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La obsesión centrípeta

Carlos Mármol | 16 de septiembre de 2012 a las 6:15

La inauguración de Fibes no sólo ha contribuido a la rauda conversión del gobierno local en favor de un proyecto que criticaba hasta hace sólo unos días, sino que demuestra que la tendencia centrípeta es una patología sevillana.

Digámoslo de frente. Por derecho. En Sevilla, según ciertas costumbres que también podríamos llamar vicios, parece que no existiera vida inteligente extramuros. Y sin embargo, como diría Galileo, existe. A Dios gracias. Lo cual no deja de ser un extraordinario consuelo si se tiene en cuenta lo que se oye a determinados personajes políticos. Por otra parte, también es una enorme lástima si la cuestión se contempla desde otro punto de vista: una buena parte de los problemas urbanos y sociales que lastran a esta ciudad obedecen a un mal –la obsesión centrípeta– que sin darnos cuenta nos limita el mundo visible, y hasta el intuido; nos ayuda a repetirnos sin mesura y nos hace bastante más aldeanos de lo que pensamos ser, que ya es bastante. Casi demasiado.

Bien es cierto que esta patología, intensamente sevillana, no sólo está avivada por el peso de la tradición y la historia. También viste ropajes de dolencia estrictamente voluntaria. Es una enfermedad deseada, incluso. Una especie de ceguera u obstinación que nos lleva a encerrarnos en un círculo que no existe desde hace más de un siglo. Cada cual es libre de elegir las fronteras que quiera para regir su existencia. Pero lo que está demostrado es que cuanto más escueto es el tablero en el que se sucede la vida diaria las opciones personales se acortan, la mente se atrofia y la existencia social se convierte en un teatro –siempre lo es, pero las calidades dramáticas varían– imposible y repetitivo. Descorazonador.

Fibes, un ejemplo. El Ayuntamiento de Sevilla decidió esta semana tomar posesión física del nuevo Palacio de Exposiciones y Congresos (Fibes). Un edificio deslumbrante diseñado por Guillermo Vázquez Consuegra, probablemente el arquitecto sevillano más importante de los últimos años. La discusión, una vez más, se ha centrado en su coste: algo más de 100 millones de euros. Una cifra notable, sin duda, pero que debería ponerse en comparación con otros proyectos de similar naturaleza y, sobre todo, contrastarse con la capacidad que tendrá para devolver a la ciudad –se ha pagado con dinero público– semejante inversión.

La discusión sobre su precio definitivo, siendo lícita y sana, está viciada, como casi siempre, por factores políticos ajenos al propio proyecto. Partiendo de la misma cifra que el responsable de Emvisesa, el gerente nombrado por el PP, puso encima de la mesa en la presentación oficial, con el alcalde presente. El acta oficial se ha firmado por 90 millones de euros, bastante menos de los 120 millones que, extrañamente, insiste todavía en vender el Consistorio.

Fibes ha sido un ejemplo de cómo no deben hacerse las cosas. La responsabilidad sólo es achacable al anterior equipo municipal, que lo contrató a un precio irreal –casi se podría hablar de una baja temeraria, un factor que debería haber hecho que se replantease la adjudicación– y después se prestó a las modificaciones requeridas por las empresas constructoras. Tal estrategia ni iba en beneficio del proyecto final –el estudio de Vázquez Consuegra advirtió desde el principio que el edificio no costaría 60 millones, cosa obvia si se compara con el coste de otros palacios de congresos inferiores en tamaño, como el de Vigo– ni de la salud de las arcas públicas. El segundo error consistió en segregar en tres partes el proceso de construcción del edificio: por un lado la arquitectura, por otro la ingeniería; en último extremo, la ejecución material. La coyuntura estaba abonada para los conflictos. Todo esto hizo de Fibes una obra demencial. Por eso se podría considerar casi un milagro el resultado final: un edificio soberbio, a la altura de una urbe europea.

Pese a esta evidencia, el gobierno municipal ha tardado mucho en admitir los hechos. Sólo ha cambiado de posición (oficial) a medida que ha ido atisbando la extraordinaria repercusión política que tendría su inauguración. No es faltar a la verdad decir que durante su etapa en la oposición el PP no evaluó la construcción del nuevo Fibes más que como un monumento al “despilfarro”. Ésta ha sido su tesis hasta hace apenas unas semanas, cuando intentó sacar algo de rédito al hecho –indiscutible– de que este equipamiento público es una de las escasas obras en las que Sevilla puede poner ciertas esperanzas para impulsar uno de sus sectores económicos: el turismo.

El tránsito se resume en una foto: Zoido visitando el egregio edificio junto al arquitecto, después de que su equipo presumiera por la celebración del reciente congreso de bioquímica –también una herencia ajena, aunque de naturaleza privada– y anunciase un plan estratégico para comercializar el nuevo palacio. El Ayuntamiento, sin embargo, no ha explicado todavía los motivos –que no son técnicos– por los cuales decidió ubicar este importante cónclave científico en el antiguo recinto congresual. Una decisión con la que la ciudad ha perdido dinero. Tampoco ha aclarado las razones de su cambio de posición política: de la oposición frontal a la asunción plena del proyecto. Un giro muy llamativo que de todas formas es de agradecer. Bienvenidos al sentido común. Cualquier otra cosa distinta hubiera ido en perjuicio de la ciudad, además de ofender la inteligencia de los ciudadanos. Ninguno de ambos factores además le hubieran beneficiado.

Fibes es ya una realidad rotunda. Y hay que felicitarse por ello: es la gran oportunidad de Sevilla para hacer algo por sí misma a pesar del signo (negro) de los tiempos que corren. Hay quien estos días ha comparado el coste del palacio de congresos con el Parasol. Me parece un ejercicio pertinente. Sobre todo si se aborda al calor de la creencia de Alejandro de la Sota sobre la arquitectura, en el sentido de si ésta es o no “necesaria”. ¿Era Fibes necesario? Desde hace más de una década nos faltaba un equipamiento adecuado a las necesidades del mercado de convenciones. ¿Lo era el Parasol? Para tratarse de un mercado de abastos –todavía– es evidente que no. Fibes, si el Ayuntamiento lo gestiona bien, devolverá la inversión. En el caso del Parasol este supuesto se antoja imposible.

Hacer ciudad. Dicho esto, la inauguración de Palacio de Congresos tiene otra lectura casi tan importante como la económica: su propia ubicación. Es gracioso: el Ayuntamiento, al vender su plan de servicios para Fibes, habla –literalmente– de “acercar el edificio a la ciudad”. ¿Sevilla Este no es Sevilla? De ahí parte el vicio de la obsesión centrípeta de la ciudad oficial. Un mal que explica que todavía se hable del centro y los barrios, como los nacionalistas catalanes hablan de su región y de España. Como si no fueran lo mismo. Claro que de esta pandemia ni siquiera se libraron los socialistas, que prometieron trabajar por los barrios pero concentraban sus proyectos en el centro.

