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Un drama shakesperiano

Carlos Mármol | 8 de abril de 2012 a las 6:07

Sevilla recibe la misma semana dos pésimas noticias: el desempleo subió casi un 12% en apenas un año y el marco presupuestario estatal consuma el descenso de las inversiones públicas, que han caído hasta un 63% en un lustro.

Monteseirín nos prometió hace algunos años el sueño del pleno empleo para 2012. Zoido, alcalde desde hace nueve meses, el bíblico milagro imposible de multiplicar los panes y los peces. Ni uno ni otro acertaron. El año en curso ha superado ya el hito de su primer trimestre de vida sin dar señales de desfallecer en su tarea de hacer brotar el pesimismo por doquier. La profecía va camino de cumplirse antes de tiempo. Sin esperar al ecuador del calendario: 2012 será bastante peor que el nefasto año pasado, cuando los optimistas –que cada vez son menos– todavía hablaban de los míticos brotes verdes, tornados acaso en azules tras el intenso carrusel electoral de los últimos doce meses.

En este tiempo hemos votado tres veces en diez meses. Hemos cambiado al alcalde, al presidente del Gobierno y, de forma acaso singular, hasta se diría que llamativa, hemos fijado las condiciones para ensayar un nuevo statu quo político en Andalucía: el cambio inverso, la combinación que casi nadie esperaba, el singular pacto de gobierno entre los socialistas y la izquierda. En el fondo, en realidad, no hemos alterado casi nada la cuestión esencial, de fondo: las perspectivas para una recuperación económica continúan siendo escasas, inexistentes y virtuales. Ya ni siquiera se puede entonar un discurso en el que aparezca la palabra futuro. Se recibe como una cruel broma del destino.

Pareciera que votar sólo sirve para cambiar el reparto de los actores del cuadro de comedias sin que el libreto que se representa se modifique ni un ápice, salvo para llegar al nudo de la trama, justo cuando el sainete se transforma en tragedia y se hace verdad la gran frase de Shakespeare: “La vida no es más que una sombra en marcha; un mal actor que se pavonea y se agita una hora en el escenario y después no vuelve a saberse nada de él. Es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no significa nada”.

Una sangría social

Ni siquiera la fuerza de la costumbre nos permite escapar de esta sensación, similar a ir caminando por las calles con la ropa empapada. Los datos oficiales del paro, que esta semana han sido el preámbulo de un largo rosario de malas noticias, confirman que el panorama económico de Sevilla no tiene visos de cambiar, por muchas reformas que anuncie el nuevo poder político, muy molesto, más que con esta crisis de vocación perpetua, con el inconveniente de la erosión –inevitable y creciente– que supone tener que decidir. Y, además, con el serio imprevisto de la cruenta etapa de confrontación política que se abre entre Andalucía y Madrid.

Esta pugna va a marcar la agenda pública de los próximos años. Sin duda. Pero mientras nuestros representantes públicos continúan jugando a sus batallitas particulares y planean sus golpes de efecto –San Telmo contra la Moncloa, Génova contra San Vicente– las estadísticas reiteran que todo esto no sirve absolutamente de nada: en el último año, mientras la prioridad única de las fuerzas políticas han sido las constantes citas electorales, el paro ha escalado casi un 12% en la provincia, situándose por encima de los registros anteriores. Sevilla tiene 25.000 personas más en las listas del Inem –cuya privatización parece inminente ante la falta de resultados para cumplir con su objeto social– que hace sólo doce meses. Hasta 81.000 familias viven –se dice pronto– sin ingresos regulares. Llevamos ocho meses sin tregua en los que la inmisericorde noticia del desempleo constante condiciona vida y haciendas hasta teñir de negro todo el horizonte.

Resulta hasta lógico que el ambiente reinante sea de profunda depresión. La reciente encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) es como un parte del psicólogo. Los ciudadanos no ven luz al final del túnel. De hecho, ni ven la luz ni existe el túnel. Todo está fundido en negro. La situación se expresa, como todos los quebrantos, a través de una ecuación matemática, numérica. Un lenguaje extraño que siempre porta malas noticias. La crisis es económica, sí, pero también moral, ética, anímica.

Un ejemplo: junto al paro y a la degradación del tejido económico de Sevilla, las otras dos cuestiones que la sociedad percibe como preocupantes son los fraudes, la corrupción –el pan nuestro de cada día, sin diferenciaciones de signo político:los pecados no tienen ideología– y el propio comportamiento de la clase política. En teoría, son nuestros representantes. En la práctica, a juzgar por el cuadro que dibuja el CIS, nadie los considera así. Sencillamente aparecen como una casta ensimismada en sus juegos de posición, las ceremonias asociadas a la vanidad y el perpetuo veneno del poder.

Probablemente la crisis anímica –del alma, que dirían los clásicos– sea más profunda que la que atañe a la hacienda patria. Acaso por aquello que dejó escrito el autor de los Sonetos: “Un hombre que no se alimenta de sus sueños, envejece pronto”. Llevamos cinco años postrados en el diván, pero parece casi una década de cadenas, que son nuestras deudas morales y económicas. Porque si hay algo de lo que podamos estar seguros en esta vida –puede que incluso en la eterna, si es que existe– es que los débitos contraídos se cobran, con sangre, sudor y lágrimas. Siempre se abonan: hasta en libras en carne, si hiciera falta. Sangrienta forma de interés que reclamaba el prestamista judío Shylock en El Mercader de Venecia. De nuevo, Shakespeare: el gran dramatugo del teatro isabelino inglés, tan eterno como sucesivas son las tragedias humanas. El padre de la eterna duda ontológica que atenaza al ser humano.

Los presupuestos

Las dudas nacen de la incertidumbre vital y social. En cierto sentido, son síntoma de inteligencia. Quizás esta crisis nos haga –a la larga– mucho más sabios, al tiempo que pesimistas, pero lo que es indudable es que nos ha hecho ya mucho más pobres, frágiles y dependientes. Sevilla, que a lo largo de su historia no ha sido nunca capaz de entender que su verdadero porvenir depende esencialmente de sí misma, no de los demás, se ha quedado este año con una cuota casi testimonial en el exiguo reparto de los presupuestos generales del Estado. Desde que comenzó el final del mundo –2007– las inversiones del Gobierno central en la provincia han caído hasta un 63%. Sin contar el déficit inversor acumulado en los últimos diez años.

Los socialistas, que fueron los dueños de la tijera hasta el pasado año, y que la utilizaron sin reparos, ponen estos días el grito en el cielo acusando al PP de incumplir el estatuto de autonomía –que fijaba un umbral de inversión en base a la población– y condenar a esta tierra al desastre económico. El PP sevillano no abre la boca. Ni siquiera Zoido, que vive con asombrosa intensidad el eterno bucle melancólico de esta Semana Santa lluviosa, quebrada e interminente. Elocuente silencio.

Los socialistas tienen razón en una cosa: sin inversiones la recuperación es imposible. Aunque habría que preguntarse qué vale más: si un estatuto de autonomía votado por una minoría de ciudadanos –recuérdese la participación que tuvo la consulta del referendum estatutario– o un contrato con un banco. En la vida ocurre lo mismo: la hipoteca es un vínculo mucho más sólido que cualquier acta matrimonial, sea ésta religiosa o civil. Estamos unidos por nuestras deudas, no por nuestros sueños. Y éste es el gran problema.

Dejémonos de lírica. El estatuto quizás sea –vamos a ser generosos y a aceptar la mayor– el sueño de la Andalucía oficial. No es, sin embargo, la realidad en la que intenta sobrevivir la Andalucía real, presa de las deudas, el paro y la desesperanza. Shakespeare decía que somos el tejido de nuestros sueños. En Sevilla hace tiempo que ya ni siquiera soñamos, sólo sesteamos.

Los pies en el suelo

Carlos Mármol | 11 de diciembre de 2011 a las 6:05

Sevilla tendrá que enfrentarse tras la celebración de la Copa Davis y la Navidad a la angustiosa realidad social de 87.000 familias sin ingresos regulares y a un incremento interanual del desempleo de casi un 9%.

El fin nos devuelve de nuevo al principio. En nuestro caso, nos deja en un recodo del camino. Igual que a Sísifo. Los últimos compases del año, que va camino de su término, igual que los ríos, y Sevilla existe sencillamente porque era un punto estratégico junto a un secular cauce de agua, nos legan imágenes vidriosas. A pesar de todos los espejismos, tan comunes en tiempos de zozobra, en los que los asideros se inventan si no se divisan con facilidad, la realidad circundante sigue siendo cruda. Y no se avista el cielo despejado en el horizonte.

