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El sendero de la diáspora

Carlos Mármol | 29 de abril de 2012 a las 6:05

La negra sombra de la crisis y el incremento del paro provocan que muchos sevillanos se vean forzados a salir al extranjero en busca de un futuro menos malo. Una contradicción en la ciudad que los políticos llaman del talento.

La crisis económica se ha convertido, sobre todo en Sevilla, en la negra sombra a cuya fúnebre memoria le dedicó un hermoso poema Rosalía de Castro hace más de dos siglos. Una negra sombra que nos asombra por su extraordinaria longevidad. El deterioro de la situación social en la provincia superó hace tiempo los límites de lo soportable –cinco años seguidos de paralización casi total de la economía real– y empieza a derribar sin piedad los proyectos de vida de una buena parte de los ciudadanos, en especial aquellos que sufren la extendida lacra del desempleo.

La génesis del infarto económico tuvo lugar hace ahora un lustro. Sus consecuencias más funestas han viajado a lo largo de todo este tiempo, como si fueran una bomba latente, gracias a la extrema capilaridad del sistema global en el que hemos convertido el orbe. Su devastador efecto alcanza ya, de una manera y otra, a casi todos. Cada cual lo soporta a su manera: unos con resignación, otros con ira;los más, con grandes dosis de desencanto. Algunos están mucho mejor que otros, como siempre. Pero casi nadie se atreve a mostrarse optimista, al menos en público, ante el sombrío porvenir general. No se vislumbra ni gota de esperanza.

Puede que lo peor –todavía– esté por llegar. Quién sabe. Los expertos financieros explican que, con independencia de cuál sea la evolución de la economía mundial, la situación española no va a verse aliviada hasta que no fluya el crédito bancario. “Hasta que haya una demanda solvente”, explicó hace unas semanas el gobernador del Banco de España, que sin embargo no aclara cómo se puede encontrar “una demanda solvente” –el prestigio bancario que una vez mencionó por estos pagos el ex presidente del Betis– en un país con nuestro índice de paro y con una deuda pública, pero también privada, que tardará en pagarse varias generaciones. Y sin que haya responsables de la burbuja inmobiliaria, el terrible cáncer que provocó la muerte.

Por eso no es raro, ni sorprendente, ni siquiera malo, sino todo lo contrario, que algunos –los más jóvenes, pero no únicamente ellos– empiecen a perseguir otros horizontes distintos a los que, según la retórica hispalense más costumbrista, nos ofrece el Guadalquivir a su paso por Sevilla. No es cosa nueva –otras generaciones de sevillanos lo han estado haciendo durante siglos– pero visto en relación a las tres últimas décadas, las de la autonomía, casi parece ser un hecho excepcional. Sevillanos marchándose de Sevilla. Una estampa casi irreal.

Y, sin embargo, sucede. Está pasando desde hace al menos tres años. Desde 2009 el porcentaje de emigrantes sevillanos ha crecido más de un 17%, una cifra que, aunque está lejos de la que registran otras provincias andaluzas como Almería, tierra de exilio económico atávico, supone una muestra –estadística– de que la percepción de los sevillanos sobre su futuro no está ya ligada al terruño, sino al pragmatismo. Hay que buscar fuera lo que aquí no existe, no se puede crear por las condiciones objetivas y ambientales o sencillamente es imposible que termine dando frutos. Cualquiera de las tres causas parecen razones más que suficientes.

El proceso de éxodo económico que han iniciado los sevillanos, y que irá a más si el rumbo de las cosas no gira, se nutre sustancialmente de la capital y de su entorno metropolitano. La ciudad difusa que nos ha dejado en herencia la historia, la política y el monocultivo inmobiliario que transformó la comarca del Aljarafe, antaño fértil y lírica, en una gigantesca urbanización a cielo abierto similar a Brasilia, donde el coche es necesario hasta para ir a la farmacia a comprar aspirinas.

