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Las vísperas del gozo

Carlos Mármol | 24 de mayo de 2012 a las 6:05

Los socialistas sevillanos fijan posiciones con vistas a su congreso de julio. Los dos sectores en liza marcan sus señas de identidad: unos tienen el poder institucional y el respaldo de Griñán; otros, una oferta de integración.

Los cofrades y los socialistas sevillanos se parecen más de lo que, a primera vista, pudiera parecer. No es broma. Primero porque, evidentemente, hay devotos que militan en el PSOE. Los partidos políticos ya son casi como cabildos espirituales, aunque sus quinarios sean divergentes a los ortodoxos. Y segundo porque, a tenor de la reiteración con la que en el seno del socialismo sevillano se repiten ciertos ciclos sangrientos, casi como las estaciones del año, bien pudiera decirse, igual que les sucede a los fieles de las cofradías hispalenses, que en Luis Montoto y alrededores están prácticamente todo el calendario en eso que los entendidos en materias doctrinales llaman las vísperas del gozo. El tiempo previo de la espera ante la llegada de lo sublime.

La diferencia, acaso, estribe en que mientras en las corporaciones católicas lo que se conmemora es la pasión y muerte del redentor, el ritual en el PSOE se ciñe a sus eternas disensiones, los enfrentamientos y las vendettas. Duros conflictos de familia. Unas guerras púnicas perpetuas que no cesan ni ante la inminencia de las citas electorales. Sólo se posponen in extremis para volver a empezar. Hasta el infinito.

Salvados en el último minuto de las recientes elecciones regionales gracias a que la alianza con IU les ha permitido apuntalar los agrietados muros de su particular Roma (la Junta de Andalucía), las distintas tribus del PSOE sevillano vuelven estos días a medir sus fuerzas con el pretexto de la elección de los delegados para el inminente congreso regional de Almería. Nada extraño. Ni importante si la cuestión se mira desde el prisma del ciudadano, aunque entretenido si de lo que se trata es de contemplar el espectáculo –no siempre edificante– de la pura lucha por el poder. Aquí, de ideología, no hablamos.

Susánidas y críticos

El pulso previo a la batalla por Sevilla, que será en julio, mes caluroso y agrio, comenzó hace una semana más o menos igualado. Al menos, de partida. Por un lado, las huestes susánidas, afines a la actual secretaria de Organización del PSOE andaluz, Susana Díaz Pacheco. Por otro, un frente heterogéneo –demasiado, quizás– que vincula a antiguos enemigos internos, ahora avenidos en una suerte de operación para facilitar la posible reinstauración del chavismo frente al liderazgo –tardío, pero efectivo– de José Antonio Griñán, que a pesar de perder ante Rubalcaba el congreso federal se ha convertido por la carambola electoral en el patriarca del socialismo andaluz.

El sendero estaba marcado de antemano: los chavistas planeaban abrir frentes en las distintas agrupaciones provinciales de Andalucía en contra de la actual dirección regional para forzar así una posible alternativa política al presidente de la Junta –la opción más optimista– o, al menos, conseguir algo más de protagonismo en el nuevo escenario político regional. Llamémosle a esta última opción por su nombre: una cuota propia. Bastante más relevancia. Opciones. Agua.

En Sevilla esta vía pasaba por armar, frente a la secretaria de Organización del PSOE andaluz, que puede presentarse en julio, directa o indirectamente a la secretaría provincial, una lista con referentes indiscutidos –grandes alcaldes metropolitanos– capaces de dar la batalla ante un hipotético alineamiento total de Griñán con Díaz, tal y como ocurrió cuando se discutieron las listas electorales de las autonómicas. En esta batalla estaban casi todas las minorías: los vieristas (afines a José Antonio Viera), la intelligentsia (las huestes que profesan lealtad a Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, antiguo delfín de Monteseirín) y otras agrupaciones más, como Sur, Miraflores o Bellavista. Los caballistas, como acostumbran, optaron por una fórmula distinta. Siguieron su propio camino: marcar distancias con los chavistas.

Se buscaban dos cosas: lograr un cierto efecto arrastre y unir bajo una misma bandera a los desencantados con Díaz –que son legión– para provocar su salida de la dirección regional o, en su defecto, su descarte de la batalla de Sevilla en base a que, ante los ojos de Griñán, se impusiera antes la necesidad del consenso –su integración, en realidad– que la posibilidad de una victoria completa. Una arriesgada apuesta que forzosamente requería, como viene siendo habitual desde hace años entre las filas críticas del PSOE de Sevilla, inflar el globo todo lo posible. Llevar las cosas al límite. Provocar por todos los medios preocupación, crear desazón, salir en la prensa, despertar inquietud.

