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Milagro en escabeche

Carlos Mármol | 28 de junio de 2012 a las 6:06

Los excesos de optimismo, al igual que los entusiasmos superlativos, con frecuencia degeneran en la temeridad. Ora pro nobis. Para juzgar lo que pasó ayer en San Petersburgo, ciudad de múltiples puentes levadizos, cementerio de zares, hay que reparar en las reacciones de los líderes políticos tras conocer la noticia. En especial es importante analizar todo lo que se refiere al tono. En primer lugar, la prosodia heroica. Zoido (PP): “La ciudad sale fortalecida de la Unesco. Además, vamos a hacer un congreso mundial para poner en común los avances teóricos y doctrinales en relación con el paisaje urbano y los bienes patrimoniales”.

Después, el enfoque optimista. Espadas (PSOE): “Siempre dijimos que no existía ningún riesgo. Voy a ir a recoger a Zoido al aeropuerto. Hay que hacer una campaña de promoción turística para resarcir la imagen de Sevilla”. Por último, la siempre fecunda variante neoestoica del edil Torrijos (IU):“Habríamos ahorrado meses de preocupación innecesaria si el alcalde, con su actitud, no hubiese alentado una polémica que luego ha tratado de apaciguar”. Salvo este último, que puede permitirse el lujo de decir lo que piensa sin temor al efecto que implica la verdad, en los parlamentos de los munícipes late una evidente inconsciencia, una manifiesta voluntad de cargar la suerte. Denotan su carácter y, por tanto, su probable destino.

La Unesco nos ha perdonado la vida in extremis –algunos somos ya algo mayores para creer en los cuentos– y encima sacamos pecho. Humildad, sí señor. ¿No sería mejor dejar las cosas como están? ¿Conviene abusar de la buena estrella? Sobre todo después de ciertas conversiones repentinas. Hacer un congreso doctrinal no se antoja prudente: los de la Unesco pueden cambiar el veredicto después de ver la torre con sus ojos. No es educado tampoco mentar la soga en casa del ahorcado. Recoger a Zoido en el aeropuerto tampoco se entiende. Salvo que Espadas ande falto de cariño, el regidor ya trae su séquito almonteño. La campaña turística, menos: ¿Si no existía riesgo hay que volver a reincidir con los Reyes de Gregorio (Serrano)?

Nos quieren vender la carambola como victoria. Nada nuevo.

Ya lo escribió Góngora en una coplilla satírica.

“Que anochezca cano el viejo,/Y que amanezca bermejo,/Bien puede ser;/Mas que a creer nos estreche/Que es milagro y no escabeche/No puede ser”.

La cohabitación

Carlos Mármol | 1 de abril de 2012 a las 6:05

Los resultados autonómicos redibujan el panorama político en el Ayuntamiento hispalense. Las cosas aparentan seguir igual pero las percepciones han cambiado. Zoido no podrá ya apoyarse en Arenas. PSOE e IU toman aire.

Las grandes victorias, y por tanto las derrotas, que son su reverso, no obedecen simplemente a los azares de la aritmética, la suerte, los méritos o el capricho. También dependen –y bastante– de la psicología. De la mirada. Los comicios autonómicos de hace una semana, en los que el PP se quedó en el umbral de San Telmo –llamando a las puertas del cielo, por utilizar el símil dylaniano–, también han modificado la política municipal sin llegar en realidad a alterar la situación que hace nueve meses situó al PP al frente del Ayuntamiento de Sevilla con una mayoría histórica.

Todo continúa igual. Y, sin embargo, casi todo ha cambiado. Otra cuestión es que quiera aceptarse de esta forma. Resulta evidente que, según la lectura oficial, los populares no han perdido la mayoría –sólida– que los aupó a las alcaldías de las capitales andaluzas. El suelo electoral del PP es muy fuerte –decir lo contrario sería pecar de ingenuo– pero la tendencia subyacente que señala el 25-M parece fortalecer la tesis de que la cosecha municipal fue tan excepcional para los conservadores porque se situó justo en el punto en el que la marea popular subía. Los últimos indicios apuntan a que ha comenzado a bajar.

Y dicen algo más: a pesar de que el sistema electoral fija periodos de gobierno de cuatro años –por un criterio lógico de estabilidad política– la crisis económica en la que vivimos desde hace ya casi un lustro es capaz de cambiar en un plazo bastante más corto las fotos que arrojan las elecciones. Sin dejar de ser válidas, ya no son perdurables. Mutan a velocidad de vértigo. Cosa que debería hacer reflexionar a los legisladores sobre si la representatividad política no debería, como ocurre con la legislación laboral, empezar a explorar nuevas vías, más flexibles, que respondan a los cambios de opinión de los ciudadanos.

Cambio de percepción

El gran cambio que nos ha traído el 25-M no es el que señalaban los sondeos: la sustitución de los socialistas por los populares en la Junta de Andalucía. Tampoco el cambio seguro que, según la terminología de campaña, reivindicaban los socialistas, entre otras cosas porque después de más de tres décadas en el poder en el Sur de España tratar de obviar la idea de que las cosas deberían ser distintas resultaba argumentalmente obsceno. No.

El gran cambio ha sido mucho más sutil y, quizás justo por eso, bastante más profundo. Se trata de un cambio de percepción. De óptica. Los ciudadanos ya no dan cheques en blanco a nadie –no hay liquidez bancaria, mucho menos de confianza– y retiran los ahorros, que en política son el crédito y los votos, cuando creen que el sendero por el que caminan los gobernantes es equivocado. Lo hacen con independencia de cuál sea tiempo transcurrido y obviando los formalismos de propio sistema electoral. Sin problemas. Es natural: la situación social, económica y política es de urgencia nacional.

En el caso de Sevilla, uno de los focos de la batalla política que vienen librando populares y socialistas desde las municipales –unos para conseguir la supremacía plena; otros para sencillamente evitar su desaparición–, el movimiento sísmico sobre todo ha sido de perspectiva. Un terremoto silencioso y, en el caso del PP de Sevilla, excesivamente prematuro. Increíble.

Los populares tenían motivos para la confianza: todos los hitos que jalonaban su pugna con los socialistas parecían allanar el camino hacia el triunfo. Arrasaron en las municipales, triunfaron en las generales y, según todos los estudios, el pálpito social –más escénico que cierto, pero éste es otro tema– prácticamente daba por hecho que Roma –Andalucía, tierra por igual de vicios y oropel– caería de su lado. Pues no.

El desajuste ha cogido al PP tan a traspié que va a tardar en poder articular un discurso, siquiera defensivo: los leales estafados son peores que los aduladores interesados. La misma noche electoral el alcalde de Sevilla, Juan Ignacio Zoido, el símbolo de este ascenso al poder abortado en su última estación, repetió el mismo argumento de su particular campaña electoral: “La alianza PSOE-IU es un pacto de perdedores. No durará”. Quizás sea así, pero serán quienes gobiernen Andalucía cuatro años. Y eso, en cierto sentido, sí es una victoria. Incluso aunque la política no sea únicamente el poder.

No resultan nada extrañas las palabras de Zoido, aunque afortunadamente se haya desvinculado con ellas de la oleada de lugares comunes, insultos y reprobaciones que desde los creadores de opinión –llamativo término para referirse a los propagandistas de plantilla– de Madrid dedican a los andaluces por haber ejercido en un determinado sentido su derecho al voto. Zoido es quien más va a padecer que la última apuesta de Javier Arenas haya salido mal. En términos personales (una cuestión privada y, por tanto, respetable), pero también en el campo político. De forma directa.

El gobierno local, que tiene por delante casi la totalidad del mandato municipal,se enfrenta a un grave imprevisto con el nuevo panorama político que se dibuja en la Junta de Andalucía. Un escenario, porque la política es sobre todo una puesta en escena ante los ciudadanos, a los que hay que convencer, que va a condicionar toda su gestión. Hasta el momento –nueve meses después de la victoria– el plan de ruta de Zoido ha consistido en golpes de efecto –muchos fallidos por un exceso de confianza–, cambios aparentes en el seno del Ayuntamiento –caras nuevas, vicios eternos– y un sentido de la paciencia que sólo se explica por la estrategia del PP de dejar que el cambio se consumase.

Al contrario que Rajoy, forzado por las circunstancias, el alcalde ha evitado tomar cualquier medida impopular –cayendo repetidas veces en un revisionismo inexplicable– para que su enorme crédito político, avalado por las urnas, aunque discutible, no perjudicase las aspiraciones de Arenas. Una opción singular que se concreta en un gobierno que hace oposición a la oposición en lugar de gobernar asumiendo riesgos, apostando y enfrentándose al desgaste inherente al ejercicio del poder.

La nueva situación complica todo esto. Lo impide. Zoido tendrá que empezar a gobernar –si quiere sobrevivir en el tiempo– sin demora, sin aliados (Arenas no estará en San Telmo) y con su principal embajador exterior –el líder del PP andaluz– en horas bajas en Madrid. Bastante más solo que antes, cuando estaba en multitud. Si Arenas hubiera ganado, el PP sevillano lograba la cuadratura del círculo: interlocución privilegiada, flexibilidad legislativa, sintonía y presupuesto ajeno a su servicio.

La derrota autonómica limita el campo de acción a lo institucional. Es lo más razonable –avivar la confrontación desde las instituciones no es valorado por los ciudadanos– pero parece improbable. Veremos. Pero lo cierto es que incluso la vía de ataque –a una Junta controlada por PSOE e IU– ya no sirve: el campo de juego para la confrontación ha saltado de escala. La pelea, cruenta, va a ser entre Madrid y Sevilla, no entre San Telmo y Plaza Nueva. Es la tragedia de pasar de ser un actor principal al elenco de reparto. Comienza la cohabitación.

