Monteseirín, al interpretarlo como una desautorización global. El eterno fantasma de la fractura interna (tanto a nivel local como orgánico) ha sobrevolado a lo largo de toda la campaña. Y la dirección provincial no ha sabido gestionarlo bien.

Con independencia de las interpretaciones interesadas (tratándose de política, casi todas) lo cierto es que el hundimiento en los distritos Macarena y Este, y el descenso en casi todos los demás, es de tal intensidad que la teoría del bucle orgánico –“se ha perdido porque no se ha contado con los socialistas que son referencia en sus barrios”– no se sostiene. Si las bases socialistas estaban enfadadas con la dirección por haber sacado de la lista a sus referentes –el término ya es llamativo– lo lógico hubiera sido que parte del electorado tradicional del PSOE hubiera dejado de ir a votar para mostrar su enfado.

Es poco creíble que los militantes que hacen vida en una agrupación socialista de barrio, y su entorno, acudieran en tropel a apoyar al Zoido. Al fin y al cabo, son militantes. Su cabreo podía ser grande, pero no llega al suicidio. Se queda en la queja airada. Pero el hecho evidente –estadístico, además– es que en los barrios obreros la participación ha crecido, aunque los votos fueran al PP. La realidad trasciende por completo la foto fija que algunos quieren transmitir: la idea de que el control electoral de los barrios depende más de la figura de los dirigentes de las agrupaciones del PSOE que de los efectos de la política municipal. Al parecer, inocua.

Lo que no ha funcionado durante la campaña –ni antes– ha sido el gobierno local. Algo imperdonable si acudes a unas elecciones desde el poder. El sistema de enlace que Espadas logró pactar con Monteseirín no ha funcionado como debiera, entre otras cosas porque su misión era utópica: el gobierno local llevaba dos años sin rumbo cuando comenzó a operar. Un ejemplo gráfico es la política de inversión en los barrios. Todo el dinero extraordinarios para inversiones –procedentes del PGOU– se agotó con los proyectos singulares de Monteseirín, fundamentalmente con el Parasol. Los dos primeros años del mandato se salvaron más o menos gracias al oxígeno de los planes estatales y autonómicos contra el paro: Plan E y Proteja. Gracias a ambos, en buena medida manejados por Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, entonces con pretensiones de suceder a Monteseirín desde dentro (la opción de Emilio Carrillo se frustró porque Viera cedió al veto del alcalde contra su antiguo vicealcalde), se salvó el primer tramo del mandato.

Después todo se vino abajo. Celis salió. El alcalde se dedicó a negociar su futuro (con escaso éxito) y el grupo municipal se limitó a sestear. Unos y otros, sobre todo los afines a la corriente del susanismo. Mientras tanto, Zoido trabajaba con disciplina todas las zonas de Sevilla. Iba y venía. No arreglaba gran cosa (a pesar de la propaganda que lo define casi como un hombre milagro) pero, al menos, estaba al pie del cañón. El resultado: los vecinos de estos barrios, abandonados por los suyos, y hastiados ante la crisis económica, han emitido un voto de desalojo en contra los socialistas. El epílogo es que Zoido se ha convertido en el alcalde con más concejales de la historia municipal.

La travesía del desierto de los socialistas será larga. Y no estará exenta de dificultad. El PP cuenta ahora con el poder y tiene ediles suficientes para dedicar un ejército a los barrios. “Con 20 puede poner en cada distrito hasta a dos ediles por turno, uno por la mañana y otro por la tarde, 24 horas, para ganarse a todos los vecinos”, bromeaba ayer un dirigente del PSOE de Sevilla, preocupado por la posibilidad de que el respaldo logrado por el PP no sea algo conyuntural, sino que se convierta en permanente. La cuestión no es menor. Hablamos de si estamos en el princio de un exilio temporal o en el comienzo de la expulsión definitiva del poder del PSOE de Sevilla. Algo que trasciende el eterno bucle orgánico. Tan endogámico.

PSOE de Sevilla: partes de guerra

Carlos Mármol | 24 de mayo de 2011 a las 6:18

La derrota de los socialistas se debe al abandono de sus graneros electorales . La crisis explica parte de la caída, pero la debacle no se entiende sin la gestión municipal de estos años. Las ‘guerras civiles’ hunden el imperio.

