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Argumentos para una derogación

Carlos Mármol | 24 de julio de 2011 a las 6:06

La eliminación del Plan Centro, que a pesar de sus errores ha conseguido reducir la afluencia de vehículos al corazón de Sevilla, pondrá a Zoido frente a la primera movilización ciudadana contraria a su gestión política.

La estampa es asombrosa. Inusual. Todo un acontecimiento: ver al nuevo gobierno local admitiendo, por vez primera, algún tipo de éxito por parte del anterior ejecutivo municipal, al que siempre culpó de todos los males que en Sevilla, como decía la célebre cita de Miguel de Cervantes, “vieron los siglos pasados, los presentes y esperan ver los venideros”.

Lo digo por un llamado informe –yo lo denominaría de otra forma, pero ésta es una cuestión que ahora no viene al caso– que esta semana se ha sacado de la chistera la Alcaldía para justificar su honda obsesión (otros lo llaman coherencia) por derogar el Plan Centro. Ya saben: el sistema municipal de control de vehículos privados del corazón de Sevilla que, con pedagogía escasa y errores ciertamente notables, vino a poner en marcha el equipo de gobierno presidido por Monteseirín en la última fase de su tercer mandato. Antes del ocaso.

Resulta que Zoido, que juró durante la campaña electoral derogar tal medida, y que probablemente lo haga esta próxima semana en un Pleno que promete ser entretenido (tratándose de una sesión de la Corporación esto ya es toda una novedad), ha desvelado esta semana, amparándose en dicho dictamen, que las cámaras de vigilancia que debían velar por la aplicación de la medida están desactivadas desde marzo. Por tanto, su idea de dejar sin efecto las restricciones en realidad no causará problema alguno en la movilidad de la ciudad.

El documento, en honor a la verdad, no es un informe, aunque esté encabezado con este generoso epígrafe. Tampoco es técnico. Viene a ser algo así como un folio y pico que firma el director general de movilidad –que no es funcionario, sino arquitecto; uno de los altos cargos fichados por el PP del sector privado– donde se expone un singular análisis sobre la aplicación de esta polémica iniciativa municipal. El miembro del equipo de Zoido afirma (en realidad supone; de ahí las dudas sobre su naturaleza técnica) que la causa de la inoperatividad del sistema de cámaras de vigilancia del centro “pueden ser los índices de error por las deficiencias en las lecturas de las matrículas [de los coches]”. Ylo pone en negritas, para que no haya dudas. Bueno.

Lo mejor del informe, sin embargo, no es su conclusión (discutible), sino su inicio. Lo que los retóricos llamaban el introito. Reza así: “Desde 2007 a 2011 se ha producido un descenso del 48% del tráfico de vehículos particulares a la zona centro de Sevilla”. Todo un dato a tener en cuenta. De ser verdad tal afirmación –cosa que no hay que poner en duda– habría que concluir que el Plan Centro, tan denostado, ha sido un rotundo éxito incluso antes siquiera de nacer.

Porque el sistema no empezó a funcionar hasta finales de 2010. Que vengan menos coches al casco antiguo de Sevilla –100.000 vehículos lo colapsaban a diario– es un mérito del anterior gobierno local, que, como el Cid, después de fenecido ha salido triunfante del envite. Que lo diga además el actual ejecutivo municipal es doble honor. Se sabe: uno no debería juzgarse nunca a sí mismo (cosa que suelen hacer los políticos), sino aceptar que sean los otros los que analicen tus gestas. Sobre todo en la vida pública.

El PP, obviamente, no lo interpreta igual. Considera que en realidad ha sido un fracaso, algo que a todas luces es contradictorio con el único dato expuesto en el citado informe. De todas formas, la lógica en esto tiene muy poco que decir. Zoido va a derogarlo sí o sí, como se dice ahora. No hay mucho que discutir. Y, sin embargo, los argumentos de fondo en los que se sustenta esta inminente decisión política denotan cuál es la mentalidad predominante en el gobierno local sobre lo que es (o debe ser) una ciudad. Su nuez histórica, más concretamente.

