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Culpas y disculpas sobre la Encarnación

Carlos Mármol | 22 de mayo de 2010 a las 10:28

La marcha de Rosamar Prieto a El Rocío y la abstención de IU obligan al PSOE a retrasar de nuevo la modificación presupuestaria.

A juzgar por la conducta de los responsables municipales, cualquiera diría que el Parasol de la Encarnación es un artefacto arquitectónico que ha caído en mitad de Sevilla por casualidad. Resultado de un azar imprevisto. Sobrevenido. ¿Los motivos? Son sencillos: ahora nadie quiere hacerse responsable del dislate político y económico que supone manejar este proyecto, cuyo sobrecoste ha superado todo lo razonable; a muchos ciudadanos no les convence desde el punto de vista estético y, para colmo, todavía está por terminar cinco años después de su inicio. En resumen: un cuadro sin padre. De aparente autor anónimo.

La verdad, obviamente, no es ésta. Pero ¿a quién le importa la verdad en política? Los gobernantes estiman que la memoria ciudadana es débil –en eso suelen tener razón– y que, por tanto, cuando sobreviene un problema de dimensiones considerables –el caso del Parasol– lo más inteligente es ponerse de lado y elegir entre dos caminos: o guardar silencio o intentar que lo que se diga señale hacia el prójimo. Alguien ajeno. Si éste es un enemigo político, mucho mejor. Lo dice su manual: hay que desviar a toda costa la atención. Otra cuestión, claro, es que esta actitud sea honrosa.

Sin mayoría

¿Qué paso ayer en el Pleno? Aparentemente nada: el gobierno local retiró del orden del día el punto para poder modificar el presupuesto del Parasol. Algo extraño si se tiene en cuenta que el asunto –aprobar un nuevo crédito por valor de 12 millones de euros para poder cubrir el 40% del segundo sobrecoste de la obra– corría cierta prisa porque el suministro financiero a la empresa constructura –Sacyr– está cortado desde el mes de enero.

La bola, de nuevo, estaba escondida. Detrás de la retirada latía un conflicto político importante y una situación insólita. El primero responde a la nueva posición de Izquierda Unida. La segunda obedece a la sorprendente ausencia de la presidenta del Pleno de Sevilla, Rosamar Prieto, que a esa misma hora estaba en la romería del Rocío. Ambos factores, en sintonía, dejaron al PSOE sin mayoría para poder aprobar el expediente. Se optó por retirarlo y dilatar la modificación de crédito otra semana más.

Que IU no está por la labor de dar luz verde al segundo modificado del Parasol no es raro. Aunque la coalición de izquierdas no dijo ayer nada en público –el célebre pacto de silencio– sus representantes no acudieron al consejo de gobierno de Urbanismo previo al Pleno. Hay cabreo. Silencioso, pero notable. Hasta el punto de que la coalición que encabeza Torrijos ha decidido no avalar la nueva inyección económica que necesita el Parasol. La situación, no obstante, parecía salvable para el PSOE. ¿Cómo? Con el voto de calidad de Monteseirín. Sin IU, PSOE y PP empatan en votos. La ley permite, en dicha coyuntura, asignar la victoria en todas las votaciones al gobierno local. Se trata de una prerrogativa (de gobernabilidad) excepcional.

La estrategia era ésta. Requería únicamente coordinación: los 15 ediles del PSOE con derecho a votar debían estar en el salón de Plenos al aplicarla. Ayer faltó uno de ellos: Rosamar Prieto, la presidenta del máximo órgano de gobierno del Consistorio, que se encontraba de romería. Resultado: sin Prieto y con IU en contra, la votación del punto iba a ganarla –en contra de la posición del gobierno municipal– Zoido, que sí tenía a sus 15 ediles en el Salón Colón. Al alcalde no le quedó más remedio que retirar la propuesta y tratar de disimular. El enfado de Monteseirín, en todo caso, según cuentan algunos ediles, es más que considerable.

¿Y ahora? La solución de urgencia consiste en esperar una semana más para volver a iniciar el proceso. Urbanismo anunció ayer –obviando el episodio de haberse quedado sin mayoría política– que el modificado se aprobará el día 31 en un Pleno extraordinario. IU se abstendrá. La votación tendrá que ganarse con el recurso del voto de calidad. Si Rosamar no vuelve a faltar.

