La Noria » Encarnación

Archivos para el tag ‘Encarnación’

La obsesión centrípeta

Carlos Mármol | 16 de septiembre de 2012 a las 6:15

La inauguración de Fibes no sólo ha contribuido a la rauda conversión del gobierno local en favor de un proyecto que criticaba hasta hace sólo unos días, sino que demuestra que la tendencia centrípeta es una patología sevillana.

Digámoslo de frente. Por derecho. En Sevilla, según ciertas costumbres que también podríamos llamar vicios, parece que no existiera vida inteligente extramuros. Y sin embargo, como diría Galileo, existe. A Dios gracias. Lo cual no deja de ser un extraordinario consuelo si se tiene en cuenta lo que se oye a determinados personajes políticos. Por otra parte, también es una enorme lástima si la cuestión se contempla desde otro punto de vista: una buena parte de los problemas urbanos y sociales que lastran a esta ciudad obedecen a un mal –la obsesión centrípeta– que sin darnos cuenta nos limita el mundo visible, y hasta el intuido; nos ayuda a repetirnos sin mesura y nos hace bastante más aldeanos de lo que pensamos ser, que ya es bastante. Casi demasiado.

Bien es cierto que esta patología, intensamente sevillana, no sólo está avivada por el peso de la tradición y la historia. También viste ropajes de dolencia estrictamente voluntaria. Es una enfermedad deseada, incluso. Una especie de ceguera u obstinación que nos lleva a encerrarnos en un círculo que no existe desde hace más de un siglo. Cada cual es libre de elegir las fronteras que quiera para regir su existencia. Pero lo que está demostrado es que cuanto más escueto es el tablero en el que se sucede la vida diaria las opciones personales se acortan, la mente se atrofia y la existencia social se convierte en un teatro –siempre lo es, pero las calidades dramáticas varían– imposible y repetitivo. Descorazonador.

Fibes, un ejemplo. El Ayuntamiento de Sevilla decidió esta semana tomar posesión física del nuevo Palacio de Exposiciones y Congresos (Fibes). Un edificio deslumbrante diseñado por Guillermo Vázquez Consuegra, probablemente el arquitecto sevillano más importante de los últimos años. La discusión, una vez más, se ha centrado en su coste: algo más de 100 millones de euros. Una cifra notable, sin duda, pero que debería ponerse en comparación con otros proyectos de similar naturaleza y, sobre todo, contrastarse con la capacidad que tendrá para devolver a la ciudad –se ha pagado con dinero público– semejante inversión.

La discusión sobre su precio definitivo, siendo lícita y sana, está viciada, como casi siempre, por factores políticos ajenos al propio proyecto. Partiendo de la misma cifra que el responsable de Emvisesa, el gerente nombrado por el PP, puso encima de la mesa en la presentación oficial, con el alcalde presente. El acta oficial se ha firmado por 90 millones de euros, bastante menos de los 120 millones que, extrañamente, insiste todavía en vender el Consistorio.

Fibes ha sido un ejemplo de cómo no deben hacerse las cosas. La responsabilidad sólo es achacable al anterior equipo municipal, que lo contrató a un precio irreal –casi se podría hablar de una baja temeraria, un factor que debería haber hecho que se replantease la adjudicación– y después se prestó a las modificaciones requeridas por las empresas constructoras. Tal estrategia ni iba en beneficio del proyecto final –el estudio de Vázquez Consuegra advirtió desde el principio que el edificio no costaría 60 millones, cosa obvia si se compara con el coste de otros palacios de congresos inferiores en tamaño, como el de Vigo– ni de la salud de las arcas públicas. El segundo error consistió en segregar en tres partes el proceso de construcción del edificio: por un lado la arquitectura, por otro la ingeniería; en último extremo, la ejecución material. La coyuntura estaba abonada para los conflictos. Todo esto hizo de Fibes una obra demencial. Por eso se podría considerar casi un milagro el resultado final: un edificio soberbio, a la altura de una urbe europea.

Pese a esta evidencia, el gobierno municipal ha tardado mucho en admitir los hechos. Sólo ha cambiado de posición (oficial) a medida que ha ido atisbando la extraordinaria repercusión política que tendría su inauguración. No es faltar a la verdad decir que durante su etapa en la oposición el PP no evaluó la construcción del nuevo Fibes más que como un monumento al “despilfarro”. Ésta ha sido su tesis hasta hace apenas unas semanas, cuando intentó sacar algo de rédito al hecho –indiscutible– de que este equipamiento público es una de las escasas obras en las que Sevilla puede poner ciertas esperanzas para impulsar uno de sus sectores económicos: el turismo.

El tránsito se resume en una foto: Zoido visitando el egregio edificio junto al arquitecto, después de que su equipo presumiera por la celebración del reciente congreso de bioquímica –también una herencia ajena, aunque de naturaleza privada– y anunciase un plan estratégico para comercializar el nuevo palacio. El Ayuntamiento, sin embargo, no ha explicado todavía los motivos –que no son técnicos– por los cuales decidió ubicar este importante cónclave científico en el antiguo recinto congresual. Una decisión con la que la ciudad ha perdido dinero. Tampoco ha aclarado las razones de su cambio de posición política: de la oposición frontal a la asunción plena del proyecto. Un giro muy llamativo que de todas formas es de agradecer. Bienvenidos al sentido común. Cualquier otra cosa distinta hubiera ido en perjuicio de la ciudad, además de ofender la inteligencia de los ciudadanos. Ninguno de ambos factores además le hubieran beneficiado.

Fibes es ya una realidad rotunda. Y hay que felicitarse por ello: es la gran oportunidad de Sevilla para hacer algo por sí misma a pesar del signo (negro) de los tiempos que corren. Hay quien estos días ha comparado el coste del palacio de congresos con el Parasol. Me parece un ejercicio pertinente. Sobre todo si se aborda al calor de la creencia de Alejandro de la Sota sobre la arquitectura, en el sentido de si ésta es o no “necesaria”. ¿Era Fibes necesario? Desde hace más de una década nos faltaba un equipamiento adecuado a las necesidades del mercado de convenciones. ¿Lo era el Parasol? Para tratarse de un mercado de abastos –todavía– es evidente que no. Fibes, si el Ayuntamiento lo gestiona bien, devolverá la inversión. En el caso del Parasol este supuesto se antoja imposible.

Hacer ciudad. Dicho esto, la inauguración de Palacio de Congresos tiene otra lectura casi tan importante como la económica: su propia ubicación. Es gracioso: el Ayuntamiento, al vender su plan de servicios para Fibes, habla –literalmente– de “acercar el edificio a la ciudad”. ¿Sevilla Este no es Sevilla? De ahí parte el vicio de la obsesión centrípeta de la ciudad oficial. Un mal que explica que todavía se hable del centro y los barrios, como los nacionalistas catalanes hablan de su región y de España. Como si no fueran lo mismo. Claro que de esta pandemia ni siquiera se libraron los socialistas, que prometieron trabajar por los barrios pero concentraban sus proyectos en el centro.

El gran mérito del nuevo Fibes, cuya ubicación deviene de una decisión anterior incluso a Monteseirín, es que construye ciudad donde –para algunos– no existe. Amplía el límite mental del sevillano tradicional. Obliga a la Sevilla política a mirar a la ciudad de forma integral. ¿Qué hubiera ocurrido si los grandes proyectos del anterior mandato municipal se hubieran repartido por lo que llaman la periferia? Probablemente hubiéramos, siguiendo el símil de Vázquez Consegra, “monumentalizado” una Sevilla que existe pero que todavía no se atiende suficientemente en los foros municipales más allá de los intereses electorales. Fibes no sólo será un motor económico y es un edificio de notable calidad arquitectónica. Es un ejemplo cierto de que se puede construir una Sevilla digna, moderna e inteligente fuera de viejo círculo mental de la ronda histórica. El sueño de la ciudad integral.

Perdidos en el bucle orgánico

Carlos Mármol | 25 de mayo de 2011 a las 6:15

El PSOE empezará a preparar esta misma semana su nueva etapa en la oposición. La debacle en los distritos obliga a hacer un análisis profundo de los errores de la gestión municipal. La ‘cuestión interna’ sigue en el aire.