Espadas: nueva estación

Este proceso afecta también a la oposición. El cambio de percepción que pone en crisis el rol del PP como partido triunfante ayudará a que su papel, necesario, se evalúe sin los prejuicios de quienes tienen miedo a caminar lejos del poder. Espadas sostiene que Zoido ya ha perdido la mayoría absoluta que logró en las municipales. Los datos le avalan, pero si el análisis se hace sobre las generales –la última foto política– el saldo no induce tanto al optimismo. Los socialistas mejoran pero siguen perdiendo votos que van a parar a IU. La derrota dulce de Griñán le ayuda –a la espera de contemplar las tensiones orgánicas– pero sólo ha cumplido un hito (acelerar el desgaste de Zoido, que era previsible por sus propios excesos) del camino hacia la Alcaldía. La estación termini todavía queda lejos.

¿Y tú de qué te ríes?

Carlos Mármol | 27 de marzo de 2012 a las 6:05

El PSOE celebra como una gesta la carambola de permanecer en el poder autonómico a pesar de que su respaldo electoral ha descendido en todos los ámbitos. El PP tardará tiempo en digerir la derrota. IU diseña su estrategia.

Alex O´Dogherty, uno de los mejores actores andaluces, tiene un monólogo espléndido que se llama ¿Y tú de qué te ríes? Entre otras disquisiciones sobre el humor absurdo –el mejor de todos– se pregunta en esta pieza teatral la razón por la cual la mayoría de la gente, cuando va por la calle y ve que alguien se tropieza y se cae, mucho más si es un amigo, directamente se parte de risa. Me acordé de esta imagen el domingo por la noche, cuando después de que las urnas dejaran al PP clavado en una mayoría agridulce –50 diputados, muy lejos de la absoluta que todo el mundo esperaba; sobre todo ellos– la televisión (Canal Sur, por supuesto) retransmitía la sonrisa de oreja a oreja que muchos altos cargos de la Junta de Andalucía tenían detrás de Griñán, que comparecía con gesto cansado, como quien sale de una larga pesadilla.

¿De qué se ríen? Supongo que precisamente de lo mismo que contaba O´Dogherty: alguien, de forma inesperada, se ha tropezado por la calle y está en el suelo. Ha tocado el piso, que dicen en la Argentina. La conducta no es demasiado noble, pero responde la verdad. No hay nada que haga más gracia que el fracaso ajeno, mucho más si éste resulta ser inesperado. Y, desde Maquiavelo, ya sabemos que la política –mucho más la meridional– no es noble, ni buena, ni sagrada, como dijera Lorca de la vida. Los socialistas, sin iniciativa política salvo para destrozarse mutuamente desde hace más o menos dos años, con un partido en total interinidad en Sevilla desde hace algo más de un mes, casi no terminan de creerse la carambola que les permitirá, si IU cierra un acuerdo estable de gobierno, retener el poder autonómico.

Cantares de gesta

Y es que, en realidad, los motivos para tanta risa se reducen a la desgracia ajena, no a los méritos propios. Tras cualquier elección es tradicional que los partidos políticos interpreten los resultados electorales como mejor convenga a sus intereses. Cualquier argumento es válido. Griñán habló ayer de que sus resultados electorales son “una gesta”. Quizás estemos asistiendo a una reelaboración de un género literario –de raíz clásica y cuya formulación en castellano es de época medieval– que hace varios siglos que no se practica y que Cervantes terminó de desmontar –creando la novela moderna– en El Quijote. ¿Una gesta? Decididamente es una manera optimista de verlo. Porque lo que señalan de forma nítida las urnas es que la marea del PP está empezando a retrodecer –algo previsible, aunque algunos no hayan sabido verlo– pero no porque los socialistas estén mucho más fuertes. Que uno pierda habiendo ganado y otro gane habiendo perdido no es exactamente lo mismo que ganar y perder de forma limpia. Ni de lejos.

En Andalucía, el PSOE se ha venido abajo. Diez puntos menos de respaldo electoral, nueve diputados menos y 654.831 votos por debajo del baremo de las anteriores autonómicas. Son hechos. Si Griñán se considera a sí mismo como un caballero andante en fiera y desigual batalla contra la derecha será porque, como ocurre en El Quijote, el caballero de la Blanca Luna –que no es el PP, sino los ciudadanos– le ha vencido pero le deja volver sano a casa para que recupere la cordura. La diferencia es que Alonso Quijano aceptó su derrota y el líder del PSOE andaluz no parece estar demasiado dispuesto a asumir esta misma evidencia, incluso con el inesperado regalo de mantenerse en el poder durante cuatro años. Le cuesta. Cosa que da que pensar. Bastante.

Especialmente significativo es el retroceso electoral de los socialistas en Sevilla, la provincia que, pese a todo, sigue siendo donde el PSOE tiene la mayoría. Se mire por donde se mire, los datos permiten resoplar pero no sacar pecho. En relación a las últimas autonómicas –hace cuatro años– los socialistas han caído 11 puntos. Pierden 172.287 votos. En comparación con las elecciones generales –la radiografía política más próxima– el retroceso es algo menor –porque ya estaban bastante mal– pero se acerca a casi los 28.000 votos incluso aunque, en términos relativos, por la redistribución de los sufragios, puedan argumentar una subida de dos puntos. Vano consuelo: la cuestión de fondo es que, a pesar de conservar el poder autonómico, la sangría de votos que se inició en las municipales no ha terminado. Prosigue.

En la capital, donde Zoido volvió a imponerse, el coordinador de la campaña del PSOE y líder de la oposición municipal, Juan Espadas, hizo ayer una lectura positiva de los resultados: si las municipales fueran ahora el PP no pasaría de los 16 concejales. Otra forma optimista de verlo. El PSOE no ha mejorado demasiado: en relación a las generales la pérdida de votos puede cifrarse en 7.181 votos. Es cierto que la burbuja Zoido –dada su sobreexposición provincial– parece que empieza a desinflarse –mucho desgaste en excesivamente poco tiempo–, pero eso no se traduce en un mayor grado de confianza de los electores en favor de los socialistas. Ni mucho menos. El discurso oficial del PSOE resulta previsible pero es impostado.

¿Cuál es entonces la diferencia? Parece que, frente a otras elecciones anteriores, el factor diferencial ahora radica en un hecho inédito: una buena parte de los votos del PSOE han ido directamente a Izquierda Unida, duplicando la representación parlamentaria de la coalición de izquierdas. Hasta ahora lo que ocurría era lo contrario: cada vez que los socialistas apelaban al miedo a la derecha y reclamaban el voto útil, IU era la gran perjudicada. En todos los ámbitos. Los votantes de izquierdas sacrificaban periódicamente a la coalición para sostener a un PSOE débil frente al ascenso de los populares.

Ahora, en cambio, no ha ocurrido esto: Griñán, siguiendo el catón de su partido, apeló al voto útil y centró su campaña en alertar de que el PP desmontaría el Estado del Bienestar, pero los votos huérfanos no se han quedado en las candidaturas socialistas. Se han ausentado –el descenso en la participación ha sido significativo– o se han trasladado a IU. Una diferencia notable. Tanto como para que este factor permita a la coalición de izquierdas, demonizada por el PP en Sevilla en las últimas municipales, jugar un nuevo papel en la política autonómica y, a largo plazo, quizás de nuevo en la municipal. Al tiempo.

La coalición de izquierdas ha recogido buena parte del voto socialista espantado por la sucesión de casos de corrupción. Y este hecho diferencial marcará el futuro: IU, más que en el reparto de cargos, centrará su táctica de negociación política con los socialistas en la máxima de que hay que “abrir las ventanas”. Todas. El electorado no ha avalado la corrupción, como argumentan determinados analistas de Madrid. Sencillamente han dejado a Arenas a las puertas de San Telmo: el mensaje reformista del PP dejó de ser verosímil cuando Rajoy comenzó a gobernar.

Ha pesado también la reforma laboral. Mucho. No se quiere admitir, pero los ciudadanos corren menos riesgos laborales dejando de votar al PP en las autonómicas que secundando la huelga del jueves. Arenas, asumida la debacle, salió al balcón de la calle San Fernando junto a sus ministros en el Gabinete de Rajoy: Báñez y Montoro. Los dos tienen mucho que ver con su trágica coyuntura. Tanto como el bajón electoral en la provincia de Sevilla, capital incluida.

La cuestión interna

Los resultados electorales también tienen una evidente lectura orgánica para los dos grandes partidos. El PP se enfrenta al vacío: la sucesión de Arenas es una incógnita. Durante varios lustros el propio líder del PP andaluz se ha encargado de impedirla, moviendo a los mismos para distintos puestos. Su derrota no es sólo suya, sino también de su guardia de corps. Especialmente en el caso sevillano.

Los socialistas, en cambio, tienen un escenario mucho más cómodo para sus ajustes de cuentas. Los rubalcabistas del Sur, que en caso de una derrota electoral hubieran tomado el poder orgánico andaluz y provincial sin demasiados apuros, ven ahora como la dulce derrota de Griñán y Cía bloquea en buena medida el plan de la reconquista.

Griñán pidió ayer que “le respeten su sitio”. Traducido: que el ejército chavista, sobre todo sus apéndices hispalenses, siempre activos pero casi siempre en la sombra, no piensen que va a dejarles degustar los honores de la caballería andante. Si hay cabeza habrá un pacto entre familias. Es lo más razonable para que la próxima vez su destino no dependa del fracaso de otros más que de sus propios méritos.