Tras la celebración de la final de la Copa Davis, de la que el gobierno municipal ha hecho bandera política propia (con notable éxito, según la lectura general), y la celebración (es un decir) de la Navidad, que suele disfrazar de falsa concordia los vicios del resto del año, la ciudad tendrá que enfrentarse en enero a su principal conflicto mayor. No se trata de un nuevo capítulo del eterno bucle sobre su propia identidad, de las luchas de poder entre sus clases dirigentes o de sus exaltaciones anuales, sino de una cifra: 87.000. Son las familias que, según los últimos datos oficiales, no cuentan ya con ingresos regulares. Gente normal a la que el cielo se le ha caído sobre los hombros.

El desempleo, el principal problema de España, ha marcado el resultado de las dos últimas convocatorias electorales (municipales y generales) y probablemente será el factor distorsionador de las inminentes autonómicas. Cosa que, paradójicamente, no ha provocado que los actuales responsables públicos (en especial en el caso de la ciudad, donde se produjo un explícito cambio de gobierno) lo asuman como su prioridad máxima. Casi la única.

Antes de nada, hemos elegido sacar pecho: organizar un evento deportivo internacional y mediático que, incluso con sus aparentes beneficios, y con independencia de los números definitivos, nunca estuvo en la agenda real de los votantes, sino más bien en la mente de los (nuevos) gobernantes. Pues bien: la fiesta, si es que alguna vez comenzó (para algunos lo ha sido más que para otros), ha terminado. Es tiempo de ponerse a trabajar en serio.

El incremento del paro sigue ahondando la decadencia (económica, pero también moral) de Sevilla y, frente a esta evidencia, de nada sirven las buenas palabras, ni las oraciones. Tampoco las bendiciones. Mandan los hechos. Y son ciertos: cerca de 18.000 personas han perdido su empleo en el último año 2011. Casi un 9% más que hace apenas doce meses.

No parece que haya motivos sólidos para celebrar nada, salvo la costumbre estacional de terminar el año con villancicos. A lo sumo, la única causa de alegría sería el hecho de estar todavía vivo, aunque, en el caso de cientos de sevillanos, dicho consuelo no evite la honda incertidumbre de ignorar realmente cuál será su porvenir, dadas las negras perspectivas laborales y económicas con las que se anuncia el próximo 2012.

El verdadero reto que Sevilla tiene por delante es mucho mayor que un simple torneo deportivo. Se agradecería por tanto que nos dejásemos de simulacros. Y nos concentremos en lo básico: salir del agujero negro. La tarea es enorme. No depende de una única persona, aunque algunos (en su beneficio inmediato) hayan querido plantearlo así en alguna ocasión, pensando que quizás los excesos pretéritos no lo atraparían en el presente inmediato. Nadie espera milagros. Simplemente necesitamos lo que los clásicos llamaban animus: un cierto espíritu. La intención sincera de situar esta cuestión en el primer lugar de la agenda política, dejando los ridículos golpes de efecto.

El mejor servicio que el actual gobierno local podría hacer a la ciudad sería acometer este viraje de forma urgente. Sin demoras. Primero, por un mínimo sentido de la coherencia: es lo que la gente votó en las municipales. Y segundo porque, aunque su gestión esté profundamente marcada por los intereses partidarios (el afán del PP de ganar las presidenciales de la Junta de Andalucía) un cambio de rumbo no le perjudicará. Más bien al contrario: ¿qué mejor discurso político puede haber que empezar a aplicar justo en Sevilla medidas políticas serias para poder reducir el desempleo?

Nuestro problema económico es estructural. De fondo. No puede salvarse en un par de días ni se somete a los tiempos que dicta la política gestual a la que tan dados son los políticos en estos tiempos. Es cierto. Pero de alguna manera hay que empezar. En eso consiste el cambio. ¿Qué mejor modo que abandonar las eternas declaraciones de intenciones, olvidar el vicio de los lemas y buscar la colaboración frente al agravio?

Un ayuntamiento, cualquiera, tiene medios muy relativos para enfrentarse a este problema, que en el caso de Sevilla es mucho más local que global. Aunque este factor no implica necesariamente renunciar (o desviar hacia otros ámbitos secundarios) el papel de referente político que juega cualquier alcalde. Sobre todo si cuenta, como es el caso de Juan Ignacio Zoido, con un respaldo democrático rotundo. Sin dudas.

Los próximos meses serán claves para poder consolidar o corregir las primeras impresiones, algunas de ellas inquietantes, que se han sucedido durante los primeros seis meses de gestión del nuevo ayuntamiento. Los ciudadanos reclaman soluciones a los problemas (especialmente en el terreno laboral) pero intuyo que no las quieren a cualquier precio. Quedarse sin trabajo no deja a nadie sin dignidad ni inteligencia. Y una ciudad nunca debe venderse al mejor postor. Inventos pasajeros además deberíamos empezar a ver pocos.

Las prioridades están claras desde hace mucho tiempo: hay que ayudar a las empresas sevillanas, pero para que logren sobrevivir y creen empleo en la medida de sus posibilidades, no para obtener de ellas patrocinios interesados. Hay que ayudar a los parados para que salgan del agujero y aprendan e intenten convertirse en autónomos. Hay que mejorar los trámites legales (sin violar las normas básicas), modernizar el consistorio e implicar a las dos universidades en una tarea de ciudad. Abrir una discusión sobre la educación. Salir al exterior. Buscar salidas.

Con todos estos frentes abiertos, no parece prudente, ni lógico, buscar atajos amparándose en el dramatismo de la situación. O inventar conflictos donde no existen para ganar réditos electorales a corto plazo. Sería pura miopía. Sevilla tiene una hoja de ruta expresa en lo que a su ordenación urbana se refiere (el PGOU) y cuenta con la opción de aprovechar su potencialidad económica con un nuevo Plan Estratégico.

Nuestro drama no es fruto de la falta de planificación, sino de la gestión que se estila por estos pagos. De eficacia. Los nuevos presupuestos municipales, que serán los primeros que redacte el PP, no van a ser boyantes. Se los espera regresivos. No solucionarán nada más allá de constatar ciertas voluntades y servir de pretexto para seguir culpando al gobierno anterior de todos los males. Un magro consuelo que, además, tiene fecha de caducidad. Es inminente.

El objetivo es otro. Hacer que Sevilla se mueva en una determinada dirección. Algo que no debería ser patrimonio de nadie, sino de todos, y que es la mayor responsabilidad política del gobierno local. Hasta ahora se han tomado decisiones involucionistas (Plan Centro) y se han pagado innecesarios peajes. Las cosas no están mejor. Digámoslo en positivo: hay que dejarse de una vez de confiar en los talismanes, que son cosas de los aprendices de brujo, y empezar a trabajar para ganar un futuro que, en nuestro caso, debe ser más bien presente.

Apuntes previos al derrumbe

Carlos Mármol | 6 de noviembre de 2011 a las 6:05

La campaña electoral de las generales comienza en la provincia de Sevilla con unas cifras de desempleo históricas y las dudas sobre si en esta ocasión el PSOE será capaz de resistir la creciente marea del PP.

Cinco meses después volvemos a empezar. Idéntico ceremonial. El mismo bucle electoral del que parece que no vamos a terminar de salir nunca. El viaje hacia las urnas tiene en esta ocasión aspecto infinito. Interminable. También es previsible: no esperen sorpresas. Los comicios generales del 20-N probablemente son los que menos emoción suscitan en el tablero de juego político e inmediato.

La victoria del PP se tiene por cosa ya descontada –las encuestas auguran una diferencia de hasta 15 puntos en relación a los socialistas– y todas las dudas (como si en realidad lo fueran) consisten en ponerle la lupa al programa de Rajoy para tener alguna base a partir de la cual poder atisbar el panorama venidero. Ejercicio inútil: los políticos, al convertirse en gobernantes, acostumbran a dejar sus promesas personales a un lado para –ya desde el poder– trabajar en su propia agenda. La suya.

En Sevilla ha ocurrido justo esto tras los últimos comicios locales, cuando Zoido llegó a la Alcaldía aupado por un alud de sufragios y una representación de veinte concejales. La mayor de la historia de la democracia. El respaldo electoral del alcalde fue abrumador, lo que daba a entender (a aquel que no obvie la evidencia) que los ciudadanos preferían una propuesta alejada de la grandeur de antaño y más ligada a la política doméstica. La gestión municipal. Lo que algunos neófitos en la materia llaman ahora la micropolítica.

El paso del tiempo, sin embargo, ha torcido el sendero original: el día a día municipal está siendo demasiado discreto y, salvo excepciones, todos los esfuerzos del nuevo equipo municipal siguen concentrados en los habituales golpes de imagen. No hay cambios de registro. El tono es monocorde. Acaso porque están pendientes de lo que suceda en primavera.