La debacle electoral en Sevilla ha dado paso en el PSOE al inicio de un debate bizantino. ¿Qué fue antes? ¿El huevo o la gallina? Aplicado al caso:¿la responsabilidad del fracaso es de la gestión municipal, cuyo representante es Monteseirín;o de la dirección provincial, que forzó el cambio de candidato? ¿De ambos factores? La duda no se va a resolver. Probablemente porque es imposible separar ambas cuestiones: el descalabro en los barrios que hasta ahora habían venido votando mayoritariamente a los socialistas no se ha producido por una única razón, sino por una suma de causas combinadas que, juntas, han provocado un malestar tal en las bases sociales que solían apoyar al PSOE como para llegar a votar al PP.

El tsunami de la crisis económica aparece en todos los análisis (internos) como causa esencial. Como es algo evidente, ha sido la justificación oficial dada por la dirección del partido en Sevilla, aunque en paralelo se admiten otras cuestiones subterráneas (el impacto en los votantes del agrio conflicto con los funcionarios de la Junta, que en Sevilla suponen una cuota muy importante del electorado, tanto de forma directa como indirecta) y, sobre todo, los efectos derivados de la escasa gestión realizada por el Ayuntamiento en los últimos cuatro años.

Todas las familias de la organización hablan de estos tres factores, aunque no con la misma intensidad. En función de donde ponen unos u otros el acento, puede trazarse un mapa de los motivos y pretensiones de cada una de ellas. Por ejemplo:la dirección llega a cuantificar hasta en tres ediles la pérdida derivada del voto de castigo a Zapatero. Otros, en cambio, resaltan que la campaña de Espadas ha tenido errores que también explican que no se haya conectado con el electorado, aunque esta versión suele ignorar el punto de partida: antes de que el alcaldable del PSOE entrara en escena, los sondeos de opinión ya señalaban que el desgaste de apoyo provocado por la gestión de Monteseirín era más que notable. La tendencia beneficiaba al PP desde hacía tiempo.

Después hay otra tesis:la orgánica. Algunos referentes del anterior sector crítico (los críticos anónimos, pues en realidad nunca tuvieron un portavoz público hasta que Demetrio Pérez intentó, sin éxito, disputar la secretaría general a José Antonio Viera) inciden en la tesis de que, sin desechar los motivos generales, la brutal subida del PP se debe a la decisión de dejar fuera de la lista electoral a los secretarios generales de las distintas agrupaciones, un factor que, en su opinión, ha desmovilizado a una buena parte de la sociología tradicional del partido. El objetivo de este discurso es evidente: exigir explicaciones a la dirección por los fallos y argumentar, de esta forma, la necesidad de acometer de inmediato un verdadero proceso de integración que vuelva a situar a ciertos secretarios generales –caso de Miraflores, por ejemplo– en el tablero de juego.

Claro que hay quien no lo ve igual. Ni de lejos. Y da sus argumentos:“¿Se hubiera perdido el distrito Cerro Amate si Fran Fernández, el todavía edil de Movilidad, hubiera ido en la lista?”. Con esta preguntan justifican la decisión –firme e irreversible– de romper con la anterior etapa municipal. Fernández fue el responsable de pedir a los vecinos de muchos barrios dinero para construir un plan de aparcamientos del que nada se sabe. Los fondos recaudados no se han devuelto. “¿Podíamos ser creíbles ante los vecinos que se sienten estafados por esta cuestión si quien representa al partido es justo quien provocó el problema?”, se pregunta un miembro de la dirección del PSOE. La respuesta es evidente: no.

De hecho, uno de los errores que admiten de forma interna los socialistas sevillanos, que esta misma semana han decidido empezar a trazar su estrategia de oposición, es la dificultad para que los votantes entendieran el difícil equilibrio al que se veía forzado Espadas:tenía que marcar distancias con Monteseirín pero, al mismo tiempo, no discutir su legado. Algo demasiado sutil para que lo entendiera todo el mundo, sin mencionar la contradicción cometida, por ejemplo, en el caso de las setas de la Encarnación, un proyecto con el que Espadas marcó distancias en una primera fase pero que llegó a aceptar al final de la campaña. Algo imposible de entender si no se tiene en cuenta la clave interna:cada movimiento que hacía el alcaldable podía dar pie a un posicionamiento contrario del equipo y los militantes que apoyaron a Monteseirín, al interpretarlo como una desautorización global. El eterno fantasma de la fractura interna (tanto a nivel local como orgánico) ha sobrevolado a lo largo de toda la campaña. Y la dirección provincial no ha sabido gestionarlo bien.

Con independencia de las interpretaciones interesadas (tratándose de política, casi todas) lo cierto es que el hundimiento en los distritos Macarena y Este, y el descenso en casi todos los demás, es de tal intensidad que la teoría del bucle orgánico –“se ha perdido porque no se ha contado con los socialistas que son referencia en sus barrios”– no se sostiene. Si las bases socialistas estaban enfadadas con la dirección por haber sacado de la lista a sus referentes –el término ya es llamativo– lo lógico hubiera sido que parte del electorado tradicional del PSOE hubiera dejado de ir a votar para mostrar su enfado.

Es poco creíble que los militantes que hacen vida en una agrupación socialista de barrio, y su entorno, acudieran en tropel a apoyar al Zoido. Al fin y al cabo, son militantes. Su cabreo podía ser grande, pero no llega al suicidio. Se queda en la queja airada. Pero el hecho evidente –estadístico, además– es que en los barrios obreros la participación ha crecido, aunque los votos fueran al PP. La realidad trasciende por completo la foto fija que algunos quieren transmitir: la idea de que el control electoral de los barrios depende más de la figura de los dirigentes de las agrupaciones del PSOE que de los efectos de la política municipal. Al parecer, inocua.

Lo que no ha funcionado durante la campaña –ni antes– ha sido el gobierno local. Algo imperdonable si acudes a unas elecciones desde el poder. El sistema de enlace que Espadas logró pactar con Monteseirín no ha funcionado como debiera, entre otras cosas porque su misión era utópica: el gobierno local llevaba dos años sin rumbo cuando comenzó a operar. Un ejemplo gráfico es la política de inversión en los barrios. Todo el dinero extraordinarios para inversiones –procedentes del PGOU– se agotó con los proyectos singulares de Monteseirín, fundamentalmente con el Parasol. Los dos primeros años del mandato se salvaron más o menos gracias al oxígeno de los planes estatales y autonómicos contra el paro: Plan E y Proteja. Gracias a ambos, en buena medida manejados por Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, entonces con pretensiones de suceder a Monteseirín desde dentro (la opción de Emilio Carrillo se frustró porque Viera cedió al veto del alcalde contra su antiguo vicealcalde), se salvó el primer tramo del mandato.

Después todo se vino abajo. Celis salió. El alcalde se dedicó a negociar su futuro (con escaso éxito) y el grupo municipal se limitó a sestear. Unos y otros, sobre todo los afines a la corriente del susanismo. Mientras tanto, Zoido trabajaba con disciplina todas las zonas de Sevilla. Iba y venía. No arreglaba gran cosa (a pesar de la propaganda que lo define casi como un hombre milagro) pero, al menos, estaba al pie del cañón. El resultado: los vecinos de estos barrios, abandonados por los suyos, y hastiados ante la crisis económica, han emitido un voto de desalojo en contra los socialistas. El epílogo es que Zoido se ha convertido en el alcalde con más concejales de la historia municipal.

La travesía del desierto de los socialistas será larga. Y no estará exenta de dificultad. El PP cuenta ahora con el poder y tiene ediles suficientes para dedicar un ejército a los barrios. “Con 20 puede poner en cada distrito hasta a dos ediles por turno, uno por la mañana y otro por la tarde, 24 horas, para ganarse a todos los vecinos”, bromeaba ayer un dirigente del PSOE de Sevilla, preocupado por la posibilidad de que el respaldo logrado por el PP no sea algo conyuntural, sino que se convierta en permanente. La cuestión no es menor. Hablamos de si estamos en el princio de un exilio temporal o en el comienzo de la expulsión definitiva del poder del PSOE de Sevilla. Algo que trasciende el eterno bucle orgánico. Tan endogámico.