El gran mérito del nuevo Fibes, cuya ubicación deviene de una decisión anterior incluso a Monteseirín, es que construye ciudad donde –para algunos– no existe. Amplía el límite mental del sevillano tradicional. Obliga a la Sevilla política a mirar a la ciudad de forma integral. ¿Qué hubiera ocurrido si los grandes proyectos del anterior mandato municipal se hubieran repartido por lo que llaman la periferia? Probablemente hubiéramos, siguiendo el símil de Vázquez Consegra, “monumentalizado” una Sevilla que existe pero que todavía no se atiende suficientemente en los foros municipales más allá de los intereses electorales. Fibes no sólo será un motor económico y es un edificio de notable calidad arquitectónica. Es un ejemplo cierto de que se puede construir una Sevilla digna, moderna e inteligente fuera de viejo círculo mental de la ronda histórica. El sueño de la ciudad integral.

La Gavidia: un mal síntoma

Carlos Mármol | 3 de diciembre de 2011 a las 6:02

No es una sorpresa. Sí una mala noticia. Aunque, no lo duden, siempre habrá quien haga el discurso habitual: “el uso comercial generará beneficio económico y dinamizará el entorno”. De hecho, es lo que ya sostiene –por escrito; ayer todos estaban en la Davis– el Ayuntamiento. Casualmente el mismo mensaje que en su día utilizó Monteseirín con el Parasol de la Encarnación: dinamización comercial. La historia, con variantes, se repite

Pues sí: la actividad económica es buena. Magnífica en estos tiempos en los que el paro es nuestro cáncer. Aunque este discurso de máximos siempre obvia los matices. En el caso de la Gavidia, son trascendentes. A pesar de la idílica versión oficial, la decisión del PP de recalificar la comisaría –sustituir un uso dotacional mayoritario por otro lucrativo– es el principio de un proceso que, ya lo verán, no va a dejar de repetirse en la Sevilla herida por la crisis durante el próximo lustro. El mismo mensaje que en los tiempos del desarrollismo: el progreso lo exige. No es del todo verdad. O, al menos, no de la forma rotunda que se pregona.

La antigua comisaría policial, construida por Ramón Monserrat en 1962, es un reconocido ejemplo de arquitectura racionalista. Algo que este gobierno local no entiende bien ni, acaso, compartirán muchos sevillanos, que sólo ven estético el barroco, ese requiebro. Y, sin embargo, su valor arquitectónico está fuera de toda duda, aunque el patrimonio –para algunos– se limite únicamente a las iglesias.

La operación, por otro lado, tiene puntos débiles. El más notable: el social. Lo que la recalificación de la Gavidia implica no es ganar un centro comercial, sino perder un equipamiento público para los vecinos del centro, que no están sobrados de dotaciones. Dígase toda la verdad. Con eso basta y cada uno puede sacar sus propias conclusiones.

El PGOU no sólo lo consideraba un espacio óptimo para un equipamiento cultural o civil, sino que lo protegía como “sistema general”. Esto es: parte del esqueleto sagrado de Sevilla. Zoido no entiende de barcos, aunque antes de llegar a la Alcaldía dijo que lo deseable era compatibilizar el uso público –que Monteseirín quiso permutar, pero nunca llegó a eliminar– con el 20% comercial que sí tolera el PGOU.

Los tiempos han cambiado. La ley no: esta recalificación deberá justificarse. Lo primero, ante los ciudadanos.

El Metro: una batalla interesada

Carlos Mármol | 5 de junio de 2011 a las 6:10

El PP empieza a agitar el señuelo del Metro de Sevilla como primer recurso de la táctica de confrontación política con la Junta de Andalucía que marcará el primer año de gobierno de Zoido en el Ayuntamiento.

Se veía venir desde lejos. Igual que un tren llegando a una estación: lentamente y sin detenerse. No supone por tanto ninguna sorpresa. Más bien al contrario: entra dentro del guión, que ya está escrito. Y, por lo que se intuye, éste no va a sufrir demasiadas modificaciones. Tan sólo las estrictamente necesarias.

Tampoco puede ignorarse, porque es un factor ilustrativo, que no hayan dejado pasar ni siquiera el calendario que dicta el protocolo oficial –que no sitúa hasta dentro de una semana la toma de posesión como nuevo alcalde de Juan Ignacio Zoido– para que el PP ponga ya sobre la mesa la primera exigencia (política) que el futuro gobierno municipal de Sevilla piensa hacerle a la Junta de Andalucía: una red integral de Metro diferente a la inicialmente prevista.

Es cierto que antes han surgido otras cuestiones previas. Alguna que otra realmente sorprendente. De entrada, no empezaron mal:el anuncio de la auditoría municipal se antoja una cuestión natural y lógica, aunque en realidad no debería servir de pretexto eterno. Después, quizás por un mal consejero, aconteció el episodio –célebre y útil al mismo tiempo, si es que se tiene la rara capacidad de aprender de los errores– de la sorprendente proclama sobre la necesidad de acometer una nueva reinvención estética (otra vez) del casco antiguo de Sevilla o la recurrente polémica por los cambios en el nomenclátor.

Y, en tercer lugar, salió la cuestión del tranvía y del Metro, aunque en honor a la verdad este último asunto ya lo había lanzado el propio Javier Arenas, presidente del PP andaluz, que es quien marca el camino hacia el horizonte, horas después de cerradas las urnas y conocido el saldo de 20 a 11 ediles que marcará la política local de Sevilla durante los próximos cuatro años.

La primera bandera

Es evidente que los populares tienen demasiada hambre de balón. La tenían hace ya cuatro años. Y ahora, con el aval del apoyo logrado en las urnas, cuentan las horas que restan para el Pleno constituyente que permitirá a Zoido –la ley de bases de régimen local es de corte presidencialista– convertirse en el regidor de Sevilla. De todos es sabido: un rey, si aspira de verdad a reinar, debe tener algunas banderas. Contadas pero significativas. Que sean propias o ajenas en realidad viene a ser lo de menos. Lo importante es que parezcan suyas y, claro, que la gente sea capaz de reconocerlas y esté hasta dispuesta a seguirlas. ¿Y qué mejor señuelo, puesto que toda bandera al fin y al cabo no es más que esto, que el Metro de Sevilla?

Al elegir el motivo, sin embargo, el PP no está siendo demasiado original. Rojas Marcos, cuyo mandato como alcalde marcó época, ya hizo lo mismo, con bastante más inteligencia, también con el Metro y con el Estadio de la Cartuja. Ambos son hoy realidades tangibles, aunque uno sea rentable desde el punto de vista social –esta semana la línea 1 del Metropolitano ha llegado a los 30 millones de viajeros tras dos años y medio de funcionamiento sin casi ningún problema– y el otro, en cambio, sea un perfecto ejemplo de falsa grandeur, tan rotundo como innecesario. Más o menos igual que las famosas setas de la plaza de la Encarnación.

El PP ha escogido el asunto del Metro como la primera exigencia (“democrática”, puntualizó en su momento Arenas) para inaugurar el año, corto pero intenso, que resta para los próximos comicios autonómicos, en los que el partido conservador, que ya domina por completo el mapa político nacional y regional tras las elecciones del 22-M, planea conquistar el Palacio de San Telmo poniendo fin así a las largas y sucesivas décadas de poder socialista en Andalucía.

¿El PP quiere hacer de verdad el Metro? Es de suponer que sí. Claro. Pero, sobre todo, lo quieren porque consideran –no sin cierta razón– que es un argumento útil para que los votantes que han apoyado a Zoido en estas elecciones locales hagan lo propio en los comicios autonómicos. Una hipotética mayoría electoral del PP en la guerra regional pasa, ineludiblemente, por reducir sustancialmente la actual diferencia de diputados que el PSOE tiene por la provincia de Sevilla en las Cinco Llagas. Lo que significa que la reciente victoria en la lucha por la Alcaldía de Sevilla no tiene sólo un efecto simbólico (trascendente, por otro lado), sino también pragmático: es necesario conservar, al menos durante el próximo año, el llamado voto prestado o emigrado hacia las filas del PP desde sectores hasta ahora electoralmente afines al PSOE.

