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Los pies en el suelo

Carlos Mármol | 11 de diciembre de 2011 a las 6:05

Sevilla tendrá que enfrentarse tras la celebración de la Copa Davis y la Navidad a la angustiosa realidad social de 87.000 familias sin ingresos regulares y a un incremento interanual del desempleo de casi un 9%.

El fin nos devuelve de nuevo al principio. En nuestro caso, nos deja en un recodo del camino. Igual que a Sísifo. Los últimos compases del año, que va camino de su término, igual que los ríos, y Sevilla existe sencillamente porque era un punto estratégico junto a un secular cauce de agua, nos legan imágenes vidriosas. A pesar de todos los espejismos, tan comunes en tiempos de zozobra, en los que los asideros se inventan si no se divisan con facilidad, la realidad circundante sigue siendo cruda. Y no se avista el cielo despejado en el horizonte.

Tras la celebración de la final de la Copa Davis, de la que el gobierno municipal ha hecho bandera política propia (con notable éxito, según la lectura general), y la celebración (es un decir) de la Navidad, que suele disfrazar de falsa concordia los vicios del resto del año, la ciudad tendrá que enfrentarse en enero a su principal conflicto mayor. No se trata de un nuevo capítulo del eterno bucle sobre su propia identidad, de las luchas de poder entre sus clases dirigentes o de sus exaltaciones anuales, sino de una cifra: 87.000. Son las familias que, según los últimos datos oficiales, no cuentan ya con ingresos regulares. Gente normal a la que el cielo se le ha caído sobre los hombros.

El desempleo, el principal problema de España, ha marcado el resultado de las dos últimas convocatorias electorales (municipales y generales) y probablemente será el factor distorsionador de las inminentes autonómicas. Cosa que, paradójicamente, no ha provocado que los actuales responsables públicos (en especial en el caso de la ciudad, donde se produjo un explícito cambio de gobierno) lo asuman como su prioridad máxima. Casi la única.

Antes de nada, hemos elegido sacar pecho: organizar un evento deportivo internacional y mediático que, incluso con sus aparentes beneficios, y con independencia de los números definitivos, nunca estuvo en la agenda real de los votantes, sino más bien en la mente de los (nuevos) gobernantes. Pues bien: la fiesta, si es que alguna vez comenzó (para algunos lo ha sido más que para otros), ha terminado. Es tiempo de ponerse a trabajar en serio.

El incremento del paro sigue ahondando la decadencia (económica, pero también moral) de Sevilla y, frente a esta evidencia, de nada sirven las buenas palabras, ni las oraciones. Tampoco las bendiciones. Mandan los hechos. Y son ciertos: cerca de 18.000 personas han perdido su empleo en el último año 2011. Casi un 9% más que hace apenas doce meses.

No parece que haya motivos sólidos para celebrar nada, salvo la costumbre estacional de terminar el año con villancicos. A lo sumo, la única causa de alegría sería el hecho de estar todavía vivo, aunque, en el caso de cientos de sevillanos, dicho consuelo no evite la honda incertidumbre de ignorar realmente cuál será su porvenir, dadas las negras perspectivas laborales y económicas con las que se anuncia el próximo 2012.

El verdadero reto que Sevilla tiene por delante es mucho mayor que un simple torneo deportivo. Se agradecería por tanto que nos dejásemos de simulacros. Y nos concentremos en lo básico: salir del agujero negro. La tarea es enorme. No depende de una única persona, aunque algunos (en su beneficio inmediato) hayan querido plantearlo así en alguna ocasión, pensando que quizás los excesos pretéritos no lo atraparían en el presente inmediato. Nadie espera milagros. Simplemente necesitamos lo que los clásicos llamaban animus: un cierto espíritu. La intención sincera de situar esta cuestión en el primer lugar de la agenda política, dejando los ridículos golpes de efecto.