Me lo explicó ayer uno de los políticos más inteligentes que conozco, más o menos encuadrable –los espíritus libres en realidad no son de nadie– dentro de las legiones vencedoras de la guerra por la Alcaldía. “Al PSOE le ha ocurrido lo que al acero:aparenta ser indestructible pero cuando se quiebra, nunca avisa”. El conocimiento de la resistencia de materiales aplicado a la debacle de los socialistas. Cierto: el hormigón advierte del final de su vida útil con grietas;la madera, cruje. Sólo el acero, tan fuerte en principio, es un material traicionero: su colapso siempre es silencioso aunque termine en estrépito.

Los 20 ediles logrados por el PP en Sevilla son como un grito atronador en los oídos de los socialistas. El 22-M no sólo ha colocado a Juan Ignacio Zoido, el alcalde electo, en la historia local sin haber siquiera empezado a gobernar. También ha puesto al PSOE ante el espejo. Lo que se ve no es agradable: arrugas de años de constante confrontación, ausencia de una verdadera dirección y la nula capacidad para adaptar la gestión municipal a sus intereses electorales.

El PSOE sevillano está en el inicio de una crisis, profunda y lacónica, que durará probablemente más de cuatro años –el tiempo de todo un mandato municipal– y que tendrá inevitablemente consecuencias internas, aunque todavía está por ver cuáles van a ser los cambios y si éstos serán tácitos o sangrientos. Además de tener que asumir la derrota en la capital de Andalucía, la agenda política incluye un proceso de primarias y, en menos de un año, unos comicios autonómicos que van a ser una pelea a vida o muerte. A cuchillo.

A juzgar por la tibia lectura de los resultados que ayer hizo el secretario general del PSOE sevillano, José Antonio Viera, el balance habría sido sólo agridulce: se mantiene la histórica hegemonía política en el área metropolitana y en la provincia pero la Alcaldía hispalense, desgraciadamente, ha caído en manos del PP. Cosas que ocurren. La vida.

Resulta demasiado simple para ser toda la verdad. Escudarse en los resultados provinciales, ajustados, aunque favorables, para diluir el impacto del batacazo de la capital no deja de ser un recurso argumental débil para suavizar las evidencias que apuntan a un cambio de ciclo. El PSOE ha sufrido una derrota en toda regla. Sin paliativos. Tanto en Sevilla –donde se ha perdido el poder tras doce años de gobierno, con la carga simbólica que tiene ceder ahora la joya de la corona a un PP que sueña con la conquista de Roma [la Junta de Andalucía]– como en el ámbito provincial.

Es verdad que la Gran Sevilla sigue siendo un oasis momentáneo para los socialistas –mantienen los municipios más simbólicos, salvo Mairena del Aljarafe– pero incluso aquí se atisban movimientos telúricos que anuncian que la ola ascendente del PP no es un fruto de la coyuntura, sino la consecuencia del agotamiento del proyecto político socialista para Sevilla. Aunque se conserven todavía muchas y buenas alcaldías, los números dicen que han cedido un total de 90 ediles (el descenso es de casi un 9%) mientras el PP ha ganado 123 concejales y recoge hasta un 7,38% más de sufragios. Algo pasa.

La justificación amable es que el revés electoral –lo exacto, ya digo, es llamarlo hundimiento– se debe a “la desesperanza de los ciudadanos ante las crisis”. Sin dejar de ser cierto que el factor económico es el elemento que marca la tendencia ascendente del PP y la caída del PSOE a escala estatal, el caso de Sevilla presenta matices propios que tienen que ver –y aquí radica el problema– con decisiones políticas locales. En unos casos tomadas en Luis Montoto (la sede provincial) y, en otros, en la Plaza Nueva (la Alcaldía). Es obvio que la conyuntura general no estaba a favor. Pero un vuelco de la intensidad del que se ha producido no es hijo de un factor único. Basta analizar los resultados electorales para verlo.

La primera impresión es que el desequilibrio obedece al avance de 7,4% puntos del PP (37.264 votos más) en relación a la foto electoral de 2007. Los socialistas caen hasta once puntos. Pierden 25.366 votos. Si se entra en detalle, el paisaje empeora. Y mucho. Ni azul oscuro. Directamente es negro:Zoido ha ganado en nueve distritos (crece en votos en todos) y ha roto el supuesto techo que su fuerza política tenía en los barrios obreros.