El prometido cambio de valores, que consiste en gobernar de otra forma, no con caras distintas, continúa aún por abordar. La incógnita es si este necesario tránsito llegará a producirse algún día. Esto es: si tras las elecciones autonómicas el PP se decidirá por fin a gobernar Sevilla (en lugar de achacar todo al pasado reciente) o seguirá durante cuatro años más concentrado en sacarle brillo a la Copa Davis.

Que las prioridades de la campaña –barrios, eficacia, soluciones, empleo, inversiones– han mutado es obvio. Basta abrir la web municipal [sevilla.org] para encontrar la mejor metáfora del cambio de perspectiva. El cuento del open goverment se guardó en un cajón:hay departamentos como Urbanismo cuya página electrónica es un verdadero monumento al desastre. De la web oficial ya sólo emerge, rutilante y brillante, la ensaladera, en la que el PP ha puesto extrañamente todo su predicamento (que era mucho) al mismo tiempo que Sevilla sufre una de las peores etapas de su historia reciente, que, a pesar de todas las apariencias, nunca fue muy dada a las alegrías.

El alcalde se fotografiaba hace unos días en un barco en el río –¿dónde quedó aquella idea de un transporte fluvial regular para todos los ciudadanos?– con el único trofeo inmediato de la nueva era, que es prestado. Mientras, los datos del paro en Sevilla –más familias que caen en el agujero negro del desempleo– certifican el raudo avance de un creciente malestar social ante cuyo paso no sirven iniciativas como la organización de trofeos deportivos.

En otros tiempos, cuando algunos confundían el trabajo con la especulación y el dinero con la riqueza, estos excesos acaso tuvieran algún sentido. Yo siempre he pensado que son el preámbulo de la decadencia. De Sevilla, en este caso. Basta repasar la historia:los fastos públicos en Roma eran mucho más deslumbrantes cuanto más mancilladas se encontraban las virtudes romanas que sirvieron para forjar el imperio. En el contexto económico actual, estas estampas denotan esencialmente dos cosas:o ausencia de sensibilidad social o falta de vista. Olas dos. Ambas hipótesis son malas.

Alguien ha dejado de preocuparse por la dirección en la que sopla el viento. Y las velas del barco están destrozadas. Tenemos encima de nuestras cabezas un temporal que no cesa y cuyas consecuencias –la factura social de la crisis– son los 257.500 parados registrados en la provincia de Sevilla. Un 27%. Hasta seis puntos por encima de la media oficial española. El mayor índice de desempleo contabilizado en los últimos quince años. ¿Realmente tenemos algo que celebrar?

El gobierno local, por lo visto, sí: se celebra a sí mismo. Sonríe de forma permanente ante el triunfo que todos los sondeos pronostican para el 20-N y, también, para la primavera del año 2012. Dicen que la clave de cualquier victoria política o bélica consiste en lograr antes un triunfo psicológico. Lo que significa que el PP quizás ya ha ganado la guerra. Aún así habría que preguntarse si, incluso pese a esta posibilidad, no sería deseable algo más de sobriedad. Ética y estética.

La batalla que sucede en la calle, en la que combaten los sevillanos anónimos, consiste en tratar de sobrevivir, pagar las deudas, no ser despedido, seguir caminando a pesar de las heridas diarias. La pelea en la dirección de los grandes partidos es totalmente distinta. Los socialistas aspiran a resistir la marea azul –en Sevilla, al menos– mientras los populares cuentan los días que restan para abrir las urnas, conscientes de que el descrédito de los sucesivos gobiernos socialistas –en Madrid, en San Telmo– les llevará en volandas a un poder que, por muy rotunda que sea su victoria, a la larga será efímero –como todos– si se separa nada más llegar de las causas profundas que lo explican. Si no se centra en hacer lo que se le prometió a la gente: contribuir a arreglar sus problemas. El ejemplo de Zapatero, el verdadero muñeco roto de la política nacional, es bastante ilustrativo.

Sevilla, en los distintos comicios generales que se han sucedido en la última década, siempre ha votado en una misma dirección:PSOE. Si se repasan los resultados históricos, se llega a dos conclusiones: la abstención se ha mantenido cercana a un tercio de electorado –bastante inferior a las convocatorias locales– y la distancia entre socialistas y populares prácticamente no se ha visto erosionada en dos lustros. Según algunas encuestas, Sevilla aparece todavía como una de las contadas provincias en las que los socialistas podrían ondear su banderín rosa.

A pesar del cambio político en la capital, la provincia nunca ha dejado de apoyar a los socialistas:casi el 60 % de los votos en los anteriores comicios generales –2004 y 2008– frente al tercio largo de votos captados por los populares, que nunca han pasado del 34% del total de los sufragios en disputa. El PSOE ha captado siempre el 49% de votos. La traducción en actas de diputados es expresiva: ocho a cuatro. Justo el doble.

Si se cumplen los pronósticos, los socialistas bajarán en votos en Sevilla, aunque se antoja difícil –pero no imposible– que queden por debajo del PP. La clave está en la participación. La movilización del electorado popular es muy alta, lo que augura que su cuota de votos superará el 34% de los sufragios que lograron en el año 2000. Éste es el techo histórico del PP en Sevilla en unas generales. Cinco diputados. Justo los que ahora les otorga el barómetro del CIS, que quita dos a los socialistas y asigna uno a IU, que lleva ya dos legislaturas sin representación sevillana en Madrid.

La tendencia actual favorece al PP. Aunque la lectura de los resultados no pasa tanto por Madrid –el hecho de sentar más o menos diputados en las Cortes– como por el Palacio de San Telmo. El comportamiento de la provincia sevillana decantará las elecciones autonómicas, previstas en marzo. La mayoría del PP en Andalucía depende de lo que ocurra en Sevilla.

Expulsados de Madrid, a los socialistas sólo les quedaría el asidero de su feudo del Sur, en trance de convertirse en la nueva Alhama. El 20-N puede ser el preámbulo del derrumbe político definitivo del PSOE. Para ellos es una tragedia. La de los demás es otra: el naufragio económico en el que braceamos desde hace ya cuatro años.

El retablo de las maravillas

Carlos Mármol | 9 de octubre de 2011 a las 6:05

La imagen de Sevilla parece una estampa del XVII: bodas ducales, grandes promesas de fastos deportivos y un alcalde en plena proyección ad infinitum mientras el paro sigue destrozando familias y Astilleros cierra.

LA distancia es el gran antídoto contra el aldeanismo. Aunque, al volver a un hogar cada vez más ajeno, los atributos de la patria sigan reclamando su sitio. Durante las últimas semanas Sevilla –al menos la ciudad oficial; la urbe real sabemos que es otra cosa– ha estado proyectando de sí misma una imagen que se asemeja bastante a una añeja estampa del XVII, el siglo en el que empezamos a hundirnos en un pozo del aún no hemos salido del todo, salvo si exceptuamos los dos o tres grandes espejismos periódicos. Todos ellos pagados gracias a las arcas públicas.

Sólo en los últimos días hemos (entre)visto una boda ducal en plena senectud, estampas de palmeros, jolgorio a la antigua usanza y, de postre, el anuncio de que viviremos en diciembre el primer gran fasto del austero Zoido (Juan Ignacio): la organización de la final de la Copa Davis. Excelentes noticias, dicen algunos. ¿A quién hacen daño? A nadie, claro. En realidad, no se trata de eso. La cosa consiste más bien en decidir si queremos valernos de una vez por nosotros mismos, incógnita que somos incapaces de despejar tras siglos de honda historia. A falta de una respuesta, nos conformamos con la colorista caricatura de siempre. Sevilla, el escenario perfecto. Igual para un bautizo que para una boda. Sin olvidar la comunión.

En realidad, deberíamos considerarnos afortunados. Al menos desde la óptica del nuevo poder emergente (el poder de siempre), que ha tenido el estimable detalle de elegir a Sevilla como el solar conveniente para comenzar a ensayar todo lo que viene. Primero, en noviembre. Después, en primavera. El cambio. Más de caras que de valores políticos, me temo. ¿No habría que llamarlo entonces con otro término distinto?

Repaso la hemeroteca. En el último mes da la sensación de que aquí todo el mundo –o al menos una estimable mayoría– vocifera el mismo son: Vivan los nuevos. Unos intentan acercarse al hipotético astro que nos alumbrará (o no) directamente. Cosa que en Sevilla es tradición: la ciudad se define como Muy Noble, Leal e Invicta porque a todos (antes o después) se entregó y a todos traicionó. Desde los tiempos de Pompeyo (Julio César lo llamó ingratitud) a los actuales.

Otros, en cambio, guardan silencio. Probablemente esperan a que la realidad confirme los sondeos antes de acometer el largo viaje. En todas partes late el mismo trasfondo:la decidida voluntad, en unos casos entusiasta, en otros algo más sobria, de declarar, si es posible con la necesaria presencia de luz y taquígrafos (los periodistas somos otra cosa), que ellos, en realidad, siempre estuvieron por el cambio.