Claro que, dados los resultados electorales de las autonómicas, en la dirección regional del PSOE no está ocurriendo nada de todo esto. Los síntomas que pretendían despertar los críticos no aparecen por ningún sitio. La realidad es justo la opuesta: Griñán ha salido reforzado de la guillotina del 25-M y, en consecuencia, su ariete en Sevilla –Díaz Pacheco– no sólo ha pasado a compaginar su puesto orgánico con el principal cargo político de la Junta –la consejería de Presidencia–, sino que está decidida a tomar el control, hasta ahora en discusión, de la agrupación sevillana. No es nada raro: Sevilla, en términos cuantitativos, es la asamblea más importante del PSOE andaluz. Quita y pone al secretario general en Andalucía. Y, a la larga, es de quien depende la presidencia de la Junta de Andalucía. Una joya.

Con independencia de lo que ocurra de aquí a julio –mayormente el congreso de Almería, donde se visualizará el grado real de oposición que tiene Griñán– la batalla secreta por Sevilla parece haberse saldado ya esta misma semana de forma abrupta, casi prematura. La designación de los delegados al congreso regional era el banco de pruebas para el enclave provincial. Los críticos han logrado representantes en algunas agrupaciones pero se han quedado sin líder en el arranque mismo del proceso. Están huérfanos. Su globo parece desinflarse.

Su plan pasaba por convertir a Javier Fernández, el alcalde de La Rinconada, en el nuevo referente provincial. Un hombre de la confianza del anterior secretario general, José Antonio Viera, ahora enfrentado a Susana Díaz, su antigua mano derecha, y que podía encarnar cierta renovación sin perder la tradición, ya que alcaldes como el de Dos Hermanas o el de Alcalá iban a unirse al grupo. Fernández, sin embargo, se ha negado a encabezar una operación de dudoso éxito.

El motivo es evidente: Díaz Pacheco controla la Diputación (a través de Fernando Rodríguez Villalobos, que ya abandera la lista oficial al congreso de Almería), la Junta (el control de los altos cargos) y el grupo municipal hispalense, donde Juan Espadas, el portavoz en el Ayuntamiento, sufre continuos episodios de desestabilización interna inherentes a los tradicionales usos y costumbres de algún significado crítico.

Todo el poder institucional, que es el que otorga mayorías orgánicas –nunca al revés–, está en manos de Díaz Pacheco. El efecto arrastre, si llegaba, iba a ser contrario a los intereses críticos. Empezando por sus hipotéticos generales: Gutiérrez Limones, famoso por sus saltos internos en todos congresos previos. La negativa del alcalde de La Rinconada fue la causa de que el regidor de Dos Hermanas, Francisco Toscano, se autoproclamase candidato de esta corriente, por falta de mejor alternativa, durante unos pocos días.

Esta semana, sin embargo, se autodescartó para encabezar una lista propia al congreso de Sevilla, lo que ha dejado a los críticos –apenas unas pocas agrupaciones en la capital– sin jefe de filas. A medida que pase el tiempo corren el riesgo de quedarse también sin soldados. Tienen dos opciones: o presentar una candidatura de pataleo –acaso con Evangelina Naranjo como cabeza de lista– o autodisolverse en la mayoría. Ellos verán. Pero su futuro parece tan negro como el ruán cofrade.

Sevilla: la batalla que viene

Carlos Mármol | 19 de febrero de 2012 a las 6:04

La mayoría absoluta de Arenas depende de lo que ocurra en Sevilla el próximo 25-M. Las encuestas otorgan la victoria al PP por primera vez. Enfrente tiene a un PSOE partido en dos mitades y cuya dirección es interina.

La batalla va a ser desigual. Casi imposible. No es que el resultado esté ya escrito de antemano, pero el sentido común (además de todas las encuestas que vienen sucediéndose desde hace más de un año) auguran que el inminente enfrentamiento entre el PP y el PSOE en Sevilla tiene bastantes visos de terminar por derribar la última bandera socialista que todavía ondea, aunque cada vez más rota, en la provincia considerada la nueva Numancia.

Claro que en la vieja urbe celtíbera, asediada por los romanos durante años, los postreros resistentes optaron por suicidarse antes de rendirse. En el caso de los socialistas sevillanos la cosa ha sido justo al revés: se han rendido ante el PP (matándose entre ellos) antes de haberse suicidado. Lo que no deja de ser una forma indirecta y singular de autolesionarse.

Evidentemente, no por eso nos vamos a librar de la campaña electoral. Ni de lejos. Campaña habrá. Los tres grandes candidatos darán sus mítines, acariciarán a los niños, irán a los colegios y a los parques, visitarán los mercados y repetirán sus salmodias por doquier, sin importarles que buena parte sus espectadores los miren con el escepticismo propio de quienes no tienen nada que escuchar porque hace tiempo que son víctimas de una crisis que no roza a la clase política.

Encontrar algo de emoción en la pugna por el control de la Junta de Andalucía va a ser cosa difícil. Sólo se antoja posible con inducción exterior. Principalmente, de origen químico. Es lógico: será la tercera convocatoria electoral sucesiva en apenas medio año. Y siempre con idéntico planteamiento de arranque: los resultados de Sevilla condicionarán –en un sentido o en otro– el panorama general. En este caso, Andalucía.