Lo ha hecho además con mucha holgura, convirtiéndose en la primera fuerza en áreas como Este-Alcosa-Torreblanca o Macarena, los pilares de la histórica hegemonía de los socialistas. El PSOE sólo gana en Cerro-Amate y Norte. Magro consuelo: la debacle que se ha producido en el voto, salvo excepciones, no baja de los dos dígitos. El PP crece mucho y en todas partes. Por encima del 10%. Hasta en territorios comanches como Sevilla Este, Norte o San Pablo. No funciona ya la teoría del habitual freno sociológico. Los votantes socialistas han abandonado el barco. Punto. No se han quedado ni en casa (la participación subió hasta ocho puntos). Sencillamente han ido a votar a Zoido.

¿Por qué lo han hecho? Parece claro que este trasvase no se improvisa de un día para otro, sino que es una suerte de gota malaya, sostenida en el tiempo. La clave está en el Ayuntamiento. Los socialistas han pasado los últimos cuatro años sumidos en conflictos internos –obsesionados por repartirse la herencia de un alcalde al que todos daban por acabado en 2007– y terminaron perdiendo el contacto real con todos sus bastiones electorales. La prioridad era otra: los grandes proyectos, singularmente el Parasol de la Encarnación o las peatonalizaciones en zonas como Triana y Los Remedios, muy hostiles electoralmente al PSOE. Como lógica no tiene, hay que pensar en factores distintos. Psicológicos: la obsesión de Monteseirín y su principal asesor, Manuel Marchena (ambos viven en Triana) por conseguir el reconocimiento –por aclamación u oposición, esto ya viene a dar lo mismo– de la Sevilla Eterna a su ambicioso proyecto de transformación de la ciudad. El quattrocento sevillano de los últimos años.

Existía sin embargo una incoherencia, patente, entre este discurso del alcalde, que sólo ha generado conflicto con los sectores sociales más conservadores, y el día a día de la verdadera gestión municipal, que desatendía los servicios y las inversiones en los barrios. Justo las zonas que trabajaba Zoido. “El alcalde no salía del despacho, estaba todo el día con su blog y preocupado por su legado”, cuenta un militante que, tras la derrota, admite que si alguien iba a los barrios eran los ediles, que llegaban siempre “en coche oficial” para hablar con dirigentes vecinales que, como algunos secretarios de las agrupaciones locales del PSOE, “sólo se representaban a sí mismos”. Otro es más gráfico: “No se le puede decir a la gente que el Parasol es lo más importante de Sevilla cuando al colegio al que llevan a su hijo no hay aire acondicionado y se encuentran hasta ratas; o cuando has pedido dinero a los vecinos para un aparcamiento que después no has sido capaz de hacer”. El discurso se venía abajo. Culpa de la realidad , claro.

Asignar la derrota a Juan Espadas es injusto:el cabeza de lista socialista ha sostenido su propia campaña a pulso, sin recursos, en solitario y sin otro apoyo que un núcleo duro –cuatro personas– cuya función era entorpecida constantemente por las familias:los susanistas, los vieristas y los antiguos críticos. Sintonía había poca. Hasta hubo quien colocó espías en el bando contrario para influir en la campaña –pensando en ganar un poder que se ha esfumado–, voceaba a quien quisiera oírle (por lo general, enemigos) cualquier desajuste y, al final, hasta ha intentado buscar culpables para eludir su propia responsabilidad. Un dato ayuda a entenderlo todo: el comité de campaña sólo celebró una reunión. Tres días antes de los comicios.

Hay quien pretende ahora a exigir responsabilidades con el argumento de que si no se hubiera cambiado al alcalde, o se hubiera hecho otra lista, los barrios hubieran respondido. Es una forma de verlo, parcial, evidentemente, y fruto de cierto deseo de ajuste de cuentas. Pero sólo es una parte del problema. La crisis tiene raíces más profundas. Está en la diabólica combinación de un partido sumido en sus conflictos y un alcalde que, sabiéndose agotado, se resistió a irse, a dar paso a nadie (Celis fue un mero señuelo tras el veto a Carrillo), a salir a los barrios (en los que no ha invertido)y a otra cosa que no fueran los proyectos que le harían pasar a la historia. Pura melancolía amarga.