El Metro, al igual que la Ciudad de la Justicia –cuya ubicación está en discusión por parte del PP–, son dos batallas que se plantean en el ámbito local pero que, en realidad, parecen estar concebidas para un fin superior al municipal. Un objetivo que no tiene tanto en cuenta el interés de los ciudadanos –los sevillanos necesitan mejores instalaciones judiciales, con independencia de su ubicación exacta– como otros elementos tácticos: hacer notar a los socialistas, cuyo poder institucional en el Gobierno central y la Junta tiene sólo diez meses de respiración artificial, que la ola triunfal del PP es un tsunami imparable. Habrá otros episodios más o menos similares. Segurísimo. Por ejemplo: la reivindicación de una ley de capitalidad para Sevilla que fije un porcentaje cerrado de inversiones por parte de la Junta.

El nuevo alcalde electo tiene el derecho –y hasta la obligación– de analizar los proyectos diseñados por la Junta de Andalucía para el Metro, respaldo político suficiente para plantear cambios y hasta puede colaborar en la búsqueda de la financiación externa necesaria para sacar adelante la red integral del Metropolitano.

Zoido, en este sentido, no sólo disfruta del aval de las urnas, sino del derecho a un protagonismo político que, en el caso de Monteseirín, no siempre se ejerció. Nadie discute su papel institucional como representante del nuevo gobierno de la ciudad, entre otras cosas porque hay que darle cierto tiempo –los célebres cien días– antes de entrar a hacer un análisis a fondo de su gestión, que todavía ni siquiera ha empezado por mucho que algunos, demasiados ya, disfruten y presuman en público del vano ejercicio (para el ego) de decirle qué es lo que debería hacer.

Lo que sí conviene recordar, para que cada ciudadano pueda formarse su propio juicio en relación a esta cuestión, son algunos datos objetivos. Ciertos. Indiscutibles. Probablemente molestos. Tan impertinentes como cualquier verdad. Primero: la red de Metro de Sevilla que propone el PP cuesta 1.500 millones de euros más de lo previsto. Una cantidad difícilmente abordable, incluso por un inversor privado, en las actuales condiciones económicas. Dos:el proyecto de la Junta tiene un trazado en subterráneo de un 92%. No se sostiene la tesis del PP de que la Junta pretende ahorrarse dinero haciendo un proyecto en superficie.

Y tres: el PP, a pesar de este repentino afán por el Metro, nunca puso dinero cuando gobernó en Madrid para financiar la línea 1. De hecho, no fue hasta diciembre de 2005 –con Solbes de ministro de Economía– cuando el Estado aceptó poner una parte de los fondos (al menos un tercio) para costear las obras y librar así a los tres ayuntamientos implicados (Sevilla, Dos Hermanas, Mairena) del 25% de financiación que tuvieron que comprometer por adelantado ante la negativa de Aznar a cumplir con la ley del Metro.

Una vez dicho esto, cada uno es libre de jugar a lo que estime más conveniente. Es evidente que Sevilla requiere un Metro integral que no se quede justo de costuras. Pero también es obvio que, más que levantar banderas a conveniencia, lo práctico es ayudar a cerrar los frentes abiertos –la financiación, la gestión de los presupuestos públicos– para que Sevilla tenga el Metro que se merece. Sin padres. Ni madres. Sencillamente de todos.

Perdidos en el bucle orgánico

Carlos Mármol | 25 de mayo de 2011 a las 6:15

El PSOE empezará a preparar esta misma semana su nueva etapa en la oposición. La debacle en los distritos obliga a hacer un análisis profundo de los errores de la gestión municipal. La ‘cuestión interna’ sigue en el aire.

La debacle electoral en Sevilla ha dado paso en el PSOE al inicio de un debate bizantino. ¿Qué fue antes? ¿El huevo o la gallina? Aplicado al caso:¿la responsabilidad del fracaso es de la gestión municipal, cuyo representante es Monteseirín;o de la dirección provincial, que forzó el cambio de candidato? ¿De ambos factores? La duda no se va a resolver. Probablemente porque es imposible separar ambas cuestiones: el descalabro en los barrios que hasta ahora habían venido votando mayoritariamente a los socialistas no se ha producido por una única razón, sino por una suma de causas combinadas que, juntas, han provocado un malestar tal en las bases sociales que solían apoyar al PSOE como para llegar a votar al PP.

El tsunami de la crisis económica aparece en todos los análisis (internos) como causa esencial. Como es algo evidente, ha sido la justificación oficial dada por la dirección del partido en Sevilla, aunque en paralelo se admiten otras cuestiones subterráneas (el impacto en los votantes del agrio conflicto con los funcionarios de la Junta, que en Sevilla suponen una cuota muy importante del electorado, tanto de forma directa como indirecta) y, sobre todo, los efectos derivados de la escasa gestión realizada por el Ayuntamiento en los últimos cuatro años.

Todas las familias de la organización hablan de estos tres factores, aunque no con la misma intensidad. En función de donde ponen unos u otros el acento, puede trazarse un mapa de los motivos y pretensiones de cada una de ellas. Por ejemplo:la dirección llega a cuantificar hasta en tres ediles la pérdida derivada del voto de castigo a Zapatero. Otros, en cambio, resaltan que la campaña de Espadas ha tenido errores que también explican que no se haya conectado con el electorado, aunque esta versión suele ignorar el punto de partida: antes de que el alcaldable del PSOE entrara en escena, los sondeos de opinión ya señalaban que el desgaste de apoyo provocado por la gestión de Monteseirín era más que notable. La tendencia beneficiaba al PP desde hacía tiempo.

Después hay otra tesis:la orgánica. Algunos referentes del anterior sector crítico (los críticos anónimos, pues en realidad nunca tuvieron un portavoz público hasta que Demetrio Pérez intentó, sin éxito, disputar la secretaría general a José Antonio Viera) inciden en la tesis de que, sin desechar los motivos generales, la brutal subida del PP se debe a la decisión de dejar fuera de la lista electoral a los secretarios generales de las distintas agrupaciones, un factor que, en su opinión, ha desmovilizado a una buena parte de la sociología tradicional del partido. El objetivo de este discurso es evidente: exigir explicaciones a la dirección por los fallos y argumentar, de esta forma, la necesidad de acometer de inmediato un verdadero proceso de integración que vuelva a situar a ciertos secretarios generales –caso de Miraflores, por ejemplo– en el tablero de juego.

Claro que hay quien no lo ve igual. Ni de lejos. Y da sus argumentos:“¿Se hubiera perdido el distrito Cerro Amate si Fran Fernández, el todavía edil de Movilidad, hubiera ido en la lista?”. Con esta preguntan justifican la decisión –firme e irreversible– de romper con la anterior etapa municipal. Fernández fue el responsable de pedir a los vecinos de muchos barrios dinero para construir un plan de aparcamientos del que nada se sabe. Los fondos recaudados no se han devuelto. “¿Podíamos ser creíbles ante los vecinos que se sienten estafados por esta cuestión si quien representa al partido es justo quien provocó el problema?”, se pregunta un miembro de la dirección del PSOE. La respuesta es evidente: no.