PSOE de Sevilla: partes de guerra

Carlos Mármol | 24 de mayo de 2011 a las 6:18

La derrota de los socialistas se debe al abandono de sus graneros electorales . La crisis explica parte de la caída, pero la debacle no se entiende sin la gestión municipal de estos años. Las ‘guerras civiles’ hunden el imperio.

Me lo explicó ayer uno de los políticos más inteligentes que conozco, más o menos encuadrable –los espíritus libres en realidad no son de nadie– dentro de las legiones vencedoras de la guerra por la Alcaldía. “Al PSOE le ha ocurrido lo que al acero:aparenta ser indestructible pero cuando se quiebra, nunca avisa”. El conocimiento de la resistencia de materiales aplicado a la debacle de los socialistas. Cierto: el hormigón advierte del final de su vida útil con grietas;la madera, cruje. Sólo el acero, tan fuerte en principio, es un material traicionero: su colapso siempre es silencioso aunque termine en estrépito.

Los 20 ediles logrados por el PP en Sevilla son como un grito atronador en los oídos de los socialistas. El 22-M no sólo ha colocado a Juan Ignacio Zoido, el alcalde electo, en la historia local sin haber siquiera empezado a gobernar. También ha puesto al PSOE ante el espejo. Lo que se ve no es agradable: arrugas de años de constante confrontación, ausencia de una verdadera dirección y la nula capacidad para adaptar la gestión municipal a sus intereses electorales.

El PSOE sevillano está en el inicio de una crisis, profunda y lacónica, que durará probablemente más de cuatro años –el tiempo de todo un mandato municipal– y que tendrá inevitablemente consecuencias internas, aunque todavía está por ver cuáles van a ser los cambios y si éstos serán tácitos o sangrientos. Además de tener que asumir la derrota en la capital de Andalucía, la agenda política incluye un proceso de primarias y, en menos de un año, unos comicios autonómicos que van a ser una pelea a vida o muerte. A cuchillo.

A juzgar por la tibia lectura de los resultados que ayer hizo el secretario general del PSOE sevillano, José Antonio Viera, el balance habría sido sólo agridulce: se mantiene la histórica hegemonía política en el área metropolitana y en la provincia pero la Alcaldía hispalense, desgraciadamente, ha caído en manos del PP. Cosas que ocurren. La vida.

Resulta demasiado simple para ser toda la verdad. Escudarse en los resultados provinciales, ajustados, aunque favorables, para diluir el impacto del batacazo de la capital no deja de ser un recurso argumental débil para suavizar las evidencias que apuntan a un cambio de ciclo. El PSOE ha sufrido una derrota en toda regla. Sin paliativos. Tanto en Sevilla –donde se ha perdido el poder tras doce años de gobierno, con la carga simbólica que tiene ceder ahora la joya de la corona a un PP que sueña con la conquista de Roma [la Junta de Andalucía]– como en el ámbito provincial.

Es verdad que la Gran Sevilla sigue siendo un oasis momentáneo para los socialistas –mantienen los municipios más simbólicos, salvo Mairena del Aljarafe– pero incluso aquí se atisban movimientos telúricos que anuncian que la ola ascendente del PP no es un fruto de la coyuntura, sino la consecuencia del agotamiento del proyecto político socialista para Sevilla. Aunque se conserven todavía muchas y buenas alcaldías, los números dicen que han cedido un total de 90 ediles (el descenso es de casi un 9%) mientras el PP ha ganado 123 concejales y recoge hasta un 7,38% más de sufragios. Algo pasa.

La justificación amable es que el revés electoral –lo exacto, ya digo, es llamarlo hundimiento– se debe a “la desesperanza de los ciudadanos ante las crisis”. Sin dejar de ser cierto que el factor económico es el elemento que marca la tendencia ascendente del PP y la caída del PSOE a escala estatal, el caso de Sevilla presenta matices propios que tienen que ver –y aquí radica el problema– con decisiones políticas locales. En unos casos tomadas en Luis Montoto (la sede provincial) y, en otros, en la Plaza Nueva (la Alcaldía). Es obvio que la conyuntura general no estaba a favor. Pero un vuelco de la intensidad del que se ha producido no es hijo de un factor único. Basta analizar los resultados electorales para verlo.

La primera impresión es que el desequilibrio obedece al avance de 7,4% puntos del PP (37.264 votos más) en relación a la foto electoral de 2007. Los socialistas caen hasta once puntos. Pierden 25.366 votos. Si se entra en detalle, el paisaje empeora. Y mucho. Ni azul oscuro. Directamente es negro:Zoido ha ganado en nueve distritos (crece en votos en todos) y ha roto el supuesto techo que su fuerza política tenía en los barrios obreros.

Lo ha hecho además con mucha holgura, convirtiéndose en la primera fuerza en áreas como Este-Alcosa-Torreblanca o Macarena, los pilares de la histórica hegemonía de los socialistas. El PSOE sólo gana en Cerro-Amate y Norte. Magro consuelo: la debacle que se ha producido en el voto, salvo excepciones, no baja de los dos dígitos. El PP crece mucho y en todas partes. Por encima del 10%. Hasta en territorios comanches como Sevilla Este, Norte o San Pablo. No funciona ya la teoría del habitual freno sociológico. Los votantes socialistas han abandonado el barco. Punto. No se han quedado ni en casa (la participación subió hasta ocho puntos). Sencillamente han ido a votar a Zoido.

¿Por qué lo han hecho? Parece claro que este trasvase no se improvisa de un día para otro, sino que es una suerte de gota malaya, sostenida en el tiempo. La clave está en el Ayuntamiento. Los socialistas han pasado los últimos cuatro años sumidos en conflictos internos –obsesionados por repartirse la herencia de un alcalde al que todos daban por acabado en 2007– y terminaron perdiendo el contacto real con todos sus bastiones electorales. La prioridad era otra: los grandes proyectos, singularmente el Parasol de la Encarnación o las peatonalizaciones en zonas como Triana y Los Remedios, muy hostiles electoralmente al PSOE. Como lógica no tiene, hay que pensar en factores distintos. Psicológicos: la obsesión de Monteseirín y su principal asesor, Manuel Marchena (ambos viven en Triana) por conseguir el reconocimiento –por aclamación u oposición, esto ya viene a dar lo mismo– de la Sevilla Eterna a su ambicioso proyecto de transformación de la ciudad. El quattrocento sevillano de los últimos años.

Existía sin embargo una incoherencia, patente, entre este discurso del alcalde, que sólo ha generado conflicto con los sectores sociales más conservadores, y el día a día de la verdadera gestión municipal, que desatendía los servicios y las inversiones en los barrios. Justo las zonas que trabajaba Zoido. “El alcalde no salía del despacho, estaba todo el día con su blog y preocupado por su legado”, cuenta un militante que, tras la derrota, admite que si alguien iba a los barrios eran los ediles, que llegaban siempre “en coche oficial” para hablar con dirigentes vecinales que, como algunos secretarios de las agrupaciones locales del PSOE, “sólo se representaban a sí mismos”. Otro es más gráfico: “No se le puede decir a la gente que el Parasol es lo más importante de Sevilla cuando al colegio al que llevan a su hijo no hay aire acondicionado y se encuentran hasta ratas; o cuando has pedido dinero a los vecinos para un aparcamiento que después no has sido capaz de hacer”. El discurso se venía abajo. Culpa de la realidad , claro.

Asignar la derrota a Juan Espadas es injusto:el cabeza de lista socialista ha sostenido su propia campaña a pulso, sin recursos, en solitario y sin otro apoyo que un núcleo duro –cuatro personas– cuya función era entorpecida constantemente por las familias:los susanistas, los vieristas y los antiguos críticos. Sintonía había poca. Hasta hubo quien colocó espías en el bando contrario para influir en la campaña –pensando en ganar un poder que se ha esfumado–, voceaba a quien quisiera oírle (por lo general, enemigos) cualquier desajuste y, al final, hasta ha intentado buscar culpables para eludir su propia responsabilidad. Un dato ayuda a entenderlo todo: el comité de campaña sólo celebró una reunión. Tres días antes de los comicios.