Sevilla se hunde, Roma se tambalea

Carlos Mármol | 23 de mayo de 2011 a las 6:10

Zoido arrasa a los socialistas y consigue la segunda mayoría absoluta en el Ayuntamiento de Sevilla en casi tres décadas · Espadas no logra atajar la sangría de votos del PSOE en los distritos · IU vuelve a la oposición.

El infierno, tan temido, se convirtió ayer en una realidad para los socialistas. Juan Ignacio Zoido, el candidato del PP a la Alcaldía de Sevilla, resultó anoche elegido como futuro alcalde de la ciudad después de que los sevillanos, que acudieron a las urnas en número muy superior a lo que habitualmente acostumbran –ocho puntos más de afluencia; es necesario remontarse al año 1995 para recordar un índice de participación similar en unas elecciones locales– concedieran al político conservador la soñada mayoría absoluta que necesitaba desde que hace ahora cinco años comenzase la interminable batalla por la Alcaldía.

Un lustro después, la victoria es un hecho. Rotundo, además. Sin matices. Sin reparos. Sin dudas. Absolut Zoido. Los indecisos, que en todas las encuestas realizadas en los meses previos a estos comicios han ayudado a los socialistas a soñar con una dulce derrota que les permitiera al menos reeditar la alianza de gobierno con IU, se posicionaron ayer claramente a favor de los populares. Zoido se convierte así en un político singular: será el primer alcalde del PP que gobernará la capital de Andalucía con mayoría absoluta –Soledad Becerril tuvo que gobernar hace dieciséis años con los andalucistas– y se convertirá en el primer regidor de la historia democrática reciente con un respaldo popular tan amplio.

Nadie había conseguido hasta ahora sacar 20 ediles en el Ayuntamiento. La mayoría absoluta que ayer dieron los votantes al alcaldable del PP es la primera que se produce en la vida política municipal en los últimos casi treinta años. Sevilla siempre ha estado gobernada por diferentes gobiernos de coalición (con distintas fuerzas políticas) salvo durante el periodo del socialista Manuel del Valle. El segundo alcalde de la democracia tan sólo disfrutó de mayoría suficiente (19 de los 31 ediles) en el primero de sus dos mandatos, el que discurrió entre 1983 y 1987. Consecuencia, en buena medida, de la histórica llegada del PSOE de Felipe González al poder tras la Transición.

Si en aquel entonces el resultado de las municipales confirmó todo un cambio de ciclo político a escala nacional, la victoria del PP en Sevilla parece augurar ahora lo propio tanto en Madrid –las elecciones generales serán dentro de un año– como en Andalucía, que renovará la presidencia de la Junta en 2012.

Dirección San Telmo

La lectura en clave regional de los resultados de Sevilla resulta inevitable. Los populares habían planteado hace tiempo la cuestión como una suerte de plebiscito simbólico para la inminente batalla de San Telmo. Y, dadas las evidencias que ayer arrojaron las urnas, el imperio socialista en Andalucía empieza a temblar por si llegan de verdad a cumplirse las cábalas que ya han señalado todas las encuestas. Los socialistas andaluces quizás prefieran, como han hecho los sevillanos en los últimos meses, restar valor a estos augurios, tratar de animar a una tropa muy desmotivada –tras lo de ayer probablemente hundida en la miseria– e insistan en que le darán la vuelta a las encuestas. De cumplirse el mismo guión que en Sevilla ha acontecido, todo esto no servirá de mucho. Más bien nada. La burbuja Zoido, sobre la que hasta ahora había ciertas dudas de que estuviera algo hinchada, se ha convertido ya en un terrorífico tsumani (para los socialistas) que puede terminar llevándose por delante a todo aquel que ose ponerse en su camino.

¿Cuál ha sido la clave de una victoria tan brutal? El contexto político nacional. La grave situación económica. Evidentemente. Pero no hay que olvidar tampoco la confluencia de otros dos elementos casi simultáneos:los más que notables errores del último gobierno presidido por Alfredo Sánchez Monteseirín junto a la hábil estrategia del PP de intentar aproximarse (al parecer con bastante éxito) al segmento del electorado moderado de determinados barrios que, a pesar de votar históricamente a los socialistas, ha visto en el producto del candidato popular –un movimiento supuestamente interclasista, populista y cercano a sus necesidades más básicas– una forma de castigar al PSOE o de forzar un giro en las prioridades políticas municipales. Sin descartar ambas opciones juntas.