De hecho, uno de los errores que admiten de forma interna los socialistas sevillanos, que esta misma semana han decidido empezar a trazar su estrategia de oposición, es la dificultad para que los votantes entendieran el difícil equilibrio al que se veía forzado Espadas:tenía que marcar distancias con Monteseirín pero, al mismo tiempo, no discutir su legado. Algo demasiado sutil para que lo entendiera todo el mundo, sin mencionar la contradicción cometida, por ejemplo, en el caso de las setas de la Encarnación, un proyecto con el que Espadas marcó distancias en una primera fase pero que llegó a aceptar al final de la campaña. Algo imposible de entender si no se tiene en cuenta la clave interna:cada movimiento que hacía el alcaldable podía dar pie a un posicionamiento contrario del equipo y los militantes que apoyaron a Monteseirín, al interpretarlo como una desautorización global. El eterno fantasma de la fractura interna (tanto a nivel local como orgánico) ha sobrevolado a lo largo de toda la campaña. Y la dirección provincial no ha sabido gestionarlo bien.

Con independencia de las interpretaciones interesadas (tratándose de política, casi todas) lo cierto es que el hundimiento en los distritos Macarena y Este, y el descenso en casi todos los demás, es de tal intensidad que la teoría del bucle orgánico –“se ha perdido porque no se ha contado con los socialistas que son referencia en sus barrios”– no se sostiene. Si las bases socialistas estaban enfadadas con la dirección por haber sacado de la lista a sus referentes –el término ya es llamativo– lo lógico hubiera sido que parte del electorado tradicional del PSOE hubiera dejado de ir a votar para mostrar su enfado.

Es poco creíble que los militantes que hacen vida en una agrupación socialista de barrio, y su entorno, acudieran en tropel a apoyar al Zoido. Al fin y al cabo, son militantes. Su cabreo podía ser grande, pero no llega al suicidio. Se queda en la queja airada. Pero el hecho evidente –estadístico, además– es que en los barrios obreros la participación ha crecido, aunque los votos fueran al PP. La realidad trasciende por completo la foto fija que algunos quieren transmitir: la idea de que el control electoral de los barrios depende más de la figura de los dirigentes de las agrupaciones del PSOE que de los efectos de la política municipal. Al parecer, inocua.

Lo que no ha funcionado durante la campaña –ni antes– ha sido el gobierno local. Algo imperdonable si acudes a unas elecciones desde el poder. El sistema de enlace que Espadas logró pactar con Monteseirín no ha funcionado como debiera, entre otras cosas porque su misión era utópica: el gobierno local llevaba dos años sin rumbo cuando comenzó a operar. Un ejemplo gráfico es la política de inversión en los barrios. Todo el dinero extraordinarios para inversiones –procedentes del PGOU– se agotó con los proyectos singulares de Monteseirín, fundamentalmente con el Parasol. Los dos primeros años del mandato se salvaron más o menos gracias al oxígeno de los planes estatales y autonómicos contra el paro: Plan E y Proteja. Gracias a ambos, en buena medida manejados por Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, entonces con pretensiones de suceder a Monteseirín desde dentro (la opción de Emilio Carrillo se frustró porque Viera cedió al veto del alcalde contra su antiguo vicealcalde), se salvó el primer tramo del mandato.

Después todo se vino abajo. Celis salió. El alcalde se dedicó a negociar su futuro (con escaso éxito) y el grupo municipal se limitó a sestear. Unos y otros, sobre todo los afines a la corriente del susanismo. Mientras tanto, Zoido trabajaba con disciplina todas las zonas de Sevilla. Iba y venía. No arreglaba gran cosa (a pesar de la propaganda que lo define casi como un hombre milagro) pero, al menos, estaba al pie del cañón. El resultado: los vecinos de estos barrios, abandonados por los suyos, y hastiados ante la crisis económica, han emitido un voto de desalojo en contra los socialistas. El epílogo es que Zoido se ha convertido en el alcalde con más concejales de la historia municipal.

La travesía del desierto de los socialistas será larga. Y no estará exenta de dificultad. El PP cuenta ahora con el poder y tiene ediles suficientes para dedicar un ejército a los barrios. “Con 20 puede poner en cada distrito hasta a dos ediles por turno, uno por la mañana y otro por la tarde, 24 horas, para ganarse a todos los vecinos”, bromeaba ayer un dirigente del PSOE de Sevilla, preocupado por la posibilidad de que el respaldo logrado por el PP no sea algo conyuntural, sino que se convierta en permanente. La cuestión no es menor. Hablamos de si estamos en el princio de un exilio temporal o en el comienzo de la expulsión definitiva del poder del PSOE de Sevilla. Algo que trasciende el eterno bucle orgánico. Tan endogámico.

PSOE de Sevilla: partes de guerra

Carlos Mármol | 24 de mayo de 2011 a las 6:18

La derrota de los socialistas se debe al abandono de sus graneros electorales . La crisis explica parte de la caída, pero la debacle no se entiende sin la gestión municipal de estos años. Las ‘guerras civiles’ hunden el imperio.

Me lo explicó ayer uno de los políticos más inteligentes que conozco, más o menos encuadrable –los espíritus libres en realidad no son de nadie– dentro de las legiones vencedoras de la guerra por la Alcaldía. “Al PSOE le ha ocurrido lo que al acero:aparenta ser indestructible pero cuando se quiebra, nunca avisa”. El conocimiento de la resistencia de materiales aplicado a la debacle de los socialistas. Cierto: el hormigón advierte del final de su vida útil con grietas;la madera, cruje. Sólo el acero, tan fuerte en principio, es un material traicionero: su colapso siempre es silencioso aunque termine en estrépito.

Los 20 ediles logrados por el PP en Sevilla son como un grito atronador en los oídos de los socialistas. El 22-M no sólo ha colocado a Juan Ignacio Zoido, el alcalde electo, en la historia local sin haber siquiera empezado a gobernar. También ha puesto al PSOE ante el espejo. Lo que se ve no es agradable: arrugas de años de constante confrontación, ausencia de una verdadera dirección y la nula capacidad para adaptar la gestión municipal a sus intereses electorales.

El PSOE sevillano está en el inicio de una crisis, profunda y lacónica, que durará probablemente más de cuatro años –el tiempo de todo un mandato municipal– y que tendrá inevitablemente consecuencias internas, aunque todavía está por ver cuáles van a ser los cambios y si éstos serán tácitos o sangrientos. Además de tener que asumir la derrota en la capital de Andalucía, la agenda política incluye un proceso de primarias y, en menos de un año, unos comicios autonómicos que van a ser una pelea a vida o muerte. A cuchillo.

A juzgar por la tibia lectura de los resultados que ayer hizo el secretario general del PSOE sevillano, José Antonio Viera, el balance habría sido sólo agridulce: se mantiene la histórica hegemonía política en el área metropolitana y en la provincia pero la Alcaldía hispalense, desgraciadamente, ha caído en manos del PP. Cosas que ocurren. La vida.

Resulta demasiado simple para ser toda la verdad. Escudarse en los resultados provinciales, ajustados, aunque favorables, para diluir el impacto del batacazo de la capital no deja de ser un recurso argumental débil para suavizar las evidencias que apuntan a un cambio de ciclo. El PSOE ha sufrido una derrota en toda regla. Sin paliativos. Tanto en Sevilla –donde se ha perdido el poder tras doce años de gobierno, con la carga simbólica que tiene ceder ahora la joya de la corona a un PP que sueña con la conquista de Roma [la Junta de Andalucía]– como en el ámbito provincial.

