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Herencias efímeras

Carlos Mármol | 8 de junio de 2008 a las 10:46

Herencias efímeras

El saqueo de las pérgolas de la Expo 92, uno de los patrimonios más tangibles de la Muestra Universal, ilustra, por desgracia, la escasa capacidad de esta ciudad para reutilizar la herencia recibida de sus grandes proyectos

HABRÁ quien piense que se trata de un tema de índole menor. Más o menos de segunda división. No es el caso: a cualquier sevillano que se le pregunte por el largo caudal de herencias que la Expo 92 dejó en la ciudad –y en buena parte de Andalucía, aunque éste último es un factor que muchos se empeñan todavía en negar–, citará, entre otros ejemplos, el techo artificial que permitió que pasear por la Muestra no fuera, en una urbe tan inmisericorde en verano como es Sevilla, todo un ejercicio de alto riesgo. Las pérgolas de la Expo 92. Aparentemente, simple mobiliario urbano. En realidad, un notable ejemplo de minimalismo: conseguir lo máximo con lo mínimo. Una excelente idea con resultados magníficos.

Las pérgolas, que poblaron el recinto de la Cartuja durante toda la Muestra Universal, no tuvieron sin embargo mucha suerte en su corta existencia. Quedaron primero pudriéndose sobre la Isla durante los largos años en los que la ciudad deshojaba la margarita de cómo rentabilizar las inversiones recibidas en el 92. Después fueron retiradas.

Una parte de ellas fue trasladada a la entrada de la estación de Santa Justa –un edificio muy elogiado pero que no tuvo en cuenta el impacto del calor en su área exterior; caminar por el erial del gran intercambiador de transporte hispalense continúa siendo hoy día una odisea bastante poco amable– y el resto, al parecer, quedaron varadas en la Bancada de la Expo hasta que esta semana un grupo de chatarreros de origen rumano las empezaron a trocear, desmantelar y procesar para su posterior venta. Patrimonio público cuya reutilización debían de haber garantizado la Junta y el Ayuntamiento y que, igual que ha ocurrido con frecuencia pasmosa, al final es aprovechado justo por quien nada tiene dado el escaso interés demostrado por quienes son sus dueños.

Este episodio del saqueo de las pérgolas recuerda vagamente al affaire político de la cubierta de la Copa Davis, otro ejemplo más de cómo esta ciudad –sus gobernantes, pero también todos los ciudadanos– desprecia la inmensa potencialidad del patrimonio que hereda de los grandes proyectos. Esas mismas iniciativas estratégicas de las que tanto presumen después los políticos –el alcalde a la cabeza– en los discursos y en las presentaciones de los programas de gobierno. Sueños que se tornan pesadillas. O que se desvanecen.

Paradojas en clave sevillana: una ciudad que es capaz de vivir buena parte del pasado siglo discutiendo con obsesión el efecto de los grandes acontecimientos a los que sirve de marco físico –las dos exposiciones de la centuria recién ida; el sueño olímpico de los años noventa– pero que, al final, tiende a dejar sin barrer –en este caso sin reutilizar– el escenario de sus fiestas, mitificado acaso en el subconsciente colectivo. Pero totalmente olvidado.

No faltará quien considere que, por aquello de la constante renovación que marcan los tiempos, en realidad resultaba de todo punto absurdo conservar semejantes artefactos, cuyo valor económico se estimará limitado por su condición de simples estructuras con vegetación. Una opinión que suele dar por supuesto que el dinero de los contribuyentes puede gastarse cuantas veces haga falta para el mismo objetivo. A fin de cuentas, se tira con pólvora de rey. ¿Qué más da?

Pero lo cierto es que las pérgolas, parte esencial del programa de reforestación de la Expo 92, costaron a las arcas públicas 27 millones de euros de los de hace quince años. Una cifra nada despreciable y que, probablemente, no habría que volver a gastar si se hubieran cuidado, mantenido y repuesto en otra parte de Sevilla. O en la misma Cartuja, donde pasear continúa siendo aún todo un atrevimiento. Algo así como hacer una carrera agónica contra las vallas y los pasos vedados que han ido consolidando la privatización de la Isla. Un desierto para el paseante común; casi un oasis para sus actuales inquilinos.

¿Sostenibilidad?

En la Cartuja este vicio de dejar morir el patrimonio del 92 es tristemente cotidiano. Los ejemplos son tantos que constituyen un subgénero periodístico. Desde la muerte clínica de algunos de los grandes pabellones temáticos –el del Futuro o el de la Navegación, cerrados durante la mayor parte de la última década y media salvo en ocasiones especiales– al abandono de los canales, los jardines y los propios espacios públicos del recinto oficial, donde muchos ciudadanos fueron un día felices creyendo que su ciudad, aldeana en tantas cosas, universal en otras, por fin parecía capaz de moverse hacia adelante. Sin olvidar el telecabina, el monorraíl o el Omnimax, desmantelado con el silencio pactado de las administraciones públicas. La rentabilidad siempre manda sobre lo social.

No hay pues de qué extrañarse. La destrucción de las viejas pérgolas es un hito más en este camino hacia atrás de una urbe que llora los cielos que pierde –parafraseando el título de Romero Murube– pero que continúa muda y sin hacer nada por impedirlo. Una pequeña república en la que a los políticos se les llena la boca al hablar de sostenibilidad (obtener, con el mayor respeto por el entorno común, el máximo provecho de aquello que se ha recibido) pero que es incapaz de salvar simples estructuras de acero hilvanado. Pura arquitectura efímera. Así es Sevilla. Fugaz y estéril.