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Navegación: la catedral fluvial

Carlos Mármol | 5 de febrero de 2012 a las 6:05

La reforma del Pabellón de la Navegación, una de las joyas arquitectónicas de la Expo, compartimenta para usos mercantiles un edificio cuya vocación es albergar un museo integral sobre la relación de Sevilla con el Guadalquivir.

A los museos con vocación lúdica a veces les sucede como a ciertos libros del añejo costumbrismo sevillano: debajo del aparente aderezo no hay nada. Ni siquiera el vacío, que en su defecto bien podría ser una suerte de propuesta existencialista. Todo en ellos se reduce a la retórica. A un discurso insustancial lleno de colores. Curiosamente, de un tiempo a esta parte se ha consolidado entre mucha gente la creencia de que esto –el vacío colorista– es lo que uno debe comprender cuando se acerca a un museo. Al museo, según esta singular visión, hay que ir a divertirse, a jugar, a disfrutar con toda la familia; incluso a merendar. A casi todo menos a aprender. Como si ambas cuestiones, divertirse y aprender, fueran incompatibles en lugar de ser complementarias.

Hace unos días, cuando ya habían quedado prudentemente lejos las inauguraciones oficiales, las fotos de los políticos y la información a conveniencia, tan abundante últimamente, decidí, dada mi condición de peatón vocacional, darme una vuelta por el extraordinario edificio que Guillermo Vázquez Consuegra, el arquitecto sevillano, diseñó para la Exposición Universal. Una catedral contemporánea para la ciudad fluvial que es –y debería seguir siendo– Sevilla. Encontré un edificio soberbio –lo era ya durante la Muestra Universal, tan dada a la arquitectura banal y efímera de la que nos ha quedado tan poca cosa de verdadero valor– y en su interior contemplé justamente eso: el vacío. A casi cinco euros la entrada, por cierto.

A algunos les parecerá algo ingrato que después de una inversión de casi once millones de euros se critique la operación autonómica para salvar al pabellón de la Navegación. Es normal. Sin embargo, si se repara en que buena parte de este presupuesto (casi la mitad) se ha destinado sólo a los nuevos contenidos expositivos del pabellón, y se comprueba que su principal característica es que han sido diseñados como si fueran la atracción de un parque temático en lugar de piezas para un museo con verdadera vocación cultural, quizás esta opinión contraria al habitual regocijo institucional no parezca tan descabellada. Ni de lejos. La obsesión lúdica suele resultar tan cara como estéril.

La Navegación ha estado casi veinte años cerrado. Abandonado. Inundado a ratos por las crecidas del Guadalquivir y sin un destino que fuera realmente acorde con sus enormes cualidades arquitectónicas. Ahora, el viejo y noble edificio de madera y acero ha vuelto a abrir aunque su interior, que recuerda el vientre de un barco, está demasiado vacío. Casi se diría triste. Melancólico.

Que una ciudad mantenga abandonada esta joya de la arquitectura moderna durante casi dos décadas dice bastante del sentido de Sevilla para valorar su propio patrimonio. Nulo. Pero que cuando se acuerde del edificio, que está protegido pero nunca estuvo conservado, lo recupere con el actual programa de usos casi se antoja peor. En la Navegación no se ha creado ningún museo, sino simplemente una feria para niños sobre la fotogenia relativa de un océano de leds similares a los que se venden en los chinos. Pura apariencia. Probablemente estemos, como otras muchas veces ocurre en Sevilla, ante un problema de concepción. De origen.

El Pabellón de la Navegación, al igual que otros activos de la Expo 92, pasó a depender tras la muestra de una empresa pública instrumental –Agesa– que comenzó siendo estatal y después devino en autonómica como resultado –gran paradoja– del pago de la deuda del Gobierno central con Andalucía. Una inmobiliaria de capital público cuyo objetivo social desde el principio fue sacar toda la rentabilidad económica posible al patrimonio del certamen universal. A corto plazo. Sin matices. Sin un proyecto global.