Es verdad que la Gran Sevilla sigue siendo un oasis momentáneo para los socialistas –mantienen los municipios más simbólicos, salvo Mairena del Aljarafe– pero incluso aquí se atisban movimientos telúricos que anuncian que la ola ascendente del PP no es un fruto de la coyuntura, sino la consecuencia del agotamiento del proyecto político socialista para Sevilla. Aunque se conserven todavía muchas y buenas alcaldías, los números dicen que han cedido un total de 90 ediles (el descenso es de casi un 9%) mientras el PP ha ganado 123 concejales y recoge hasta un 7,38% más de sufragios. Algo pasa.

La justificación amable es que el revés electoral –lo exacto, ya digo, es llamarlo hundimiento– se debe a “la desesperanza de los ciudadanos ante las crisis”. Sin dejar de ser cierto que el factor económico es el elemento que marca la tendencia ascendente del PP y la caída del PSOE a escala estatal, el caso de Sevilla presenta matices propios que tienen que ver –y aquí radica el problema– con decisiones políticas locales. En unos casos tomadas en Luis Montoto (la sede provincial) y, en otros, en la Plaza Nueva (la Alcaldía). Es obvio que la conyuntura general no estaba a favor. Pero un vuelco de la intensidad del que se ha producido no es hijo de un factor único. Basta analizar los resultados electorales para verlo.

La primera impresión es que el desequilibrio obedece al avance de 7,4% puntos del PP (37.264 votos más) en relación a la foto electoral de 2007. Los socialistas caen hasta once puntos. Pierden 25.366 votos. Si se entra en detalle, el paisaje empeora. Y mucho. Ni azul oscuro. Directamente es negro:Zoido ha ganado en nueve distritos (crece en votos en todos) y ha roto el supuesto techo que su fuerza política tenía en los barrios obreros.

Lo ha hecho además con mucha holgura, convirtiéndose en la primera fuerza en áreas como Este-Alcosa-Torreblanca o Macarena, los pilares de la histórica hegemonía de los socialistas. El PSOE sólo gana en Cerro-Amate y Norte. Magro consuelo: la debacle que se ha producido en el voto, salvo excepciones, no baja de los dos dígitos. El PP crece mucho y en todas partes. Por encima del 10%. Hasta en territorios comanches como Sevilla Este, Norte o San Pablo. No funciona ya la teoría del habitual freno sociológico. Los votantes socialistas han abandonado el barco. Punto. No se han quedado ni en casa (la participación subió hasta ocho puntos). Sencillamente han ido a votar a Zoido.

¿Por qué lo han hecho? Parece claro que este trasvase no se improvisa de un día para otro, sino que es una suerte de gota malaya, sostenida en el tiempo. La clave está en el Ayuntamiento. Los socialistas han pasado los últimos cuatro años sumidos en conflictos internos –obsesionados por repartirse la herencia de un alcalde al que todos daban por acabado en 2007– y terminaron perdiendo el contacto real con todos sus bastiones electorales. La prioridad era otra: los grandes proyectos, singularmente el Parasol de la Encarnación o las peatonalizaciones en zonas como Triana y Los Remedios, muy hostiles electoralmente al PSOE. Como lógica no tiene, hay que pensar en factores distintos. Psicológicos: la obsesión de Monteseirín y su principal asesor, Manuel Marchena (ambos viven en Triana) por conseguir el reconocimiento –por aclamación u oposición, esto ya viene a dar lo mismo– de la Sevilla Eterna a su ambicioso proyecto de transformación de la ciudad. El quattrocento sevillano de los últimos años.

Existía sin embargo una incoherencia, patente, entre este discurso del alcalde, que sólo ha generado conflicto con los sectores sociales más conservadores, y el día a día de la verdadera gestión municipal, que desatendía los servicios y las inversiones en los barrios. Justo las zonas que trabajaba Zoido. “El alcalde no salía del despacho, estaba todo el día con su blog y preocupado por su legado”, cuenta un militante que, tras la derrota, admite que si alguien iba a los barrios eran los ediles, que llegaban siempre “en coche oficial” para hablar con dirigentes vecinales que, como algunos secretarios de las agrupaciones locales del PSOE, “sólo se representaban a sí mismos”. Otro es más gráfico: “No se le puede decir a la gente que el Parasol es lo más importante de Sevilla cuando al colegio al que llevan a su hijo no hay aire acondicionado y se encuentran hasta ratas; o cuando has pedido dinero a los vecinos para un aparcamiento que después no has sido capaz de hacer”. El discurso se venía abajo. Culpa de la realidad , claro.

Asignar la derrota a Juan Espadas es injusto:el cabeza de lista socialista ha sostenido su propia campaña a pulso, sin recursos, en solitario y sin otro apoyo que un núcleo duro –cuatro personas– cuya función era entorpecida constantemente por las familias:los susanistas, los vieristas y los antiguos críticos. Sintonía había poca. Hasta hubo quien colocó espías en el bando contrario para influir en la campaña –pensando en ganar un poder que se ha esfumado–, voceaba a quien quisiera oírle (por lo general, enemigos) cualquier desajuste y, al final, hasta ha intentado buscar culpables para eludir su propia responsabilidad. Un dato ayuda a entenderlo todo: el comité de campaña sólo celebró una reunión. Tres días antes de los comicios.

Hay quien pretende ahora a exigir responsabilidades con el argumento de que si no se hubiera cambiado al alcalde, o se hubiera hecho otra lista, los barrios hubieran respondido. Es una forma de verlo, parcial, evidentemente, y fruto de cierto deseo de ajuste de cuentas. Pero sólo es una parte del problema. La crisis tiene raíces más profundas. Está en la diabólica combinación de un partido sumido en sus conflictos y un alcalde que, sabiéndose agotado, se resistió a irse, a dar paso a nadie (Celis fue un mero señuelo tras el veto a Carrillo), a salir a los barrios (en los que no ha invertido)y a otra cosa que no fueran los proyectos que le harían pasar a la historia. Pura melancolía amarga.

El urbanismo efectista

Carlos Mármol | 27 de abril de 2011 a las 6:30

El modelo urbano de Sevilla, del que desde hace una década vienen haciendo bandera política los socialistas e IU, empieza a enseñar sus puntos negros. Sombras que desmienten no tanto el fondo del proyecto –la construcción de una ciudad más cohesionada y justa–, sino una forma concreta de gestionarlo.

Si gobernar es siempre establecer prioridades y gastar el dinero público de una determinada manera, la situación dotacional del norte del casco histórico de Sevilla es un buen ejemplo de cómo se ha gobernado la ciudad en estos años.

Con una extraña obsesión por los grandes proyectos –en algunos casos innecesarios; en otros, de utilidad relativa– que ha ido dejando fuera de foco las políticas que inciden directamente en la calidad de vida de los ciudadanos.

Claro que este tipo de historias son difíciles de armar: la oscuridad que rodea al urbanismo impide a muchos ciudadanos, agrupados todavía en las entidades vecinales (la base de la democracia, junto con los ayuntamientos), siquiera entender cómo ciertos políticos les dan gato por liebre.