Sevilla 25-M: lecturas cruzadas

Carlos Mármol | 11 de marzo de 2012 a las 6:05

Los socialistas se juegan otra vez el mito de su imbatibilidad electoral. El PP intentará arañar los sufragios que necesita para la mayoría absoluta en el cinturón de ciudades medias. Los comicios tendrán derivación municipal.

El tiempo, ese concepto difuso que, según San Agustín, existía y al mismo tiempo, nunca mejor dicho, dejaba de existir en función de la ocasión, es el factor que va a marcar la campaña electoral que, como dicen los argentinos, recién ha comenzado esta semana en Andalucía. Tiempo, según los socialistas, es lo que quizás le va a faltar al PSOE en las dos semanas largas que restan para que se produzca el dictamen de las urnas. Tiempo, a juicio del PP, es lo que probablemente le sobre (a tenor de las últimas encuestas) a Javier Arenas de cara al 25-M. Y tiempo (que perder) es lo que la mayoría de los electores consideran que va a gastarse en el circo mediático en el que se han convertido las carreras electorales.

Al igual que cualquier otra guerra, una victoria es una suma de batallas –no siempre menores– que hacen ciento. Los comicios regionales en los que se disputa el inmenso poder institucional de la Junta de Andalucía –poco más; no se engañen– se alimentan pues de un sinfín de enfrentamientos provinciales simultáneos que, debido a que las elecciones se organizan a partir de las distintas circunscripciones territoriales, cobran especial relevancia a la hora de asignar los diputados necesarios para la mayoría absoluta (del PP) o la minoría relativa (que formarían PSOE e IU). Las dos variantes iniciales del menú.

En este contexto es donde la batalla de Sevilla –ciudad mil veces conquistada; escasamente leal, a pesar del lema de su escudo oficial; centro obsesivo de atención en los duelos electorales previos– adquiere especial interés, al depender el resultado global de las autonómicas en buena parte de lo que ocurra en una provincia que, todavía, parece resistirse –con independencia de los motivos potenciales– a formar parte del cambio de ciclo político que desde hace ocho meses está transformando el mapa del poder en España. La Numancia sevillana es para los socialistas la última esperanza para no fenecer (políticamente) por completo. Para el PP, en cambio, viene a ser como la Granada de los nazaríes en tiempos de la Reconquista, que, como todo el mundo sabe, no fue sino una mera conquista por las armas. Sin preámbulo alguno.

Hay mucho en juego. Demasiado. Pero de forma distinta en función de cada protagonista. En el caso del PSOE, lo que ocurre en Sevilla es, sobre todo, una guerra psicológica, de identidad. Con independencia del resultado final –los sondeos hablan de un empate técnico en número de diputados entre los grandes partidos– lo que se dirime en Sevilla es una cuestión mítica. Esto es: si la provincia seguirá siendo el último reducto de sustento electoral de unos socialistas en fase menguante y, como era de esperar, más acostumbrados a devorarse a sí mismos que a vencer a sus adversarios.

Lo que está en juego no es sólo la Junta, sino el mito de la imbatibilidad electoral del PSOE de Sevilla. La condición que le ha convertido a lo largo de la historia reciente en el corazón mismo del partido, como se dice en Madrid, o, visto desde las provincias andaluzas, en una organización que es necesario someter o controlar para que el PSOE de ámbito regional mantenga en su fuero interno un cierto equilibrio que evite que termine saltando por los aires.

Dado el tamaño de la batalla –a nivel interno y externo– lo que resulta del todo sorprendente es que el PSOE sevillano llegue al campo de juego con una situación de interinidad tan profunda como la que salió tras la última de las guerras púnicas: la elaboración de la lista electoral. Los socialistas, cuyo principal reto para no fracasar consiste en movilizar a los suyos, se presentan a los comicios con una nómina electoral que la mitad de la organización rechaza y una serie de condicionantes internos que hacen prácticamente imposible lograr un grado de movilización suficiente para no estar intranquilo. No es extraño que los actos políticos se hayan programado en aforos limitados –para no dar sensación de orfandad– y en clave, si no íntima, sí muy discreta. Hay pocos motivos para el optimismo incluso a pesar de que los últimos sondeos van reduciendo –de forma leve– la distancia que el PP ha llevado durante meses a los socialistas.

Todo se juega a una carta, y la baraja ya no está exclusivamente en manos del PSOE, que además cuenta con inquietantes señales del fin de siècle: no tanto por la corrupción, que también, sino por otros síntomas tan gráficos como el retroceso electoral que, en los recientes comicios generales, se produjo en localidades metropolitanas de usual mayoría socialista: Alcalá de Guadaíra y Dos Hermanas, esencialmente; además de otras urbes medias donde el PP casi ni osaba dar la batalla.

Los sondeos, por otra parte, en realidad no aclaran demasiado el resultado final. Formalmente ganaría el PP, pero nada se dice –porque es imposible– de cuál va a ser el comportamiento electoral en el interior de la provincia, donde realmente se librará la batalla por la Junta de Andalucía. La bolsa de indecisos –oficiales– todavía es demasiado gruesa para que nadie cante victoria, ni siquiera los favoritos en la carrera electoral. Y eso que el precedente de las municipales podría hacer pensar –cosa que antaño se consideraba inaudita– que los votantes todavía no alineados podrían votar en masa al PP.

Si hace ocho meses esta hipótesis terminó siendo cierta, que vuelva a repetirse el fenómenos ahora es mucho más improbable. Un factor ha cambiado por completo el panorama: Zapatero no está; ya gobierna Rajoy y la economía sigue igual de mal que entonces, o bastante peor, ya que han comenzado las primeras medidas de ajuste –subida de impuestos, reforma laboral– y las decisiones paliativas que el PP ha ido aprobando para tratar de no perder imagen –protocolo contra los desahucios, límites a los sueldos de los altos cargos públicos– no ocultan la realidad subyacente: la crisis la va a pagar, como ocurre siempre, la gente normal.

Probablemente en lo único que Griñán ha acertado en los últimos meses fue en separar los comicios regionales de los estatales, en los que Rubalcaba no pudo evitar la extraordinaria sangría electoral de los socialistas. El tiempo –creían los socialistas– jugaría a su favor. Aunque esta tesis tampoco está del todo clara si se tiene en cuenta que la batalla de San Telmo puede estar perdida desde hace más o menos año y medio, cuando estalló el escándalo de los ERES falsos.

Los populares saben, en todo caso, que sólo con el mensaje de la corrupción no tienen garantizada la victoria necesaria. No basta. Insisten en su táctica de poner en cuestión la gestión de los socialistas –que han dado munición para varias décadas– pero a nadie se le escapa que su gran asignatura pendiente es crecer en el circuito de urbes medias que forman el fortín sevillano de los socialistas. No es extraño que el 70% de su lista electoral esté formada por concejales. Busca así el PP que sus referentes en estos ámbitos geográficos –localidades cuya población se sitúa entre los 10.000 y los 20.000 habitantes– logren arrancar votos que hasta ahora se les han resistido. O, al menos, que los socialistas no puedan recoger demasiada cosecha, lo que les permitiría sumar los restos necesarios para la mayoría hipotética. Suficientes para que los tres puntos de distancia de las últimas generales eviten que la bandera de la Numancia socialista sevillana continúe en pie.

En esta táctica, cuentan –y mucho– los votos de la capital. También, inevitablemente, habrá pues una lectura en clave hispalense. Los socialistas han dejado la campaña en la capital en manos de Juan Espadas, el líder de la oposición municipal, que en las generales presumía de haber logrado pinchar –levemente– la burbuja Zoido. Habrá que ver qué ocurre ahora para confirmar dicha teoría. El PP está en ascenso. Es un hecho cierto. También lo es que después de ocho meses de ejercer el poder municipal la figura política del regidor sevillano no es inmaculada. Ni mucho menos. Tendría gracia que el PP no lograse la mayoría absoluta por no retener todos los votos con los que cuenta en Sevilla capital.

Zoido: el mensaje ecuménico

Carlos Mármol | 12 de junio de 2011 a las 6:15

El nuevo alcalde de Sevilla inaugura la futura etapa municipal con un discurso en el que apela a la honradez, la honestidad, la cercanía a los ciudadanos, la ley y la biblia.PSOE e IU anuncian una oposición muy activa.

Lo dijo Tomás de Kempis: “Ni mejor porque te alaben, ni más vil porque te desprecien; lo que eres, eso eres”. Juan Ignacio Zoido, el candidato del PP a la Alcaldía, se convirtió ayer en el sexto alcalde de Sevilla de la democracia. Fue investido con el apoyo de sus 20 concejales, mientras el movimiento ciudadano 15-M protestaba en las puertas del Consistorio en demanda de un sistema democrático más participativo y ante una representación (ilustrativa) de lo que el PP considera que debe ser la Sevilla oficial. Gracias al extraordinario respaldo logrado el 22-M en las urnas y con el presidente de la Junta (el siguiente enemigo a batir por parte del PP) delante.

La ceremonia, marcada por la legislación de régimen local vigente, tradicionalmente añeja, similar en algunos momentos a un sufrido pregón, permite formular algunas intuiciones inmediatas. La primera: Zoido no va a ser un gran orador. Mucho menos un retórico. No es una crítica. Ni siquiera un reproche. De entrada, como cualquier gobernante, tiene cien días de gracia. Tan sólo es la constatación de una mera evidencia. Nada nuevo, por otra parte: sus seguidores lo ven como un hombre de acción (al decir de Baroja) más que como un intelectual. Sin embargo, en los momentos políticamente solemnes dicho carácter no deja de producir una cierta sensación de extrañamiento.