Hay quien pretende ahora a exigir responsabilidades con el argumento de que si no se hubiera cambiado al alcalde, o se hubiera hecho otra lista, los barrios hubieran respondido. Es una forma de verlo, parcial, evidentemente, y fruto de cierto deseo de ajuste de cuentas. Pero sólo es una parte del problema. La crisis tiene raíces más profundas. Está en la diabólica combinación de un partido sumido en sus conflictos y un alcalde que, sabiéndose agotado, se resistió a irse, a dar paso a nadie (Celis fue un mero señuelo tras el veto a Carrillo), a salir a los barrios (en los que no ha invertido)y a otra cosa que no fueran los proyectos que le harían pasar a la historia. Pura melancolía amarga.

San Bernardo: final de trayecto

Carlos Mármol | 17 de abril de 2011 a las 6:30

La ampliación del tranvía pone punto final a una etapa municipal en la que se ha preferido actuar en el centro de Sevilla para simular una transformación urbana integral en lugar de hacerlo en los distritos.

El tiempo no perdona. Ni tropieza. El final de la era Monteseirín, a la que le queda oficialmente algo así como un mes y medio más o menos, dependiendo de si al hacer los cálculos incluimos o no el periodo de la llamada regencia en funciones, se va desdibujando paulatinamente hasta dar como resultado involuntario uno de esos desconcertantes cuadros italianos pintados con la vieja técnica del esfumatto. Contornos imprecisos, vaguedad ambiental, cierta lejanía amable, un aire raro, entre espectral y misterioso. ¿Sueño, pesadilla o realidad? Depende.

Con el alcalde en los estertores de la última de sus famosas giras institucionales (el afán del regidor por los viajes oficiales sin sentido es realmente notable) y los requisitos impuestos por la nueva legislación electoral, que impide las inauguraciones políticas, el Ayuntamiento (que en realidad no existe desde hace meses porque las tres fuerzas políticas que forman la corporación local llevan desde enero sumidas en la larga precampaña electoral) ha inaugurado esta semana la ampliación del tranvía de Sevilla, bautizado por la propaganda oficial con el nombre de Metrocentro.

El episodio parece salido de un relato de misterio. Sólo que, al contrario de lo que ocurre en los cuentos góticos, esta vez está iluminado por el sol de esta primavera extrañamente estival. Tras el insoportable vacío del Parasol, inaugurado por Monteseirín en la más absoluta de las soledades (salvo por los habituales fieles de última hora), la puesta en marcha del nuevo tramo del tranvía nos ha dejado estampas de andenes con gente que espera el momento para tomar una nueva dirección. Otra metáfora del cambio de ciclo que, ocurra lo que ocurra en las elecciones, está próximo a producirse en la ciudad.

El ferrocarril urbano construido por Monteseirín, junto al Parasol, es uno de los símbolos de su gestión política. Inaugurado hace ahora unos tres años, ha supuesto para muchos una loable apuesta por la movilidad pública y, para otros, un capricho similar (en impacto económico y realización) a las célebres setas, vigiladas desde esta semana por un sistema de cámaras de seguridad privada instalado por la empresa concesionaria del complejo comercial sin pedir permiso a nadie. Algo que no debería causar excesiva sorpresa: a fin de cuentas, a pesar de que hay quien cree que con la Encarnación se ha ganado una plaza pública, lo cierto es que Sacyr, la empresa constructora, no hace con ellas más que vigilar, como una especie de gran hermano, el trozo exacto de Sevilla cuya explotación comercial se le ha entregado durante las próximas cuatro décadas. Por así decirlo, se dedican a cuidar su propio cortijo, situado en el corazón mismo de Sevilla.

El tranvía, al contrario de lo que ocurre en el caso de la Encarnación, no privatiza un espacio público, sino que socializa un territorio (el que discurre entre la Plaza Nueva y el Prado) que solían estar lleno de coches, tráfico y ruido. En ese sentido puede decirse que quizás haya sido un éxito. Aunque, como ocurre con muchas iniciativas del alcalde saliente, sólo a medias.

Con independencia de que es más inteligente invertir en medios públicos de transporte que en complejos comerciales, si se mira detenidamente la relación coste/rentabilidad de la línea que gestiona Tussam los aparentes matices positivos pierden bastante brillo, hasta convertirse incluso en sombras.

El Metrocentro, que se ha querido presentar como un gesto de valentía de Monteseirín, en realidad es fruto de una secreta inseguridad política. El atrevimiento, si lo hubo, consistió en peatonalizar (parcialmente) la Avenida de la Constitución. La instalación del tranvía es la muestra de que, una vez hecho esto, en la Alcaldía se pensó que había que introducir en la operación un elemento nuevo para que las críticas que censurarían el hecho de dejar la zona sin un acceso mecánico (los pies, por lo visto, no sirven) no pudieran sostenerse mucho en el tiempo. Como si esto fuera a parar la maquinaria de intereses (políticos, entre otros) que se oponen al modelo urbano defendido por el Plan General de Ordenación Urbana (PGOU).

Por aquel entonces, no sé si lo recuerdan, la línea 1 del Metro estaba sumida en una de sus múltiples crisis (por la tuneladora) y el gabinete de crisis de Monteseirín (formado por dos personas, casi siempre) estimó conveniente que, a pesar de que el Metro conectaría la Puerta de Jerez con el Prado de San Sebastián, había que hacer también un sistema de transporte (municipal, pero con parte del dinero de la Junta) que discurriera en paralelo al Metro durante buena parte del trazado, por si acaso las obras de la línea 1 no salían adelante.

San Bernardo final de trayecto 2 baja

El resultado fue un tranvía escaso, de apenas un kilómetro y medio, que al tiempo que parte por la mitad el que podría haber sido, junto con la Alameda de Hércules, el gran ensanche peatonal de la Sevilla histórica, fagocitó unos fondos municipales que bien pudieron ayudar a sacar a Tussam de la actual ruina económica en la que se encuentra.

No es de extrañar que hasta ahora, igual que ha ocurrido con el Parasol de la Encarnación, con el que el tranvía encierra tantas similitudes casuales, el gobierno local nunca haya hecho público el coste oficial de ejecución de este proyecto, que sufrió un largo rosario de cambios (cada uno de ellos supuso probablemente incrementos sobre el presupuesto inicial), incluyendo la reciente operación de sustitución de parte de las catenarias.

La obra salió al final por más de 80 millones de euros, cantidad a la que ahora hay que sumar los 13 millones que ha costado la prolongación del tranvía hasta San Bernardo. Unos 885 metros mal contados. En total, el Metrocentro ha costado a los sevillanos (y en cierta medida a los andaluces) casi 100 millones de euros para un recorrido completo de algo más de dos kilómetros.

Habrá opiniones para todos los gustos. Desde la que considera que es un proyecto caro a la de quienes creen que los 15.000 viajeros que lo utilizan justifican la operación. Es natural. No se discute la libertad de juicio. Lo que está fuera de discusión (o al menos debería estarlo si se quiere analizar la cuestión con algo de objetividad) es que el trazado definitivo del tranvía (cuya prometida prolongación hacia Santa Justa ha quedado olvidada) repite, en buena medida, el mismo trayecto de la línea 1 del Metro, sólo que en superficie. Algo inaudito en cualquier ciudad civilizada (la frase parece una redundancia, aunque tratándose de Sevilla quizás no lo sea tanto) en la que los recursos económicos se usan para conseguir el mayor rendimiento posible.

En Sevilla, tremenda paradoja, tenemos pues un tranvía que va al mismo sitio que el Metro (salvo por menos de un kilómetro de diferencia) y que ahora queda como en punto muerto en la estación término de Viapol. Apenas unos pocos metros fuera del casco histórico (donde habita el imaginario de la ciudad completa, siendo en realidad apenas una mínima parte de la Sevilla real) y justo a las puertas el antiguo arrabal de San Bernardo. ¿Hay mejor ejemplo de la filosofía política con la que durante los últimos años se ha intervenido en Sevilla? ¿No representa el tranvía, que apenas si discurre por la ciudad extramuros, la mentalidad profundamente centrípeta de los políticos de una urbe en la que parece que lo que no está situado dentro de los estrechos límites del centro histórico no existe?

