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La diabólica encrucijada de IU

Carlos Mármol | 28 de marzo de 2012 a las 6:05

La coalición de izquierdas se enfrenta a la cohabitación con el PSOE con el nefasto antecedente del PA, que salió del Parlamento tras sostener a los socialistas. IU quiere centrar el pacto en la lucha contra la corrupción.

Hay pactos que te salvan y otros que te hunden. Matrimonios que te mejoran o te destruyen. Las alianzas pueden ser vínculos de pura conveniencia o acuerdos sinceros. Casi ninguno es neutro. Izquierda Unida, tercera fuerza política de Andalucía, principal vencedora moral de las elecciones del pasado domingo, tiene por delante un folio en blanco. El previsible acuerdo con los socialistas para armar una mayoría capaz de gobernar la región no será nada fácil pero –salvo sorpresa mayúscula– terminará por rubricarse. Nadie lo pone en duda. Otra cuestión son sus bondades: los efectos concretos que tenga para la ciudadanía y para esta organización que, salvo coyunturas políticas muy determinadas, siempre ha jugado un papel necesario pero objetivamente secundario en el mapa político de Andalucía.

Precisamente el debate interno abierto ahora en IU consiste en cómo salvar esta cuestión: ¿pactar con el PSOE beneficia o perjudica? Como casi siempre en política, igual que en la vida, la pregunta no tiene una respuesta única. Depende. Fundamentalmente de los motivos reales merced a los cuales se suscriba dicho acuerdo. La duda no es mala –demuestra que los cargos no son el fin único– pero no puede ser eterna. Ni recurrente. Y sobre todo: debe permitir a la coalición encontrar un difícil equilibrio entre lo principal y lo secundario. De saber distinguir bien ambas cuestiones depende el éxito de la coalición con el PSOE y, igual de importante para ellos, el futuro inmediato de su organización.

El PA: el antecedente

Hay quien en IU está agitando desde hace tiempo el fantasma de lo que le ocurrió a los andalucistas cuando ayudaron a sostener a los socialistas en la Junta. Que esta discusión responda a un convencimiento mayoritario entre sus bases o sea la consecuencia de un mero afán de protagonismo personal es ya otro cantar. Lo cierto es que el PA, que gobernó con el PSOE durante dos legislaturas seguidas –1996/2004–, salió bastante mal parado de la experiencia. Terminó fuera de la cámara andaluza. Así sigue: como una fuerza residual, sin apoyo electoral ni muchos visos de futuro. Realmente con este antecedente es para pensárselo. El éxito en política puede tornarse fracaso con demasiada facilidad. Que se lo pregunten a Arenas.

El modelo de pacto político que los socialistas y los andalucistas suscribieron durante la V y VI legislatura andaluza –tras la etapa de la pinza, que castigó especialmente a IU– se basaba en un principio simple y pragmático: votos (en el Parlamento) a cambio de consejerías, presupuesto, cargos de confianza, poder formal. Nunca hubo un principio programático común ni una coincidencia real de objetivos más allá que mantener una estabilidad que para Chaves –entonces en San Telmo– se había convertido en una obsesión.

Los andalucistas, con 4 y 5 diputados respectivamente, dirigieron dos consejerías y media –la dirección de Relaciones Institucionales se engordó para cubrir sus necesidades– durante ocho años. Se sentaron en el consejo de gobierno con una representación electoral que ni en el mejor de los casos pasaba del 7,53% del electorado. Un éxito relativo fruto del enorme sentido de la ocasión que siempre caracterizó la carrera política de Alejandro Rojas Marcos.

Si se hiciera una traslación con los criterios de entonces en función de la representación actual de IU, el resultado sería que los socialistas tendrían que cederle a la coalición de izquierdas entre cuatro y seis consejerías. Dependiendo de si la regla de tres se hace en base al respaldo electoral –IU tiene el 11,30 de los votos en Andalucía– o al número exacto de diputados (12). Incluso si sólo se tuvieran en cuenta los escaños que el PSOE necesita de IU para tener la mayoría de la cámara –ocho– la cuenta no bajaría de las seis carteras de gobierno. ¿Demasiada cuota en un futuro gobierno que forzosamente tendrá que ser reducido?