Zoido, durante la fase final de su larga precampaña electoral, lanzó una y otra vez el mismo mensaje a los electores con dos objetivos básicos: tratar de romper la confianza del electorado socialista en el PSOE –tarea en la que ha tenido a la crisis económica y al desgate del Gobierno de Zapatero como sus grandes aliados– y horadar, aunque fuera de forma excesiva, la imagen de Izquierda Unida, la coalición que hasta ahora tenía la llave del gobierno local y cuya deriva causaba preocupación entre los votantes socialistas ideológicamente más tibios.

A juzgar por los resultados electorales, ambos objetivos han sido logrados. Primero, porque la pérdida global de concejales de la alianza formada por los socialistas e IU, que ahora tendrá que volver a la oposición, ha sido más que notable: hasta cinco ediles (cuatro socialistas y uno de IU) han cambiado de bando. Ahora son del PP. Un trasvase llamativo que difícilmente puede achacarse únicamente a los votantes llamados de centro, sino que es fruto de una corriente de opinión ciudadana que claramente no avala los últimos cuatro años de un gobierno local marcado por las acusaciones de corrupción, el dispendio económico y, sobre todo, la falta de iniciativa para atender las necesidades básicas de los distritos.

Los hechos no admiten réplica. Son numéricos. Los populares han logrado rentabilizar casi el 50% de todos los votos en juego, lo que supone un incremento de ocho puntos porcentuales con respecto a hace cuatro años. Los socialistas caen hasta casi diez puntos en porcentaje de voto. De ambos elementos se infiere que no hablamos de una derrota puntual, ajustada o circunstancial, sino de un auténtico movimiento telúrico –con alcance y duración– que quiebra los cimientos del tradicional, y hasta ahora casi omnímodo, suelo electoral de los socialistas sevillanos. Hay que remontarse hasta 1995, cuando la candidatura del PSOE a la Alcaldía estuvo encabezada por José Rodríguez de la Borbolla, para recordar unos peores datos de representación. Aunque con un matiz: Borbolla, pese a obtener un concejal menos que Juan Espadas, no bajó de los 100.729 votos. El nuevo candidato socialista ha hecho descender este listón a 98.494 votos.

La debacle, en casa

El segundo elemento determinante del hundimiento socialista es que se ha producido en casa. En sus feudos territoriales de siempre. Zoido ha crecido en todos los distritos –tanto en aquellos en los que ya ganó hace ahora cuatro años, como también en los que hasta el momento le habían sido algo menos fáciles– pero ha llegado al punto de cruzar el Rubicón al convertir al PP en la primera fuerza política en los distritos Este-Torreblanca-Alcosa y Macarena, auténticos feudos del PSOE. Algo asombroso. Inaudito.

Especialmente elocuente es el vuelco en los barrios del Este de Sevilla, donde el PP ha conseguido el 40% de los sufragios ante unos socialistas que hace cuatro años tenían en su poder la mitad de todos los electores en disputa. Igual ha ocurrido en la Macarena: el PSOE ha perdido 12 puntos porcentuales de voto donde el PP ha crecido más de un 8,6. En Cerro-Amate, zona de Sevilla en la que hace cuatro años seis de cada diez votos eran socialistas, los populares aumentan en casi diez puntos más. Zoido parece haber sido capaz de quebrar de forma definitiva el techo electoral que su partido tenía, desde el punto de vista sociológico, en los barrios obreros de Sevilla. Un factor que, aparentemente, iba a impedir ad eternum su triunfo. Hasta ayer.

La debacle de los socialistas es rotunda. Y tendrá consecuencias internas –hay congreso provincial en un año;las agrupaciones rebeldes volverán a la guerra contra la dirección–, aunque lo más alarmante es que parece ser un cáncer a cámara lenta:los socialistas no captaron ni el 30% de los sufragios. Zoido les saca 20 puntos. Más de 66.000 votos. Y lo ha hecho en su propio terreno de juego. Juan Espadas, el nuevo candidato socialista, no ha sido capaz de atajar la sangría. Ni tenía tiempo, ni medios suficientes ni una estructura orgánica comprometida con la victoria. Demasiado ha conseguido aguantando los 11 concejales electos. Ahora empieza su travesía del desierto.