El tranvía de Sevilla se queda así a las puertas mismas de la Sevilla de los barrios, que, sorprendentemente, es justo donde debía de haberse construido. En términos de inversión, clientes (viajeros) y rentabilidad social (cohesión) hubiera sido mucho más eficaz en los distritos. En ellos vive la mayor parte de la población que, hasta ahora, siempre ha votado al PSOE. Monteseirín, sin embargo, prefirió hacerse notar en el territorio de la Sevilla Eterna. Indignó a algunos. Entusiasmó a otros. Pero dejó sin resolver el verdadero problema de movilidad de Sevilla.

Parasol triunfal, fin del imperio

Carlos Mármol | 27 de marzo de 2011 a las 6:30

Las ‘setas’ de la Encarnación se inauguran hoy como el símbolo mayúsculo de la obsesión de un gobernante al que no le ha importado hipotecar el futuro de Sevilla para pasar a la historia.

La vida acostumbra a ser rica en paradojas y le gusta camuflar sus secretos en los detalles sin importancia. Indro Montanelli, un periodista al que nunca llegarán ni a la suela de los zapatos los gacetilleros costumbristas que tanto abundan por Sevilla, solía decir que no hay nada más fatigoso que seguir los hitos de una historia poblada por grandes monumentos y escrita con la variante áulica de la retórica. Hoy es un día apologético. Triunfal y predestinado a la exageración mayúscula, tan sevillana: Monteseirín inaugura oficialmente el Parasol de la Encarnación.

Lo hace sin que la obra esté acabada y sin que los ciudadanos, que son los que tendrán que abonar su inmensa factura –todavía ignota– sepan el coste definitivo del artefacto que durante las próximas cuatro décadas marcará el perfil del corazón de la Sevilla histórica. Un día de victoria, pues. Aunque sospecho que, como sugiere Montanelli, con un revés oculto bastante menos esplendoroso de lo que se enseña.

Quizás el alcalde, al que le quedan apenas dos meses en el ejercicio del poder, haga hoy un discurso en el que elogie su valentía a la hora de enfrentarse a la Sevilla Eterna, reivindique las virtudes de la vanguardia arquitectónica que –en su opinión– representan las setas y augure, como Casandra, un inminente futuro en el que las masas ciudadanas (sevillanos y foráneos) acudirán a contemplar la nueva catedral de la Sevilla moderna que, por supuesto, no cabe identificar sino con su propia persona. También puede que no diga nada. O que, como sucedió otras veces, censure a los agoreros, incapaces de reconocer las evidencias. ¿Quién sabe?

Con independencia de lo que ocurra, el Parasol quedará formalmente inaugurado como la coda imperfecta a doce años de gobierno en los que la desmesura, la prepotencia y el afán de notoriedad han marcado la agenda política de la ciudad. Al final, se tenga la opinión que se tenga del proyecto diseñado por el arquitecto berlinés Jürgen Mayer, la realidad se impone: ya es imposible pasar por esta parte de Sevilla sin reparar en la vocación de omnipresencia de una obra que representa, como todos los símbolos, la personalidad de quien ha ordenado su construcción.

Parasol triunfal final del imperio baja (1)

La historia del Parasol, que es larga y generosa en contradicciones, no se entendería, al menos en mi caso, sin una anécdota que en esta ocasión puede elevarse a la condición de categoría. Hace unos años, cuando todavía no se alzaba sobre el solar de la Encarnación el esqueleto del Parasol, el regente del alcalde me hizo llegar por mensajero la fotocopia (es de suponer que sin pagar los correspondientes derechos de reproducción) del capítulo de un libro: La arquitectura del poder (Ariel), escrito por Deyan Sudjic, ensayista, director de la revista Domus y, entre otras cosas, hagiógrafo de Norman Foster, cuya vida y milagros retrata en la película ¿Cuánto pesa su edificio, señor Foster?

Como soy poco dado a las fotocopias (todavía respeto el objeto perfecto que es cualquier libro) compré un ejemplar y, de pronto, al leerlo empecé a entenderlo todo. Este ensayo es el mejor manual para entender la Sevilla de los últimos años. Sin embargo, la ciudad no aparece mencionada ni una sola vez. ¿Cómo es posible? Fácil: la historia que cuenta es universal. Aplicable tanto a una aldea como a una gran ciudad.

Sudjic narra cómo a lo largo de la historia el poder (cualquiera que éste sea o el ropaje que adopte) usa siempre la arquitectura no para transformar la realidad, sino como instrumento para intentar dejar huella (vana, en muchos casos) del paso por la vida de determinados personajes empeñados en su propia grandielocuencia. Los ejemplos en los que sustenta su tesis son muy numerosos: desde Hitler a Mitterrand, desde Sadam Hussein a Tony Blair. No entienden ni de ideologías ni de formas de gobierno, autoritarias o democráticas.

En todos los casos funciona de forma idéntica. Los detalles de su relato resultan intercambiables. Lo singular es su luminosa visión sobre la pulsión interior que, de forma irremediable, manifiestan determinados gobernantes, casi todos ellos marcados previamente por un profundo sentimiento íntimo de debilidad, por tratar de superar esta circunstancia personal mediante la erección de arquitecturas que, en lugar de mejorar sus propias urbes, asientan sobre ellas las muestras pretenciosas y perdurables de un tránsito por el poder que siempre resulta ser efímero.

No encuentro mejor metáfora para entender el ceremonial, con banda municipal incluida, que hoy se celebra en la Encarnación. El Parasol, un objeto desmesurado e innecesario, cuyo coste supera con creces sus hipotéticos beneficios, es la muestra de una forma demencial de entender la política. También la evidencia de un desajuste que consiste en confundir la importancia con el tamaño.

Hace tiempo que los datos están sobre la mesa: el coste del proyecto (123 millones de euros) es un 70% superior a lo previsto, ha fagocitado el 40% de los recursos económicos que tenía la ciudad para su desarrollo urbanístico durante la próxima década, ha consumido hasta 65 millones de euros en subvenciones a fondo perdido y provocará un parón en el programa de las futuras infraestructuras públicas de Sevilla.

La obra es el fruto amargo de la desmesura. Se inaugura con cuatro años de retraso sobre el calendario inicial, tras incumplir hasta cinco fechas oficiales de terminación y privatizando (por primera vez en democracia) un espacio urbano público sin contraprestación (política o económica) alguna.

También es un largo rosario de mentiras: ni era la única solución para reubicar el mercado de abastos tradicional, que probablemente no sobrevivirá mucho; ni se acometió para salvar los restos arqueológicos (una parte de ellos se perdieron al cimentar el edificio), ni es un ejemplo de gestión arquitectónica. Tampoco es un espacio ciudadano. Sencillamente es un centro comercial. Nada más.

El Parasol se inició sin proyecto de ejecución y, durante casi tres años, el gobierno local ocultó que desconocía cómo construirlo, obsesionado con buscar en secreto una solución (que ha multiplicado su coste hasta el infinito) que resultó ser imposible porque su cimentación era incapaz de soportar el peso de la cubierta. Su terminación sólo ha sido posible reduciéndola, saltándose la ley (como puso de manifiesto el Consejo Consultivo) y exclusivamente por decisión unipersonal del regidor.

Probablemente haya quien piense (Monteseirín entre ellos) que todos estos hechos –objetivos– quedarán diluidos con el paso del tiempo. Que el esplendor de la inauguración se llevará las alargadas sombras de las setas. Que todo el mundo caerá rendido ante su hipnótica visión. Es una forma de ver las cosas. Sevilla, teniendo tanto pasado, es por lo general una ciudad sin memoria. Sin herencia fértil. Puede ocurrir. Aunque es difícil de creer.

Lo que quizás no debería olvidarse nunca es la lección del libro de Sudjic, metáfora involuntaria de la obsesión que ha guiado al alcalde en su utopía por personificar un extraño quatrocentto sevillano que no todos aprecian. Dice así: “Lo que hace la arquitectura al relacionarse con el poder es magnificar al autócrata y confundir al individuo con la masa”.

Para algunos hoy es un día victorioso. Con su pan se lo coman, que diría Cervantes. La vida, que es sabia y contradictoria, nos enseña que el ocaso de los imperios empieza justo cuando más altas parecen las muestras de su esplendor. En Roma existe un arco triunfal dedicado a Constantino que es fruto de la decadencia, preludio de la debacle. Más alto mientras más endebles sus cimientos. Más irreal cuanto más oscuro su origen.