Sencillamente uno no sabe qué pensar. No se aprecian excesivas diferencias entre el antes –un pretérito todavía muy reciente, pero que fue tan asfixiante que se ha convertido en lejano– y el ahora. Ni siquiera se atisban matices. Sevilla no está mejor que hace sólo tres meses. Tampoco que hace un año. Cualquier estadística más o menos seria lo confirma. Aunque casi todos los políticos, incluidos los nuevos, que ya no lo son tanto, hagan suyo el viejo dicho del gran Churchill: “Por norma, no me fío de ninguna estadística que no haya manipulado previamente”.

Está visto que todo es cuestión de perspectiva. En realidad, de interés. Aquí tener criterio importa relativamente poco. No puede entenderse de otra manera que en una ciudad en la que las cifras del paro no dejan de subir –70.800 familias ya sin ingresos; una economía sumergida del 20%– y cuya histórica industria naval va a hundirse en el mismo río secular que hemos destrozado entre todos, sigamos celebrando con fruición la anécdota, practicando a diario las artes cortesanas y confiando en la aprobación popular de los grandes eventos –públicos o privados– para darnos ánimo. Como si todo esto ocultara la triste realidad. Estamos rotos.

Más de cien días después, la gestión del nuevo gobierno local es extraordinariamente escasa. Apenas un breve episodio pasajero. Más bien magro. Y ello a pesar de que la exageración –el arte de la amplificación– haya convertido en noticia (conveniente) gestas tan heroicas como interrogar a un gorrilla, desmantelar un pequeño asentamiento chabolista –El Vacie todavía sigue en su sitio– o hacer una campaña de conciencia para evitar que el oficio más antiguo del mundo siga existiendo. Laus deo.

No tenemos término medio. Hemos pasado en pocos meses de la falsa grandeur del Parasol y la Torre Pelli (cuyo futuro el alcalde continúa sin aclarar;hoy dice una cosa, mañana la contraria) a festejar como extraordinario el hecho, al parecer épico, de ver a un policía local poniendo una multa. La normalidad hecha gesta. Lo más divertido es que muchos de los mismos que antes aplaudían a dos manos (nunca por convencimiento;más bien por rédito) ahora son también los que más jalean al nuevo centro de atención. No importan las contradicciones. Nadie, salvo algún verso suelto, va a atreverse a señalarlas.

Quizás por eso para muchos no sea un problema, ni siquiera escénico, asuntos como la preocupante espiral de proyección personal ad infinitum en la que parece estar concentrado el nuevo alcalde –JMJ, Femp, Copa Davis– mientras la verdadera ciudad, que es la que le votó, languidece. Para ciertas cosas no hay dinero, se lo gastaron los de antes y estamos en la ruina. Para otras, en cambio, no hay ningún problema. Por Dios. Cosas veredes, amigo Sancho.

Mientras tanto, la costumbre local sigue siendo vitorear una cosa y su contraria. Sigan ustedes el toque del cornetín. Ahora conviene decir que se percibe aquello que no existe. Es necesario simular que se comparte la apreciación general sobre las bondades de la nueva era. Igual que en la historia que Cervantes ponía en escena en su Retablo de las Maravillas, el entremés sobre la farsa a la que dos astutos pícaros someten a un villorio llamado Algarrobillas (extremeño; aunque con un raro parecido con Sevilla) que ilustra, mejor que un discurso, cómo cierta gente está dispuesta a comulgar con las mayores ruedas de molino por temor a ser señalada con el dedo. Excluida.

El motivo del entremés cervantino es muy antiguo. Se trata de una crítica, divertida y aguda, a una sociedad paranoica –entonces reino, más que país– en la que lo más importante era ser un verdadero cristiano viejo, sin mácula alguna de antecedentes judíos. Quizás de aquella locura de la limpieza de sangre –tan española– proceda la costumbre –tan sevillana– de analizar a la gente no por lo que es o por lo que quiere hacer en la vida, sino sólo por su procedencia familiar. Por su cuna. La ridícula estirpe.

En tiempos de Cervantes era tanta la presión sobre los orígenes sociales –cosa lógica; se podía pagar con un proceso inquisitorial el pecado involuntario (uno nunca elige a sus padres) de tener posibles ancestros hebraicos– que la mayoría del común, como entonces se decía, estaba dispuesta a mentir, y hasta a matar, con tal de que nadie le acusara de no pertenecer a la tribu. Andar por libre entonces era sospechoso. Pensar por sí mismo, algo peligrosísimo. Escribir sin más dueño que la propia conciencia una extravagancia. ¿Hemos cambiado desde entonces?

Sevilla, desde junio, parece una réplica de ese mismo retablo maravilloso del mago Tontonelo, pagado por el comendador, en el que lo extraordinario es que la gente está viendo con sus propios ojos poner en escena un enorme embuste pero proclama estar contemplando justo lo contrario porque, según la regla de quienes dirigen la función, llevar la contraria lo convertiría a uno en un judío converso. Algo así como un demente capaz de poner en juego su fortuna únicamente por certificar la verdad. ¿Qué importa la verdad?

En cualquier retablo de las maravillas, la única marioneta es el propio auditorio. Preso de sus miedos. Temeroso de su honra. Tan cobarde como feliz.

La línea negra

Carlos Mármol | 7 de agosto de 2011 a las 6:00

La economía sevillana continúa destruyendo empleo a pesar de la leve mejoría de los últimos datos del paro. Los despidos suben un 7% en apenas un año. Un tercio de los 212.867 parados carecen de ayudas.

La economía sevillana parece un verso suelto. No sabe rimar. Ni en asonante ni en consonante. Los datos oficiales del paro que se han hecho públicos esta semana, mientras el país vivía atónito, con el pasmo que acostumbramos a tener justo antes de las grandes debacles, el incremento de la prima de riesgo por la falta absoluta de confianza de los mercados financieros, certifican que la provincia no termina de abandonar su particular túnel negro. Estamos dentro, sin luz visible en ninguno de ambos sentidos. Y sin idea cierta de cuál es la distancia que queda hasta la boca de salida. ¿Existirá?

Mientras los analistas de bolsa y los expertos económicos, que forman un sanedrín no siempre objetivo, y que rara vez hacen algo más que certificar a posteriori las evidencias, discuten si España ha rebasado o no las líneas rojas que precederían a un hipotético rescate financiero –nuestro particular derrumbe como nación– las estadísticas del ministerio de Trabajo, algo más pedestres, han vuelto a resaltar el contorno del pozo en el que nos encontramos desde hace ya algo más de tres años. Toda una eternidad.

14.000 parados más

Su diagnóstico dice que las empresas sevillanas no abandonan la espiral de destrucción de empleo. Despiden todavía a un ritmo más que notable en relación a lo que está ocurriendo en el ámbito regional y estatal. En apenas un mes se han registrado 2.086 parados más en la provincia, lo que nos sitúa –dudoso mérito– a la cabeza del país en desempleados express. Sólo en el último año el incremento del número de despidos ha sido de casi un 7%. La vida diaria le ha cambiado para peor a más de 14.000 personas.

Algunos insisten en llamar a este proceso “ajuste”. Más bien parece un ajusticiamiento. El campo de batalla laboral es un páramo. Muchos soldados y poco rifles, en su mayoría averiados. No hay sector de actividad que se libre del incremento del paro, que afecta ya un total de 212.867 sevillanos. Ellos son las verdaderas víctimas de esta cruenta crisis económica, política, financiera y también, no conviene olvidarlo, moral. Porque en estas situaciones difíciles es cuando realmente se conoce a la gente. A los demás. A la vista de todos estos datos, parece evidente que como sociedad –entendida ésta como el proyecto de una determinada comunidad– hemos fracasado. Fundido en negro.

Estamos fuera de foco. El incremento del paro en Sevilla, además, es singular porque quiebra una tendencia global –leve y relativa, pero la única a la que podíamos agarrarnos– en la que algunos políticos aseguran percibir un cambio de tendencia. Una recuperación de la contratación en Andalucía y en España. Ojalá. Aunque la credibilidad de los dirigentes políticos, en este tema, está por los suelos. No caben esperar muchos milagros. No ocurrirán. Nunca fue más cierta la frase de Bob Dylan: “No necesitas un hombre del tiempo [léase un político] para saber en qué dirección sopla el viento”. Y cuando no hay viento, mucho menos.

El escepticismo reina. Y no es para menos. La subida del paro en la provincia es la más alta de los últimos tres años si la foto fija se limita exclusivamente al mes de julio. El manual al uso, que es el que manejan los políticos, acostumbra a repetirnos que en los meses estivales, dado el incremento del turismo y la actividad en el sector de los servicios –pilares de nuestra magra supervivencia–, lo lógico es que tiendan a mejorar los registros del Inem. Debería haber algo más de trabajo. Temporal, en su mayoría.