El sueño de Huidobro

Carlos Mármol | 22 de mayo de 2011 a las 6:07

Los ciudadanos acuden hoy a las urnas para elegir a sus nuevos representantes municipales con el fondo de las concentraciones del 15-M. Un movimiento heterogéneo que sólo reivindica más y mejor democracia.

Para afirmar que la vida es absurda, decía Camus en su soberbio El hombre rebelde, la conciencia necesita estar viva. A juzgar por lo que durante la última semana ha ocurrido en las plazas de más de cien ciudades españolas, entre ellas la Encarnación, convertida en un singular enclave lleno de llamativas contradicciones –la mayor: los indignados apropiándose, aunque sea de forma temporal, de un espacio público que en realidad nunca ha dejado de ser privado–, estamos de suerte. Todavía nos queda algo de conciencia.

Los ciudadanos acuden hoy a las urnas para votar a sus representantes en los ayuntamientos con el fondo de esta inesperada revuelta, pacífica y masiva, cuya rebeldía mayor consiste en acampar tranquilamente en una plaza para reivindicar –por las nuevas autopistas de las redes sociales– una democracia distinta, diferente, auténtica. Sin más mentiras que las estrictamente necesarias ¿Dónde está el peligroso nihilismo de los famosos anarquistas? ¿Dónde la enmienda a la totalidad de los viejos ácratas?

El gesto de la protesta ha sido tan inesperado como hermoso, probablemente porque detrás de toda rebeldía, adolescente o madura, igual da, humana en definitiva, no exista más que un secular acto de afirmación. La vindicación de uno mismo. Algo que, por otra parte, ya estaba, como tantas otras cosas, en la Biblia. Jeremías 2:20. Lucifer se dirige a Dios y proclama: Non serviam [No te serviré]. Tan sencillo como esto.

Hay quien piensa que la revuelta del 15-M durará apenas unos pocos días. Que será pasajera. Que se diluirá con el tiempo o, acaso, como consecuencia de las inevitables contradicciones en las que, antes o después, terminarán incurriendo los heterogéneos grupos que forman este movimiento de indignación civil animado tanto por la voluntad de emulación de las rebeliones del Norte de África como por la doctrina del opúsculo panfletario (en el mejor sentido de la palabra) del viejo Stephane Hessel, el último autor vivo de la Declaración de los Derechos Humanos. Sin desmerecer la importancia de internet en el episodio, resulta curioso comprobar que casi todos aquellos que sueñan con cambiar el mundo terminan inspirándose al final en libros, por lo general, breves y luminosos. Estamos de enhorabuena: Gutenberg todavía no ha muerto.

Cada uno tendrá su opinión sobre el fenómeno. Su juicio sobre si el Gobierno tenía o no que haber cumplido la ley electoral (precisamente lo que los manifestantes quieren cambiar) para desalojar por la fuerza de las ágoras (las ciudades, en definitiva) a los rebeldes. Es lícito. Lo que ya no parece tan razonable –al menos en mi opinión– es que se diga que los concentrados no tienen otra vía para manifestar su enfado que el voto, precisamente el derecho que hoy se ejerce. Cuando se producen este tipo de movimientos suele acontecer que el criterio de la gente se quiebra en bandos maniqueos. Por un lado aparecen los que sólo ven en las concentraciones una especie de réplica (cuatro décadas más tarde) del célebre Mayo del 68; por otro, quienes estiman que no responden más que al infantilismo de una sociedad inmadura que es totalmente incapaz de convivir con la crisis y la ruina.

Al parecer nadie es capaz de pensar en la posibilidad de un punto intermedio: sencillamente es gente (normal) diciéndole a la gente (normal) que hay que salir a la calle no en contra nada, sino a favor de todos. Frente a quienes creen que la spanish revolution es una revuelta al viejo estilo –la rebeldía es un concepto histórico, pero también metafísico– yo me inclino por pensar que su finalidad, con independencia de la terminología de ocasión, es más bien reformista. Los indignados no pretenden derribar la democracia formal en la que intentamos sobrevivir (y que sólo ejercemos con el limitado acto político de votar), sino lograr que la participación de los ciudadanos en la vida común no se circunscriba a ponerse frente a una urna cada cuatro años. La democracia no es votar y callar, sino votar, pensar, hablar y actuar. Ser.