El nuevo alcalde, del que todos esperaban ayer un mensaje expreso y más concreto sobre los ejes por los que discurrirá durante los próximos cuatro años el futuro de la ciudad, se diferenció de todos sus predecesores en el cargo (casi todos ellos presentes, salvo su más directo antecesor) por una primera intervención pública sorprendentemente corta y casi de oficio. En la segunda, algo más amplia, se extendió más al exponer las líneas maestras de su proyecto político para Sevilla, pero las enumeró de forma similar a las cientos de intervenciones que ha hecho durante su larga y eterna campaña electoral (5 años ha durado) y que ayer, por fin, le llevó al puesto máximo del poder municipal. Lanzó adjetivos y sustantivos, pero eludió los verbos. No dio excesivos detalles ciertos. Explicó mucho el qué pero sin decir el cómo.

La importancia de este hecho es, en todo caso, relativa. La mayoría absoluta del PP abre una nueva etapa en el Ayuntamiento que no se va a caracterizar por los altos mensajes ni los alardes verbales, sino que (en teoría) deberá juzgarse en función de los hechos. La elocuencia política, que tan bien queda para la historia local, ha quedado fuera de escena desde el primer momento.

Es cierto que el discurso de Zoido, que presume de ser un hombre de pueblo, nunca ha sido muy dado a los matices, los grises o a la complejidad argumental. Su estilo es bastante más llano, sencillo y, en ocasiones, ayer mismo pudo oírse, algo redundante. Repetitivo. Ya con el bastón de mando en sus manos, el nuevo alcalde pronunció profusamente, casi se diría que en exceso, ante el auditorio del Salón Colón (autoridades civiles, religiosas y militares presentes), las palabras “talento” y “Sevilla” como principales elementos de lo que él mismo espera que sea su etapa como gobernante.

Cuatro años que van a estar marcados por la aplicación de su singular teoría sobre el hecho, en su opinión, de que para gobernar una ciudad no es necesario ningún tipo de ideología, sino sencillamente eficacia. Soluciones efectivas y reales contra los problemas básicos. Una Sevilla igual que un reloj suizo. Una suerte de Suiza hispalense que ojalá sea cierta, y posible, más allá de todas las promesas de campaña. El nuevo líder de la oposición, Juan Espadas, lo puso ayer en duda: “Una ciudad no es un metabolismo estático ni puede ser un reloj”.

Zoido, que ya se proclamó a sí mismo “alcalde de la luz” en 2007, cuando el pacto PSOEe IU le impidió llegar a la Alcaldía en el primer intento, circunstancia que a lo largo de los últimos cuatro años dio lugar a un estilo de oposición algo resentido, se sacudió ayer esta carga (para bien de todos) y comenzó el tránsito que va desde la expectativa del poder hacia el ejercicio mismo del mando. Es de suponer que en su caso será toda una satisfacción, aunque este camino no está (para nadie) exento de peligros, trampas y dificultades. Su mayor reto consistirá en saber salvarlas con seso.

El bastón de mando que desde ayer empuña el político del PP, al que no se le puede discutir su apabullante victoria electoral, tiene mieles y hieles. Permite beneficios y causa perjuicios.Tiene el brillo de las maderas nobles pero también las espinas inherentes al ejercicio del poder.

La primera dificultad, precisamente, es la obligación a cambiar de discurso y, al mismo tiempo, tratar de ser coherente. Solventar toda una paradoja. Zoido anunció ayer que será un alcalde leal pero reivindicativo con el resto de instituciones públicas (el primer año será clave para ver si en el mandato que ahora estrena como regidor predominara lo primero o lo segundo), anunció que reclamará a la Junta la capitalidad de Sevilla (primer conflicto a la vista), proclamó su honradez (a algunos de sus adversarios políticos se la ha negado en algunos de sus momentos en la oposición) y garantizó que será, ante todo, un gobernante cercano a los ciudadanos. Un servidor público.

Todo correcto. Nada censurable. Cualquier político tiene derecho a decir lo que estime conveniente. Sobre todo, dirán algunos, si ha sacado veinte concejales. Es una manera de verlo, claro. Porque este derecho de expresión es idéntico para políticos, fontaneros e incluso periodistas. Es una de las grandes virtudes de la democracia, incluso imperfecta, que tenemos. Que la gente hable con total libertad de conciencia. Sin miedos. Que diga realmente lo que piensa y, sobre todo, haga algo tan inusual como útil:argumentar lo que afirma.

El nuevo alcalde tiene por delante muchos problemas urgentes que no pueden esperar más. Ahora le toca cumplir con los ciudadanos. El tiempo de las eternas promesas ha terminado (en su caso, con éxito) y comienza el de los hechos. Soluciones sin excusas. Quien ha lanzado desde la oposición a los ciudadanos un mensaje de que nada es imposible (con talento, trabajo y esfuerzo) debe aplicar ahora estos mismos principios (no otros) en busca de la eficacia, entendida ésta no sólo en términos empresariales, sino sobre todo sociales. De justicia. El gran problema de Sevilla es el paro. Después la cohesión social. Zoido habló ayer de la ley (la Constitución) y la biblia como sus dos particulares grandes creencias vitales. Su “faro en la vida”.

Respetando ambas cuestiones, el cambio de tono y mensaje, aunque sin perder necesariamente la coherencia política, sino por exigencia de las nuevas circunstancias, parece obligado. Ortega y Gasset lo explicó extraordinariamente bien:si uno no es capaz de salvar sus propias circunstancias no se salvará a sí mismo. En el caso de Zoido su circunstancia política ha mutado: tiene que pasar de hacer una oposición inquisitorial al gobierno efectivo. De la denuncia constante en la plaza pública al ejercicio del gobierno. De prometer a hacer. No será nada fácil. Ni tarea sencilla. Sobre todo si no se tiene suficiente cintura ante las críticas, que llegarán porque son tan democráticas como las victorias electorales.

La oposición municipal (PSOE e IU) estuvo ayer cortés y crítica a partes iguales. Su actitud y sus mensajes auguran una etapa de control político muy activa. Nada cortesana y, probablemente, muy útil para la salud democrática de Sevilla. Tanto como la adaptación de Zoido a su nueva condición (accesoria, no se olvide; en la vida el poder es un atributo temporal) en la que sobresale ya el nuevo discurso ecuménico (tan diferente al pronunciado hace cuatro años, como le recordó ayer Espadas; y tan lejano al mensaje, admirable y elocuente, que le tocó hacer en su día a Jaime Raynaud, su antecesor como candidato y un político al que el PP debería tener en bastante mayor estima) del nuevo regidor, que promete una Sevilla sin los vicios del sectarismo, sin listas negras y diáfana. Ojalá sea cierta, aunque determinadas algaradas verbales, oídas ayer en el propio Salón de Plenos, lamentablemente no permitan ser totalmente optimistas. El tiempo, el único señor, nos sacará de dudas.

Batalla por la república fenicia

Carlos Mármol | 11 de junio de 2011 a las 6:15

Las familias socialistas intentan buscar reacomodo en los escasos puestos a repartir tras la debacle  del 22-M. La próxima guerra serán las listas al Congreso y el Parlamento. Los críticos reavivan el descontento interno.

Napoleón decía que la política es una fatalidad moderna. En el caso de los socialistas sevillanos, el 22-M se ha convertido en Waterloo: la convocatoria electoral ha terminado en lo que los franceses llamarían fatalité. O lo que los griegos denominan katastrophe. Algo presente y con visos de convertirse en permanente. La situación interna, que nunca estuvo bien, ha empeorado; como ocurre después de todas las debacles.

Los tratadistas políticos clásicos sostienen que un periodo de destierro es necesario en toda carrera política. Los mensajes más trascendentes de la humanidad, aquellos que construyen valores e ideas, incluso los religiosos, y la política no es más que una extraña forma de religión, proceden siempre de los desiertos, el fracaso, el retiro, la inevitable caída en desgracia. Los socialistas sevillanos se enfrentan ahora a eso mismo: un singular infierno que avistan con un grado de desconcierto sólo comparable a la sensación de repentina fractura de un imperio que, como todos, se imaginó eterno y será perecedero.

Claro que, en todo hundimiento, el estilo es lo que marca las diferencias. Se puede fracasar con dignidad, valentía e incluso cierto heroísmo, aunque ninguno de todos estos atributos libre nunca a los derrotados de las miserias de la condición humana: teléfonos que dejan de sonar, confesiones de solidaridad privadas que en público nunca se expresan, cobardías, desconfianza, adhesiones que sólo buscan el interés propio. La vida.

La situación del PSOE de Sevilla no responde a una foto fija. Tiene múltiples lecturas. Tantas como familias cohabitan dentro de la organización. Pero el denominador común de todas ellas pasa por la ausencia de un liderazgo indiscutible en el seno orgánico. Por supuesto, formalmente no existe vacío de poder: la secretaría general sigue en manos de José Antonio Viera, que ya dijo en su momento que (salvo novedad procesal) su mandato terminará cuando está oficialmente previsto (2012), nunca antes, y la ejecutiva (oficialista en su integridad, aunque no tan monocolor como se supone) rige los rumbos del partido. Hacia qué dirección concreta ya es otra cuestión distinta.

La realidad, sin embargo, es que en Sevilla capital –donde las distintas agrupaciones socialistas aún se encuentran divididas en un bando rebelde y otro afín a la actual dirección– las tensiones de siempre se han intensificado en las últimas semanas por tres motivos: la propia derrota, la reducción del campo de juego (para todos) y la creencia, por parte de los críticos, de que ya cuentan con el pretexto que esperaban, en algunos casos hasta con entusiasmo, para volver a dar su particular batalla con objeto de poder contar algo en el PSOE.