No es el caso de la asociación vecinal La Revuelta, formada por gente joven, preparada y capaz, además de mantener a lo largo del tiempo un notable grado de compromiso con su propio barrio (algo cada vez más inusual en los tiempos actuales), de entender los planes urbanísticos suficientemente bien como para poner encima de la mesa argumentos difícilmente rebatibles.

A juzgar por la propaganda oficial, Monteseirín ha revitalizado el norte del centro con la Encarnación, la Alameda y Santa Clara, hitos que se han comido el presupuesto.

Los vecinos preguntan por otra cosa: ¿dónde están los equipamientos comunitarios previstos en el PGOU? Nadie les contesta. Probablemente porque no existe una respuesta válida.

El urbanismo efectista podrá hacer soñar a algunos con la quimera de pasar a la historia. Pero rara vez soluciona los problemas de la gente.

Parasol triunfal, fin del imperio

Carlos Mármol | 27 de marzo de 2011 a las 6:30

Las ‘setas’ de la Encarnación se inauguran hoy como el símbolo mayúsculo de la obsesión de un gobernante al que no le ha importado hipotecar el futuro de Sevilla para pasar a la historia.

La vida acostumbra a ser rica en paradojas y le gusta camuflar sus secretos en los detalles sin importancia. Indro Montanelli, un periodista al que nunca llegarán ni a la suela de los zapatos los gacetilleros costumbristas que tanto abundan por Sevilla, solía decir que no hay nada más fatigoso que seguir los hitos de una historia poblada por grandes monumentos y escrita con la variante áulica de la retórica. Hoy es un día apologético. Triunfal y predestinado a la exageración mayúscula, tan sevillana: Monteseirín inaugura oficialmente el Parasol de la Encarnación.

Lo hace sin que la obra esté acabada y sin que los ciudadanos, que son los que tendrán que abonar su inmensa factura –todavía ignota– sepan el coste definitivo del artefacto que durante las próximas cuatro décadas marcará el perfil del corazón de la Sevilla histórica. Un día de victoria, pues. Aunque sospecho que, como sugiere Montanelli, con un revés oculto bastante menos esplendoroso de lo que se enseña.

Quizás el alcalde, al que le quedan apenas dos meses en el ejercicio del poder, haga hoy un discurso en el que elogie su valentía a la hora de enfrentarse a la Sevilla Eterna, reivindique las virtudes de la vanguardia arquitectónica que –en su opinión– representan las setas y augure, como Casandra, un inminente futuro en el que las masas ciudadanas (sevillanos y foráneos) acudirán a contemplar la nueva catedral de la Sevilla moderna que, por supuesto, no cabe identificar sino con su propia persona. También puede que no diga nada. O que, como sucedió otras veces, censure a los agoreros, incapaces de reconocer las evidencias. ¿Quién sabe?

Con independencia de lo que ocurra, el Parasol quedará formalmente inaugurado como la coda imperfecta a doce años de gobierno en los que la desmesura, la prepotencia y el afán de notoriedad han marcado la agenda política de la ciudad. Al final, se tenga la opinión que se tenga del proyecto diseñado por el arquitecto berlinés Jürgen Mayer, la realidad se impone: ya es imposible pasar por esta parte de Sevilla sin reparar en la vocación de omnipresencia de una obra que representa, como todos los símbolos, la personalidad de quien ha ordenado su construcción.

Parasol triunfal final del imperio baja (1)

La historia del Parasol, que es larga y generosa en contradicciones, no se entendería, al menos en mi caso, sin una anécdota que en esta ocasión puede elevarse a la condición de categoría. Hace unos años, cuando todavía no se alzaba sobre el solar de la Encarnación el esqueleto del Parasol, el regente del alcalde me hizo llegar por mensajero la fotocopia (es de suponer que sin pagar los correspondientes derechos de reproducción) del capítulo de un libro: La arquitectura del poder (Ariel), escrito por Deyan Sudjic, ensayista, director de la revista Domus y, entre otras cosas, hagiógrafo de Norman Foster, cuya vida y milagros retrata en la película ¿Cuánto pesa su edificio, señor Foster?

Como soy poco dado a las fotocopias (todavía respeto el objeto perfecto que es cualquier libro) compré un ejemplar y, de pronto, al leerlo empecé a entenderlo todo. Este ensayo es el mejor manual para entender la Sevilla de los últimos años. Sin embargo, la ciudad no aparece mencionada ni una sola vez. ¿Cómo es posible? Fácil: la historia que cuenta es universal. Aplicable tanto a una aldea como a una gran ciudad.

Sudjic narra cómo a lo largo de la historia el poder (cualquiera que éste sea o el ropaje que adopte) usa siempre la arquitectura no para transformar la realidad, sino como instrumento para intentar dejar huella (vana, en muchos casos) del paso por la vida de determinados personajes empeñados en su propia grandielocuencia. Los ejemplos en los que sustenta su tesis son muy numerosos: desde Hitler a Mitterrand, desde Sadam Hussein a Tony Blair. No entienden ni de ideologías ni de formas de gobierno, autoritarias o democráticas.

En todos los casos funciona de forma idéntica. Los detalles de su relato resultan intercambiables. Lo singular es su luminosa visión sobre la pulsión interior que, de forma irremediable, manifiestan determinados gobernantes, casi todos ellos marcados previamente por un profundo sentimiento íntimo de debilidad, por tratar de superar esta circunstancia personal mediante la erección de arquitecturas que, en lugar de mejorar sus propias urbes, asientan sobre ellas las muestras pretenciosas y perdurables de un tránsito por el poder que siempre resulta ser efímero.

No encuentro mejor metáfora para entender el ceremonial, con banda municipal incluida, que hoy se celebra en la Encarnación. El Parasol, un objeto desmesurado e innecesario, cuyo coste supera con creces sus hipotéticos beneficios, es la muestra de una forma demencial de entender la política. También la evidencia de un desajuste que consiste en confundir la importancia con el tamaño.

Hace tiempo que los datos están sobre la mesa: el coste del proyecto (123 millones de euros) es un 70% superior a lo previsto, ha fagocitado el 40% de los recursos económicos que tenía la ciudad para su desarrollo urbanístico durante la próxima década, ha consumido hasta 65 millones de euros en subvenciones a fondo perdido y provocará un parón en el programa de las futuras infraestructuras públicas de Sevilla.

La obra es el fruto amargo de la desmesura. Se inaugura con cuatro años de retraso sobre el calendario inicial, tras incumplir hasta cinco fechas oficiales de terminación y privatizando (por primera vez en democracia) un espacio urbano público sin contraprestación (política o económica) alguna.

También es un largo rosario de mentiras: ni era la única solución para reubicar el mercado de abastos tradicional, que probablemente no sobrevivirá mucho; ni se acometió para salvar los restos arqueológicos (una parte de ellos se perdieron al cimentar el edificio), ni es un ejemplo de gestión arquitectónica. Tampoco es un espacio ciudadano. Sencillamente es un centro comercial. Nada más.

El Parasol se inició sin proyecto de ejecución y, durante casi tres años, el gobierno local ocultó que desconocía cómo construirlo, obsesionado con buscar en secreto una solución (que ha multiplicado su coste hasta el infinito) que resultó ser imposible porque su cimentación era incapaz de soportar el peso de la cubierta. Su terminación sólo ha sido posible reduciéndola, saltándose la ley (como puso de manifiesto el Consejo Consultivo) y exclusivamente por decisión unipersonal del regidor.