Su gestión, vista con la distancia, ha sido bastante calamitosa para Sevilla. No sólo porque en su afán de rentabilizar de cualquier forma determinadas cuestiones haya dejado a la ciudad sin importantes activos turísticos –el caso del Cine Omnimax, por poner un caso–, sino porque ha ido destruyendo espacios tan significativos como el Palenque, el Canal de la Expo y otras herencias del territorio del 92 sin que las posibles alternativas para reemplazarlas estuvieran cerradas. El resultado:la Isla sigue teniendo múltiples lugares ociosos que, dada la actual coyuntura económica, tardarán todavía lustros en ocuparse. La Cartuja es el condominio de algunos privilegiados que compraron el suelo público a buen precio y se beneficiaron de las generosas exenciones fiscales. El distrito urbano resultante es hijo del interés inmobiliario de las sucesivas administraciones políticas en lugar de ser una parte más de la propia ciudad. Algo de todos.

Agesa también fue quien vendió a Puerto Triana los terrenos del Sur de la Cartuja para levantar un complejo comercial sin un marco urbanístico consensuado. Aquel proyecto privado fue mutando, sin respeto a la normativa urbanística, que siempre quiso torcer, hasta derivar en la actual Torre Pelli, cuya construcción se ha demorado casi 15 años y es objeto ahora de una de las más intensas polémicas políticas de los tiempos recientes. Otra buena muestra de que la política patrimonial del Estado, primero;y de la Junta, después, ha creado en la Isla de la Cartuja a Sevilla más problemas que ventajas. Probablemente porque ninguno de los sucesivos presidentes de Agesa contemplaron su papel al frente de esta entidad más que como una estación de paso. Un cementerio dorado para los jarrones chinos de la política. El ex alcalde Monteseirín lo resumió con una frase: “Agesa no tiene corazón; sólo cartera”. Claro que la dijo cuando quien mandaba en el condominio era el PP; no el PSOE.

Un mirador secreto

La recuperación de la Navegación aparece así como el único hito en positivo –al menos, en términos ciudadanos– de esta cuestionable gestión. Pero llega tarde –si Sevilla hubiera tenido este edificio en uso durante el pasado ciclo económico sus datos turísticos hubieran sido mejores– y se ha concebido con una mentalidad provinciana, mediocre, al obligar al arquitecto a dividir la propia unidad conceptual del magnífico edificio, cuya vocación desde su más remoto origen fue convertirse en un museo integral sobre Sevilla y la navegación –la Sevilla americana–, en una sucesión de espacios lucrativos que hipotecan la enorme potencialidad de este contenedor cultural.

La Junta ha abierto una exposición menor como reclamo de ocasión, pero sus fines al rehabilitar el inmueble son crematísticos: alquilarlo para congresos de aforo medio y vender los servicios de restauración asociados. Evidentemente, es mejor que tener el pabellón cerrado. ¿Quién lo duda? La pregunta es otra: ¿Es lo mejor que Sevilla puede hacer con este edificio singular? La catedral contemporánea del Guadalquivir que Vázquez Consuegra concibió en uno de los recodos del antiguo cauce fluvial se merece bastante más. Un verdadero museo integral, en lugar de un parque de atracciones.

La exposición existente niega además las virtudes del propio edificio, alobligar a los visitantes a ver sólo el itinerario del parque temático recién inaugurado cuando, si algún valor tiene la recuperación del Pabellón de la Navegación, es descubrir a los sevillanos una visión distinta de su propia ciudad. Vista desde las zonas incomprensiblemente cerradas al público –esencialmente la galería exterior, donde el arquitecto logró el milagro de reinventar la luz del Guadalquivir– Sevilla parece distinta. Soberbia. Lo de menos es la pregonada exposición. El espectáculo real es el propio edificio. Y la ciudad que todavía nos descubre.