No es una casualidad que en estos compases iniciales del nuevo mandato municipal tanto el PP, que sigue obsesionado con amplificar la crisis interna de los socialistas a pesar de sus 20 ediles electos, como determinados sectores del PSOE –en buena parte procedentes de la etapa de Monteseirín– coincidan por separado (o quizás no tanto), por vías indirectas, en tratar de poner en cuestión la figura del candidato socialista, Juan Espadas, que hoy se convertirá en el nuevo jefe de la oposición.

Tal ofensiva no es gratuita ni fruto de una determinada posición ideológica. Responde al poder en su condición menos noble: la capacidad para mantener en la política activa –cobrando de las arcas públicas pero dedicados en exclusiva a la actividad partidaria– a los cuadros afines. La escuadra. Nada que no haya ocurrido antes, aunque la intensidad de la actual derrota dibuje un escenario más dramático: un caudal de cargos de confianza, esenciales en la composición de fuerzas y los equilibrios de poder en el seno de las distintas asambleas territoriales buscan acomodo en los escasos lugares disponibles.

Dos son los terrenos inmediatos de enfrentamiento: la cuota de asesores externos del grupo municipal socialista –que oscilará entre seis y ocho personas– y la Diputación, donde Fernando Rodríguez Villalobos se ha convertido –descontando los puestos autonómicos, cuya vigencia en el tiempo es de sólo diez meses– en el gran deseado por unos y otros. Los suyos y los ajenos.

Como la oferta de puestos a repartir es escasa y la demanda bastante grande, y la aritmética todavía no sirve para hacer milagros, los que entran en juego son los padrinos y las madrinas, que intentan buscar refugio seguro a sus peones para no perder ni su cuota de respaldo orgánico (deserciones, cambios de mando) ni la apariencia de solucionar la vida ajena que siempre ha ido asociada al poder.

Las presiones en el caso del grupo municipal todavía están abiertas. Los susanistas han intentado lanzar a las agrupaciones el mensaje de que ellos controlarán el grupo (están empotrados en la lista de Espadas) a través de Alberto Moriña, su referente municipal, que hace unos días filtró que iba a ser el nuevo portavoz. Obvió, sin embargo, algunos datos objetivos: Espadas ha articulado en realidad un núcleo duro de tres personas (Mercedes de Pablos, Eugenio Suárez Palomares, Antonio Muñoz) que estarán por delante de Moriña en las labores de dirección.

La jefatura del grupo la ejercerá directamente él. El mensaje político a las agrupaciones, en su mayoría críticas con la actual dirección, y en las que Espadas no tiene más remedio que apoyarse para los cuatro años de oposición que tiene por delante, es nítido: los susanistas no tendrán el mando exclusivo del grupo municipal. El objetivo: no perder la autonomía, pese a todos sus inconvenientes, lograda a la hora de elaborar las listas. Algo necesario para poder trabajar desde el ayuntamiento sin interferencias externas y vital si, en el futuro, en el horizonte de 2012, Espadas pretende jugar un papel orgánico que pueda compensar la evidente erosión del liderazgo oficial, discutido por algunas agrupaciones a pesar de su triunfo en el congreso de 2008.

El sector crítico tampoco mantiene una posición única: derrotados tras el pulso a Viera, hay quienes analizan la situación interna para una hipotética rebelión y quienes juegan a la integración. ¿Cómo? Tendiendo la mano a la dirección y al candidato a cambio de ganar cuota. Una estrategia que no obstante combinan con la amplificación hacia el exterior de cualquier episodio de tensión entre las agrupaciones y la dirección, frecuentes además dada la difícil coyuntura política y humana que se vive en el PSOE sevillano. La táctica: pax interna con protagonismo o ruido.

Tras la composición del Ayuntamiento y la Diputación –la pelea inmediata– la siguiente batalla serán las listas para las elecciones generales y autonómicas. Diciembre. Pretendientes para ser diputados regionales o nacionales –incluso con un escenario de derrota– suman ya legión entre los históricos, los oficialistas sin sitio, los críticos con ambiciones y quienes desean seguir. No va a haber sitio para todos incluso aunque el Parlamento andaluz gane diputados.

En todos los debates –reuniones que terminan a gritos, asambleas de cinco horas de duración en las que el candidato debe aguantar el tipo ante militantes ofuscados que dan su visión de la derrota, encuentros en restaurantes (en algunos casos, los últimos pagados con dinero municipal)– se repiten distintos argumentos (siempre a conveniencia) en los que, no expresamente, sino de forma tácita, subterránea, late la misma pulsión interior: el pánico a quedarse sin asidero.

Dicen que el cambio es la única forma de perdurar en la vida. Los socialistas han mutado tanto desde los tiempos en los que renunciaron al marxismo (“antes socialistas que marxistas”, decían) que, en lugar de ideas o propuestas, la polémica no sale de los cauces fenicios. Fenicia: dícese de la frágil república de navegantes del Mediterráneo que no dejó filosofía ni grandes obras arquitectónicas. Un imperio exclusivamente mercantil, diluido por el correr de la historia, cuyo único objetivo era el comercio. El dinero.

Perdidos en el bucle orgánico

Carlos Mármol | 25 de mayo de 2011 a las 6:15

El PSOE empezará a preparar esta misma semana su nueva etapa en la oposición. La debacle en los distritos obliga a hacer un análisis profundo de los errores de la gestión municipal. La ‘cuestión interna’ sigue en el aire.

La debacle electoral en Sevilla ha dado paso en el PSOE al inicio de un debate bizantino. ¿Qué fue antes? ¿El huevo o la gallina? Aplicado al caso:¿la responsabilidad del fracaso es de la gestión municipal, cuyo representante es Monteseirín;o de la dirección provincial, que forzó el cambio de candidato? ¿De ambos factores? La duda no se va a resolver. Probablemente porque es imposible separar ambas cuestiones: el descalabro en los barrios que hasta ahora habían venido votando mayoritariamente a los socialistas no se ha producido por una única razón, sino por una suma de causas combinadas que, juntas, han provocado un malestar tal en las bases sociales que solían apoyar al PSOE como para llegar a votar al PP.

El tsunami de la crisis económica aparece en todos los análisis (internos) como causa esencial. Como es algo evidente, ha sido la justificación oficial dada por la dirección del partido en Sevilla, aunque en paralelo se admiten otras cuestiones subterráneas (el impacto en los votantes del agrio conflicto con los funcionarios de la Junta, que en Sevilla suponen una cuota muy importante del electorado, tanto de forma directa como indirecta) y, sobre todo, los efectos derivados de la escasa gestión realizada por el Ayuntamiento en los últimos cuatro años.

Todas las familias de la organización hablan de estos tres factores, aunque no con la misma intensidad. En función de donde ponen unos u otros el acento, puede trazarse un mapa de los motivos y pretensiones de cada una de ellas. Por ejemplo:la dirección llega a cuantificar hasta en tres ediles la pérdida derivada del voto de castigo a Zapatero. Otros, en cambio, resaltan que la campaña de Espadas ha tenido errores que también explican que no se haya conectado con el electorado, aunque esta versión suele ignorar el punto de partida: antes de que el alcaldable del PSOE entrara en escena, los sondeos de opinión ya señalaban que el desgaste de apoyo provocado por la gestión de Monteseirín era más que notable. La tendencia beneficiaba al PP desde hacía tiempo.

Después hay otra tesis:la orgánica. Algunos referentes del anterior sector crítico (los críticos anónimos, pues en realidad nunca tuvieron un portavoz público hasta que Demetrio Pérez intentó, sin éxito, disputar la secretaría general a José Antonio Viera) inciden en la tesis de que, sin desechar los motivos generales, la brutal subida del PP se debe a la decisión de dejar fuera de la lista electoral a los secretarios generales de las distintas agrupaciones, un factor que, en su opinión, ha desmovilizado a una buena parte de la sociología tradicional del partido. El objetivo de este discurso es evidente: exigir explicaciones a la dirección por los fallos y argumentar, de esta forma, la necesidad de acometer de inmediato un verdadero proceso de integración que vuelva a situar a ciertos secretarios generales –caso de Miraflores, por ejemplo– en el tablero de juego.

Claro que hay quien no lo ve igual. Ni de lejos. Y da sus argumentos:“¿Se hubiera perdido el distrito Cerro Amate si Fran Fernández, el todavía edil de Movilidad, hubiera ido en la lista?”. Con esta preguntan justifican la decisión –firme e irreversible– de romper con la anterior etapa municipal. Fernández fue el responsable de pedir a los vecinos de muchos barrios dinero para construir un plan de aparcamientos del que nada se sabe. Los fondos recaudados no se han devuelto. “¿Podíamos ser creíbles ante los vecinos que se sienten estafados por esta cuestión si quien representa al partido es justo quien provocó el problema?”, se pregunta un miembro de la dirección del PSOE. La respuesta es evidente: no.

De hecho, uno de los errores que admiten de forma interna los socialistas sevillanos, que esta misma semana han decidido empezar a trazar su estrategia de oposición, es la dificultad para que los votantes entendieran el difícil equilibrio al que se veía forzado Espadas:tenía que marcar distancias con Monteseirín pero, al mismo tiempo, no discutir su legado. Algo demasiado sutil para que lo entendiera todo el mundo, sin mencionar la contradicción cometida, por ejemplo, en el caso de las setas de la Encarnación, un proyecto con el que Espadas marcó distancias en una primera fase pero que llegó a aceptar al final de la campaña. Algo imposible de entender si no se tiene en cuenta la clave interna:cada movimiento que hacía el alcaldable podía dar pie a un posicionamiento contrario del equipo y los militantes que apoyaron a Monteseirín, al interpretarlo como una desautorización global. El eterno fantasma de la fractura interna (tanto a nivel local como orgánico) ha sobrevolado a lo largo de toda la campaña. Y la dirección provincial no ha sabido gestionarlo bien.