La marea azul

El escenario político ha cambiado poco desde los comicios municipales, cuando el PP comenzó a darle la vuelta completa al poder en España, aunque las primeras decisiones del Gobierno de Rajoy hagan a algunos fantasear con la posibilidad remota de una victoria por la mínima (con IU de socio, obviamente) o, incluso, una derrota dulce frente a las huestes conservadoras. Puro autoengaño. Consecuencia de la más absoluta desesperación. Los comicios regionales están perdidos de antemano para los socialistas desde hace algo más de un año y medio. Es una sensación general. En algunos casos, casi una certeza. Todavía no es un hecho, es cierto. Pero todo indica que no va a haber demasiado partido que disputar, aunque éste vaya a ser el mensaje oficial con el que el PSOE trate de contener una previsible sangría de votos tan masiva como –para algunos– injusta, al no obedecer al entusiasmo (discutible) que despierta la opción alternativa. Lectura vana, en todo caso:un voto de expulsión, fruto del rechazo general o del hartazgo, a efectos prácticos cuenta igual que aquel cuyo origen es consecuencia directa del idealismo. O de la ingenuidad. Además, es más cruel.

La caída de Sevilla, si es que finalmente sucede, va a tener mucho de catártico. Aunque no en el buen sentido: liberará de nuevo todas las tensiones en disputa en el seno del PSOE de Sevilla, lo que supone reabrir la caja de Pandora de la agrupación socialista más importante de España. En el último mes ya se ha visto –en directo– la violencia política que alimenta a las tribus indígenas del socialismo sevillano. No será nada cuando, entre los meses de junio y julio, con la Junta acaso en manos ajenas y la Diputación Provincial como único asidero cierto, comiencen los inevitables ajustes de cuentas. La debacle del PSOE en Sevilla es la puerta de la mayoría absoluta que necesita Javier Arenas para gobernar Andalucía. Y ya está casi entreabierta. Hasta enero, si las cosas se hubieran hecho de otra manera distinta, si la inteligencia se hubiera impuesto al estómago, todavía podría dudarse de que el fuerte del PSOE sevillano cayera. Ahora no quedan muchas dudas. Caerá.

Basta ver los primeros mensajes lanzados por el presidente de la gestora que ha tenido que hacerse cargo de la dirección provincial del partido, Manuel Gracia, para presentir la inmensa debacle que viene. No se pueden pedir milagros. Ya se sabe: éstos son cosa imposible (para los agnósticos) y excepcional (para los católicos). Para los socialistas resultan improbables. ¿O es que alguien cree que una organización política puede apuntalar su decreciente fuerza electoral cuando casi la mitad de sus militantes ni siquiera han podido discutir la lista que se presenta ante todos los electores? ¿Van a hacer campaña a favor de una candidatura que no reconocen? Parece harto improbable, salvo por los habituales teatrillos de barrio.

Que la dirección federal del PSOE no iba a impugnar la lista de Sevilla, encabezada por Griñán, era algo de libro. Todos los actores de la reciente tragedia del PSOE de Sevilla lo sabían. Ahora bien, esto no significa que el aval de Rubalcaba arregle el problema de origen, que es de legitimidad: los candidatos que se presentan al Parlamento andaluz bajo las siglas socialistas en Sevilla no han tenido el respaldo de, al menos, la mitad de los dirigentes sevillanos. Mal punto de partida cuando de lo que se trata es de salir a la calle –en el peor de los momentos– para contarle a la gente que hay que votar al PSOE para salvar los servicios públicos y el Estado del Bienestar.

Por otra parte, no existen antecedentes de éxito que atenúen la frágil situación política de los socialistas en Sevilla a cuarenta días para sus elecciones más trascendentes desde el principio de la autonomía. Una gestora es una dirección política interina. No tiene en sus manos los resortes con los que contaba la anterior Ejecutiva provincial, destrozada tras la decisión de José Antonio Viera de dimitir del cargo por las presiones de la dirección regional que encabeza Griñán.

La distancia se reduce

Todo conduce pues a la victoria del PP. Un ejercicio teórico con vocación práctica. Basta analizar los datos electorales históricos de Sevilla para ver el pozo negro. La última foto fija –las generales– marcó una escasísima distancia entre populares y socialistas en Sevilla. Apenas 32.110 votos. Un máximo de tres puntos a favor del PSOE. Desde entonces, el desgaste de los socialistas ha sido incesante:el escándalo de los ERE –cuyo epicentro es la provincia–, su incapacidad para armar un mensaje político sólido –cosa inaudita cuando se cuenta con una maquinaria tan enorme como la Junta de Andalucía, asombrosamente sin pulso político alguno desde hace meses– y, por último, las guerras púnicas del congreso federal y las listas electorales.

El último sondeo realizado, elaborado por Cadpea, ya otorga al PP una ventaja de más de siete puntos frente a los socialistas en Sevilla. Por primera vez en la historia. Es cierto que la muestra de esta encuesta es bastante discreta –apenas cuatrocientas entrevistas– y que la bolsa de indecisos (aquellos que no confiesan el sentido de su voto; bien por no tenerlo decidido, bien por no querer revelarlo) todavía es numerosa. Del orden del 25%.