La situación actual no es tan simple. Tampoco el punto de partida de IU es el mismo del PA: la coalición de izquierdas es una organización más longeva que los andalucistas, que prácticamente fueron una franquicia política abierta a cualquier alianza, y sus resultados en las autonómicas son mejores. Han pasado de ser un aderezo a convertirse en el centro del mapa político. Un éxito, sí, pero también una hoja de dos filos.

El análisis, sin embargo, adopta otro prisma diferente si se tiene en cuenta que, con independencia de lo que resulte del obligado proceso de debate interno (el voto de las bases), el punto inicial de negociación de la organización que lidera Diego Valderas no son los cargos –eso, al menos, dicen– sino las políticas. El programa. Los proyectos. Uno de los clásicos mensajes de la coalición desde los tiempos de Anguita.

Claro que esta tesis del programa es relativa. El corpus ideológico de IU es prolijo –sus programas suelen ser libros, lejos de los folletos de otros partidos– aunque Valderas ya ha resumido casi todo lo básico en un contrato –con notario incluido– que ha puesto a disposición de aquellas fuerzas políticas que reclamen su colaboración parlamentaria. Hasta ahora el único mensaje ha sido que IU contribuirá a que se investigue el caso de los ERE irregulares y será beligerante frente a la corrupción.

Los socialistas, que desde la misma noche electoral ya contaban como propios los votos de la coalición –una costumbre fruto del paternalismo con el que el PSOE siempre ha concebido sus relaciones con IU–, barajan distintas fórmulas de colaboración. Todas son superficiales: la presidencia del Parlamento, un número indeterminado de consejerías menores y algún que otro gesto que permita a Izquierda Unida marcar el acento de la nueva etapa. Poco más. ¿Es suficiente? Se verá.

Lo cierto es que la coalición de izquierdas tiene por delante una oportunidad histórica si es capaz de impulsar –en el tiempo– la génesis de un proceso de regeneración democrática más que necesario en la política andaluza. Algo que debería plasmarse en un nuevo sistema parlamentario de control sobre las políticas de la Junta –una especie de comité bicolor– y otras fórmulas jurídicas para que el sistema autonómico genere sus propias defensas ante la corrupción. No basta con comisiones de investigación. Es preciso un instrumento parlamentario válido para definir las responsabilidades políticas –con independencia de las judiciales– en los casos de irregularidades. Mecanismos que impidan que ciertos usos y costumbres de treinta años de gobierno socialista terminen contaminándoles.

La vía reformista

Las opciones de IU pasan más por el reformismo –en el contexto andaluz sería prácticamente una revolución de terciopelo– que por la desfasada vía revolucionaria, entendida ésta como la reivindicación de ciertas cuestiones históricas discutibles y muy superadas por el tiempo. Si IU es capaz, como ha hecho internamente el movimiento civil del 15-M, de pactar con los socialistas un decálogo de acuerdos mínimos para un verdadero impulso democrático y de transparencia –aceptable por las clases medias– estarían logrando un doble objetivo: mejorar la democracia, un bien de todos, no partidario, y al mismo tiempo desmontar con hechos reales la previsible caricatura con la que –no hay que dudarlo– el mundo sociológico del PP en Andalucía va a iniciar ya una operación a largo plazo para desgastar a la coalición autonómica PSOE-IU antes incluso de empezar a gobernar.

El gran problema, visto desde su orilla, no es tanto la relación con los socialistas. Es la incógnita de si en la coalición existe una conciencia real sobre los peligros de la cohabitación. IU tiene su gran talón de Aquiles en su tobillo: los sectores que, como ya se vió en el caso del Ayuntamiento de Sevilla, gobiernan más en función de una patológica necesidad de reafirmación ideológica –innecesaria, y que no crea más que conflictos– que con sentido común. No se trata de renunciar a la ideología, que en democracia es tan lícita como la del PP. Se trata sencillamente de distinguir cuáles son las verdaderas prioridades sociales, más allá de las partidarias. ¿La reforma agraria, un clásico de la autonomía, o la creación de empleo? ¿Que los ciudadanos vuelvan a confiar en la democracia o los sillones?

El inesperado rédito electoral no debería nublarles la vista: un respaldo del 11,3%, con independencia de su importancia estratégica (fruto del contexto, que cambiará sin remedio), no parece ser aval suficiente para imponer determinadas políticas a toda la sociedad. En cambio, sí parece útil para poder impulsar una renovación tan urgente como necesaria. De ellos depende. Tanto su éxito como su fracaso.