Con independencia de las interpretaciones interesadas (tratándose de política, casi todas) lo cierto es que el hundimiento en los distritos Macarena y Este, y el descenso en casi todos los demás, es de tal intensidad que la teoría del bucle orgánico –“se ha perdido porque no se ha contado con los socialistas que son referencia en sus barrios”– no se sostiene. Si las bases socialistas estaban enfadadas con la dirección por haber sacado de la lista a sus referentes –el término ya es llamativo– lo lógico hubiera sido que parte del electorado tradicional del PSOE hubiera dejado de ir a votar para mostrar su enfado.

Es poco creíble que los militantes que hacen vida en una agrupación socialista de barrio, y su entorno, acudieran en tropel a apoyar al Zoido. Al fin y al cabo, son militantes. Su cabreo podía ser grande, pero no llega al suicidio. Se queda en la queja airada. Pero el hecho evidente –estadístico, además– es que en los barrios obreros la participación ha crecido, aunque los votos fueran al PP. La realidad trasciende por completo la foto fija que algunos quieren transmitir: la idea de que el control electoral de los barrios depende más de la figura de los dirigentes de las agrupaciones del PSOE que de los efectos de la política municipal. Al parecer, inocua.

Lo que no ha funcionado durante la campaña –ni antes– ha sido el gobierno local. Algo imperdonable si acudes a unas elecciones desde el poder. El sistema de enlace que Espadas logró pactar con Monteseirín no ha funcionado como debiera, entre otras cosas porque su misión era utópica: el gobierno local llevaba dos años sin rumbo cuando comenzó a operar. Un ejemplo gráfico es la política de inversión en los barrios. Todo el dinero extraordinarios para inversiones –procedentes del PGOU– se agotó con los proyectos singulares de Monteseirín, fundamentalmente con el Parasol. Los dos primeros años del mandato se salvaron más o menos gracias al oxígeno de los planes estatales y autonómicos contra el paro: Plan E y Proteja. Gracias a ambos, en buena medida manejados por Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, entonces con pretensiones de suceder a Monteseirín desde dentro (la opción de Emilio Carrillo se frustró porque Viera cedió al veto del alcalde contra su antiguo vicealcalde), se salvó el primer tramo del mandato.

Después todo se vino abajo. Celis salió. El alcalde se dedicó a negociar su futuro (con escaso éxito) y el grupo municipal se limitó a sestear. Unos y otros, sobre todo los afines a la corriente del susanismo. Mientras tanto, Zoido trabajaba con disciplina todas las zonas de Sevilla. Iba y venía. No arreglaba gran cosa (a pesar de la propaganda que lo define casi como un hombre milagro) pero, al menos, estaba al pie del cañón. El resultado: los vecinos de estos barrios, abandonados por los suyos, y hastiados ante la crisis económica, han emitido un voto de desalojo en contra los socialistas. El epílogo es que Zoido se ha convertido en el alcalde con más concejales de la historia municipal.

La travesía del desierto de los socialistas será larga. Y no estará exenta de dificultad. El PP cuenta ahora con el poder y tiene ediles suficientes para dedicar un ejército a los barrios. “Con 20 puede poner en cada distrito hasta a dos ediles por turno, uno por la mañana y otro por la tarde, 24 horas, para ganarse a todos los vecinos”, bromeaba ayer un dirigente del PSOE de Sevilla, preocupado por la posibilidad de que el respaldo logrado por el PP no sea algo conyuntural, sino que se convierta en permanente. La cuestión no es menor. Hablamos de si estamos en el princio de un exilio temporal o en el comienzo de la expulsión definitiva del poder del PSOE de Sevilla. Algo que trasciende el eterno bucle orgánico. Tan endogámico.

PSOE de Sevilla: partes de guerra

Carlos Mármol | 24 de mayo de 2011 a las 6:18

La derrota de los socialistas se debe al abandono de sus graneros electorales . La crisis explica parte de la caída, pero la debacle no se entiende sin la gestión municipal de estos años. Las ‘guerras civiles’ hunden el imperio.

Me lo explicó ayer uno de los políticos más inteligentes que conozco, más o menos encuadrable –los espíritus libres en realidad no son de nadie– dentro de las legiones vencedoras de la guerra por la Alcaldía. “Al PSOE le ha ocurrido lo que al acero:aparenta ser indestructible pero cuando se quiebra, nunca avisa”. El conocimiento de la resistencia de materiales aplicado a la debacle de los socialistas. Cierto: el hormigón advierte del final de su vida útil con grietas;la madera, cruje. Sólo el acero, tan fuerte en principio, es un material traicionero: su colapso siempre es silencioso aunque termine en estrépito.

Los 20 ediles logrados por el PP en Sevilla son como un grito atronador en los oídos de los socialistas. El 22-M no sólo ha colocado a Juan Ignacio Zoido, el alcalde electo, en la historia local sin haber siquiera empezado a gobernar. También ha puesto al PSOE ante el espejo. Lo que se ve no es agradable: arrugas de años de constante confrontación, ausencia de una verdadera dirección y la nula capacidad para adaptar la gestión municipal a sus intereses electorales.

El PSOE sevillano está en el inicio de una crisis, profunda y lacónica, que durará probablemente más de cuatro años –el tiempo de todo un mandato municipal– y que tendrá inevitablemente consecuencias internas, aunque todavía está por ver cuáles van a ser los cambios y si éstos serán tácitos o sangrientos. Además de tener que asumir la derrota en la capital de Andalucía, la agenda política incluye un proceso de primarias y, en menos de un año, unos comicios autonómicos que van a ser una pelea a vida o muerte. A cuchillo.

A juzgar por la tibia lectura de los resultados que ayer hizo el secretario general del PSOE sevillano, José Antonio Viera, el balance habría sido sólo agridulce: se mantiene la histórica hegemonía política en el área metropolitana y en la provincia pero la Alcaldía hispalense, desgraciadamente, ha caído en manos del PP. Cosas que ocurren. La vida.

Resulta demasiado simple para ser toda la verdad. Escudarse en los resultados provinciales, ajustados, aunque favorables, para diluir el impacto del batacazo de la capital no deja de ser un recurso argumental débil para suavizar las evidencias que apuntan a un cambio de ciclo. El PSOE ha sufrido una derrota en toda regla. Sin paliativos. Tanto en Sevilla –donde se ha perdido el poder tras doce años de gobierno, con la carga simbólica que tiene ceder ahora la joya de la corona a un PP que sueña con la conquista de Roma [la Junta de Andalucía]– como en el ámbito provincial.

Es verdad que la Gran Sevilla sigue siendo un oasis momentáneo para los socialistas –mantienen los municipios más simbólicos, salvo Mairena del Aljarafe– pero incluso aquí se atisban movimientos telúricos que anuncian que la ola ascendente del PP no es un fruto de la coyuntura, sino la consecuencia del agotamiento del proyecto político socialista para Sevilla. Aunque se conserven todavía muchas y buenas alcaldías, los números dicen que han cedido un total de 90 ediles (el descenso es de casi un 9%) mientras el PP ha ganado 123 concejales y recoge hasta un 7,38% más de sufragios. Algo pasa.

La justificación amable es que el revés electoral –lo exacto, ya digo, es llamarlo hundimiento– se debe a “la desesperanza de los ciudadanos ante las crisis”. Sin dejar de ser cierto que el factor económico es el elemento que marca la tendencia ascendente del PP y la caída del PSOE a escala estatal, el caso de Sevilla presenta matices propios que tienen que ver –y aquí radica el problema– con decisiones políticas locales. En unos casos tomadas en Luis Montoto (la sede provincial) y, en otros, en la Plaza Nueva (la Alcaldía). Es obvio que la conyuntura general no estaba a favor. Pero un vuelco de la intensidad del que se ha producido no es hijo de un factor único. Basta analizar los resultados electorales para verlo.

La primera impresión es que el desequilibrio obedece al avance de 7,4% puntos del PP (37.264 votos más) en relación a la foto electoral de 2007. Los socialistas caen hasta once puntos. Pierden 25.366 votos. Si se entra en detalle, el paisaje empeora. Y mucho. Ni azul oscuro. Directamente es negro:Zoido ha ganado en nueve distritos (crece en votos en todos) y ha roto el supuesto techo que su fuerza política tenía en los barrios obreros.

Lo ha hecho además con mucha holgura, convirtiéndose en la primera fuerza en áreas como Este-Alcosa-Torreblanca o Macarena, los pilares de la histórica hegemonía de los socialistas. El PSOE sólo gana en Cerro-Amate y Norte. Magro consuelo: la debacle que se ha producido en el voto, salvo excepciones, no baja de los dos dígitos. El PP crece mucho y en todas partes. Por encima del 10%. Hasta en territorios comanches como Sevilla Este, Norte o San Pablo. No funciona ya la teoría del habitual freno sociológico. Los votantes socialistas han abandonado el barco. Punto. No se han quedado ni en casa (la participación subió hasta ocho puntos). Sencillamente han ido a votar a Zoido.

¿Por qué lo han hecho? Parece claro que este trasvase no se improvisa de un día para otro, sino que es una suerte de gota malaya, sostenida en el tiempo. La clave está en el Ayuntamiento. Los socialistas han pasado los últimos cuatro años sumidos en conflictos internos –obsesionados por repartirse la herencia de un alcalde al que todos daban por acabado en 2007– y terminaron perdiendo el contacto real con todos sus bastiones electorales. La prioridad era otra: los grandes proyectos, singularmente el Parasol de la Encarnación o las peatonalizaciones en zonas como Triana y Los Remedios, muy hostiles electoralmente al PSOE. Como lógica no tiene, hay que pensar en factores distintos. Psicológicos: la obsesión de Monteseirín y su principal asesor, Manuel Marchena (ambos viven en Triana) por conseguir el reconocimiento –por aclamación u oposición, esto ya viene a dar lo mismo– de la Sevilla Eterna a su ambicioso proyecto de transformación de la ciudad. El quattrocento sevillano de los últimos años.