Pero, dado el antecedente de las municipales, ya no puede decirse con seguridad plena, ni siquiera por intuición, que esta estratégica bolsa de votantes vaya a apoyar al final a los socialistas aunque sea sin llegar a admitirlo públicamente, casi de forma vergonzante. Hace ocho meses, los indecisos de la capital hispalense votaron en masa a Zoido, que logró 20 concejales. ¿Ocurrirá lo mismo en el caso de Arenas?

Todavía es un misterio. La provincia no es la capital y en muchos pueblos el suelo electoral del PSOE es difícil que se mueva. Pero tampoco tiene que producirse un terremoto. No hace falta. Los datos reflejan que durante los últimos años los socialistas sevillanos han perdido 144.349 votos. El PP ha ganado casi 70.000 sufragios. Tienen la Junta al alcance de la mano. Todo depende de Sevilla.

Bienvenidos a la ‘interinidad bélica’

Carlos Mármol | 13 de febrero de 2012 a las 6:05

La abrupta salida de Viera de la dirección del PSOE de Sevilla aboca a la primera agrupación socialista de España a una incierta deriva política a sólo 42 días del 25-M. Ni siquiera se sabe si hay lista electoral.

Todo ha saltado por los aires. Y sólo es el principio. Probablemente del final. El PSOE de Sevilla, la agrupación históricamente más importante de los socialistas españoles, y la única que hasta ahora había logrado mantenerse a salvo de la marea electoral que desde hace siete meses empuja al PP hacia el poder total (primero en los comicios municipales; después en los generales y dentro de apenas seis semanas en los autonómicos) se fracturó ayer definitivamente en dos bandos irreconciliables tras una surrealista ceremonia que bien pudiera ser el preámbulo de una guerra civil en toda regla, a cielo abierto, a sólo cuarenta y dos días para las elecciones regionales, donde el socialismo andaluz se juega la autoestima y su último reducto de poder institucional.

La sorpresiva dimisión del secretario provincial, José Antonio Viera, que llegó a la cúspide del poder orgánico en 2004 de forma accidental (como resultado de una operación ordenada por Chaves para cortarle las alas a José Caballos, el histórico líder natural del PSOE sevillano), aboca a la organización a un incierto proceso de interidad bélica que sin duda repercutirá en los resultados electorales, ya que de lo que ocurra en la provincia depende que Javier Arenas (PP) obtenga o no la mayoría absoluta en el futuro Parlamento andaluz que los votantes elegirán el 25-M.

La dimisión

¿Por qué ha dimitido Viera? La tesis oficial es que ha recibido presiones e injerencias de la dirección regional en su labor como máximo dirigente del partido en Sevilla. No sorprende a nadie, pero lo mismo sucedió en el último y tormentoso congresillo previo al cónclave federal socialista y, sin embargo, Viera hizo valer su posición hasta el punto de que, en el duelo entre Rubalcaba y Chacón, resultó ser uno de los grandes triunfadores. Algo falla. Y, efectivamente, lo que diferencia aquel momento del actual es que la mayoría actual en la Ejecutiva provincial quizás no fuera ya tan sólida. Lo que irremediablemente, en caso de votación en contra de su propuesta, hubiera abocado a Viera a una salida mucho menos honrosa. Mejor adelantarse. En todo caso, esta posibilidad no se sabrá nunca, porque la lista electoral que había elaborado Viera no llegó a presentarse ni a votarse. Viera renunció antes de verse sometido a este trance, lo que sigue dejando abierta la gran incógnita: ¿quién manda realmente en el PSOE de Sevilla? De momento, nadie. A partir de hoy, lunes, probablemente lo haga Rubalcaba. Y eso es justo lo que ayer algunos esperaban.

En todo caso, el número de militantes que se prestaron al sainete de votar una lista que nadie (con legitimidad suficiente) había presentado da una idea de cómo están las cosas. Si las cuentas se hacen contemplando como afines a la dirección regional a los presentes en el supuesto comité provincial (79 de 214) el reparto sería de apenas un 37% frente a un 63%. Claro que, a la hora de votar la lista ficcional a las autonómicas, los votos favorables reducen este porcentaje de afines a la secretaria de Organización del PSOE-A, Susana Díaz, a sólo un 33,6%. Si las cuentas se hacen con 144 miembros, como defiende la regional, los votos favorables serían un 50%. Sin mayoría total.

Parecía pues claro que Viera, que no ha podido incluir en la lista a algunos de sus afines (léase el caso del diputado Ramón Díaz), no fuera a arriesgarse por un margen tan estrecho a perder a ojos de todos la mayoría ganada en el congreso provincial de 2008. La dimisión le permite dejar el campo de batalla sin que formalmente haya perdido este pulso y sin que su ahora enemiga, Susana Díaz, hasta hace un año su mejor aliada, pueda enarbolar, más allá de lo retórico, una cierta victoria. La guerra sigue abierta.