El informe jurídico

La asunción de responsabilidades políticas por el sobrecoste del Parasol es, sin embargo, el gran tema pendiente. Nadie quiere asumirlas. El informe jurídico del secretario, que confirma punto por punto todas las irregularidades –publicadas por este diario– que ha cometido el gobierno local en este proyecto, cuyo sobrecoste es ya como mínimo un 70% superior a la licitación oficial, es una buena muestra de que la cuestión puede llevarse políticamente por delante a más de uno. Y de dos. El máximo responsable jurídico del Consistorio cree que es necesario exigir responsabilidades. Su petición, sin embargo, vaga por el aire. Quien tendría que aplicarla quizás sea juez y parte.

Monteseirín lleva meses sin abrir la boca sobre este asunto. En Urbanismo continúan perdidos: el nuevo delegado, Manuel Rey, sigue viéndole cierta potencialidad turística al Parasol. Su antecesor, Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, admitió en su momento que la obra era “irrealizable”. Lo que no dijo es quién tomó la decisión de seguir con ella sin garantías, justo el factor que explicaría el sobrecoste de 40 millones de euros. ¿Qué ocurría en aquel entonces? ¿Celis soñaba con suceder al alcalde?

Algunos intentan señalar a Emilio Carrillo, edil de Urbanismo, a quien Monteseirín juró venganza eterna por apoyar a Viera en el congreso provincial del PSOE. Carrillo dimitió. Y lo cierto es que quien concibió el plan financiero del Parasol –el que ha costado entre 90 y 123 millones de euros– fue el entonces gerente de Urbanismo, Manuel Jesús Marchena. La responsabilidad política, en todo caso, estaría bastante repartida, suponiendo que la última palabra no la hubiera tenido Monteseirín. Misterio. Vayamos pues a los hechos. El gobierno local decidió construir el Parasol. Lo hizo libremente.

Ibsen dijo: “La libertad supone responsabilidad. Por eso la mayor parte de los hombres la temen tanto”.

La verdad, tan temida

Carlos Mármol | 15 de febrero de 2010 a las 13:05

Las ‘zonas oscuras’ del proceso de construcción del Parasol de la Encarnación ilustran a la perfección uno de los vicios del gobierno municipal: intentar que aparezca como cierto lo que no es más que media verdad.

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QUIERE la casualidad y el calendario, que a veces juega malas pasadas, que ahora que termina el Carnaval y comienza la Cuaresma, periodo que en Sevilla se vive de forma extrema, coincidan en el tiempo la visita de Albert Boadella –que estrena en el Lope de Vega la nueva obra de Els Joglars– y el ritual que reitera –en esta ciudad sin criterio y, sin embargo, tan llena de dogmas– la verdad incómoda que Miguel de Mañara dejó dicha, recogiendo la larga tradición clásica, en su célebre Discurso de la Verdad: no hay nada más real que la mortaja. Tremenda máxima, propia del barroco. Tan terrible como cierta.

Boadella, que ironiza siempre con el hecho de que la hipocresía sea uno de los grandes “avances” de la civilización, igual que Walter Benjamin decía que “quien cuida los modales pero rechaza la mentira se asemeja a alguien que se viste a la moda pero olvida llevar la camisa”, sabe que la honestidad radical es asunto peligroso. Nadie aspira a tan elevada condición, que es la de la plena libertad verbal. Aunque a decir verdad en este mundo de simulacros ciertas gotas de sinceridad en ocasiones ayudan a acostarse tranquilo.

Las medias verdades

En los países anglosajones la mentira tiene un coste político notable. Aquí en el Mediodía, donde habitamos, o lo intentamos, ocurre al revés: se da por supuesto que cualquier gobernante cuenta ficciones –y no siempre buenas, aunque ellos se empeñen en presentarlas de tal guisa– para evitar decirnos la verdad. Probablemente porque piensan que si la supiéramos el teatro social se terminaría y ellos no durarían ni dos días.