Evidentemente, pensarán algunos, se trata de una cuestión de causa mayor. La política municipal tiene poco que ver con este exilio en camára lenta que dirige a muchos de los sevillanos mejor preparados –quizás no sean, frente a lo que dice el tópico, los mejores del mundo, pero está muy claro que los únicos de los que disponemos en Andalucía– hacia una diáspora cuyas raíces son económicas pero bajo la que late un sustrato cultural. Porque los sevillanos que se van, en cierto sentido, han aceptado la derrota:las cosas no se pueden cambiar, o no merece la pena cambiarlas, en Sevilla, donde la vida oficial sigue rigiéndose, con todas las variantes que queramos ponerle, por los mismos principios del siglo XIX.

Lo paradójico no es que este movimiento de huida alcance una intensidad que no recordábamos, sino que se produzca al mismo tiempo que el discurso de los políticos locales está vinculado precisamente a ideas que tendrían que impedir que la decisión de abandonar Sevilla fuera obligada, sino una opción voluntaria, libre y derivada de los proyectos personales, más que debido a las circunstancias económicas.

Durante la campaña electoral de las últimas elecciones locales –hace apenas diez meses– los socialistas, que en la carrera por conservar la Alcaldía partían con una desventaja que después terminó convirtiéndose en la mayoría absolutista de la que disfruta Juan Ignacio Zoido, el actual regidor, acuñaron un lema para su candidato –Juan Espadas– que buscaba identificar a Sevilla como “una ciudad con talento”.

El mensaje era hermoso –al menos se alejaba de las tradicionales esencias patrias o, quizás, las reformulaba en términos distintos– pero no era más que eso. Una frase. Un mensaje. Un simple anhelo. Poco más. Su falta de contenido real no fue, sin embargo, reparo alguno para que el actual regidor le robara la idea al hoy jefe de la oposición municipal en su discurso de investidura, donde habló mucho, de forma extrañamente reiterativa, del “talento de Sevilla” como uno de los atributos a conservar y potenciar durante su era. Su mandato lleva casi un año de vida. Y hasta el momento esta cuestión sigue absolutamente virgen. Por explorar.

Que en Sevilla a lo largo de su larga historia han existido altas dosis de inventiva, creatividad y genialidad no cabe ninguna duda. No sé si en esto somos mucho mejores o peores que en otros sitios, pero indudablemente nos encontramos lejos de determinados lugares comunes que en Madrid, por ejemplo, se tienen del Sur de España, donde nos retratan con desconocimiento y cierta prepotencia.

Baste recordar ciertos comentarios políticos tras las últimas elecciones autonómicas –en las que el PP ganó pero perdió, y socialistas e IU perdieron pero han ganado– para entender a qué me refiero. Aunque el mal en cuestión no es exclusivamente cosa exterior:la teoría de que África empieza en Despeñaperros es muy antigua y, por lo que se ve, ahora goza de notables profetas, acaso porque no soportan la caída de sus propios ídolos. No es tampoco muy de extrañar:les supone la ruina. Literalmente.

Ahora bien, todo esto no impide admitir la evidencia:el talento de Sevilla suele dar frutos más fácilmente en otros lugares, antes que aquí. Es así de simple. La lista de insignes expatriados hispalenses es nutrida y conocida. Desde Manuel Chaves Nogales a Cernuda; desde Machado a Velázquez. Con esta nómina difícilmente puede sostenerse que esta ciudad, más que la urbe del talento, no sea más bien la urbe del espanto y la resignación, un lugar del que hay que huir lo antes posible si realmente se quiere progresar en la vida.

La Sevilla Eterna acostumbra a utilizar dos tácticas simultáneas frente a aquello que no puede controlar. Primero –si puede– juega a ignorarlo. Después, si esto no le funciona, intenta fagocitarlo, integrándolo en su escala de valores; anulándolo, al cabo. El talento siempre es libre. No es de extrañar que viaje.