El mejor servicio que el actual gobierno local podría hacer a la ciudad sería acometer este viraje de forma urgente. Sin demoras. Primero, por un mínimo sentido de la coherencia: es lo que la gente votó en las municipales. Y segundo porque, aunque su gestión esté profundamente marcada por los intereses partidarios (el afán del PP de ganar las presidenciales de la Junta de Andalucía) un cambio de rumbo no le perjudicará. Más bien al contrario: ¿qué mejor discurso político puede haber que empezar a aplicar justo en Sevilla medidas políticas serias para poder reducir el desempleo?

Nuestro problema económico es estructural. De fondo. No puede salvarse en un par de días ni se somete a los tiempos que dicta la política gestual a la que tan dados son los políticos en estos tiempos. Es cierto. Pero de alguna manera hay que empezar. En eso consiste el cambio. ¿Qué mejor modo que abandonar las eternas declaraciones de intenciones, olvidar el vicio de los lemas y buscar la colaboración frente al agravio?

Un ayuntamiento, cualquiera, tiene medios muy relativos para enfrentarse a este problema, que en el caso de Sevilla es mucho más local que global. Aunque este factor no implica necesariamente renunciar (o desviar hacia otros ámbitos secundarios) el papel de referente político que juega cualquier alcalde. Sobre todo si cuenta, como es el caso de Juan Ignacio Zoido, con un respaldo democrático rotundo. Sin dudas.

Los próximos meses serán claves para poder consolidar o corregir las primeras impresiones, algunas de ellas inquietantes, que se han sucedido durante los primeros seis meses de gestión del nuevo ayuntamiento. Los ciudadanos reclaman soluciones a los problemas (especialmente en el terreno laboral) pero intuyo que no las quieren a cualquier precio. Quedarse sin trabajo no deja a nadie sin dignidad ni inteligencia. Y una ciudad nunca debe venderse al mejor postor. Inventos pasajeros además deberíamos empezar a ver pocos.

Las prioridades están claras desde hace mucho tiempo: hay que ayudar a las empresas sevillanas, pero para que logren sobrevivir y creen empleo en la medida de sus posibilidades, no para obtener de ellas patrocinios interesados. Hay que ayudar a los parados para que salgan del agujero y aprendan e intenten convertirse en autónomos. Hay que mejorar los trámites legales (sin violar las normas básicas), modernizar el consistorio e implicar a las dos universidades en una tarea de ciudad. Abrir una discusión sobre la educación. Salir al exterior. Buscar salidas.

Con todos estos frentes abiertos, no parece prudente, ni lógico, buscar atajos amparándose en el dramatismo de la situación. O inventar conflictos donde no existen para ganar réditos electorales a corto plazo. Sería pura miopía. Sevilla tiene una hoja de ruta expresa en lo que a su ordenación urbana se refiere (el PGOU) y cuenta con la opción de aprovechar su potencialidad económica con un nuevo Plan Estratégico.

Nuestro drama no es fruto de la falta de planificación, sino de la gestión que se estila por estos pagos. De eficacia. Los nuevos presupuestos municipales, que serán los primeros que redacte el PP, no van a ser boyantes. Se los espera regresivos. No solucionarán nada más allá de constatar ciertas voluntades y servir de pretexto para seguir culpando al gobierno anterior de todos los males. Un magro consuelo que, además, tiene fecha de caducidad. Es inminente.

El objetivo es otro. Hacer que Sevilla se mueva en una determinada dirección. Algo que no debería ser patrimonio de nadie, sino de todos, y que es la mayor responsabilidad política del gobierno local. Hasta ahora se han tomado decisiones involucionistas (Plan Centro) y se han pagado innecesarios peajes. Las cosas no están mejor. Digámoslo en positivo: hay que dejarse de una vez de confiar en los talismanes, que son cosas de los aprendices de brujo, y empezar a trabajar para ganar un futuro que, en nuestro caso, debe ser más bien presente.