Hay quien dice que no existe victoria ni hay triunfo posible si uno no es capaz de salvarse a sí mismo. Quizás sea cierto. O acaso no sea más que una frase. El Parasol se alza ya triunfal sobre la Encarnación. Monteseirín jamás volverá a ser alcalde de Sevilla. Su imperio se ha derrumbado. Es historia.

El brazo muerto

Carlos Mármol | 17 de diciembre de 2010 a las 3:21

Uno de los argumentos a los que el gobierno local de Sevilla recurrió cuando tuvo que explicar las razones de haber elegido el Parasol diseñado por Jürgen Mayer fue la necesidad, al parecer imperiosa, de que se “democratizaran las vistas” de la Sevilla histórica. Según el criterio de Monteseirín, la visión del horizonte hispalense más tradicional estaba restringida sólo a aquellos que disfrutaban de una terraza con mirador. Los cielos que añoraba el idealista Romero Murube debieron perderse aquel día.

Basta ascender a la Giralda para darse cuenta de la escasa solidez de tal argumento, pero esto, claro es, entonces no era lo realmente importante. Lo trascendente consistía en convertir el Parasol en un artefacto popular y democrático para que las voces que critican su estética quedasen retratadas como la de unos pocos elitistas caducos. “El tiempo nos dará la razón”, sostenían. O mejor: “La historia nos absolverá”. Veremos.

Al final, como es sabido, el asunto de la Encarnación reventó por el lado de los dineros, que, bien mirado, en realidad es un argumento más popular y democrático –sobre todo en tiempos crisis– que cualquiera de los hermosos itinerarios panorámicos que se proponían desde la Alcaldía como cebo para captar a los incautos y como pretexto para los noveleros.

METROS~1

Todo esto ocurría antes de que se dieran cuenta de que en el fondo no sabían cómo construirlo y mantuvieran el secreto bajo siete llaves durante varios años, sin preocuparles las consecuencias que tuviera su singular huida hacia adelante. Ahora ya se adivina cómo está haciéndose el Parasol: con dinero público (eso estaba claro desde hace bastante tiempo) pero, además, incumpliendo justamente las promesas que en su día se vendieron como algunas de sus mayores ventajas. La mayor: contar con una estructura arquitectónica moderna que ofreciera la posibilidad de cruzar andando, sintiéndose como suspendido sobre el aire, el ensanche de la calle Imagen hasta llegar al inicio de Puente y Pellón.

La cubierta del complejo comercial, todavía a medio hacer, aunque ya se adivine su imagen definitiva y haya quien la haya inaugurado hasta tres veces, no soporta el peso necesario para garantizar las excursiones aéreas que planteaba la Alcaldía. Se podrá subir al artefacto, pero únicamente a los parasoles situados en el perímetro del antiguo solar de la Encarnación. ¿Para qué hacía falta entonces situar una inmensa seta en mitad de la antigua plaza histórica? El Parasol número 6 queda así como el brazo muerto e imperfecto de un inmenso esqueleto cuya seguridad total requiere pruebas de carga que todavía están por hacer.

La decisión, al parecer, se adoptó hace un año. De nuevo se ocultó a los que financian el capricho, que son los sevillanos, a los que todavía se les dice que podrán subir sin pagar al mirador –su entrada la pagarán en realidad vía impuestos gracias a la línea de crédito que el Consistorio tiene abierta a Sacyr, la empresa concesionaria– cuando la realidad es que el recorrido turístico será muy distinto al previsto. Todo esto no importa, claro. Ni tiene mucho interés. La cosa es cantar victoria. Laus Deo.

Parasol: Pascua y mandarinas

Carlos Mármol | 16 de diciembre de 2010 a las 19:41

El alcalde, al que le quedan en el cargo algo más de cuatro meses, ha elegido la Navidad para volver a inaugurar parcialmente –creo que por cuarta vez, pero la verdad es que ya he perdido la cuenta– el Parasol de la Encarnación, que sigue sin acabar. La ceremonia consistió en un desayuno saludable en un bar cercano con un aguinaldo en forma de cesta: setas, nueces, alguna granada (sería por el informe del Consejo Consultivo, con sede en la ciudad de la Alhambra) y mandarinas.

Cabría preguntarse cuál era el motivo de tan amigable celebración, que al parecer era secreta. Si son las pascuas, que siempre han ido muy bien con las naranjas, como diría Manuel Vicent, nada que objetar. Cualquier otro se me escapa: la obra siguen sin terminar, el último plazo oficial –31 de diciembre– nunca se lo creyó nadie más que quien en la Alcaldía pensó que con el hecho de decretarlo terminaría cumpliéndose y la factura del artefacto de Jürgen Mayer sigue siendo un enorme misterio para quienes la van a pagar: los ciudadanos.

setas

Todo esto, evidentemente, no importa demasiado cuando de lo que se trata es de celebrar un éxito, aunque sea virtual. Porque, aunque la imagen del Parasol ya puede percibirse en su integridad en una de sus copas, lo cierto es que la obra no está ni mucho menos terminada. Igual que tampoco se acabó en su día la urbanización del entorno del complejo comercial, destrozada nada más ponerse la solería por el aparcamiento irregular, la suciedad y demás elementos que explican que Sevilla sea una de las ciudades con las peores calles de España.

Cuidadosos con el patrimonio público no somos mucho por estos pagos. Igual que los políticos no lo son con sus emblemáticas iniciativas: se salen de coste, de escala y se inauguran por trozos, no vaya a ser que la cinta inaugural le toque cortarla a otro, aunque sea del mismo partido. Que vamos tener unas navidades con Parasol no cabe duda. Hasta es el motivo elegido para las felicitaciones navideñas municipales, donde aparece la maqueta, porque sacar la obra, claro está, no queda demasiado cool. No hay que dejar que la realidad te empañe una buena inauguración, aunque sea tan parcial y sectaria como una determinada manera de entender la política.

Tempus fugit

Carlos Mármol | 1 de diciembre de 2010 a las 14:05

obras

Parece que la credibilidad sigue siendo un patrimonio escaso en las lides de la política municipal y, en general, en la vida. No es de extrañar: exige un cierto sentido de la coherencia, vocación de renuncia –a tener siempre la razón, por ejemplo– y un mínimo de capacidad de autocrítica. Elementos poco frecuentes en ciertos puestos de poder, por no decir en (casi) todos. En los tiempos que corren, como diría Unamuno, no sólo hay que vencer –en primera instancia– sino sobre todo convencer. Y como el problema de fondo es que no convencen, porque el ejemplo es la primera herramienta de la persuasión, recurren a la vía habitual: decretar el establecimiento de la verdad. La Encarnación se terminará el 31 de diciembre. Va a ser que no.

El nuevo retraso de la Encarnación, en realidad, no es en sentido estricto una noticia. La novedad, aunque bien visto cada vez menor, consiste sobre todo en una reiteración: la obsesión de la Alcaldía –en su conjunto, que estas cosas es mejor no personalizarlas en demasía– por esculpir la realidad a su antojo. Sevilla será bella porque siempre es nueva, como dijo Chaves Nogales, pero para algunos sobre todo es bella porque ellos han decidido que es suya. Que nació con ellos. Y que detrás de ellos, nadie. La obsesión infantil de pasar a la historia, quimera estéril. La verdad, en cambio, es bella porque siempre es la misma: es sencillamente la verdad.

Durante cierto tiempo se discutía en Sevilla si el Parasol era mera anécdota o categoría. La parte o el todo. Los hechos van dando la razón a quienes ven detrás del artefacto de Mayer el símbolo de una singular forma de gobernar. El tiempo pasa. No se detiene. Muchos de los arquitectos que elogiaron la arquitecura de la ‘grandeur’ reivindican ahora la vuelta a las esencias. El descarte de lo aparatoso. En Sevilla resulta ser una tarea imposible: llegamos tarde –y mal– a los iconos arquitectónicos de la contemporaneidad y, tras la debacle económica, no sabemos cómo desandar el camino y purgar los pecados del exceso. Nadie está dispuesto a decir: me equivoqué. Sería noble. Pero está visto que es imposible. Mala cosa.