El punto de ruptura

El enfrentamiento, en todo caso, no se ha limitado a un único motivo. Podría decirse que es la cristalización del proceso de tensión que se vive en el PSOE de Sevilla desde hace un año y que tuvo su punto de no retorno a finales de enero, cuando las posiciones se hicieron antagónicas y las distintas familias que cohabitan en el seno de la organización se realinearon en nuevos bandos. Antiguos enemigos en uno. Viejos aliados en los dos.

Probablemente la salida del secretario provincial haya tenido mucho que ver con el escaso apoyo recibido desde San Vicente, sede del PSOE regional, por el escándalo de la trama de los ERE. Argumento que los partidarios de Díaz utilizaron en contra del secretario provincial en los últimos meses a pesar de que las investigaciones judiciales (que cercan a Viera pero todavía no han producido una imputación formal) datan de hace bastante más tiempo. Año y medio, al menos. También la relativa seguridad que le da su protección como diputado (aforado) en las últimas Cortes de Madrid ante un posible proceso judicial.

Viera sabía que su ciclo político tocaba a su fin y, por tanto, su posición en el combate con la dirección regional, en buena medida un acto de fidelidad última a su pasado chavista, dependía más de sus nuevos aliados frente a Díaz (los antiguos críticos, los afines a José Caballos y otras minorías) que de, en el fondo, una posición propia, más allá de su apuesta por entender la organización de forma abierta, sin reparar únicamente en las lealtades expresas. De ahí que las negociaciones se rompieran por una cuestión ordinal: ¿quién era el número siete de la lista?

El acuerdo, en realidad, estaba hasta entonces al alcance de la mano. Los intermediarios de Viera (los alcaldes de La Rinconada y Dos Hermanas) habían aceptado los primeros puestos obvios (Griñán, Díaz) y hasta cinco representantes del sector susánida en puestos de salida. Uno de los negociadores de este bando (Carmelo Gómez) se jugaba ser relegado a un puesto no seguro (el noveno) y forzó el desplazamiento a este lugar de Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, lo que dinamitó cualquier posible acuerdo. El asunto es harto llamativo. Notable: Viera termina dimitiendo porque no se incluye en la lista en un lugar con garantías a unos de sus más activos opositores durante seis de sus ocho años como secretario general. Paradójico.

¿La lista es válida?

Aunque lo que alcanza la categoría de surrealista es el desenlace de la batalla: una lista electoral que se pretende presentar ante los ciudadanos y que ni siquiera reúne los requisitos estatutarios mínimos, sin mencionar que quien la encabeza es el presidente de la Junta y candidato a la reelección, José Antonio Griñán. Ambas partes mantienen posiciones divergentes sobre este punto. Aunque lo cierto son los hechos: la dimisión de Viera impidió que el órgano que tiene que proponer la lista (la Ejecutiva) y la asamblea que tenía que votarla (el comité provincial, compuesto por la dirección política y las distintas asambleas locales) lo hiciera de forma ortodoxa.

La mitad del plenario abandonó la sala y los restantes asistentes terminaron votando (no todos a favor) una candidatura cuya legitimidad formal está en cuestión desde su mismo origen. Algo inaudito. Tendrá ahora que ser la dirección federal quien aclare si este proceso es válido o no, así como hacerse cargo de la gestión del PSOE sevillano a seis semanas para la cita con las urnas. Los dos bandos han extendido ya su agria pugna a la nueva dirección federal. Ambos usaron a sus respectivos embajadores en el máximo órgano ejecutivo el partido (vocales) en esta batalla interna. Mientras los soldados de Arenas (PP) están a punto de invadir Persia, los medos y los susánidas ajustan sus cuentas. Babilonia no tardará en caer.

Los ‘muertos’ no se tocan

Carlos Mármol | 22 de enero de 2012 a las 6:05

La crisis de los socialistas sevillanos, provocada por la decisión de la dirección regional del PSOE de copar manu militari la lista de los delegados al congreso federal, termina con una derrota disfrazada de empate.

La última guerra púnica de los socialistas sevillanos, la agrupación más importante de un PSOE menguante, ha sido la más violenta de cuantas se recuerdan por estos pagos, habituados desde antiguo a resolver con dagas brillantes, y de madrugada, los viejos conflictos familiares mientras se reivindica sin reparos el singular sentido meridional de la santa lealtad. Hoy te abrazo con ternura; mañana quizás te asesine por la espalda. Quién sabe. No es nada personal: sólo es política.

Desde 2004, cuando el aparato regional en pleno se rebeló contra la mayoría natural del PSOE de Sevilla, representada por José Caballos, con una vehemencia que era fruto del terror, más que de la valentía, no se había visto tanto calibre en las dentelladas. La historia ha vuelto a repetirse ahora, para estupor de los militantes a los que de verdad les duele el postrado presente de su viejo partido, durante toda esta intensa semana. Aunque con ciertas variantes en relación a aquel agrio congreso de hace ya casi ocho años.