En esta ocasión, sin embargo, el augurio ha errado. Precisamente en julio las contrataciones en Sevilla han sido muy inferiores a lo esperado. Según los sindicatos –la patronal local anda estos días de agosto más ocupada en reclamar recalificaciones urbanísticas a la carta para multinacionales suecas con el usual argumento del empleo que en aportar soluciones imaginativas a la situación– los nuevos contratos han sido 9.244 menos. Lo que nos deja una conclusión evidente: la economía sevillana no va a levantar cabeza en mucho tiempo.
Quien sostenga lo contrario, como se ha oído decir a algunos políticos en los últimos meses, antes y después de la todavía reciente campaña electoral de las municipales, o es un ingenuo o falta conscientemente a la verdad. No sé cuál de ambos supuestos resulta en realidad peor.

El adelanto de las elecciones generales, con su correspondiente réplica autonómica en el mes de marzo (cosa curiosa: votar dos veces en menos de cuatro meses sospechando que no servirá para nada útil), provocará de nuevo que se repita el argumento de la piedra filosofal del empleo. Rubalcaba, el candidato socialista a suceder a Zapatero, ya ha dicho que sabe lo que hay que hacer. Notable. El PP se arroga un saber hacer económico que, visto desde la perspectiva de los años de crecimiento de la burbuja inmobiliaria –una de las causas de la crítica situación de la economía española–, no deja de causar asombro. Por no decir algo peor. Izquierda Unida, la tercera fuerza política, clama en un desierto con las mismas propuestas de siempre. Desde las instituciones no llega ningún mensaje válido. Ha tenido que ser el movimiento civil del 15-M –ridiculizado por unos,canonizado repentinamente por otros;ninguna de ambas cosas es buena– quien ha colocado en la agenda política nacional determinadas cuestiones. Mala cosa cuando la calle tiene que recordarle a los políticos cuál es su función.

Un otoño caliente

El malestar social es creciente. Si todavía seguimos siendo económicamente autónomos en el mes de septiembre –cosa que dependerá de lo que pase con los mercados este mes de agosto– el otoño será conflictivo. La situación del empleo no mejora. Los sindicatos mayoritarios –UGT y CCOO– preparan movilizaciones laborales para septiembre y octubre contra los recortes y la reforma de la negociación colectiva. Convendría preguntarse si éste es el camino. Aunque lo cierto es que su efectividad hasta ahora no ha sido mucha: el Gobierno saliente acometió las reformas sociales sin importarle el alto coste político. Y el que puede salir de las urnas –en España o en Andalucía– tiene un programa de ajuste bastante más duro. Cuentan además con la justificación perfecta: la culpa siempre será de la herencia recibida.

Basta analizar los primeros compases del nuevo gobierno local de Sevilla –la mayoría (absolutísima) de Juan Ignacio Zoido)– para darse cuenta de cuál va a ser el guión político después de estas dos elecciones si se cumplen los pronósticos que apuntan a una debacle socialista en dos etapas casi sucesivas.

Políticamente, pues, hay poco que esperar. Nuestros problemas económicos, además, no van a evaporarse de un día para otro porque responden a factores de índole estructural: escasa actividad mercantil; una cultura empresarial, al menos en el caso de Sevilla, decimonónica en sus formas y estrategias; un tejido laboral cuya formación es baja y, en general, una extraña voluntad de dependencia que nos condena a llegar los últimos a los sucesivos ciclos económicos.

Es cosa sabida: Sevilla vive las etapas económicamente buenas menos tiempo y mucho más tarde que el resto de España. Y las crisis, como está sucediendo con la actual, nos llegan en fase tardía y suelen ser bastante más cruentas. Nuestro problema no es pisar la línea roja, sino salir de la línea negra. La del paro. Nuestro cáncer.

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Optimismo: una tarea imposible

Carlos Mármol | 30 de enero de 2011 a las 8:03

La sostenida falta de inversión de las administraciones públicas en Sevilla, reivindicación recurrente durante el último lustro, impide que las cifras de empleo mejoren de forma sustancial. El 24% de los sevillanos están en el paro.

Resulta divertido, por no utilizar otro término mucho menos diplomático, ver cómo en determinados círculos políticos y de influencia se ponderan estos días las supuestas bondades del reciente acuerdo entre Gobierno, empresarios y sindicatos sobre la reforma del sistema de pensiones. Después de una huelga general fallida y de la evidencia de que Zapatero, tras pasar demasiado tiempo mirando al sudeste, como en la película del argentino Eliseo Subiela, se ha convertido en el dirigente converso que siempre dijo no querer ser, el acuerdo sobre la jubilación es celebrado –por los interesados; otra cosa son los afectados– como el camino por el que, al parecer, hay que transitar para tratar a sacar a España del pozo económico en el que nos encontramos.

Evidentemente, es una forma de verlo. Claro que en estas cuestiones de los acuerdos sociales no siempre se sigue el mismo patrón. La cuestión presenta muchos matices. Cuando el acuerdo en cuestión perjudica a ciertos intereses se suele no tanto discutir –cosa que siempre queda fea– sino sencillamente ignorar. Un ejemplo de esta doble vara de medir lo tienen en Sevilla, donde esta semana, entre el ceremonial cruel del juicio por la muerte de Marta del Castillo, la precampaña y las habituales discusiones bizantinas sobre nuestra esencia patria, empresarios y sindicatos han coincidido –por separado, lo que si me apuran tiene mucho más mérito– en algunas de las razones reales por las que en la provincia el 24% de la población activa continúa sin poder encontrar un empleo.

Los síntomas

Quien tuvo la virtud de dar primero en la diana fue el sindicato Comisiones Obreras, al que en determinados ámbitos sólo se le asocia con las huelgas y los piquetes cuando, en realidad, sin ignorar todos los males que pueblan el sindicalismo sevillano, al menos viene a cumplir la función social de señalar ciertas cuestiones que no todos se atreven a mencionar. Comisiones Obreras, como digo, concluía en un informe presentado esta semana que la falta de inversión de las administraciones públicas en Sevilla es el factor que ha provocado que durante el pasado año 2010 se esfumaran hasta 15.000 empleos. Casi nada.

Daban números, que ya se sabe que es el requisito necesario para que a uno lo tilden de pesimista. De las partidas presupuestarias de inversión teórica previstas por el Gobierno central y el autonómico en Sevilla (un total de 511 millones de euros) a la hora de la verdad, según el diagnóstico del sindicato, tan sólo se licitaron 115 millones de euros. Bastante menos de lo prometido.

Los recortes a los que están forzadas las administraciones como consecuencia del elevado déficit público explican en parte la situación. Aunque en el fondo late otra cuestión mucho menos edificante: sencilla y pura incompetencia.

Como quien lo decía era un sindicato, a algunos tal diagnóstico debió parecerle algo parcial. Sesgado. Hasta el viernes, cuando la patronal sevillana –CES y Cámara de Comercio– presentaron su habitual informe de coyuntura elaborado por el equipo del catedrático Francisco Ferraro. Quiso la casualidad que esa misma jornada se conocieran los datos del paro (EPA), que señalaban que el desempleo no había subido en esta ocasión en Sevilla. ¿Se lo cree alguien? Ni siquiera Ferraro.

A pesar de la fotografía estadística, que ha permitido a algunos hacer el habitual discurso de que hay que ser optimistas y mirar al horizonte con esperanza, si se bucea en los datos se descubre, igual que ocurre con el acuerdo sobre las pensiones, que la cosa tiene truco. Y no precisamente menor.

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Junto a la destrucción de los empleos indefinidos (apenas han crecido un 0,5%) y el incremento de la temporalidad laboral, tendencia que el propio Ayuntamiento ya señalaba en su último Barómetro de Economía Urbana, los datos por sectores del paro en nuestra provincia venían a ilustrarnos sobre el trasvase de los parados de los antiguos sectores activos (construcción, sobre todo) hacia la agricultura y los servicios. Empleo estacional; desesperado, en buena medida. Con una cuarta parte de la población sevillana sin trabajo y más de 4,5 millones de parados en España, difícilmente tal cuestión puede ser celebrada. Tampoco sus consecuencias sociales: 1,3 millones de hogares en España no tienen ningún tipo de ingreso. Una bolsa de exclusión social potencial, a sumar a las ya preexistentes, equiparable a la población de derecho del área metropolitana de Sevilla. La tercera de España. ¿Optimismo? Ya nos gustaría.

Con todo, la principal conclusión del estudio de los empresarios sevillanos sobre la situación económica local viene a confirmar el alarmante diagnóstico avanzado por Comisiones Obreras. Con independencia de los efectos de la crisis económica (destrucción de empresas, precariedad, descenso del consumo, incertidumbre, miedo, ajuste empresarial) lo más alarmante es que la falta de decisión de las administraciones públicas para tirar del carro está siendo el principal obstáculo para volver a poner a girar a la economía sevillana.