El alto cargo municipal que firma este estudio nos aclara la cuestión: el Ayuntamiento, al parecer, ha recibido “quejas de los comerciantes y de las empresas que gestionan los párkings rotatorios” instalados (todavía) dentro del conjunto histórico. Dicen haber perdido clientes. Esto es: vinculan un hecho (el descenso del tráfico privado) con otro (la pérdida de ingresos). En el caso de los aparcamientos, no cabe duda: a menos coches, menos ingresos. En el supuesto de los comerciantes (afectados por la crisis, igual que todos) la cuestión ya es mucho más subjetiva. ¿La gente no va a comprar a sus comercios sólo porque no llegan a ellos en coche o quizás por otros motivos?

El Ayuntamiento dice además que, junto a las quejas de estos sectores, con evidentes intereses crematísticos en el acceso de vehículos al centro, “el ciudadano no ha entendido la medida”. Llamativo: ¿si no se ha entendido la medida cómo es que vienen muchos menos coches al centro? Todo un misterio.

Dejando de lado todas estas incógnitas, que me temo que nadie va a aclarar, el gobierno local concluye –sin dar argumento alguno– que modificar el sistema actual, como ha propuesto la oposición, “no mejoraría la consideración que los sectores económicos tienen del Plan Centro”. Magnífico: la cuestión no es el beneficio general de la medida, sino la consideración de los “colectivos económicos” antes citados. Previsible, por otra parte: a la oposición se le ofrecen todos los pactos del mundo pero a la hora de la verdad sus propuestas se desestiman. Para eso el PP cuenta con una mayoría (absolutísima) en el Pleno.

La principal razón del PP para derogar el Plan Centro es que “en estos tiempos de crisis hay que facilitar las transacciones económicas y las correctas relaciones comerciales entre los diferentes sectores de la población”. Lo de “correctas” es notable. De dicha afirmación se desprende que la movilidad en la ciudad es una cuestión en la que el único criterio a considerar, frente a todos los posibles, es la facturación de determinados negocios y tiendas particulares. Revelador, sin duda.

Que el Plan Centro nació con problemas no es un secreto. El anterior gobierno local lo quiso imponer (más que consensuar) e improvisó su implantación hasta el infinito, actitud que avivó la controversia. El tiempo, sin embargo, le ha dado la razón: la circulación (y el aparcamiento) han mejorado en el centro. Dado que las cámaras no han funcionado parece que el éxito consistió más bien en un factor psicológico: se convenció a los conductores de que se puede vivir sin llegar en coche a todos sitios. No es lo ideal, pero parece suficiente. Ni el centro se ha muerto (basta mirar a la calle para darse cuenta) ni la ciudad se ha colapsado. El plan puede y debe mejorarse. Pero levantar la veda al vehículo privado no traerá mejora alguna. Más bien quizás el colapso que se vaticinaba.

Zoido tiene que reformar una ordenanza vigente para poder derogar el plan. Todavía es un misterio si no hará en su totalidad o en parte. Tampoco se sabe si sustituirá otras medidas de dicha ordenanza. Su pregonada política de transparencia aún no ha aclarado este extremo. Sí parece claro, a tenor del informe que ha enseñado esta semana el PP, que su visión de Sevilla está mucho más influida por las quejas de estos colectivos (los párkings y un sector de los comerciantes, curiosamente aquellos instalados en zonas peatonales) que por otros ciudadanos con mentalidad distinta, menos condicionados por la facturación a la hora de discutir el tipo de ciudad en la que desean vivir. Al parecer, el centro de Sevilla no debe servir más que para aparcar en los párkings rotatorios y comprar en ciertas tiendas. Todo lo demás es secundario. Salvo el día del Corpus, por supuesto.

El regidor afirma que debe cumplir su promesa electoral. Es su opción. También lo es la decisión de las entidades sociales favorables al proyecto (peatones, ciclistas, ecologistas, discapacitados y hasta los taxistas, colectivos dispares) de manifestarse contra su derogación por entender que perjudica a la ciudad. Será la primera concentración contra la política de Zoido. El autotitulado alcalde de la calle. Veremos.