Causa cierto rubor contemplar los posicionamientos de los grandes partidos políticos en relación al fenómeno. Mientras los socialistas intentan evitar el cuestionamiento directo que las concentraciones suponen con respecto a su forma de entender la política –la distancia entre lo que dicen defender y lo que realmente hacen–, Izquierda Unida trata de apropiarse del descontento general para su proyecto republicano y el PP, siempre inquieto ante cualquier tipo de concentración de ciudadanos que no se deba a una procesión, dice ver en la mecha de la reivindicación una maniobra del Gobierno –cosa del pérfido Rubalcaba, como el 11-M– para atenuar el batacazo que el PSOEdebe darse en las urnas. Decididamente ninguno de ellos parece haber entendido nada. Quizás porque son incapaces de comprender todo aquello que no pueden controlar, manipular, utilizar o fagocitar.

Aquí radica precisamente la cuestión de fondo: los intermediarios no escuchan y la democracia es demasiado importante para dejarla únicamente en manos de los actuales partidos políticos, que han demostrado que su afán por el poder (con su posterior fase de degeneración:la corrupción) es mucho más fuerte que la coherencia o el respeto a los ciudadanos. La vieja tesis de la fractura creciente entre la sociedad y la política se ha convertido en real. Ya es un abismo.

Basta comparar el contenido de los programas con los que los grandes partidos concurren a las elecciones con las demandas de los indignados para darse cuenta de la enorme distancia que existe entre estas dos variantes de la democracia. La real y la formal. Los despachos y la calle.

Mientras los partidos prometen empleos que no pueden crear –sin entrar a comentar la vieja costumbre meridional de colocar a la familia en la administración pública, costumbre practicada tanto por socialistas como por populares–, auguran inversiones que no pueden financiar –las arcas del Estado han sido repartidas entre un sinfín de virreinatos territoriales–, defienden servicios sociales que ellos mismos destruyen –reforma laboral, cambio en el sistema de pensiones, imposibilidad de tener acceso a una vivienda– el 15-M, que es la sociedad civil que no va a los cócteles ni sale retratada en los periódicos en las habituales tardías reuniones del cuerpo consular y diplomático, reclama sencillamente más cauces de participación y un sistema de representación efectivo que trascienda el usual teatro parlamentario. Listas abiertas, elección directa de los legisladores, una norma electoral que no impida el pluralismo, el fin de los privilegios de la casta política, menos corrupción, la separación de los poderes del Estado, un mercado de trabajo que no explote indefinidamente a la gente y unos servicios públicos de calidad en educación y sanidad. ¿Dónde diablos aparece la toma del Palacio de Invierno?

No piden ni un nuevo estatuto autonómico, ni un sistema fiscal similar al Concierto Vasco. Tampoco ninguna de esas cuestiones, al parecer trascendentes, que acostumbran a ocupar la agenda de trabajo de políticos, periodistas y de todos aquellos que nos movemos (mejor o peor; e incluso por obligación) dentro del ámbito de la España –Sevilla, en nuestro caso– oficial.

Hoy se vota. Es cierto. Aunque hay matices: probablemente no lo haga, como suele ocurrir, casi la mitad de la población (cosa que el sistema ignora para no minar su propia legitimidad). Tampoco elegiremos al alcalde. Lo harán por nosotros los concejales (intermediarios de nuestra voluntad) que, en listas cerradas, votaremos. Nadie afirma que todo esto no sea democrático. Sencillamente resulta insuficiente. ¿Por qué los principales actores de la comedia tienen tanto miedo a la historia real?

Acaso teman que suceda lo que Huidobro, el poeta chileno, escribió, como un sueño, en su manifiesto rebelde:

“Una buena mañana, después de una noche de preciosos sueños y delicadas pesadillas, el poeta se levanta y grita a la madre Natura: No te serviré. La madre Natura iba ya a fulminar al joven poeta rebelde, cuando éste, quitándose el sombrero y haciendo un gracioso gesto, exclamó: Eres una viejecita encantadora. No era un acto de rebeldía superficial. Era el resultado de toda una evolución, la suma de múltiples experiencias. Hemos aceptado, sin mayor reflexión, que no puede haber otras realidades que las que nos rodean, y no hemos pensado que nosotros también podemos crear realidades en un mundo nuestro”.