La vieja reivindicación de la ausencia de inversión pública en Sevilla, evidencia que en tiempos de Chaves, entre otras cosas, provocó un cisma en el seno del PSOE sevillano (el llamado caso Caballos), no es ya únicamente un mero discurso político, sino una evidencia (nefasta) en términos económicos y sociales.

Sin perspectivas

Tal y como ha puesto negro sobre blanco el trabajo del catedrático Ferraro, el déficit de inversiones acumulado en la provincia de Sevilla data del año 1991. Entonces estábamos en vísperas de una crisis, más corta que la actual, y en el preámbulo del inicio de la burbuja especulativa. Si en aquel momento, cuando las vacas todavía parecían engordar, el peso político de la ciudad para obtener réditos inversores de la Junta de Andalucía y el Estado ya era discreto, imagínense ahora. Sencillamente no tenemos nada que hacer. Nos gustaría, pero somos impotentes para cambiar las cosas.

La falta de inversión histórica, además, se suma al gráfico dato que ponía sobre la mesa Comisiones Obreras: en Sevilla no sólo no se ha invertido en los últimos tiempos lo que, en términos de población y capitalidad sería necesario. Es que lo que se ha prometido invertir tampoco se ha licitado. En la nueva coyuntura de debacle inversora el futuro pinta además bastante negro. Ni hay dinero ni se le espera. Según los datos del informe de la CES, Madrid va a dejar de invertir en Sevilla un 30% de las partidas recogidas en sus cuentas. La Junta, en sintonía con el Estado, lo hará en un 25%. La Diputación, tradicionalmente una administración que se concentraba en tratar de atenuar el paro en los municipios de escaso tamaño, reducirá sus cuentas un 50%. Y el Ayuntamiento, por su parte, acometerá un ajuste (derivado de la política de derroche de la era Monteseirín) del orden del 78%, el más acusado de todas las administraciones públicas.

Quien espere un cambio de tendencia, como algunos nos quieren hacer creer, está sencillamente faltando a la verdad. Las perspectivas son sombrías. Tanto que la actual crisis tiene visos de convertirse en un tsunami en términos de empleo. Hay quien piensa que las próximas elecciones municipales podrían cambiar algo la situación. Que un cambio puede traernos la esperanza. No parece posible. Con independencia de lo que ocurra en mayo, los motivos de la decadencia económica de Sevilla son profundos. No se cambian en días. Ni en meses.

Temporalidad permanente

Carlos Mármol | 23 de enero de 2011 a las 7:00

El Barómetro de Economía Urbana de Sevilla tumba el discurso de cualquier optimista genético, candidatos a la Alcaldía incluidos: más de 75.000 parados y un 96% de contratos temporales durante el último semestre.

La rutina de la desgracia. Como una condena. Constante. En mitad del arranque de la precampaña electoral, el dato ha pasado quizás desapercibido entre las promesas y las sonrisas de los tres candidatos, pero mucho me temo que explicará buena parte de lo que ocurra en el cada vez más cercano mes de mayo. El Barómetro de Economía Urbana del Ayuntamiento de Sevilla, presentado esta semana, no desvela ningún misterio que no fuera ya más o menos previsible –estamos mal; peor, incluso– pero sí acota con cifras oficiales la extraordinaria dimensión de la pandemia moderna que se llama desempleo, contra la que todavía no se ha descubierto ninguna vacuna válida. Al menos, en el caso de Sevilla.

El estudio, que se completará probablemente dentro de una semana con el Barómetro Socioeconómico que publican todos los años los empresarios y la Cámara de Comercio, concluye que el colectivo de desempleados no deja de crecer en Sevilla. El 21% de la población activa. Estamos en crisis, ¿no? Explica también el informe municipal que quienes logran el raro milagro de ser contratados por alguna empresa en estos tiempos en los que algo tan necesario se ha convertido en materia excepcional están condenados casi a perpetuidad (y con suerte) a un mero contrato de naturaleza temporal, sin más futuro cierto que la mera supervivencia diaria. Sin posibilidad de trazar un plan de vida personal y autónomo. Sin libertad. Ni siquiera vigilada.

El fondo del agujero

El caudal de historias ocultas que deben esconderse tras estas estadísticas asustaría a cualquiera. Cada número es una vida, impar e insustituible. Y su adición global marca el tamaño de nuestra desgracia como sociedad: más de 75.000 parados en una ciudad de menos de un millón de habitantes. Un desastre. Todo lo contrario a la ciudad ficcional del pleno empleo que prometía al inicio de esta década frustrada el alcalde Alfredo Sánchez Monteseirín.

Así estamos. Tenemos un Plan Estratégico 2020, un Plan General de Ordenación Urbana, un presupuesto municipal similar al de un poblachón andaluz, la hacienda local está en una situación delicadísima desde el punto de vista financiero y las tasas de desempleo, sin llegar todavía a ser africanas, nos alejan sustancialmente de la Europa avanzada que un día quisimos ser.

oxímoron baja

El sueño de Quatrocento sevillano no se atisba por parte aguna. Resulta evidente, para todo aquel que quiera verlo con frialdad, sin ser al mismo tiempo juez y parte, que las prioridades políticas de los últimos cinco años han confundido lo accesorio con lo esencial. La modernidad con las apariencias. El fondo con la forma. Que una ciudad como Sevilla, con una economía frágil, estacional, sometida a los cambios externos, se haya embarcado en la locura de hipotecar su escaso patrimonio en un ramillete de grandes proyectos públicos ejecutados deficientemente y con sobrecostes más que notables a algunos les ha dado la impresión (temporal) de que contemplaban el mayor avance urbano desde la Expo 92.

No es difícil recordar, si se quiere tirar de memoria, que tras la Muestra Universal vino una crisis –mucho menos cruenta que la actual– que, si bien fue profunda, permitió una recuperación económica mucho más rápida. Fue una crisis espejismo, en contraste con la actual. Tras la Exposición Universal Sevilla quedó definitivamente lejos del fantasma del subdesarrollo endémico –cosa que por ejemplo sí le sucedió en su momento al Sur de Italia– pero nunca ha logrado rozar el grado de desarrollo real de otras partes de España.

Los sucesivos datos de cohesión territorial casi siempre nos venían situando hasta el inicio de la crisis en los últimos puestos de riqueza, mientras las estructuras políticas de las administraciones públicas crecían desmesuradamente con el argumento de que en esta tierra faltaba iniciativa privada. Es verdad. Aunque esta evidencia, que es nuestro verdadero problema, junto a determinados usos y costumbres sociales y culturales, no justifica los excesos cometidos a lo largo de este proceso, que vamos a pagar durante los próximos años. La iniciativa privada es rara avis en Sevilla, pero la función económica de toda una sociedad no puede suplantarse desde el poder público de forma indefinida. Antes o después el castillo de naipes termina derrumbándose. Estamos precisamente en esto.

No sólo nos faltan empresas, sino las que existen cierran. Quiebran. El barómetro certifica que el pasado año un total 112 sociedades mercantiles pasaron a mejor vida. Se crearon otras, pero mucho me temo que la mayoría de ellas son el intento de algunos valientes por buscar su lugar en el mundo a falta de mejores opciones. ¿Son empresas de futuro o proyectos procedentes de la desesperación íntima? Habrá de todo. Igual da, en todo caso. ¿No dicen que las crisis son en realidad buen momento para las oportunidades? Ojalá sobrevivan y puedan crear puestos de trabajo. Ojalá puedan sostenerse por sí mismas en mitad del tsunami.

Pensar con optimismo en este escenario se antoja imposible. El trabajo, además del sustento de la economía real, es el principal elemento de socialización. Sin él no sólo se tambalea el ecosistema de cualquier proyecto común, sino las expectativas, el ánimo y el entusiasmo. Y sin estos elementos, inmateriales todos, raro es que cualquier proyecto empresarial pueda salir adelante con un mínimo de garantías.

Leves rayos de luz

El turismo, industria tradicional de la ciudad, es el único sector cuyos datos de coyuntura ofrecen algo de luz en este panorama sombrío. Sevilla, en crisis, todavía tiene capacidad de ejercer de imán turístico, aunque de forma más bien moderada (precios a la baja). Los viajeros han subido un 12%. Proceden de los mercados tradicionales: el resto de España, Reino Unido y Alemania, fundamentalmente. Son el único asidero al que agarrarnos en mitad de la caída libre en la que nos encontramos.