Muchos actores han revivido las mismas escenas de entonces, pero con papeles distintos. Verdugos de antaño han pasado a ser víctimas repentinas, mientras otros sufrían un extraño dèja vu por persona interpuesta. Las circunstancias, de todas formas, son un poco diferentes. En 2004 había un elemento esencial que ya cada vez es más dudoso: una perspectiva real de seguir cerca del poder. Cosa que a setenta días de las próximas elecciones autonómicas no está nada clara. Ni de lejos.

La batalla de los delegados al congreso federal (que promete ser épico) terminó ayer a destiempo, con la tarde más que avanzada, el cuerpo cortado y un ceremonial con forma de pax armada. Lista única. Empate aparente. Sonrisas forzadas y un amargo sabor de boca después de una larga madrugada de ceniza en la que los principios de acuerdo se rompían sin pensar que, en la vida, a veces hay pulsos que aunque parezca que se están ganando en realidad se pierden. Sólo cabe disfrazarlos y esperar. El verdadero conflicto, que es mucho más profundo y tendrá sus inevitables réplicas inmediatas en las listas autonómicas, y en el panorama que se abrirá en función de lo que ocurra en el mes de marzo, recién ha comenzado. Será cruel.

El parte bélico es éste: todos los soldados, generales incluidos, están muertos. Pero, en realidad, ellos todavía no lo saben. La metáfora usada por uno de los principales actores de la tragicomedia socialista, el presidente de la Diputación Provincial, Fernando Rodríguez Villalobos, que habló de muertos (políticos) vivientes que aspiraban a resucitar, no pudo ser más certera. Al tiempo que inoportuna, porque en el PSOE sevillano casi nadie puede ya tirar la piedra sin esperar recibir, a su vez, una pedrada del contrario.

El congresillo socialista de ayer, en realidad, fue una misa vociferante de difuntos. Una verdadera puesta en abismo. Un velatorio con un finado (el propio PSOE) cuyo duelo parecía la tropa del libro (ahora también película) de Rafael Azcona. Los muertos no se tocan, nene.

Todo comenzó con una especie de golpe de estado. Fruto tanto de la inconsciencia como de la debilidad. La difícil situación interna del PSOE en Andalucía (conflictos en casi todas las demarcaciones provinciales) provocó que la batalla de Sevilla, que podía haberse diluido sin problemas, se transformara en una guerra a vida o muerte. A sangre. O se ganaba (por decreto) o no habría monedas suficientes que cambiar en el cambalache de talentos que será el inminente cónclave federal.

Los números, que no salían, precipitaron el conflicto e hicieron estallar una pugna en la que lo que se decidía no eran ya los enviados al congreso mayor, sino el propio control del partido en Sevilla (un cónclave ordinario por adelantado, sin que mediara convocatoria alguna), la mayoría política estable de la organización y, sólo por extensión, el posicionamiento oficial en el duelo Chacón/Rubalcaba. Por ese orden.

Como todas las guerras, incluso las caprichosas, requieren de algún tipo de argumento moral, al igual que las dictaduras suelen intentar dotar de cierta representatividad las imposiciones, la actual dirección regional recurrió a tres argumentos y a un ariete para dar la batalla. Las razones más o menos se resumen así: la mayoría de Sevilla debe copar toda la lista de los delegados al congreso federal, el actual secretario provincial (José Antonio Viera) está políticamente muerto por el escándalo de los ERES y quien no esté con San Vicente es que discute al presidente de la Junta, José Antonio Griñán, que, sorprendentemente, se precipitó al avispero del PSOE sevillano sin reparar en que su mayoría en Andalucía depende de esta agrupación provincial.

El ariete elegido era el más convincente: Villalobos, que ocupa un cargo honorífico en la ejecutiva provincial pero tiene en su mano la llave de las nóminas de cientos de militantes socialistas y asimilados. La Diputación Provincial. El mensaje estaba claro: se trataba de las cosas, cada vez más escasas, de comer. La ideología brillaba por su ausencia en todo el planteamiento de guerra.

La victoria, además, parecía segura a tenor del antecedente de 2004. Al final, hubo derrota (es de suponer que en buena medida debido a lo bronco del planteamiento de origen), aunque se disfrace de empate ajustado y la cosecha no se quiera remover en demasía para no minar todavía más la imagen del candidato a la reelección en la Junta, que se ha alineado con una parte del partido en Sevilla en detrimento de la contraria. Un error mayúsculo. Tanto como para lograr el inaudito milagro de convertir en aliados coyunturales (vieristas y minorías críticas) a los más antiguos enemigos. Realmente notable.
De humor negro.

¿Qué ha ocurrido? Pues que parece que el supuesto muerto decidió fenecer con cierta dignidad. Ya se sabe: cuando a uno ya no le queda casi nada que perder es cuando, paradójicamente, las victorias, o las derrotas honrosas, como se quiera llamar al resultado final, son más fáciles. Se puede arriesgar hasta el final. Uno quizás seguirá estando muerto sin saberlo pero, al menos, ganará el tiempo suficiente para elegir cómo será su propio entierro y, en su caso, hasta los herederos.