Pero ¿qué ocurre cuando lo que se cuenta no es del todo mentira, sino sencillamente media verdad? ¿No es peor que mentir? Ocultar la realidad es siempre un ejercicio íntimo. Cada uno elige su particular manera de engañarse. Lo que resulta evidente es que quien trata de ocultar algo no lo hace sólo por educación y sentido del civismo, como sarcásticamente decía el director de Els Joglars, sino porque trata de camuflar una inseguridad. Vista así, la mentira política tiene algo de ingenuidad, incluso de ternura. La tentación de mentir es tan grande y cómoda que con frecuencia acostumbra a olvidarse que en el juego democrático un político puede –algunos piensan que incluso debe– mentir, lo único que sucede es que, si es cazado, no le queda más salida que admitirlo, aceptarlo y hacer acto de contricción. En eso consisten las cosas.

El problema surge cuando no se quieren respetar estas reglas básicas. Cuando, presos del apuro de verse expuestos de forma nada edificante ante los demás, quiere torcerse el cuello a la verdad. Aplastar al que habla. Cortarle el dedo al que señala. Mucho de esto ha ocurrido en los últimos tiempos en Sevilla, aunque probablemente tal situación sea cosa de siempre. El poder no sólo quiere mandar, sino cincelar la imagen que los ciudadanos tienen de la realidad. Bien es sabido: el mejor poder siempre es invisible. Y éste requiere forzosamente que la grey –por usar la terminología eclesiástica– piense justo como sea más cómodo. La libertad individual siempre resulta un obstáculo.

En el diccionario esta conducta tiene un nombre concreto. No vamos a mencionarlo por ser educados. Pero basta mirar para encontrar esta semilla por doquier. Un ejemplo obvio es el episodio de la construcción del Parasol de la Encarnación. En este proyecto confluyen toda una serie de elementos susceptibles de convertirlo, si no lo es ya, en símbolo de una manera de gobernar la ciudad.

“Es amarga la verdad”

Las setas han sido en los últimos cinco años objeto de una honda polémica ciudadana en relación a su –supuesto– encaje en una urbe, aparentemente, tan refractaria a los cambios como es Sevilla. En la apuesta municipal por hacer teórica vanguardia arquitectónica en la ciudad histórica quizás había una buena intención previa. ¿Quién lo duda? Pero lo cierto es que, un lustro después de su inicio, si se profundiza en cómo se ha gestionado la cuestión, no puede sino concluirse que la eficacia es algo que en la Plaza Nueva no se ve por ningún lado, dicho sea, por otra parte, sin ánimo de ofender. Son hechos.

Entretenidos con el usual debate estético, tan querido a los sevillanos, que esbozan una teoría sobre cómo debe ser –o es– la verdadera Sevilla, que siempre es la suya y nunca la ajena, la ciudad desconocía los meandros y agujeros negros por los que ha discurrido el novelón del Parasol, cuyo coste para las arcas públicas asustaría a cualquiera que tenga un mínimo sentido de las cosas. E incluso sin él. “Es amarga la verdad/quiero echarla de la boca”, escribía Francisco de Quevedo. Si fuera cierto tal verso, habría que concluir que en el gobierno local hay quien tiene un marcado gusto por lo agrio, pues en este asunto no se ha hecho más que callar cuando había que haber hablado (en mayo de 2007), y hablar a medias cuando, sencillamente, bastaba con decir la verdad. En este punto radica toda la cuestión: ¿Pueden afrontar la realidad o seguirán aniquilando y sin escuchar a quien se atreve a decir que el rey está desnudo?

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Hechos ciertos y frases cortas

Carlos Mármol | 27 de enero de 2010 a las 13:51

El estancamiento por falta de financiación de las obras del complejo comercial Metropol Parasol de la plaza de la Encarnación corre el riesgo de convertirse en símbolo involuntario de la gestión de PSOE e IU.

LEVI-STRAUSS, el antropólogo francés que murió hace sólo unos meses, autor, entre otros, del célebre ensayo sobre la tristeza de los trópicos, ese mítico territorio de la utopía que ahora lo es también del horror infinito, dejó dicho que, en ocasiones, para derrocar al poder no es necesario contar más que una buena frase corta. Con eso basta. No siempre ocurre. Pero es bueno saberlo. Sobre todo para algunos de quienes nos dedicamos a escribir.

Claro que también puede suceder que el poder no sepa leer. Mejor dicho: que el gobierno, cualquiera que éste sea, lea y en realidad no se entere del rastro que señala su propia mirada. O que, como sucede en Sevilla, el poder (local), en lugar de temblar ante una frase ingeniosa –como, según Neruda, temblaría un notario ante un lirio cortado– se empeñe en perseverar en el ejercicio de suicidarse. En estos casos una frase certera se hace del todo innecesaria. No hay nada que decir. Los hechos hablan por sí mismos. Basta sencillamente con observar.