En industria y construcción el ajuste está consumado. La polémica reforma laboral aprobada por el Gobierno, que paradójicamente abarataba el coste de los despidos sin hacer prácticamente nada más, no ha servido para gran cosa, salvo para despedir con mayor facilidad. Al menos, en Sevilla. Tampoco han funcionado los planes de vivienda pública que, justo antes de la debacle económica, prometía la Junta de Andalucía, que en su acto de contricción tras dejar pasar dos décadas sin preocuparse realmente del derecho a la vivienda aprobó una ley testimonial (que al final no ha arreglado nada) y montó un notable caos en el mundo del urbanismo.

El tiempo ha demostrado que aquel acuerdo por la vivienda (rubricado con todos los honores en la Casa Rosa; Chaves era todavía el rey de Andalucía) era un edificio sin cimientos (bancarios). Que en el último año los datos reflejen una caída de los visados de viviendas protegida y la subida –moderada– de los pisos de renta libre indica que el mercado inmobiliario social, donde los márgenes de beneficio de las empresas están muy tasados, no despunta por dos factores: los empresarios han dejado de construir (sobran viviendas) y los hipotéticos compradores de estos pisos o están ya en el paro o no encuentran financiación ordinaria. Ninguna de las dos cuestiones parecen tener solución a corto plazo.

El panorama, sin trabajo y sin vivienda para una buena parte de la población de Sevilla, llamada a las urnas dentro de cuatro meses, no está para celebraciones. Vivimos en un gran oxímoron. En temporalidad permanente.

Brotes negros, madejas municipales

Carlos Mármol | 5 de julio de 2010 a las 12:24

Sevilla se queda fuera de la leve mejora detectada en las cifras del desempleo. Un informe estadístico alerta de que la provincia está en un pozo. Espadas sigue su gira por las agrupaciones. Zoido insiste en el filón de Mercasevilla

Cuatro de julio. Más que verdes, los únicos brotes que últimamente germinan en Sevilla son los negros. Opacos cristales. El informe de coyuntura económica presentado esta semana por la patronal hispalense dibuja una situación muy crítica para el tejido económico local. No queda nada en pie del pregonadísimo renacimiento municipal. La maquinaria productiva de la ciudad, si es que en algún momento llegó a existir tal cosa, está averiada. No queda gasolina. Ni gota de combustible. Varados en mitad de ninguna parte.

El pasado año 2009, según este diagnóstico, fue el más atroz para la historia económica reciente de la provincia. Cualquier análisis de perfil paliativo es mera retórica: más de 5.000 sociedades mercantiles se evaporaron en los últimos dos años. El tejido empresarial, que siempre fue escaso por estos lares, donde la vieja cultura agraria del XIX todavía marca demasiados usos y costumbres, ha perdido casi un 10% de su músculo teórico. No es que ya no podamos hacer gimnasia, es que ocurre que prácticamente no somos capaces de sostener nuestro cuerpo, cuyos miembros –según afirman los especialistas– está “atrofiado”.

Sevilla (sobre)vive casi exclusivamente de las rentas públicas. Prestaciones sociales, entre ellas las ayudas al desempleo, pensiones y salarios de funcionarios, ahora en proceso de ajuste. Poco más. Basta ver el paisanaje existente por estos pagos y compararlo con el que habita en urbes como Madrid o Barcelona, con las que solemos –incorrectamente– compararnos. Incluso en relación a Valencia y Zaragoza la fotografía sevillana no resulta del todo amable.

El contenido de los debates públicos, ciudadanos y políticos, y ciertos detalles estéticos, que suelen mostrar una determinada escala de valores, inducen a pensar que las causas de nuestra decadencia económica, que es secular salvo en momentos muy concretos, como la Expo 92, proviene no sólo de los factores económicos, sino de un sustrato cultural –más bien, de su ausencia– que ha ido impregnando a toda la sociedad. Las perspectivas, además, no anuncian luz al final del túnel. Ni siquiera permiten pensar que el pozo pueda tener vía de escape.

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Nuestros tradicionales recursos –la construcción, la administración autonómica– no van a levantar cabeza. El sector inmobiliario, tras su forzosa reconversión, no puede solventar la papelta. La Junta y los ayuntamientos han iniciado una fase de recortes tan demencial como, antes, fueron ciertos dispendios. No sabemos lo que es el término medio. Ni supimos ahorrar algo para los tiempos duros. El consumo no ha caído en Sevilla tanto como en otros lugares –los funcionarios tienen capacidad estable de endeudamiento– pero el pasivo de la economía sevillana no deja de aumentar.

Muestra de que no vamos a subir al tren son los datos del paro. Sobre un porcentaje del 25% de desempleo, el último diagnóstico oficial aleja cualquier atisbo de recuperación en el Sur de España. Aquí bajó un 0,02%. Exactamente: 44 personas menos. Aunque hay quien anuncia que este dato va a marcar un cambio de tendencia –acaso para que pudiera decirse con rigor tal cosa habría que esperar a contar con un universo de análisis algo más amplio; pero se ve que el optimismo es gratis– considerar tal circunstancia como un éxito se antoja difícil. Una de dos: o es que no se mira la realidad o es que se mira y no se ve nada. En el fondo, viene a dar igual.

¿Qué hacer? Es la pregunta que se hacen la patronal, los sindicatos, la Junta y el Ayuntamiento. Quizás no haya nada que hacer. La reforma laboral ya está trazada y, probablemente, ha sido descontada por los mercados. No va a servir salvo para reducir parte de las rentas de las que vive Sevilla y celebrar una huelga general que tampoco arreglará gran cosa. Con Zapatero en pleno proceso de conversión liberal hay que colegir que no hay marcha atrás. Monteseirín se señala: promete cambiar el planeamiento urbanístico para “incentivar a las empresas”. Más lógico sería, si no se hubiera gastado el dinero disponible, que construyera las infraestructuras para desarrollar –si los bancos prestan dinero– las operaciones urbanísticas ya diseñadas. Sevilla tiene suelo más que suficiente para empresas. No vienen porque no quieren, no pueden o no existen.

El teatro municipal continúa con su programa de farsas endogámicas. Los actores políticos ofrecen métodos virtuales y retórica huera. Cada uno va a lo suyo. Izquierda Unida espera la cosecha de 2011. El PSOE, con Espadas en vanguardia, intenta convencer a sus agrupaciones locales para que la campaña de septiembre no se venga abajo. Y el PP de Zoido tiene la indignación habitual por su expulsión manu militari de Mercasevilla. La decisión, condenable desde todos los puntos de vista, no es nada edificante. Igual que no lo fue cuando entre 1991 y 1995 quienes vetaron a la oposición fueron los andalucistas y los populares. Mala memoria. La verdad es que este escándalo, bajo investigación judicial, no se destapó porque el PP estuviera en la empresa, sino porque una juez tiró de la madeja.

Hay que ser optimistas. Igual la salvación consiste justo en eso: en contados y valiosos esfuerzos individuales. Quién sabe.

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Cambio de discurso

Carlos Mármol | 2 de mayo de 2010 a las 11:50

Las nuevas directrices del urbanismo municipal postulan medidas de impulso al turismo, la universidad y “el desarrollo humano” cuando lo urgente es utilizar el Plan General para atenuar la crisis económica.

Decía Séneca que la vida se divide en tres tiempos: “Un presente brevísimo, un pasado cierto y un futuro, por lo general, dudoso”. Sirva la frase para no incurrir en el viejo error de la nostalgia, algo en cierto sentido inevitable, pero nada fecundo, en los extraños tiempos de zozobra. Los datos del paro de esta semana –231.400 desempleados en Sevilla– destrozan las promesas de modernidad con la que durante los dos últimos lustros han venido alimentando su magra gestión una buena parte de los políticos municipales.

Ni somos ya una urbe rica –más bien éramos especulativos– ni decididamente en Sevilla ejercemos –salvo excepciones– de modernos. Aquí todavía andamos presumiendo del enorme impacto económico de la Semana Santa y la Feria cuando en el mundo real caen los sólidos imperios financieros de ayer y los capitales fluyen de manera tan inmisericorde que se da la cruel paradoja de que algunos de los que causaron esta debacle todavía siguen jugando a ser los inquisidores.

El desastre económico español, mucho más cruento en el Sur, como acostumbra a pasar desde hace siglos, obliga a hacer una renovación de las prioridades vitales y de los discursos políticos, so riesgo de no llegar a tocar fondo. Muy difícil se presenta en este agrio escenario social el trabajo de aquellos que, como Juan Espadas, el probable candidato del PSOE a la Alcaldía, tienen la misión de intentar ilusionar a la gente, al menos para que vaya a votar. ¿Cómo se ilusiona a alguien cuya familia está al completo en el paro?

CAMBIO DE DISCURSO baja
Decididamente se han terminado los tiempos de las promesas vanas y las batallas estériles: el sueño del pleno empleo (que Monteseirín prometía para el año 2010), las operaciones de carácter estratégico (muchas de ellas varadas por falta de financiación) y, sobre todo, las constantes guerras orgánicas. Nada de esto le importa a la gente. Tan sólo sobrevivir. Los políticos municipales van a tener que poner de una vez los pies en el suelo, si es que pueden.