Existía sin embargo una incoherencia, patente, entre este discurso del alcalde, que sólo ha generado conflicto con los sectores sociales más conservadores, y el día a día de la verdadera gestión municipal, que desatendía los servicios y las inversiones en los barrios. Justo las zonas que trabajaba Zoido. “El alcalde no salía del despacho, estaba todo el día con su blog y preocupado por su legado”, cuenta un militante que, tras la derrota, admite que si alguien iba a los barrios eran los ediles, que llegaban siempre “en coche oficial” para hablar con dirigentes vecinales que, como algunos secretarios de las agrupaciones locales del PSOE, “sólo se representaban a sí mismos”. Otro es más gráfico: “No se le puede decir a la gente que el Parasol es lo más importante de Sevilla cuando al colegio al que llevan a su hijo no hay aire acondicionado y se encuentran hasta ratas; o cuando has pedido dinero a los vecinos para un aparcamiento que después no has sido capaz de hacer”. El discurso se venía abajo. Culpa de la realidad , claro.

Asignar la derrota a Juan Espadas es injusto:el cabeza de lista socialista ha sostenido su propia campaña a pulso, sin recursos, en solitario y sin otro apoyo que un núcleo duro –cuatro personas– cuya función era entorpecida constantemente por las familias:los susanistas, los vieristas y los antiguos críticos. Sintonía había poca. Hasta hubo quien colocó espías en el bando contrario para influir en la campaña –pensando en ganar un poder que se ha esfumado–, voceaba a quien quisiera oírle (por lo general, enemigos) cualquier desajuste y, al final, hasta ha intentado buscar culpables para eludir su propia responsabilidad. Un dato ayuda a entenderlo todo: el comité de campaña sólo celebró una reunión. Tres días antes de los comicios.

Hay quien pretende ahora a exigir responsabilidades con el argumento de que si no se hubiera cambiado al alcalde, o se hubiera hecho otra lista, los barrios hubieran respondido. Es una forma de verlo, parcial, evidentemente, y fruto de cierto deseo de ajuste de cuentas. Pero sólo es una parte del problema. La crisis tiene raíces más profundas. Está en la diabólica combinación de un partido sumido en sus conflictos y un alcalde que, sabiéndose agotado, se resistió a irse, a dar paso a nadie (Celis fue un mero señuelo tras el veto a Carrillo), a salir a los barrios (en los que no ha invertido)y a otra cosa que no fueran los proyectos que le harían pasar a la historia. Pura melancolía amarga.

Sevilla se hunde, Roma se tambalea

Carlos Mármol | 23 de mayo de 2011 a las 6:10

Zoido arrasa a los socialistas y consigue la segunda mayoría absoluta en el Ayuntamiento de Sevilla en casi tres décadas · Espadas no logra atajar la sangría de votos del PSOE en los distritos · IU vuelve a la oposición.

El infierno, tan temido, se convirtió ayer en una realidad para los socialistas. Juan Ignacio Zoido, el candidato del PP a la Alcaldía de Sevilla, resultó anoche elegido como futuro alcalde de la ciudad después de que los sevillanos, que acudieron a las urnas en número muy superior a lo que habitualmente acostumbran –ocho puntos más de afluencia; es necesario remontarse al año 1995 para recordar un índice de participación similar en unas elecciones locales– concedieran al político conservador la soñada mayoría absoluta que necesitaba desde que hace ahora cinco años comenzase la interminable batalla por la Alcaldía.

Un lustro después, la victoria es un hecho. Rotundo, además. Sin matices. Sin reparos. Sin dudas. Absolut Zoido. Los indecisos, que en todas las encuestas realizadas en los meses previos a estos comicios han ayudado a los socialistas a soñar con una dulce derrota que les permitiera al menos reeditar la alianza de gobierno con IU, se posicionaron ayer claramente a favor de los populares. Zoido se convierte así en un político singular: será el primer alcalde del PP que gobernará la capital de Andalucía con mayoría absoluta –Soledad Becerril tuvo que gobernar hace dieciséis años con los andalucistas– y se convertirá en el primer regidor de la historia democrática reciente con un respaldo popular tan amplio.

Nadie había conseguido hasta ahora sacar 20 ediles en el Ayuntamiento. La mayoría absoluta que ayer dieron los votantes al alcaldable del PP es la primera que se produce en la vida política municipal en los últimos casi treinta años. Sevilla siempre ha estado gobernada por diferentes gobiernos de coalición (con distintas fuerzas políticas) salvo durante el periodo del socialista Manuel del Valle. El segundo alcalde de la democracia tan sólo disfrutó de mayoría suficiente (19 de los 31 ediles) en el primero de sus dos mandatos, el que discurrió entre 1983 y 1987. Consecuencia, en buena medida, de la histórica llegada del PSOE de Felipe González al poder tras la Transición.

Si en aquel entonces el resultado de las municipales confirmó todo un cambio de ciclo político a escala nacional, la victoria del PP en Sevilla parece augurar ahora lo propio tanto en Madrid –las elecciones generales serán dentro de un año– como en Andalucía, que renovará la presidencia de la Junta en 2012.

Dirección San Telmo

La lectura en clave regional de los resultados de Sevilla resulta inevitable. Los populares habían planteado hace tiempo la cuestión como una suerte de plebiscito simbólico para la inminente batalla de San Telmo. Y, dadas las evidencias que ayer arrojaron las urnas, el imperio socialista en Andalucía empieza a temblar por si llegan de verdad a cumplirse las cábalas que ya han señalado todas las encuestas. Los socialistas andaluces quizás prefieran, como han hecho los sevillanos en los últimos meses, restar valor a estos augurios, tratar de animar a una tropa muy desmotivada –tras lo de ayer probablemente hundida en la miseria– e insistan en que le darán la vuelta a las encuestas. De cumplirse el mismo guión que en Sevilla ha acontecido, todo esto no servirá de mucho. Más bien nada. La burbuja Zoido, sobre la que hasta ahora había ciertas dudas de que estuviera algo hinchada, se ha convertido ya en un terrorífico tsumani (para los socialistas) que puede terminar llevándose por delante a todo aquel que ose ponerse en su camino.

¿Cuál ha sido la clave de una victoria tan brutal? El contexto político nacional. La grave situación económica. Evidentemente. Pero no hay que olvidar tampoco la confluencia de otros dos elementos casi simultáneos:los más que notables errores del último gobierno presidido por Alfredo Sánchez Monteseirín junto a la hábil estrategia del PP de intentar aproximarse (al parecer con bastante éxito) al segmento del electorado moderado de determinados barrios que, a pesar de votar históricamente a los socialistas, ha visto en el producto del candidato popular –un movimiento supuestamente interclasista, populista y cercano a sus necesidades más básicas– una forma de castigar al PSOE o de forzar un giro en las prioridades políticas municipales. Sin descartar ambas opciones juntas.

Zoido, durante la fase final de su larga precampaña electoral, lanzó una y otra vez el mismo mensaje a los electores con dos objetivos básicos: tratar de romper la confianza del electorado socialista en el PSOE –tarea en la que ha tenido a la crisis económica y al desgate del Gobierno de Zapatero como sus grandes aliados– y horadar, aunque fuera de forma excesiva, la imagen de Izquierda Unida, la coalición que hasta ahora tenía la llave del gobierno local y cuya deriva causaba preocupación entre los votantes socialistas ideológicamente más tibios.

A juzgar por los resultados electorales, ambos objetivos han sido logrados. Primero, porque la pérdida global de concejales de la alianza formada por los socialistas e IU, que ahora tendrá que volver a la oposición, ha sido más que notable: hasta cinco ediles (cuatro socialistas y uno de IU) han cambiado de bando. Ahora son del PP. Un trasvase llamativo que difícilmente puede achacarse únicamente a los votantes llamados de centro, sino que es fruto de una corriente de opinión ciudadana que claramente no avala los últimos cuatro años de un gobierno local marcado por las acusaciones de corrupción, el dispendio económico y, sobre todo, la falta de iniciativa para atender las necesidades básicas de los distritos.

Los hechos no admiten réplica. Son numéricos. Los populares han logrado rentabilizar casi el 50% de todos los votos en juego, lo que supone un incremento de ocho puntos porcentuales con respecto a hace cuatro años. Los socialistas caen hasta casi diez puntos en porcentaje de voto. De ambos elementos se infiere que no hablamos de una derrota puntual, ajustada o circunstancial, sino de un auténtico movimiento telúrico –con alcance y duración– que quiebra los cimientos del tradicional, y hasta ahora casi omnímodo, suelo electoral de los socialistas sevillanos. Hay que remontarse hasta 1995, cuando la candidatura del PSOE a la Alcaldía estuvo encabezada por José Rodríguez de la Borbolla, para recordar unos peores datos de representación. Aunque con un matiz: Borbolla, pese a obtener un concejal menos que Juan Espadas, no bajó de los 100.729 votos. El nuevo candidato socialista ha hecho descender este listón a 98.494 votos.

La debacle, en casa

El segundo elemento determinante del hundimiento socialista es que se ha producido en casa. En sus feudos territoriales de siempre. Zoido ha crecido en todos los distritos –tanto en aquellos en los que ya ganó hace ahora cuatro años, como también en los que hasta el momento le habían sido algo menos fáciles– pero ha llegado al punto de cruzar el Rubicón al convertir al PP en la primera fuerza política en los distritos Este-Torreblanca-Alcosa y Macarena, auténticos feudos del PSOE. Algo asombroso. Inaudito.