El exilio inteligente

Carlos Mármol | 6 de febrero de 2011 a las 7:47

La disyuntiva es simple: quedarse esperando en vano la posibilidad de desarrollar una carrera profesional sin tener que pagar ciertos peajes o buscar aire en otros pagos. Los jóvenes sevillanos emigran en busca del futuro.

Para ser el centro del mundo, como sostiene la literatura costumbrista sevillana, lo cierto es que las cosas no pintan excesivamente bien para el Sur de España. Con un paro del 24% y la precariedad como único horizonte cierto –teniendo además algo de suerte– el horizonte de futuro de jóvenes (y no tan jóvenes) sevillanos es, más que limitado, negro. Oscuro. Se imponen los hechos agrios.

De los sevillanos se dice –no sé si con razón– que nos parecemos demasiado a los habaneros: para muchos de nosotros el universo entero se encierra en nuestra propia ciudad. Ocurre también en otros lugares, a los que cuesta dejar. Son urbes cósmicas: Buenos Aires, Nueva York, París, Londres, acaso Roma, México tal vez. En todas ellas las múltiples contradicciones de eso que llamamos existencia se concentran en un mismo espacio físico, convulso y fértil a partes iguales. Vivir en ellas, aunque por breve tiempo, suele ser la mejor escuela de vida posible.

Sevilla ha aspirado siempre a estar en esta división, aunque ni por tamaño ni por composición social damos el perfil necesario. Lo nuestro es puro mito de consumo interno. De puertas adentro. Todavía seguimos recreándonos en el viejo mito de la Capital de Indias –pasado egregio, añejo futuro, se diría– sin querer entender algo tan obvio como que los siglos han pasado y que una cosa es la imagen que proyectamos al exterior y otra, muy distinta, lo que queremos ser. Y lo que somos.

La marcha silenciosa

Los hechos no son nuevos. Aunque hay que admitir que hasta hace poco eran silenciosos. Privados. Íntimos. Un hijo que se iba y que volvía distinto. Una hija a la que le daban la beca Erasmus. Alegría y terror. Un sobrino que se marchaba a ver mundo y que empezaba a darse cuenta de que La Campana, más que el Aleph de Borges, era simplemente una mera confluencia de calles. En realidad, ni siquiera llega a plaza.

En mitad de la actual debacle económica que ha desinflado como un pastel toda la propaganda de los políticos y el optimismo oficial, asombrosamente ignorante de que no hay desarrollo económico perdurable en el tiempo sin una cultura sólida que lo soporte, los alemanes hacen una oferta de trabajo abierta para ingenieros, arquitectos y docentes españoles y volvemos de golpe a la foto en sepia de nuestros abuelos. El exilio sin política. La huida de la inteligencia. La vida, sospecho.

El exilio inteligente baja

Los profesionales sevillanos, representados por los distintos colegios gremiales, ven con tristeza cómo una parte de los jóvenes sevillanos, algunos excelentemente preparados, empiezan a hablar de irse a Alemania. Incluso sin saber alemán. Nuestros abuelos tampoco lo sabían. Ni siquiera sospechaban que la emigración, ese viejo fantasma del pasado, se ha tornado el presente.

Nadie que emigra suele estar alegre. No sólo por temor, sino porque en el fondo sospecha, casi sin saberlo del todo, pero con seguridad al mismo tiempo, que la marcha en realidad es una condena perpetua. La integración es tarea casi imposible. Incluso con la mayor de las voluntades y fortuna nunca es completa. Una cosa es estar bien en un sitio y otra diferente que éste sea tu lugar en el mundo.

La fuga de cerebros sucede a los tiempos de la burbuja inmobiliaria. ¿Realmente es un fenómeno nuevo? No lo parece. Sevillanos transterrados tenemos desde los tiempos de Blanco White. Incluso desde antes. Sevilla no ha querido nunca conservar a sus mejores hijos. Algo que nos diferencia radicalmente de Alemania y de la mayoría del mundo moderno, donde el talento es valorado con independencia de donde venga.