El búnker de la ‘Sevilla interior’

Carlos Mármol | 22 de noviembre de 2011 a las 6:05

El PSOE resiste la ‘marea azul’ gracias a los ‘municipios agrarios’ y al frenazo del PP en ciertas zonas de la capital · Sevilla situará en marzo en las Cinco Llagas al 16% de los diputados · La absoluta de Arenas depende de Sevilla.

La batalla entre PSOE y PP para conquistar el palacio de San Telmo, sede de la presidencia de la Junta de Andalucía, será una guerra de guerrillas. Cruenta y diminuta. Constante y sin respiro. Durará justo cuatro meses. Serán terribles para ambas organizaciones políticas. Los más difíciles de las últimas décadas.

A pesar de que los resultados electorales del pasado 20-N otorgan ya, en una extrapolación hipotética, una victoria clara en las próximas autonómicas a Javier Arenas, que hace sólo cinco meses logró hacerse con todas las grandes alcaldías regionales, el mapa político que los comicios generales dejaron ayer dibujado no es todo lo diáfano que se esperaba en la sala de máquinas del PP. Siendo bueno, en realidad digamos que “no es excelente”.

¿Cómo se explicaría esta aparente contradicción? Por una simple cuestión de expectativa. Quien espera lograr todo ya tiende a creer escasa la ganancia inmediata. Probablemente porque, en realidad, no deja de pensar todo el rato en conseguir el tesoro completo.

El vuelco electoral en Andalucía parece haberse producido en el sentido que auguraban todas las encuestas –el PP ha superado al PP por casi nueve puntos– pero el cambio que pregona el líder regional del partido conservador todavía no está consolidado por completo. La razón más evidente: los resultados en Sevilla siguen siendo una completa anomalía dentro de un contexto político en el que la marea azul de los populares es general. Casi completa.

Este factor –la pálida resistencia de los socialistas sevillanos, convertidos en los últimos galos frente a los romanos– quiebra la rotundidad de la supuesta victoria popular en los comicios de marzo. No permite respirar con tranquilidad al PP regional, que tiene su gran objetivo a la vista pero no cuenta con la certeza completa de poder lograrlo. Cosa que explicaría la “humildad” con la que Arenas salió del colegio electoral el pasado domingo o que el protagonismo de la noche electoral se centrase más en Juan Ignacio Zoido, el alcalde de la capital, que en otros referentes populares.

Vayamos al contexto para entender el drama: el PP ha sacado una diferencia ofensiva –entre 15 y 25 puntos– en algunas circunscripciones como Castilla-La Mancha o Madrid al PSOE. Literalmente ha aplastado a los socialistas, que en muchos de estos territorios venían haciendo un discurso alertando de los recortes que piensa aplicar el PP a su llegada a la Moncloa.

En Sevilla, además de esta misma situación favorable al partido de Arenas (lo que podríamos llamar la ola), hay un elemento extra:el escándalo por la trama de financiación irregular vinculado a los ERES. Una flecha directa al corazón de la Junta, tocada además por el agrio conflicto provocado por la reforma de la función pública en Andalucía.

¿Deberían estos dos factores haber precipitado un vuelco completo a la situación política en Andalucía el 20-N? En el PP creen que sí. De ahí que, pese a que la victoria esté al alcance de la mano y los datos electorales sean objetivamente muy buenos, la singularidad sevillana haya dejado en el partido conservador una cierta sensación de desencanto, quizás difícil de digerir pero natural. El trofeo no está ganado. Ni mucho menos.

Esta reflexión, al menos, ha sido la predominante en el seno de la organización popular en Sevilla, que es la única de España que no logra vencer todavía al PSOE en esta provincia. Uno de sus dirigentes más sólidos lo expresaba buscando una lectura positiva: “La insatisfacción, en realidad, nos va a venir muy bien precisamente ahora:evitará los excesos e impedirá que nos confiemos. El escenario político global –la rotunda victoria de Rajoy– nos ayuda, el deterioro de la situación económica seguirá siendo durante un buen tiempo parte de la herencia recibida y las zonas que se nos resisten están muy acotadas. Si no nos equivocamos, la mayoría absoluta caerá por su propio peso, pero tenemos que trabajar”. Brillante.