La fragmentación en dos del PSOE sevillano, episodio que ya avanzamos hace casi un año, en el mes de marzo de 2011, en una de estas vueltas de la noria, cuando el timón del partido en Sevilla no era todavía resultado de una disputa en campo abierto, sino soterrada, no va a dejar a nadie vivo si dentro de unas semanas se produce el posible derrumbe del Imperio Romano, que es San Telmo (Palacio). Todos los actores de la tragedia (para ellos) o de la comedia (para el PP) son difuntos previsibles: los críticos seguirán siendo minoría, los vieristas tendrán que asumir la rotunda erosión del escándalo de los ERES y los susanistas, si no salen bien del congreso federal y pierden las elecciones autonómicas, pueden llegar a convertirse en jóvenes cadáveres. Salvo Villalobos. Hasta Griñán, con su retórica autosuficiente, está invitado al entierro, que probablemente será en un camposanto yermo. Con el nuevo sol en su cénit.

Parece que durante esta semana de ira bíblica (varios de los personajes de la trama tienen barba de evangelistas), mientras los socialistas sevillanos se apuñalaban con estrépito para confeccionar una simple lista de nombres, nadie pensaba en los motivos del deceso que viene. Parte médico: la sociedad, preocupada por el paro, la debacle económica, la falta de futuro, el desastre cotidiano, dejó de prestar atención a la eterna función bélica del PSOE, que, en vez de lanzar un mensaje para capear la crisis sin renunciar a determinados valores, prefirió dedicarse al descabello mutuo.

Un mensaje glorioso a sólo unas semanas de ir a las urnas. Laus Deo.

Cosas que hacer cuando estás muerto

Carlos Mármol | 23 de noviembre de 2011 a las 6:03

El PSOE cuenta con escaso tiempo para remontar la mayoría del PP en Andalucía · La crítica situación obliga a dar un giro político en la Junta, buscar alianzas y taponar la ‘guerra interna’.

La cuenta atrás ha comenzado. Y el tiempo, como dijo Quevedo en un verso, es la única cosa que nunca tropieza. Siempre sigue su camino. Igual que una saeta. Los socialistas andaluces tienen apenas cuatro meses –dependiendo de la fecha exacta que finalmente elija Griñán para convocar los comicios regionales– para recomponer la delicada situación electoral que el domingo mostraron las elecciones generales: 751.433 votos menos y una considerable vía de agua que quiebra la leyenda histórica de su imbatibilidad en Andalucía. Ya no se trata de encuestas o sondeos. Son las urnas.

La situación es crítica. A pesar de las declaraciones de estos días, en las que los socialistas intentan relativizar el ascenso del PP, no queda otra salida. Todo obliga a Griñán a adoptar una estrategia ofensiva si realmente quiere frenar la ola que desde Madrid parece aupar a Javier Arenas al Palacio de SanTelmo.

No es fácil: además del estrecho plazo disponible, el viento juega en contra, la tesis de que los recortes que aplicará Rajoy beneficiarán al PSOE andaluz no es perfecta y la situación orgánica es altamente explosiva. La llamada a la unidad –que se va a poner en escena en un gran acto conjunto, según se supo ayer– no garantiza por completo que, con un congreso federal previsto en febrero, a un mes de que los andaluces vayan a las urnas, la lucha por el poder interno no termine traduciéndose en un drama añadido. Probablemente, el peor.

De todo esto se habló, y mucho, en la Ejecutiva que los socialistas celebraron el lunes. La lectura oficial es que existe una “base sólida” para ganar en marzo, que se puede remontar y que ahora es necesario que Andalucía (el 25% de los delegados al congreso federal) acuda unida tanto al cónclave en el que se disputará el poder interno –en un partido que está siendo expulsado de las instituciones– como a las elecciones.

Dejando de lado la versión oficial, siempre insuficiente, lo cierto es que el PSOE andaluz sólo cuenta con un arma válida frente al ejército popular: la Junta. Un soldado que está cercado en una trinchera tiene dos opciones:o rendirse o pelear con el fusil que le quede en la mano. Punto. De ahí que probablemente en los próximos meses empecemos a ver un significativo y rápido viraje –inevitable, por otro lado– en el papel que hasta ahora ha venido jugando la administración regional. La Junta tendrá que dejar atrás el perfil que le es inherente y propio (el institucional) para ponerse a trabajar en clave política. De campaña. De guerra.

¿Cómo se concreta este giro? Con una estrategia conjunta en relación a los mensajes, la visibilidad pública y la capacidad (teórica) del Consejo de Gobierno para jugar un papel protagonista en la liza política. Algo evidentemente poco ortodoxo, pero que, igual que ha ocurrido en territorios como Castilla-La Mancha, donde el PP usó sin problemas las instituciones para aumentar su mayoría, es consustancial a una situación de guerra a vida o muerte.