Parasol: la subvención que no cesa

Carlos Mármol | 9 de septiembre de 2010 a las 12:38

Monteseirín altera ‘de facto’ el plan económico inicial del proyecto para seguir inyectando fondos públicos a la empresa concesionaria durante los próximos años en contra del pliego de condiciones de la concesión.

Riesgo y ventura. No es el título de una novela. Ni siquiera el de una canción. Es el concepto jurídico exacto merced al cual iba a construirse el Parasol de la Encarnación. En pocas palabras: un inversor privado –la constructora Sacyr– asumía el coste íntegro del proyecto (oficialmente 51 millones de euros) a cambio de explotar a lo largo de 40 años todas las superficies del complejo comercial, que incluyen el mercado de abastos y los espacios lucrativos de nueva creación ubicados bajo la inmensa cubierta diseñada por el arquitecto berlinés Jürgen Mayer. La realidad, como es de dominio público, es que este plan se ha incumplido en casi todos sus extremos: la obra lleva un retraso de casi tres años, su presupuesto inicial se ha disparado hasta los 120 millones de euros y el alcalde ha terminado desviando la mayoría de los fondos necesarios para equipar la ciudad con el fin de terminar el Parasol antes de salir de la Alcaldía.

Los antecedentes

La espiral de gasto, sin embargo, no se detiene. Y la carga sigue recayendo siempre del lado público, ya que el supuesto inversor privado ha financiado casi todos los trabajos realizados con las distintas subvenciones autorizadas por el Consistorio desde 2005. Primero se dijo que no habría que poner dinero. Por eso precisamente se privatizaba un espacio público. Después se alegó que la rentabilidad mínima que necesitaba la concesión –del 8%– exigía dar luz verde a una ayuda municipal a fondo perdido de 25 millones de euros. Los posteriores incrementos presupuestarios han multiplicado esta factura hasta los 90 millones. Estos continuos sobrecostes, además, no han sido avalados jurídicamente por el Consejo Consultivo de Andalucía.

Monteseirín sentenció entonces que seguiría adelante con el Parasol porque la opinión del máximo órgano legal andaluz no era vinculante y lo mejor para la ciudad, a su juicio, era continuar. Lo que no explicó es hasta qué punto esta huida hacia adelante va a erosionar las arcas municipales, cuya salud no es precisamente buena, y cuáles van a ser las consecuencias para los futuros gobiernos locales, con independencia de su signo político.

La gestión del proyecto, que en teoría está encauzada, entra ahora en una nueva fase. Inesperada y asombrosa. Y ni mucho menos es la fase final. Al tiempo. El giro resulta además a todas luces contradictorio en relación al modelo de concesión privada elegido por la coalición PSOE e IU para –decían– no sobrecargar las arcas públicas.

¿En qué consiste? Oficialmente nada ha cambiado. Pero en realidad la Alcaldía está dispuesta a financiar un programa de ayudas públicas en favor de Sacyr que incrementará el gasto global del Parasol sin tocar el sistema de explotación –privado– y, lo que resulta mucho más grave, incumpliendo algunas de las condiciones jurídicas de la propia concesión administrativa suscritas en su día entre el Ayuntamiento y la empresa.

Los incumplimiento nos son cosa nueva. Los criterios originales de adjudicación del Parasol, su coste y su plazo han sido violados por Sacyr con el consentimiento, tácito o expreso, del Consistorio. La diferencia ahora es que los nuevos gastos no son fruto de la mala ejecución de la obra, sino consecuencia de una modificación de facto del plan financiero de la concesión autorizada directamente por Monteseirín sin pasar por la vía administrativa adecuada: abrir un nuevo expediente y someterlo a discusión en los sucesivos órganos de gobierno del Ayuntamiento.

Nueva línea de crédito

El alcalde, de hecho, ha decidido asumir de forma directa la gestión del proyecto tras la marcha del anterior edil de Urbanismo, Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, a la Junta. Probablemente en esta decisión influya el hecho de que ya no va a repetir en las listas. No tiene miedo a quemarse políticamente. No obstante, no ha hecho expresa su decisión de forma pública. Se está limitando a aplicarla, dosificando la información para atenuar su impacto. La idea es abrir a Sacyr una especie de línea de crédito municipal. Barra libre. ¿Para terminar la obra? No. Este frente ya lo resolvió en su momento en el Pleno, aunque teniendo que utilizar su voto de calidad como regidor. Ahora se trata de que el complejo comercial privado funcione sin que Sacyr tenga que cumplir los compromisos económicos a los que, según el contrato de concesión, estaba obligada con el Ayuntamiento. La justificación es que la situación económica ha cambiado, la obra se ha encarecido y, por tanto, los números de entonces no cuadran. Hacen falta más ayudas públicas. Y no puntuales. Duraderas en el tiempo.

Monteseirín, que ha mediado personalmente para que Sacyr lograse un crédito bancario por sus problemas financiación, empezó a dar alguna pista cuando, tras sus vacaciones, dio por inaugurado –aunque todavía está en obras– el mercado del Parasol. Ese día, además del espectacular sobrecoste del zoco –cuyo precio ha sido 4,4 millones de euros; se presupuestó en 400.000– se supo que los comerciantes, ahora inquilinos de Sacyr, iban a tener que pagar el doble por el alquiler de sus puestos. Más de 600 euros al mes. Según el pliego de condiciones esta cifra no debía de haber pasado de los 360 euros. Los comerciantes protestaron y el regidor, al día siguiente, trató de arreglarlo. Prometió que el Ayuntamiento les ayudaría con el alquiler con una partida de 60.000 euros al año. Un dinero que ha venido pagando en la ubicación anterior pero que en la nueva, según el contrato, debe correr por cuenta de Sacyr, quien, sin embargo, sí tenía la opción de repercutirla a los comerciantes.

ESPAÑA-AND-METROSOL-PARASOL

La segunda señal llegó poco después. Monteseirín, mediante una resolución, decidió que había que compensar a Sacyr por el hecho de que no se le haya entregado el edificio municipal que ocupa en la Encarnación el área de Hacienda. La medida supone el pago a la empresa de 720.000 euros al año (durante casi un lustro) en concepto de compensación por no haber abandonado unas oficinas que –increíble paradoja– son de titularidad municipal. Sacyr, gracias a dicho decreto, no sólo tiene garantizado ingresos fijos durante varios años, sino que se ha ahorrado el coste de rehabilitar el inmueble –su obligación– y tener que buscar, en un mercado inmobiliario a la baja, empresas que quieran arrendar.

Pero lo más llamativo es que, en realidad, no hay motivo real para pagar nada. Ni siquiera esta cifra. El Ayuntamiento alega que la situación es consecuencia del retraso de las obras, imputables en todo caso a Sacyr. Sin embargo, el pliego de condiciones fija el momento de entrega del edificio, que forma parte de la privatización de la Encarnación, una vez se terminen las obras, circunstancia que todavía no se ha producido. No existe un acta de comprobación. Por tanto no hay retraso a efectos económicos. Tampoco la cantidad que va a pagar Monteseirín es la reglamentaria: el pliego, en su artículo 38, dice que si hubiera retraso en la entrega del edificio tras acabar las obras, la indemnización a cobrar por Sacyr sería de 21.132 euros al mes. La subvención que se le va a abonar por decisión personal del regidor es de 60.000 euros al mes. Casi tres veces más.

El tercer indicio llegó hace unos días, cuando trascendió la intención municipal de pagar dinero a Sacyr para que “los sevillanos puedan subir gratis al mirador”. La cifra: 180.000 euros. Aparentemente, toda una deferencia. No es así. El pliego de la adjudicación, a la hora de fijar los criterios de asignación de las obras, primaba que el acceso al mirador fuera “público”, un elemento clave para conceder el contrato a Sacyr. Ya estaba incluido en el plan financiero. No es extraño que Monteseirín dosifique estos anuncios para que los árboles no dejen ver el auténtico bosque. Modificar el programa financiero no lo hubiera aprobado la Secretaría Municipal. Sacyr lo que le ha pedido es que se le compense con 1,5 millones de euros al año por los desajustes de su plan económico.

La concesión dura 40 años. La factura del Parasol, probablemente, también.