Especialmente elocuente es el vuelco en los barrios del Este de Sevilla, donde el PP ha conseguido el 40% de los sufragios ante unos socialistas que hace cuatro años tenían en su poder la mitad de todos los electores en disputa. Igual ha ocurrido en la Macarena: el PSOE ha perdido 12 puntos porcentuales de voto donde el PP ha crecido más de un 8,6. En Cerro-Amate, zona de Sevilla en la que hace cuatro años seis de cada diez votos eran socialistas, los populares aumentan en casi diez puntos más. Zoido parece haber sido capaz de quebrar de forma definitiva el techo electoral que su partido tenía, desde el punto de vista sociológico, en los barrios obreros de Sevilla. Un factor que, aparentemente, iba a impedir ad eternum su triunfo. Hasta ayer.

La debacle de los socialistas es rotunda. Y tendrá consecuencias internas –hay congreso provincial en un año;las agrupaciones rebeldes volverán a la guerra contra la dirección–, aunque lo más alarmante es que parece ser un cáncer a cámara lenta:los socialistas no captaron ni el 30% de los sufragios. Zoido les saca 20 puntos. Más de 66.000 votos. Y lo ha hecho en su propio terreno de juego. Juan Espadas, el nuevo candidato socialista, no ha sido capaz de atajar la sangría. Ni tenía tiempo, ni medios suficientes ni una estructura orgánica comprometida con la victoria. Demasiado ha conseguido aguantando los 11 concejales electos. Ahora empieza su travesía del desierto.

La reivindicación de las minorías

Carlos Mármol | 15 de mayo de 2011 a las 6:00

Los grandes partidos defienden gobiernos municipales mayoritarios en su propio beneficio y obvian que la presencia de las minorías políticas, además de democráticamente sana, es muestra evidente de pluralismo

Se lo escuché el otro día en un almuerzo –político– a la candidata del PA a la Alcaldía de Sevilla, Pilar González. “Si volvemos al Ayuntamiento será porque nadie ha conseguido la mayoría absoluta”. Los andalucistas, extramunicipales desde hace ya cuatro años, tras doce largas anualidades, casi bíblicas, de notable poder local –Monteseirín no es el único que ha mandado en Sevilla durante tres mandatos seguidos; el PA también lo ha hecho, pero de forma distinta–, defienden ahora la imperiosa necesidad democrática de participar en la futura Corporación. ¿Interés? Evidentemente. Les va la supervivencia (política) en el trance.

Con independencia de lo que ocurra a partir del próximo domingo, cuando se cierren las urnas y todas las cartas queden sobre la mesa, el argumento de fondo que los andalucistas buscan trasladar a los votantes tiene validez por sí mismo: la presencia en las instituciones del mayor número posible de fuerzas políticas es una garantía (relativa pero cierta) de un mínimo pluralismo político.

Sospecho que algunos de ellos no pensaban exactamente esto mismo durante su significativa etapa de mando en Sevilla, pero, dado el escenario político actual, el discurso de la nueva candidata del PA, que intenta renovar el mensaje del andalucismo sin renunciar del todo (al menos sentimentalmente) al pasado reciente, tiene una buena parte de razón. Mientras más sean los partidos con opciones de trabajar en favor de los sevillanos, mejor. Así los ciudadanos tendrán más puertas a las que poder llamar. O más hombros en los que llorar.

El juego democrático, entre otros factores, se sustenta en dos conceptos básicos:la libre concurrencia de todas las opciones políticas a las elecciones –cosa que garantiza la ley salvo en los casos de terrorismo disfrazado de ideología– y el papel de los foros de representación política, en este caso el Pleno de la Corporación, en la vida pública. Ambos requisitos están aparentemente más que blindados en el marco político español, pero, si se analiza su aplicación, se verá que, en realidad, dada la partitocracia en la que vivimos, su verdadera función suele limitarse mucho más a lo meramente formal que a lo sustancial. Defectos intrínsecos del modelo.

El bipartidismo creciente fagocita casi todo. Anula la riqueza (hipotética) de las distintas opciones ideológicas y tiende a reducir todo el sistema político a una suerte de Leviatán. Quien obtiene la victoria en primera instancia –cualquiera que éste sea–, cuenta de partida con la ventaja, extraordinariamente peligrosa, de poder hacer casi todo lo que se le antoje durante el tiempo que dure el correspondiente mandato de gobierno. Su única obligación será, cada mes, cumplir con la usual puesta en escena.

Esto es: vestir el muñeco de sus decisiones, con demasiada frecuencia personalistas, tendentes en algunos casos incluso al capricho, con una simple reunión plenaria en la que la mayoría absoluta a su favor reducirá, como un rodillo, cualquier debate político a una mera cuestión de trámite. Para esto, aunque parezca una provocación, nos podríamos ahorrar los sueldos de la oposición, los grupos políticos y hasta de la mitad de los ediles. Los partidos que no gobiernan siempre tendrán garantizado el derecho al pataleo, pero a efectos prácticos no cuentan con vías para influir en las grandes decisiones políticas. Cosa que limita su tarea simplemente a las notas de prensa. Punto y final.

PSOE y PP, las dos grandes organizaciones políticas que optan a que sus respectivos candidatos en Sevilla –Juan Espadas y Juan Ignacio Zoido– conquisten dentro de una semana la Alcaldía hispalense, vienen haciendo desde hace tiempo un discurso que, con diferencias, pregona las bondades de contar con una “mayoría suficiente” que les permita gobernar la ciudad durante cuatro años sin las hipotecas de los partidos minoritarios. Sin contrapesos democráticos, querrán decir.

Basta analizar por encima la historia del sistema político norteamericano, pese a sus defectos, para darse cuenta de los peligros potenciales que tiene para la propia democracia el hecho de que un gobierno –cualquier gobierno– mande sin tener que someterse a determinadas reglas. La obsesión de los padres fundadores norteamericanos fue establecer desde el primer día un sistema de equilibrios en el que quien gobierna la república lo hace, pero respondiendo ante los electores no sólo cada cuatro años, sino de forma constante a través de las diferentes cámaras de representación y los demás poderes del Estado, diferentes al Ejecutivo.

En el caso de Sevilla, que salvo un breve periodo de cuatro años siempre ha sido gobernada mediante diferentes alianzas políticas coyunturales, los socialistas y los populares (más incluso éstos últimos, pues el PSOE sabe que necesitará forzosamente volver a pactar con IU para mantenerse en el poder)usan con frecuencia los argumentos de la estabilidad y la gobernabilidad para defender ante los ciudadanos la necesidad de tener una mayoría holgada. No le llaman absoluta, quizás, para evitar la inmediata asociación con el absolutismo, aunque tal recurrente eufemismo no sirve para tapar la realidad:cualquiera de los cabezas de lista de los distintos partidos políticos, en su fuero interno, sin excepción, desearían ejercer un gobierno unipersonal sin más ataduras que las formales. Es condición humana.

La cuestión clave es cómo limitar esta tendencia natural desde el punto de vista legal. Porque la democracia, no se olvide, no es sólo el gobierno de las mayorías, sino (sobre todo) el respeto a las minorías. Políticas, en el caso de los partidos. Civiles, en el caso de los ciudadanos. Conviene no olvidar nunca esta circunstancia.

La discusión sobre si es bueno o malo para Sevilla un gobierno con mayoría absoluta, por tanto, nace viciada por el interés de cada fuerza política. Aunque, dejando este aspecto de lado, parece evidente –al menos a mi juicio– que mientras más vivos estén los foros institucionales de gobierno, cosa sólo posible con la presencia de diferentes opciones ideológicas, y más obligaciones de rendir verdaderamente cuentas tenga que soportar un gobernante, mejor funcionará el sistema. La democracia es casi como un proceso infinito, no un punto fijo en el tiempo.

Hay quien considera que la presencia de minorías en los órganos políticos de representación es un problema. Obliga constantemente a negociar, pactar, ser capaz de llegar a acuerdos. Paradójicamente algo que muchos ciudadanos echan de menos dada la incapacidad de los partidos para, en situaciones como la actual, casi de emergencia social (no hay más que ver las cifras del paro), dejarse de duelos dialécticos –generalmente no llegan ni siquiera a eso– y acordar unas mínimas condiciones de funcionamiento comunes. Algo así como el famoso lema de esto lo arreglamos entre todos, pero de verdad. Sin trampas.

“Se puede gobernar en minoría, pero hace falta tener mucho talento”, proclamaba la candidata andalucista ante sus comensales. Cierto. Un talento que nadie quiere atreverse a ejercer. ¿No somos según PSOE y PP una ciudad con talento? Se tiende a aceptar que toda la negociación política se reduce exclusivamente al crítico periodo postelectoral que se abre durante los quince días posteriores a las elecciones. El momento en el que, si nadie obtiene un respaldo suficiente de los ciudadanos, inevitablemente se producirá el reparto.

Unos lo centran en el programa; otros, en la distribución de cargos. Otros demonizan el proceso sencillamente porque no se han salido con la suya. Se busca, en todos los casos, evitar una parte sustancial de la política: el diálogo de los grandes asuntos de gobierno con los demás. Nadie dijo que la democracia fuera cómoda (sobre todo para los políticos), pero sigue siendo el sistema menos malo que existe. ¿Tiene alguien alguna duda?

Por tanto, no debería suponer un quebranto para nadie ni la hipotética presencia de fuerzas políticas secundarias –IU, PA, Los Verdes, UPyD u otras opciones– ni la posibilidad de que Sevilla tuviera que contar con su opinión para ser gobernada. La ciudad sigue siendo de todos.