El modelo de Sevilla, del que tanta bandera partidista ha hecho la coalición PSOE e IU, está, en cierto sentido, destrozado. Deconstruido. Disecado. Basta ver el discurso inaugural del nuevo delegado municipal de Urbanismo, Manuel Rey, para darse cuenta de que algo no marcha bien.

Rey, que ha llegado, quizás de carambola, a uno de los cargos más envidiados para un político –tras la salida del Ayuntamiento del delfín del alcalde, Alfonso Rodríguez Gómez de Celis–, y que probablemente tiene por delante una gestión no superior a un año, debería centrarse en los próximos doce meses en intentar reactivar los tres grandes temas que tiene abierta la política municipal: la Encarnación, el Plan Impulsa y la construcción de viviendas de protección oficial.

El primer asunto permitiría poner punto y final a un proyecto excesivo, fruto de los tiempos anteriores. Una verdadera sangría de caudales públicos a la que hay que pasar página. Los dos siguientes asuntos son las únicas palancas ciertas del Consistorio para intentar reactivar a corto plazo la actividad económica. Para ayudar a que el sector de la construcción, reorientado ya hacia el mercado real de la vivienda protegida, aguante el tirón.

No es que el nuevo delegado de Urbanismo de Sevilla haya sacado estos asuntos de su agenda, pero en la presentación de sus prioridades políticas –se entiende que también las municipales– aparecen de nuevo conceptos vacuos que recuerdan demasiado a la retórica de todos estos años previos. “Urbanismo apoyará a la industria turística, ayudará a la universidad y apostará por el desarrollo humano”(sic). En tiempos pretéritos, cuando algún geógrafo subjetivo insistía en que Sevilla estaba viviendo un renacimiento equiparable quizás al Quattrocento, igual hubiera colado semejante perorata lírica. Hoy día, con la que está cayendo fuera, se antoja tarea mucho más difícil. Más que justicia poética, lo que hace falta con urgencia es algo de realismo.

Porque debajo del discurso oficial –que no es sólo político; también tiene una derivación civil– late una realidad de la que muchos continúan sin querer darse cuenta. En el peor de los casos, esa realidad ahora es la que refleja un índice de paro insoportable para un país que dice ser desarrollado. Basta mirar la reciente encuesta municipal sobre la calidad del empleo en Sevilla –datos oficiales– para ver cuál es el panorama de los que están en situación más favorable (con trabajo): la subsistencia. ¿Si en los tiempos de vacas gordas en Sevilla nunca se ha creado suficiente empleo de calidad, qué pasará ahora?

Sencillamente que el tejido social, y posiblemente la convivencia ciudadana, esa cohesión imposible, se resentirá. La vida será peor. Y esta guerra, que es la única cierta, no se gana en un día. Quizás necesitemos lustros. Incluso décadas. El futuro, ciertamente, se antoja tan dudoso como decía el filósofo latino. No hay pues que mirar atrás. Ni para coger impulso. Sevilla no necesita más cantos de sirena ni fotomontajes de una ciudad inexistente. Hay que lograr que funcione la ciudad real, que es la de todos los días, la Sevilla (inter)media que se encuentra al borde de un precipicio cuyo fondo oscuro ni siquiera somos ya capaces de atisbar.

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De vuelta a casa

Carlos Mármol | 6 de septiembre de 2009 a las 14:06

Sevilla afronta el nuevo curso de otoño con las polémicas usuales (la política municipal de peatonalizaciones, la sucesión del alcalde, las calles en obras) pero con los datos del desempleo enfriando cualquier optimismo.

Al igual que hay días en que mejor sería no salir de la cama –dicen que el lecho es lo último que un juez puede quitarte por dejar de pagar tus deudas– hay veranos que no deberían acabar. Y no precisamente por el calor, casi caribeño, que insiste en castigarnos durante esta extraña entrada del mes de septiembre, ni por la lírica ajada que suele asociarse –sobre todo en la adolescencia– al final de los estíos, sino porque a medida que corre el tiempo la vida –que ahora consiste sobre todo en intentar sobrevivir a la recesión que nos inunda– tiene más mala cara y pésimo aspecto. El tiempo, en este caso, no cura de casi nada. Más bien lo empeora.

Sevilla vuelve poco a poco a la normalidad –si es que alguna vez ésta fue una urbe normal– con los mismos frentes abiertos que tenía pendientes desde antes del verano. Batería apresurada de titulares: la discusión sobre las peatonalizaciones municipales continúa abierta, el alcalde sigue insistiendo en que él estaría encantado de seguir en la Alcaldía cuatro años más –¿no quedamos en que éste era un debate ya cerrado?–, multitud de calles y avenidas han sido abiertas sin orden ni concierto por culpa de las obras que dicen haberse contratado para luchar contra el desempleo –encargos que, según la CES, se pagan tarde y mal; curiosa forma ésta de luchar contra el paro– y los índices económicos que se adivinan en el horizonte, al igual que ocurre en otras partes de España, cada vez son más negros. Bienvenidos.

La estadística oficial del paro marcó la semana y volvió a confirmar los augurios de los menos optimistas: 4.616 desempleados más en la provincia en sólo un mes, lo que fija la cifra maldita de inscritos en el Inem en un total de 186.205 personas. Detrás de cada una de ellas probablemente exista una novela con idéntico argumento: cómo tratar de salir adelante. Ahora, según los expertos, la destrucción de empleo se ceba especialmente en el sector servicios, una vez amortizada la reconversión de la construcción. El turismo no repunta –el verano sevillano es tradicionalmente flojo para los hoteles y la hostelería–, los precios no bajan en la calle –por mucho que el IPC oficial siga en tasas negativas– y la incertidumbre sobre el futuro es cada vez mayor. De hecho, alguno no deja de preguntarse si el futuro sigue aún en su sitio. Donde debía. Esperando a que uno vaya a atraparlo. Parece que si alguna vez estuvo en su lugar, se ha ido.

Hay quienes, a pesar de todo, tienden al optimismo: en Sevilla se firmaron durante el mes de agosto 51.000 nuevos contratos laborales. Algo se mueve, sostienen. Pero es un movimiento vano: sólo el 4,1% de estas contrataciones fueron indefinidas. Menos da una piedra, claro. Pero la realidad se empecina en desmentir el edulcorado panorama que, todavía, se promete desde el Ayuntamiento, que sin apuntalar aún el proyecto aquel de ‘Sevilla 2010’ piensa ahora en Sevilla 2020. Laus Deo.

Con la que está cayendo es difícil venderle a la gente que el progreso es una línea continua que avanza hacia la tierra prometida. El paradigma global ha cambiado por completo: no somos un país rico, aunque hubiera un tiempo en que casi todos lo creyéramos. Y lo que es más grave: debemos resolver cuanto antes el nudo gordiano de cómo queremos ser –en términos económicos– si pretendemos salir del agujero. Porque lo que es evidente es que el mundo gira. Se mueve. Y lo seguirá haciendo con o sin nosotros. Quedarse quietos en cierto sentido supone ya empezar a perder. La decisión además es tarea colectiva. No depende de nadie en especial. Y en cierto sentido eso es lo malo. Es asunto de todos. Mala cosa.

En el ambiente, sin embargo, no se percibe ni un mínimo de conciencia sobre la encrucijada a la que se enfrenta Sevilla. La ciudad sigue sesteando, inmersa en sus cuitas de siempre o en polémicas nuevas, generalmente artificiales, de aldea, cuyos extremos nunca son capaces de encontrar el célebre punto intermedio.

Un ejemplo es la controversia sobre las peatonalizaciones. Que a estas alturas haya quien las cuestione no deja de resultar llamativo. Basta salir al exterior para caer en la cuenta de los inmensos beneficios que han supuesto en casi todas las urbes históricas, similares a Sevilla. Pero que se aborden por decreto, sin planificación, sin una gestión previa –con los residentes y los comerciantes– y con insuficiente información no da la razón a quien en este caso –el gobierno local– parece haber encontrado la piedra filosofal en el simple hecho de andar. Ya lo dijo Machado: el camino consiste, primero y sobre todo, en el hecho de moverse.

A estas alturas arrogarse la autoría de estas estrategias urbanas, puestas en práctica en Europa desde hace décadas, parece ridículo. En política –especialmente en la municipal– no basta con adoptar una idea. Los asuntos requieren gestión, tacto y capacidad de diálogo. Didáctica. Nada de eso se atisba en Plaza Nueva, donde parece bastar con repetir un lugar común para pensar que se acierta. A fin de cuentas, en la vida, como decía Moliere,“unos están destinados a razonar erróneamente; otros, a no razonar en absoluto; y otros, a perseguir a quienes razonan”. Es lo que hay.

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