Además, es urgente. Los socialistas quieren poner en valor sus posibles activos políticos. En las dos grandes cuestiones que planea explotar el PP en los próximos meses –el conflicto con los funcionarios por la reforma de la administración y la trama de los ERE– cuentan poco margen de acción. La investigación de la juez Alaya seguirá dándoles disgustos y el litigio con los funcionarios tiene ya difícil marcha atrás. A lo sumo, el único aspecto a trabajar en este campo pasaría por mantener las condiciones de los trabajadores públicos frente a los posibles recortes (salariales) que aplique el Gobierno de Rajoy. Una forma de singularizarse sin moverse demasiado.

Los socialistas creen que la ola popular ha tocado techo con la victoria del 20-N. Su tesis –la que les hizo separar los comicios estatales de los regionales– es que la acción de gobierno del PP ayudará a que muchos ciudadanos vuelvan a confiar en ellos. La teoría se antoja excesivamente optimista:es obvio que las decisiones que vaya tomando el Ejecutivo de Rajoy causarán perjudicados, aunque eso no significa necesariamente que todos estos ciudadanos vuelvan a votar a los socialistas. De hecho, la certeza que dejan estas últimas elecciones es otra distinta: miles de votantes del PSOE han huido despavoridos hacia otras marcas políticas. IU y UPyD, esencialmente.

La Junta no tiene otra opción que tratar de singularizarse con resoluciones políticas propias frente a la agenda de Rajoy. Y debe hacerlo evitando la confrontación –que tanto le ha criticado el PSOE al PP– sobre la base de explotar políticamente sus decisiones. En la mano tiene dos instrumentos: su presupuesto y la actividad institucional, cuyo protagonismo mediático está garantizado. Aunque tendrá que pasar a los hechos de forma inmediata para ser creíble. El mantra sería del siguiente tenor: “En España recortan médicos y profesores; en Andalucía, en cambio, se mantienen”. Y así una y otra vez. Hasta el infinito y con todas las cuestiones posibles, especialmente las políticas sociales, asunto al que, según los socialistas, los ciudadanos son extremadamente sensibles.

Para que la estrategia funcione hay que hacer cambios en el capítulo de la comunicación. La percepción de la calle, sobre todo en la última fase de la era Zapatero, es que quien ha recortado políticas sociales ha sido el PSOE. “Esta afirmación va a cambiar cuando Rajoy empiece a gobernar”, explica un destacado dirigente socialista. Toda la receta se resume en dos palabras:hay que responder a los ataques (de Madrid) y vender las políticas (sociales) diferenciales. Y confiar en que la pulsión de cambio político después de tres décadas de gobierno no sea superior.

Después vendría el terreno de las alianzas. Se trataría de recuperar las bolsas de voto estratégicas para, contando con que el PP no crezca más –la hoja de ruta de Arenas consiste en intensificar su presencia en las localidades interiores, donde el PSOE de Sevilla, por ejemplo, ha resistido– conseguir remontar lo suficiente para articular un pacto de gobierno con IU. Los votos que los socialistas pierdan por la izquierda tendrían pues una importancia relativa, ya que, al final, dado como están las cosas, terminarán en la misma bolsa común, si bien pagando determinados peajes. Junto a la entente cordiale política, vendría la sindical: al igual que el PP buscó una alianza estable con la patronal andaluza, los socialistas intentarán rubricar un acuerdo conjunto de acción con UGTy CCOO. Un frente público en defensa de las políticas sociales y contra los recortes del Gobierno del PP.

La papeleta más difícil de todas es la orgánica. Fundamentalmente porque un congreso se sabe cómo empieza –ahora hay dos opciones potenciales: los viejos patriarcas contra la reformulación del zapaterismo– pero nunca cómo termina. La lucha por el liderazgo en el PSOE federal amenaza con abrir en canal a la organización andaluza, enredada desde hace tiempo con sus propias batallas internas, a un mes para los comicios. Imposible de soportar.

La obsesión es dar una imagen de unidad. Algo que sólo parece posible aplicando la fórmula de paz por listas. Esto es: la dirección regional dejará margen a los secretarios provinciales –algunos abiertamente hostiles a Griñán, especialmente la cuota gaditana– para confeccionar las candidaturas autonómicas a cambio de un congreso autonómico sereno que no ponga en cuestión a la dirección regional.

Este hipotético acuerdo entre las distintas familias tropieza con una piedra de considerable tamaño: ¿qué papel jugarían en la trama los dos referentes andaluces en la Ejecutiva federal, Chaves y Zarrías? Una incógnita de cuya resolución depende casi todo su éxito. Porque lo cierto es que si la guerra sin cuartel que viene sucediéndose durante los últimos años en el seno del PSOE andaluz termina en una coyunda circunstancial, en función de lo que ocurra en Andalucía el próximo mes de marzo el asesino (político) de Griñán puede no ser Arenas. Sino los suyos.