Alemania es un país que ha pasado por dos guerras mundiales. Fue bombardeado y dividido en dos mitades durante décadas. No se podrá decir que lo han tenido fácil. Su desarrollo, sin embargo, es ejemplar: fortaleza económica, excelencia cultural y discusión democrática. Dogmas, los justos. Principios, los necesarios. E inteligencia: saben que los sueldos españoles son muy bajos (sobre todo en el caso de los licenciados), que la formación no es mala en algunos ámbitos –en otros habría mucho que hablar– y que las perspectivas de futuro venideras son escasísimas.

Después de lustros financiándonos a través de los fondos de cohesión, la locomotora europea busca aquí los cerebros que necesita su economía a un coste aceptable. De donde se deduce que, pese a las inversiones en infraestructuras y a toda la cantinela de las sucesivas modernizaciones, el capítulo humano no lo hemos trabajado nada bien. ¿Si no valoramos lo que tenemos por qué ellos no iban a hacerlo?

Andalucía, y Sevilla en concreto, todavía no han dado el salto cultural hacia Europa. Podremos considerarnos continentales de derecho y hecho, pero nuestra mentalidad –la que tanto se alaba como destilación razonable del viejo espíritu meridional– se ha dedicado a recrearse en su propio ombligo mientras desperdiciaba talento a manos llenas.

Tiene gracia que casi todos los políticos pregonen ahora esta cuestión como valor. Parece un poco tarde. En los partidos políticos, con notables excepciones, no predomina precisamente el talento. Más bien la disciplina ideológica –en realidad personalista– la sumisión, las prebendas y la concepción feudal de la lealtad. No parecen ser el motor que necesitamos. En el resto de ámbitos civiles y empresariales sucede más o menos igual: el sueño de la meritocracia jamás abandona el espacio de lo retórico. Nuestra fórmula siempre ha sido la italiana: el amor a los linajes viejos, a los apellidos, al teatro social. Aquí la solvencia y la seriedad profesional, en determinados ámbitos, se considera un valor menor. Algo que quizás no está mal pero que no hay que pagar ni cultivar.

Cierto es que nuestro índice de fracaso escolar es antológico –del orden del 30%– y que el analfabetismo funcional, según las estadísticas de hace unos años, en algunas zonas de Sevilla era de más de dos dígitos. Nos falta formación, sentido del esfuerzo y probablemente confianza en nosotros mismos. Cabría preguntarse si es un problema psicológico o cultural. Sospecho que más bien lo último.

Es una cuestión fundamentalmente de entorno. El paisanaje que contempla cualquiera que haya viajado un tiempo y viva en Sevilla, al menos en los círculos concéntricos por los que discurre la ciudad oficial, es la principal invitación al exilio. Castas, linajes (nuevos y antiguos, ideológicos y de sangre), favoritismo y, en general, cierta atonía intelectual. Toda la energía se nos va en el circo: cofradías, subvenciones y la guerra eterna por ganar espacios de representación social.

No sé si los ingenieros y los arquitectos sevillanos son mejores que los europeos. Sospecho que en muchas cosas deben estar a la par. Sencillamente lo que ocurre es que aquí no tienen alternativas. La sociedad sevillana no ha sido capaz de integrar en su rueda el talento que nace de sus propios individuos. Somos ignorantemente extremistas: las carencias educativas crecen sin cesar entre las generaciones más jóvenes mientras las que se suponen algo más preparadas no tienen cauces para avanzar. Nos faltan empresarios y nos sobra palabrería.

El viejo relato, presente en casi todas las novelas de iniciación, que consistía en ir avanzando por el sendero vital desde abajo, paso a paso, hasta construir el propio ascenso personal (el social venía a ser la consecuencia del anterior, no su origen) está quebrado por completo. Nada importa.

Si se van los cerebros será una tragedia, dicen. Depende. La única forma de que una sociedad, Sevilla en este caso, se dé cuenta de que su teatro cotidiano es absurdo es que un día, sin esperarlo, se quede sin auditorio. Sin aplausos. Igual hasta resulta ser un comienzo. Quién sabe.