Probablemente haya quien piense (Monteseirín entre ellos) que todos estos hechos –objetivos– quedarán diluidos con el paso del tiempo. Que el esplendor de la inauguración se llevará las alargadas sombras de las setas. Que todo el mundo caerá rendido ante su hipnótica visión. Es una forma de ver las cosas. Sevilla, teniendo tanto pasado, es por lo general una ciudad sin memoria. Sin herencia fértil. Puede ocurrir. Aunque es difícil de creer.

Lo que quizás no debería olvidarse nunca es la lección del libro de Sudjic, metáfora involuntaria de la obsesión que ha guiado al alcalde en su utopía por personificar un extraño quatrocentto sevillano que no todos aprecian. Dice así: “Lo que hace la arquitectura al relacionarse con el poder es magnificar al autócrata y confundir al individuo con la masa”.

Para algunos hoy es un día victorioso. Con su pan se lo coman, que diría Cervantes. La vida, que es sabia y contradictoria, nos enseña que el ocaso de los imperios empieza justo cuando más altas parecen las muestras de su esplendor. En Roma existe un arco triunfal dedicado a Constantino que es fruto de la decadencia, preludio de la debacle. Más alto mientras más endebles sus cimientos. Más irreal cuanto más oscuro su origen.

Hay quien dice que no existe victoria ni hay triunfo posible si uno no es capaz de salvarse a sí mismo. Quizás sea cierto. O acaso no sea más que una frase. El Parasol se alza ya triunfal sobre la Encarnación. Monteseirín jamás volverá a ser alcalde de Sevilla. Su imperio se ha derrumbado. Es historia.

Herencias y puntos de fuga

Carlos Mármol | 19 de diciembre de 2010 a las 13:03

La delicada salud de la Hacienda municipal padece los abusos de años de ‘grandeur’ en los que el gobierno local ha multiplicado la estructura administrativa sin que se perciba una mejora real de los servicios públicos.

Georges Pompidou, que no es sólo el nombre de un museo de arte moderno, sino que fue un presidente de la República francesa, sostenía que “existen tres formas seguras de ruina: el juego, las mujeres y los tecnócratas, atrapados entre el ser y el querer ser”. En su opinión cada una de ellas tenía una ventaja distinta: el juego era lo más rápido, las mujeres acaso lo más placentero y los tecnócratas probablemente fueran la vía más infalible de todas para llegar a eso que bien podría denominarse el hundimiento. La particular caída del imperio romano que, a diferente escala, ocurre todos los días en cualquier sitio.

Probablemente, con su afirmación, el político galo buscase exculparse a sí mismo de cualquier hipotética responsabilidad con respecto al vicio más común de tantos presidentes del país vecino: el síndrome de la grandeur. Esa supuesta grandeza de carácter, émula del espíritu nobiliario, de vocación regia, que aspira a la magnificencia más sublime; enfermedad no demasiado censurable cuando se financia con el dinero particular pero que en determinados contextos resulta mortal. Sobre todo si se apoya únicamente en las arcas públicas.

La ambición política

Es natural que un dirigente político sea ambicioso y busque la excelencia, aunque otra cuestión diferente es que este deseo –a veces obsesión– se sacie sólo con el fruto del esfuerzo de los demás. Si a la frase de Pompidou se le cambiase el término tecnócrata por el de alcalde, su vigencia sería idéntica. Especialmente en Sevilla, donde durante los diez últimos años el éxito político se ha confundido en demasiadas ocasiones con el tamaño, en lugar de con la eficacia. Aquel célebre principio del arquitecto Mies van der Rohe –menos es siempre más– no ha sido tenido precisamente en cuenta por estos pagos. A lo sumo, únicamente para poder contradecirlo.

Monteseirín, que no por voluntad propia abandonará la Alcaldía dentro de algo más de cuatro meses, nos dejará una ciudad que objetivamente sigue sin funcionar bien –no sólo por culpa de los políticos; también de los ciudadanos– y en la que los recursos de la Hacienda municipal se han dilapidado en asuntos que, siendo interesantes a nivel teórico, en su formulación práctica son más que cuestionables, sobre todo dados los lustros de vacío que nos esperan.

Estamos, por así decirlo, en una especie de punto de fuga. El lugar, según las reglas de la perspectiva, donde convergen todas las rectas. En el caso de Sevilla las líneas que se cruzan en el horizonte son el notable coste del llamado proceso de modernización, que es más que discutible a pesar de determinados aciertos, y la situación financiera real del Ayuntamiento, de la que a medida que se conocen más datos uno tiende a preguntarse si para el gran viaje sideral de esta última década hacía realmente falta romper tanto las alforjas.

Esta semana se ha visto la cara y la cruz de la política municipal. Por un lado, el Parasol, que ha sido –de nuevo– objeto de una nueva inauguración parcial con sorpresa incluida: ya no se podrá cruzar andando por las alturas el ensanche de la calle Imagen. Por otro, el resultado del último diagnóstico presupuestario, que ha arrojado un saldo negativo de 95 millones de euros en las cuentas del Consistorio. Un quebranto, por segundo año consecutivo, al que hay que añadir la situación de fondo: una deuda institucional que supera holgadamente los 631 millones de euros, que ha obligado a hacer un plan de viabilidad financiera y que tiene en quiebra técnica a algunas empresas públicas –Tussam y Lipasam– cuya salud empeora de forma exponencial cuanto más tiempo pasa, sin que su crisis se deba a su función social, sino a sus gestores.

Herencia y puntos de fuga baja

Probablemente los escribas a sueldo del alcalde muerdan la mesa al leer esta afirmación y saquen del cajón su famosa lista negra, cada vez más nutrida. Una lástima.

Habría que recordarles quizás que la debacle financiera municipal en la que estamos ya fue insinuada, en su momento, por el propio Monteseirín, que en un Pleno dijo hace algunos meses que el gobierno local se estaba planteando seriamente suprimir algunos servicios públicos como consecuencia de la importante reducción de ingresos en las arcas municipales.

Este reconocimiento expreso de la situación no impidió, sin embargo, que acto seguido el alcalde liberase unipersonalmente –con su voto de calidad– más de 30 millones de euros más para “poder terminar el Parasol antes de finales de diciembre” –plazo que de nuevo va a incumplirse– o que diera luz verde a la creación de la empresa gestora de la Televisión Municipal, que ya es de lejos uno de los organismos municipales con mayor nivel de deuda, sin entrar a hablar de la calidad de sus contenidos.

Mientras existía cierta incertidumbre sobre su permanencia en la Alcaldía –hasta que el presidente de la Junta certificó lo que era desde hacía mucho tiempo un secreto a voces– todavía hubiera tenido alguna explicación la contradicción de decirles a los ciudadanos que había que apretarse el cinturón y, en simultáneo, continuar comprometiendo más y más gastos millonarios absolutamente partidarios. Al menos quien hubiera tenido que enfrentarse al problema de la creciente falta de recursos públicos en Sevilla hubiera sido el mismo gobernante que, con sus decisiones, ahondaba en la ruina para seguir con su huida hacia adelante.