Es cierto. El PSOE aguantó el vendaval –perdiendo miles de votos, es verdad– gracias al tirón de Alfonso Guerra, número uno de su candidatura, y a su agenda de trabajo, opuesta radicalmente a la del aspirante del PP, Cristóbal Montoro. Mientras el hipotético ministro de Hacienda –Rajoy tiene en esto la última palabra– se paseaba por foros sociales como el de Gaesco –inmobiliario– el histórico dirigente socialista se iba a las diminutas localidades de la Sevilla agraria, donde el análisis previo del PSOE señalaba que había que taponar como fuera la sangría general de votos. Guerra ha trabajado fundamentalmente en el búnker socialista de la Sevilla interior. Pequeños pueblos, contacto directo con los electores, encuentros, mítines de arte menor. Pueblos y barrios. Lo más duro. También lo más esencial: hacía falta movilizar a los votantes socialistas más fieles, que, a tenor de lo visto el domingo, cada vez son menos.

La estrategia les ha funcionado. Hasta el punto de que a pesar de la intensísima huida de votantes –una tendencia general en España y en Andalucía, donde el importante crecimiento de IU y UPyD es la prueba de la migración de los votantes socialistas– la bandera del PSOE sigue ondeando en Sevilla. Junto a Barcelona, la patria sentimental de los irreductibles del PSOE. ¿Durante cuánto tiempo?

Los 33.000 votos que dieron el triunfo a Guerra sobre Montoro están en la Sevilla agraria. Pero no únicamente. También los hay en ciertos distritos de la capital hispalense, donde aunque el PPha vuelto a ganar tras el éxito de las recientes municipales las cosas no son ya tan idílicas como hace cinco meses.

El PP, que en los comicios locales redujo a dos puntos la distancia con los socialistas en el ámbito provincial, esperaba lograr la supremacía total en las generales aunque fuera por un solo punto. Las vías de ataque de su infantería –los alcaldes y los candidatos– se centraron en el Aljarafe (Tomares, Espartinas), en las ciudades medias (Dos Hermanas y Alcalá de Guadaíra, donde le han faltado sólo 500 votos para ganar) y en el segundo cinturón metropolitano.

Han crecido mucho, pero de forma insuficiente. La diferencia socialista, escasa pero vital, nace de la fidelidad de los votantes de los pueblos y de la táctica adoptada en Sevilla capital, donde los socialistas han movilizado –según sus cálculos– 40.000 votos más en relación al escenario político más reciente. El pasado mes de mayo. En Luis Montoto son categóricos:“con 20.000 votos más hubiéramos logrado un séptimo diputado”.

Lo cierto es que la distancia máxima lograda por Zoido en las municipales –67.000 votos– ha menguado a la mitad. El PP sigue por encima, pero con una horquilla menor. Un movimiento leve, pero significativo, por haberse conseguido en sólo cinco meses de gestión municipal. Y con un escenario general totalmente contrario al PSOE. Si el dato se pone en relación con la diferencia provincial entre PSOE y PP, estos votos tienen una importancia superior a su número: vienen a ser la diferencia entre el hundimiento o la resistencia numantina. El todo o la nada.

¿Dónde están estas bolsas electorales? Donde siempre: Cerro-Amate, Sevilla Este, Alcosa y Torreblanca, Sur, Macarena y Norte. Los graneros urbanos. La otra Sevilla interior que en mayo impuso un duro castigo a los socialistas. En el PP se admite que en el caso de la capital, sin dar pasos atrás, quizás no se han dado más hacia adelante. Algo que estaría indirectamente relacionado con la singular gestión del gobierno local, ya que los comicios generales se han presentado como un plebiscito entre las reformas (en realidad recortes) de Rajoy o el caos económico del PSOE.

La batalla de las generales, de cualquier forma, es pasado. Todo gira ya en dirección a marzo. La guerra de San Telmo. Sevilla es el último feudo que se le resiste al PP en Andalucía. Y su importancia no es sólo simbólica:el 16% de los diputados del Parlamento andaluz son los de la circunscripción sevillana. Dieciocho representantes en la cámara de las Cinco Llagas de cuya distribución final depende la hipotética mayoría absoluta de Arenas.

El viento juega a favor del PP: los comicios autonómicos suelen tener un índice de participación inferior a los generales –cosa que perjudicaría a los socialistas– y en relación a 2008 el PSOEde Sevilla ha perdido ya más de 13 puntos. Suficiente quebranto para salir a pelear fuera del búnker. A muerte.