Cuestión de evidencias

En Sevilla esto es justo lo que, en cierto sentido, está ocurriendo. Se escribe y se discute mucho sobre la gestión del gobierno municipal (PSOE-IU), probablemente más que en otras épocas y con equipos de gobiernos anteriores. Pero, con independencia de las opiniones de cada cual, resulta muy obvio que, al margen de lo que cada uno diga o piense, existen una serie de evidencias empíricas que marcan una tendencia.

Por ejemplo: cualquier ciudadano que haya paseado durante los últimos meses por el entorno la plaza de la Encarnación se habrá dado cuenta de que las obras del Metropol Parasol no avanzan. Es un hecho. No una opinión. Si el ciudadano en cuestión tiene además la costumbre de ser lector de periódicos probablemente recordará haber leído que en el lustro largo de ejecución que lleva consumido el rutilante proyecto diseñado por el arquitecto berlinés Jürgen Mayer se han incumplido ya hasta cuatro plazos distintos. A este respecto también hay muy poco que añadir. Ni la propaganda, oficial tan habitual, ni los comentarios jocosos aportan demasiado. El Parasol se encuentra completamente encallado. No navega.

Ningún gobierno pierde del poder por cometer errores al ejecutar una obra, incluso aunque pudieran ser mayúsculos. No será tampoco éste el caso. Lo que sí parece probable, incluso muy posible a tenor de lo que se ha visto a lo largo de la última semana, es que la coalición PSOE-IU pase a la historia de la ciudad por operaciones urbanísticas tan singulares como la de la Encarnación. Remodelaciones urbanas que una buena parte de la población no entiende –por criterios estéticos, esencialmente– y que, además, se abordan con un coste económico desmesurado en relación al supuesto beneficio que generan. Igual que el tranvía.

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Con la Encarnación el debate no ha salido casi nunca de los mismos raíles: estética, patrimonio, adecuación paisajística, nociones de escala. Las setas de Jürgen Mayer, si llegan a existir, provocarán alergia en algunos y devoción en otros. Serán uno de esos asuntos en los que Sevilla se divide de nuevo en dos bandos: los defensores de lo tradicional y los amantes de lo nuevo. Sin término medio. Las setas están llamadas a ser una especie de símbolo. Un icono a partir del cual cada uno articulará un pensamiento –generalmente único– sobre la ciudad. Algo tremendamente peligroso en caso de no acertar en su elección o no ser capaz de culminar en tiempo, plazo y coste su ejecución.

El talón financiero

La paradoja, sin embargo, es que la razón real por la que esta obra, tan polémica, ha entrado en crisis no es su concepción estética, sino su vertiente económica. Detrás de los discursos sobre el buen gusto casi siempre existe una motivación de índole financiera. No falla. El gran error político del Parasol no radica tanto en el que le achacan sus detractores –su impacto sobre la Sevilla histórica–, sino en su modelo financiero. Justo aquello que durante un lustro de obras ha pretendido camuflarse, al ser el verdadero bosque, bajo el inmenso árbol de la estructura de madera que no llega.

El Parasol no es un aderezo o un capricho. No es sólo un artefacto. Es un negocio. Un negocio que se basa –como dice el pliego de condiciones con el que se adjudicó su construcción– en hacer un “edificio” cuya explotación comercial se delega en una empresa constructora a la que se le dan 25 millones de euros a fondo perdido para que le cuadren las cuentas. La plaza de la Encarnación se privatizó de un día para otro sin consultar a nadie. Por decreto. Ésa es la única verdad.

Y cualquiera puede preguntarse: ¿Para qué, si al final la obra va a tener que terminarse con más fondos públicos?

Es una buena pregunta que nadie va a contestar. Cinco años después de culminada esta decisión y comenzados los trabajos del inmenso Parasol, ni los restos arqueológicos se han restituido a su sitio, ni el mercado de abastos se ha inaugurado, ni las hipotéticas cuentas perfectas cuadran. De hecho, están tan abiertas que ni se sabe cuánto terminará costanto la broma. Es un hecho. No una opinión. Mejor que cualquier frase corta.