La cosa cambió a partir del momento en el que se evidenció que, pasara lo que pasara, habría un sucesor distinto en Plaza Nueva. Otro alcalde. Con independencia del signo político concreto que tenga el próximo gobierno local que salga de las urnas en 2011, quien tendrá que intentar salvar los muebles del Ayuntamiento ya no será Monteseirín, al que le queda todavía tiempo para hacer política de tierra quemada incluso aunque su posible sucesor pueda llegar a ser alguien de su propio partido político. Es lo que tienen ciertos dramáticos fines de ciclo: acostumbran a ser épicos.

Mejor, el silencio

La herencia financiera que tendrá que administrar el nuevo regidor es realmente un regalo envenenado. A la deuda creciente de la institución y todos sus satélites –tan numerosos como las galaxias en el universo– se suma la carestía de dinero líquido, el difícil pago de los intereses bancarios y otros muchos compromisos inmediatos, entre ellos los laborales.

Consumidos en los proyectos estrella del alcalde saliente todos los dineros extraordinarios del Plan General de Ordenación Urbana –de los que ya no queda ni un euro– y absolutamente condicionado por el statu quo histórico del Ayuntamiento, donde en las empresas públicas los puestos de trabajo se heredan, igual que las prejubilaciones de Mercasevilla, de padres e hijos, como si fueran patrimonio de un determinado apellido o de algún extraño linaje, a quien le toque sentarse en el sillón de la Alcaldía lo tendrá muy difícil para mantener el barco a flote salvo que adopte una serie de medidas drásticas –subida inmediata de impuestos, venta de patrimonio público al mejor postor, subasta de suelo, recortes de todo tipo en gastos y plantillas– que no le darán precisamente ni paz social ni buena prensa; y de las que, casualmente, claro, no se está hablado nada en la precampaña electoral de Zoido (PP) y de Espadas (PSOE).

No es raro. En caso de que cualquiera de los dos sepa realmente cómo arreglar las cosas parecen haber pensado lo mismo: si quieren ganar las elecciones, lo mejor es no decirlo. Por si acaso.

El brazo muerto

Carlos Mármol | 17 de diciembre de 2010 a las 3:21

Uno de los argumentos a los que el gobierno local de Sevilla recurrió cuando tuvo que explicar las razones de haber elegido el Parasol diseñado por Jürgen Mayer fue la necesidad, al parecer imperiosa, de que se “democratizaran las vistas” de la Sevilla histórica. Según el criterio de Monteseirín, la visión del horizonte hispalense más tradicional estaba restringida sólo a aquellos que disfrutaban de una terraza con mirador. Los cielos que añoraba el idealista Romero Murube debieron perderse aquel día.

Basta ascender a la Giralda para darse cuenta de la escasa solidez de tal argumento, pero esto, claro es, entonces no era lo realmente importante. Lo trascendente consistía en convertir el Parasol en un artefacto popular y democrático para que las voces que critican su estética quedasen retratadas como la de unos pocos elitistas caducos. “El tiempo nos dará la razón”, sostenían. O mejor: “La historia nos absolverá”. Veremos.

Al final, como es sabido, el asunto de la Encarnación reventó por el lado de los dineros, que, bien mirado, en realidad es un argumento más popular y democrático –sobre todo en tiempos crisis– que cualquiera de los hermosos itinerarios panorámicos que se proponían desde la Alcaldía como cebo para captar a los incautos y como pretexto para los noveleros.

METROS~1

Todo esto ocurría antes de que se dieran cuenta de que en el fondo no sabían cómo construirlo y mantuvieran el secreto bajo siete llaves durante varios años, sin preocuparles las consecuencias que tuviera su singular huida hacia adelante. Ahora ya se adivina cómo está haciéndose el Parasol: con dinero público (eso estaba claro desde hace bastante tiempo) pero, además, incumpliendo justamente las promesas que en su día se vendieron como algunas de sus mayores ventajas. La mayor: contar con una estructura arquitectónica moderna que ofreciera la posibilidad de cruzar andando, sintiéndose como suspendido sobre el aire, el ensanche de la calle Imagen hasta llegar al inicio de Puente y Pellón.

La cubierta del complejo comercial, todavía a medio hacer, aunque ya se adivine su imagen definitiva y haya quien la haya inaugurado hasta tres veces, no soporta el peso necesario para garantizar las excursiones aéreas que planteaba la Alcaldía. Se podrá subir al artefacto, pero únicamente a los parasoles situados en el perímetro del antiguo solar de la Encarnación. ¿Para qué hacía falta entonces situar una inmensa seta en mitad de la antigua plaza histórica? El Parasol número 6 queda así como el brazo muerto e imperfecto de un inmenso esqueleto cuya seguridad total requiere pruebas de carga que todavía están por hacer.

La decisión, al parecer, se adoptó hace un año. De nuevo se ocultó a los que financian el capricho, que son los sevillanos, a los que todavía se les dice que podrán subir sin pagar al mirador –su entrada la pagarán en realidad vía impuestos gracias a la línea de crédito que el Consistorio tiene abierta a Sacyr, la empresa concesionaria– cuando la realidad es que el recorrido turístico será muy distinto al previsto. Todo esto no importa, claro. Ni tiene mucho interés. La cosa es cantar victoria. Laus Deo.

Parasol: Pascua y mandarinas

Carlos Mármol | 16 de diciembre de 2010 a las 19:41

El alcalde, al que le quedan en el cargo algo más de cuatro meses, ha elegido la Navidad para volver a inaugurar parcialmente –creo que por cuarta vez, pero la verdad es que ya he perdido la cuenta– el Parasol de la Encarnación, que sigue sin acabar. La ceremonia consistió en un desayuno saludable en un bar cercano con un aguinaldo en forma de cesta: setas, nueces, alguna granada (sería por el informe del Consejo Consultivo, con sede en la ciudad de la Alhambra) y mandarinas.

Cabría preguntarse cuál era el motivo de tan amigable celebración, que al parecer era secreta. Si son las pascuas, que siempre han ido muy bien con las naranjas, como diría Manuel Vicent, nada que objetar. Cualquier otro se me escapa: la obra siguen sin terminar, el último plazo oficial –31 de diciembre– nunca se lo creyó nadie más que quien en la Alcaldía pensó que con el hecho de decretarlo terminaría cumpliéndose y la factura del artefacto de Jürgen Mayer sigue siendo un enorme misterio para quienes la van a pagar: los ciudadanos.

setas

Todo esto, evidentemente, no importa demasiado cuando de lo que se trata es de celebrar un éxito, aunque sea virtual. Porque, aunque la imagen del Parasol ya puede percibirse en su integridad en una de sus copas, lo cierto es que la obra no está ni mucho menos terminada. Igual que tampoco se acabó en su día la urbanización del entorno del complejo comercial, destrozada nada más ponerse la solería por el aparcamiento irregular, la suciedad y demás elementos que explican que Sevilla sea una de las ciudades con las peores calles de España.

Cuidadosos con el patrimonio público no somos mucho por estos pagos. Igual que los políticos no lo son con sus emblemáticas iniciativas: se salen de coste, de escala y se inauguran por trozos, no vaya a ser que la cinta inaugural le toque cortarla a otro, aunque sea del mismo partido. Que vamos tener unas navidades con Parasol no cabe duda. Hasta es el motivo elegido para las felicitaciones navideñas municipales, donde aparece la maqueta, porque sacar la obra, claro está, no queda demasiado cool. No hay que dejar que la realidad te empañe una buena inauguración, aunque sea tan parcial y sectaria como una determinada manera de entender la política.