El ‘doble bucle’ de la Encarnación

Carlos Mármol | 31 de agosto de 2010 a las 13:55

El alcalde da por inaugurado el mercado del Parasol, cuya construcción ha costado cuatro millones de euros más de lo previsto, una desviación presupuestaria que duplicará la renta que se cobrará a los comerciantes.

La cosa tiene gracia. O altas dosis de humor negro. Depende de cómo se mire. La inauguración del mercado de abastos del Parasol de la Encarnación, que esta semana ha marcado el retorno a la ciudad de Monteseirín tras un discreto periodo de descanso, ha vuelto a calcar el guión de casi todas las grandes ceremonias de éxito organizadas por el regidor en los últimos once años, más o menos el tiempo que lleva en la Alcaldía. A saber: acto protocolario con flores y atrio de madera noble, la obra en cuestión a medias –cosa que no suele importar demasiado–, exégesis a capricho de la historia reciente de Sevilla –reescrita siempre en función de cuáles sean los intereses políticos concretos del momento– y verdades a medias. Por no incurrir en la utilización de un término bastante más grueso.

Según esta puesta en escena, en la que participaron una parte de los comerciantes del mercado –el auditorio elegido para la ocasión–, el hecho trascendente de la reforma de este espacio público, cuyo círculo se ha cerrado esta última semana de agosto, es que el zoco de abastos está acabado. El regidor ha cumplido su promesa personal con los sufridos placeros. Más o menos así queda el cuento: “Tras esperar bajo un techo de latón, pasando calor y frío, desde 1973, el mercado de abastos de la plaza de la Encarnación por fin tiene una sede digna, acorde a su categoría”. Aplausos sinceros de satisfacción.

La verdadera historia

La historia, sin embargo, no es tan simple. Como suele ocurrir con los símbolos políticos –el Parasol es quizás el icono mayúsculo de la era Monteseirín–, debajo de la alfombra se han guardado todos los detalles molestos que pudieran entorpecer este singular relato de la historia. La habitual desmemoria colectiva –tan sevillana– hará el resto hasta situar la cuestión justo en el punto de disolución. Esto es: aquel en el que ya nadie sabrá o podrá realmente diferenciar los hechos –la verdad objetiva– de la ficción política –la verdad oficial–.

El fondo de la historia es bien distinto. Radicalmente diferente a la presentación municipal. Para encontrarlo no hace falta ni siquiera volver a recordar una vez más los sucesivos episodios que han jalonado la kafkiana gestión de esta faraónica obra. Debajo de la eterna discusión sobre si el Parasol perjudicaba o mejoraba la estética de Sevilla se escondía en realidad un caso mayúsculo de utilización a capricho de los recursos públicos, presentes y futuros de toda una ciudad. Una materia que, bien desarrollada, daría probablemente para escribir un ensayo sobre los actuales usos y costumbres de la política hispalense.

Simplemente basta con hacer un ejercicio, probablemente estéril e impertinente, pero imposible de evitar si a alguien le interesase saber algún día el porqué de las cosas, como diría Quim Monzó, el escritor pop de Barcelona, que consiste en repasar con algo de tiempo algunos documentos –oficiales, claro–, hacer justo aquello que nos enseñaron los maestros del oficio y que nunca falla –trazar una malla cronológica– y, en general, mirar hacia atrás con afán de poder comprender mejor el presente. Poco más. Es barato. Es sencillo. Sólo hace falta trabajar. Un poco de esfuerzo.

Practicar dicha gimnasia intelectual nos lleva en el caso en cuestión a dos senderos complementarios. El primero versa sobre el grado de eficacia municipal, tema fecundo. El segundo desdibuja bastante el perfil de víctimas que en el citado relato oficial siempre se otorga a los comerciantes, ahora redimidos gracias a la gestión del Consistorio.

Vayamos por partes. ¿Hacía falta gastarse entre 90 y 123 millones de euros para construir un mercado? ¿No había otra opción? ¿Tan cara es la arquitectura de vanguardia? Sin entrar en más detalles sobre los abundantes agujeros negros del Parasol, cuya construcción era técnicamente imposible –hecho que se ocultó a los ciudadanos– y ha terminado hipotecando parte del desarrollo de Sevilla de los próximos diez años, parece evidente que las cosas podrían haberse hecho de otra manera. Mejor.

La inconsciencia con la que el gobierno local ha gastado el dinero público –Sacyr prometió un plazo, un presupuesto y no necesitar demasiados fondos municipales; todos estos factores los ha incumplido– es tal que basta mirar fuera de Sevilla para caer en la cuenta de que en realidad todo era más sencillo. Y más barato. No hay que ir muy lejos: en Barcelona, urbe a la que Monteseirín ha puesto en ocasiones como ejemplo, el Consistorio recuperó el mercado de Santa Caterina a un coste razonable y con arquitectura de calidad.

El resultado es un hermoso y moderno zoco de barrio –singular gracias al proyecto del estudio de Enric Miralles y Benedetta Tagliabue; distinto porque tiene restos arqueológicos en su interior y se puede comprar al carnicero de toda la vida por internet– cuyo coste no pasó de los 12 millones de euros. Una décima parte de lo que se lleva gastado en la Encarnación. Tampoco en la Ciudad Condal las cosas fueron perfectas: su rehabilitación se demoró hasta seis años y su diseño generó cierta polémica. Pero el mercado de abastos continúa hoy día siendo público. El 80% de la reforma la pagó el Ayuntamiento y el 20% restante dos grandes operadores –Caprabo y Tragaluz– particulares. Concertación sin privatización.

caterina

En el caso de Sevilla, reina la paradoja. Lo que se ha hecho, además de construir un complejo comercial fuera de escala y sin un mínimo sentido de la contención, es privatizar una plaza pública, entregando su gestión, entre otras cosas para rodar anuncios, a un operador privado durante 40 años. Si este sistema –que, por cierto, era idéntico al que en su día propuso el PA– se hubiera elegido para evitar el quebranto de las arcas públicas todavía tendría sentido. Los hechos son otros: la Encarnación se ha privatizado pero la factura, que es enorme, la pagamos todos. ¿Alguien es capaz de entenderlo?

Sólo el recinto del mercado ha costado diez veces más de lo previsto. De 443.200 euros a 4,4 millones. ¿No van a estar satisfechos (algunos) comerciantes? Otros, menos entregados, han hecho otra cuenta. Gastos fijos actuales: cero. Gastos fijos en la nueva sede: por encima de los 650 euros al mes. Sacyr, que ganó el concurso entre otras promesas incumplidas, por la “moderación de su plan de ingresos”, les ha duplicado la renta mensual de golpe. El piso es mejor, claro; pero la hipoteca es imposible.

Un poco de memoria

En este punto llegamos al segundo sendero: los comerciantes. ¿Les debe algo la ciudad por tantos años de espera? Depende. En todo caso, la deuda no sería de tres décadas, sino de apenas doce años. Hasta 1998, cuando legalmente ellos renunciaron a su condición de concesionarios privados, que no existiera una plaza de abastos digna en la Encarnación no era responsabilidad municipal, sino particular. Los comerciantes son autónomos. Empresarios particulares. Su nueva ubicación se va a pagar –a precio de oro– con el dinero de todos. Cualquier industrial de Sevilla desearía un trato idéntico. Es el doble bucle de la Encarnación: se privatiza ahora para satisfacer la privatización previa.

Son datos: desde 1982, cuando a los comerciantes se les otorgó la concesión, fueron ellos quienes jamás pusieron en pie su edificio. La historia es larga. Está llena de sombras: ediles mediando a favor de familiares; pactos incumplidos, problemas legales, negociaciones a la vieja usanza. No hace falta dar muchos detalles. Rojas Marcos cogió en los 90 el toro por los cuernos y les obligó a dejar la concesión. Hasta entonces los propios comerciantes fueron incapaces de gestionar su patrimonio empresarial. El Consistorio alteró la horma urbanística hasta en dos ocasiones para facilitar el proyecto. Ni así. El socio privado que buscaron fuese y no hubo nada. Ésta es la verdad. A muchos les molesta que se diga.

Pero ya lo decía Quevedo. “Pues es amarga la verdad, quiero echarla de la boca”.